Voces

Wednesday 1 Feb 2023 | Actualizado a 20:16 PM

Recuento de daños

/ 3 de diciembre de 2022 / 01:15

Empezamos a salir de una extraña secuencia política que reveló una serie de anomalías en el funcionamiento del sistema político y un llamativo agotamiento de las orientaciones estratégicas que fueron y son aún predominantes en el oficialismo y la oposición. Aunque parece prematuro y arriesgado hablar de la emergencia de un nuevo ciclo, lo cierto es que muchas certezas se quebraron en estas semanas y el juego político se volvió más imprevisible y complejo.

Al final, el problema específico de la postergación del Censo resultó siendo secundario y pudo haberse resuelto hace ya más de un mes con un poco más de madurez y habilidad de parte de los actores, evitando someter a los ciudadanos cruceños a los costos y malestares de un paro que se hizo interminable.

El problema fue que esa cuestión terminó transformándose en un escenario en el cual se concentraron en toda su crudeza las insuficiencias, debilidades y los problemas políticos no resueltos de unos y otros. Por esa razón, ninguno de los actores políticos involucrados parecen haber salido bien parado según encuestas y las opiniones de la gente en las calles y redes sociales.

Aunque se requiere aún de mayor reflexión para descifrar lo que sucedió en estas semanas, me animo a proponer sucintamente una primera lista de mitos relativizados, heridos y desportillados.

La primera evidencia es la creciente desafección y desinterés de la ciudadanía frente a las estrategias que apelan mecánicamente a la polarización en favor y en contra del MAS como principal factor para obtener apoyo y movilizar a la gente. Aunque ese elemento fue determinante para sostener el paro cívico en Santa Cruz, la intensidad de esa medida no se explica sin su vinculación con demandas regionales de larga data propias de esa región del país. En cambio, en los otros departamentos esos argumentos resultaron notoriamente insuficientes e inclusive intrascendentes.

Insistir obsesivamente en tácticas basadas en esa polarización, reciclando argumentos y buscando repetir coyunturas pasadas, las está agotando y está contribuyendo a un desacople entre los intereses y preocupaciones de las dirigencias opositoras y oficialistas con las que demanda la población.

En segundo lugar, esa desafección estuvo acompañada por el resquebrajamiento de algunos de los grandes mitos de la lógica polarizada: la eficacia del “paro indefinido” en Santa Cruz como arma suprema para “vencer” al Gobierno y la naturaleza monolítica del bloque cívico cruceño y del masismo. Aunque no parece prudente adelantarse demasiado a los eventos y consecuencias futuras, fueron visibles las disensiones, las dudas internas sobre sus liderazgos, los errores estratégicos, la deficiente lectura de las expectativas sociales y la gran dificultad para ordenar su acción en el desempeño de los dos actores políticos más fuertes y convocantes del país.

Lo cual nos lleva al tercer grupo de damnificados de esta crisis mal resuelta: la casi totalidad de liderazgos tanto en el oficialismo como en la oposición. La evaluación social sobre su desempeño durante el conflicto terminó siendo muy negativa debido a lo que hicieron, pero también a lo que obviaron en esos días febriles. A algunos les criticaron por no cumplir con expectativas que se inflaron irresponsablemente pese a que ere probable que no se pudieran satisfacer, a otros por no ser sensibles al sufrimiento de la mayoría. En general, la sensación fue que las preocupaciones del ciudadano de a pie parecían secundarias frente a los problemas internos y egos sobredimensionados de las elites partidarias. El ilusionismo político a veces funciona, pero para todo hay límites, no ser conscientes de eso lleva a callejones sin salida.

Como lo graficaba con triste ironía un meme, en el capítulo crepuscular de esta novela política no quedó muy claro si fue un “final alegre o triste” para todos los actores políticos que estuvieron involucrados y menos para toda la población. Apenas sabemos que salimos de un entuerto extraño y sin mucha claridad de que hayamos ganado algo con tanto barullo. Llegará el fin de año, luego carnaval, pasaremos a otras cosas, pero siento que algo se fracturó en este noviembre. La pradera se está poniendo cada día más seca, la insatisfacción con una política que se repite y no se renueva se está instalando poco a poco.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Rumbo a otra cosa

No basta que haya condiciones para la emergencia de un ‘outsider’ político para que este tipo de personaje aparezca

/ 28 de enero de 2023 / 02:09

La detención del Gobernador de Santa Cruz y el zafarrancho que provocó solo han profundizado las tendencias políticas que ya se percibían al final del conflicto por el Censo: una llamativa estabilidad del gobierno de Arce, un debilitamiento de todas las dirigencias políticas, el agotamiento cada vez más evidente de la polarización y la aparición potencial de condiciones para escenarios electorales disruptivos en el horizonte de 2025.

