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viernes 24 sep 2021 | Actualizado a 07:37

Espacio fiscal y sobreendeudamiento público

Recién ahora el FMI se da cuenta que el saneamiento fiscal y la reducción de la deuda ‘llevan tiempo’

/ 6 de octubre de 2012 / 04:50

La publicación del Estudio Económico de la CEPAL y el avance del FMI sobre las perspectivas de la economía mundial han coincidido, pero con resultados diferentes. Para el FMI, los niveles de la deuda pública de las economías avanzadas han alcanzado los ratios más altos desde la Segunda Guerra Mundial, hace casi 70 años, superando el 100% del PIB, encontrándose por tanto, a mi modesto entender, en un nuevo grupo selecto de Países Ricos Altamente Endeudados (HIRC por sus siglas en inglés) los Estados Unidos, Japón, Grecia, Irlanda, Portugal e Irlanda.

En cambio, para la CEPAL, los países de la región tienen espacios fiscales, mucho mayores a la OECD para enfrentar adversidades externas. Como indicador de espacio fiscal utiliza el nivel del saldo fiscal y el de la deuda pública bruta respecto al PIB, y encuentra que la región tiene en promedio bajo déficit fiscal y un bajo nivel de deuda pública, comparados a los altos déficit fiscales y niveles de endeudamiento de las naciones de la OECD.

Si bien para el FMI “no es infrecuente que la deuda pública supere el 100% del PIB”, cuando América Latina tuvo su crisis de deuda en los ochenta, las medidas aplicadas fueron un fuerte ajuste estructural, políticas monetarias y fiscales restrictivas y reducción del Estado, que después terminó denominándose la década perdida, por sus efectos negativos en el crecimiento y la pobreza. Ahora, recién el FMI se da cuenta que el saneamiento fiscal y la reducción de la deuda “llevan tiempo”, cuando en el pasado quería a toda costa revertir los déficit fiscales de la región. Sin embargo, insiste en abordar problemas estructurales con las famosas reformas estructurales en lugar de medidas temporales o de corto plazo, las cuales no creo que tengan un buen augurio.

La CEPAL señala que la debilidad de la economía mundial, ocasionada justamente por los países avanzados, incidirá en un crecimiento menor que el esperado, de 3,2% frente al 3,7% para  2012. Según el Banco Mundial, el crecimiento sería del 3%. Cabe resaltar que en el caso de Bolivia mantiene la proyección del 5% de crecimiento del PIB para 2012, por encima del promedio de América Latina, y que nuestro país se ubica junto con Chile y Perú en el selecto grupo con mayor espacio fiscal, dada la combinación de un superávit fiscal con bajo endeudamiento público, comparado con el resto de los países de América Latina. Para la CEPAL, ha predominado la naturaleza contracíclica de la política fiscal ante las adversidades de la economía mundial.

La región no sólo acumuló experiencia valiosa para afrontar los choques externos; como la crisis financiera mundial, la crisis de alimentos y ahora la crisis de deuda de los países avanzados, sino que también aprendió que las famosas reformas estructurales tienen un alto costo y un impacto poco favorable en el crecimiento económico, lo que llevó a un trabajo del BID a señalar el agotamiento de las reformas y el rechazo de la gente antes de 2005.

Esperamos que Europa no tenga una década perdida; afortunadamente se ven algunas luces, como las medidas del Gobierno de Francia, que parecen alumbrar un camino pragmático y más adecuado a su realidad.

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La trampa de los productos básicos

/ 22 de septiembre de 2021 / 02:22

La dependencia de las exportaciones de productos básicos, entendida por la participación de las exportaciones de commodities en 60% o más en el total de las exportaciones, es un tema que ha cobrado relevancia sobre todo en este mes de septiembre con el Foro Global de Commodities de la UNCTAD, que fue la artífice para posicionar hace más de 50 años como problema fundamental de los países en desarrollo.

Bajo distintos nombres se estigmatizó el ser un país exportador de commodities, como fue con la famosa tesis del deterioro secular de los términos de intercambio, porque los precios de los productos básicos tendían al deterioro comparados con los precios de las manufacturas, tesis muy discutida hasta que se registró el largo boom de los precios de los commodities desde 2004 hasta 2014 y que ahora, ante un nuevo resurgimiento de sus precios, parece amenazar con un nuevo boom de las materias primas.

