Voces

Thursday 18 Aug 2022 | Actualizado a 19:29 PM

La prensa no impone Presidente

/ 2 de agosto de 2022 / 02:25

Sé que el título es bastante provocador. Pero no por ello deja de ser menos cierto. Aunque, a decir verdad, para que sea completamente veraz, me faltó decir que “no siempre impone Presidente”.

¿Quién podría negar el poder que ostenta la prensa? Nadie. Sin embargo, sobrevalorarla sería tan errático como minusvalorarla.

En las últimas encuestas que hicimos en el Celag detectamos que en muchos países de América Latina la mayoría de la ciudadanía no cree lo que nos “cuentan” desde los grandes medios de comunicación. Por ejemplo, en Argentina, en abril de 2019, a pocos meses de la cita electoral presidencial, solo el 24% consideraba que informaban correctamente. En Bolivia, también unos meses antes de las elecciones de octubre de 2020, este valor era del 20% (el resto pensaba que hacían propaganda). En México, en junio de ese mismo año, Televisa tenía una valoración a favor del 29%. En Chile, también en 2020, la imagen positiva de la prensa no llegaba al 30%. En Perú, en marzo de 2021, uno de los canales más importantes del país, América Tv, tenía una credibilidad del 27%. Y, por hacer mención al último caso, deberíamos de fijarnos en Colombia: ni Semana ni Caracol ni RCN lograban alcanzar el 30% de confianza a fines del año pasado.

En ninguno de esos países, la prensa logró imponer “su candidato”. O, dicho de otro modo: no pudo impedir que la opción progresista ganara las elecciones.

¿Por qué ocurre esto a pesar del poderío que tienen y ejercen? En primer lugar, porque en muchas ocasiones se han desconectado de lo que le preocupa a la gente en su cotidianeidad. Cayeron en el mismo error que ellos critican a la clase política: vivir en su propia burbuja.

En segundo lugar, porque generalmente acaban dirigiéndose exclusivamente a su propio público, es decir, convencen a los que ya están convencidos.

En tercer lugar, porque tienen un manual obsoleto que no saben cómo renovar. El mejor ejemplo es la cantinela de “si gana la izquierda, el país se volverá como Venezuela”. Este mensaje no cala en el día a día, salvo en aquéllos que jamás votarían por dicha alternativa ideológica. En el Celag preguntamos esto para varios países y los datos son elocuentes: a) para Argentina, solo el 28% estaba de acuerdo con esta tesis si ganaba Alberto y Cristina; b) en Chile, el 29%; c) en Colombia, con Petro —y siendo seguramente la campaña más dura en este sentido—, el valor estaba por debajo del 40% (o sea, aquellos que nunca le votarían).

En cuarto lugar, porque estamos en una época de tanta oferta y consumo mediático que consultar la prensa se ha convertido más en un modo de entretenimiento que en una vía real para informarse. Además, la inmediatez y lo efímero se imponen a la veracidad.

En quinto lugar, porque las redes sociales han ensanchado tanto la manera de estar informados y comunicados que han mermado la capacidad de la prensa tradicional de concentrar la atención y fidelidad de las mayorías.

Ninguna de estas razones debería llevarnos a la conclusión de que los grandes medios no tienen aún la fuerza suficiente para generar marcos, para instalar agendas, para cercenar la imagen de una política y para mucho más, pero esto no significa que logren modificar todos los sentidos comunes e imaginarios. Sería un enorme error “regalarles” más importancia de la que tienen, porque eso implicaría dar por perdida una batalla política que podría ganarse, como así se ha demostrado en América Latina en estos últimos años. Y Petro es el caso más reciente, pero seguramente no será el último.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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Colombia: cambio, ¿de qué?

/ 28 de junio de 2022 / 02:54

Ni el tipo de cambio se ha duplicado ni la economía se ha quebrado. Ningún gran banco se ha ido del país, ni petrolera alguna. Los propietarios continúan conservando sus propiedades y los que estaban condenados por delitos permanecen en las cárceles. Y, por supuesto, Colombia sigue siendo Colombia y no ese país al que se alude siempre en toda campaña electoral.

