Voces

viernes 14 may 2021 | Actualizado a 13:02

Panóptico

La plata de esta bonanza y las peleas de la política están haciendo estragos esta ciudad

/ 6 de agosto de 2013 / 06:54

El panóptico fue una invención inglesa para enjaular y vigilar a prisioneros de toda calaña. Muy pocos ejemplos de este tipo de cárceles existen en el mundo, y nosotros tenemos en San Pedro una que pronto dejará de recibir reclusos. El destino del predio ya está infelizmente politizado, al igual que sucedió con los últimos grandes proyectos de La Paz.

Lo mencioné y lo reitero: la plata de esta bonanza y las peleas de la política están haciendo estragos esta ciudad, y seguimos siendo incapaces de controlar su intromisión en el desarrollo urbano.  Ahora la cárcel de San Pedro es la pelotera, y con premura electoral, se presentaron diversas opciones para el uso de tremendo lote ubicado en un inmejorable lugar. Para enmarcar el debate se debe precisar la disyuntiva histórica: proyectamos su futuro hacia el “vivir bien” o lo mandamos al… “vivir peor”. La primera opción exige un cambio del de-sarrollo urbano, una real descolonización del pensamiento de progreso y una revolución temática en los proyectos urbanos y rurales. Es decir: vivir en cuerpo y mente este nuevo milenio.

La segunda opción es conservar ese espíritu consumista, depredador, concentrador y necio, que se vivió en el siglo XX. Ese modo simiesco que fomentó ciudades tercermundistas a “imagen y semejanza” de las barbaridades urbanas del norte. Pensar en estos días que progreso es tener torres altas, grandes malls, comida chatarra, tráfico infernal, “sofisticados” transportes, basura por toneladas y otras sandeces grandilocuentes para una ciudad (y sociedad) como la nuestra es —simple y llanamente— conservar el modelo neoliberal: es privilegiar el capital y no al hombre. Que se entienda de una vez: los edificios en altura son el ejemplo arquitectónico más funcional del capitalismo salvaje, y la concentración urbana es el resultado de un sistema dependiente y colonial que destrozó las sociedades latinoamericanas. Si seguimos esa ruta, vamos a rifar nuestro futuro.

Cualquiera que sea el destino de la penitenciaría de San Pedro, ruego por una opción digna que conserve la escala patrimonial de la plaza Sucre que, si la observas bien, es la única de esta ciudad que se salva de tener edificios en altura, todas las demás han sido violentadas por bloques de adefesiosa arquitectura.

La propuesta municipal plantea un parque cultural San Pedro, conservando el edificio patrimonial y prolongando la plaza Sucre. Otras voces claman por un auditorio o un gran teatro, los arquitectos reclaman un concurso público y los que buscan lucrar, sin piedad ni compasión, quieren construir grandes torres.

Que la visión certera del panóptico nos guíe. Miremos las alternativas y escojamos la que brinde al ser humano el “vivir bien”.

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La gran metáfora de Mondaca

/ 7 de mayo de 2021 / 03:05

Se dice que el cine es la metáfora de las metáforas y es el soporte estrella de lo simbólico. Ninguna otra expresión artística connota tanto. Por eso, el cine es el arte predilecto de la contemporaneidad.

Pero no todas las películas expresan multisignos, ni tienen la capacidad metafórica de múltiples lecturas o de capas de construcción de sentido. El primer largometraje de Diego Mondaca, Chaco (2020), lo logra con soltura y honestidad; y la mayoría de las críticas locales giraron en torno a una metáfora evidente: la construcción de la nación boliviana o, si se quiere trazar una elipse de moda, la construcción de lo nacional popular de Zavaleta Mercado.

