Voces

sábado 17 abr 2021 | Actualizado a 22:34

El batallón Pichincha en Ayacucho

En la inmortal Pampa de Ayacucho quedaron sepultados más de 300 años de oprobio y esclavitud.

/ 9 de diciembre de 2016 / 05:15

No se trata de un juego de palabras ni de la mala lectura de algún mapa, el 9 de diciembre de 1824 el batallón Pichincha fue la unidad más destacada del Ejército Unido Libertador en la célebre contienda que selló la independencia del continente americano: la Batalla de Ayacucho.

Para conocer el origen de esta benemérita unidad, debemos remontarnos al 24 de mayo de 1822 y rememorar la victoria que consumó la libertad de Quito y la independencia de la actual República de Ecuador. Luego de esa jornada gloriosa, el Libertador Simón Bolívar decide que en adelante el estandarte que recordaría al mundo la épica gesta de Pichincha sería enarbolado por un solo cuerpo, el de más brillante desempeño ese día de gloria. En consecuencia, el 9 de julio de 1822, desde su cuartel general en las Bodegas de Babahoyo, Bolívar decreta: “Los batallones Alto Magdalena y Paya formarán un solo batallón, que llevará perpetuamente el glorioso nombre de Batallón Pichincha”.

En octubre de ese año, formando parte de la División Auxiliar Colombiana, el Pichincha arriba a Lima junto a otras unidades veteranas, el Vencedor y el Yaguachi, prestos a auxiliar al Perú y a completar la obra emancipadora americana. El 9 de diciembre de 1824 llegaría la hora decisiva para América. En la inmortal Pampa de Ayacucho van a quedar sepultados para siempre más de 300 años de oprobio y esclavitud, no sin antes demandar para ello el noble y extraordinario sacrificio de todas las unidades del Ejército Unido Libertador.

Sobre las diez de la mañana se despliegan las tropas y los fuegos de cazadores y artilleros anuncian el inicio de la batalla final de la independencia. Una torpe maniobra del mariscal Monet desnuda una pequeña brecha en la formación realista, coyuntura magistralmente aprovechada por Antonio José de Sucre, general en Jefe de los patriotas. El joven prócer venezolano ordena al general José María Córdova que ataque con toda su división el centro realista, comprometido momentáneamente en el paso de una quebrada. La orden fue magistralmente ejecutada por el general neogranadino “a paso de vencedores”.

En esta decisiva acción el aporte del Pichincha fue fundamental. Precedido de su glorioso estandarte, y bajo las órdenes de su bizarro comandante, el coronel José Leal, el batallón se abalanza sobre el enemigo con un arrojo inigualable, el teniente Prieto (de Guayaquil), el oficial Ramonet y otros 20 efectivos de tropa rinden prematura y heroicamente sus vidas en un frenético esfuerzo por contener el empuje realista. Compitiendo en denuedo con sus oficiales, Leal cae herido, y como él, otros seis jefes y 55 soldados del Pichincha. Finalmente la División Córdova, auxiliada por la caballería patriota y los batallones Vencedor y Vargas, termina por decidir la batalla a favor del bando republicano. Culminada la jornada tras cuatro horas de intensos combate, el Pichincha aún tuvo aprestos para trepar las faldas del Condorcunca en procura de las dispersas unidades enemigas.  

Tan heroico desempeño no pasa desapercibido para el alto mando patriota. El 19 de diciembre de 1824, desde su cuartel general en Huamanga, el general Sucre concederá 18 premios a los oficiales del Pichincha, constituyéndose de esta manera en la unidad más laureada de la batalla cumbre de la epopeya independentista americana. Sin embargo, el principal premio de la jornada va a recaer en el valeroso batallón Caracas, que recibe el nombre de Ayacucho, distinción que le cede el Pichincha al no querer sus integrantes —ni Sucre— privar de tan célebre y querido nombre a este puñado de insignes héroes.

Comparte y opina:

El héroe de Ayacucho

El tributo ofrendado por la División Córdova para consumar la libertad fue el más alto y doloroso de la jornada.

/ 21 de diciembre de 2017 / 04:03

Pasado el mediodía de aquel memorable 9 de diciembre de 1824, sobre la inmortal Pampa de Ayacucho (Sierra sur del Perú) 6.000 bravos del Ejército Unido Libertador, dirigidos por el benemérito general venezolano Antonio José de Sucre, habían sellado con su constancia y con su sangre la libertad del Perú y la de todo el continente americano. En aquella decisiva jornada de la emancipación, un nombre quedaría asociado por generaciones al valor y al heroísmo de los hijos de gloria, nos referimos al general neogranadino José María Córdova.

