Voces

jueves 27 ene 2022 | Actualizado a 20:18

Pasión de multitudes

Se trata de eso, de matar o morir, puesto que el Mundial es una batalla y el honor está en juego.

/ 10 de junio de 2018 / 13:49

Otra vez el Mundial. La fiesta deportiva que cada cuatro años paraliza el planeta, porque el fútbol es —como se dice— pasión de multitudes. ¿Alguien puede cuestionar esta afirmación? No. No entiendo a sus detractores, como el intelectual que escribió El nombre de la rosa, pero es obvio que no tienen eco. Está bien que Jorge Luis Borges haya organizado una conferencia sobre literatura justamente a la hora en que se jugaba la final en Argentina ‘78. Recordamos la melena al viento del Matador Kempes gritando sus goles de campeón contra Holanda, y nunca se supo cuántas personas fueron al auditorio de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires. Pero era Borges, se entiende. A los que no se entiende, pero qué importa, es a aquellos intelectuales que solamente en esta época perpetran textos al respecto porque está de moda escribir sobre fútbol. Sin embargo, li-te-ral-men-te, no dan pie con bola.

El fútbol es arte y estratagema, mezcla desafiante de táctica y estrategia que recién se dilucida ante nuestros ojos cuando aquellos yatiris sabedores, como César Luis Menotti o Víctor Hugo Morales, abren las entrañas de un partido y nos cuentan cómo fue lo que sucedió en la cancha. Y vale seguir aquel consejo del legendario relator uruguayo Diego Lucero, espectador de todos los mundiales disputados entre 1930 y 1994 y autor de un estupendo libro: Siento ruido en la pelota. Este periodista tenía una metodología para evaluar el desempeño de los equipos: dividía cada tiempo en tres fases de 15 minutos y demostraba cómo entre lapso y lapso cambiaba la relación de fuerzas en la cancha. Estimado lector, haga la prueba en Rusia 2018 y verá la utilidad de este método para comprender lo que sucede en éste que es también un juego con azar.

Es un juego de azar (y que no molesten con la cámara de Tv en la cancha para que el árbitro, positivistamente, confirme su decisión o se retracte), y siempre debe existir un margen de incertidumbre (mientras más amplio, mejor), porque ahí radica su emoción. Cada árbitro debe ser, como el politólogo italiano Norberto Bobbio, “un filósofo de la indecisión” para dejar seguir jugando si es que duda, y no dudar en aplicar la justicia a esos viles que atentan contra los talentosos (todavía nos duele el pecho por ese volapié que recibió Iniesta —ocho infinito— en la final entre España y Holanda).

Sabemos que el fútbol es también un negocio. Negocio con redes de corrupción que fueron desmanteladas por el FBI, institución de mala letra, pero de un país donde al fútbol le dicen soccer y, entonces, por eso. Pero es arte y también un código de reconocimiento de un “nosotros”; eso que los sociólogos llaman intersubjetividad, una comunidad imaginada, diría Benedict Anderson, porque es canalizador del fervor nacionalista.

Un país se condensa en la tribuna y se despliega en la calle durante el festejo de una victoria. Después se teatraliza en la radio, se eterniza en el video, y se congela en las páginas del suplemento deportivo del periódico. La victoria es una gesta, la derrota, un infortunio. Porque se trata de eso, de matar o morir, puesto que el Mundial es una batalla y el honor está en juego. Es el Presidente de Senegal trepado en el techo de su limusina con el balón en la mano derecha como trofeo aclamado por su pueblo mientras recorre los barrios pobres después de la victoria contra la Francia colonialista.

El fútbol es pausa y prisa. Sobre todo pausa para dialogar con la pelota. Pisándola como invitando a la meditación, gambeteando en un baile, armando las fichas de un rompecabezas. Alguna vez, Lorenzo Carri dijo que mirar un partido por Tv es como espiar una habitación por el ojo de una cerradura; es una buena manera de describir a un fisgón… a la espera de un gol. Así estaremos los efímeros próximos 30 días.

Es sociólogo. Blog: pioresnada.wordpress.com; Twitter: ferXmayorga

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En movimiento

/ 2 de enero de 2022 / 01:12

Evo Morales regresó a la Casa Grande del Pueblo después de 13 meses y 17 días. Lo hizo como presidente del MAS. Llegó en taxi y cruzó los controles con las manos en los bolsillos antes de dirigirse al piso X para reunirse con el Presidente y Vicepresidente del Estado, el presidente de Diputados y dirigentes del Pacto de Unidad.

