Voces

Sunday 14 Aug 2022 | Actualizado a 09:27 AM

El tono rojo de nuestro progresismo

/ 30 de junio de 2022 / 00:58

Si seguimos la discusión política en la región en torno a que la política se lee cada vez menos con la imagen y los textos del Che o de Marx, y más con la identidad de Pluto o Goofy; entonces podremos convenir que estamos frente a un escenario que invita a la movilización cada vez menos motivada por criterios ideológicos, cada vez más por la identidad política que se tiene, y mucho más aún por el interés que busco obtener a partir del gremio al que pertenezco o de la identidad que profeso.

Este asunto identitario está obligando a los candidatos de izquierda en el continente a moderar —conservadurizar— el discurso, primero porque el discurso que se posicione en un extremo del polo es el que menos incentivo genera a los ismos urbanos de hoy: ecologismo, feminismo, ambientalismo, etc.

Segundo, el contexto político y social que sufrimos en los últimos tres años ha invadido la política de miedo, enfado y desesperanza. Casi nadie está dispuesto por apostar su futuro por algo que no conoce, esto nos hace más cautos de alguna forma a la hora de apoyar algún liderazgo, y también nos inclina a revivir lo añejo en aquello que representa la nostalgia en la que pensamos que vivíamos más cómodamente.

Estos rasgos, grosso modo, son los que se evidenciaron en al menos los dos últimos procesos electorales como los casos chileno y colombiano; es decir, si la hipótesis es que la región de este continente se encuentra en una nueva ola de izquierda de similar impulso como la tenía el socialismo del siglo XXI con Evo, Chávez, Correa y Kirchner; en este caso no es así, porque así, o bien los presidentes de hoy son vistos como figuras tuteladas por otros líderes anteriores a ellos, o bien porque carecen de la fuerza política suficiente como para tomar decisiones de fondo.

Por tanto, quizá esto que se dice que es una ola, solamente alcanza a ser considerado como una brisa con un aliento significativo que viene desde distintas direcciones y no con una fuerza unificada. Con esto no me suscribo tampoco en esas visiones que ya le dieron fecha de caducidad al progresismo latinoamericano usando el atajo más simple y mecánico para denostar esta corriente a través de decir que es mero populismo.

Lo que estamos viviendo en la región es tan incierto que no alcanza como para que los partidarios de la izquierda latinoamericana, cada vez que alguno de sus partidarios triunfa en una elección, entonces se abra demasiado las compuertas como para lanzar vivas en torno a que el bien estaría triunfando sobre el mal. O del otro lado, simplificar demasiado las cosas pensando que todo se reduce a una lucha entre la democracia contra una dictadura.

Son tiempos cuyo color para describirlo se me ocurre que son grises, en distintas tonalidades cuando se habla de la disputa izquierdaderecha. Y para el caso del progresismo latinoamericano diría que es menos color rojo intenso de combate y más tenue hacia un rosado ecléctico; quizá no sería mala idea replantearse el alcance de esto porque en la vereda de la derecha lo que se trabaja últimamente y mucho es cohesionar en torno a valores a su electorado con el marco de que lo que vivimos hoy son auténticos tiempos del libertinaje.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Del escritorio a la calle, de un salto

/ 11 de agosto de 2022 / 00:54

Una anécdota para iniciar: corría el tiempo electoral de las subnacionales de 2020. Fui invitado a un programa en televisión para hacer análisis político frente a la candidata a la Alcaldía de El Alto Eva Copa, de quien se estaba hablando mucho más que ahora en ese tiempo; antes de iniciar el programa o quizá en el primer corte publicitario y luego de decirle que de ella no se sabía nada hasta antes de que asumiera la presidencia del Senado a fines de 2019, me quedé con la pregunta de cuál era su expectativa de gestión tomando en cuenta que en El Alto la realidad obligaba a pensar en que todo el tiempo se debía enfrentar con negociaciones políticas constantes.

En el momento que acabo de describir y fuera de cámaras me dijo, dedicándome antes una mirada de menosprecio, que ella pensaba en no ser una alcaldesa de escritorio sino de calle, y que haría valer más la meritocracia por encima del carnet dirigencial en sus nombramientos con la gente que trabajaría.

