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plástica

La pintora expone junto a dos reconocidos escultores en el Museo Nacional de Arte: Los filones de la situación

Caídos. Ejti Stih, acrílico sobre lienzo.

/ 10 de junio de 2012 / 09:44

Que el receptor es quien en definitiva arma el mensaje, lo prueba la muestra instalada en el Museo Nacional de Arte, Ejti-León-Juan. Muy probablemente, esta reunión no obedezca más que al interés de tener juntos, en La Paz, a tres destacados creadores: una pintora y dos escultores, sin más nexos temáticos, para el caso, que su vinculación con Santa Cruz: dos viven allí y uno le rinde homenaje a la obra de aquéllos en la urbe cruceña: la Manzana 1.

Sin embargo, hay algo externo a la muestra que es capaz de sensibilizar y de ayudar a encontrar nexos internos entre las tres propuestas, que es el caso que aquí se quiere compartir.

Como espectador, uno se enfrenta a la muestra con un cúmulo de información previa, por llamarla de algún modo. Tal es la dimensión que ha adquirido la defensa/ataque del TIPNIS, que uno tendría que ser marciano en Bolivia para no tenerlo presente, aunque sea en el rincón más recóndito del cerebro. Todo eso acumulado comienza, pues, a salir ante los cuadros de Ejti Stih. La dama de los colores intensos se ha despojado de ellos para llenar espacios con el gris, el negro, el blanco.
Caídos (árboles derribados en primer plano, mientras en el fondo parecen aguardar el turno los del bosque aún en pie). Ceniza, chaqueo, aserradero, acullico, colono… La naturaleza y el humano aparecen en la tela que el acrílico parece a ratos arañar más que teñir. Un humano pequeñito pero con una capacidad feroz para ir devorando bosques íntegros. Y para edificar ciudades, nunca mejor dicho, grises, que asfixian, que impiden, como sí pasa en el bosque, mirar al cielo.

El discurso de Stih está planteado. Y el espectador puede pasar a la otra sala y apreciar los toros de metal de Juan Bustillos: fuertes, mitológicos, hasta metafóricos. Pero habrá quien, como la que escribe, todavía mantiene en la retina los acrílicos y, entonces, esa naturaleza que topa, que secuestra, que recuerda que ha venido acompañando al humano desde tiempos inmemoriales, acicatea todavía más la conciencia. Mucho más cuando se sale a la calle Comercio y las enormes bestias nos hacen sentir pequeños. Aunque también, y aquí el aporte del trabajo de Bustillos, parte de esa grandeza.

Asoma entonces el trabajo en hierro de León Saavedra Geuer, con sus formas cóncavas y convexas, ahora también punzantes, afiladas, son su acabado que hace ver el metal como material etéreo, ligero. La persistencia del artista en no poner título a las obras deja a quien observa la libertad de hallarle los sentidos. Para el caso de este recorrido: Ejti-Juan-León, estas esculturas se presentan a la sensibilidad de quien las mira como cortantes, hirientes, de cuidado, nada inofensivas. Difícil hallar más fuerza en una muestra colectiva. La pregunta es: ¿Pasará lo mismo si el recorrido se hace en forma inversa? Habrá que probar.

La exposición aguarda en el museo de la calle Comercio y la plaza Murillo, hasta el 14 de junio.

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Glenda Yáñez

Esposa, madre, un día de 2011 se vio sin casa después del deslizamiento que ocurrió en Callapa. Su nuevo hogar, donde vive con su marido y sus tres hijos, es una granja abierta a niños y jóvenes. Emprendedora.

/ 28 de julio de 2013 / 04:00

El megadeslizamiento de Callapa (La Paz) se llevó la casa que Glenda Yáñez y su esposo José Delgado habían construido no mucho antes de aquel 2011 fatídico. Pasado el susto, estaba el imperativo de levantar un nuevo hogar, pero, recuerda esta madre que entonces estaba embarazada de su tercer niño, en la prensa —donde buscaba anuncios de venta de inmuebles—, salían publicados mapas que señalaban los lugares de riesgo de la ciudad, “y me parecía que no había lugar seguro”. En tales circunstancias, un aviso llamó su atención: nueve hectáreas en un lugar llamado Quentavi, en el límite entre El Alto y Laja. Un viejo sueño comenzó a imponerse y a desterrar el sentimiento de tragedia que vivía.