Tanto afán para tan poco resultado podría ser una manera de reseñar la espiral de acontecimientos que se iniciaron con el rechazo a la postergación del Censo y que concluyeron en los “cabildos nacionales” de hace unos días. Al final, el tablero político experimentó pocos cambios sustantivos o rupturas como algunos auguraban o deseaban.

Las encuestas siguen ratificando un contexto en el que el bloque masista cuenta con el apoyo de alrededor del 40% de la población, sin cambios desde hace dos años, mientras un 30% sigue extremadamente irritado con el oficialismo, y el otro 30% anda ocupado en sus afanes y no parece muy interesado en la política.

En medio, Áñez y Camacho fueron detenidos, se organizaron tres cabildos, se acumulan más de 40 días de paros “indefinidos” en dos años en la urbe cruceña, se quemaron una veintena de instituciones, muchos ciudadanos tuvieron que sacrificar sus economías y vidas, se produjeron bloqueos, “cercos” y contracercos, y se gastaron ríos de tinta y de posts en redes sociales para glosar esa seguidilla de ch’ampa guerras. Pero, el Gobierno, aunque algo abollado, sigue en pie y, salvo algo realmente rarísimo, completará su mandato en 2025 como lo establece la Constitución.

Ese es el producto de la fortaleza social y política del masismo, que algunos insisten en no reconocer desde hace 15 años, y de un liderazgo presidencial que se reveló audaz, que utiliza sin complejo el poder institucional y que ejerce un sentido de autoridad que está sorprendiendo a más de uno. Por supuesto, nada de eso hubiera sido suficiente sin un clima social en el que la mayoría apuesta a la estabilidad y que entiende intuitivamente que para ello se deben cumplir los tiempos institucionales.

En ese sentido, me parece que la capacidad del Gobierno para controlar el reciente conflicto tuvo más que ver con el mayoritario sentimiento de rechazo al desorden y de desinterés en el conflicto, que con el fervor revolucionario de las masas populares o la simpatía por Arce.

La propia oposición radical parece haberse dado cuenta de eso después de más de medio año de idas y venidas: al final las resoluciones de los recientes “cabildos”, despojadas de los excesos verbales propios del momento asambleísta en el que fueron anunciadas, apuntan a una confrontación en el campo legislativo, enmarcado más o menos en la Constitución y en clave electoral. Esos opositores volvieron, de esa manera, a hacer política razonablemente democrática, lo cual está bien.

Pero todas estas escenas muestran, de igual manera, el modo zombi en el que está operando la polarización masismo-antimasismo. Ese problema perdió centralidad, pero seguirá siendo un rasgo importante del campo político, que no se debe subestimar, aunque únicamente tendrá fuerza o cobrará sentido si está asociado a otros fenómenos. Por lo pronto, ya no produce por sí solo mayorías, a lo más consolida grupos sectarios intensos. El encapsulamiento de Arce, Evo, Camacho y Mesa en sus tercios respectivos de convencidos es una demostración de esa realidad.

Frente a ese mundo crepuscular, emergen señales nuevas, todavía poco estructuradas, por lo pronto reflejadas en mucho malestar y desconfianza en toda la dirigencia política. Al igual que la mayoría apostó pasivamente por la tranquilidad, la persistencia del conflicto acompañada de un discurso político excesivo y estrafalario fueron alimentando el fastidio y la desconexión. En este momento, ningún dirigente político supera el 40% de opiniones positivas, la mayoría anda entre 20 y 30% y ese es un dato duro. Arce, que parecía con capacidad de posicionarse como un actor transversal a mediados de año, terminó encerrado en su bloque.

