Voces

Sunday 19 May 2024 | Actualizado a 18:49 PM

Ganadores y perdedores

¿Ser un buen candidato es garantía de ser un buen presidente? No. Definitivamente, no

Alfredo Serrano Mancilla

/ 23 de abril de 2024 / 06:45

¿Tendría sentido tener que superar un examen de física cuántica para ser periodista deportivo? ¿O un test para conducir camiones si vas a ser bibliotecario? Esta relación sinsentido, en la que lo uno está desconectado totalmente de lo otro, predomina cada día más en la política; más específicamente, entre dos universos que, aunque están interconectados, no parecen tener nada en común.

¿Ser un buen candidato es garantía de ser un buen presidente? No. Definitivamente, no.

Lea: Cuando un champiñón es un bien de lujo

Son muchos los ejemplos que podemos encontrar en América Latina que demuestran que el conjunto de exigencias para ganar una cita electoral no está en concordancia con los requisitos para poder gobernar virtuosamente.

En los meses de campaña, un candidato hace y dice cualquier cosa. No se le exige ni rigor ni responsabilidad. Además, se premia lo “anormal”; cuanto más raro y excéntrico, casi mejor.

Véase, por ejemplo, a Milei en Argentina: podía gritar, insultar, mostrar una motosierra, decir que estaba a favor de la venta de órganos o de eliminar el Banco Central. Y no le restó nada para ganar. Es más, seguramente, le sumó unos puntos “mostrarse” como “el diferente” a los políticos tradicionales. Sin embargo, todo ese plus, a la hora de gobernar “resta”, porque lo que en campaña podría ser tildado como algo simpático, ahora puede ser considerado como una ineptitud (como ha sido el esperpéntico episodio hablando de la caída de la inflación a través de los datos de un bot falso).

Por otro lado, también está el plano comunicacional. En campaña, cuando se trata de candidatos opositores, la esencia de su puesta en escena está en criticar, en expresar que todo está mal, en objetar todo. Con esta estrategia opositora, muchas veces basta para sintonizar con una mayoría hastiada. De hecho, apenas dedican tiempo a mostrar y explicar propuestas elaboradas y sólidas. Las soluciones casi siempre se formulan con un exceso de simplicidad (inexistentes en la realidad).

En definitiva, el test de idoneidad para ser un buen candidato, en muchas ocasiones, nada tiene que ver con el test para ser un buen gobernante. En consecuencia, este tránsito de pasar de una condición a la otra está plagado de tropiezos y errores.

Las cualidades exigidas para lo uno no sirven para lo otro.

¿Por qué? En gran medida, esta falta de concordancia se explica porque las reglas para ser el más votado están desacopladas de las reglas de funcionamiento del Poder Ejecutivo. Pareciera que estemos asistiendo a un dilema democrático de época, en el que la política tiene de dos caras que no necesariamente están sincronizadas. Lo que se hace en la campaña electoral no sirve para gobernar, y viceversa.

Véase otro ejemplo: Noboa en Ecuador. Muy capaz para hacer un spot publicitario en campaña e incapaz para dimensionar la importancia que tiene el respeto al Derecho Internacional. Tal vez creyó que invadir una embajada extranjera era lo mismo que preparar un video para TikTok.

Nos encontramos, así, con presidentes sin preparación para ejercer su cargo. Sin saber cómo gobernar, pero creyendo que sí están dotados para ello porque ganaron unas elecciones. Y no. No es así. No están capacitados, porque tienen facultades para hacer una buena campaña, pero no para gestionar un país en el día a día.

Por esta razón es común ver cómo muchos presidentes comienzan su periplo con una imagen positiva muy elevada en los primeros meses, gracias al viento a favor que venía de los tiempos de campaña, pero, a medida que les toca gobernar, se desploman rápidamente. Este es un patrón cada vez más constante en América Latina y en el mundo (con excepciones, como la de AMLO).

En conclusión: puede ganar una elección el que vaya a ser un muy mal Presidente.

(*) Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag)

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Cuando un champiñón es un bien de lujo

Estos precios ‘libres pero imposibles’ ya afectan a todos los bienes y servicios, sin excepciones

Alfredo Serrano Mancilla

/ 9 de abril de 2024 / 07:00

Argentina está en disputa. Lo está su modelo económico. Y también sus sentidos comunes. Lo están sus próceres y la Historia; su moneda y el territorio; sus instituciones y los Derechos Humanos. Absolutamente todo. No hay casi nada que escape a esta disputa de época.