La Guerra del Chaco (1932-1935) fue el despertar de la Bolivia contemporánea. Fue la piedra de toque para un nuevo pensamiento político, nacionalista y revolucionario. Y en esos terrenos densos se interna Mondaca escribiendo un guion inteligente y ejecutando un filme donde ves deambular a un grupo de soldados famélicos y taciturnos bajo el mando de un capitán alemán en la inmensidad de un territorio ardiente y espinoso. ¿Qué buscan? Pues todo: al enemigo, a sus compatriotas, agua, o algo que dé sentido a esas vidas desgraciadas. Es decir, y metafóricamente hablando, el grupo representa el desvarío de la historia contemporánea boliviana. Sin ninguna posibilidad de coordinar para trazar un plan razonable, la soldadesca se encierra en su mundo (aymara y quechua parlante) sin guía ni rumbo. Es la brillante representación de lo nacional que deambula hace décadas en la ecuación dispar de población y territorio. Por más que el soldado Liborio se entregue a las órdenes del ario (que yerra como cualquier organismo imperial), al final todos perderemos y acabaremos entre brumas en una nada existencial. Tampoco la presencia pusilánime del k’ara, en la figura del tenientillo, pone orden y concierto. Es la metáfora perfecta para un microcosmos social sin equilibrios, salvo las ganas de comernos entre nosotros.

Pocas obras del cine boliviano tienen la potencia metafórica de Chaco de Mondaca. Pocas películas nacionales construyen sentido y, con ello, producen conocimiento, estético y social, con un agudo perfil crítico. ¿Y cómo lo logra? Construyendo una metáfora mayor que contiene múltiples metáforas en su interior: Liborio el indio sumiso y pendejo; el capitán Hans que simboliza una Europa que carga amores artificiales; el correr solitario y desequilibrado del cojo entre unas trincheras abandonadas; el fratricidio en las oscuridades de un pozo; etc. Es un placer ver Chaco de Mondaca porque despierta múltiples capas interpretativas y sedimenta una amarga alegoría de lo boliviano.

 Carlos Villagómez es arquitecto

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Patrimonio arquitectónico

/ 23 de abril de 2021 / 02:00

Tatiana Suárez publicó una crónica, directa y contundente, sobre el inmueble conocido como Palacio Agramonte, al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores en la plaza Murillo; es decir, en el centro simbólico de esta ciudad y en el corazón político del país. Para vergüenza de todas y todos, la casona está en un deterioro mayúsculo y es muestra de nuestra desidia para los visitantes que llegan a esta ciudad.

El matutino colega reprodujo en Facebook la brillante nota y, como esa red social es la alcantarilla emotiva del siglo XXI, brotaron las pasiones a favor y en contra del patrimonio edificado paceño. Es importante comentar las contradicciones de los enemigos del patrimonio edificado en el centro de La Paz que se pueden agrupar en los que evidencian su falta de pertenencia y los que politizan el tema patrimonial.

El sentido de pertenencia cultural es la razón fundamental por la cual una sociedad cuida y preserva su patrimonio tangible e intangible. Saber y conocer las obras que son parte de tu pasado es la fuerza que empuja al Estado a preservar y restaurar esa memoria. El cultivo de la pertenencia cultural es un largo proceso que en esta sociedad pluricultural paceña no se ha fomentado, ergo: no nos interesa nuestro pasado cultural. A esa falta de formación debemos añadir las actuales ganas políticas de alejarnos de todo lo que sea occidente. En teoría, la búsqueda de un paradigma identitario es correcta. Pero, en los hechos, estamos hasta el cogote con influencias del imperio, a saber: Iphones en las manos de los movimientos sociales; Avengers en las fachadas de los cholets; Nike y Adidas en los pies de los hermanos y hermanas del campo y de las marginalidades urbanas; y podría multiplicar los ejemplos. Es decir, no somos el Reino del Bután (el más alejado de occidente); estamos colonizados hasta el tuétano y, por ello mismo, es imprescindible cuidar nuestro patrimonio sin discriminaciones infundadas.

Politizar el tema y expresar que la arquitectura patrimonial del centro es del imperio colonialista y, por lo tanto, debe desaparecer y ser reemplazado por dos skyscraper es burdo y cavernario. Ni la Rusia comunista se atreve a tocar su pasado arquitectónico zarista (Putin goza en esos palacios); ni la China roja levantó edificios al lado de la Ciudad Prohibida; y la Cuba socialista es un ejemplo internacional por la recuperación de su centro patrimonial a cargo del fallecido arquitecto Eusebio Leal, un ícono de la restauración. Cuando la política de pacotilla se inmiscuye en las dimensiones culturales y artísticas atemporales la embarra. 