No obstante, falta mucho para que esto sea evidencia de una transformación de fondo. No basta que haya condiciones para la emergencia de un outsider político para que este tipo de personaje efectivamente aparezca. Tampoco se debe descartar que el viejo mundo político aprenda de estas señales y genere un aggiornamiento desde sus propias entrañas. Al tiempo.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Sin brújula estratégica

/ 14 de enero de 2023 / 01:24

Pese a la gran movilización social que se produjo principalmente en Santa Cruz, los opositores siguen sin poder lograr una victoria contundente frente al oficialismo. Sigue faltando algo. Al final, los tiempos del conflicto los definen los azules y en el horizonte se perfilan más dudas que certezas acerca del sentido estratégico que podría articular a las variopintas oposiciones en el futuro.

El sentimiento de las bases opositoras es de frustración, por las expectativas no cumplidas, los recursos invertidos, el gasto emotivo asumido y un largo etcétera de costos de una movilización que prometía sacarlos del desierto. Por supuesto, el discurso hiperbólico exagerado de sus dirigencias tiene que ver bastante con ese mal sabor, pero hay cuestiones de fondo que merecen, de igual modo, ser encaradas.

Principalmente se sigue notando la ausencia de un norte estratégico, una narrativa coherente y un conjunto de acciones creíbles que ordenen a un mundo opositor heterogéneo e incluso contradictorio en sus intereses y pasiones. El antimasismo es un aglutinador necesario de esa diversidad, pero insuficiente para jaquear al adversario, sobre todo ahora en que varios segmentos de la sociedad le están dando la espalda a la vieja polarización.

La historia reciente nos ha mostrado los límites de la exacerbación del conflicto regionalista y la incapacidad de las centroderechas para hablar y referirse constructivamente a las cuestiones socioeconómicas y acerca de las identidades étnico-culturales. Temas cruciales en las sucesivas reconfiguraciones de la política y del Estado boliviano.

Convengamos que la combinación de un liberalismo económico, terriblemente teórico, y un republicanismo formal condimentado de prejuicios sociales y racismo no parecen ser muy seductores en una sociedad con amplios sectores populares, informales, con identidades muy influenciadas por sus orígenes indígenas y por los grandes mitos nacionalistas. Situación que no se resuelve, además, por la tendencia de los intelectuales y políticos de ese campo a no rediscutir esas ideas sino, al contrario, a molestarse con esas incómodas realidades.

De hecho, el único momento en que las oposiciones lograron poner contra la pared y derrotar al masismo fue cuando se apropiaron por algunos años de la bandera democrática, potente narrativa capaz de articular desde trotskistas decepcionados hasta la más rancia extrema derecha en función de un proyecto nacional positivo. Incluso el poderoso movimiento regionalista cruceño terminó articulándose en ese pilar común, haciéndose casi invisible.

El desenlace de ese jaque mate estratégico lo conocemos, aunque se debe precisar que en la jugada final confluyeron otros factores decisivos propios de un momento extraordinario, que difícilmente se repetirá, y los graves errores de gestión política del último gobierno de Morales.

Hoy, la tendencia es casi mecánicamente a leer la coyuntura con esos ojos, creyendo que la recreación del clivaje democracia-autoritarismo será nuevamente el elemento clave para la derrota del masismo, esta vez asociado a un potente proyecto soberanista federalista, enarbolado por Santa Cruz, que remplazaría al supuestamente agotado Estado Plurinacional, con el gobernador Camacho como el Moisés que guiará al pueblo opositor en su salida del desierto.

Sin embargo, me parece que la ecuación tiene, al menos, tres problemas. En primer lugar, la dificultad para ensamblar la idea de defensa de la democracia, que apela a toda la nación, con un soberanismo que naturalmente tiende a enfatizar las particularidades e intereses regionales y más concretamente de los del departamento que intenta hegemonizar el nuevo momento. En los tres meses de conflicto en Santa Cruz, fue bastante evidente que la “nacionalización” del ideal soberanista no funcionó, al punto que ahora se está volviendo a enfatizar la cuestión “democrática”.

