Voces

Friday 19 Aug 2022 | Actualizado a 19:16 PM

La moda y la economía

/ 3 de julio de 2022 / 01:50

La versión más barata del Cosmograph Daytona, el modelo en acero inoxidable de Rolex que se volvió famoso gracias a Paul Newman, tiene un precio sugerido al público de $us 14.550. Sin embargo, es improbable que consigas uno tan barato. En los últimos años, la demanda de relojes mecánicos de pulsera de lujo ha superado por mucho la oferta y la lista de espera para los modelos más populares de Rolex —si puedes convencer primero a un distribuidor autorizado de que eres merecedor de uno— se dice que ahora es de varios años. Según Watch- Charts, una base de datos de precios para coleccionistas de relojes, un modelo actual del Daytona se vende por más de $us 40.000 en el mercado secundario; durante los últimos cinco años, el precio del Daytona en el mercado secundario ha crecido a un promedio de 20% al año, lo cual lo ha convertido en una mejor inversión que cualquiera de las registradas en el S&P 500 durante el mismo periodo.

Los precios de los relojes de gama alta no son los únicos que se dispararon durante la pandemia. Para una gran variedad de productos coleccionables —entre ellos obras de arte, autos clásicos, bolsos de lujo, zapatos deportivos, cómics y tarjetas coleccionables—, los últimos años fueron más efervescentes que una botella de Dom Pérignon (cuyo precio para ciertas cosechas también se ha disparado). Luego, está el mercado de las casas, sin duda un producto escaso más práctico, donde los precios también aumentaron a nuevos máximos intolerables en años recientes.

Últimamente, he estado pensando mucho sobre estas burbujas de activos, en especial ahora que he seguido el desplome del bitcóin, el ethereum, los tókenes no fungibles (NFT, por su sigla en inglés) y la industria más amplia de las criptomonedas que se volvió tan de moda durante la pandemia. Los defensores de las DeFi —la criptojerga que en inglés se refiere a las “finanzas descentralizadas”, las cuales en esencia buscan reproducir la industria de los servicios financieros con sistemas basados en criptomonedas— arguyen que la tecnología expandirá el acceso a productos financieros y desatará una ola de innovación que ahora obstaculizan los jefes supremos de las finanzas tradicionales, a las cuales llaman TradFi de forma burlona.

No obstante, cada vez con más rapidez, nos damos cuenta que las criptomonedas son tan solo otro artículo coleccionable impulsado por las mismas fuerzas que inflaron el mercado para los Yeezys y bolsos Birkin: mucho dinero salpicado por todo el mundo, sin muchos lugares obvios donde ponerlo y un temor a perderse de algo que todos los demás parecen pensar que está de moda.

Así como un Rolex no da la hora mejor que un reloj de pulsera ordinario—de hecho, los relojes electrónicos son mucho más precisos que los mecánicos—, las DeFi no parecen hacer nada mejor que las TradFi y de muchas maneras prácticas son peores.

Entonces, ¿por qué tanta gente invirtió? Porque el temor a perderse de algo es una superdroga. Porque, cuando los precios se están disparando y sientes el temor de perderte de algo, puedes convencerte de imaginar un valor intrínseco para cualquier cosa: un reloj mecánico es una maravilla de la ingeniería miniatura, casi una obra de arte en su complejidad intrincada. O: una moneda estable algorítmica es una maravilla de la ingeniería tecnológica financiera, una forma de reproducir los bancos y las redes de pago pasados de moda en la cadena de bloques para crear una infraestructura financiera abierta.

Por otro lado, se promocionaron las criptomonedas a todos, ricos y pobres. En redes sociales, en cadenas de televisión financiera y en anuncios salpicados de celebridades para el Super Bowl, estos productos complejos, volátiles, propensos a colapsar y sin regulación fueron vendidos a las masas como oportunidades de las que no podían perderse.