Aquella esplendida mañana del 9 de diciembre, el Ejército Real del Perú lucía particularmente impecable e imbatible. El volumen de sus tropas, su organización, equipos y sus experimentados jefes eran la envidia de cuantos ejércitos ostentara España en América. Sin embargo, una torpe maniobra del mariscal Juan Antonio Monet al bajar las laderas del cerro Condorcunca desnudaría una pequeña brecha en el centro de la formación realista. El general Sucre, leyendo perfectamente lo que sucedía en el campo de batalla, ordenó a José María Córdova atacar con toda su división el centro realista, comprometido momentáneamente en el paso de una quebrada. La orden fue magistralmente ejecutada por el ínclito hijo de Antioquia.

En lo que constituye uno de los momentos más sublimes de la batalla, el general Córdova se colocó al frente de su división, descendió de su cabalgadura y la despachó, como para no contar con medio alguno de escape de aquel infierno. Acto seguido tomó su sombrero de dos puntas y lo levantó en alto con su espada, dirigiendo a sus tropas con voz de trueno la célebre orden que estremeció a todo un continente: ¡Soldados, armas a discreción; de frente, paso de vencedores!  

Desplegando el mayor orden táctico visto durante la jornada, las invictas tropas de Colombia siguieron a su joven y valeroso comandante de 24 años. Con un trote lento pero sostenido, los batallones Caracas, Bogotá, Pichincha y Voltígeros, de la Primera División republicana, atravesaron del ala derecha al centro del campo de batalla y se plantaron a 100 pasos de sus incrédulos adversarios. Pese al valor desplegado por sus jefes y tropas, los célebres batallones realistas Burgos, Guías, Victoria, Infante y el Segundo del Primer Regimiento fueron arrollados por el empuje incontenible de los patriotas. Tras cuatro horas de durísimos combates, los estandartes de Colombia y del Perú se levantaron victoriosos. La suerte del continente quedó sellada para siempre en favor de la causa de la libertad.

Al final de la jornada, el tributo ofrendado por la División Córdova para consumar la libertad del Nuevo Mundo sería el más alto y doloroso de toda la jornada: 103 soldados y cuatro oficiales fallecidos, así como un total de 354 heridos, 29 de ellos oficiales, más de la tercera parte del total de bajas del Ejército Unido Libertador.

El general Córdova fue ascendido por Sucre al grado de general de división sobre el propio campo de batalla, una distinción digna solo de los grandes héroes de nuestra gesta libertadora. Pero quizás la más significativa de todas las distinciones la recibió Córdova, públicamente, en la ciudad de La Paz (Bolivia) por parte de los dos máximos exponentes de la libertad americana. En 1825, los habitantes de La Paz entregaron a Bolívar una corona de oro y diamantes en obsequio por la recién conquistada libertad. El Libertador la rechazó y la traspasó a Sucre, afirmando que esa recompensa “toca al vencedor y héroe de Ayacucho”. A lo que el joven e ilustre jefe patriota reaccionó otorgándosela de inmediato a Córdova, por haber sido este general, en sus palabras, el auténtico “héroe de Ayacucho”.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

185 años del asesinato del Mariscal Sucre

Lo que no sabían los amigos de Sucre es que la suerte del Mariscal estaba echada, independientemente del camino que seleccionara en su tránsito hacia Quito; así lo había decretado en Bogotá la facción antibolivariana del partido liberal conocida como El Club.

/ 7 de junio de 2015 / 04:00

El 4 de junio de 1830, las húmedas y boscosas entrañas de la montaña de Berruecos (Colombia), sirvieron de escenario para consumar el crimen más atroz y despreciable que recuerde la historia de la Revolución Independentista Americana. Nos referimos al asesinato del fundador y primer presidente constitucional de Bolivia, Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho.

Impulsado por el deseo de reencontrarse con su familia, y de recuperar parte de la vida que resignó durante 20 años a la causa de la libertad, el 15 de mayo de 1830 Sucre sale de Bogotá con destino a Quito; en aquella capital le esperan su esposa Mariana Carcelén y su pequeña hija Teresa. El Libertador de medio continente rechaza escoltas oficiales y se hace acompañar tan solo por una minúscula comitiva, compuesta por tres arrieros, dos sargentos y un diputado de Cuenca. El trayecto escogido es el más peligroso, pero a su vez el más expedito, para llegar al ansiado destino: la vía Neiva-Popayán-Pasto.