Años atrás, cuando estuvo en Argentina por trabajo, había visto granjas que trabajan con niños como una forma de entretenimiento y educación. Quentavi podía ayudarla a poner en marcha algo similar y logró convencer a su esposo, de manera que ya no hubo dudas.

La granja de Glenda se llama Wawa Uta (la casa de los niños) y, con ayuda de profesionales en agronomía y pedagogía, está cambiando ese paisaje altiplánico árido por uno más verde y lleno de vida.

“Antes, como habitante de La Paz, yo no veía bondades en El Alto; pues he descubierto muchas: la vida es más barata aquí y, con trabajo, con las carpas solares, es posible producir alimentos variados”.

Hortalizas, verduras y tubérculos crecen de manera ecológica, natural. “Los niños que vienen pueden arrancar una zanahoria de la tierra, o cosechar perejil, apio, lechugas… Y se las damos para que sus mamás les cocinen una sopa. ¡Hay que ver cómo se sorprenden y emocionan!”.

La casa de la familia de Glenda es parte de la propia granja. Sus hijos Anelís (11 años), Luciana (3 años) y Santiago (un año y meses) —este último nació poco después del deslizamiento— tienen cerca a patos, gallinas, conejos, codornices, ovejas, cerdos, vacas y burros.

Los visitantes pueden tocar a los animales y, con suerte, conocer a los recién nacidos. El 16 de julio nacieron, por ejemplo, siete cerditos. Y antes de la vacación escolar de invierno, una oveja.

Los profesionales, dice y seduce Glenda, guían el paseo por Wawa Uta y explican temas medioambientales. Reciben también a jóvenes —para quienes hay actividades, como la cosecha de papas— y a cuanto interesado haya en retornar al contacto con la naturaleza (informes en www. granja wawauta.com).

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Despedida

Luego de 16 años de hacer periodismo cultural en La Razón, hago una pausa no sin dar las gracias

/ 21 de julio de 2013 / 04:00

Por qué hacer periodismo cultural? Pues, entre varias respuestas que cada quien que asume esta responsabilidad tiene, una se me viene a la mente luego de una velada vivida el jueves en el Espacio Simón I. Patiño. Ese día, las actrices Norma Merlo, Maritza Wilde y Marta Monzón subieron al escenario para rendir homenaje a Franca Rame, la teatrista italiana fallecida este año. Verlas poniendo en acción ese acto esencial para el ser humano: la comunicación; borrando distancias de tiempo y espacio; entregándose en cuerpo y alma para crear un instante de intenso contacto con el público, tratando de conectar con la emoción de éste y con su intelecto. Ser testigo conmovido de ellos es lo que justifica ese hacer periodismo. Porque uno, periodista como es, se pregunta: ¿Cómo puede la gente, ahí fuera de Patiño, no saber que aquello está pasando? ¿A quién atribuirle que se lo esté perdiendo? ¿Cómo podríamos evitar tal oportunidad perdida?
 Información, es la respuesta. Información lo más amplia posible, lo más atractiva, lo más oportuna como para abrirse paso entre la maraña de lo importante —que la sociedad ha decidido que son la política y la economía— y lo espectacular —el escándalo, lo escabroso—.

La Razón, periódico del que hoy me despido, luego de 16 años de trabajo, ha abierto esos espacios de distintas maneras. Y me ha permitido ser parte de algunos de ellos. Tengo que agradecer a Jorge Canelas, Gustavo Guzmán, Juan Carlos Rocha, Germán Araúz, Grover Yapura, Amparo Canedo, Edwin Herrera y Claudia Benavente por todo ello.

Con aciertos y errores, sin duda, he tratado de responder a esa confianza. Quien ha ganado, siempre, he sido yo, pues sin idealizar a los artistas —una parte, solamente, de ese universo que implica hablar de los creadores de cultura—, está muy claro para mí (perdón por tanta primera persona) que la mente y el espíritu se abren, se sanan, ante un libro, una película, una obra musical, una pieza de danza, una actuación teatral, como no sucede ante una pelea entre políticos o ante un acto de corrupción.

Cómo no agradecer también otra confianza, la de las “fuentes”, tantas y tantas personas que me abrieron las puertas de sus hogares y de su vida para contar, a través mío, no sólo acerca del proceso creativo, sino también de su vida.