Hace poco, he visto mucha alegría en línea por el mal ajeno: mucha gente que no participó en el auge de las criptomonedas y se burla de quienes entraron con todo, lo cual tal vez solo sea justo para los escépticos que tuvieron que soportar durante años a criptopersonajes detestables que les decían: “Diviértete siendo pobre”.

No obstante, ¿puedes culparlos? Los estudios sugieren que la gente menor de 40 años ha estado mucho más dispuesta que la gente mayor a invertir su dinero en criptomonedas. Esto tiene sentido cuando tomas en cuenta que una gran parte de sus vidas adultas han estado dominadas por estos ciclos de altibajos y un crecimiento constantemente bajo de los salarios reales.

Para millones de personas, las criptomonedas, al igual que los bienes raíces y las puntocom antes que ellas, ofrecían una salida para lo que de otra forma ha sido un callejón económico sin salida. Simplemente querían salir adelante casi de la única manera que uno puede hacerlo en estos días: poniendo tu dinero en algo de moda y esperando que sea un éxito. Es el estilo estadounidense.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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Me equivoqué sobre Facebook

/ 11 de agosto de 2022 / 00:56

A principios de 2009, ofrecí a todo el mundo un consejo tecnológico del que me he arrepentido desde entonces: les dije a todos que se unieran a Facebook. En realidad, eso es decir poco. No solo se lo dije a la gente. Exhorté a la gente. No solo me equivoqué sobre Facebook; lo entendí todo al revés. Si todos hubiéramos decidido abandonar Facebook en ese instante o en cualquier momento desde entonces, internet y quizás el mundo serían mejores lugares.

Me había enamorado de la utilidad de Facebook, de la magia de buscar a alguien y encontrar a esa persona exacta, algo que hoy suena poco impresionante pero que entonces era simplemente alucinante.

Durante la primera década del nuevo milenio, la industria tecnológica explotó con una serie de nuevos inventos. Además del auge de las redes sociales, la década de 2000 nos trajo sitios de contenido “generado por el usuario” como Flickr, YouTube y Reddit; potentes aplicaciones basadas en la nube como Gmail, Google Maps y, para los desarrolladores, Amazon Web Services; servicios de medios digitales como iTunes Store y el servicio de transmisión en continuo de Netflix; y, con el lanzamiento en 2007 del iPhone de Apple, el acceso generalizado a internet a través de los celulares con pantalla táctil.

Lo que no había tenido en cuenta era cómo interactuarían todas esas cosas nuevas entre sí, especialmente a medida que más personas se conectaran. En 2009, internet seguía siendo en su mayor parte estacionario: solo un tercio de los estadounidenses utilizaba el celular para conectarse. Eso hacía que hubiera un gran abismo entre lo que ocurría “en línea” y “sin conexión”. Sean cuales sean los horrores que rondan el ámbito digital, no podían zumbarte el bolsillo en cualquier lugar y en cualquier momento.

Por supuesto, habría sido imposible predecir los efectos de la presencia de internet en nuestras vidas. Pero al pedir que todo el mundo se metiera en Facebook, debería haber intentado adivinar mejor lo que podría salir mal si todos lo hiciéramos. ¿Cuáles serían las implicaciones para la privacidad si todos usáramos Facebook en nuestros teléfonos? ¿Cómo se desarrollaría en el mundo la capacidad de Facebook para unir a la gente? ¿Sería una ayuda mayor para los activistas de la libertad que luchan contra los gobiernos represivos o, por ejemplo, ayudaría a los estadounidenses agraviados a atacar su Capitolio? ¿Cuáles serían las implicaciones para la expresión y los medios de comunicación si esta única empresa se convirtiera en un centro de intercambio de información en el discurso global?

Son preguntas difíciles, algunas de ellas imposibles de responder ahora y mucho menos entonces. Pero al menos debería haber pensado en formularlas.