Por si eso no fuera suficiente, la propia contradicción en torno a la “defensa de la democracia” parecería ser secundaria en estos días, por razones básicamente de contexto. En un mundo pospandémico en el que se perdieron las certezas socioeconómicas, las prioridades de la sociedad son fundamentalmente prácticas y materiales, la gente quiere seguridad, ante todo. Y si a eso se agrega la creciente desconfianza en todas las dirigencias políticas y el cansancio frente a los grandes relatos polarizadores abstractos, el círculo se termina por cerrar. Quizás es tiempo de hacer un verdadero reset en el software opositor.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Paradojas y un deseo de fin de año

/ 31 de diciembre de 2022 / 01:34

Y llegó nomás a su fin un paradójico 2022. Lo que pudo ser un año marcado por la estabilidad económica terminó abollado por una política atrapada en sus excesos. En el balance, me parece que nadie ganó, pero tampoco implosionamos como algunos lo vienen anunciando desde hace años. Nuestra sociedad en toda su diversidad, sensata y trabajadora, sigue resolviendo y poniendo saludables pero silenciosos frenos a las obsesiones poco exaltantes de sus dirigencias.

Al igual que a inicios de año, sigo pensando que la economía es la cuestión central de la coyuntura global pospandémica y que al final están ahí los verdaderos avatares que pueden desestabilizar estructuralmente los escenarios de la política boliviana. Los desórdenes internos del oficialismo, las exacerbaciones federalistas y otros artefactos de la desbordada política nacional pueden provocar oleajes y alentar los temores, pero hasta por ahí mientras no se asocien con una economía tormentosa.

Esa es la paradoja del gobierno de Arce, en un contexto internacional dificilísimo consiguió un crecimiento económico moderado y un tipo de cambio y una inflación controladas. Estabilidad que fue determinante para amortiguar el malestar social alentado por el conflicto político. A veces, esos resultados suenan obvios, pero basta ver el costo de las subvenciones y el panorama social desolador en países vecinos para entender que requieren más que solo buena voluntad.

Por tanto, Arce hizo bien su principal chamba, pero, me parece que cosechará políticamente poco de ese desempeño impactado por una política que se le descompuso en el segundo semestre. Bien en economía, mal en política, tablas en lenguaje ajedrecístico, empate en futbolístico, cuando podría haber sido un jaque y una diferencia de un par de goles antes de irse al descanso esperando el segundo tiempo que tendrá su desenlace allá por 2025.

Como algunos equipos del mundial, el oficialismo y las oposiciones aparecen atrapados en sus viejos esquemas de juego, sacándole el jugo hasta más no poder a la maquinita polarizadora, la cual sigue sirviendo, pero apenas para conseguir un golcito solitario más por errores del adversario que por virtudes propias, o en el peor de los casos bloqueando todo, especulando con llegar a los penales y probar suerte. Mientras, las tribunas andan entre aburridas y cabreadas ante tanta falta de imaginación y sensibilidad con el espectador.

Polarizar sigue siendo rentable, aunque sus rendimientos sean decrecientes, para dirigencias concentradas en buscar los vítores de su barra brava. Lógica no del todo absurda pensando que el principal problema del oficialismo, hoy en día, es su cohesión interna y el de las oposiciones la búsqueda de algún discurso que apasione a sus huestes. El problema aparece cuando esas gesticulaciones aparecen desvinculadas de las preocupaciones de segmentos cada vez más numerosos de la población.

Pero, no sé, se percibieron también humores nuevos en este año, ahí escondidos por el barullo. Hay “señales débiles”, es decir aún no concluyentes pero llamativas, como dirían mis amigos prospectivistas, de cansancio y un creciente descreimiento social frente a este estéril panorama. El que canalice esas pulsiones quizás pueda cambiar las expectativas y empezar a abrir un nuevo momento, por lo pronto no hay nada en el horizonte.

Para acabar, me gustaría compartir con ustedes frases de un artículo del filósofo español Daniel Innerarity, La política hiperbólica, que me ahorró pensar en un cierre contundente para esta columna y que expresan mis deseos para el próximo año:

“La política actual se podría resumir así: palabras grandilocuentes, tono exagerado, gestos que sustituyen acciones, lenguaje bélico, escenificación de estar salvando algo que el adversario pretende destruir. (…) Y quienes contemplamos tanta pirotecnia no deberíamos dejarnos deslumbrar por los discursos enfáticos ni atemorizar ante los escenarios apocalípticos que anuncian. (…) Si en otras épocas el mejor ejercicio de ciudadanía madura y responsable era el compromiso o la movilización, hoy deberíamos aspirar a ser ese ciudadano escéptico que deconstruye los discursos con los que tratan de movilizarle”.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Estabilidades e insatisfacciones

/ 17 de diciembre de 2022 / 01:27

Mientras los guerreros e ilusionistas descansan hasta después de carnaval y las humaredas de los campos de batalla políticos se van despejando, es buen momento para descifrar las percepciones ciudadanas después de varios meses brumosos. El panorama de la opinión aparece bastante más estable de lo que a veces se supone, pero con un trasfondo de incertidumbres y nuevos malestares.

Gracias a Diagnosis SRL, ha sido posible contar con información sobre las opiniones de la gente en medio y después del conflicto sobre el Censo. Lo primero que resalta es la solidez de la base social del oficialismo, medida desde la aprobación al Presidente y la favorabilidad de los líderes de ese espacio. Pese a las vicisitudes de la coyuntura, su 40% de apoyo varía poco desde hace año y medio. A veces se reduce unos puntos en momentos conflictivos para luego retornar a su punto de equilibrio y en otras se amplifica hasta casi el 50% cuando la situación es percibida como estable.

El principal beneficiado de esta tendencia es Arce, cuya favorabilidad está muy relacionada con la estabilidad en la valoración de su gestión y su asociación con el MAS. Eso le permite ser, de lejos, el líder político nacional con mayor proporción de opiniones positivas: 41% en la última medición después del conflicto del Censo y 51% en su mejor momento a mediados de este año.

Sin embargo, la conflictividad reciente parece haber desportillado su capacidad de atracción de votantes opositores y no alineados que se estaba cristalizando antes de esos eventos. Arce mantiene una sólida posición entre los ciudadanos proclives al masismo pero está, al mismo tiempo, encerrado en ese espacio sin que tenga, por el momento, condiciones para ampliarlo debido a que su favorabilidad se derrumbó entre las clases medias y en buena parte de Santa Cruz.

En frente, los sentimientos opositores se fortalecieron al ritmo del aumento de la conflictividad, alcanzando el 50% en el momento de mayor tensión en noviembre, pero con tendencia a retornar a su nivel de estabilidad (entre 40-45%) una vez pasado el zafarrancho. Sin embargo, ese mal humor impulsó poco la favorabilidad de los líderes opositores, todos se mantuvieron en torno a un 20-25%.

Incluso, uno de los grandes protagonistas de la coyuntura, Luis Fernando Camacho, se quedó estancado a nivel nacional en términos de favorabilidad en octubre y noviembre (alrededor del 20%) y terminó el periodo con menos del 10% de aprobación en el Occidente y apenas 40% en el Oriente, donde se ubican sus plazas fuertes.

Esos datos ratifican la existencia de un extendido sentimiento opositor, sociológicamente concentrado entre las clases medias y en el este y sur del país, pero que carece de liderazgos fuertes y que tampoco parece alinearse automáticamente con sus expresiones más extremas. De hecho, la polarización tiende a relativizarse, por ejemplo, cuando se ve que solo un 31% apoya la propuesta federalista (51% en Santa Cruz), bastante por debajo de los niveles de desaprobación al Gobierno. En suma, el núcleo más radicalizado de las oposiciones, que es muy intenso en la gran urbe oriental, parece aglutinar a alrededor del 30% de la población.

Esas informaciones repiten, en buena medida, el escenario tradicional de 40% de ciudadanos afines al masismo, otro 30% muy cercanos a las oposiciones extremas y el resto que navega entre esas posiciones según coyunturas específicas. En suma, poca novedad en ese frente.

Por otra parte, el clima de satisfacción social está más deteriorado en este fin de año, tanto en su dimensión política como económica. Se ha instalado un sentimiento mayoritario de pesimismo que incluso está afectando a las expectativas económicas, que hasta ahora eran más bien positivas. Percepción que está presente incluso entre votantes del MAS. Llamada de atención para el Gobierno y el oficialismo.

Este desánimo se acompaña de un dato que es, por lo pronto, coyuntural pero que no se debe subestimar: la evaluación del desempeño de todos los líderes durante el conflicto sobre el Censo fue extremadamente negativa. Si esas opiniones poco favorables sobre la capacidad de todas las dirigencias para preocuparse y resolver los problemas del país se siguen amplificando asociadas a un gran pesimismo sobre la situación política y económica, el desacople entre las expectativas ciudadanas y la política podría acelerarse. No estamos ahí, pero hay señales que hay que considerar.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Bloqueándonos a nosotros mismos

/ 19 de noviembre de 2022 / 02:16

Al final, el conflicto por la fecha del Censo está resultando el espejo exacerbado de los disfuncionamientos del sistema político. En ese contexto, el mayor riesgo no parece tener que ver con un nuevo quiebre institucional o un conflicto social violento de gran envergadura, sino con el evidente agotamiento de la capacidad de los actores políticos estratégicos para dar certidumbres y proyectos comunes a los ciudadanos.

El panorama político en estos días está lleno de paradojas y situaciones anómalas. Resalta, en primer lugar, la manera extraña como se ha complicado la resolución del conflicto sobre el Censo pese a que existen soluciones razonables a la mano y que en gran medida ya fueron propuestos hace ya varias semanas: realizar el empadronamiento en marzo de 2024 y entregar sus resultados en septiembre 2024 para que se utilicen para la repartición de recursos a los gobiernos locales en el propio 2024 y la redistribución de escaños de la Cámara de Diputados para las elecciones de 2025.

Soluciones que resuelven gran parte de las controversias que provocaron el conflicto y que incluso fueron reconocidas como tales por los oficialistas y varios voceros del Comité Interinstitucional en Santa Cruz. Sin embargo y pese a esos avances, el paro en ese departamento continúa con su secuela de violencias, afectaciones a la cohesión social y graves daños a las condiciones de vida de millones de bolivianas y bolivianos debido a una mezcla bizarra de desconfianzas radicales entre los actores, poses tácticas, desorden político y prevalencia de intereses egoístas.

Desde hace un par de semanas, a la ciudadanía se le hace difícil entender qué está pasando, entre idas, venidas y volteretas de los actores, con opositores y oficialistas igual de divididos internamente y sin un discurso claro a la gente para explicarles qué quieren hacer. Dirigencias y estructuras partidarias que han hecho mutis por el foro o que intentan tapar su fracaso con dosis más fuertes de ilusionismo político; incapaces de asumir sus responsabilidades y desbloquear el berenjenal pensando en el bien común y no en su deseo de preservar su poder coyuntural.

Al mismo tiempo, el país parece instalarse en una rara esquizofrenia con una parte de la sociedad inmersa en un escenario de conflicto, movilización social y de gran tensión, y la otra realizando sus actividades casi sin inmutarse y viendo el desbarajuste con una mezcla de sorpresa y lejanía. La verdad, más allá de Santa Cruz, no hay síntomas de pasión por ninguno de los relatos polarizados con los que las dirigencias justifican sus acciones e intransigencias.

Pero no hay que solazarse con esta fragmentación. Debe, al contrario, preocuparnos pues revela la creciente pérdida de capacidad de las élites dirigentes para cohesionar a toda la sociedad, para proponerle proyectos políticos que interesen a todos y no solo orientadas a fracciones o peor aún a minorías intensas que funcionan casi como sectas.

El problema verdadero parece ser que para plantear algo con más alcance en este momento histórico se precisa admitir la diversidad y pluralidad del país, comprender que no estamos solos con nuestras obsesiones y prejuicios en este universo y que hay que volver a aprender a hacer política renunciando a la ilusión del hegemonismo.

El conflicto por el Censo no sería, por tanto, una reedición de la peleíta polarizada a la que ya estamos acostumbrados, con los actores, discursos y estrategias similares a los que hemos visto en acción desde hace 10 años. Es quizás la expresión de la emergencia de un nuevo momento político sin norte, donde la fragmentación será la norma, sin salidas épicas, con una dirigencia ensimismada en sus ambiciones y conflicto internos, y con una sociedad que, por esas razones, se irá desacoplando poco a poco de la política, ocupándose de lo suyo y de tiempo en tiempo votando en contra de todos o del poder de turno.

Cuidado que estos eventos sean, al final, la reconfirmación del agotamiento del ciclo hegemónico del masismo, pero también de que no hay ni ideas ni condiciones para que éste sea reemplazado por otro artefacto político con vocación mayoritaria por un largo periodo. Condenándonos, al menos en el mediano plazo, al bloqueo permanente, la inestabilidad y a la imposibilidad de ponernos de acuerdo e incluso imponer las decisiones que precisamos para seguir progresando.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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