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Tiempos chabacanos

/ 9 de abril de 2021 / 02:53

Las redes sociales estallaron a raíz de una canción que una servidora pública compuso y cantó rodeada de un grupo de cuerdas de la Orquesta Sinfónica Nacional. Las críticas no tuvieron contemplaciones y se pueden resumir en: Uno, por su dudosa calidad interpretativa y compositiva. Dos, por evidencias de un posible plagio. Tres, el uso indebido de bienes públicos. Cuatro, por su sensiblería patriótica.

El punto uno amerita comentarios. Lo nacional popular, que políticamente viene desde mediados del siglo XX, tiene el correlato artístico de lo chabacano que, en estos tiempos de reversiones culturales, está lejos del mestizaje cultivado que se promovió en sus comienzos. El momento presente es el reino de lo chabacano (reggaetón, televisión nacional, cholets, e infinidad de comportamientos kitsch). Estamos en las fases iniciales de una era donde, en arte y cultura, todo es permitido aunque no nos guste. Vivimos los tiempos de la democracia morbosa, de la posverdad política, y del cinismo artístico porque hace décadas se revirtió la ecuación platónica de belleza=verdad por belleza=bizarro; y, como dijo un viejo político, ahora “debes tragarte sapos”. Por todo ello, me parece inocente e hipócrita criticar, desde “un gusto y una estética exquisita”, una audacia más de un medio artístico que está enfangado de las culturas nuestras y ajenas. Somos ya una sociedad plena de expresiones frívolas que dejaron atrás la “alta cultura y las expresiones exquisitas del alma”. La muestra palpable de todo ello es nuestra ciudad que, tanto física como socialmente, involucionó hacia dimensiones extravagantes. Y no hay vuelta atrás, es un condición milenarista que sucede aquí y acullá. En términos de estética contemporánea, ahora prima lo corpóreo sobre lo “racionalmente correcto” y “pulcramente creado”; valga un ejemplo: el grupo Mujeres Creando realiza performances políticas que son glorificadas allende las fronteras.

El punto dos es relativo. Hasta George Harrison fue culpado de plagio y con muestras evidentes de ello.

El punto tres es una tradición vergonzosa. En las esferas del poder se cree que para “servir a la Patria” no hay que escatimar esfuerzos y se usurpan bienes estatales desde los albores republicanos.

El punto cuatro es para destacar. Los egresados DAEN tienen un amor desenfrenado por esa entelequia llamada Patria. Y esa formación académica se vio claramente representada en el escenario. Solo faltó el tronar de cañones y unos Colorados de Bolivia irrumpiendo en el escenario para un épico final. Hubiera sido la obra maestra del teatro surrealista que proclamó el afamado Fernando Arrabal.

 Carlos Villagómez es arquitecto.

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Pensamiento binario / Pensamiento holístico

/ 26 de marzo de 2021 / 01:22

La humanidad precisa de un cambio estructural en la educación. Muchas voces coinciden en esa urgente transformación epistemológica que cambiará el destino de la evolución humana.

Estamos en la era del pensamiento binario que (simplificando su origen y definición) se estableció hace algo más de 20 siglos con pensadores clásicos que sellaron el destino de Occidente. Y es por esa manera de pensar que discriminamos y elegimos entre blanco o negro, bello o feo, entre nosotros y los otros, entre falso o verdadero, o entre izquierda y derecha. Es decir, esa marca profundamente arraigada en el gen cultural, ha formado el actual pensamiento universal que, por ejemplo, se manifiesta en las doctrinas de las religiones monoteístas y las ideologías del siglo XX. Por ello, pensar y creer binariamente ha devastado la humanidad con millones de muertos y lisiados; ergo: política y religión son las áreas estrellas del pensamiento binario occidental.

