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El panteón tejano de los escritores

El Harry Ransom Center, que albergará toda la colección privada de García Márquez, se ha convertido en un santuario de la literatura único en el mundo

/ 11 de enero de 2015 / 04:00

Todos los recuerdos de Gabriel García Márquez ocupan 2,6 metros cúbicos. Son unas 40 cajas de cartón, atadas con plástico sobre dos palés de madera. Era su colección personal, las cosas que guardaba en su casa de México DF. Una vida. Así llegó el 16 de diciembre al Harry Ransom Center, en el campus de Austin de la Universidad de Texas (Estados Unidos). Dieciocho personas ayudaron a abrir las cajas. Tardarán un año en catalogarla y dos en poder enseñarla.

García Márquez murió el 17 de abril en su casa de México a los 87 años. El 24 de noviembre el Harry Ransom Center anunció la compra del archivo personal del Nobel colombiano. Una pregunta recorrió Latinoamérica: ¿Texas? ¿En serio? El objetivo es situarse en el mapa académico de América Latina.

La venta había comenzado a negociarse en diciembre de 2013, a iniciativa de la familia, y terminó de concretarse en julio de 2014. Al día siguiente de recibir el material, Stephen Enniss, director de la institución atendía a El País en su despacho. “Lo adquirimos para hacerlo accesible”, explica. La institución, fundada en 1957 con vocación de centro de investigación, lleva 50 años construyendo con sus adquisiciones un gran mausoleo de las humanidades. “Se estableció para hacer una colección de verdadera distinción”. Compró una de las cinco biblias completas de Gutenberg que existen en EEUU, tres copias del Primer Folio de Shakespeare, el archivo de James Joyce. “Se buscaba ese tipo de nivel”. Hoy posee más de 40 millones de papeles, entre ellos 38.000 cajas de manuscritos.

“Cuando una colección viene aquí trae consigo esa pregunta: ¿Por qué a Texas?”, reconoce Charles H. Hale, director del Instituto Teresa Lozano de Estudios Latinoamericanos (LLILAS) de la Universidad. Esta facultad de Austin ha asesorado en la compra y participará en la catalogación del archivo de García Márquez. La Universidad de Texas es conocida en el ambiente académico de EEUU como la que tiene más especialistas en América Latina. La compra de este archivo “transmite el compromiso de la universidad con Latinoamérica. Nuestro reto es asegurarnos de que el estudio va a involucrar a instituciones latinoamericanas”, señala Hale.

Una visita a los archivos del Harry Ransom Center tiene algo de mágico. Megan Barnard, directora de Adquisiciones, vive rodeada de archivadores y abrir cualquiera de ellos es descubrir un cofre del tesoro. “Mire, éste es uno de mis favoritos”. De una carpeta de cartón sale un folio manuscrito con un soneto que Jorge Luis Borges le dedicó a Texas. “Estaba comiendo con un empresario local y le pidió que se lo escribiera”. Los renglones están torcidos y la caligrafía es gorda y tosca. Borges estaba ciego cuando escribió este papel. Al lado, Barnard enseña otro manuscrito con la caligrafía minúscula y cuadriculada con la que escribía años antes.

Después abre un cuaderno con el primer borrador de Watt, de Samuel Beckett. No solo está lleno de tachaduras, sino de dibujitos que tal vez le ayudaban a pensar. Al lado, la primera versión del primer capítulo de Muerte en la tarde, de Ernest Hemingway. El primer párrafo está tachado entero. También enseña cuatro versiones distintas del principio de Vida y época de Michael K., de J. M. Coetzee, quien ha legado todos sus papeles en vida a la institución. Comparando las versiones, se aprecia que el Nobel sudafricano empezó la novela con la madre de Michael K. hablando en primera persona. Luego probó con el niño hablando en primera persona. Luego, como una narración. En una versión, la mujer no era la madre del protagonista, sino su abuela. En este rincón de Austin se puede entrar en una sala de lectura y pedir que te las enseñen todas, para eso están.

Esta es la misión de la Universidad de Texas. No se trata de impresionar a mitómanos. Sino de poner a disposición del público las tripas del proceso creativo de los autores más aclamados. “Este es el tipo de material que queremos”, dice Barnard. “Un investigador abre esto y puede pasar horas estudiando el proceso creativo de este autor. Imagine lo útil que es esto para los estudiantes. Coetzee no hizo esto a la primera, probó varias veces hasta que dio con la forma de escribirlo”. El Harry Ransom Center recibe 10.000 investigadores al año en su sala de lectura. A partir de ahora, habrá muchos más hispanohablantes.

Se podría decir que ya existe un nivel entre los escritores o personajes históricos: el nivel Austin. Que tus objetos personales se conserven y se puedan consultar en esta universidad. Así se explica que desde hace años las adquisiciones se estén negociando con personas vivas. Coetzee es un ejemplo. Norman Mailer comenzó a enviar sus papeles dos años antes de morir. En 2009, el actor Robert de Niro les vendió por cuatro millones de euros 1.300 cajas de recuerdos que guardaba en su casa: guiones anotados, fotos con pruebas de maquillaje, trajes de sus películas, la licencia de taxista que se sacó para Taxi Driver. También están aquí los papeles originales con los que Bob Woodward y Carl Bernstein investigaron el escándalo Watergate. Se pueden consultar sus libretas de reporteros, llenas de teléfonos y notas apresuradas.