Mi artículo se publicó la semana anterior a la toma de posesión del primer presidente negro de Estados Unidos, cuya campaña había utilizado las redes sociales y otras innovaciones digitales de una forma nunca vista en una contienda presidencial. También estaba escribiendo en las profundidades de una recesión causada por el colapso del sistema financiero mundial, un colapso considerado, en buena medida, obra de Wall Street. Esa era la sensación que invadía los medios de comunicación y la política a finales de la década de 2000: Wall Street había arruinado el mundo. Silicon Valley podría arreglarlo.

Todavía estamos en medio de la toma de posesión digital de la vida real y probablemente solo sabremos cómo se desarrolla todo esto dentro de muchos años. Y puede que no importe ahora, de todos modos: las redes sociales están aquí para quedarse. Pero lo que me molesta es el poder inigualable que personas como Zuckerberg han adquirido con sus inventos. No parece en absoluto bueno para la sociedad —para la economía, para la política, para un sentido básico de la igualdad— que un puñado de empresas de $us 100.000 millones o incluso de $us 1 billón controlen porciones tan grandes de internet.

Este problema, el poder de los gigantes de la tecnología, se fomentó en el gobierno de Obama. Es un resultado directo del ambiente que describo: la sensación de que la gente de la tecnología sabía lo que estaba haciendo, que eran los buenos, que sus inventos iban a salvar el día. Los reguladores de Obama permitieron a Facebook comprar a sus mayores competidores —primero, Instagram; luego, WhatsApp— y no tomaron medidas contra su imprudencia con los datos privados de los usuarios. Los representantes de Google visitaron la Casa Blanca, en promedio, más de una vez a la semana durante gran parte de los dos mandatos de Obama, superando con creces las reuniones de este tipo con otras empresas.

Me gustaría poder decir que critiqué estas fusiones y la intimidad de la Casa Blanca de Obama con la tecnología, pero, como muchos otros en la prensa, no lo hice hasta muchos años después. A finales de la década de 2000 y principios de la década de 2010 fui demasiado tímido con respecto al creciente poder de las empresas tecnológicas; vi que ocurría, pero rara vez señalé sus peligros. Me arrepiento.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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Criptomonedas y NFT

/ 11 de mayo de 2022 / 02:09

Para entender la última encarnación de las colosales estafas en criptomonedas que siguen plagando internet, supongo que deberíamos empezar por todos esos simios aburridos, porque ¿cómo no hacerlo? No me refiero a los simios reales: poco de lo que hay en esta columna tiene que ver con cosas que podrían llamarse “reales” en algún sentido tangible. Más bien, me refiero a la colección de arte digital conocida como Bored Ape Yacht Club. Creada hace un año por un cuarteto de misteriosos entusiastas de las criptomonedas con pseudónimos, Bored Ape es una colección de miles de dibujos hipercoloridos “generados mediante programación” de primates desaliñados pero con onda, de esos que no le llevarías a tu mamá a su casa.

Por la simple razón de que en internet pasan cosas bizarras, los simios aburridos se han convertido en un producto de moda en el mercado de los tokens no fungibles, o NFT. Hasta la semana pasada, el NFT de Bored Ape más barato disponible —una especie de certificado digital que otorga a su poseedor la propiedad nebulosa de la ilustración del mono— se vendía por el equivalente a unos $us 340.000; el año pasado, un NFT de un mono aburrido muy raro, uno de los pocos con pelaje dorado, se subastó en Sotheby’s por $us 3,4 millones.

¿Vamos bien hasta ahora? La gente en internet está enloqueciendo por lo que en esencia son primates estilo Pokémon. Quizá se pregunten qué hacen los simios y por qué la gente paga tanto por derechos jurídicamente inciertos sobre ellos y cómo fue que ustedes se volvieron tan viejos y anticuados. Todas son buenas preguntas, pero ya estamos más allá de ellas.

