Voces

Wednesday 17 Aug 2022 | Actualizado a 00:59 AM

Lo que ej… ej ¿no ve?

/ 5 de agosto de 2022 / 02:05

Las regiones tienen expresiones exquisitas: un “¿no ve?” que afirma (La Paz) y una afirmación que confirma, “lo que ej… ej nomaj” (oriente)

En tiempos de transición o crisis, por la que el mundo pasa y de la cual Bolivia no está exenta, debiera haber más preguntas que respuestas. Pero contrariamente, la gran inseguridad que provoca toda transición lleva al ser humano a un gran miedo interior y a escudarse en actos de fe (religiosos, regionales, sectoriales o ideológicos), más que en razones. Aparentemente le dan seguridad.

Al contrario del equilibrio que busca reconstruir, termina llevándolo al extremo de la violencia. Es así que nos encontramos en tiempo de los extremos generalizados, de los pensamientos únicos, de las intolerancias frente al otro. In saecula saeculorum in crescendo.

En ese contexto aparentemente general y homogéneo, existen diferencias. Por ejemplo, cuando analizamos la violencia en las dos ciudades de mayor crecimiento demográfico de Bolivia como lo son El Alto y Santa Cruz de la Sierra. En El Alto son alrededor de 10.000 nuevos alteños cada año (INE 2020), y la capital cruceña casi duplica a la alteña en crecimiento en ese mismo periodo (en el departamento de Santa Cruz más de 70.000 personas anualmente). La pandemia profundizó esta situación migratoria.

Ahora, ¿por qué es El Alto la más violenta?; obvio, le sigue la capital cruceña, eso dicen las estadísticas oficiales. La Escuela Ecológica de Chicago dio una explicación el siglo pasado para las sociedades de intensa movilidad social. Espero que esta afirmación no sea la base de alguna querella por discriminación (parte de la intolerancia y pensamiento único). ¿El Censo, no sirve también para encarar esta realidad y buscar paliarla? Aunque nadie lo habla, ni en El Alto ni en Santa Cruz de la Sierra.

Pero, no nos desesperancemos porque también hay certidumbres que hacen gozar a muchos, como todo lo cierto en tiempos de incertidumbre. La revista inglesa Four Four Two hace un tiempo publicó la “lista con los clásicos mas apasionantes a nivel mundial” y vaya sorpresa cuando vemos que lo encabezan Boca versus River. Pero la mayor sorpresa es que en el puesto 49 está Blooming versus Oriente. O sea que mi amigo ch’ukuta Gringo Gonzales se equivoca y además confunde a La Paz con Bolivia cuando señala que el clásico de Bolivia es el del Tigre de Achumani versus la Academia celeste.

Por suerte, estoy exento de esa búsqueda de certeza y soy un simple destroyano que ya se olvidó de un clásico.

Lo que ej… ej nomaj ¿no ve?

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y nonnino de Valentina.

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¿Derrumbando imaginarios?

/ 21 de julio de 2022 / 00:57

He leído opiniones que reproducen viejos imaginarios, construidos desde el poder y que profundizan las regionalizaciones: Nállar es narco; Nállar es cruceño; y, los cruceños son… Falaces y perversos silogismos con verdades a medias.

En los años 80 y 90 se construye dicho imaginario para encubrir el accionar del clan sirio-libanés que manejaba la Fiscalía paceña (y sin tener título de abogado), la que era ciega ante quienes pisaban coca en las abandonadas minas altiplánicas (producto del DS 21060), y después comercializar, como denunciara el padre Mauricio Bacardit, entonces director de la PASOC y con quien lanzamos la campaña “Por la dignidad”, a raíz de los súper fiscales con jurisdicción nacional y sus súper delitos en función. Solo había ojos, oídos, boca y un poderoso instrumento legal para lo mismo, pero generado en el oriente, principalmente Beni y Santa Cruz.