También debemos reconocer que el pensamiento binario ha generado maravillosos descubrimientos en tecnología, ciencia y arte. Pero el costo en vidas humanas y en desequilibrio medioambiental es tan grande que es inaplazable un cambio en la base estructurante de la formación del ser humano. No podemos seguir pensando binariamente dice un indiscutido académico: Henryk Skolimowski. El polaco formado en Oxford, cultor del holismo, de una democracia ecológica y de una ecofilosofía, dice: “La democracia ecológica reconoce los derechos de otros seres (y los de la propia naturaleza), además de los derechos de los seres humanos; porque si perdemos el medio ambiente y el soporte todo de la comunidad biótica, perdemos la democracia”. Y promueve sin temor una espiritualidad total: “La filosofía ecológica proporciona la base para una nueva comprensión y una nueva reconstrucción social. No le asusta la idea de combinar lo espiritual con lo ecológico y con lo económico. Porque los tres constituyen la auténtica manera de ver las cosas”. Todas declaraciones que nos recuerdan a algunos pensamientos nuestros que son binariamente impugnados y discriminados.

La humanidad evolucionará y recordaremos esta era como otro oscurantismo medieval donde primaban hegemonías gramscianas o fundamentalismos cristianos o musulmanes. Nada justifica la muerte por odio ni nada justifica vivir fuera de una armonía natural. Tomará mucho tiempo cambiar la actual matriz educativa; pero tanto en el norte como en el sur, se está buscando revertir el pensamiento binario por un holismo que formará parte consustancial del futuro poshumanista.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre la fealdad urbana

/ 12 de marzo de 2021 / 01:14

Una joven turista armó un quilombo con las autoridades de una localidad boliviana al declarar, en RRSS y sin pelos en la lengua, sus pareceres. Dijo: “el pueblo era feo, pero feo con ganas… ¿verano de 2 grados?… no tiene nada de estética y no viviría aquí ni aunque me paguen tres millones de dólares”. Y remató su apreciación con un sonoro sorry. Ese memorable final permite catalogarla: la nena es cool. La reacción de las autoridades fue intolerante en extremo; ¿por qué? ¿porque era extranjera de tierras bajas? Todos podemos hacer críticas sobre la calidad de vida de cualquier ciudad, la libertad de expresión está garantizada por ley. Sin embargo, esas autoridades publicaron amenazas de juicios y demás estupideces; pero, no se expresaron públicamente de una criminal violación. Eso permite catalogar, también, a esas autoridades.

Pero vamos al desaguisado estético. ¿Se puede definir a una cuidad como bella? O ¿cuándo una ciudad es re fea? Respuesta común: “todo depende del cristal con que se mira”. Y ese cristal está, por el momento, definido por 20 siglos de estética occidental que se difundió al resto del mundo en un constante proceso de colonización cultural. Un potente proceso escrito sobre la base del pensamiento binario; aquel que nos impulsa a separar el mundo entre feo o bonito, blanco o negro, izquierda o derecha, etc. El pensamiento binario es una abstracción ontológica de la vida que ahora está en entredicho por la emergencia de los estudios culturales, los estudios poscoloniales, el pensamiento divergente, las múltiples modernidades o el pensamiento holístico (temas para otra entrega). La apreciación estética o el gusto, en términos genéricos, dependen de esa tradición occidental. ¿Pero, en pleno siglo XXI, la belleza sigue siendo la verdad platónica de antes?

Acerca de la belleza urbana existen otras posturas más sofisticadas como las del historiador noruego Norberg-Schulz. Para él hay tres ciudades con un poderoso “espíritu del lugar”: Praga, Roma y Jartum en África (no turistees allá nena, todos son negros). Pero, el académico no habla de la belleza per se, sino de una categoría metafísica que hemos descuidado de analizar por puro binarios: el ajayu (ajayu y estética, qué tema mayúsculo para el estudio). Además, existe el sentido de pertenencia. La ciudad es nuestra casa mayor, nuestra cuna común; y nadie soporta que le digan que su casa, donde se reúne la familia entera, es re fea. Tu casa es lo más divino en esta atormentada vida.

Termino igualando la apuesta: pago $us 3 millones para que nuestras hijas y nietas no piensen como tú, nena. Sorry.

 Carlos Villagómez es arquitecto.

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