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Sunday 14 Apr 2024 | Actualizado a 14:46 PM

Paisaje urbano

Carlos Villagómez

/ 26 de enero de 2024 / 06:59

La ciudad se construye mediante procesos socioculturales y recursos materiales que se van superponiendo en determinados momentos históricos. En lenguaje técnico,  la imagen de esas superposiciones se conoce como paisaje urbano, la síntesis edificada de la historia sociocultural de nuestra sociedad.

Podemos ir más allá y afirmar que ese paisaje urbano puede ser de larga data o de pocos años atrás. Y esta puntualización es muy importante en una sociedad de gran movilidad social como la nuestra porque los cambios en la forma arquitectónica y urbana pueden ser discontinuos y traumáticos. Dicho en otros términos: los cambios en el paisaje urbano pueden ser tan disruptivos  que afectan, en períodos muy breves, la conducta humana. Repasemos algunas transformaciones urbanas de las ultimas décadas.

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Las fuerzas centrifugas, depredadoras y deshumanizantes, del capitalismo dependiente están libres y someten a nuestro espacio urbano con intensas prácticas sociales, sobre todo del comercio, transporte, construcción y de la catarsis política. Con ellas, el paisaje urbano se construye de cero en cualquier barranco natural o modificando la arquitectura existente como en algunos edificios —patrimoniales o contemporáneos— del centro invadidos por un comercio precario (en un Estado con una enorme población en empleo informal, la lógica gremial del “día a día” ha conquistado los territorios urbanos, y su avance no reculará si no se transforma, estructuralmente, el empleo en Bolivia). Estas prácticas son como una lava volcánica que se escurre por toda la ciudad. Y esa manera contemporánea de hacer ciudad —que mezcla necesidades extremas y expresiones amorfas— dibuja un horizonte urbano ininteligible, estéticamente discutible y culturalmente muy complejo; ergo: un paisaje urbano ideal para turismo antropológico. Prueba irrefutable del horizonte descrito es el manejo kafkiano de la casa patrimonial del Colegio de Arquitectos en Sopocachi. Ahí, en la casa de los profesionales mandados a construir arquitectura y hacer ciudad, se ha materializado todo el menú procedimental y estético de la enmarañada sociedad paceña de este tiempo.

A pesar de ello, todos sin excepción alguna tenemos derecho a la ciudad, y ejercer diariamente ese derecho da fuerza a reaccionar. Algunos lo hacen con rabietas eurocéntricas, otros con indiferencia, y muchos con estupor. Todos reaccionamos ante la paradoja urbana. Pero, algunos viven y explican el nuevo paisaje urbano con decimonónica discriminación; para ellos, la declaración del filósofo francés Michel Serres es categórica: “es necesario construir una especie de multiculturalismo que terminará produciendo un nuevo humanismo”.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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Cae el patrimonio

Carlos Villagómez

/ 5 de abril de 2024 / 10:10

Hace décadas que nuestro patrimonio arquitectónico va cayendo. Durante los gobiernos municipales de la democracia pactada ya se atentaba contra esa historia edificada. Recordemos también, cómo un primer mandatario destruía a picotazos casas patrimoniales para edificar los monumentos arquitectónicos de este tiempo histórico ubicados en la Plaza Murillo. En la Batalla de las Ideas políticas, también son muy importantes los símbolos edificados; y, por esa historia política, podemos explicar por qué la protección del patrimonio arquitectónico —para preservar la cultura y la identidad de nuestra ciudad— no prosperó ni caló hondo en el pensamiento colectivo.