Cuento esta anécdota porque creo que a más de un año de gestión, no parece haberse metido mucho en la calle y por contra, parece que el escritorio con los asuntos de gestión la tienen aún ocupada. Esto también sirve para evaluar en el mismo sentido a nuestras máximas autoridades del Estado al escuchar sus discursos el 6 de agosto pasado.

Si algo servía para describir el perfil político del presidente Arce era sin duda su capacidad técnica y trabajo ejecutivo de gabinete que lo destacaba, además que no era alguien que aparecía en la primera línea cuando se presentaba un conflicto político. Sin embargo, desde hace unas semanas decidió tomar la iniciativa política y meterse de lleno en la búsqueda de mesas de negociación y consenso sobre el Censo; y para rematar, su discurso por el aniversario patrio fue uno que destacó por su fuerte carga política.

Es decir, a partir de ahora ya no se puede decir solamente que el Presidente no cuenta con un perfil político fuerte, al contrario, se metió de lleno a lanzar lo que se puede entender como la posición de su gobierno en líneas generales dentro del país, y también se dedicó a sostener con firmeza su posición sobre el conflicto de Rusia con Ucrania, temas de política exterior.

Por tanto, el presidente Arce acaba de dar el salto cualitativo del escritorio a la calle, esto ciertamente representa un desafío, no es casual que signifique tal cosa porque es en este tipo de momentos en los que se evalúa con quiénes seguir este camino, porque lógicamente que este tipo de transformaciones no es que vaya a mover el terreno de las oposiciones, si es que se llegan a dar cuenta a tiempo que lo dudo mucho; sino también, generará sin duda algún eco bien o mal intencionado en las filas oficialistas. Otro día hablamos de la cátedra de filosofía académica que dio en su discurso el vicepresidente Choquehuanca, desnudando a los que lo infantilizaban afirmando que éste no leía más que las arrugas de nuestras awichas.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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¿Nacionalizar?… dónde hay que pagar

/ 28 de julio de 2022 / 00:54

Empecemos por confirmar algo que no se estuvo comentando cuando en la opinión pública se habló de nuevo sobre la nacionalización unos días atrás: los costos. Porque no solamente se trata del costo económico, sino que una decisión de ese calado conlleva lo que creo es la triada de costos, que en el marco de la inmediatez y la división anti y a favor de hoy, no nos alcanza el teclado predictivo que tenemos para someternos a una discusión de fondo por los asuntos.

No necesariamente guiándonos por un orden jerárquico, el primer costo que se me viene a la mente es justamente el que se estuvo hablando, el costo económico. Este costo viene aparejado del principio básico de que toda medida nacionalizadora conlleva un costo económico porque no se trata de arrebatarle a alguien la administración de lo que lleva haciendo sin pagar absolutamente nada a cambio. Para muestra un recuerdo histórico: la nacionalización de la Gulf Oil por Marcelo Quiroga Santa Cruz en 1969, tuvo un costo de $us 79 millones que se pagaron en su totalidad unos años después.

El segundo costo que conlleva una decisión de este tipo es sin duda el político, porque no hay duda de que hemos estado ondeando en un péndulo de decisiones políticas que fueron del libre mercado hacia el estatismo, y podría decirse de alguna forma que en este sentido los gobernantes cuando eligieron una de las dos vías, se tomaron muy en serio ese papel. Asumieron en su momento, sea para privatizar o sea para nacionalizar, el costo político que eso traía; aquí es muy curioso cómo en la revisión historiográfica, cuando se decidía nacionalizar, la prensa y parte de la opinión pública alertaba de una debacle y de un movimiento arriesgado que iba a aislar más al país; sin embargo, con la distancia del tiempo, los libros de historia hablan de un héroe valiente y decidido que supo velar por la dignidad de la Patria, por si acaso me refiero al mismo caso anterior de Quiroga Santa Cruz.