Desoyendo miles de consejos y advertencias; incluyendo la del propio vicepresidente de la Nueva Granada, Domingo Caicedo, Sucre desiste de viajar por vía marítima a través del Puerto de Buenaventura y emprende la larga y peligrosa travesía que lo conducirá a la muerte.

Lo que no sabían los amigos de Sucre es que la suerte del Mariscal estaba echada, independientemente del camino que seleccionara en su tránsito hacia Quito; así lo había decretado en Bogotá la facción antibolivariana del partido liberal conocida como El Club.

El colombiano Armando Barona Mesa (2006), en su obra El Magnicidio de Sucre, Juicio de Responsabilidad Penal, cita al general Tomás Cipriano Mosquera, presidente de la Nueva Granada (1845-1849) y de los Estados
Unidos de Colombia (1863-1864 y 1866-1867), quien en sus Memorias refiere lo siguiente:

“El bogotano don Genaro Santamaría fue de los asistentes al famoso ‘Club’ instalado en casa de don Pancho Montoya, y concurrió a la sesión donde se decretó el asesinato de Sucre, y refería, ‘que adoptada esa medida, se comunicó a Obando para suprimirlo si iba por Pasto; al general Murgueitio, si iba por Buenaventura y al general Tomás Herrera, si iba por Panamá’”.

En su Análisis Histórico-Jurídico del Asesinato de Antonio José de Sucre, Juan B. Pérez y Soto (1924) recoge un fragmento de las memorias de José María Quijano Wallis, abogado, político y diplomático colombiano de amplia trayectoria en Europa (especialmente en Italia), quien revela una serie de confidencias privadas que en su momento le hiciera el expresidente colombiano don Francisco Javier Zaldúa; éste le refiere sobre el asesinato de Sucre lo siguiente:

“En Bogotá se había establecido el Comité directivo antibolivariano, que tenía sucursales o dependencias en varios puntos de la República (…) En una de las reuniones nocturnas del Comité, los directores contemplaron la situación política en relación con el viaje del general Sucre para el Ecuador, con el objeto ostensible, según se decía, de impedir la separación de este Departamento de la Gran Colombia (…) Después de una larga deliberación que duró hasta las cuatro de la mañana, el Comité directivo decretó, por unanimidad, la muerte del general Sucre”.

Adicionalmente, el martes 1 de junio de 1830, el número 3 del periódico bogotano El Demócrata, pasquín del partido liberal, asoma sin escrúpulos que “Puede que Obando haga con Sucre, lo que no hicimos con Bolívar” ¡Con tres días de anticipación se anunciaba desde Bogotá la muerte del héroe de Ayacucho!

Si bien existen otras hipótesis y conjeturas en cuanto a los autores intelectuales y materiales del crimen del Mariscal Sucre —la mayor parte de ellas apuntando al Ecuador por la vía de Flores o de Barriga— es incuestionable la participación protagónica del jefe militar de Pasto, general José María Obando, en la trama infernal. El exguerrillero realista, dueño y señor del Cauca, dio la orden, por escrito, a los sicarios que consumaron el crimen; eso quedó demostrado a lo largo del proceso, lo que queda para la especulación es conocer si actuó en favor de sus propios intereses políticos o en favor de otros.

En su defensa, Obando (futuro presidente de Colombia en 1853) trató de inculpar a Juan José Flores, presidente del Ecuador, quien claramente sería uno de los más beneficiados con la muerte de Sucre. Flores había decretado en mayo de 1830 la separación de Ecuador de la Gran Colombia, la presencia de Sucre en Quito podía influir en el pueblo para revertir esa medida. Consciente del “peligro” que representaba Sucre para Flores, Obando trató de ganar el apoyo de éste para consumar sus planes criminales; en marzo del fatal año 30 le escribe al presidente ecuatoriano en los siguientes términos: “Pongámonos de acuerdo, don Juan; dígame si quiere que detenga en Pasto al General Sucre o lo que deba hacer con él”. Obando va más allá, invita a conferenciar a Flores sobre tan delicado asunto, a lo que Flores contestó: “Acepto la entrevista que me propones en Tulcán; vente, pues, cuanto antes (…) juntos acordaremos todo lo que nos pueda interesar; obraremos como hermanos”. Si bien Flores no asiste a la cita, envía al coronel Guerrero, la respuesta es del todo comprometedora. Flores guardó las cartas de Obando y cuando lo consideró pertinente las publicó para inculpar a aquél. ¿Acaso cayó Obando en una trampa urdida por Flores?