En esas épocas se hablaba de entre $us 500 y 800 millones anuales que movía el narcotráfico en Bolivia. Muchas ciudades “prosperaron”, pero las únicas que quedaron en el imaginario como territorios del narcotráfico serían las del oriente debido a los “grandes” operativos y su parafernalia. Y, contrariamente, por ejemplo, lo de Huanchaca (hoy parque Noel Kempff), que fuera parte del gran plan Irán-Contra. Santa Cruz puso el territorio, los muertos y los únicos procesados, en cambio el poder nacional y el foráneo se beneficiaron con la droga. Roberto Suárez y después Techo de Paja quedaron en el imaginario, pero no así Barbaschocas (campeón con más de 4 toneladas en un solo vuelo y respaldo oficial), que por ser exageradamente bochornosa la implicancia oficial, procedieron a detenerlo. El imaginario estaba consolidado.

Hoy, un estudio serio como el de A. Banegas señala que son alrededor de $us 2.500 millones anuales lo que mueve el narcotráfico en Bolivia, para otros serían 4.000 millones, nos quedaremos con la cifra más conservadora. El contrabando movió el año pasado alrededor de $us 3.000 millones y “operativos” trajeron como resultado a militares emboscados y muertos, además de quemar puestos aduaneros, pero nunca hubo grandes operativos policiales, ni titulares grandilocuentes. Recordando, además, que usualmente el ingreso delincuencial de vehículos chutos es a cambio de drogas.

“Quiero ser narco”, le responde una niña alteña a M. Galindo y ésta cuestiona explicando esta aspiración a partir de la realidad: “…cuando vemos matrimonios increíbles… fiestas de millones de dólares… unos cholets de millones de dólares”. El siglo pasado, un gran escritor mexicano señalaba que ningún militar aguantaría un cañonazo de dólares, refiriéndose a las dictaduras. Hoy, podríamos afirmar que no hay autoridad de nivel que se relaciona al narcotráfico, muertos como en Colombia o México, y no es por vacuna alguna de anticorrupción. El contravalor se impone y se convierte en valor ciudadano. ¿Podría ser diferente? Lo que sí puede ser diferente es en la reconfiguración de los imaginarios que profundizan las contradicciones entre el centro y la “periferia” del poder y reproducen perversas discriminaciones. Los problemas del narcotráfico, contrabando, trata y tráfico de personas, violencia de género, discriminación por color de piel, etc., son nacionales y transversalizan sectores sociales, regiones, ideologías, etc.; y esto sí es responsabilidad de todos en tanto y en cuanto lo aceptemos como males, como primer paso para encarar un gran diálogo nacional.

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y nonnino de Valentina.

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Will Smith, el sopapo y la sociedad criminógena

/ 1 de junio de 2022 / 01:07

Chris Rock hace bullying públicamente a la esposa de Will Smith y éste sopapea también en público a aquél. Resultado: Will es castigado y Chis no.

Días atrás, una víctima de bullying sistemático por su forma de hablar (¿frenillo de lengua?), armado como Rambo ( fascinante imaginario gringo) convierte a niños y profesores en sus víctimas: de víctima pasó a victimario.

Pareciera que solo se da en yanquilandia, donde no faltan los cavernarios que responden ante esta tragedia con una propuesta del populismo penal: hay que armar a toda la sociedad para que se defienda.

¿Nos es ajeno esto? No, para nada. Quizás no en las proporciones, pero sí en la cualidad: también somos una sociedad donde el bullying es pan de cada día; desde poner apodos en razón a una situación, apariencia corporal o de color de piel, posición religiosa, política, regional, social, etc., etc. y etc.

Y, al igual que en yanquilandia, somos una sociedad tolerante con esta cualidad criminógena. Tiene que suceder una catástrofe (sobresaturación, en el lenguaje de Enrico Ferri) para que reaccionemos (granada en una asamblea de estudiantes —con muertes—, derrumbe de baranda en otra —también con muertes—, etc.) y, obviamente, desde el populismo punitivo (Farit Rojas, La Razón 30/05/22), aplicando el esquema del “chivo expiatorio” (se sacrifica al chivo para expiar el mal cuasi generalizado y sentirnos aliviados porque el culpable es otro y no nosotros) a quien “excede”, mientras… somos tolerantes a un diario accionar de agresividad.