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Las leyes y regulaciones específicas que buscaban conservar y salvaguardar estos bienes no fueron suficientes ante nuestras prácticas políticas. Tampoco funcionaron las medidas de conservación y restauración, ni la legislación para garantizar su protección y preservación, ni las normativas y leyes municipales que rigen los criterios y requisitos que deben cumplirse para llevar a cabo modificaciones en las obras arquitectónicas, o su restauración. Las sanciones y penalidades tampoco fueron suficientes para hacer cumplir las normativas establecidas para el respeto y la conservación del patrimonio arquitectónico; ergo: no podemos contener la dejadez planificada para la caída de muros y cubiertas históricas porque no existe conciencia ciudadana como un solo objetivo colectivo. Tampoco nuestras instituciones, municipales y estatales, trabajan en estrecha colaboración con expertos en patrimonio ni con otras entidades especializadas para determinar la importancia de las edificaciones históricas; y lo peor de todo: no se fomenta la conciencia ciudadana sobre la importancia y el valor del patrimonio edificado. En este nuevo siglo, la ciudadanía en su mayoría aprueba la demolición de esas “casas viejas” porque “no son modernas y dan mal aspecto”; y tampoco son moneda de cambio en nuestra lógica mercantil del espacio urbano.

Sin conciencia ciudadana no se protegerá el patrimonio edificado. Los ciudadanos juegan un rol fundamental en la preservación del patrimonio. Para ello, es imprescindible que la sociedad tome conciencia de la importancia histórica, cultural y estética de esas construcciones, valorando su significado y reconociendo su contribución a nuestra historia urbana. Pero pregunto: ¿queremos implementar programas educativos y campañas de difusión para involucrar al ciudadano en la protección y conservación del patrimonio urbano para promover su sentido de apropiación y responsabilidad ante esa historia edificada? ¿O francamente esa “historia de q’aras” no interesa?

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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Puente sobre aguas tumultuosas

Carlos Villagómez

/ 22 de marzo de 2024 / 09:46

Una bella canción nos recuerda que ante el sufrimiento de los otros uno debe ser un puente sobre esas aguas tumultuosas. No pudimos ser ni pasarelas. Vivimos días de terror y nuestros puentes, físicos y sentimentales, colapsaron por la brutal fuerza de la naturaleza.

Cientos de voces clamaban ayuda; muchos culpaban a la gestión municipal; otros acusaban a los que edificaron al borde del río; los letrados repetían las viejas recetas para “solucionar” todo (planificación urbana, normativas, metropolización, control de cabeceras, etc.); y todos, eludimos nuestras responsabilidades. Lo cierto es que vimos absortos cómo las aguas tumultuosas se llevaban vidas humanas, viviendas y nuestra precaria infraestructura urbana.

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Este siglo viene con enormes desafíos para todos. Uno de ellos son los desastres naturales de la crisis climática originada por el hombre. En territorios y ciudades del planeta se vaticinan inundaciones, sequías, incendios, tornados, etc. Ante semejante panorama, organismos internacionales como la ONU Habitat estimaron: “Durante esta última década, los desastres naturales han afectado a más de 220 millones de personas y han causado un daño económico de 100 mil millones de dólares cada año”. Para esta década se predice un incremento exponencial de esas cifras. Es decir, estamos frente a  desafíos urbanos gigantescos sin haber controlado, ni resuelto, los del siglo XX: un modelo de desarrollo urbano capitalista dependiente; una población carente de educación, polarizada y racializada; y un territorio geotécnicamente inestable, con ríos y riachuelos en pendiente, etc. Ergo: somos una bomba de tiempo.

Nuestra precaria infraestructura urbana data del siglo pasado y debe ser renovada en todos sus sistemas (canalizaciones, embovedados, estabilización de farallones, redes de alcantarillado sanitario y pluvial, manejo de cuencas, puentes, viaductos, etc.); es decir: necesitamos una millonada exorbitante para estabilizar la ciudad. En 2012, en un programa de televisión que anunciaba la construcción del teleférico, me opuse a ese gasto aparatoso y pedí que esos $us 750 millones (otros dicen cerca de 1.000 millones) se destinen a infraestructura urbana. Nadie escuchó mi sugerencia de invertir en lo razonablemente más importante.

En 2020, el Banco Mundial prestó $us 70 millones a las ciudades de La Paz y Santa Cruz para “reducir las vulnerabilidades ante los riesgos climáticos”, una pequeña suma al lado del sistema de transporte construido para alegrar a los turistas nacionales e internacionales. Esas decisiones, conocidas como “obras estrella”, son las aguas tumultuosas y erráticas de nuestra política.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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Genoma

Carlos Villagómez

/ 8 de marzo de 2024 / 09:46

Trataré —con pinzas— el tema de la raza, la identidad, las etnias desde el punto de la genómica; es decir, desde el desarrollo científico y no desde la especulación política o coloquial. La racialización del discurso cotidiano y político en nuestra sociedad se ha polarizado en extremo; por ello, van tres apuntes.

1) Solicitar estudios de identidad genética se ha vuelto una moda global. Empresas multinacionales ofrecen estudios completos de tu ascendencia (ancestría) genética y, colateralmente, los lazos de parentesco con otras personas de otras latitudes geográficas. En la medida que crecen los datos de estas empresas podrás encontrar parientes en latitudes inimaginables como Tanganica u Oceanía. Estos estudios científicos son una ayuda inconmensurable para personas que buscan a sus padres biológicos, o son también motivo para múltiples juicios o escándalos familiares, por una paternidad no respaldada científicamente. Es decir, es el catálogo más grande de la especie humana que va creciendo día a día; es el árbol genealógico universal que no da para especulaciones nobiliarias ni para blasones. Es ciencia pura.

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2) En algunos países latinoamericanos se llevan a cabo estos estudios, pero se acaba de anunciar el más grande de todos que reunirá a científicos de España y México en el llamado “Proyecto mestizaje, a 500 year chronicle”, de la Universidad de Burgos y expertos del INAH y la UNAM. Trabajarán varios años para desentrañar la marca genética, social y cultural, entre ambos países; será una investigación interdisciplinaria entre ciencia y sociedad, y desentrañarán las marcas genéticas naturales como también las huellas culturales. Un tema apasionante.

3) Dato 1: En algunos círculos paceños buscan “la pureza de sangre”, y piden estudios de identidad genética para vanagloriarse de “cero genética indígena”. Una verdadera bobería. Todos los grupos étnico/raciales continentales están mezclados en mayor o menor grado. La especie humana es, genéticamente hablando, 99,9% idéntica y los estudios científicos mencionados se enfocan al 0,1% restante, ergo: somos prácticamente iguales. Sin embargo, estas constataciones científicas se complejizan con la llamada coevolucion genético/cultural, una rama que estudia los fenómenos evolutivos resultados de la interacción de la genética natural y la cultural (en nuestro caso, ese 0,1% es un verdadero zafarrancho plurimulti). Dato 2: Para su conocimiento, tengo, a mucha honra, 66,6% de identidad genética aymara y quechua, mayoría científicamente comprobada.

Pregunta de cierre: ¿qué tipo de adaptación genética seremos con la interacción de la actual cultura tecnológica y la sempiterna práctica de la politiquería?

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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Megalópolis

Carlos Villagómez

/ 23 de febrero de 2024 / 10:06

¿Se puede tener conciencia de escala y temporalidad en una megalópolis? ¿Cómo viven los habitantes de las ciudades mastodónticas del planeta? ¿Cómo sobrellevan la tensión de un espacio infinitamente inabarcable? Va una respuesta: por la resiliencia humana que se adapta más que ninguna especie animal sobre la tierra y soporta los meganúmeros de las grandes ciudades: Tokio, en Japón, 37.400.000 millones de habitantes; Delhi, en la India, 31.200.000; Shanghai, China, 27.800.000; o Ciudad de México (CDMX) con 22.000.000 (sin contar lo que ahora se conoce como la megalopolitana Zona Metropolitana del Valle de México).

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Una forma de experimentar el vaciamiento existencial de las megalópolis es usando su transporte masivo.  El Metro de CDMX transporta 4,6 millones de usuarios al día; es decir, en tres días el Metro mexicano mueve la población de Bolivia. Se inauguró en 1969 y su infraestructura ingenieril, tan bien concebida y construida, ha soportado honrosamente el trajín. Un detalle impresiona: los pisos de mármol de las interminables estaciones están repulidos hasta la deformidad por los infinitos pasos del torbellino humano que transita sin parar hace más de medio siglo. Es una ciudad subterránea que se desarrolla en varios niveles, llegando en algunos casos hasta 40 metros por debajo de la superficie. Y ese mundo soterrado es el espacio del pueblo profundo, un pueblo sometido por un Leviatán urbano con forma de un gigantesco hormiguero donde van y vienen millones de rostros con un rictus entre resignación y jactancia.