En este sentido, los papeles del periodista y Nobel colombiano serán un imán para los investigadores, especialmente latinoamericanos. “El archivo de García Márquez será muy utilizado. Será estudiado durante décadas”, dice Stephen Enniss. Todavía están sin catalogar a fondo, pero tenemos una idea de lo que contiene. Enniss fue en julio a la casa del autor en México para hablar con la familia y hacer una valoración somera de lo que allí había.

Entre los libros hay una primera copia de Cien años de soledad, la novela que lo catapultó a la fama en 1967. El borrador del discurso de aceptación del Nobel, en 1982. Varias versiones de Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera. Las diez versiones de su novela inacabada, En agosto nos vemos. La última de ellas sigue teniendo correcciones, por lo que él no consideraba que estuviera lista para publicar. Especialmente jugoso es el material de documentación sobre Simón Bolívar que utilizó para El general en su laberinto, clasificado como él lo dejó. En definitiva, objetos en los que “se ve la lucha del autor con el lenguaje, las estructuras, los personajes, la atmósfera”, dice Montelongo.

La misión del Harry Ransom Center no es conservarlo en un baúl, sino enseñarlo. El plan es que todo esté a disposición de aficionados e investigadores, y parte de ello digitalizado, antes de dos años. Además de los libros, entre sus objetos personales hay pasaportes, cartas, fotos y tres ordenadores Macintosh, de distintas épocas, de los que se desconoce su contenido. Quién no quiere poner sus manos sobre los papeles de García Márquez.

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Territorio Gus Van Sant

Fue uno de los cineastas que retrataron la juventud maldita de los 90 y una de las primeras grandes figuras del cine independiente.

/ 14 de junio de 2018 / 00:08

Una vez le dijeron a Gus Van Sant que una de las claves de su carrera es que tiene un nombre estupendo, pegadizo, de esos que suenan interesantes, incluso con cierto aire místico. Él está de acuerdo. “Es un buen nombre”. Vale para ser director de cine o para hacer una reserva en un restaurante. “Mucha gente se sorprende cuando me conoce. Tienen una imagen de mí, del aspecto que debería tener, y cuando me conocen se decepcionan. ¿Gus Van Sant tiene este aspecto? En su mente yo me debería parecer a Tom Waits o a Bukowski”.

Gus Van Sant es un señor de mirada amable que aparenta algo menos de su edad, 65 años, y abre la puerta de su casa en las colinas del este de ­Hollywood. Compró esta casa hace 10 años y se mudó a ella hace cinco, cuando vendió la de Portland, la ciudad de la que salió el imaginario con el que conquistó a una generación a principios de los años 90. Durante dos horas en el salón de su casa, repasa su trayectoria en el cine rodeado de cuadros pintados por él que se acumulan por las paredes del salón. Pinta cuatro horas al día. Sus últimos trabajos se centran en una imagen recurrente: un hombre joven desnudo en medio de la calle. En otro, está con un autobús rojo de dos pisos. “Se parece a un Oscar”, bromea el director, que estuvo nominado a ese premio dos veces.

Las películas de Gus Van Sant pusieron rostro a aquella juventud. “Juventud en peligro”, precisa. Durante casi dos décadas capturó la confusión, la angustia y la ambición de los veintipocos a través de los gestos de River Phoenix, Matt Dillon, Keanu Reeves, Nicole Kidman, Matt Damon y Ben Affleck. Fue el más conocido de un puñado de directores que definieron lo que se llamó cine independiente. Una exposición en La Casa Encendida, en Madrid, muestra decenas de fotografías de Van Sant y de sus rodajes. El trabajo de Van Sant en fotografía juega también con la sexualidad, con jóvenes que miran a la cámara con la misma actitud desafiante y confundida de sus películas.

Van Sant nació en Kentucky y pasó su adolescencia en Darien, Connecticut. Lo recuerda como un ambiente muy conservador. El interés por el cine le surgió gracias a un profesor de inglés de su instituto llamado David Sohn. “Era brillante, un pensador. Pintaba, imitaba pájaros. Hizo mucho por mí sin que yo supiera bien lo que estaba haciendo. Tenía un libro que se llamaba Stop, Look and Write (“Para, mira y escribe”). Era un libro de fotos enigmáticas en blanco y negro. Por ejemplo, un médico en una sala de espera con una taza de café. Tenías que escribir una historia sobre lo que estaba pasando en la imagen”.

Ese profesor le obligó a imaginar historias. Le enseñó en clase Ciudadano Kane (1941). La vio con 14 años, en una época en la que no era fácil conseguir cintas antiguas. “Era la primera vez que veía una película con tanta psicología evidente, que tenía algo más que la simple historia. Era obvio y no obvio al mismo tiempo. La caída de ese hombre, su vida… En esa zona había un par de canales de televisión alternativos. Cuando tenían un filme lo ponían 15 veces para llenar las franjas. Así que podías ver Ciudadano Kane toda la semana. Los cineastas suelen decir que esa película fue la que les hizo querer ser cineastas. En mi caso es así”.

Un fotograma de la cinta Mala noche (1985), basada en la novela autobiográfica del poeta oregoniano Walt Curtis.