En el último año, Yuga Labs, la empresa emergente con buen financiamiento que fabrica los Bored Apes, se ha embarcado en un desfile de nuevos y aún más vanguardistas derivados digitales de sus simios. Sus más recientes emprendimientos hacen gala de la vibra desconcertante, despilfarradora y como de casino descompuesto de la tendencia non plus ultra de internet. Las criptomonedas, las cadenas de bloques, los NFT y la constelación de tecnologías alabadas que se conocen como la web3 se han aclamado como una forma de liberar internet de los gigantes tecnológicos que controlan la red en este momento. Pero lo que está ocurriendo con Bored Apes sugiere que están haciendo lo contrario: contaminar el mundo digital con una espesa niebla de errores, estafas y especulación financiera costosa y en gran medida no regulada que acaba con la poca confianza que aún quedaba en la web.

Molly White, una desarrolladora de software que dirige Web 3 Is Going Just Great, un sitio web y un canal de Twitter que documenta los desastres espectaculares que al parecer ocurren todos los días en el criptomundo, me dijo que se está engañando a muchas personas para que se conviertan en conejillos de Indias de un conjunto de nuevas tecnologías que son mucho menos sólidas de lo que reconocen sus promotores.

Los defensores de las criptomonedas y de las innovaciones asociadas a la web3 afirman que estas tecnologías pueden revertir la tendencia monopolística de internet. Aseguran que si construimos la próxima generación de aplicaciones de internet en cadenas de bloques —en esencia, libros de contabilidad públicos que pueden registrar transacciones monetarias y almacenar datos de manera descentralizada, lo cual significa no estar bajo el control de ningún gigante tecnológico—, podremos desestabilizar a los gigantes de internet de hoy. Los promotores de la web3 también señalan una variedad de virtudes que hasta ahora no se han materializado. Dicen que las criptomonedas nos liberarán de los grandes poderes financieros como Wall Street y la Reserva Federal, que permitirán a la gente enviar y recibir dinero de forma barata o que incorporarán a los millones de personas “no bancarizadas” del mundo al sistema financiero moderno.

Sinceramente, hace tiempo que intento mantener la mente abierta a estas afirmaciones, porque me siento bastante consternado por la forma en que un puñado de empresas se ha apoderado de un internet que antes consideraba una fuente de innovación. Si realmente existe una nueva web que va a resolver todos los problemas de la vieja web, cuenten conmigo.

Tampoco vemos mucho de la descentralización prometida. Muchas compañías de la web3 están financiadas por las mismas personas que construyeron la web que ahora estamos tratando de reformar. El principal problema no es que estas tecnologías se conviertan en la base del futuro de la web. Está claro que no están preparadas para ello: como dijo White: “Si la web3 no puede manejar 55.000 NFT de Bored Ape, ¿cómo podrá manejar la tecnología a escala web?”.

Pero ¿cuánta gente más tiene que perder hasta la camisa para que nos demos cuenta de que la web3 no es la solución a ninguno de nuestros problemas?

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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Guerra de combustibles fósiles

/ 26 de abril de 2022 / 01:59

Por un lado, podría parecer indudable que la invasión de Rusia a Ucrania es una guerra posibilitada y exacerbada por el apetito insaciable del mundo por los combustibles fósiles. Es imposible que no sea así: Rusia es un petroestado (su economía e influencia global dependen en gran medida de sus vastas reservas de petróleo y gas natural) y Vladimir Putin es su petromonarca, uno más en una línea de personajes con los que las democracias liberales siguen haciendo negocios porque tienen algo que les es indispensable.

La salida de este predicamento también parecería obvia y urgente. Acelerar nuestra transición a combustibles renovables baratos y abundantes nos permitiría resolver al mismo tiempo dos amenazas graves al planeta: la amenaza de los hidrocarburos, causantes del calentamiento climático y la contaminación del aire y la de los dictadores que mandan sobre su abastecimiento.

Sin embargo, los políticos estadounidenses de izquierda parecen totalmente incapaces de establecer esta conexión, ¿o no? En su discurso del estado de la Unión poco después de la invasión de Rusia, el presidente Joe Biden desperdició una gran oportunidad: podría haber resaltado los peligros geopolíticos de los combustibles fósiles y así revivir su plan para el cambio climático, que está estancado, con otras 30 naciones, que se pondrán en circulación 60 millones de barriles de petróleo. Entre tanto, los críticos de derecha no perdieron la oportunidad de oro que les presentó la idea de que la invasión de Rusia por algún motivo hace hincapié en lo absurdo de ocuparnos del cambio climático.