El tercer costo es el social, porque a diferencia de una política de privatización que busca mejorar la eficiencia y eficacia empresarial, un objetivo central de la nacionalización es la redistribución de recursos para que lleguen allí donde se necesita llegar, por eso la crítica elitista a menudo se concentra en identificar el despilfarro de dinero que representa una política nacionalizadora. Sin embargo, no hay duda de que uno de los efectos concretos que evidenciamos como país es que a diferencia de los años 90 del siglo pasado, en el que estábamos ubicados como país junto a Brasil como los más desiguales medidos por el índice Gini, hoy no es así; el motivo de esto: el efecto social de la nacionalización.

De tal manera, como vemos hasta aquí, no existe un solo costo, probablemente existan otros más, pero si me permiten el símil economicista, en una relación de costo versus beneficio, prefiero mil veces los resultados sociales que genera una nacionalización a una privatización porque, entre otras cosas, quien escribe esta columna no estaría aquí porque además del “mérito” individual no hay duda de que las condiciones de fondo que a uno le rodean son las que permiten conseguir ese aspiracional que buscamos unos por necesidad y otros por comodidad.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Consenso

/ 14 de julio de 2022 / 01:00

La palabra consenso en política últimamente está siendo llevada de la mano con connotaciones negativas como: componenda, intercambio de favores, inconsecuencia con los valores políticos. Cuando en realidad la política es una lucha constante en la que cualquier negociación terminará atendiendo en última instancia la resolución de un problema puntual mediante el consenso o un acuerdo mínimo entre las partes.

Ese marco comunicacional sobre el consenso político no nos lleva a la construcción de absolutamente nada y cada vez está cerrando las puertas a que lo institucional, en todos los aspectos que nos toca vivir, funcione óptimamente.

Por otra parte, si hablamos de política, lógicamente que estamos hablando de relaciones de poder en las que los actores plantearán alguna respuesta, pero como es lógico también en el marco de sus intereses, por eso en la medida que alguna decisión tenga la posibilidad de ser compartida por más de un actor, esa responsabilidad será compartida y menos señalada de ser una medida autoritaria.

Precisamente esto es lo que veo que está ocurriendo con el Censo que debía realizarse este año. Desde que se empezó a hablar del tema con los planteamientos de actores políticos de oposición para la inclusión de la pregunta sobre el mestizaje, pasando por lo que la Iglesia Católica dijo de pedir que se pregunte también sobre el credo que se profesa; hasta la renuncia y no aceptación de la misma del director del INE; es que se fue generando un cierto consenso en oficialismo y oposiciones sobre la postergación del Censo 2022.

Basta con hacer un breve repaso a la hemeroteca para evidenciar que desde el Comité Cívico de Santa Cruz se decía en marzo que los plazos necesarios habrían vencido y que no alcanzaría el tiempo para realizarlo este año, a esto se sumó la conferencia de prensa de un senador de CC que en junio manifestó también la idea de que se postergue el Censo.

Así, llegamos a la pasada reunión del Consejo Nacional de Autonomías, que está integrado por autoridades nacionales, regionales y locales, en la que se decidió sugerir la postergación de la realización del Censo para 2024. No hay duda de que una decisión de este tipo tiene un costo político, haber realizado el anuncio a partir de esta reunión de autoridades en la que están oficialistas y opositores genera un clima distinto a los titulares de algunos medios que ya están acostumbrados a escribir con teclado predictivo de acuerdo a una línea que llevan sosteniendo en el tiempo.

Por otra parte, es también un movimiento estratégico provocador para buena parte de esas oposiciones políticas que ahora que la decisión fue postergar el Censo, entonces tendrán que demostrar alguna capacidad en la línea de salir con acciones propositivas y no reactivas que ya forman parte de su repertorio de comportamiento.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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La unión no siempre es la fuerza

/ 16 de junio de 2022 / 03:00

Tiempos grises como los que estamos pasando últimamente, llevan consigo escenarios y acciones distópicas que no las creíamos ver jamás en el plano mediático, político y social.

Estos tiempos no se están dando solamente a nivel global con los efectos económicos y sociales de una pandemia sanitaria. Esto que estamos viviendo más bien tiene que ver con un clima político y social que es el resultado de haber tenido liderazgos fuertes, pero que al mismo tiempo mostraron tener muy poca vocación de construcción institucional.