¿Significa eso que el nuevo Gobierno de Petro será lo mismo? Definitivamente, no.

El uso frecuente de la palabra “Cambio” puede llevar a equívoco por dos razones.

Una, porque este término suele ser utilizado superficialmente en muchas campañas electorales a modo de eslogan y, en consecuencia, se acaba quedando en eso, en un significante vacío para usar y tirar.

Dos, porque un determinado sector opositor (mediático y partidario) lo aprovecha para meter miedo aplicando un libreto ya por todos conocido. Es decir: si gana el candidato del Cambio, siempre y cuando sea progresista, entonces, llega el Fin de todo y el Inicio de la Era del Horror.

El cambio no es lo uno ni lo otro.

Recuerdo que en el libro Nuevo Examen de la Desigualdad, de Amartya Sen (Premio Nobel de Economía), se plantea la necesidad imperiosa de identificar la “variable focal” a la hora de realizar cualquier tipo de análisis sobre la desigualdad que pretenda ser preciso y riguroso. ¿De qué? Esa es la pregunta a la que hay que responder para saber a qué tipo de desigualdad nos estamos refiriendo.

Algo similar ocurre con el Cambio.

Cambio, ¿de qué?

No será un Cambio de todo, pero tampoco de nada.

Hay ejes muy claros marcados en campaña, y también antes de ella. El ahora presidente electo no habla nunca en modo curvilíneo. Cuando le preguntan algo y no tiene la respuesta, suele decir “lo estoy pensando”. Y, por el contrario, aunque la pregunta sea muy comprometedora, si tiene una reflexión cerrada al respecto, entonces, sin duda, lo expone sin titubeos ni filtros.

El pensamiento político y económico de Petro pivotea sobre determinados ejes de Cambio que son, precisamente, aquellos por lo que ha sido respaldado con esta votación histórica. Y digo histórica porque siempre es mucho más determinante lo que se logra en primera vuelta que en segunda (Petro logró 8,5 millones de votos, lo que ningún otro presidente obtuvo).

La Paz, la Vida y el Amor componen indudablemente el nuevo triángulo de gravedad del cambio que se viene en Colombia. Y no se trata de un lema sin contenidos. Petro lo ha expresado como la base esencial de todo. El “entendimiento” entre sectores diferentes es la única vía para edificar lo que se viene. Y, de manera inédita, seguramente dará muestra de ello con un Gabinete Amplio, en el que quepan muchas piezas de una Colombia muy diversa. Inclusive con personalidades con las que no coincide ideológicamente (salvo uribistas). Sin embargo, esto no significa que Petro se convierta en “un Presidente de Centro” ni tampoco que acabe naufragando en un mar lampedusiano donde todo cambia para que nada cambie. No. En absoluto. Petro aboga por el Acuerdo Nacional, pero entendido éste como Herramienta y no como un Objetivo en sí mismo.

El Fin de los Privilegios es, tal como lo plantea y práctica AMLO en México, la manera más justa y eficiente para comenzar a “organizar la casa” en cualquier país. Petro lo ha manifestado de mil maneras; por ejemplo, en relación a los bancos que especulan y ganan a costa de la pérdida de la mayoría; a las exenciones tributarias que únicamente gozan unos pocos; a unos fondos que se aprovechan de los planes de pensiones. Todo esto cambiará, aunque una minoría proteste y haga tanto ruido que parezca una mayoría.

El Ambientalismo y el Feminismo son dos dimensiones que diferencian el progresismo que propone Petro de otros en América Latina. Tampoco son banderas de campaña electoral. Vienen de lejos. En lo primero, no se saltará etapas, pero tampoco dejará de transitarlas. Es consciente que no hay ningún software que permita salir del extractivismo de la noche a la mañana. Lo ha explicado, aunque haya sido descaradamente tergiversado por cierta prensa conservadora. Se ha reunido con Ecopetrol y hay más coincidencias en ese plan de transición energética de lo que parece. Será otro cambio, aunque lento.