Se está librando una batalla cultural tan grande que no me extrañaría que, más pronto que tarde, acabemos discutiendo sobre cuántos son los rayos flamígeros del sol color oro que está en el centro de la bandera celeste y blanca.

El gobierno de Milei, a diferencia del de Macri, decidió desde el primer momento pisar el acelerador para ganar esta batalla cultural con el objetivo de imponer un conjunto de ideas, creencias, valores y sentidos comunes. Son conscientes de que esa es la condición necesaria para construir hegemonía política, mucho más allá de una victoria electoral.

Lea también: El bloque hegemónico en México

Sus principales portavoces, desde el presidente hasta su hermana, creen profundamente en lo que lo pregonan. Defienden sus dogmas, tanto como los miembros de una secta confían en su líder. Están convencidos del camino y del destino. Y parece que nada ni nadie los apartará de ello. Ni siquiera la realidad.

Esta obsesión por ganar la batalla cultural, además, tiene otro objetivo: lograr que una buena parte del país aplauda un truco de ilusionismo que consiste en hacer creer que el nuevo orden económico será exitoso cuando realmente es insostenible.

Dicho de otro modo: Milei necesita aumentar el umbral de tolerancia social a una cotidianeidad económica catastrófica, a sabiendas de que las cuentas macroeconómicas no le cierran ni lo harán en el mediano plazo.

Necesita paciencia en la era de la inmediatez. Necesita comprensión y confianza frente a un escenario altamente complejo caracterizado por la siguiente dupla: malestar microeconómico con desequilibrio macroeconómico.

Y es que se olvidó de algo: que todo está relacionado con todo. Creyó que la economía es la sumatoria de parcelas no relacionadas entre sí. Critica a la Economía Neoclásica, pero abusa de su marco teórico asumiendo que se puede corregir la inflación únicamente cortando el grifo monetario. Y no. No lo logra. Porque la inflación en Argentina depende de los dólares disponibles. Y éstos no aparecen por ninguna parte.

Además, se autoengaña con su propio juego de magia, no contabilizando en las reservas netas todo aquello que tiene como deuda en materia de importaciones. Lo mismo hace con el déficit fiscal. Festeja un superávit sin considerar los pagos pendientes. Y, lo peor, es que no tiene mucho más margen para ajustar. Sumado a que la recaudación viene en caída libre porque la actividad económica está paralizada, los salarios y jubilaciones están por los suelos, y el desempleo en aumento.

Tampoco tiene garantizada la liquidación del “campo”, porque la inflación también es elevada en dólares, más del 60% en los tres primeros meses. Los agroexportadores más grandes exigen devaluación para garantizar su (siempre) pretendida altísima tasa de ganancia. Y Milei sabe que, si cede ante tal presión y devalúa, la espiral inflacionaria no cesará jamás.

Además, no podemos olvidar que hay otra disputa en esta “Argentina en Disputa”: el “campo” vs. las finanzas. Porque el Modelo Milei es el Modelo Caputo, el que premia la financiarización de la economía y, por supuesto, da la espalda a todo lo que tenga que ver con industrialización.

En definitiva, el Gobierno necesita ganar la batalla cultural para ganar tiempo y, así, lograr llegar a fines de 2025 con una economía en crecimiento, aunque sea para alcanzar el mismo nivel de riqueza económica que tenía cuando asumió, pero pretende hacerlo con un centro de gravedad diferente, el de la “timba” financiera. Y algo parecido sucede con los precios: lograr estabilidad algún día lejano, pero con precios estables elevadísimos e inalcanzables para el 99% de la población argentina.

Estos precios “libres pero imposibles” ya afectan a todos los bienes y servicios, sin excepciones. Desde una cobertura privada de salud, que tuvo una inflación promedio de 153% en estos cuatro últimos meses. A una bandeja de ocho champiñones —comprados en un barrio cualquiera de un pueblito cualquiera de la Provincia de Buenos Aires— que me ha llegado a costar 3.500 pesos ($us 3,5).

Cuando en un país este tipo de alimento tiene un precio de bien de lujo, entonces, nos encontramos ante un dilema con solo dos caminos posibles: o se normaliza y naturaliza que hasta lo “básico” deja de ser “básico” gracias a que Milei ganó la batalla cultural o, por el contrario, gana la batalla cultural aquel sentido común que rechaza enérgicamente este atropello a la libertad real, es decir, a aquella libertad que permite que cualquier persona cubra sus necesidades básicas y, de ser posible, un poco más.