Dice Van Sant que sus cintas no empiezan con un personaje, ni con una historia. Empiezan con un lugar. Ese sitio se va llenando después con lo demás. “Me he dado cuenta de que siempre he querido capturar un ambiente. Siempre es un lugar. Y allí hay personajes. Estoy en un aeropuerto tirado tres horas y empiezo a pensar que se puede hacer una película en la sala de embarque esperando un avión. Dondequiera que vaya, imagino cosas fascinantes. Estoy en un restaurante y veo un filme. Y luego ya empiezan a aparecer los personajes. Así es como me vienen las películas y así fue la inspiración para algunas de las primeras”. Al principio, ese lugar fue Portland. “He vivido en Nueva York y Los Ángeles, pero siempre he gravitado alrededor de Portland. Es mi casa”. De unas calles concretas de Portland surgieron Mala noche (1986) y Drugstore Cowboy (1989).

El último trabajo de Van Sant vuelve a Portland. Al escenario de Mala noche, su debut. Presentada en febrero en Berlín, explora la vida de John Callahan, un viñetista alcohólico y condenado a una silla de ruedas. Pero, de nuevo, el lugar es la historia. “John era un personaje de las calles de Mala noche. Estaba allí, en la misma calle, en los mismos años”.

Drugstore Cowboy dio la vuelta al mundo. La historia de una pareja de drogadictos y su carrera de atracadores de farmacias convirtió a Matt Dillon en el rostro de las drogas, tan seductor como autodestructivo. Cuando se hace un repaso de los actores a los que Van Sant ha retratado en el punto más fascinante de su juventud, la lista empieza ahí. Sin embargo, estuvo a punto de no ser así. “El personaje de Matt Dillon tenía que tener 45 o 46 años”, explica. “Sin embargo, en la película tiene 26. Se cambió después de contratarle a él y a Kelly Lynch. No me importó cambiar la dinámica de la historia para acomodarla a él”.

En la imagen, el actor Doug Cooeyate.

Aprovechando el éxito de crítica de Drugstore Cowboy, decidió hacer una historia que tenía preparada desde antes de su debut. Mi Idaho privado (1991) quizá sea la película que concentra todo lo que viene a la cabeza bajo el nombre de Gus Van Sant. El universo propio que el público le atribuye se resume en la imagen de River Phoenix con el pelo a lo James Dean y expresión perdida, haciendo de chapero narcoléptico en busca de su madre y de sí mismo. “Queríamos hacerlo con poco dinero, como medio millón de dólares. Estábamos preparados para trabajar con desconocidos de Portland, como en Elephant (2003). Pero probamos a mandárselo a River (Phoenix) y Keanu Reeves, por si acaso. Solo a esos dos actores, a nadie más. Y dijeron que sí. Eso cambió los planes”. Phoenix era la mayor estrella juvenil del momento. A través de él, el gran público vio en Mi Idaho privado la homosexualidad como no se había tratado hasta el momento. Murió dos años después, a los 23 años. Van Sant le dio el mejor papel de su carrera y de paso colocó a Keanu Reeves en la cumbre.

Van Sant y otros como Hal Hartley o John Sayles definieron en esos años lo que era cine independiente americano para una generación de cineastas. “Para los baby boomers, la película que nos enseñó que lo podías hacer tú mismo fue Easy Rider. Pero esa costó como un millón de dólares. Para mí fue Pink Flamingos (John Waters, 1972). Se hizo con $us 10.000. Era muy, muy pequeñita. Y era tan loca, tan escandalosa. Yo era estudiante, y Pink Flamingos fue el ejemplo de que no necesitabas nada, solo tu propio mundo, y que no hace falta ir más allá de tu patio para hacer una película. Fue una lección muy fuerte. No había que seguir las reglas, podías hacer un filme de lo que te diera la gana”.

Van Sant le explica una escena al actor Michael Pitt, que encarna a Blake, protagonista de Last Days (2005). Esta cinta es un relato ficticio que se inspira en los últimos días del líder del grupo de rock alternativo Nirvana, Kurt Cobain.

Haciendo lo que le dio la gana entró en la élite de Hollywood cuando le buscaron para dirigir El indomable Will Hunting (1997), producida por el hacedor de mitos Harvey Weinstein, que hoy se enfrenta a cuatro acusaciones por violación. Fue nominado al Oscar. Volvió a ser nominado en 2009 por Mi nombre es Harvey Milk, la historia del primer cargo electo abiertamente gay, asesinado en los pasillos del Ayuntamiento de San Francisco. En algún momento en la última década, Van Sant salió de esa élite, quizá porque nunca dejó de hacer lo que le dio la gana, con dinero o sin él. La crítica no le ha vuelto a elogiar un trabajo desde hace una década.

Uno de los grandes momentos de su carrera llegó en 1995 con la película Todo por un sueño. En ella, Nicole Kidman, obsesionada con salir en la televisión hasta el punto de matar por ello, decía que si todo el mundo saliera en la pantalla serían mejores personas. En aquel momento, el personaje era una psicópata. Dos décadas después, en la era de YouTube y los videos en directo, suena a profecía. Todos tienen una cámara delante todo el tiempo. “El asistente con el que trabajé en la última cinta solo veía cosas en YouTube”, cuenta Van Sant. “Tiene 22 años. Cuando le enseñé la película, me dijo que le parecía anticuada. Mi propio asistente no entendía mi trabajo”.

El cambio de medio está transformando lo que se cuenta, reflexiona Van Sant. “Veo el cine en peligro por el medio mismo. Me fascinan las doctrinas de McLuhan: el medio es el mensaje, y tanto uno como otro están cambiando. Trump es exactamente eso. El mensaje es que la verdad no es importante”. Cuando se le pregunta por nuevos formatos, cree que “se ha modificado el diálogo cinematográfico”, y argumenta: “Si hicieras algo ahora con los personajes de Drugstore cowboy, sería una serie de Netflix. Se ha forzado un cambio de estilo. A eso se refería Guillermo del Toro en su discurso de los Oscar, a que el cine como formato merece la pena. Hay que salvarlo, no erradicarlo”.