Es muy frecuente escuchar la leyenda sobre la “maldición de los recursos naturales” donde los países con buena dotación de recursos naturales están condenados a ser pobres y atrasados, y se plantea como solución mágica la industrialización. Los economistas del desarrollo, según la UNCTAD, asocian la dependencia de las exportaciones de commodities con un crecimiento lento, una estructura económica no diversificada, el bajo desarrollo humano, la volatilidad de los ingresos, la inestabilidad macroeconómica y la enfermedad holandesa.

Así, en 2018-2019, alrededor de dos tercios (64%) de los países en desarrollo dependían de los productos básicos y en el caso de los países de bajos ingresos, un 90% son exportadores de commodities. En cambio, solo el 13% de los países desarrollados son dependientes de commodities, entre los cuales destacan Australia, Islandia, Nueva Zelanda y Noruega.

América del Sur es una de las subregiones más dependiente de las exportaciones de productos básicos. En 2018-2019, los 12 países de la subregión tuvieron una tasa de dependencia superior al 60% y tres cuartas partes tuvieron un nivel superior al 80%.

Sin embargo, el dato curioso es que según la propia UNCTAD, el número de países dependientes de las exportaciones de productos básicos ha aumentado en el último decenio, de 93 países en 2008-2009 a 101 países en 2018-2019. Solamente siete países pudieron salir del grupo, entre ellos Nicaragua, Indonesia y Egipto, pero en cambio 15 países entraron como nuevos exportadores de productos básicos, entre ellos destacan Brasil y Grecia.

Con datos de la UNCTAD, las exportaciones de productos básicos de Bolivia representan un 94% de las exportaciones totales, la más alta de Sudamérica, y son equivalentes a una quinta parte del PIB. Tiene una composición entre productos básicos “duros”, como la minería que representa un 44,8% de las exportaciones, y los hidrocarburos con una participación del 33%, mientras que los productos básicos “blandos” que corresponden a la agricultura y alimentos participan con un 16% del total exportado.

La UNCTAD recomienda escapar de la dependencia de los productos básicos a través de la diversificación que implica diversas estrategias, aunque reconoce que una vez que un país en desarrollo depende de los productos básicos, es extremadamente difícil salir de este estado. Bolivia ha adoptado una estrategia de diversificación vertical en el caso de los hidrocarburos aumentando el valor agregado, abarcando aquellos procesos de transformación de los productos de refinación, incluida la petroquímica.

Pero escapar de la dependencia de commodities implica mucho tiempo, un proceso de cambio estructural económico estrechamente asociado con un aumento de la productividad. La diversificación y el desarrollo tecnológico desempeñan un papel crucial en el crecimiento de la productividad laboral.

En el caso de Bolivia, la UNCTAD en su estudio Escapando de la trampa de la dependencia de productos básicos da buenas noticias para el país, que por supuesto no son resaltadas en los medios de comunicación ni por el propio Gobierno. En primer lugar, encuentra una creciente demanda de sus productos básicos primarios, que podría aumentar en un 1.000% para 2050, y que están impulsando la digitalización y la adopción de una amplia gama de tecnologías de frontera. Estos productos incluyen el litio, cobalto, manganeso, cobre, plata, hierro, plomo y elementos de tierras raras.

En segundo lugar, destaca que existen nuevas tecnologías para la extracción de litio que pueden revolucionar la forma en que se trabajan los yacimientos del litio, minimizando el uso de agua y acelerando el proceso de recuperación, haciendo que los depósitos de litio en Bolivia sean económicamente viables.

Debería ser el Ministerio de Planificación el que mire más allá de la coyuntura y presente no un plan libro, sino un plan de vuelo sobre la estrategia para diversificar la dependencia de los productos básicos con el apoyo de la UNCTAD.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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El modelo afgano de intervención

/ 8 de septiembre de 2021 / 01:16

La salida del último avión de las fuerzas armadas de EEUU del aeropuerto de Kabul el penúltimo día de agosto me dejó como economista una pésima sensación. Los EEUU, en decisión unilateral, sin autorización de Naciones Unidas ni de su Consejo de Seguridad, se metieron hace 20 años en Afganistán, comprometieron a los países de la OTAN en una intervención armada y después se salen, como si no hubiera pasado nada en la historia de la humanidad.