En lo segundo, su feminismo no es impostado. De hecho, lo va fraguando lentamente. Su propia hija, Sofía Petro, así lo ha dicho públicamente: “mi padre está en un proceso de deconstrucción”. Y esos procesos son los más sólidos. Los que van desde donde partes hasta donde quieres llegar, y no aparentas partir desde un lugar en el que no estás. A ciencia cierta será un Gobierno con más equidad, pero no solo en las formas sino también en el fondo.

La soberanía en política internacional será otra arista del Cambio que se viene en Colombia. Petro lo demostró desde la primera hora en una doble llamada el mismo día a Maduro y Biden. El mensaje fue claro: no voy a obviar la importancia de Estados Unidos, pero tampoco voy a subordinar el interés nacional a lo que me dictaminen desde el Norte en relación a un país vecino con el que tengo más ‘cotidianeidad’ que con cualquier otro. A este primer punto habría que sumarle otro: su decidido latinoamericanismo.

El Estado Colombiano de Bienestar será el gran reto del Cambio para dejar atrás una suerte de mercantilización excluyente en materia de derechos sociales. Educación, salud, vivienda y pensiones formarán el cuadrilátero social imprescindible para que la gente en Colombia viva bien. En esta tarea el Estado ha de estar presente, y eso definitivamente será otro gran diferencial.

La relación con la Prensa es otro componente de la nueva manera de hacer política que se viene. Petro es muy propenso a conversar con los medios afines y no afines. No es de los que rehúye el debate, la discusión. Ese será otro Cambio.

A todas esas líneas hay que sumarle una clave transversal del Cambio. Se llama Francia Márquez, su vicepresidenta. Que además de su valor simbólico, por lo que es y representa, trae consigo una corriente de pensamiento colectivo que aporta bases y matices sustanciales. Ella delinea un campo del cambio. Muy auténtico y genuino. Que no solo tiene asidero en su biografía, que también. Sino que marca horizonte y pone los puntos sobre las íes y constituye una garantía de inclusión, real, de esas que se logra reivindicando y no callando. Y, ciertamente, será una voz-alerta cada vez que algunos factores de poder procuren maniatar esas ansias de transformaciones que tiene la sociedad colombiana. 

En definitiva, atender al ‘de qué’ es la única manera de comenzar a dotarle de vida propia al cambio, y de evitar caer en tópicos y lugares comunes. Entender el cambio que se viene también exige entender su tempo, su mientras tanto, sus tensiones, su montaña rusa, porque jamás, jamás de los jamases, todo se hace en un día, ni en dos, ni en tres. Eso sí: la ciudadanía tiene una expectativa muy alta del cambio que se necesita, con respuestas urgentes ante cada necesidad, y esas han de ser prioritarias, como, por ejemplo, que la gente tenga condiciones de vida digna cuanto antes.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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Tercer round en la segunda vuelta en Colombia

/ 11 de junio de 2022 / 01:41

“No es Churchill, pero es lo que hay”. Esta fue la frase, tan lapidaria como elocuente, que escuché en la mesa de al lado en el aeropuerto de El Dorado de Bogotá (Colombia) mientras tomaba un café esperando la partida de mi vuelo.

Un señor de corbata le hacía este comentario a su colega de trabajo en clara referencia al resultado electoral de Rodolfo Hernández en primera vuelta y con miras a lo que podría suceder el 19 de junio.

El “candidato sorpresa” había llamado la atención de propios y extraños por colarse en la gran final contra Gustavo Petro. Un desconocido para muchos, sometido ahora a infinitos intentos ( forzados) de encorsetarle a través de categorías sencillas.

Pero no. En política, como en la vida, no hay atajo simple para fenómeno complejo.