A la solución pronto la conoceremos. Lo que es seguro es que la respuesta se encontrará en la Política (y no me refiero exclusivamente a la clase política).

(*) Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag)

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El bloque hegemónico en México

/ 18 de febrero de 2024 / 01:17

Lo que está sucediendo políticamente en México contradice las voces que pregonan que el tiempo de la izquierda en América Latina ha terminado.

Después de casi 2.000 días de gobierno, el presidente AMLO goza de un gran apoyo ciudadano. Su imagen positiva, según el promedio de todas las encuestas publicadas, oscila entre 58% y 65%. Y todo apunta a que su movimiento, Morena, será el gran vencedor en las elecciones presidenciales del próximo 2 de junio. La ventaja de Claudia Sheinbaum sobre su principal competidora, Xóchitl Gálvez, se sitúa alrededor de los 25 puntos.

Además, actualmente, Morena gobierna en el 20% de los municipios (514 de 2.470); en el 66% de los estados (21 de 32, incluyendo Ciudad de México); tiene mayoría en Diputados y Senadores; y es más que probable que mejore estos números en la próxima cita electoral.

Es innegable que en México se ha conformado un nuevo bloque hegemónico. ¿Cómo se ha logrado? Se podrían destacar los siguientes rasgos constituyentes:

1) Lo principal es que se mejoró la vida cotidiana de la gente al mismo tiempo que se cuidó el balance macroeconómico.

2) Se partió de un proyecto político con perspectiva histórica (la Cuarta Transformación, 4T) y con horizonte de futuro; cargado de símbolos y valores; reivindicando el orgullo de ser mexicano; y con el humanismo como eje central.

3) Con una praxis política audaz ante cada adversidad; con un pragmatismo relativo sin retroceder en las convicciones; con alianzas tácticas sin desorientarse estratégicamente.

4) Confrontando con los poderes fácticos sin rodeos: con el poder mediático, con las transnacionales presentes en sectores estratégicos, con la vieja clase política neoliberal, con la monarquía española, con el Departamento de Estado estadounidense, etc.

5) Se llevó a cabo una política de comunicación directa, sincera, sin moderación, instalando “agenda” a diario (a través de las Mañaneras), muy alejada de lo que dicen los manuales mainstream del marketing político.

6) Una política exterior soberana, muy activa y protagónica, mirando al Sur (véase por ejemplo su posición en Perú a favor de Pedro Castillo, su rol en el rescate de Evo en Bolivia, su relación con Cuba, su defensa de la no injerencia en Venezuela, su apoyo a Petro en Colombia) y sin descuidar su relación inevitable con su vecino del Norte.

7) El liderazgo de AMLO no ha supuesto un freno para el crecimiento de Morena. Todo lo contrario. Se ha conseguido generar sinergia. Hoy en día, este es el espacio político con más valoración positiva en toda América Latina (con valores cercanos al 40%).

8) Y, por último, el debate político prevalece en cada disputa electoral. El mejor ejemplo de esta visión es lo ocurrido hace pocos días: en el marco del 107 aniversario de la Constitución y en pleno periodo electoral, AMLO planteó la necesidad de una reforma constitucional para recuperar el espíritu de la de 1917, reparando todos los cambios hechos en los años neoliberales. Su planteamiento es que la gente no debe votar por nombres y apellidos. Hay que hacerlo por ideas y propuestas, y por ello, ha formulado la necesidad de: a) no permitir que el aumento al salario mínimo sea menor al de la inflación; b) reconocer a los pueblos indígenas como sujetos de derecho público, atendiéndolos de manera preferente; c) reafirmar el derecho a la pensión de adultos mayores a partir de los 65 años y aumentar el monto anualmente; d) prohibir en el territorio nacional la extracción de hidrocarburos mediante el fracking; e) elección directa para las autoridades del Poder Judicial; f ) convertir en política de Estado la austeridad republicana (luchando contra la corrupción, eliminando privilegios tributarios de unos pocos, prescindiendo de gastos públicos onerosos, injustos e ineficientes); g) otorgar becas a estudiantes de familias pobres de todos los niveles; y h) garantizar atención médica y gratuita a todos los mexicanos, solo por mencionar algunas.

Así, con estas y otras fortalezas, este espacio ideológico se ha consolidado como centro de gravedad de la política mexicana.

Y, a partir de ahora, su principal reto no será ganar las elecciones, porque las ganará con cierta comodidad. Su verdadero desafío, hacia delante, estará en sostener la hegemonía sin que se resquebraje la unidad, porque cuando se logra ser hegemónico el riesgo consiguiente es que afloren las disputas internas. Ojalá que no.