Siento como si estuviera de cabeza. Si “el grupo de presión del clima” de verdad tuviera tal poder, quizá ya habría evitado desde hace tiempo que Europa construyera su sociedad sobre la base de un acuerdo diabólico por la energía rusa. Por otra parte, con todo y su “obsesión con el clima”, los demócratas del Senado estadounidense no han conseguido que se apruebe una ley para regular las emisiones causantes del calentamiento climático. Más bien, un senador partidario del carbón ha obstaculizado su proyecto de ley y ahora el problema del cambio climático ha quedado relegado por el tema de la guerra. Algunos demócratas parecen haberse olvidado por completo del planeta: Gavin Newsom, el gobernador de California, quiere entregarles a todos los propietarios de automóviles de su estado hasta $us 800 en reembolsos para compensar el elevado precio de la gasolina. Este momento podría habernos dado claridad moral sobre los peligros de los combustibles fósiles, pero, hasta ahora, los demócratas han titubeado en dar ese mensaje.

La buena noticia es que los demócratas tienen una nueva opción lista. Build Back Better, la política social y ambiental de amplio alcance que no superó el Senado el año pasado, incluye una letanía de ideas excelentes para abordar la crisis actual. Ese esfuerzo no ha perecido por completo; los demócratas todavía se encuentran en negociaciones con Joe Manchin, el senador de Virginia Occidental que tiene parado el proyecto de ley, y todavía podrían unir fuerzas para aprobar algunas partes.

Pero lo que me tiene desconcertado es por qué Biden y los demócratas no han defendido agresivamente sus propuestas en el nuevo contexto de la guerra ni han hecho énfasis en que la política climática no es ajena a la política exterior, por lo que liberarnos de los combustibles de otros es la mejor solución a largo plazo para los precios energéticos por las nubes.

Hablé con varios defensores de la política climática que se lamentaron por la aparente renuencia de la Casa Blanca a comunicar con fuerza este mensaje. No obstante, una entrevista que dio Svitlana Krakovska, científica del clima ucraniana y parte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, fue lo que, en lo personal, me hizo entender la relación. Krakovska le dijo hace poco a The Guardian que, cuando las bombas rusas comenzaron a caer sobre Ucrania, reflexionó sobre la naturaleza interconectada de su área de estudio y los peligros que enfrenta su país.

Voy a dejar que ella cierre este artículo: “Empecé a pensar sobre los paralelos entre el cambio climático y esta guerra y me quedó claro que la raíz de estas dos amenazas a la humanidad se encuentra en los combustibles fósiles”, aseveró Krakovska en la entrevista. “La quema de petróleo, gas y carbón causa el calentamiento y otros impactos a los que necesitamos adaptarnos. Rusia, por su parte, vende estos recursos y utiliza el dinero para adquirir armas. Otros países dependen de esos combustibles fósiles y no se liberan de ellos. Estamos en una guerra por los combustibles fósiles. Es evidente que no podemos seguir viviendo así, pues terminaremos por destruir nuestra civilización”.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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La ciberguerra de Ucrania que no fue

/ 17 de marzo de 2022 / 01:29

A finales del año pasado, Estados Unidos y el Reino Unido enviaron expertos a Ucrania para ayudar a su gobierno a prepararse para el espectacular ataque cibernético que algunos creían que sería el ataque inicial de Vladimir Putin durante una invasión. Se decía que la red eléctrica ucraniana era un objetivo muy atractivo para los hackers rusos, que ya habían conseguido desconectarla durante breves periodos en dos ocasiones anteriores. Muchos temían que el próximo ataque fuera mucho más devastador.

