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Wednesday 5 Oct 2022 | Actualizado a 17:20 PM

Will Smith, el sopapo y la sociedad criminógena

/ 1 de junio de 2022 / 01:07

Chris Rock hace bullying públicamente a la esposa de Will Smith y éste sopapea también en público a aquél. Resultado: Will es castigado y Chis no.

Días atrás, una víctima de bullying sistemático por su forma de hablar (¿frenillo de lengua?), armado como Rambo ( fascinante imaginario gringo) convierte a niños y profesores en sus víctimas: de víctima pasó a victimario.

Pareciera que solo se da en yanquilandia, donde no faltan los cavernarios que responden ante esta tragedia con una propuesta del populismo penal: hay que armar a toda la sociedad para que se defienda.

¿Nos es ajeno esto? No, para nada. Quizás no en las proporciones, pero sí en la cualidad: también somos una sociedad donde el bullying es pan de cada día; desde poner apodos en razón a una situación, apariencia corporal o de color de piel, posición religiosa, política, regional, social, etc., etc. y etc.

Y, al igual que en yanquilandia, somos una sociedad tolerante con esta cualidad criminógena. Tiene que suceder una catástrofe (sobresaturación, en el lenguaje de Enrico Ferri) para que reaccionemos (granada en una asamblea de estudiantes —con muertes—, derrumbe de baranda en otra —también con muertes—, etc.) y, obviamente, desde el populismo punitivo (Farit Rojas, La Razón 30/05/22), aplicando el esquema del “chivo expiatorio” (se sacrifica al chivo para expiar el mal cuasi generalizado y sentirnos aliviados porque el culpable es otro y no nosotros) a quien “excede”, mientras… somos tolerantes a un diario accionar de agresividad.

Decíamos (La Razón 12/06/21) que la concurrencia (categoría de Birkbeck) viabiliza que el niño-víctima se convierta en adultovictimario. No es determinante (soy crítico de los determinismos positivistas), es condicionante, más aún en sociedades donde el bravucón es personaje público.

Poner a la Policía, a los dinosaurios, etc., en la mesa de discusión y por separados, simplemente es repetir lo dicho anteriormente. La necesidad de tomar desde la complejidad (sociocultural —educativa—, penal reforma integral —descolonizadora y autonómica—, institucional —Policía, Fiscalía, jueces—) es hablar en serio, solo así nos alejaremos de la cultura del populismo punitivo filo-fascista, previa discusión nacional a partir de reconocer que es un problema social (terapia de Alcohólicos Anónimos) y, pasito a pasito (como dice aquel poema erótico que le pusieron ritmo exquisito), de un día a la vez, encarar y transformar en políticas públicas.

Alejandro Colanzi es criminólogo y nonnino de Valentina.

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Renacer de las ciencias criminológicas

/ 27 de septiembre de 2022 / 01:34

Mi amigo Jean Paul Feldis, en su obra sobre sociología jurídica y su abordaje desde la visión del caos, señala que un fenómeno económico importante produce en consecuencia un fenómeno social y éste a su vez uno cultural, para concluir en efectos políticos.

La Guerra del Chaco, que posibilita el “descubrimiento o el encuentro de la otra Bolivia”, sumada a la gran casualidad —desde nuestra visión— de la profunda recesión norteamericana que posibilitó el plan Bohan y como una de las consecuencias que Prebisch impulse el no poner todos los huevos en la misma canasta, produjeron un hecho económico sin precedentes para Santa Cruz, por el financiamiento con que llegó; además, reforzado por la “colonización” (instituto se llamó para trasladar, como hasta actualmente se sigue haciendo, a personas vivientes en la zona andina hacia Santa Cruz y el oriente).

Esa rica y compleja amalgama de variables, hoy posibilita que sea innegable el fenómeno económico de Santa Cruz —¿modelo?— como también el social: lo cruceño está preñado de bolivianidad (alrededor de 67.000 personas migran del resto del país a nuestro departamento, cada año y desde hace muchos). O sea, la mayor población de los ocho departamentos fuera de ellos se encuentra en Santa Cruz. Esto también es innegable.

La escuela ecológica (en realidad sociológica) de Chicago explica las situaciones criminógenas de todo proceso intenso migratorio; lo mismo explica Ferri en su visión de sobresaturación. Y debiera ser así, pero no lo es en tanto y en cuanto comparemos con otra ciudad que también ha explosionado migratoriamente como lo es El Alto (cuyos índices de violencia, cuantitativa y cualitativamente, superan a los de Santa Cruz de la Sierra) que, si bien es también un fenómeno económico y social, no lo es en la dimensión de Santa Cruz, como lo explicamos anteriormente: ausencia de la bolivianidad diversa.