Las megalópolis se reconocen por esos múltiples niveles construidos para su transporte masivo. Son kilómetros por debajo o por encima de la superficie como en la clásica película Metrópolis. La superficie naturalmente disponible no es suficiente para albergar el crecimiento poblacional y la migración, urge construir múltiples pisos artificiales para que hombres/hormigas u hombres/pájaros se trasladen.

Pero no me voy sin ensayar otra respuesta más afinada a las preguntas del inicio: los seres humanos, como animales comunitarios, tendemos a establecer círculos de referencia o áreas de control territorial que nos permiten subsistir en escalas urbanas que van más allá de nuestra comprensión física y mental. Los urbanitas de las megalópolis de este siglo no tienen conciencia plena de la totalidad espacial y temporal, pero su capacidad resiliente genera reducidos espacios referenciales.

Nosotros no necesitamos sobrevivir con esas referencias. Vivimos en una ciudad tan pequeña que es una micrópolis cuya totalidad vemos y controlamos socialmente, aunque, de tanto en tanto, nos mortifiquen pinches bloqueos de “mil” esquinas.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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El mercado del arte

Carlos Villagómez

/ 12 de enero de 2024 / 10:35

¿Cómo se define el valor del arte en el capitalismo global? Por mecanismos que se reúnen en la llamada Teoría Institucional del Arte (Arthur Danto y otros). Según esa teoría, el arte contemporáneo, histórico, plástico o conceptual, se entroniza por filtros institucionalizados, a saber: críticos, historiadores, marchantes, museos, bienales, casas de subastas, etc. Todo un tejido corporativo, monopolizado por occidente, y cooptado por grupos de poder que determinan el valor subjetivo y objetivo de cualquier objeto artístico.

Ese tejido corporativo es la vara que mide la aceptación o el rechazo de los artistas tanto del norte como del sur. Para entrar en ese mundo metalizado debes: hacer lobby con las personas adecuadas; estar en ferias o bienales; exponer en un museo de Madrid, París o Nueva York, entre otras genuflexiones. A pesar del mundo multipolar que comienza a consolidarse, occidente sigue controlando el sentido simbólico global. (Apunte para políticos: el arte, en la Batalla de Ideas, es profundamente importante).

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En ese marco excluyente, las casas de subastas, como Christie’s, tienen la última palabra. Se cotizan lienzos o esculturas a precios exorbitantes. Los artistas reconocidos ofrecen algo irremplazable: la unicidad de la obra junto a valorizaciones sistémicas, ergo: un commodity tan apetecible como el oro. Y donde circula tanta plata existe corrupción de alto vuelo y guante blanco como en el caso del magnate ruso Dmitry Rybolovlev. Su marchante, Yves Bouvier, compraba obras con días de anticipación antes de mostrarle al ruso y a sus asesores. El embobado magnate pujaba por esas obras en remates o las compraba directamente pero por decenas de millones más que iban al bolsillo del marchante. Rybolovlev descubrió la trama e inició, a Bouvier y a Sotheby’s, un juicio calificado de histórico que se dilucida en estos días.

¿Y cómo vamos por aquí? Hace poco Ricardo Bajo hizo una crónica de una subasta de fin de año que desnudó nuestra provinciana institucionalidad artística. Pienso que estamos postrados por muchas razones, entre ellas: por la miseria material y estética de nuestros burgueses (rubios y morenos); por el no/me/importismo estatal; por la actual selección binaria y racializada del arte boliviano; por la falta de audacia creativa y mediocridad temática de los artistas; y por nuestra anacrónica academia local. Secuela: salvo excepciones, el artista boliviano está proscrito de las grandes ligas.

Pero, cavilando con ironía subversiva ¿será que esta inopia mantiene éticamente virginales a nuestros artistas, creando un arte superlativo en recónditas ciudades andinas, mientras esperan a que otro Picasso los visibilice?

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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