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director ejecutivo de Celag Data.

 

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La Biblioteca de Milei

El Fin de la Fidelidad (para siempre) a un partido político permitió, entre otras razones, que Milei llegara a la Presidencia

Alfredo Serrano Mancilla

/ 13 de diciembre de 2023 / 07:18

Tengo una muy mala noticia para Milei: el arte de Gobernar es infinitamente más difícil que el arte de Panelear (es decir: comentar absolutamente todo en televisión, radio y redes sociales).

La tan anunciada Nueva-Vieja Era en Argentina ya está aquí. Y a partir de ahora el presidente, además de hablar, tendrá que actuar y tomar decisiones. Se le acaba un ciclo exitoso, en el que le bastaba con acudir a entrevistas y decir “cualquier cosa”. A partir de este momento, no le valdrá únicamente con Saber-Comunicar. A esta experticia tendrá que sumarle otra: Saber-Hacer.

Dicho de otro modo: Gobernar requiere del Poder Ejecutivo y no solo del Poder Comunicativo. Lo que implica, a su vez, transitar de las generalidades a los detalles. Esto es: traducir al terreno de lo concreto su mantra del “ajuste+shock+motosierra porque no hay alternativa”.

Es la hora de la letra pequeña.

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Milei deberá precisar y especificar cómo se aplica cada idea, con qué instrumento legal, con cuánto apoyo parlamentario cuenta, cuál es su sustento social, a quién afecta, en qué magnitud, en qué tiempo.

Para afrontar este desafío propio de la praxis política que se le avecina, Milei, que presume de ser muy buen lector, seguramente buscará en libros y textos las respuestas más certeras.

¿Cómo será la Biblioteca que tiene el presidente en la Quinta de Olivos? ¿Cuántas corrientes de pensamiento estarán presentes? La imagino con cuatro estanterías, con estos títulos: una, Anarco-Liberalismo Experimental; dos, Macrismo Conservador; tres, Retro Menemismo; y cuatro, Negacionismo a lo Villarruel.

Como sucede en toda librería, también hay una sección llamada Cajón de Sastre (aunque también podría ser denominada como Cajón Desastre), con un poco de todo: FMI, Doctrina Monroe, Jabad-Lubavitch, Darwinismo, Fascismo, Cinología, Banca y Especulación, Anarquismo y, por supuesto, Autoayuda.

Una amalgama muy variopinta que genera zozobra e incertidumbre. Más de la que había.

Porque, además, ninguna Biblioteca en la vida real de un presidente logra mantener tanto orden como el que pueden tener las estanterías. Habrá disputa entre las diferentes doctrinas y habrá conflicto de intereses entre los diferentes actores.

Hay demasiadas “manos invisibles” y poderosas que, en definitiva, fungirán como los verdaderos hacedores de lo que Milei llama “el orden espontáneo libertario”, que consiste sencillamente en el mismo orden que pregona el neoliberalismo desde hace medio siglo.

Este podría ser el futuro de Argentina salvo que sobrevenga un hecho social no tan improbable: que un gran porcentaje de aquellos que le respaldaron electoralmente comiencen a oponerse políticamente.

Este fenómeno, que puede parecer utópico en los primeros días, con el paso del tiempo ocurre más regularmente de lo que nos imaginamos. Sobre todo cuando el presidente confunde el voto de la segunda vuelta con su base real; y cuando no sabe diferenciar entre el volumen de ciudadanos que le eligieron ante un escenario condicionado en el que hay mucho voto anti (55%) y quienes verdaderamente confiaron en él, tanto en las PASO como en primera vuelta (30%).

Es más: este casi tercio es muy heterogéneo y, además, altamente volátil. Que va y viene. Que hoy elige una canción y mañana otra. Un sujeto cada vez más característico de las Democracias Spotify que emergen a nivel global.

El Fin de la Fidelidad (para siempre) a un partido político permitió, entre otras razones, que Milei llegara a la Presidencia. Pero, paradójicamente, este mismo rasgo de época también podría ser la causa de una pérdida acelerada de sustento si no resuelve los problemas cotidianos de la gente a la mayor brevedad posible. Porque las necesidades jamás tienen paciencia.

Si Milei cree que puede seguir en campaña electoral como si nada, y que todo se resuelve comunicando, con diagnósticos falsos y propuestas genéricas, el “mileísmo” no ganará la batalla política. Ni tampoco la cultural. Porque para que triunfen las ideas no se pueden descuidar los hechos y sus consecuencias.