Creo que este departamento está viviendo esa su etapa cultural, preñada de esa “bolivianidad” social. La Academia Boliviana de Ciencias Criminológicas (ABOCCRIM) es una de las tantas señales. Lo que se inicia por casualidad (ley dialéctica menospreciada) termina produciendo una causalidad (ley dialéctica sobredimensionada): las ciencias criminológicas renacen y se reimpulsan desde Santa Cruz.

Con la primera obra de criminología en Bolivia de Bautista Saavedra en 1901, las de César Cadima y, principalmente, la de Huáscar Cajías —texto oficial en muchas universidades—, acompañaron a los fenómenos económicos, culturales y políticos de La Paz.

La transición de criminología a ciencias criminológicas se da a partir de la división de los norteamericanos principalmente, quienes dejaron a los sociólogos abordar el fenómeno de lo delincuencial o factores criminógenos, y a la criminology para el abordaje de lo concreto, del crimen realizado: reconstrucción de los hechos y probables autores (las forensias: perfiles —psicología— , escena del crimen —balística, dactiloscopía, etc.).

El reto histórico que tiene Santa Cruz con Bolivia es el traslado, por el momento, de consecuencia cultural que debe vivir a plenitud, y que ya hay atisbos de ello: las Ciencias Criminológicas.

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y fanático destroyano.

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Soy porque somos…

/ 24 de agosto de 2022 / 01:16

Será una expresión que escucharemos con frecuencia en el ámbito político. Supuestamente proviene del Ubuntu (Sudáfrica): soy el eslabón de una cadena.

Durkheim señala que hay una “conciencia colectiva”. Un derecho penal antropológicamente fundado, plantea Zaffaroni en los años 80 para devolverle el sentido y vínculo con la realidad social. Ortega y Gasset habla del “ser-yo-y las circunstancias”, cerrando su planteamiento con las “circunstancias y yo”. Sartre señala que “nos captamos a nosotros mismos frente al otro, y el otro es tan cierto para nosotros como nosotros mismos”. Para redondear, adopto en “búsqueda criminológica” (1988) el concepto del ser social: soy en cuanto soy ser social, para contraponerme al idealismo de la individualidad.

En la dura acción de la autocrítica que asumo, cuando pensaba en el “ser social”, creo que aún lo hacía desde una fuerte influencia idealista racionalista, donde el yo está presente y prevaleciente. Ahora, tengo dudas. Ahora estoy leyendo al “soy porque somos” o el “ser social” en sentido de que lo genérico —imaginarios— moldean al ser o al soy; a tal punto de cuestionamiento, de temer de que sí llega a determinarlo. Aclaro que siempre he sido un profundo cuestionador —criminológicamente— de los determinismos que conllevan a las discriminaciones por color de piel o niveles socioeconómicos.

Un imaginario, que actualmente se ha puesto de moda, es ver al soy como uno más de lo que somos: zombis. Nos recuerda a los valores medios que menciona Garófalo como medida para criminalizar. Claro, también debemos vincular esta idea a la construcción de la curva de los índices de inteligencia: la gran barriga está compuesta por la media; despreciada, obviamente.

Pareciera que la psicología de masas, que en extremo la asociábamos a la actuación de las barras bravas, se ha ampliado enormemente: desaparición del yo y la sobrevaloración del somos. En situación de transición que genera inseguridad y polaridad, que es lo que actualmente vive el mundo, el linchamiento del diferente, del otro, es común: zombis que devoran al no zombi, al diferente. A esto hay que agregar otra variable, la del profundo miedo que está imperando, justificado o no, pero que se vive en grados extremos. Es un estado de alta subjetividad que se contrapone a la racionalidad del deber ser, anhelado por moros y cristianos.

Todo lo anterior se contrapone al idealismo del yo, que es la base del liberalismo del Estado en todos sus tonos: desde institucionalidades fuertes o muy débiles y casi inexistentes. El yo, en positivo garantizado, y el yo, en negativo penalizado.

Entonces, en el “soy porque somos”, tanto en el liberalismo como en su variante con el reconocimiento del pluralismo sociocultural… ¿cuál mi espacio?, o mejor dicho ¿hay espacio para el “soy”? Y, ¿cómo se traduce en la explicación que tendrá que darse desde la criminología y aplicar la responsabilidad correspondiente en materia penal?

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y nonnino de Valentina.

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Lo que ej… ej ¿no ve?