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Territorio Gus Van Sant

Fue uno de los cineastas que retrataron la juventud maldita de los 90 y una de las primeras grandes figuras del cine independiente.

El actor Henry Hopper en una escena de la película Restless (2011), filmado por Gus Van Sant.

/ 14 de junio de 2018 / 00:08

Una vez le dijeron a Gus Van Sant que una de las claves de su carrera es que tiene un nombre estupendo, pegadizo, de esos que suenan interesantes, incluso con cierto aire místico. Él está de acuerdo. “Es un buen nombre”. Vale para ser director de cine o para hacer una reserva en un restaurante. “Mucha gente se sorprende cuando me conoce. Tienen una imagen de mí, del aspecto que debería tener, y cuando me conocen se decepcionan. ¿Gus Van Sant tiene este aspecto? En su mente yo me debería parecer a Tom Waits o a Bukowski”.

Gus Van Sant es un señor de mirada amable que aparenta algo menos de su edad, 65 años, y abre la puerta de su casa en las colinas del este de ­Hollywood. Compró esta casa hace 10 años y se mudó a ella hace cinco, cuando vendió la de Portland, la ciudad de la que salió el imaginario con el que conquistó a una generación a principios de los años 90. Durante dos horas en el salón de su casa, repasa su trayectoria en el cine rodeado de cuadros pintados por él que se acumulan por las paredes del salón. Pinta cuatro horas al día. Sus últimos trabajos se centran en una imagen recurrente: un hombre joven desnudo en medio de la calle. En otro, está con un autobús rojo de dos pisos. “Se parece a un Oscar”, bromea el director, que estuvo nominado a ese premio dos veces.

Las películas de Gus Van Sant pusieron rostro a aquella juventud. “Juventud en peligro”, precisa. Durante casi dos décadas capturó la confusión, la angustia y la ambición de los veintipocos a través de los gestos de River Phoenix, Matt Dillon, Keanu Reeves, Nicole Kidman, Matt Damon y Ben Affleck. Fue el más conocido de un puñado de directores que definieron lo que se llamó cine independiente. Una exposición en La Casa Encendida, en Madrid, muestra decenas de fotografías de Van Sant y de sus rodajes. El trabajo de Van Sant en fotografía juega también con la sexualidad, con jóvenes que miran a la cámara con la misma actitud desafiante y confundida de sus películas.

Van Sant nació en Kentucky y pasó su adolescencia en Darien, Connecticut. Lo recuerda como un ambiente muy conservador. El interés por el cine le surgió gracias a un profesor de inglés de su instituto llamado David Sohn. “Era brillante, un pensador. Pintaba, imitaba pájaros. Hizo mucho por mí sin que yo supiera bien lo que estaba haciendo. Tenía un libro que se llamaba Stop, Look and Write (“Para, mira y escribe”). Era un libro de fotos enigmáticas en blanco y negro. Por ejemplo, un médico en una sala de espera con una taza de café. Tenías que escribir una historia sobre lo que estaba pasando en la imagen”.

Ese profesor le obligó a imaginar historias. Le enseñó en clase Ciudadano Kane (1941). La vio con 14 años, en una época en la que no era fácil conseguir cintas antiguas. “Era la primera vez que veía una película con tanta psicología evidente, que tenía algo más que la simple historia. Era obvio y no obvio al mismo tiempo. La caída de ese hombre, su vida… En esa zona había un par de canales de televisión alternativos. Cuando tenían un filme lo ponían 15 veces para llenar las franjas. Así que podías ver Ciudadano Kane toda la semana. Los cineastas suelen decir que esa película fue la que les hizo querer ser cineastas. En mi caso es así”.

Un fotograma de la cinta Mala noche (1985), basada en la novela autobiográfica del poeta oregoniano Walt Curtis.

Dice Van Sant que sus cintas no empiezan con un personaje, ni con una historia. Empiezan con un lugar. Ese sitio se va llenando después con lo demás. “Me he dado cuenta de que siempre he querido capturar un ambiente. Siempre es un lugar. Y allí hay personajes. Estoy en un aeropuerto tirado tres horas y empiezo a pensar que se puede hacer una película en la sala de embarque esperando un avión. Dondequiera que vaya, imagino cosas fascinantes. Estoy en un restaurante y veo un filme. Y luego ya empiezan a aparecer los personajes. Así es como me vienen las películas y así fue la inspiración para algunas de las primeras”. Al principio, ese lugar fue Portland. “He vivido en Nueva York y Los Ángeles, pero siempre he gravitado alrededor de Portland. Es mi casa”. De unas calles concretas de Portland surgieron Mala noche (1986) y Drugstore Cowboy (1989).

El último trabajo de Van Sant vuelve a Portland. Al escenario de Mala noche, su debut. Presentada en febrero en Berlín, explora la vida de John Callahan, un viñetista alcohólico y condenado a una silla de ruedas. Pero, de nuevo, el lugar es la historia. “John era un personaje de las calles de Mala noche. Estaba allí, en la misma calle, en los mismos años”.