Es posible que este evento sea el acto más importante para el funcionamiento del partido de gobierno desde que Luis Arce asumió el mando del Órgano Ejecutivo. Sin duda, la faceta anecdótica del hecho —el retorno de Evo Morales— es secundaria frente a la importancia de dicho cónclave. Es la primera vez que se reúnen, formalmente, los actores relevantes del MAS para evaluar y definir tareas de gestión. Eso se conoce —en teoría política— como “coordinación institucional entre las diversas áreas organizativas de un partido de gobierno”.

Es una respuesta de las élites dirigentes a la vocación unitaria demostrada por las bases del MAS en la “marcha por la patria”. Esa marcha no tuvo un nítido objetivo, pero puso en evidencia la fuerza de esa “voluntad colectiva nacional-popular” que recuperó la democracia con un contundente triunfo en las urnas y, ahora, demanda la reconducción del “proceso de cambio” que ingresó —golpe de Estado y pandemia de por medio— en una fase que exige cierta reformulación programática. Esa vocación de las bases fue percibida como una exigencia de unidad en la cima del partido y la reacción fue oportuna. Oportuna, porque el MAS necesita forjar un modelo decisorio que sustituya al esquema de manejo gubernamental vigente durante las gestiones de Evo Morales y que funcionó en torno a la centralidad de un liderazgo que ejercía los cargos de presidente del Estado y presidente del MAS, entre otros. No pudo forjarlo antes porque —entre el golpe de Estado y el retorno al poder— se impuso la necesidad de tomar decisiones de manera contingente. Y tampoco durante el primer año de gestión gubernamental porque no estaban definidos los papeles de los actores relevantes del partido que, además, entraron de manera prematura en una errónea disputa por la candidatura presidencial para 2025. Errónea y asincrónica, como fue la apuesta por la reelección de Evo Morales desde fines de 2015.

Por esas razones, es importante que se establezca un modelo decisorio en el gobierno de Luis Arce que incluya un rol para el presidente del partido. Desde su retorno al país, Evo Morales asumió la presidencia del MAS e impulsó su institucionalización, no obstante, el fortalecimiento del partido provocó —y provoca— algunos conflictos con —y en— las organizaciones sindicales, como ocurrió en las elecciones subnacionales de 2021. Durante un año, el partido ha sido un recurso de poder utilizado por Evo Morales para restituir su liderazgo —histórico— aunque sin cuestionar ni disputar la autoridad de Luis Arce (la hipótesis de “presidente títere” es absurda); no obstante, tampoco se estableció un mecanismo formal de participación colaborativa del presidente del MAS puesto que no se articuló un modelo de toma de decisiones que contemple una instancia de coordinación entre las distintas áreas organizativas del partido de gobierno. Un modelo que fortalezca la autoridad presidencial en el manejo del Órgano Ejecutivo y la coordinación con la bancada parlamentaria. Es posible que la reunión del 27 de diciembre pasado sea un paso firme en esa dirección. Si es así, el MAS habrá dado un salto cualitativo para asegurar la estabilidad interna del Gobierno porque estaría definiendo un nuevo mapa de poder organizativo como partido. Nada más, nada menos.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Noviembre y después

/ 21 de noviembre de 2021 / 00:53

Noviembre es un mes denso. En 1979, la democracia fue defendida frente al golpe militar de Natusch con una revuelta popular que es conocida, en la literatura política, como Las masas en noviembre, célebre ensayo de René Zavaleta. En noviembre de 2019, los rivales del MAS echaron del poder a Evo Morales con malas artes. Un año después, el MAS ganó en las urnas y recuperó el gobierno. La democracia volvió a ocupar el centro del proceso político. Estos días volvieron a sonar los tambores de la ingobernabilidad y la violencia recorrió las calles al influjo de clivajes o contradicciones que ocupan el centro de la escena política porque los actores estratégicos se enfocan en el objetivo de derrotar a su adversario. Sin embargo, el dato relevante de esta coyuntura crítica es que el oficialismo y la oposición salieron perdiendo porque terminaron exponiendo sus debilidades. En estas líneas me concentro en el oficialismo.

El MAS actuó de manera contingente, sin coordinación entre instancias gubernamentales, sin conexión entre partido y organizaciones, y con movilizaciones que se definieron por las características de cada región. A veces predominó el mensaje del diálogo para atender las demandas sectoriales, otras se impuso el discurso del “segundo” golpe de Estado que impedía cualquier diálogo, lo que derivó en la abrogación de la ley. Otra muestra de desorganización fue la convocatoria de Evo Morales a una innecesaria marcha de Caracollo a La Paz en apoyo a Arce. Lo cierto es que este conflicto puso en evidencia la necesidad de que el partido de gobierno establezca pautas en su proceso decisional, es decir, quién decide y cómo se toman las decisiones. En el pasado, el MAS tuvo un modelo decisional basado en la centralidad de Evo Morales que era el presidente del Estado, del MAS y de la Conalcam. Actualmente, el Gobierno enfrenta una situación compleja porque no hay un centro decisional y tampoco existe una instancia de coordinación entre el presidente, el vicepresidente, el presidente del MAS —Evo Morales— y los dirigentes del Pacto de Unidad. Si no se define un espacio de coordinación donde se fijen los roles de cada actor en torno a la figura presidencial, es previsible que cualquier conflicto derive en riesgo de ingobernabilidad debido al desempeño del MAS y no por astucia de la oposición.

A partir de resolver los desfases en su frente interno, el MAS debe definir una estrategia de concertación con la oposición parlamentaria y de intercambio con la sociedad (Exeni, dixit). La concertación implica la búsqueda de acuerdos puntuales en la Asamblea Legislativa Plurinacional y el intercambio se refiere al diálogo con los sectores de la sociedad. El intercambio tiene que preceder a la aprobación de las leyes y en ese camino el MAS tiene que utilizar su capital sindical, arraigo social y respaldo popular para aislar a los comités cívicos y los grupos citadinos ultraconservadores. El camino de la concertación es más arduo porque la oposición está atrincherada en una disputa por las reglas esgrimiendo —de manera absurda— la demanda de 2/3 de votos; sin embargo, la coalición entre Creemos y Comunidad Ciudadana es precaria porque está marcada por la subordinación ideológica de Carlos Mesa a Luis Fernando Camacho, un hecho coyuntural que se redefinirá más temprano que tarde porque Comunidad Ciudadana —y su jefe— sabe que su futuro depende de un retorno al centro del escenario político y eso implica acercarse al MAS a partir de ciertas coincidencias programáticas, tal como lo sugirió una de sus senadoras. Es evidente que si en ambos bandos no prevalece una lógica minimalista de concertación seguiremos en una espiral de conflictividad sin otra consecuencia que el mutuo desgaste.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Monumental y hemisférica

/ 15 de agosto de 2021 / 01:17

Era obvio que la OEA seguirá defendiendo su torcido accionar en 2019. Sin rubor, aunque con mayor confusión, tal como se percibe en el documento: “La Secretaría para el Fortalecimiento de la Democracia de la Secretaría General de la OEA reitera los hallazgos del Análisis de Integridad Electoral de 2019 en Bolivia”. Ese documento fue publicado hace unos días para “rechazar” el estudio realizado por un equipo de la Universidad de Salamanca —por encargo de la Fiscalía— y que sirvió de sustento para cerrar el caso “fraude electoral”.

El texto de la OEA es curioso. Primero, por la instancia de bajo rango que asume esa tarea —una Secretaría de la Secretaría General— que dizque “ha tomado conocimiento” del estudio mencionado. Una respuesta oficiosa. Luego, por la figura retórica que usa para defender su “análisis” porque concluye afirmando que el caso boliviano “Constituye una vergüenza hemisférica por el cúmulo de irregularidades y por la manipulación flagrante del proceso electoral”. Así de altisonante, similar a la muletilla de “fraude monumental” e igualmente vacía de contenido (y de pruebas). Finalmente, “los hallazgos fundamentales” de su informe darían cuenta de “un patrón de manipulaciones, falsificaciones y adulteraciones en el llenado de actas electorales”. Empero, ese” hallazgo fundamental” tiene una demostración fútil: “De las 4.692 actas en formato digital peritadas… se encontraron 226 casos en las que dos o más actas de un mismo centro de votación fueron llenadas por una misma persona”. Más claro, Almagro: ¡con ese porcentaje afirman que hay un patrón! Y de yapa, “13.176 actas no pueden ser constatadas con la lista de electores porque este documento fue incendiado”, pero no señalan que los incendios fueron provocados por opositores convocados con la consigna de “fraude monumental”. Así desaparecieron esas listas y no por efecto de un “patrón de manipulaciones”.

Después, la delegación enviada por Almagro operó políticamente. El 23 de octubre, la OEA asume una postura en consonancia con la oposición afirmando que tenía que convocarse a segunda vuelta: “En el caso de que, concluido el cómputo, el margen de diferencia sea superior al 10%, estadísticamente es razonable concluir que será por un porcentaje ínfimo. Debido al contexto y las problemáticas evidenciadas en este proceso electoral, continuaría siendo una mejor opción convocar a una segunda vuelta”. De manera inverosímil, una misión electoral recomendaba una “mejor opción” política antes de que concluya el recuento de votos. Esa “recomendación” dio pábulo a la idea de segunda vuelta reforzando las protestas opositoras que, luego, se orientaron a la anulación de las elecciones y a derrocar a Evo Morales. El MAS optó por solicitar una auditoría integral a la OEA para que verifique el recuento de votos; sin embargo, Carlos Mesa la rechazó por presión del Comité Cívico cruceño. El día del golpe de Estado, la OEA presentó un informe preliminar señalando que hubo manipulación informática en los comicios (no en el recuento). La presentación de ese informe —dos días antes de lo previsto, sin coordinar con el Estado, su contraparte— fue una pieza de la asonada porque a partir de sus “hallazgos preliminares”, Almagro señaló: “En virtud de la gravedad de las denuncias y análisis respecto al proceso electoral… debe ser anulado”. El resto es conocido. Recién en diciembre se presentó el informe integral y contiene afirmaciones que son perlas de retórica: “Son acciones en las que no es claro si existió o no la intención de manipular aspectos de la elección…”. “Equivocaciones o negligencia sin indicios de intencionalidad pero que pudieron facilitar acciones que potencialmente sí vulneraron al proceso electoral”.

Y así sucesivamente, hasta el cinismo monumental de Almagro pidiendo un minuto de silencio por las víctimas de Sacaba y Senkata. Vergüenza hemisférica, sin duda.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Detestamos tanto a Julio

/ 4 de julio de 2021 / 00:28

El Salmón regresó al ruedo con canciones interpretadas a dúo. El título de su disco es Dios los cría y contiene una versión de Bohemio en la que Andrés Calamaro se mezcla con Julio Iglesias. Nada más, ni nada menos. Una herejía que tiene mi perdón y la acepto — solamente a él, y nada más que a él— porque la concibo como un gesto irónico. Le perdono, también, porque pude disfrutar su talento en un concierto en vivo realizado a principios de octubre de 2019 en una ciudad que él resignificó como “Coche-bomba”, sin saber que estaba presagiando la irrupción violenta de ese infame grupo parapolicial denominado Resistencia Juvenil Cochala. Y, ahora, con “Dios los cría… y el diablo los junta” está refiriéndose, sin saberlo obviamente, a los actores políticos, cívicos y clérigos que en noviembre de 2019 se reunieron en los turbios ambientes de la “cato” para conspirar contra la democracia en nombre de la democracia.

En fin, “Dios los cría”… y el Salmón los junta en un disco. Y algunas combinaciones son estupendas, como los dúos con Lila Downs, Vicentico, Manolo García y Javier Limón, León Gieco, Mon Laferte y Milton Nascimento, y ni hablar del tango Jugar con fuego entonado con Raphael. Y ese juego con fuego que nos remite al diablo me hizo recordar unas reflexiones sobre el personaje de apellido con connotación religiosa.

Cuando escuché esta versión de Bohemio—por primera y última vez— recordé unas líneas escritas sobre el cantante español y una amenaza cumplida como profecía. Aquí va. Una frase célebre de la Madre Teresa de Calcuta me vino a la mente cuando, perplejo, leí la terrible noticia: Julio Iglesias declaró que solo dejará de cantar cuando se muera. La mentada frase de la religiosa premiada con el Nobel de la Paz era: “Hay que dar hasta que duela”, refiriéndose, obviamente, a su entrega a los pobres en las peores circunstancias. Y Julio Iglesias, español católico al fin y al cabo, sigue ese ejemplo, pero quienes sufrimos dolor somos nosotros y, en este caso, es innegable que la bondad debería tener límites.

Esa frase también fue utilizada por un rudo y fornido defensor del fútbol argentino que, ante la inquietante pregunta acerca de sus temerarias patadas cuando el delantero rival lo gambeteaba, soltó aquello de que “hay que dar hasta que duela”. Se preguntarán a qué viene esa mención futbolera si estamos hablando de música, pues a que si no hubiera sido la mala puntería de un jugador merengue que propinó un puntapié a Julio Iglesias, por entonces una promesa de arquero en el Real Madrid, este tipo no habría colgado los cachos por una lesión. Por ese motivo, el mundo perdió un guardameta mediocre y ganó un esperpento de voz que nos azota desde hace varias décadas. Y en su haber tiene varios crímenes de lesa humanidad: perpetró unas versiones melifluas de las recias canciones de José Alfredo Jiménez, atentó contra el tango en un álbum que es un asesinato serial, realizó esa afrenta al ballenato cuando secó La gota fría rodeado de mujeres bellas pero seguramente sordas. Podría seguir elaborando una lista interminable de oprobios porque el tipo fue prolífico y, para desgracia nuestra, amenaza con seguir cometiendo transgresiones a la estética. Aunque esta vez con la complicidad de Andrés Calamaro que, no por nada, en el video de Bohemio usó imágenes dibujadas al estilo cine noir con cierto aire macabro. En fin, espero que sea la última aparición musical de este personaje con nombre de mes y que el Salmón siga haciendo bromas pesadas.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Nostalgias por una novela

/ 23 de mayo de 2021 / 00:19

Evoco una novela que hace 15 años me cautivó: Bolivia Construcciones. La compré en Buenos Aires en una de tantas visitas y la leí dos veces en pleno viaje seducido por el asombro. Sigo tentado en releerla pero ya no tengo ese libro en mis manos. Se perdió, y no era un unicornio azul —para citar una muletilla. Por cierto, se puede descargar la versión digital de la página web de una cooperativa de periodistas denominada lavaca pero no es igual; extraño mi ejemplar, doblado y rajado. Lo perdí, presté, regalé, quién sabe, a pocos días de mi regreso. Y nunca pude comprar uno nuevo debido a ciertas vicisitudes que cuento más adelante. En fin, como consuelo, en otro viaje a Buenos Aires, allá por 2010, encontré otra novela del mismo autor: Grandeza boliviana, que sigue contando similares historias con estilo único y talento especial.

Bolivia Construcciones es una novela escrita por Bruno Morales, seudónimo de Sergio Di Nucci, ganador del premio La Nación Sudamericana 2006 y que en cinco meses tuvo más de cuatro ediciones. Un éxito merecido, pero este libro vivió una curiosa historia porque el premio fue revocado por el jurado que advirtió —gracias a la “denuncia” de un lector de 19 años— una similitud entre un par de párrafos de la obra galardonada y Nada, una novela escrita por Carmen Laforet en 1944. “No es nada”, dijo Di Nucci, como si fuera Bruno Morales, pero el jurado revirtió su decisión y el autor se quedó con las ganas de donar su premio a la comunidad boliviana que inspiró sus relatos. El jurado estaba conformado por Carlos Fuentes y Tomás Eloy Martínez, nada menos, y habían aprobado por unanimidad la concesión del premio pero dieron vuelta atrás en medio de un intenso debate sobre la creación literaria: texto ajeno y propio, copia y originalidad, con Borges y Derrida de por medio.

Ese hecho no resta méritos a Bolivia Construcciones, es más, me importan un comino las vicisitudes del premio porque ese pedazo plagiado es mínimo y pasa desapercibido en la novela, un relato que seduce con una serie de fragmentos que provocan gozo y carcajadas al relatar las historias de unos migrantes bolivianos en Argentina y provoca una sonrisa cómplice con sus personajes. Lejos del acostumbrado “lamento boliviano” —apodo de una personaje, además— el sentido que emerge de las circunstancias en las que se ven envueltos y se desenvuelven los Quispe —un sabio aymara, y su sobrino, aprendiz de albañil y cada vez más débil frente a sus ganas de beber cerveza— es de un constante juego ante las circunstancias adversas que enfrentan sin mayor drama. Es más, con cierta ironía cuando se trata de retratar a argentinos, paraguayos, cochabambinos y, sobre todo, a peruanos y cruceños. Y en esas interacciones queda retratada una suerte de socio/psicología colla-chola que parece un espejito de nuestras manías.

No cometeré el error de contar su trama. Simplemente invito a recorrer las páginas de Bolivia Construcciones, y como anzuelo/consuelo copio un pedazo de Grandeza Boliviana, donde habla un personaje, Pacheco:

“Permítanme dirigirles la palabra… y Pedro Murillo, quien pasó a la historia con la célebre frase ‘La tea que dejo encendida, nadie podrá apagar, viva la libertad’. Muchas gracias. Hubo muchos aplausos, y se entonó el himno nacional, que acaba: ‘Morir antes que esclavos vivir’. René Torres, que es un socio histórico, pidió la palabra: ‘Sin verdad ni justicia, no hay autoridad, por lo tanto no hay autoridad’. La gente lo aplaudió.

Después comimos ají de fideo. Y toda la noche le anduvieron preguntando a Pacheco qué era una tea. ‘¡No dejes encendida la tea, Pacheco!’

Fernando Mayorga es sociólogo.

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