Bajo el mandato de Putin, Rusia ha adoptado una forma de lucha que combina la fuerza militar convencional con operaciones no convencionales, a menudo digitales, como la propaganda política online y los ciberataques a infraestructuras. Desde hace años, los funcionarios de seguridad de Occidente se preocupan por la capacidad de hackeo de Rusia. Sin embargo, se produjo algo ciberinesperado en el camino hacia el ciberarmagedón: Rusia invadió Ucrania a la vieja usanza, con tanques, cañones, misiles y aviones, y hubo pocas pruebas de que lograra algo significativo con armas de código. Hubo informes de un aumento de los ataques a sitios web ucranianos en los meses previos a la guerra, pero su impacto ha sido mínimo.

Dos semanas después de los combates, la red eléctrica de Ucrania, sus sistemas de comunicación y otras infraestructuras aún funcionan en general. ¿A qué se debe la aparente contención cibernética de Rusia? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Rusia podría estar reservando sus mejores armas cibernéticas para un momento más crítico de la guerra. También es posible que solo sea incompetente. Tal vez sus hackers no fueron rivales a la altura de las ciberdefensas de Ucrania, que el país ha estado reforzando durante años. Pero la relativa calma en el frente cibernético ucraniano hace que algunos expertos en cibernética sugieran algo inusual: que quizás la imagen que tienen los organismos de seguridad nacional de los ataques digitales como un nuevo frente único y revolucionario en la guerra es incorrecta.

Esto no quiere decir que los ciberataques no sean una amenaza seria; son costosos y podrían causar un gran caos e inclusive daños físicos. Sin embargo, como armas de guerra ofensivas, tal vez se hayan sobrevalorado. Más que ataques que definen la situación en el campo de batalla, este tipo de armas son más apropiadas como instrumentos de espionaje, sabotaje y otras operaciones encubiertas. Así como el bastón o el bolígrafo de las películas de James Bond son un buen truco de espionaje, pero es poco probable que alteren el orden internacional como lo han hecho los portaaviones, las municiones de precisión o las armas nucleares. Hay quienes consideran que estas armas pueden tener un papel más revolucionario. Estas predicciones son preocupantes, pero aún no se han comprobado en el campo de batalla. Aunque pueden dañar o importunar a un enemigo, no suelen causar dificultades que lleven al enemigo hacia un objetivo específico.

En muchos casos, tal vez la mayoría, los ciberataques son más adecuados para fines delictivos o de inteligencia que para cambiar los cálculos políticos. Por supuesto, debería ser motivo de celebración que las armas cibernéticas no sean la siguiente versión de las armas nucleares. Pero para algunos teóricos también es triste darse cuenta de esto porque sugiere que la guerra seguirá siendo tan violenta como siempre.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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La era de las grandes empresas tecnológicas

/ 7 de marzo de 2022 / 01:50

Últimamente, el mercado bursátil ha estado menos entusiasmado con la industria tecnológica. Este año, los precios de las acciones de muchas de las empresas más grandes están a la baja, algunas un poco —las acciones de Apple y Alphabet, la empresa matriz de Google, han caído un 5%— y algunas de manera extraordinaria. La empresa matriz de Facebook, Meta, y Netflix han perdido más o menos una tercera parte de su valor desde el Año Nuevo. Debido a que la explosión de las acciones tecnológicas produjo una gran parte del ascenso del mercado accionario en 2021, su declive ha contribuido mucho a la caída del mercado. El S&P 500 está más o menos un 7% a la baja en 2022.

No hay duda de por qué los inversionistas están temerosos. La variante Ómicron, la inflación, los posibles aumentos a las tasas de interés, la posibilidad de una guerra en Europa, los canadienses actuando de una manera muy poco canadiense… fuerzas impredecibles se han apoderado de la economía global, por eso no es poco razonable esperar que algunas de las empresas más grandes del mundo tengan problemas más adelante.

Sin embargo, en las últimas semanas, mientras las corporaciones anunciaban sus desempeños financieros de los últimos meses de 2021, me costó trabajo enfocarme en qué podría salirle mal a la industria tecnológica.