Drugstore Cowboy dio la vuelta al mundo. La historia de una pareja de drogadictos y su carrera de atracadores de farmacias convirtió a Matt Dillon en el rostro de las drogas, tan seductor como autodestructivo. Cuando se hace un repaso de los actores a los que Van Sant ha retratado en el punto más fascinante de su juventud, la lista empieza ahí. Sin embargo, estuvo a punto de no ser así. “El personaje de Matt Dillon tenía que tener 45 o 46 años”, explica. “Sin embargo, en la película tiene 26. Se cambió después de contratarle a él y a Kelly Lynch. No me importó cambiar la dinámica de la historia para acomodarla a él”.

En la imagen, el actor Doug Cooeyate.

Aprovechando el éxito de crítica de Drugstore Cowboy, decidió hacer una historia que tenía preparada desde antes de su debut. Mi Idaho privado (1991) quizá sea la película que concentra todo lo que viene a la cabeza bajo el nombre de Gus Van Sant. El universo propio que el público le atribuye se resume en la imagen de River Phoenix con el pelo a lo James Dean y expresión perdida, haciendo de chapero narcoléptico en busca de su madre y de sí mismo. “Queríamos hacerlo con poco dinero, como medio millón de dólares. Estábamos preparados para trabajar con desconocidos de Portland, como en Elephant (2003). Pero probamos a mandárselo a River (Phoenix) y Keanu Reeves, por si acaso. Solo a esos dos actores, a nadie más. Y dijeron que sí. Eso cambió los planes”. Phoenix era la mayor estrella juvenil del momento. A través de él, el gran público vio en Mi Idaho privado la homosexualidad como no se había tratado hasta el momento. Murió dos años después, a los 23 años. Van Sant le dio el mejor papel de su carrera y de paso colocó a Keanu Reeves en la cumbre.

Van Sant y otros como Hal Hartley o John Sayles definieron en esos años lo que era cine independiente americano para una generación de cineastas. “Para los baby boomers, la película que nos enseñó que lo podías hacer tú mismo fue Easy Rider. Pero esa costó como un millón de dólares. Para mí fue Pink Flamingos (John Waters, 1972). Se hizo con $us 10.000. Era muy, muy pequeñita. Y era tan loca, tan escandalosa. Yo era estudiante, y Pink Flamingos fue el ejemplo de que no necesitabas nada, solo tu propio mundo, y que no hace falta ir más allá de tu patio para hacer una película. Fue una lección muy fuerte. No había que seguir las reglas, podías hacer un filme de lo que te diera la gana”.

Van Sant le explica una escena al actor Michael Pitt, que encarna a Blake, protagonista de Last Days (2005). Esta cinta es un relato ficticio que se inspira en los últimos días del líder del grupo de rock alternativo Nirvana, Kurt Cobain.

Haciendo lo que le dio la gana entró en la élite de Hollywood cuando le buscaron para dirigir El indomable Will Hunting (1997), producida por el hacedor de mitos Harvey Weinstein, que hoy se enfrenta a cuatro acusaciones por violación. Fue nominado al Oscar. Volvió a ser nominado en 2009 por Mi nombre es Harvey Milk, la historia del primer cargo electo abiertamente gay, asesinado en los pasillos del Ayuntamiento de San Francisco. En algún momento en la última década, Van Sant salió de esa élite, quizá porque nunca dejó de hacer lo que le dio la gana, con dinero o sin él. La crítica no le ha vuelto a elogiar un trabajo desde hace una década.

Uno de los grandes momentos de su carrera llegó en 1995 con la película Todo por un sueño. En ella, Nicole Kidman, obsesionada con salir en la televisión hasta el punto de matar por ello, decía que si todo el mundo saliera en la pantalla serían mejores personas. En aquel momento, el personaje era una psicópata. Dos décadas después, en la era de YouTube y los videos en directo, suena a profecía. Todos tienen una cámara delante todo el tiempo. “El asistente con el que trabajé en la última cinta solo veía cosas en YouTube”, cuenta Van Sant. “Tiene 22 años. Cuando le enseñé la película, me dijo que le parecía anticuada. Mi propio asistente no entendía mi trabajo”.

El cambio de medio está transformando lo que se cuenta, reflexiona Van Sant. “Veo el cine en peligro por el medio mismo. Me fascinan las doctrinas de McLuhan: el medio es el mensaje, y tanto uno como otro están cambiando. Trump es exactamente eso. El mensaje es que la verdad no es importante”. Cuando se le pregunta por nuevos formatos, cree que “se ha modificado el diálogo cinematográfico”, y argumenta: “Si hicieras algo ahora con los personajes de Drugstore cowboy, sería una serie de Netflix. Se ha forzado un cambio de estilo. A eso se refería Guillermo del Toro en su discurso de los Oscar, a que el cine como formato merece la pena. Hay que salvarlo, no erradicarlo”.

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Joaquin Phoenix, Hollywood al límite

Vio morir a su hermano River por una sobredosis cuando él tenía 19 años. Se convirtió en actor de culto y en estrella maldita. Confundió al mundo con un documental paródico sobre sí mismo, la fama y la meca del cine. Hoy regresa con nueva película y habla sobre la vida al borde de todos los límites y sobre el peligroso juego de Hollywood.

/ 13 de diciembre de 2017 / 04:00

Dice Joaquin Phoenix que cuando uno es joven tiene “esa rebelión y esa rabia de la juventud: ¡que te jodan, muerte, voy a hacer locuras!”. Después, según sus palabras, pasa el tiempo y empiezas a valorar cosas como tener un jardín o pasear con tus perros. De pronto, un día tienes 43 años. Y al ser preguntado sobre si se imaginaba su vida así a esta edad, responde: “No. Es mejor de lo que nunca podría haber imaginado. Yo pensaba que 40 era como el fin. Y que los 60 eran como estar muerto”. Sin embargo, lleva dos años “increíbles”, casi sin trabajar desde que rodó Irrational Man con Woody Allen. “La meditación ha sido una de las claves, me encanta. Tomarme el tiempo de reconocer las cosas por las que estoy agradecido. Por lo que sea, soy un cínico crónico. Así que he hecho un esfuerzo por agradecer. Se hace más natural y cuesta menos trabajo cuanto más lo haces”. Joaquin Phoenix parece feliz, relajado, encantado con su vida.

Con tres nominaciones al Oscar, es el eterno catalogado como mejor actor de su generación. Y estrena película: En realidad, nunca estuviste aquí, una cinta en la que ofrece una impactante interpretación con la que ganó el premio al mejor actor en la pasada edición del Festival de Cannes. En la pantalla sigue siendo el hombre lleno de demonios que el público suele percibir en él. Ahora interpreta a un personaje siniestro y al tiempo heroico, un hombre que se dedica a rescatar menores secuestradas en redes de prostitución. El personaje da miedo y pena a la vez. “Lynne Ramsay, la directora, me mandó unos archivos de audio con fuegos artificiales y explosiones y dijo: ‘Esto es lo que hay en su cabeza’. Y pensé: ‘Eso es, no hay que decir nada más’. Era perfecto”. Phoenix transmite esas explosiones sin apenas gestos ni palabras. Sobre la historia, el actor rechaza de entrada las posibles comparaciones con Taxi Driver. Dice que esa referencia nunca estuvo sobre la mesa. En su lugar, la mayoría mataría por esa comparación.

Joaquin Phoenix está sentado en una mesita junto a la piscina del hotel Chateau Marmont, un icono vivo en Sunset Boulevard de todo lo bueno y lo malo que da de sí la vida en el mundo del espectáculo. Sobre la mesa, un paquete de American Spirit. Se fumará tres cigarros en una hora. Viste camiseta negra y jeans. Lleva el pelo largo peinado hacia atrás y una barba cuidada llena de canas. Parece en forma. Sus hipnóticos ojos verdes recuerdan a los del cartel de la película Her (2013). De cerca, son exactamente así. Mira de frente cuando habla. Hoy va a hablar de todo.

La estela de su hermano

Joaquin Phoenix (Puerto Rico, 1974) lleva 37 años actuando. Es el mediano de cinco hermanos actores, hijos de unos padres que coincidieron en California con el momento más álgido del movimiento hippie, ingresaron en la secta Niños de Dios y recorrieron con ellos todo el país, México y Centroamérica. Los niños se llamaban Río, Lluvia, Libertad y Verano (y Joaquin, que cambió su nombre durante un tiempo por Leaf, hoja). Al hablar sobre el primer capítulo de esta historia, recuerda que todo empezó porque el mayor, River Phoenix, era un genio. “Mi hermano tocaba la guitarra desde que tenía cinco años. Era un prodigio”. Tras instalarse cerca de Los Ángeles, los padres decidieron meter a sus cinco hijos en el mundo del espectáculo. Empezaron a tocar y cantar todos juntos en shows callejeros por West Hollywood para cobrar propinas.

La madre de los Phoenix encontró un trabajo como secretaria del jefe de casting de la NBC, que les presentó a un par de agentes. Solo una aceptó representarlos a todos juntos, Iris Burton. Era la mejor agente de niños de los ochenta. Entre sus clientes, Henry Thomas, de E.T.; Kirk Cameron, las gemelas Olsen, Drew Barrymore y Fred Savage. “Empezamos a ir a pruebas, pero cuando eres niño la mayoría de las cosas que te ofrecen son anuncios y nosotros teníamos limitaciones por ser veganos”. Además, sus padres, por motivos ideológicos, decidieron que no harían publicidad para grandes empresas como Coca-Cola. “Eso hizo que nuestros trabajos fueran muy esporádicos”.

“Mi hermano fue el primero en conseguir algo estable. Le dieron un papel en una serie que se llamaba Siete novias para siete hermanos. En uno de los episodios necesitaban un niño y una niña, y fuimos mi hermana y yo. Seguramente era la opción más barata”. Fue la primera vez. Asegura que se quedó enganchado a la interpretación allí mismo. La familia vivía al norte de Los Ángeles, a unos 45 minutos de cualquier sitio. “Dejábamos a mi madre en el trabajo y luego íbamos a audiciones por todo Los Ángeles”. Cuando él tenía 12 años, River estaba ya asentado en Hollywood. Había rodado Exploradores (1985), Cuenta conmigo (1986) y La costa de los mosquitos (1986). Joaquin logró su primer papel en una cinta en Florida, adonde se mudó con su padre. Estaba pasando. Eran actores.

El trabajo le llegó joven, lo mejor de Hollywood le llegó joven, y lo peor, también. La madrugada del 31 de octubre de 1993, la vida de Joaquin Phoenix cambió para siempre, en muchos sentidos. Vio de cerca la cara más oscura de la fama. Su hermano River tenía 23 años, y él, 19. Estaban juntos en The Viper Room, un club en Sunset Boulevard propiedad de, entre otros, Johnny Depp. Una mezcla de drogas acabó esa noche con la vida de River Phoenix, la mayor estrella juvenil de los 80.

Lo que pasó “no es algo que ocurra solo a los famosos”, opina Joaquin antes de recordar aquella época. “Yo crecí en una familia muy alegre y optimista, y esa fue la primera vez que nos enfrentamos a la tragedia, pero son cosas que pasan a nuestro alrededor. La mayoría de nosotros no somos conscientes de la suerte que tenemos. Cuando piensas en la población de Oriente Próximo, en los niños que ven morir a familiares constantemente…”.

El lado oscuro

El lado oscuro de Hollywood, sin embargo, no fue la tragedia en sí, sino el circo del dolor que se montó alrededor de la muerte por sobredosis del joven, que hasta ese momento tenía cierta imagen de chico tímido y bueno. Joaquin fue quien llamó a los servicios de emergencia para que fueran a salvar a su hermano. La llamada se filtró a la prensa y el mundo entero pudo oír la voz de un Joaquin desesperado diciendo entre sollozos que su hermano se estaba muriendo. “El interés de los medios de comunicación sí fue característico de lo que es Hollywood, e interfirió mucho en nuestro proceso de duelo y de aceptación de lo que había sucedido. Y fue la primera vez que me di cuenta de que la gente miente”.

Si alguien tiene la sensación de que Phoenix está permanentemente en guardia con la prensa, es así. No interpreta el papel de estrella con tres buenas frases manufacturadas ni repite lo maravilloso que es trabajar con Fulanito. “¡Por supuesto!”, contesta cuando se le pregunta si aquel suceso cambió su relación con el mundo del espectáculo. “Yo siempre he sido una persona cautelosa por naturaleza, pero lo que pasó acrecentó mis miedos sobre lo que alguna gente es capaz de hacer. No solo los medios, sino personas que están a tu alrededor, que consideras amigos, y que de pronto están dando entrevistas y contando cosas que no ocurrieron. Dicen una parte de verdad y luego añaden otra que no lo es, y así parece todo cierto. Es muy doloroso, especialmente cuando eres joven y pasaste por una experiencia tan traumática. Además, mi hermano no se había comportado como un famoso. Nunca tuvo esa forma de ser. Salía en la tele, fue nominado a un Oscar, pero era una persona muy normal, lo que quiera que eso signifique. Un hombre con los pies en la tierra”.

La vida errante

Joaquin reapareció en la gran pantalla como veinteañero en Todo por un sueño, en 1995, con Gus Van Sant. Durante los siguientes cinco años se forjó una imagen para el público de personaje atormentado, con cierta oscuridad en la mirada. Hasta que, en 2000, el papel de villano en Gladiator le dio su primera nominación al Oscar. Había entrado en la categoría de estrella. “El éxito te da más oportunidades, pero no sé si me cambió. Lo de ser estrella no es tanto por el trabajo que uno hace, sino por la vida que lleva. Yo iba a clubes de moda en Nueva York en los noventa, pero realmente no era mi vida. Nunca deseé tener las cosas materiales que vienen con la fama. No era lo que buscaba. Nunca quise ser rico y famoso, y eso no cambió”.

A partir de ese momento, Phoenix fue un rostro habitual en al menos una película importante al año. Estaba, oficialmente, en el club de los elegidos. En 2005, a los 30 años, a punto de estrenar En la cuerda floja, en la que bordaba un personaje extremo como Johnny Cash, ingresó en una clínica de rehabilitación. “No se encontraba a gusto con la forma en la que estaba llevando su vida”, dijo entonces su representante a los medios. Nadie se contuvo de meter en la misma noticia el precedente de la muerte de su hermano. Más de una década después, resume así aquel momento: “Simplemente… bebía demasiado”.

“Fue una época en la que no tenía casa, me quedaba en hoteles, estaba aquí en Los Ángeles… y, bueno, es un cliché, pero sales con gente, quieren ir a clubes y tú vas también, buscando algo. Cuando miro atrás veo a una persona que buscaba conexiones pero al mismo tiempo hacía cosas sin ningún sentido. Esa es la ironía”, dice riendo. “Nunca me gustaron realmente los clubes, pero hay momentos en los que te dejas llevar. Creo que es algo muy común entre los famosos, seas actor, jugador de baloncesto o lo que sea. Hay un periodo en el que empiezas a tener éxito y eres presentado a la ciudad. Sales por la noche, haces esto y lo otro…”.

Ya lo había visto todo en el mundo de la fama. Los comienzos difíciles, el estrellato, una clínica de rehabilitación, dos nominaciones al Oscar. Hasta una muerte por sobredosis en pleno Sunset Boulevard. Quizá era el momento de contar en una película lo que sabía de ese entorno. Sería una parodia. En 2010, Joaquin Phoenix, especialista en hombres atormentados, creó uno de sus mejores papeles: él mismo, destruido por la fama. El resultado fue el episodio más extraño y genial de su biografía. El proyecto I’m Still Here.

¿Quién es Joaquin Phoenix?

Lo dirigía Casey Affleck, por entonces su cuñado. Iba a ser un falso anuncio público de que Joaquin Phoenix se retiraba de la actuación. “Inicialmente pensé que sería muy divertido que un actor de 35 años dijera que se retira. La broma era que a nadie le iba a importar. Eso era lo gracioso: la idea de un actor egocéntrico y arrogante que piensa que va a contar su retirada y la gente se va a impresionar y luego, en realidad, no le interesa a nadie”.

Querían hacer algo muy corto, como un sketch. Phoenix empezó a hacer entrevistas con gente y se caracterizó a sí mismo con unas greñas imposibles, barba de mendigo y aspecto de llevar tres días borracho. De una forma rara, su pasado ayudaba a hacerlo creíble. En la película, Affleck y Phoenix metieron locuras que ellos han visto de verdad en el mundo del espectáculo. “Por ejemplo, el abuso sobre un ayudante. Yo estuve una vez con un actor en una fiesta en una habitación de hotel. Me sentía fuera de sitio, estaba sentado en una esquina. De pronto, esta persona agarró una toalla y ¡empezó a azotar a su asistente! Y lo pusimos en la película”.

El proyecto iba a ser un retrato de la vanidad, de la estupidez ególatra que puede consumir a los artistas. Sin embargo, fue el mundo del espectáculo el que les dio una sorpresa a ellos. “Fuimos a San Francisco a hacer la entrevista en la que yo anuncio que me retiro pensando que no iba a tener una gran repercusión. Pero cuando volvimos al hotel, la noticia estaba por todas partes. Nos sorprendió. Fue justo en el momento en el que internet necesitaba contenido, lo que fuera”. De pronto, la historia estaba creciendo y no era la que habían pensado en un principio. Se inventaron entonces que Phoenix quería hacer un disco de rap. La idea era que sería un desastre y quedaría humillado públicamente. Buscaban un momento duro de ver en un personaje público.

En la escena final de la película, Phoenix intenta hacer un espectáculo de rap en Miami que es un horror. El plan era que un actor, infiltrado entre el público, discutiría con él. “Siempre pensamos que cuando yo le dijera algo horrible, la gente se me iba a echar encima, en plan ‘eres un cerdo gilipollas’. La frase clave es cuando yo le digo: ‘Yo tengo un millón de dólares en el banco y tú eres un lavaplatos de mierda’. No quería ni decirlo”. Phoenix espetó su frase y se dio cuenta entonces de que había muchas cosas que no entendía. “La gente empezó a aplaudir. Yo no sabía qué hacer. Estaba preparado para que me gritaran y me tiraran cosas, pero no para esto. Buscábamos sorprender y nos dimos cuenta de que estábamos desconectados de la sociedad. No sé cuándo empezó este periodo en el que está bien visto presumir del coche, de la riqueza y de cosas que siempre han tenido tan poca importancia para mí. Nunca lo vi venir”.

El juego de Hollywood

Hay una parte del mundo de la fama más interesante. La entrevista se produce cuando una marea de acusaciones de acoso sexual recorre Hollywood. Empezó con dos espectaculares investigaciones periodísticas sobre el poderoso productor Harvey Weinstein, al que más de dos docenas de mujeres acusan ya públicamente de abusos. Los testimonios públicos se suceden y en tres semanas han hundido las carreras de Weinstein, del actor Kevin Spacey, del jefe de Amazon Studios, Roy Price; del director James Toback y del periodista Mark Halperin. La lista se quedará corta para cuando se publique la entrevista.

Procede preguntar a Phoenix sobre esta ola de denuncias de acoso porque él ha visto una de cerca. Durante el rodaje de I’m Still Here, dos mujeres acusaron a Affleck de acoso sexual. La denuncia acabó con un acuerdo judicial, pero manchó la carrera de Affleck. Phoenix, como socio de la productora de la película, es parte del acuerdo judicial y asegura que no puede legalmente hablar del tema, pero añade que le encantaría estar liberado para contar su versión y busca las palabras para no dejar la pregunta sin contestar. Al final dice: “Si hubiera pasado algo de lo que yo me hubiera enterado, no lo habría permitido, creo que esa es la forma legal en la que puedo decirlo”. ¿Dónde se pone la línea de la credibilidad en una situación de la palabra de uno contra otro? “Yo la pongo en la verdad y la justicia”.

El caso de Weinstein, sin embargo, está en una categoría propia. La extensión, en víctimas y en años, supera todo lo conocido. “Qué puedo decir que no se haya dicho ya. Siempre es una pena que tenga que pasar algo tan trágico para que la gente despierte. Pero supongo que cualquier momento en el que la gente se enfada por una noticia es algo bueno. Esperemos que haya un cambio en la forma en que la gente piensa sobre el abuso sexual”. No quiere, sin embargo, “ser simplemente una voz de condena”. “No vale con una declaración. Te tienes que educar sobre estas cosas, buscar las organizaciones que ayudan en estos traumas. Haz donaciones”.

Vienen a recogerle. Apaga su cigarrillo. “Este es mi último paquete. Lo dejo mañana”. Cuando le decimos que ese sería un excelente titular para la entrevista, pone cara de preocupación mientras su publicista se ríe. No tiene pinta de que vaya en serio. Ha “bajado” a solo un paquete al día, dice. Si está trabajando, fuma más. En esta ciudad, solo fumar ya es toda una declaración de intenciones, hacerlo en un hotel es intolerable y en una entrevista roza lo criminal. La palabra de la que más se abusa en el espectáculo es autenticidad, entendida como lo opuesto de prefabricado. Phoenix parece acercarse a la definición. Le dejamos en la semana en que cumple 43 años, en el mejor momento de su vida según él, con sus perros y su jardín. Quizá incluso haya hecho las paces internamente con el circo de Hollywood. Empieza lo mejor.

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