¿Quién es Rodolfo Hernández? En parte, es un viejo político que ha podido reinventarse como nuevo y diferente gracias, precisamente, a la victoria política de Gustavo Petro y lo que la Colombia Humana representa. La alternativa progresista amplió el marco de lo posible en este país. ¡Qué (democrática) paradoja!

Aunque parezca que estamos en una segunda vuelta, en verdad nos encontramos en el tercer round. El primero tuvo que ver con la disputa petrismo vs. uribismo, con todo lo que ello significa. Y, en gran medida, esta partida ya fue saldada. Uribe dejó de ser el centro de gravedad de la política colombiana. Tiene su fuerza institucional, mediática, económica y militar, sin lugar a dudas, pero en cuanto a apoyo popular quedó relegado a una minoría. Desde hace unos años, la matriz de valores y sentidos comunes en Colombia no es uribista. Es otra “cosa”.

El segundo está vinculado a la idea de “Cambio”, que en Colombia es mucho más que un eslogan de campaña. Esta batalla también está ganada. El país cambió y sigue cambiando. La gran mayoría quiere dejar atrás el viejo país con sus desigualdades e injusticias; y anhela un Estado que garantice derechos sociales; más paz que violencia; un modelo económico más productivo, sin mafias ni corrupción; un sistema tributario sin privilegios; con relaciones internacionales soberanas. Este cambio también tiene su correlato electoral: los dos candidatos más votados acapararon dos tercios de los votos válidos. Ambos representan el cambio, cada uno a su manera. Petro en un sentido muy definido y Hernández de manera mucho menos nítida.

Y ahora estamos ante la segunda vuelta electoral que realmente constituye un tercer round político. Lo que está en juego a partir de ahora es hacia dónde ir. El cambio implica dejar atrás un estadio anterior, pero no necesariamente se conoce cuál será el rumbo a seguir.

Se viene un nuevo plebiscito político que deberá definir, por un lado, si las dos victorias anteriores ( fin del uribismo y cambio) serán duraderas o si, por el contrario, fueron meramente coyunturales. La propuesta de Hernández se moverá entre marcos superficiales sin que nada de lo profundo sea modificado.

Y, por otro lado, está en disputa el modelo económico y social. Hernández seguramente optará por el goteo hacia abajo sin querer afectar los privilegios de los de arriba. Un clásico de la doctrina del empresario llegado a la presidencia. A lo Piñera, a lo Cartes, a lo Macri, a lo Lasso. Ya conocemos sus resultados. Ganan los de siempre a costa de los de siempre. Y, frente a ello, Petro pretende un Estado de bienestar como pivote, en el que la justicia social sirva como palanca del crecimiento. Y donde la economía real se imponga a la especulación financiera y la producción interna a la exportación de materia prima sin valor agregado. Son dos vías en pugna. Ambas en el marco del capitalismo, pero diametralmente opuestas.

En definitiva, en esta tercera contienda política, que coincide con la segunda vuelta electoral, se elige entre Hernández, “es lo que hay”, y otra opción, Petro, que no sabemos si llegará a ser una suerte de Churchill colombiano, pero que seguro sí posee todos los atributos para ser un gran Estadista.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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El Centro no existe

/ 14 de mayo de 2022 / 02:13

Esta podría ser una de las conclusiones del resultado electoral reciente en muchos países en América Latina. Una vez me contaron un chiste (muy malo) sobre la importancia relativa que podría tener el valor promedio en algunos casos donde predominan los valores extremos. Si vas a comer carne con un amigo vegetariano, y tú te comes un kilo de un buen asado, pero tu amigo nada de nada, entonces, el promedio nos diría que cada uno se comió medio kilo de carne. En conclusión: a las estadísticas hay que saber usarlas. Y no abusar de ellas, sin sentido. No siempre el promedio es estadísticamente significativo.

Con el “Centro” ocurre algo parecido. En política, y en particular en el campo electoral, se abusa del concepto de “Centro”, como si existiera por una cuestión aritmética. Justamente, como si se tratara de una ubicación ideológica promedio, que está a mitad de camino entre un extremo y el otro. Sin embargo, esto no es habitual en América Latina. ¿Por qué? En gran medida, por una triple razón.