/ 5 de agosto de 2022 / 02:05

Las regiones tienen expresiones exquisitas: un “¿no ve?” que afirma (La Paz) y una afirmación que confirma, “lo que ej… ej nomaj” (oriente)

En tiempos de transición o crisis, por la que el mundo pasa y de la cual Bolivia no está exenta, debiera haber más preguntas que respuestas. Pero contrariamente, la gran inseguridad que provoca toda transición lleva al ser humano a un gran miedo interior y a escudarse en actos de fe (religiosos, regionales, sectoriales o ideológicos), más que en razones. Aparentemente le dan seguridad.

Al contrario del equilibrio que busca reconstruir, termina llevándolo al extremo de la violencia. Es así que nos encontramos en tiempo de los extremos generalizados, de los pensamientos únicos, de las intolerancias frente al otro. In saecula saeculorum in crescendo.

En ese contexto aparentemente general y homogéneo, existen diferencias. Por ejemplo, cuando analizamos la violencia en las dos ciudades de mayor crecimiento demográfico de Bolivia como lo son El Alto y Santa Cruz de la Sierra. En El Alto son alrededor de 10.000 nuevos alteños cada año (INE 2020), y la capital cruceña casi duplica a la alteña en crecimiento en ese mismo periodo (en el departamento de Santa Cruz más de 70.000 personas anualmente). La pandemia profundizó esta situación migratoria.

Ahora, ¿por qué es El Alto la más violenta?; obvio, le sigue la capital cruceña, eso dicen las estadísticas oficiales. La Escuela Ecológica de Chicago dio una explicación el siglo pasado para las sociedades de intensa movilidad social. Espero que esta afirmación no sea la base de alguna querella por discriminación (parte de la intolerancia y pensamiento único). ¿El Censo, no sirve también para encarar esta realidad y buscar paliarla? Aunque nadie lo habla, ni en El Alto ni en Santa Cruz de la Sierra.

Pero, no nos desesperancemos porque también hay certidumbres que hacen gozar a muchos, como todo lo cierto en tiempos de incertidumbre. La revista inglesa Four Four Two hace un tiempo publicó la “lista con los clásicos mas apasionantes a nivel mundial” y vaya sorpresa cuando vemos que lo encabezan Boca versus River. Pero la mayor sorpresa es que en el puesto 49 está Blooming versus Oriente. O sea que mi amigo ch’ukuta Gringo Gonzales se equivoca y además confunde a La Paz con Bolivia cuando señala que el clásico de Bolivia es el del Tigre de Achumani versus la Academia celeste.

Por suerte, estoy exento de esa búsqueda de certeza y soy un simple destroyano que ya se olvidó de un clásico.

Lo que ej… ej nomaj ¿no ve?

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y nonnino de Valentina.

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¿Derrumbando imaginarios?

/ 21 de julio de 2022 / 00:57

He leído opiniones que reproducen viejos imaginarios, construidos desde el poder y que profundizan las regionalizaciones: Nállar es narco; Nállar es cruceño; y, los cruceños son… Falaces y perversos silogismos con verdades a medias.

En los años 80 y 90 se construye dicho imaginario para encubrir el accionar del clan sirio-libanés que manejaba la Fiscalía paceña (y sin tener título de abogado), la que era ciega ante quienes pisaban coca en las abandonadas minas altiplánicas (producto del DS 21060), y después comercializar, como denunciara el padre Mauricio Bacardit, entonces director de la PASOC y con quien lanzamos la campaña “Por la dignidad”, a raíz de los súper fiscales con jurisdicción nacional y sus súper delitos en función. Solo había ojos, oídos, boca y un poderoso instrumento legal para lo mismo, pero generado en el oriente, principalmente Beni y Santa Cruz.

En esas épocas se hablaba de entre $us 500 y 800 millones anuales que movía el narcotráfico en Bolivia. Muchas ciudades “prosperaron”, pero las únicas que quedaron en el imaginario como territorios del narcotráfico serían las del oriente debido a los “grandes” operativos y su parafernalia. Y, contrariamente, por ejemplo, lo de Huanchaca (hoy parque Noel Kempff), que fuera parte del gran plan Irán-Contra. Santa Cruz puso el territorio, los muertos y los únicos procesados, en cambio el poder nacional y el foráneo se beneficiaron con la droga. Roberto Suárez y después Techo de Paja quedaron en el imaginario, pero no así Barbaschocas (campeón con más de 4 toneladas en un solo vuelo y respaldo oficial), que por ser exageradamente bochornosa la implicancia oficial, procedieron a detenerlo. El imaginario estaba consolidado.