Maritza Wilde está ya empeñada en organizar el Festival Internacional de Teatro de La Paz (Fitaz 2014); Norma Merlo cuenta cuentos en la radio. Marta Monzón volverá a actuar, seguramente. Espero —lo exijo, es un  derecho— enterarme de esas actividades y de tantas otras a tiempo para no perdérmelas.

Periodista.

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El fuego aún arde en San Juan

Costumbre. Los controles y las actividades barriales paralelas ayudan, pero hay quienes persisten en quemar

/ 24 de junio de 2013 / 06:20

El paisaje singular de Mallasa, en el Valle de la Luna, fue aprovechado por la Subalcaldía para ofrecer entretenimiento en la noche de San Juan. Unas cuantas personas vestidas de astronautas, otras como alienígenas, música, cuentacuentos, comida… y la gente desafió al frío sin fuego.

Con similares actividades cumplidas en los distritos paceños, tal como había previsto la Dirección de Promoción y Producción Cultural del municipio, la noche estuvo despejada y con una luna llena visible. Pero no toda la ciudad se libró del humo, pues en algunas laderas hubo fuego. No de fogatas visibles en las calles o casas, sino de pastizales que alguien encendió, fuego que fue avivado por el viento que sopló anoche.

Donde más se sintió que San Juan es todavía sinónimo de fuego es en la vecina El Alto, donde cerca de la medianoche la visibilidad había disminuido, como constataron los conductores, mientras que el olor a quemado era evidente. Esto pese a la ordenanza municipal que impone una sanción a los infractores de 100 a 1.000 Unidades de Fomento a la Vivienda.

En Cochabamba, bajo la batuta de la Gobernación, varias municipalidades cercanas a Cercado, la capital, acordaron actividades en plazas y otros lugares públicos. En los mercados de la Llajta se observó una escasa venta de pirotecnia y el control de las fogatas a partir de las 19.00 fue tal, que a las 23.00 la noche estaba despejada y estrellada. Santa Cruz prohibió las fogatas y controló que la disposición se cumpliera. Los resultados de los operativos se conocerán hoy, seguramente. 

Lo que sí resulta probable, según un recorrido que hizo este medio, es que la pirotecnia y las quemas barriales van reculando, al menos en La Paz, obligadas por las normas medioambientales; pero también por la oferta de actividades culturales para disfrutar en familia.

Alternativas. En La Paz, con el eslogan de “wara, wara jawira” se destacó la oportunidad de disfrutar del cielo límpido de invierno, que permite ver las estrellas con claridad. San Juan fue así sinónimo de ferias culturales barriales libres de juegos pirotécnicos y de fogatas.

Y, si en lugares como el cruce de villas (San Antonio y Copacabana) o la calle 53 de Chasquipampa hubo juegos tradicionales, platos tradicionales y grupos musicales, en Mallasa se tuvo la oportunidad de contemplar el paisaje de formaciones de tierra que lleva a pensar en el satélite terrestre, bajo la luz de una inmensa luna.

En Oruro se evitó la venta de fuegos artificiales

Juan Mejía

Entre 400 y 500 comerciantes vieron frustradas sus intenciones de hacer negocio con juegos pirotécnicos, por el estricto control que ha ejercido la Unidad de Defensa del Consumidor (UDC) del municipio de Oruro. Se cumplió así la Ordenanza Municipal (OM) 61/2010 que prohíbe la venta de explosivos en las fiestas de San Juan.

Cada año hasta antes de la actual gestión edil, la avenida 6 de Agosto —desde la calle Junín y por cuatro cuadras hacia la parte norte— era tomada por los comerciantes de fuegos artificiales y de compradores que se llevaban un buen manojo de chispitas, abejitas, explosivos en serie, piedras explosivas, matasuegras y otros explosivos para festejar la “noche más fría de invierno”.

“Hicimos la advertencia de que íbamos a hacer cumplir la OM 61/2010 y no permitir la venta de ningún fuego artificial, y lo hemos hecho”, dijo el director de la UDC, sargento Juan Pedro Siles. “Pienso que desde ahora no habrá más venta de estos productos que contaminan el medio ambiente; en realidad espero que la ciudadanía tome conciencia”. 

Se pudo observar que algunos comerciantes lograron eludir el control municipal y vendieron juegos pirotécnicos camuflados en bolsas negras de nylon, aguayos y en la parte trasera de una vagoneta estacionada en el sector.