1). En lo económico, los países de la región tienen distribuciones de las condiciones de vida y del ingreso con un alto grado de polarización. Es decir, muchos con poco y pocos con mucho. Esto implica que la media está muy distante de la mediana, lo que pondría en jaque la hipótesis de la existencia de un votante típico, representativo de la sociedad. Dicho de un modo más coloquial: no hay votante “centrado”, porque el “Centro” es la consecuencia de una función estadística que no se corresponde con la realidad. Se interpela a una sociedad que no existe. Se le habla a una clase media como mayoritaria cuando lo que hay es una mayoría que está empobrecida.

2). Lo que Lakoff llama la biconceptualidad. Hay gente que piensa ideológicamente de una manera en un asunto y de otra ante otro bien distinto. Se puede ser progresista a favor de más y mejor Estado en materia de salud pública, pero conservador en términos de velar por la seguridad en las calles. Esto no implica de ningún modo que exista una “persona de Centro”. Nada que ver. De lo que se trata es que una misma persona puede utilizar un sistema moral en un ámbito y otro sistema moral en otro. Y, por tanto, hay que saber interpelar al sistema progresista de valores en vez de hablar con una “moderación” ilusoria.

3). Que la ciudadanía esté alejada y disociada de los debates recurrentes por parte de cierta clase política no significa que sea de “Centro”. Ni que esté despolitizada. En cada asunto, cotidianamente, la gente se posiciona. Con claridad y vehemencia. ¿O alguien conoce cómo sería “ser de Centro” en temas como el aborto, el abuso de las comisiones bancarias, la inseguridad ciudadana, los precios tan elevados de los alimentos, los bajos ingresos, la falta de salud o educación, el problema de los cortes de luz, la corrupción, etc.?

El nuevo progresismo latinoamericano afronta el siguiente reto: no caer en la idea de un “Centro” como espacio predominante. Porque si se acepta —como lo defienden las “usinas fanáticas centristas”, como les llama Stiglitz—, cometeríamos un error epistemológico imperdonable: asumir que se gobierna en un país, pero la gente vive en otro.

En este sentido, quien no se equivoca es el presidente AMLO en México; logró un histórico de votación en 2018 sin acudir al Centro y polarizando contra un modelo injusto y caduco. Y aún mantiene su alta imagen positiva sin necesidad de ello. En Bolivia, tanto con Evo como ahora con Luis Arce, lo mismo: el eterno intento de Centro de Carlos Mesa siempre quedó lejos de la mayoría. En Perú, las opciones de Centro no pasaron a segunda vuelta (ni Guzmán ni Forsyth ni De Soto). En Chile tampoco (ni Parisi ni Provoste). En Ecuador, lo mismo (ni Hervás ni Yaku). Y en Colombia, el Centro (por la Esperanza) fue el espacio político menos votado en la consulta que tuvo lugar en marzo. Gustavo Petro, por el contrario, sin buscar el Centro logró una votación récord para la izquierda con una clara propuesta. Y aún sigue siendo el máximo favorito para ganar en la próxima elección presidencial.

Este fenómeno podría servir como advertencia para lo que pueda pasar en Brasil —en las elecciones presidenciales de octubre— y también en Argentina, de cara al próximo año. Es decir, caer en la trampa de querer buscar un Centro que no existe.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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Sobre lo posible

/ 4 de abril de 2022 / 01:07

Se trata de un viejo debate que sigue más vigente que nunca: lo que es posible o imposible. Lo que se puede o no se puede. Un constante forcejeo, propio de la política, que define horizontes, correlación de fuerza, lealtades, identidades y, lo que es más importante, mejoras en el día a día de la gente.