Por eso ahora cuando vemos que desde el poder político la solución a un escándalo mediático en cualquier oficina estatal, pasa por remover a todas las personas de este espacio, exhibiendo y señalando públicamente a todos los funcionarios de ser el cáncer que nos afecta; no reparamos que esto es peligroso porque la regla de oro ya no es hablar del problema estructuralmente, sino que aquí se trata de la toma de justicia por mano propia.

Esta toma de justicia por mano propia lo que hace es saciar una inmensa frustración que sentimos por la mediatización de los problemas que vivimos, pero esto sigue sin atender de manera estructural el asunto, porque a esa actitud del poder político mencionado antes de que todos sean removidos y exhibidos públicamente, se le suma otra reacción peligrosa que es la posibilidad de endurecimiento de las penas en las cárceles.

Todo este marco introducido nos conduce a lo que se llama como populismo punitivo, en un momento que se supone deberíamos impulsar la resolución de los problemas por la vía de la justicia de paz, y la conciliación; que todo esto debiera llevarnos ahí sí a explotar nuestra máxima como país de que la unión es la fuerza. Al contrario, la unión en este contexto no será la fuerza transformadora del Estado, sino será la fuerza que se imponga coyunturalmente a otra que el día de mañana estará por encima.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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Santa Vera Cruz Tatala

/ 2 de junio de 2022 / 01:23

El mes de mayo desde la etapa escolar lo recuerdo como la reiteración constante que era un tiempo especial porque se festejaba a las madres por el recuerdo a la lucha de las Heroínas de la Coronilla. Este era el centro del homenaje ciertamente, pero hace poco me encontré con otras razones que pueden sumar a los bien merecidos festejos para nuestras progenitoras.

Por ejemplo, para el mundo católico es el mes de María, madre de Jesús, porque se conmemora en buena parte del planeta a la primavera y la belleza, lógicamente que en el caso de la Virgen María porque es alguien fundamental que para los católicos intercede ante el Creador por los pecados y necesidades que tenemos.

Pero también, en una lógica sincrética muy propia de nosotros, el mes de mayo comienza con una fiesta religiosa que tiene por devoción a Santa Vera Cruz Tatala, más conocida como la fiesta de la vida y la fertilidad. El registro es que hace poco más de 500 años esta celebración tiene mucho que ver con unas ruinas antiguas incaicas ubicadas en el departamento de Cochabamba cuya finalidad era evaluar las predicciones sobre el clima, eso llevó el asunto a asociarse con la fertilidad de la madre naturaleza para las cosechas y el ganado.

El significado más importante para las mujeres en relación con esta festividad es que se le pide al Señor de Santa Vera Cruz que interceda para que ellas puedan quedar embarazadas, la creencia gira en torno a la dinámica de que aquellas mujeres que piden por tener hijos, visiten a este santo en los días de su fiesta que son los primeros de mayo, y recoger unos muñecos en forma de bebés que ya antes dejaron otras mujeres a quienes se las bendijo con este milagro de la vida. Curioso ejercicio de celebración, si tomamos en cuenta que algunas decisiones públicas giran en torno a la idea de una maternidad elegida; aquí sin duda, evidenciamos otra faceta de la vida de las mujeres.

Entonces como vemos, casi por triple partida: por heroísmo, tradición originaria y fe religiosa, el mes de mayo concentra un tiempo de homenaje completo a nuestras madres. Yendo a un terreno meramente personal, es cierto que ellas son el pilar fundamental para entender lo que más adelante seremos nosotros; yo por ejemplo doy la cara e intento atender los problemas que nos aquejan, no elijo el campo del anonimato para ejercer desmesuradamente las libertades con las que gozo como ciudadano en un Estado democrático que buena falta necesita ser fortalecido. Y de yapa me alegro mucho por las primaveras y porque todos podamos vivir disfrutando lo que algunos llaman “cosas pequeñas”, por eso me atreví a escribir esta columna que no tiene nada que ver con analizar esas cosas “grandes” a las que nos dedicamos a veces y son fuente posterior para inquinas personales, mejor alegrarse por el mes que acaba de pasar.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario.

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