Los medios de comunicación muestran las labores caritativas para ayudar a escapar a los refugiados afganos ante el terror de los talibanes, a los que en una época los EEUU ayudaron y apoyaron con armamento para combatir la intervención de los rusos, hasta que los invadieron para sacarlos del poder con la excusa de los atentados a las Torres Gemelas, pese a que hasta ahora no es pública toda la información de lo que pasó realmente, según denuncia de los familiares de los muertos de ese atentado.

Las terribles imágenes dan la impresión de que son parte de una mala película de guerra con un final infeliz, sin el típico héroe tipo Rambo y sin la soberbia del jefe militar a cargo del desastre.

La primera preocupación que me saltó es que alguien debería hacer algo en el tema de las intervenciones militares. En un mundo aparentemente multilateral, Naciones Unidas tendría que ser la autoridad mundial que debería hacer algo, aparte de sus comunicados extemporáneos. Ahora, como sucede en la realidad, en un mundo unilateral en lo relativo al poder militar, bajo la hegemonía de los EEUU, debería por lo menos sujetarse las intervenciones a algunas reglas del juego bajo la Corte Internacional de La Haya, donde van a parar acusaciones de genocidio a gobernantes.

No me imaginé el tremendo costo de la guerra; más de $us 900.000 millones, equivalente según mis cálculos al 4% del PIB de los EEUU, más o menos $us 45.000 millones por año, mucho más que el PIB de Bolivia. Ese dinero, o por lo menos una parte, podía haberse utilizado para ayuda al desarrollo, administrado por Naciones Unidas, para combatir la pobreza y el deterioro del medio ambiente.

Se supone que con tan elevado gasto la economía afgana sería una de las más desarrolladas en 20 años de ayuda. Lamentablemente, la intervención, según la BBC Mundo, dejó una economía más dependiente y atrasada. La ayuda externa representaba el 75% del financiamiento del gasto público y era equivalente a más del 20% del Ingreso Nacional Bruto. Lo más preocupante es que después de 20 años de intervención directa de los EEUU, Afganistán concentra el 80% de la producción mundial del opio, que contribuía al 11% de la economía del país y cuyo tráfico generaba entre $us 1.000 y 2.000 millones anuales, y que yo sepa EEUU nunca “descertificó” a Afganistán, hasta ahora, como amenaza hacer a Colombia, Perú y Bolivia. La política antidroga la maneja a su conveniencia.

Por último, está el papel del FMI, que en noviembre de 2020 aprobó un Servicio de Crédito Extendido (Extended Credit Facility) por $us 370 millones y que antes, por el tema del COVID-19, había aprobado un Servicio de Crédito Rápido (Rapid Credit Facility) por $us 220 millones. Hoy en día esos recursos están congelados por el cambio de administración, ya que la declaración escueta del FMI dice: “Actualmente hay una falta de claridad dentro de la comunidad internacional con respecto al reconocimiento de un gobierno en Afganistán, como consecuencia de lo cual el país no puede acceder a los Derechos Especiales de Giro (DEG) u otros recursos del FMI”.

Para terminar con un broche de oro, según noticias de prensa, se bloquearía la parte de los $us 9.000 millones que tiene las reservas del Banco Central afgano fuera del país, puesto que el gobierno de Joe Biden indicó que los talibanes no tendrían acceso a las reservas que se hallan en su territorio.

En síntesis, el desastre de Kabul es la peor carta de recomendación de los EEUU para intervenir en los asuntos de un país. Ojalá la lección sirva para algunos políticos de la región que claman por su intervención, como la carta de los 20 diputados bolivianos en abril de 2019, pidiendo a Trump “tenga a bien interceder”.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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De la crisis de los años 30 a la crisis de los años 20

Los países están a tiempo para que la actual crisis sea solo de un año, y no se prolongue toda una década, como sucedió hace 90 años

/ 23 de mayo de 2020 / 06:25

El fuerte aumento en EEUU de la tasa de desempleo de un mínimo alcanzado de 3,5% en febrero a un 14,7% en abril, que significa más de 20,5 millones de desocupados, es tal vez el indicador más incuestionable para indicar la magnitud de la crisis desatada por el coronavirus SARS-CoV2, comparada con la crisis de 1929-1932, cuando en EEUU la producción real registró una caída de 30% y el desempleo alcanzó un 33%.