(*) Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag)

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¿Qué pasó y qué pasará en Argentina?

Alfredo Serrano Mancilla

/ 28 de octubre de 2023 / 07:22

I) El Techo de Milei. Una gran parte de la sociedad argentina le dijo “hasta aquí”. Según datos de las últimas encuestas CELAG, la mayoría no comparte su idea de dolarizar; no comulga con el término casta; le considera un violento, chanta y machista; cree que es inestable; y no está de acuerdo con el resto de sus propuestas. En definitiva, políticamente tiene un límite, y electoralmente también. De las PASO a la primera vuelta bajó su intención de voto en porcentajes (31,6% a 29,98%, sobre votos afirmativos), a pesar de que aumentó su caudal de votos en 651.345 (esto se explica por el aumento de la participación en 8 puntos).

II) Bullrich, del piso al sótano. Perdió 533.996 votos entre PASO y primera vuelta; casi 6 puntos porcentuales. Juntos por el Cambio regresó a la casilla de salida. Su resultado actual es similar al obtenido en las PASO de 2015 (23,8% vs. 24,5%). Están en caída libre y aún no han terminado de caer. Las derrotas hacen mucho daño y, si son dos consecutivas, mucho más. Están en un laberinto sin salida. No supieron qué hacer con la aparición de la ultraderecha libertaria y siguen anclados en el pasado.

III) La escalera de Massa. Fue de menos a más. Creció en más de 3 millones de votos, casi 8 puntos porcentuales. Logró convencer a una buena parte de los votantes del Frente de Todos de 2019 que se quedaron en casa en las PASO de 2023. ¿Cómo lo hizo? No fue ni con spots publicitarios ni con jingles. Fue con decisiones concretas en materia económica (devolución del IVA, por ejemplo) y explicando con sinceridad la alta responsabilidad que tiene el FMI en todo este entuerto; y, además, pidiendo disculpas por todo lo que no se ha hecho bien. Si sigue así, con acciones precisas que mejoren la cotidianeidad, seguirá subiendo escalones.

IV) La fórmula de Axel: Ideas + Gestión – Rosca. Es el triunfo de la Política en mayúsculas. Obtuvo casi el 45% de los votos en la elección para Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Ganó por goleada. Y lo consiguió gobernando y creyendo en principios. Sin distraerse lo más mínimo de lo verdaderamente importante. Se convierte, así, en un proyecto político presente que vino para quedarse.

V) La impotencia de los grandes medios de comunicación. Desde hace años venimos demostrando, gracias a las encuestas CELAG, que los medios en América Latina tienen su importancia, porque son muy consumidos masivamente a modo de entretenimiento, pero no son creíbles. Pueden crear marcos, sí, pero no llegan a tener el alcance y la fuerza que se les atribuye. Y en Argentina volvieron a fallar en su intento. Su candidata quedó en tercer lugar.

VI) Los cisnes no siempre son negros. Se exagera —y mucho— cada acontecimiento coyuntural (se llame Insaurralde o Chocolate), ignorando que la ciudadanía “está en otra”. Hemos caído en la trampa de la houseofcardización de la política, creyendo que todo tiene una lógica lineal y simple. Y a veces nos olvidamos que los sentidos comunes y los surcos profundos no cambian tan rápidamente. 

VII) La segunda vuelta está abierta. Si la participación y los votos blancos/nulos se mantuvieran tal como en la primera vuelta (como fue en 2015, última vez que hubo segunda vuelta), entonces tendríamos que: a) Milei necesitaría crecer en 5,5 millones de votos para ganar, por ejemplo, captar el 90% de los votos de Bullrich; b) Massa necesitaría 3,8 millones para ganar, por ejemplo: todo el voto de Bregman más el 80% de Schiaretti más el 60% de los votantes de Larreta (suponiendo que éstos fueron a votar Bullrich en primera vuelta, que sería lo más probable según nuestros estudios).

A día de hoy, es muy complicado saber qué es lo más probable: si lo primero o lo segundo. Pero hay algo que está muy claro: la solución a esta ecuación electoral no se encontrará haciendo sumas y restas como si los votantes de cada candidato fuesen todos idénticos entre sí. La aritmética (rampante y simplona) en política tiene sus límites.

El resultado final dependerá de la capacidad de convicción que tenga Massa o Milei en medio de una disputa de época entre dos visiones contrapuestas sobre el futuro del país en materia de justicia, democracia, soberanía, libertad, igualdad, derechos.