Decíamos (La Razón 12/06/21) que la concurrencia (categoría de Birkbeck) viabiliza que el niño-víctima se convierta en adultovictimario. No es determinante (soy crítico de los determinismos positivistas), es condicionante, más aún en sociedades donde el bravucón es personaje público.

Poner a la Policía, a los dinosaurios, etc., en la mesa de discusión y por separados, simplemente es repetir lo dicho anteriormente. La necesidad de tomar desde la complejidad (sociocultural —educativa—, penal reforma integral —descolonizadora y autonómica—, institucional —Policía, Fiscalía, jueces—) es hablar en serio, solo así nos alejaremos de la cultura del populismo punitivo filo-fascista, previa discusión nacional a partir de reconocer que es un problema social (terapia de Alcohólicos Anónimos) y, pasito a pasito (como dice aquel poema erótico que le pusieron ritmo exquisito), de un día a la vez, encarar y transformar en políticas públicas.

Alejandro Colanzi es criminólogo y nonnino de Valentina.

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Transversalización de la discriminación

/ 3 de mayo de 2022 / 01:38

Hace años, en ocasión del velatorio de Fidel Castro, mirando los noticieros, me llamó poderosamente la atención que la guardia de honor que custodiaba su féretro estaba compuesta por soldados cuya piel era morena intensa y que entre el gabinete que acompañaba a su hermano y presidente sucesor Raúl, todos tenían el color de piel “blancoide”; los no blancoides que asistieron eran dignatarios de países caribeños.

En otra ocasión, también vi la composición del entonces presidente Lula y fue la misma imagen, aunque alguno podrá defender diciendo que gestionó para que el primer ministro de piel oscura llegue a la Corte Suprema de Justicia, además meritorio abogado.

Bolsonaro, actual presidente y contrario “ideológicamente” a los dos antes mencionados, también cuenta con un gabinete de “blancoides”.

Pongo comillas y preciso el término de blancoide porque la supuesta blanquitud en los seres humanos es un imaginario construido no ingenuamente; en el mejor de los casos, hoy se puede decir que hasta rosaditos pueden ser algunos, pero jamás blancos.

Hay una noticia de la agencia AFP señalando que en una de las mecas del fútbol mundial como es Brasil, “…da la espalda a los DT negros”. Sí, el Brasil de Pelé, Jairzinho, los Ronaldos, Neymar, etc., etc., etc.

¿Qué quiero resaltar de todo esto? Que los imaginarios construidos desde la colonialidad —del norte dicen otros— penetraron y se consolidaron en esta parte denominada indo-iberoafro- americana. Principalmente, que transversaliza los imaginarios ideológicos, quizás —más que seguro— porque ya se encontraban preñados de dicho prejuicio o imaginario colonial.

¿Los imaginarios disminuyen nuestra capacidad crítica? Recuerdo a mi buen amigo Felipe Quispe, gran luchador social y que proclamaba la grandeza, superioridad e independencia —de Bolivia— de lo aymara. Cuestionaba mi origen regional de nacimiento, de mi apellido y el color de mi piel, diferente a la suya, decía. Lo que no decía y trataba de ocultar con gafas oscuras y desviando la mirada siempre, eran sus ojos verdosos.

Es más fácil repetir los imaginarios porque vienen acompañados de ese equilibrio interno que nos da el “saberlos”: la escolástica vigente. Cuestionarnos nos produce crisis y como diría mi amiga Fátima Escobar, parafraseando a Freud, que tendemos los humanos a vivir sin autoridad —imaginarios, ideologías—, inclusive diría yo, contradiciendo lo que supuestamente pensamos y esgrimimos.

¿Los imaginarios transversalizan a las ideologías o éstas son un producto de aquello? Creo, como respondería mi amigo Carlos Álvarez de Zayas, que desde la complejidad es un sí y un no, y además, todo lo contrario.

El momento histórico exige una discusión nacional profunda, que deje de lado los imaginarios e ideologías preñadas de prejuicios discriminadores y que reconduzca hacia la legitimación expresada por la ciudadanía.

Alejandro Colanzi Zeballos es criminólogo y nonnino de Valentina.

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Criminología crítica

/ 8 de diciembre de 2021 / 04:01

En noviembre pasado participé de un seminario sobre “el estado del arte de la criminología crítica en América Latina”. Gratamente sorprendido por la producción principalmente de gente nueva y joven. Se evidencia el resurgir de los estudios criminológicos en general en América Latina.

No me extraña. Entiendo el proceso argentino, porque como en el fútbol ellos tienen excelentes estudiosos que han incursionado en la criminología crítica, en un giro desde el derecho penal. Recordemos a Carlitos Elbert que hasta organizó un evento latinoamericano a finales del siglo pasado para encarar el futuro de la criminología: visionario. Aunque considero que el gran incentivo lo ha hecho Raúl Zaffaroni, al sentir que el derecho penal no es suficiente y de allí inicia un giro extraordinario hacia la criminología. Claro, cuando se tiene a un Maradona y/o Messi, genera una incidencia o motivación extraordinaria, sobre todo en las nuevas generaciones.

Lo más sorprendente es Brasil, que sin tener un Pelé en la criminología crítica, sin menospreciar a todos aquellos que desde los años 90 hicieron esfuerzos para abrir espacios, como lo hizo mi profesor Nilo Baptista o mi amiga Eliana Junqueira, hoy tienen para muchas selecciones de excelentes criminólogos, gracias a los exuberantes recursos universitarios para realizar investigaciones.

Sin que signifique crítica, aunque por ser críticos per se no podemos eludirla, creo que me quedé con un amarguito al final; como cuando se chupa lima y se la disfruta intensamente, pero queda un saborsingo al final. Y lo intento comprender, aunque no lo comparto. Fueron muy pocos jóvenes criminólogos críticos que reconocieron el pasado de pioneros que surgieron entre finales de los años 60 y principalmente en los 70, generando una meca de la crítica desde Venezuela para América Latina. Recordemos a dos grandes que ahora ya no están con vida: Rosa del Olmo y Lola Aniyar de Castro. Bolivia tuvo el privilegio de tenerlas en variadas ocasiones. A ambas las pude exprimir académicamente, desde mediados de los 80.

En Bolivia, cuando conocí personalmente a Idón Chivi (profesor de criminología en la UTO) en 1992 para el encuentro de los Grupos latinoamericanos de Criminología Crítica y Comparada que organicé en Santa Cruz (a las cuales asistieron Alessandro Barata, Lola Aniyar, Thamara Santos, entre otros), Idón apareció con mis primeros tres libros (Delincuencia privilegiada, Granja de espejos y Reflexiones criminológicas y penales) para que los firme: nació una extraordinaria amistad.

¿Qué pasó con esa generación de criminólogos críticos que anualmente nos reuníamos en diferentes países? Lolita fue elegida primero senadora (la recuerdo en campaña y siendo mi guía de tesis, discutimos su contenido en varias ocasiones antes de iniciarse el mitin electoral), y luego gobernadora del Zulia y después embajadora ante la Unesco; Nilo Baptista también entró en la arena política en Río de Janeiro; también podríamos mencionar otros. Creo que ellos motivaron a que muchos entremos a la arena política. ¿Y cómo no hacerlo si había un fuerte compromiso con esa realidad que se pretendía desentrañar y modificar?

En el tiempo que estuve de diputado, conversé muchas veces con Idón. Ahora no está más. Ambos dejamos la criminología por la política activa.

Massimo Sozzo, a quien le planteé la idea de que la política alejó, a finales del siglo pasado, a los grandes de la criminología crítica, me dijo “el día solo tiene 24 horas”: no se puede hacer más. En conversaciones personales con Lolita, a comienzos de este siglo, me mostró un dejo a frustración y, desde hace un quinquenio que retomé la criminología, comparto plenamente ese sinsabor.

Claro, hay excepciones. Raúl Zaffaroni tiene la gran capacidad de generarse autocrítica y encaminarse hacia la criminología crítica y seguir en la vida institucional vinculada al derecho penal: genialidad propia de Maradona.

Alejandro Colanzi es criminólogo y nonnino de Valentina.

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Antes del amanecer

/ 11 de noviembre de 2021 / 01:34

No sé si fue influencia de mi adicción al cine cuando vi El caballero de la noche (2008), una buena versión de Batman, o porque soy un insómnico que se despierta antes de las 05.00 y café con leche en mano, observo el cielo y disfruto del final de la noche, teniendo la sensación de que es más oscura antes del amanecer.

Conocí a Samuel Huntington en Choque de civilizaciones a finales de los 90 del siglo pasado, en un frustrado e inconcluso doctorado de epistemología que dirigía mi amigo Chato Prada. El autor aludido vislumbraba ya la reconfiguración mundial del poder y, como tal, el inicio de un caótico proceso de transición.

En una conversación con Dorian Zapata hace ocho años, me lo recordó recientemente, sostuve que vivíamos una etapa de profunda oscuridad y que nuestra esperanza era que sea la del antes del amanecer, con todo lo que significa un nuevo día.

Vivimos esta etapa de oscurantismo que se agudizó con la anteposición ideológica —usualmente mal entendida— , la creencia —producto de la desinformación—, frente a los otros—que son invisibilizados—, a la vida —buscando la eliminación de ella—, a la realidad —pretendiendo imponer la suya—. La intolerancia y el pensamiento único priman (la cultura del pupu, como la llama mi amigo e investigador Raúl Condarco Zenteno).

Esa imagen de profundización de la oscuridad se ha tornado terrorífica. La pandemia —endemia para muchos— agudizó exponencialmente esta percepción. Y, obviamente, la esperanza del nuevo día emerge, no con ingenuidad de que será automáticamente.

Y se inician las proyecciones de esperanza en ese nuevo amanecer, como la que plantea el papa Francisco en relación a superar los nacionalismos que nos confrontan. Esta realidad y esperanza nos lleva a reconfigurar el objeto de estudio de la criminología desde y para nuestra indo-hispano-afro-américa, superando lo acontecido y proyectando al nuevo día.

Hace 32 años que planteamos que debemos desideologizar para poder construir. Hace más de ese tiempo que mi maestra Lolita Aniyar de Castro me movió el piso frente a la categoría de revolución: ¿Y qué hacemos con los escombros?, me decía. Los “escombros” son verdades, en menor o mayor grado, y raya en lo ético y humano descartarlos por ser “de los otros”. Es ya suficiente el tiempo que se ha caminado en el paso de la individualidad hacia el ser social; y, con importantes aportes desde este lado del mundo, como el amparo constitucional de finales del siglo XIX y el constitucionalismo social de inicios del siglo XX, desde México.

Y será en esta aun oscuridad que debiéramos reconducir nuestras interrogantes, buscando los nuevos objetos de estudios, con mayor razón en esta indo-hispano-afroamérica fallida —desde la perspectiva de la rancia visión eurocéntrica—, en la perspectiva republicana y democrática, en mayores o menores grados.

Desde nuestras realidades, donde el viejo concepto de Luis XIV de “soy el Estado” se ha suplido con el ropaje republicano y democrático, debiéramos preguntarnos: ¿de dónde se produce? ¿El poder, su naturaleza es despótica? ¿La naturaleza humana lo es? ¿O la naturaleza, la vida? Obviamente, sin tener la pretensión de que son inéditas. En criminología y su traducción del derecho penal aún persisten fuertemente esos resabios de Luis XIV que retienen para quienes son inquilinos del poder, la calidad de soberano, secuestrando a los que la legitimidad y legalidad les corresponde.

El privilegio de estar presente en estos momentos sí es único. Como el privilegio de ver transformarse un pueblo en ciudad, como Santa Cruz de la Sierra; el advenimiento de una “democracia” o el choque de civilizaciones… o de ser abuelo de Valentina.

Alejandro Colanzi es criminólogo. Correo: [email protected]

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