Hoy, un estudio serio como el de A. Banegas señala que son alrededor de $us 2.500 millones anuales lo que mueve el narcotráfico en Bolivia, para otros serían 4.000 millones, nos quedaremos con la cifra más conservadora. El contrabando movió el año pasado alrededor de $us 3.000 millones y “operativos” trajeron como resultado a militares emboscados y muertos, además de quemar puestos aduaneros, pero nunca hubo grandes operativos policiales, ni titulares grandilocuentes. Recordando, además, que usualmente el ingreso delincuencial de vehículos chutos es a cambio de drogas.

“Quiero ser narco”, le responde una niña alteña a M. Galindo y ésta cuestiona explicando esta aspiración a partir de la realidad: “…cuando vemos matrimonios increíbles… fiestas de millones de dólares… unos cholets de millones de dólares”. El siglo pasado, un gran escritor mexicano señalaba que ningún militar aguantaría un cañonazo de dólares, refiriéndose a las dictaduras. Hoy, podríamos afirmar que no hay autoridad de nivel que se relaciona al narcotráfico, muertos como en Colombia o México, y no es por vacuna alguna de anticorrupción. El contravalor se impone y se convierte en valor ciudadano. ¿Podría ser diferente? Lo que sí puede ser diferente es en la reconfiguración de los imaginarios que profundizan las contradicciones entre el centro y la “periferia” del poder y reproducen perversas discriminaciones. Los problemas del narcotráfico, contrabando, trata y tráfico de personas, violencia de género, discriminación por color de piel, etc., son nacionales y transversalizan sectores sociales, regiones, ideologías, etc.; y esto sí es responsabilidad de todos en tanto y en cuanto lo aceptemos como males, como primer paso para encarar un gran diálogo nacional.

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y nonnino de Valentina.

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Transversalización de la discriminación

/ 3 de mayo de 2022 / 01:38

Hace años, en ocasión del velatorio de Fidel Castro, mirando los noticieros, me llamó poderosamente la atención que la guardia de honor que custodiaba su féretro estaba compuesta por soldados cuya piel era morena intensa y que entre el gabinete que acompañaba a su hermano y presidente sucesor Raúl, todos tenían el color de piel “blancoide”; los no blancoides que asistieron eran dignatarios de países caribeños.

En otra ocasión, también vi la composición del entonces presidente Lula y fue la misma imagen, aunque alguno podrá defender diciendo que gestionó para que el primer ministro de piel oscura llegue a la Corte Suprema de Justicia, además meritorio abogado.

Bolsonaro, actual presidente y contrario “ideológicamente” a los dos antes mencionados, también cuenta con un gabinete de “blancoides”.

Pongo comillas y preciso el término de blancoide porque la supuesta blanquitud en los seres humanos es un imaginario construido no ingenuamente; en el mejor de los casos, hoy se puede decir que hasta rosaditos pueden ser algunos, pero jamás blancos.

Hay una noticia de la agencia AFP señalando que en una de las mecas del fútbol mundial como es Brasil, “…da la espalda a los DT negros”. Sí, el Brasil de Pelé, Jairzinho, los Ronaldos, Neymar, etc., etc., etc.

¿Qué quiero resaltar de todo esto? Que los imaginarios construidos desde la colonialidad —del norte dicen otros— penetraron y se consolidaron en esta parte denominada indo-iberoafro- americana. Principalmente, que transversaliza los imaginarios ideológicos, quizás —más que seguro— porque ya se encontraban preñados de dicho prejuicio o imaginario colonial.

¿Los imaginarios disminuyen nuestra capacidad crítica? Recuerdo a mi buen amigo Felipe Quispe, gran luchador social y que proclamaba la grandeza, superioridad e independencia —de Bolivia— de lo aymara. Cuestionaba mi origen regional de nacimiento, de mi apellido y el color de mi piel, diferente a la suya, decía. Lo que no decía y trataba de ocultar con gafas oscuras y desviando la mirada siempre, eran sus ojos verdosos.

Es más fácil repetir los imaginarios porque vienen acompañados de ese equilibrio interno que nos da el “saberlos”: la escolástica vigente. Cuestionarnos nos produce crisis y como diría mi amiga Fátima Escobar, parafraseando a Freud, que tendemos los humanos a vivir sin autoridad —imaginarios, ideologías—, inclusive diría yo, contradiciendo lo que supuestamente pensamos y esgrimimos.

¿Los imaginarios transversalizan a las ideologías o éstas son un producto de aquello? Creo, como respondería mi amigo Carlos Álvarez de Zayas, que desde la complejidad es un sí y un no, y además, todo lo contrario.

El momento histórico exige una discusión nacional profunda, que deje de lado los imaginarios e ideologías preñadas de prejuicios discriminadores y que reconduzca hacia la legitimación expresada por la ciudadanía.

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y nonnino de Valentina.

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