Hace 90 años ocurrió el llamado crack financiero en octubre de 1929, con la debacle de la Bolsa el  28 de octubre de 13% y el 29 de octubre del 12%, lo cual dio origen a la Gran Depresión de los años treinta. Como resultado de la pandemia por el COVID-19, el 12 marzo el Dow Jones cayó un 12%, y el 16 de marzo 10%, totalizando una caída acumulada de 37% en un solo mes.

La crisis de 1929 tuvo su epicentro en Nueva York, y contagió al resto del mundo en la primera fase de la globalización. En cambio, la crisis que hoy atravesamos quizás sea la última fase de la globalización, y si bien su epicentro fue la ciudad china de Wuhan, impulsó el encapsulamiento casi simultáneo de la economía global, dando lugar a un gran confinamiento.

La Gran Recesión fue una crisis sistémica financiera, mientras que la crisis actual es un shock de oferta y demanda, resultante de las medidas de encierro social y económico. Las cuales si bien han provocado caídas bursátiles pronunciadas, pero de muy corta duración y rápida recuperación, todavía no se han convertido en una crisis financiera sistémica.

Un dato interesante es que en la crisis de 1929 Milton Friedman le echó la culpa a la Reserva Federal (Fed) por la depresión, acusándola de no haber reaccionado; pues entre agosto de 1929 y marzo de 1933 la cantidad de dinero en circulación se redujo en un 30%. En cambio, en la crisis actual la Fed bajó inmediatamente las tasas de interés de referencia, y realizó una expansión cuantitativa del dinero, mediante medidas no convencionales con $us 500.000 millones en programas de préstamos de emergencia; y prometió que podría cuadruplicar más el tamaño de su empuje al inyectar $us 2.300.000 millones de dólares a la economía. Es decir, hasta ahora se ha actuado inmediatamente, con medidas tanto fiscales como monetarias.

En la crisis del 29, los países cerraron sus fronteras económicas con altos aranceles y elevadas devaluaciones, dando lugar a una caída del comercio mundial del 66%. Actualmente, si bien las medidas proteccionistas han aumentado, éstas se concentran en productos sanitarios y alimentos. En cambio, los países han realizado fuertes devaluaciones monetarias, como por ejemplo en América del Sur. Así, producto del gran confinamiento se prevé una reducción del comercio mundial en 2020 entre el 13% y el 32%, como consecuencia de la perturbación de la actividad económica normal, causada por la pandemia del COVID-19 en todo el mundo.

Los países están a tiempo para que la actual crisis sea solo de un año y no se convierta en la crisis de los años veinte del nuevo siglo, es decir, de toda una década, como sucedió hace 90 años cuando se rompió el sistema multitaleral incipiente y se dio lugar a salidas unilaterales de quién se salva primero con guerras comerciales y cambiarias.

Todavía tenemos a la Organización de las Naciones Unidas, cuyos Estados miembros han actuado desunidos, un sistema multilateral con instituciones que velan por el comercio como la OMC, y financieras, como el FMI, el Banco Mundial y el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), los cuales deberían imponer la cooperación en lugar de la confrontación. Mejor no hablar de las instituciones de integración regional y subregional, que deberán pasar de las palabras a los hechos implementando salidas concretas y concertadas, especialmente mediante la coordinación de sus bancos centrales, como en el caso del Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR).

Gabriel Loza Tellería, economista

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¿Aprenderemos de la crisis del coronavirus?

En la actual crisis desatada por la pandemia se debe privilegiar y proteger el capital humano por encima de todo.

/ 1 de mayo de 2020 / 06:38

Buscar lecciones económicas de una crisis en curso no es una tarea muy bien vista. Generalmente las lecciones surgen después de superar la crisis y, dado el triunfalismo consecuente, por lo general se olvidan las lecciones, o no se aprende nada, o ni siquiera se interesan en encontrarlas. Eso pasó con la crisis financiera de 2007 y la gran contracción del comercio mundial en 2008. Ni hablar de lecciones del siglo pasado como la crisis de 1929 y la posterior Gran Depresión, que han desaparecido de los libros de economía.

La novedad que esta crisis no ha sido provocada directamente por factores económicos como los activos financieros tóxicos de las hipotecas en 2007, o la insuficiencia de demanda efectiva en la crisis de los años 30. La causa tampoco es la esencia del capitalismo, como pronosticó Marx en el siglo XIX. En el caso actual el detonante ha sido un virus, el COVID19; mientras que las medidas de contracción de la oferta y la demanda a nivel global, resultantes de las políticas sanitarias aplicadas, han sido los mecanismos de propagación. Después se escribirá mucho sobre la reacción, positiva o negativa, de los gobiernos. Mientras tanto, ¿aprenderemos algo desde el punto de vista económico? Porque desde el punto de vista sanitario, estoy seguro que jamás nos olvidaremos de esta pandemia.

Una primera lección se deriva del cambio brusco de la panacea de la globalización al cierre de fronteras físicas y humanas. Así, de un momento a otro, hemos cambiado de la aldea global abierta a mi aldea nacional cerrada; de la industria sin chimeneas del turismo, a la industria con virus traídos por los de afuera; y de la expresión el mundo es un pañuelo, al mundo es un barbijo. Como todo falso dilema, el problema no es abrirse completamente o cerrarse, sino, cómo insertarse selectivamente a los mercados internacionales en función de las capacidades del país y el momento histórico. Si bien no vendrá la temida desglobalización, es probable que la modalidad de participar en ese mundo global cambie, con nuevas oportunidades pero también amenazas.

Una segunda lección está relacionada con las medidas fiscales o paquetes aplicados por casi todos los países en un contexto en que predominaba la austeridad fiscal, los equilibrios fiscales y la prudencia fiscal. Ahora todos son keynesianos, inclusive el FMI, aunque después venga el problema por sus efectos en la deuda. El cambio brusco de contraer el gasto fiscal a su expansión y del Estado policía al estado gastador nos enseña que en economía el rol estatal depende de las condiciones prevalecientes, y que en última instancia el Estado es el resorte que tiene un país.

En 2001, 40 países adoptaron las reglas de la responsabilidad fiscal. La llamada regla de oro o el límite constitucional del déficit fiscal (adoptada desde los noventa por países como Suecia y el Reino Unido) es una disposición constitucional que restringe la posibilidad de un gobierno de gastar más de lo que recauda, limitando así el crecimiento de la deuda pública para garantizar la sostenibilidad de las finanzas estatales a largo plazo (Wikipedia). Si bien las medidas fiscales se suponen transitorias, ya se abrió la cerrada puerta del equilibrio fiscal a cualquier costo.

Después de las medidas para enfrentar la crisis de 2008, los países siguieron aumentando la concentración del ingreso en beneficio de los más ricos. Lo cual permite inferir una tercera lección: generalmente se salva el capital financiero y no el capital humano. Con esta crisis no se afectó el capital físico. Si bien el capital financiero, que siempre es volátil, registra “pérdidas contables” con las caídas de las Bolsas, termina recuperándose y vuelve a la exuberancia bursátil como si nada hubiese pasado. En cambio, los trabajadores formales e informales pierden su riqueza, sus ingresos y sus ahorros.

En un artículo sobre los costos en capital humano de las crisis, Eichengreen señala que aquellos que sufren el desempleo cuando la situación económica empeora pueden quedar marcados permanentemente. Las consecuencias negativas son más frecuentes cuando el desempleo es recurrente o prolongado. Así, aunque se espera que, como toda epidemia, la actual crisis sanitaria sea transitoria, resulta importante privilegiar y proteger el capital humano por encima de todo.

Gabriel Loza Tellería, economista, expresidente del Banco Central de Bolivia.

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El shock del coronavirus COVID-19

Los efectos del actual shock epidémico en la economía boliviana no se están manifestando de manera directa

/ 14 de marzo de 2020 / 00:45

Los shocks externos de las materias primas o commodities, como los que sufrimos en 2011 y en 2014, son cíclicos, ocurren cada cierto tiempo por sus fases de auge y declinación. A su vez, los shocks financieros tienen un componente sorpresa, como en la crisis financiera de 2008 (aunque se dice que varios economistas alertaron su ocurrencia). El problema es la burbuja financiera, pues todos saben que estallará, pero no coinciden cuándo lo hará ni en qué medida. Estos dos shocks presentan indicadores de alerta temprana que se pueden monitorear. En cambio, los shocks epidémicos como el del coronavirus COVID-19 y el del SARS en 2003 son inusuales, inesperados, de propagación rápida y de duración incierta.

Lo primero que hay que hacer cuando sucede un shock es tratar de identificar si es transitorio o permanente, lo que pasa por analizar si sus causas son coyunturales o tienen componentes estructurales. La reciente “guerra comercial” entre EEUU y China revela que hay shocks autogenerados, que ocurren por decisiones tomadas por autoridades. Por lo que su duración dependerá de la decisión de los hacedores de política. Sus efectos pueden ser previsibles, aunque hay un fuerte componente de perturbación de difícil cuantificación y control.

Si bien las causas pueden ser diferentes, hay que analizar si se trata de shocks de oferta, ligada a la capacidad productiva de generar bienes y servicios; o de demanda, asociados al gasto de las familias, la inversión de las empresas y a la demanda externa, como las exportaciones. En el caso del COVID-19, inicialmente se produjo un shock de oferta, relacionada con la capacidad de funcionamiento de China, la gran fábrica mundial; y la interrupción de la cadena global de valor relacionada con las medidas de contención, que restringen la movilidad de personas, insumos, bienes y servicios. Según el economista Kenneth Rogoff, “para encontrar otro ejemplo de la misma magnitud hay que retrotraerse a los shocks petroleros de mediados de los setenta”.

Sin embargo, también se produjo un shock de demanda, asociada a una mayor precaución de los consumidores, la incertidumbre de las empresas y, sobre todo, por la reacción de los mercados, clientes y proveedores de la economía china. Así, en China el índice de Producción Industrial (PMI) se desplomó a un mínimo histórico al pasar de 50 puntos en enero a 35,7 puntos en febrero. La OECD estima el impacto en el PIB de China de 2020 será de 0,8%, y a nivel mundial, de 0,5%. Este daño sería menor en el primer momento al impacto estimado y acumulado por la guerra comercial con Estados Unidos, de 2% en el PIB de China y de 0,8% en el PIB mundial.

Uno de los efectos del shock del coronavirus COVID-19 ha sido el desplome en un 25% de las Bolsas desde fines de febrero. Y si bien algunos dicen que se trataría de una corrección, puesto que las condiciones financieras son todavía sólidas, han aumentado las probabilidades de una recesión mundial.

Por otro lado, el 4,5% de las exportaciones nacionales se destinan al mercado chino, por lo cual la dependencia de Bolivia respecto al gigante asiático es menor que la de otros países, como por ejemplo Chile, cuyas exportaciones al país asiático representaron el 32% del total.

Los efectos del actual shock epidémico en la economía boliviana no se están manifestando de manera directa. Inicialmente se trasmiten a través de la disminución del precio de los commodities, los cuales ya cayeron un 15% en lo que va del año, según el índice Bloomberg. En el caso del precio del petróleo, hasta ahora se ha desplomado en un 38%, ante la reducción de la demanda mundial de crudo, y en especial de China. Adicionalmente, los impactos se están sintiendo por la sobrerreacción de los mercados cambiarios de los países vecinos, que han depreciado sus monedas significativamente en lo que va del año, por ejemplo Brasil (10,6%) y Chile (7,6%).

Los mecanismos de ajuste externo son las reservas internacionales y la política cambiaria. Dependerá de las autoridades escoger la mejor política o una combinación de varias medidas para afrontar un shock cuya transitoriedad y magnitud de sus efectos están en cuidados intensivos.

* Es economista, expresidente del Banco Central de Bolivia (BCB).

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