Se abre a partir de ahora una batalla política y electoral que tendrá su lado propositivo y que, por supuesto, también estará acompañada de una “guerra de miedos”. Veremos quién gana.

Alfredo Serrano Mancilla
es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag).

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El dilema ecuatoriano

El correísmo es la principal identidad política del país, pero no es suficiente para alcanzar una mayoría en segunda vuelta

Alfredo Serrano Mancilla

/ 19 de octubre de 2023 / 09:38

Salvo excepciones, el resultado de una elección presidencial se explica mucho más por la política que por la campaña. Y sin embargo, casi siempre caemos en la tentación de marearnos ante la coyuntura, perdiendo de vista los surcos profundos que verdaderamente nos permiten entender por qué se produce una victoria o una derrota electoral.

Lo sucedido en Ecuador no fue una excepción. Daniel Noboa será el próximo presidente del país. Ganó por 52% a 48% a Luisa González en la segunda vuelta. Unos porcentajes muy similares a los que obtuvieron Lasso y Arauz en 2021 (52,3 a 47,6%).

Y también hay mucho parecido entre sendas primeras vueltas. Es decir, Arauz sacó 32,7% en el 2021 y Luisa, 33,6% en 2023; y por su parte, Lasso obtuvo casi 20 puntos, y Noboa ahora 23.

Lea también: El techo de Milei

Además, hay un alto grado de similitud en la conformación tan fragmentada de la Asamblea entre 2021 y 2023. Y lo mismo con el porcentaje de atomización del resto de candidatos que quedaron por afuera de la segunda vuelta.

¿Podríamos decir que tanta semejanza es pura coincidencia? No. De ninguna manera.

A pesar de las múltiples diferencias circunstanciales entre un momento y otro, la similitud de los resultados electorales tiene que ver muchísimo más con el proceso político que vive el Ecuador en los últimos tiempos.

Dicho de otro modo: cometeríamos un grave error analítico al asumir que lo que ha ocurrido en esta cita electoral se debe a las diferencias entre los perfiles de los candidatos (Noboa no se parece a Lasso, ni Luisa a Arauz). Ni tampoco deberíamos considerar que los votos de ambos obedecen a sus performance en el debate presidencial. Ni a los jingle ni a los spots. Ni a las redes sociales. Ni siquiera al contexto de creciente inseguridad. Ni a la muerte de Villavicencio. Ni a las offshore de Noboa.

Esta tesis no contradice en absoluto que estas situaciones no hayan tenido una importancia relativa en cómo la ciudadanía decidió. La tuvo, sí, pero su influencia fue marginal si la comparamos con otro conjunto de variables de índole política duraderas en el tiempo.

Algunas de estas razones estructurales que explican el resultado electoral son las siguientes:

1) El correísmo es la principal identidad política del país, pero no es suficiente para alcanzar una mayoría en segunda vuelta. Sigue siendo centralidad, tanto a favor como en su contra.

2) La fragmentación partidaria y la alta volatilidad vino para quedarse. El fenómeno de la Democracia Spotify también llegó al Ecuador. Esto se advierte nítidamente al radiografiar todo lo que está por afuera del correísmo: no importa quién sea el candidato ni el partido. Se acaban juntando en segunda vuelta, en modo táctico a pesar de las heterogeneidades políticas.

3) La población que más sufre y con menos ingresos es un sujeto clave en el nuevo (des)orden social y político. Una buena parte dejó de creer en las instituciones. Ecuador atraviesa una profunda crisis de representatividad. Las soluciones no se encontrarán mirando por el retrovisor. La única vía es repensar todo hacia delante, identificando las nuevas demandas sin prejuicios y encontrando respuestas precisas y certeras, y planteando nuevos horizontes en sintonía con la nueva época.

4) El Bloque Indígena es un actor fundamental en Ecuador. No solo cuantitativamente sino también por su relevancia política. En estos últimos años, aunque no vota homogéneamente, su conflicto no resuelto con el correísmo es un obstáculo para la construcción de una mayoría progresista que se imponga en segunda vuelta.

Estos dos últimos puntos constituyen conjuntamente el principal desafío histórico, y a la vez el mayor dilema, que tiene una buena parte de la sociedad ecuatoriana para ganar política y electoramente al neoliberalismo. Solo con una alianza programática, sólida y generosa por todas sus partes, se podrá afrontar la próxima cita electoral (que está a la vuelta de la esquina, en febrero de 2025).

(*) Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y director del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag)

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