No se ha podido comprobar la participación directa del presidente Flores en el magnicidio de Sucre, ni siquiera por el hecho de que el coronel Guerrero cruzara la frontera días antes del lamentable suceso, o de que el principal ejecutor confeso del crimen, el coronel Apolinar Morillo, haya servido en el Ejército del Sur;  nada ata directamente a Flores al brutal asesinato. Por el contrario, al pie del patíbulo, Morillo inculpó a Obando como ordenador de aquella fatal empresa, para la cual contó con la colaboración directa de los lacayos predilectos de general caucano: Juan Gregorio Sarría y José Erazo.

Si bien todo apunta a que el complot que acabó con la vida de uno de los más ilustres generales de la gesta independentista americana se concibió en Bogotá y se consumó en Berruecos a manos de operadores del partido liberal, la actuación del presidente del Ecuador deja muchas dudas. Las cartas de Obando lejos de exculparlo lo hacen conocedor y encubridor de la conjura mortal. Flores pudo cruzar la frontera y detener a Obando, en vez de ello se hizo de la vista gorda y dejó que éste obrara con total impunidad. Para mayor agravante Sucre profesaba el más grande afecto hacia Flores, al punto de hacerlo padrino de su pequeña hija Teresa Sucre Carcelén.

Los tribunales fallaron en contra de Obando, pero la viuda del Mariscal ocultó durante años su cadáver, pues pensó siempre que el asesino de su esposo estaba en el Ecuador. Hoy, los restos del general Sucre reposan en la catedral de Quito.

Comparte y opina:

Sucre: apóstol de la libertad

Como estadista, Antonio José de Sucre fue un ejemplo de consagración al pueblo y a su bienestar

/ 3 de febrero de 2015 / 08:21

Desde su etapa fundacional y hasta sus tres primeros años de vida republicana, Bolivia tuvo el extraordinario privilegio de contar con los servicios, como primer hombre de Estado, del más brillante oficial de la independencia americana, el prócer inmaculado, el redentor de los hijos del sol, el ángel casi humano que selló con su genio y generosidad la libertad de un continente en los campos de Pichincha y Ayacucho, nos referimos al Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, libertador de Ecuador, Perú y fundador de Bolivia. Una vida de probidad, disciplina, sacrificios y lealtad ve sus primeras luces en la oriental provincia venezolana de Cumaná, un glorioso 3 de febrero de 1795.

Consagrado desde los 15 años al servicio de la patria, el hijo de Vicente de Sucre y Urbaneja y de María Manuela de Alcalá recibe de la Junta Revolucionaria de Gobierno de Cumaná el primer grado de su fructífera carrera militar: Subteniente de Milicias Regladas de Infantería. Indudablemente la sólida formación recibida por Sucre de la mano del coronel de ingenieros Tomás Mires en los campos de la aritmética, álgebra, topografía, dibujo lineal, geometría y construcción civil, en el preludio de la revolución independentista venezolana, incidió decisivamente en su pronta nominación como oficial.

Durante su brillante carrera militar podemos aseverar que Sucre fue un paradigma en el estricto cumplimiento de su deber. Con una energía física y mental sin igual, el insigne héroe cumanés se multiplicaba en actividad y cubría con celo y rigurosidad extrema todos y cada uno de los detalles de cualquier comisión que se le asignara, por pequeña o grande que ésta fuera. En el constante batallar que fue su vida no se doblegó nunca ante la adversidad, esta admirable actitud le permitió desafiar y vencer obstáculos que parecían insuperables.

Su reconocido respeto por la condición humana quedó prontamente de manifiesto en el Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra, firmado por Bolívar y Morillo en 1820, cuyos nobles términos y condiciones se desprendieron de la pluma y del preclaro corazón del futuro Gran Mariscal de Ayacucho. Más pronto que tarde, ya como director de la guerra, los campos de Pichincha, Ayacucho y Tarqui serían testigos de excepción de su extraordinaria magnanimidad.

Como estadista, Sucre fue un ejemplo de consagración al pueblo y a su bienestar, su desempeño como intendente de Quito y como presidente de Bolivia da cuenta de ello. En esta destacada labor resalta su particular preocupación por la educación y la salud pública, así como el estricto y pulcro manejo de los fondos públicos. Su amplio sentido de la justicia queda de manifiesto en la eliminación del arbitrario tributo indígena en Bolivia y la consecuente distribución de las obligaciones fiscales entre todos los ciudadanos, en función a la renta o a la riqueza de cada quien.

Sucre no se dejó eclipsar por la gloria y el prestigio que rápidamente le sonrió, fue siempre un hombre modesto y sin grandes ambiciones personales más allá que la de conservar la amistad y el aprecio del libertador Simón Bolívar. Luego de sus resonantes victorias militares no dudó nunca en ceder sus premios y recompensas a sus subordinados y a las víctimas que arrojaba la guerra, en uno y otro bando.