El concejal Ricardo Gutiérrez y un grupo de comerciantes habían amenazado con bloquear la calle, pero sin resultados. Hubo venta de chorizos, salchichas y otros productos ya propios de San Juan.

Esfuerzos de control

Marcha

En Cochabamba hubo el jueves una “marcha de barbijos” para pedir a la gente que no contamine en San Juan.

Sanciones

Las multas pecuniarias para los infractores rigen en las ciudades del eje central.

Operativos

Si en La Paz se previó la salida de 1.500 funcionarios ediles para controlar, en Santa Cruz se iba a usar incluso dos helicópteros.

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El fuego aún arde en San Juan

Costumbre. Los controles y las actividades barriales paralelas ayudan, pero hay quienes persisten en quemar

/ 24 de junio de 2013 / 06:20

El paisaje singular de Mallasa, en el Valle de la Luna, fue aprovechado por la Subalcaldía para ofrecer entretenimiento en la noche de San Juan. Unas cuantas personas vestidas de astronautas, otras como alienígenas, música, cuentacuentos, comida… y la gente desafió al frío sin fuego.

Con similares actividades cumplidas en los distritos paceños, tal como había previsto la Dirección de Promoción y Producción Cultural del municipio, la noche estuvo despejada y con una luna llena visible. Pero no toda la ciudad se libró del humo, pues en algunas laderas hubo fuego. No de fogatas visibles en las calles o casas, sino de pastizales que alguien encendió, fuego que fue avivado por el viento que sopló anoche.

Donde más se sintió que San Juan es todavía sinónimo de fuego es en la vecina El Alto, donde cerca de la medianoche la visibilidad había disminuido, como constataron los conductores, mientras que el olor a quemado era evidente. Esto pese a la ordenanza municipal que impone una sanción a los infractores de 100 a 1.000 Unidades de Fomento a la Vivienda.

En Cochabamba, bajo la batuta de la Gobernación, varias municipalidades cercanas a Cercado, la capital, acordaron actividades en plazas y otros lugares públicos. En los mercados de la Llajta se observó una escasa venta de pirotecnia y el control de las fogatas a partir de las 19.00 fue tal, que a las 23.00 la noche estaba despejada y estrellada. Santa Cruz prohibió las fogatas y controló que la disposición se cumpliera. Los resultados de los operativos se conocerán hoy, seguramente. 

Lo que sí resulta probable, según un recorrido que hizo este medio, es que la pirotecnia y las quemas barriales van reculando, al menos en La Paz, obligadas por las normas medioambientales; pero también por la oferta de actividades culturales para disfrutar en familia.

Alternativas. En La Paz, con el eslogan de “wara, wara jawira” se destacó la oportunidad de disfrutar del cielo límpido de invierno, que permite ver las estrellas con claridad. San Juan fue así sinónimo de ferias culturales barriales libres de juegos pirotécnicos y de fogatas.

Y, si en lugares como el cruce de villas (San Antonio y Copacabana) o la calle 53 de Chasquipampa hubo juegos tradicionales, platos tradicionales y grupos musicales, en Mallasa se tuvo la oportunidad de contemplar el paisaje de formaciones de tierra que lleva a pensar en el satélite terrestre, bajo la luz de una inmensa luna.

En Oruro se evitó la venta de fuegos artificiales

Juan Mejía

Entre 400 y 500 comerciantes vieron frustradas sus intenciones de hacer negocio con juegos pirotécnicos, por el estricto control que ha ejercido la Unidad de Defensa del Consumidor (UDC) del municipio de Oruro. Se cumplió así la Ordenanza Municipal (OM) 61/2010 que prohíbe la venta de explosivos en las fiestas de San Juan.

Cada año hasta antes de la actual gestión edil, la avenida 6 de Agosto —desde la calle Junín y por cuatro cuadras hacia la parte norte— era tomada por los comerciantes de fuegos artificiales y de compradores que se llevaban un buen manojo de chispitas, abejitas, explosivos en serie, piedras explosivas, matasuegras y otros explosivos para festejar la “noche más fría de invierno”.

“Hicimos la advertencia de que íbamos a hacer cumplir la OM 61/2010 y no permitir la venta de ningún fuego artificial, y lo hemos hecho”, dijo el director de la UDC, sargento Juan Pedro Siles. “Pienso que desde ahora no habrá más venta de estos productos que contaminan el medio ambiente; en realidad espero que la ciudadanía tome conciencia”. 

Se pudo observar que algunos comerciantes lograron eludir el control municipal y vendieron juegos pirotécnicos camuflados en bolsas negras de nylon, aguayos y en la parte trasera de una vagoneta estacionada en el sector.

El concejal Ricardo Gutiérrez y un grupo de comerciantes habían amenazado con bloquear la calle, pero sin resultados. Hubo venta de chorizos, salchichas y otros productos ya propios de San Juan.

Esfuerzos de control

Marcha

En Cochabamba hubo el jueves una “marcha de barbijos” para pedir a la gente que no contamine en San Juan.

Sanciones

Las multas pecuniarias para los infractores rigen en las ciudades del eje central.

Operativos

Si en La Paz se previó la salida de 1.500 funcionarios ediles para controlar, en Santa Cruz se iba a usar incluso dos helicópteros.

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El hogar de los De Chiara

La residencia de Italia en tierras de los Cusicanqui.

/ 23 de junio de 2013 / 06:00

En la plaza 16 de Julio de Obrajes —más paceña, imposible—, justo en la acera que está en frente de la iglesia del Señor de la Exaltación, un muro de pinos de una cuadra resguarda el hogar del Embajador de Italia. Es fácil darse cuenta de que allí se habla el idioma de Dante, pues entre los techos cubiertos de tejas que se ven desde la calle Díaz Villamil flamea la bandera verdeblanquirroja.

La construcción, que data de principios del siglo XX, está muy bien conservada y luce su belleza a un lado del inmenso jardín que alguna vez tenía incluso una piscina, de cuyo recuerdo queda una casita en la que se refugiaban los bañistas.

Luigi De Chiara, el embajador, y su esposa Idoia Uribarri, de origen español, son los ocupantes desde hace dos años y medio. Les ha tocado hacer varias reparaciones internas y externas, pues el hecho de disponer de una vivienda patrimonial implica un mantenimiento constante, según explica la pareja. Algo difícil de solventar ahora, en tiempos de crisis europea, pero que al mismo tiempo obliga a ser creativos y buscar alianzas, como la que lograron con una empresa local.

El resultado es que tanto el inmueble como el jardín lucen inmaculados, como si no supieran de problemas económicos ni nada.

La propiedad, “una de las más hermosas villas en La Paz”, a decir de Philipp Schauer, el embajador de Alemania que se ha dedicado a investigar la historia de obras arquitectónicas en la urbe (ver recuadro), se erige en un terreno que en 1888 pertenecía a Fermín Cusicanqui. Este hombre, que había nacido en 1840, era del linaje de los caciques de Calacoto (región altiplánica de la provincia Pacajes de La Paz).  

Descendientes de Túpac Inca Yupanqui, los Cusicanqui eran parte de la nobleza que los españoles reconocieron, como explica la historiadora Laura Escobari de Querejazu —también una Cusicanqui— , autora del libro De Caciques nobles a ciudadanos paceños. Historia, genealogía y tradición de los Cusicanqui, s. XVI-XXI.

Fermín Cusicanqui, ya ciudadano de la República de Bolivia, era “socio de varias empresas comerciales, poseía varias propiedades en La Paz, haciendas y minas, era socio de un banco y cofundador del Club de La Paz”, enumera Schauer. Y Nueva Economía, en un artículo sobre el empresariado paceño, escribió en 2010 que don Fermín fue, junto a Justo Pastor Cusicanqui,  uno de los primeros empresarios del transporte que tuvo La Paz. “Estos emprendedores, en las recuas de sus mulas, en 1860 hacían posible el comercio desde La Paz hasta Oruro y Cochabamba y viceversa. Venían del sur con sal y llevaban coca a las minas. A ellos les siguieron los que se dedicaron al negocio de rentar carretas jaladas por mulas y llamas que, aún ante la llegada del ferrocarril, se mantenían vigentes disputando la demanda del transporte”.  

Una primera construcción en el terreno de Obrajes fue demolida en 1912 y la segunda, aún hoy en pie, fue elevada en 1921. Al morir Cusicanqui, en 1924, la casa no pasó a manos de ninguno de sus seis herederos, pues la había vendido a Jorge Saenz Cordón, un magnate de la construcción que en principio la usó para pasar el fin de semana y luego se instaló en ella.

En la década del 40, el bien pasó a manos de los italianos Pedro y Nicolás Linale, comerciantes que habían llegado a Bolivia junto con el checoslovaco Federico Weiss y que se dedicaron a importar carros de lujo (Austin, por ejemplo), motocicletas, las máquinas de escribir Olivetti, armas y hasta locomotoras. Su tienda-taller, aporta más datos el Embajador de Alemania, estaba en la avenida Montes y Uruguay.

Luego de la Revolución de 1952, la casa pasó a ser residencia de la Embajada de Perú y en los años 60, de Italia, país que finalmente adquirió la propiedad.

La actual posesión extraterritorial italiana ocupa solamente una parte de lo que fue el predio Cusicanqui que llegaba, hacia el oeste, hasta el Choqueyapu. Hoy, la avenida Costanera y el terreno donde se ha construido el hospital de la Caja Petrolera lo separan de aquel río.

De todas maneras, el predio es enorme. Sólo la casa ocupa 400 m2 y  hay otra edificación posterior que, como ha sabido el embajador De Chiara, los Linale utilizaban para exponer las máquinas que vendían. Están también los cuatro niveles de jardín con pinos, alguna palmera y flores ornamentales, incluido un conjunto de cactus y setos.

La vivienda, de cuyo diseñador no se tiene datos, es de dos plantas. Dos curiosidades han llamado la atención de sus ocupantes actuales. La primera es una capilla en la parte superior, que De Chiara utiliza para dibujar, una afición que se le ha desarrollado desde que está en La Paz. En dicha capilla se aprecian unos vitrales que son obra de Antonio Morán Gismondi, uno de los artistas de la familia vinculada con la fotografía en Bolivia. Obras suyas están también en edificios privados y públicos como el Palacio de Gobierno y la Subalcaldía de la zona Sur en La Paz; la Casa de la Libertad en Sucre, la Escuela de Comando y Estado Mayor Militar en Cochabamba.

La segunda curiosidad es un escondite para dos personas de pie que se halla en el cuarto cuerpo del librero que está en el ala derecha de la planta baja.

En un país políticamente turbulento, como muestra la historia de Bolivia en el siglo XX —en cuyos inicios, como se ha dicho, Cusicanqui encargó la construcción—, un escondite no estaba demás.

 Recuenta Schauer que en 1930, Saenz Cordón convocó a una reunión de alto nivel con hombres de negocios, “con la intención de desarticular un inminente golpe de estado/revolución en contra del presidente Hernando Siles Reyes”, quien había logrado evitar una guerra con el Paraguay, pese a la presión de la gente.

No lo consiguieron. A fines de ese año, otra reunión, con todos los partidos del momento, principalmente liberales (Saavedra, Salamanca y Bustamante, entre ellos), decidió dar su respaldo a la candidatura de Daniel Salamanca. Éste, efectivamente, terminó sentado en la silla presidencial y llevó al país a la Guerra del Chaco.

Pero, basta de historia. El presente encuentra a los De Chiara muy a gusto en la vivienda y en un sector de Obrajes que mantiene un entorno arquitectónico coherente. Por ejemplo, la casa del presidente Bautista Saavedra (de fines del siglo XIX y principios del XX) está en una esquina frente a la residencia. Lo lamentable es que ya asoman edificios de varios pisos que amenazan con quebrar la armonía.

Los esposos De Chiara son de gustos contemporáneos, reconocen. En tal sentido, si bien admiran la calidad de los muebles importados de Italia en algún momento del siglo XX, y que son parte de los enseres de la residencia, no son los que ellos eligirían. Han ido adecuando los espacios a sus necesidades y comodidad, pero en general conservan con respeto el legado de anteriores ocupantes.

Donde sí han puesto su sello —especialmente la señora De Chiara— es en la decoración con obras de arte que traen consigo y otras que han ido adquiriendo en Bolivia. Obras de los nacionales Ricardo Pérez Alcalá, Gustavo del Río y León Saavedra Geuer, por citar algunas, dialogan con las del italiano Chirico (el Dalí italiano) o los españoles César Delgado y Roberto Reula, entre otros. Una escultura del último de los citados —una pequeña figura varonil al desnudo— hace contrapeso con una pintura de similar motivo del paceño César Jordán.  

Grabados de Piranesi y lámparas de Murano, herencia de los predecesores, completan el marco de una casa paceña que los italianos cuidan con esmero.

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