En 2021, Amazon, Apple, Alphabet y Microsoft —las cuatro empresas estadounidenses que en este momento valen más de $us 1 billón cada una (de hecho, Microsoft supera los $us 2 billones y Apple tiene casi $us 3 billones)— reportaron un crecimiento envidiable. Incluso los ingresos decepcionantes de Meta fueron relativos: las ganancias de la empresa crecieron un 35%, una cantidad inferior al casi 60% de 2020.

Por lo tanto, el panorama es mucho más grande: después de todo lo bien que les ha ido a las empresas más grandes del sector tecnológico durante la pandemia, ahora parecen estar a punto de expandir su alcance e influencia sobre el resto de la economía, en vez de ceder terreno.

Tal vez no sea muy sorprendente que a las empresas tecnológicas más grandes les haya ido muy bien durante una pandemia que provocó que muchos de nosotros pasáramos mucho más tiempo con la tecnología. Sin embargo, la escala de su crecimiento es impactante.

Como señaló Chaim Gartenberg de The Verge, en 2021, el ingreso de Apple creció más de $us 90.000 millones, alrededor de un tercio más que su ingreso de 2020, y esto ocurrió a pesar de una escasez mundial de chips para computadora. En 2021, las ventas de Amazon fueron un 67% mayores que en 2019, el año previo a la pandemia; en 2021, el ingreso de Google fue casi un 60% superior al de 2019.

He desgastado mi tesauro en busca de superlativos para enfatizar cuán patidifusas son estas cifras. De por sí, ya eran algunas de las corporaciones más grandes de la historia; en 2018, Apple se convirtió en la primera empresa estadounidense en llegar a una valuación de mercado de $us 1 billón. En teoría, las empresas de ese tamaño no deberían crecer tan rápido como ellas lo han hecho. Durante años, los especialistas han predicho que con el tiempo los gigantes tecnológicos se van a enfrentar a la llamada “ley de los grandes números”. Sin embargo, las grandes empresas tecnológicas siguen violando la ley.

¿Qué motiva el crecimiento asombroso de los gigantes tecnológicos? No se trata solo de que la pandemia produjera un mucho mayor uso de la tecnología. En mi opinión, un asunto más importante es que la pandemia ilustró cuánto espacio queda en nuestras vidas para agregar todavía más tecnología, para que nuestras pantallas se vuelvan el portal primario por medio del cual un puñado de empresas toma una tajada de todo lo que hacemos.

Se puede ver una tendencia similar en toda la industria: las grandes empresas tecnológicas no solo están atrayendo a más clientes a sus negocios más tradicionales, sino que se están expandiendo a sus negocios secundarios de formas que parecen imposibles.

En un informe reciente, Dan Ives y John Katsingris, analistas de la firma de inversiones Wedbush Securities, escribieron que lo que estamos presenciando es tan solo el inicio de una explosión a largo plazo de las ganancias para el sector tecnológico. Estimaron que las empresas iban a gastar $us 1 billón en servicios en la nube durante los próximos años, es decir que hay mucho espacio para que las empresas tecnológicas no dejen de crecer. Según estimados de Ives, tan solo el negocio de servicios de Apple podría valer $us 1,5 billones. Ives y otros especialistas han llamado la “cuarta Revolución industrial” al próximo auge de inversiones en el sector tecnológico.

Eso suena ambicioso. Sin embargo, cuesta trabajo ver qué podría obstaculizar a las grandes empresas tecnológicas. Los legisladores y los reguladores han expresado alarma sobre el poder de mercado que tienen los titanes tecnológicos, pero —con las elecciones intermedias que se avecinan y los republicanos y demócratas en desacuerdo sobre qué hacer exactamente para limitar el poder de los gigantes tecnológicos— la oportunidad de una nueva política antimonopolios podría estar desvaneciendo. Me pregunto si dentro de unos años diremos que, cuando se trató de anticipar el futuro de las grandes empresas tecnológicas, no pensamos tan a lo grande.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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