Por simple que pueda parecer, el retorno al hogar y la estricta revisión de su conducta al frente de los destinos de Bolivia fueron los únicos premios exigidos por este apóstol de la libertad luego de toda una vida consagrada a la independencia de América. De nuestro convulsionado país se retiraría en 1828, a lomo de mula y con dinero prestado, llevando en su cuerpo las cicatrices que le recordarían siempre que para formar Bolivia prefirió el imperio de las leyes a la tiranía.

Comparte y opina:

La epopeya de Ayacucho

Cuatro horas de combate en la Pampa de Ayacucho coronaron la tan ansiada libertad de América

/ 9 de diciembre de 2014 / 04:01

Sin pretender restar importancia a otras célebres batallas de nuestra independencia, no cabe duda que la librada durante la mañana y el medio día del 9 de diciembre de 1824 sobre la inmortal Pampa de Ayacucho (Perú) fue la más grandiosa y determinante de todas las batallas celebradas en el contexto de la lucha emancipadora hispanoamericana. Para 1823, el virrey José de La Serna e Hinojosa disponía al sur del Perú de un  cuantioso y disciplinado ejército de aproximadamente 20.000 hombres; a su vez, el libertador Simón Bolívar apenas disponía de 6.000 auxiliares colombianos y de unos 4.000 peruanos, muchos de ellos aún en proceso de adiestramiento y formación.

Aunado a lo anterior, otros dos obstáculos hacían muy cuesta arriba la campaña, por una parte, la inminencia de una guerra civil entre los partidarios del presidente Riva-Agüero y aquellos que defendían la institucionalidad del Congreso Nacional. Por otra, las dificultades de todo tipo que ofrecía el terreno, la  abrupta geografía andina, el clima, las distancias, todo era complejo y desconocido para las tropas llegadas desde las playas del Orinoco.

Sucre asumió la vanguardia del Ejército Unido Libertador e inspeccionó por sí mismo cada palmo de terreno, desde Trujillo hasta Reyes (hoy Junín), cruzó la Cordillera Blanca y preparó las condiciones para el arribo del grueso del Ejército Libertador. No pudo combatir en Junín por estar al frente de la infantería (esta batalla fue librada exclusivamente entre cuerpos de caballería), pero sus atenciones y cuidados al Ejército, posterior a este triunfo, significaron más de 2.000 altas al bando patriota.

Retirado Bolívar del mando del Ejército por una traición del Congreso de Colombia, le tocó a Sucre asumir la dirección y junto a sus bizarros oficiales enfrentar a una maquinaria militar compacta y bien organizada, invicta tras 14 años de lucha ininterrumpida, el Ejército Real del Perú. El virrey La Serna y sus generales (Canterac, Monet, Valdez, Villalobos, Ferraz y Carratalá, entre otros) eran militares muy valerosos y de mucho prestigio, héroes de España en su guerra de independencia contra la Francia de Napoleón; además, todos sin excepción, abrigaban una fe inquebrantable en la causa que defendían.

Luego de semanas de movimientos tácticos y de mutuas intimaciones se encontraron sobre la Pampa de Ayacucho los dos ejércitos, prestos a decidir con su esfuerzo la suerte de un continente. Cuatro horas de encarnizado combate, decidido finalmente por los acertados y oportunos movimientos del máximo jefe patriota, coronaron la tan ansiada libertad de América, poniendo fin de esa manera a 300 años de oprobiosa dominación colonial. Los nombres de Córdova, Morán, Luque, Galindo, Miller, La Mar, Suárez, Carvajal y Silva, así como los de sus gloriosos estandartes Pichincha, Bogotá, Caracas, Voltígeros, Vencedor, Vargas, Rifles la Legión Peruana, los Húsares de Junín, los Húsares y los Granaderos de Colombia quedarán escritos con letras de oro en los anales de la historia nuestra americana. La capitulación concedida por Sucre a los vencidos en Ayacucho impregnó con un manto de humanidad el advenimiento de nuestros pueblos al imperio de la ley y de la libertad.

Las consecuencias más importantes de esta titánica gesta libertaria fueron, en lo inmediato, la independencia definitiva del Perú y de toda América del Sur, así como el nacimiento de una nueva nación: Bolivia. Por otra parte, en el mediano plazo, la victoria de Ayacucho vendría a significar un fuerte espaldarazo a la política de alianzas continentales del libertador Simón Bolívar y a la consolidación de la tan anhelada unidad americana, misma que encontraría su máxima expresión en el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826. 

Temas Relacionados

Comparte y opina: