Voces

Tuesday 31 Jan 2023 | Actualizado a 23:36 PM

Culpa, perdón, agradecimiento

/ 10 de diciembre de 2022 / 01:00

Estas tres palabras, que contienen un sentido contundente, se actualizan en la época de los balances de fin de año. ¿Te gusta hacer lista de deseos para el año que está por venir? ¿Otra con todo lo que quieres dejar atrás, junto con el año que despedimos? ¿Y otra para agradecer por todo lo que aprendiste (voluntariamente y-o a la fuerza), a lo largo de los últimos 12 meses? Yo soy fan de las listas y cada año vuelvo a enfocarme en todo lo que me propongo mejorar para ser cada vez más coherente entre lo que pienso, siento, digo y hago, tratando de alinear mi cabeza, corazón, palabras y acciones. ¡Menuda tarea!

En este sentido pensé en escribir esta columna. Porque esos listados pueden incluir cuestiones muy del orden práctico como empezar a estudiar algo, hacer ejercicio físico o mejorar la calidad de la dieta. Estos ítems serían del nivel uno, del orden de lo práctico. Pero a medida que vamos avanzando con el listado, empezamos a adentrarnos en otras cuestiones, más del orden de nuestro sentir en relación con otros, empezando en general por nuestro primer círculo de proximidad vincular, conformado por pareja, hijos, nietos, padres, abuelos, hermanos y que se va extendiendo a amigos, comadres, compadres, colegas, vecinos.

En esta parte del listado, ya podemos empezar a proponernos la construcción de vínculos más honestos y menos tóxicos, por ejemplo. O a mejorar la frecuencia de visitas, llamados y cuidados a nuestra familia. A ser más comprensivos. A estar atentos a las necesidades de quienes nos rodean. A estar más disponibles para quienes nos necesitan, etc.

Pero el cumplimiento de este segundo nivel de la lista ya no depende de nuestra voluntad exclusivamente. Nos lo proponemos de manera honesta, pero no siempre podemos concretarlo, porque, aunque es lo que queremos, no podemos cumplirlo, no nos sale.

Es que las tramas vinculares que vamos construyendo desde nuestra primera infancia van moldeando nuestras modalidades de relación y hacen que muchas veces actuemos como en piloto automático, repitiendo patrones que no siempre nos gustan de nuestras reacciones, como cuando sentimos que se nos salta la térmica o estallamos diciendo o haciendo algo que no queríamos decir o hacer y nos arrepentimos, llenándonos de culpa.

Proponernos trabajar en nuestros puntos ciegos para ampliar nuestra conciencia puede ser un hermoso desafío para la lista de deseos de fin de año, porque no solo nos beneficia a nosotros, sino que derrama virtuosamente en toda nuestra red de relaciones.

Nuestros patrones vinculares empiezan a formarse desde que nacemos, a partir de las relaciones (y patrones de apego), que se van construyendo con quienes nos devolvieron sostén, seguridad, ansiedad, rechazo, miradas aprobatorias, amorosas, despreciativas o iracundas que fueron determinantes para la definición de quien hoy somos.

Es ahora nuestro turno para detenernos y hacer consciente qué mecanismos de nuestras historias se activan cuando somos nosotros los que devolvemos actitudes y miradas cargadas de aceptación o negatividad, que también serán fundamentales para quienes las están recibiendo.

Si no hacemos conscientes nuestras heridas, lo más probable es que se activen en momentos que estemos con la guardia baja y nos hagan decir o hacer algo que no queremos, pudiendo lastimar a alguien, arrepentirnos y cargarnos de culpa.

Es acá donde aparecen las palabras mágicas del perdón y el agradecimiento. Porque cuando pedimos perdón genuinamente con un lo siento mucho, perdonamos y, sobre todo cuando nos perdonamos, emerge una liberación en nuestro sentir, que nos regala liviandad, pero a la vez nos da sentido de comunión con nuestra red familiar ascendente, descendente y transversal, entendiendo que somos parte de esa genealogía, que nos invita a crecer en conciencia y amor por nuestra especie.

Trabajar en la liberación de la culpa, enfocarnos en el perdón y en el agradecimiento, nos hace humanos más conscientes para decir chau al 2022 y dar la bienvenida al 2023. ¡Muchas felicidades!

Eugenia Vinocur socióloga con experiencia en planificación y gestión de políticas públicas de salud materno infantil.

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Voz propia a la hora de criar

/ 28 de octubre de 2022 / 01:38

No hay escuelas que nos enseñen a ser madres y padres. Tampoco somos madres y padres en el sentido integral de lo que significa solo por haber parido. Devenimos madres y padres criando y acompañando el crecimiento de nuestros niños y niñas.

En ese camino, estamos interpelados todo el tiempo. Por nuestras voces internas que no paran de hablarnos, pero también por las palabras de nuestro entorno que siempre están ahí para preguntar, opinar y cuestionar. Muchas veces desde el amor y con buenas intenciones; siempre desde sus propias experiencias infantiles y adultas.

Paremos acá. Ahora nos toca pensarnos a nosotros mismos en nuestros lugares e historias. Somos padres, somos hijos, somos abuelos; somos comadres y compadres, tíos y tías, vecinos y vecinas; tenemos pertenencia a un país, a una región, a un grupo social y cultural, a una iglesia y, además, formamos parte de una generación.

Cada uno de esos roles nos define e influye en las decisiones que tomamos. Porque nos reconocemos como parte de una comunidad: aymara, colla, afroboliviana, descendiente de familia croata, alemana o japonesa. También somos bolivianos. Y a la vez, somos jóvenes de 20, treintañeros o adultos en sus 40, 50 o 60. Somos paceños, cruceños, tarijeños. Somos toda esa multiplicidad compleja de identidades.

Al maternar, paternar y criar, todas esas partes dialogan entre sí adentro nuestro y cuando tomamos decisiones, lo hacemos en un entramado de lealtades y traiciones, tratando de no sentirnos culpables por las elecciones que hacemos. Las niñas de la casa van a usar pollera, las vamos a peinar con trenza, vamos a hablar en nuestras lenguas ancestrales o solo se va a usar el español.

Ese es el momento crucial para estar atentos y reconocernos, definir quiénes somos nosotros, qué decisiones tomamos, con las que nos identificamos de verdad, desde las entrañas.

Esas decisiones forman parte de nuestro trabajo reflexivo permanente, de los intercambios verdaderos que podamos tener con nuestras parejas, con los grupos de pares, en nuestros encuentros intergeneracionales, dando espacio a que aparezcan las dudas, las decisiones que no nos gustan, las que nos cuesta aceptar, las que nos enojan o nos resuenan mal. Es muy importante poder conectar con esos sentires, tratar de desentrañarlos y elegir.

Cada generación intenta criar a sus hijos mejor de lo que la precedió: nosotros no fuimos criados como lo fueron nuestros padres ni nosotros criamos como nos criaron. Todos tratamos de hacerlo un poco mejor, identificando lo que nos hizo bien para repetirlo e identificando lo que nos lastimó, para no herir a nuestras crías. Hay todo un ejercicio de reflexión de las nuevas generaciones que se viene instalando cada vez con más fuerza sobre nuestras maneras de maternar y paternar. No existen respuestas únicas ni perfectas. Solo hay preguntas que nos hacemos y que nos ayudan a ser madres y padres más conscientes, conectados con las necesidades y deseos de nuestros hijos.

Navegamos entre las aguas de la trasmisión intergeneracional de la lengua, la cultura, las costumbres, las maneras de vivir, comprender, decodificar y traducir la cosmovisión del mundo a nuestros hijos creando identidad y autopercepción de pertenencia a un grupo. Y al mismo tiempo las aguas de lo que nos iguala en lo humano. Una madre, un padre, una abuela o un abuelo meciendo a un niño pequeño, cantándole una canción o contándole un cuento, forma parte de esas prácticas universales que nos igualan.

La mezcla de lo que nos iguala, lo que nos da identidad y pertenencia a un determinado grupo, nuestros propios criterios y nuestros sentires verdaderos irá moldeando nuestras maternidades, paternidades y crianzas respetuosas.

Qué decide cómo criar a nuestros hijos es eso que elegimos desde las entrañas de entre las múltiples influencias que nos habitan.

Que vayamos a hacerlo bien o aprobemos el examen, eso ya es otro cantar.

Lo que es seguro es que, si pensamos que un mundo mejor es posible, la crianza amorosa de niños y niñas es el punto de partida. Y esa es nuestra responsabilidad adulta al maternar y paternar.

Eugenia Vinocur es socióloga con experiencia en planificación y gestión de políticas públicas de salud materno infantil.

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