Nos decía el exvicepresidente e intelectual boliviano Álvaro García Linera, en la presentación del magnífico libro del Celag, La mano visible de la banca invisible, escrito por Guillermo Oglietti y Sergio Martín Páez que, en términos físicos, es sencillo discriminar entre “la frontera de lo imposible y la apertura de lo posible”. Sin embargo, añadía que, en el terreno de lo social y lo político, esta diferenciación no es tan objetiva, porque depende en gran medida de las ataduras mentales y de los marcos cognitivos conservadores que, definitivamente, recortan “las posibilidades de lo posible”.

El “no hay alternativa”, como mandato pregonado desde la racionalidad neoliberal es, precisamente, el argumento predominante para achicar el campo de las transformaciones posibles. El que tiene como objetivo impedir cualquier ruptura cognitiva que nos abra otras opciones para hacerlas viables.

He aquí donde está el gran desafío para la nueva ola progresista en América Latina: no tolerar ni asumir que todo lo posible sea considerado como imposible. O, dicho de otro modo, evitar que cualquier intento de cambiar el orden actual sea catalogado como imposible, insensato, radical. Este estigma limita. Condena. Restringe. Conserva.

Porque de ser así, lo políticamente correcto quedará validado únicamente según el marco cognitivo hegemónico. Y todo aquello lo que no satisfaga ese principio será considerado como inadmisible, o no pragmático.

En Argentina, este dilema está vivo. La pugna política está servida.

Van aquí algunas preguntas con el ánimo de llevarle la contraria a los fanáticos de lo imposible.

¿Es posible eliminar la exención en el impuesto a las ganancias que goza el Poder Judicial en Argentina, y recaudar 42.000 millones de pesos (0,11% del PIB o 4,15% del total del gasto tributario)?

¿Es posible hacer que los grandes conglomerados empresariales en Argentina paguen el tipo impositivo legal, 30%, en vez de lo que están realmente pagando, el tipo efectivo real, 4,1% (año 2019)?

¿Es posible aplicar en Argentina el tipo impositivo a las ganancias de la banca privada que tiene Bolivia, para obtener en una década la mitad de lo que se le debe al FMI?

¿Es posible limitar el cobro de comisiones y tasas de interés usureras a la banca y otras entidades financieras para aliviar el problema de la deuda de los hogares que afecta a la gran mayoría? ¿Es posible un plan urgente para resolver esa asfixiante deuda familiar?

¿Es posible aumentar el salario mínimo a 100.000 pesos por mes? (como primer paso para compensar el desequilibrio entre la masa salarial acumulada en el periodo 2016-2021 (335%) y el crecimiento de los precios (474%) y los beneficios empresariales (523%).

¿Es posible imponer multas notables sobre las prácticas oligopólicas en materia de precios de bienes básicos?

¿Es posible fijar otras condiciones de juego para unas pocas empresas distribuidoras de electricidad que dejan sin luz a la gente de manera frecuente?

¿Es posible disponer de una agencia pública de vivienda que logre que este mercado no sea beneficioso solo para unos pocos?

Todo es posible.

Posible no es lo mismo que sencillo. Ni fácil. Y sin oposición. Es el arte de jugar en la política. Todo depende de la voluntad y, también, de la audacia. Si le damos ventaja a lo imposible, lo posible acabará perdiendo. Y el progresismo también. 

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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El plebiscito en América Latina

/ 30 de diciembre de 2021 / 19:38

Saber elegir el eje sobre el cual plebiscitar es fundamental, tanto en términos políticos como electorales. No todas las preguntas ordenan a la población de la misma manera.

La construcción de una mayoría parte de esta caracterización, identificando con la mayor precisión posible qué ejes distribuye de una manera u otra. Pero siempre sin descuidar una máxima: esto no se trata de un juego de mesa en el que el único objetivo es ganar la partida, aunque sea renunciando a tus ideas. Dicho de otro modo: un proyecto político se basa en sus convicciones.

Un buen ejemplo para entender mejor esta discusión política es lo ocurrido recientemente en Chile. El progresismo acertó en la definición del plebiscito planteado a la ciudadanía, en base a tres dimensiones correlacionadas entre sí: 1) Sí o No a la vuelta a las ideas pinochetistas; 2) Sí o No a un modelo económico neoliberal fallido, caracterizado por una bonanza macroeconómica con gran malestar microeconómico; y 3) Sí o No a nuevas reglas constitucionales.

Lo más consistente de esta forma de construir mayoría fue que la primera fase tuvo una base genuina. La gente dijo ‘basta ya a un modelo’ en movilizaciones sociales que desbordaron la lógica partidaria vigente hasta entonces. Eso posteriormente tuvo su correlato en el referéndum, que tuvo lugar finalmente el 25 de octubre de 2020, donde se votaba a favor de la redacción de una nueva Constitución con participación de todos los sectores de la sociedad. La mayoría fue evidente: el 78,28% dijo Sí.

En esa misma senda, está lo acontecido recientemente con las elecciones a la Presidencia. De nuevo, el plebiscito estuvo bien fijado, en base a los ejes previamente comentados. Y la mayoría votó con porcentajes idénticos a los resultantes en 1988, cuando se decidió la continuidad o no en el poder de Augusto Pinochet. En aquella ocasión, fue un 55,99% en contra de la dictadura y un 44,01% a favor. Esta vez, el resultado es el mismo (Boric 55,9% vs. Kast 44,1%).

El progresismo chileno encontró, así, un eje plebiscitario sobre el cual forjar una gran mayoría. Pero este es su punto de partida, que no de llegada. La clave, a partir de ahora, será seguir buscando y encontrando cuáles son los nuevos ejes que habiliten poco a poco una mayor cohesión de la mayoría lograda, y, al mismo tiempo, dedicar el máximo esfuerzo para convencer, argumentar y persuadir en aquellos otros ejes en los que son minoría. Porque la política también es eso. No solo hacer clic con una mayoría existente, sino conformarla hacia delante en aquellos principios afines.

Este enfoque es válido para Chile y para otros procesos en América Latina. En cada país hay un plebiscito que detectar.

Se ha logrado en Perú, donde la victoria electoral de Pedro Castillo reflejó que hay una mayoría que no quería caminar más por el sendero neoliberal. Seguramente ese era el único plebiscito que se podía ganar, juntando a tantas corrientes variopintas. Y, de ahora en adelante, estamos en “veremos”, según se sigan fabricando mayorías sobre temas puntuales que preocupen a la ciudadanía.

O en Bolivia, donde el 55% dijo No al golpe de Estado y al gobierno de facto resultante. Ese porcentaje no es exactamente el que apoya al MAS. Y eso se puede comprobar en la diferencia de 7 puntos que hubo entre las elecciones de 2019, con Evo ganando con el 47%, y el valor con el que ganó Luis Arce (55%). Los ejes plebiscitarios fueron diferentes y los resultados también.

En Argentina, el antimacrismo fue el eje elegido para la victoria del Frente de Todos de 2019. Y después, probablemente haya costado encontrar nuevos marcos plebiscitarios para seguir consolidando políticamente la mayoría electoral. He aquí el desafío hacia delante que tiene el proyecto progresista en este país: hallar asuntos relevantes que sirvan de “punto de encuentro” entre los distintos electores y sectores del Frente.

El contraejemplo es Ecuador. La línea divisoria en la última cita electoral no se logró ubicar donde más le convenía al progresismo por múltiples razones. Por ejemplo, se planteó un plebiscito contra Lenín, pero eso no garantizó la victoria del correísmo, porque, en parte, una porción de la ciudadanía no los consideró totalmente diferentes. Otro ejemplo es la elección del lawfare como eje plebiscitario, que no siempre es efectivo para ordenar mayorías.

Y el próximo año tenemos elecciones presidenciales en dos plazas importantes: Colombia (mayo) y Brasil (octubre). Tanto Petro como Lula tienen claras opciones de victoria, según todas las encuestas. El plebiscito que se logre instalar será definitivamente determinante para saber si se logra la mayoría electoral suficiente para comenzar a gobernar con proyectos diferentes al neoliberalismo. Veremos.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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