Voces

Wednesday 28 Feb 2024 | Actualizado a 07:41 AM

A la muerte y sus alrededores

/ 5 de noviembre de 2023 / 00:41

Existen diversas maneras de enfrentar la muerte. En los tiempos del Terror de la revolución francesa, cuando Robespierre mandaba a punta de guillotina, un escritor fue sentenciado a muerte. El día de su ejecución, la víctima se dirigió al cadalso a paso lento y con la mirada clavada en la página del libro que estaba leyendo en las últimas noches, se paró frente al verdugo, quien con un gesto le dijo que basta de lectura y que a otra cosa. El condenado humedeció con sus labios la punta de su dedo índice y dobló la última página que habían visto sus ojos. Puso el libro a un costado de la guillotina con un aire de desaliento, escuchó un redoble de tambor cuando apoyó la cabeza en la madera y… la cuchilla hizo el resto. No sabemos cuándo este personaje volvió a abrir su libro para retomar su hábito de lectura interrumpido por un detalle intrascendente.

De muchas maneras se celebra la muerte. En México, ni hablar. No por nada, la jefa máxima es la Catrina, la mera personificación de la muerte esbozada en los grabados de José Guadalupe Posadas y, también, en las calaveritas de dulce que chupan niños y niñas en el Día de los Muertos celebrando su celebración mientras consumen la golosina que lleva su nombre grabado en la frente. También se puede jugar con ella de múltiples maneras. Así lo hizo, hace casi dos siglos, José Santos Vargas —el tambor Vargas— que, en su memorable Diario de un Comandante de la Guerra de la Independencia, sentenció: “moriremos si somos zonzos” cuando enfrentaba al colonialismo español en Sica Sica y Ayopaya.

Existen variados modos de irse de la vida y quedarse sin la muerte. Antes de fallecer, Luis Buñuel —cuyas películas surrealistas desbordan ironía y sarcasmo— dictó su testamento dejando toda “su fortuna”… a Rockefeller y se confesó a un cura por los pecados y herejías que había cometido contra… la Iglesia. Por estos lares, Jaime Sáenz siempre citaba la frase de Cristóbal Colón: “vivir no es necesario, navegar es necesario”, antes de sumergirnos en los laberintos de su narrativa que transita entre el más allá y el más acá.

Varias son las maneras de arrinconarse ante la vida, de enfrentarse con los muertos. Si no, hay que preguntarle a Ingmar Bergman (seguro que el cineasta no se hará al sueco), a la niña de Guatemala (la que se murió de amor), a Jesús Urzagasti (te hablará desde su ventana que da al parque) o al fantasma de Canterville (en versión de Charly García: “he muerto muchas veces, acribillado en esta ciudad”). Y aunque, aparentemente, sufro de la pesadumbre necesaria para producir una prosa fatalista, prefiero derivar mi difusa congoja y mi amorfo sentido trágico de la vida a un silencio dubitativo y escuchar, simplemente escuchar, el Terremoto del Sipe Sipe, ese bolero de caballería que nuestros antepasados nos hicieron creer que solo sirve para acompañar procesiones religiosas y entierros fúnebres y no para celebrar la vida de los muertos.

En fin, existen varias maneras de enfrentarse a la muerte. A veces, en estas fechas, me sucede de una manera curiosa porque no me acuerdo de mis muertos (pocos, pero tan ciertos), más bien juego con la muerte de los vivos escribiendo irónicos epitafios dedicados a vivos y vivillos. Este año no pude esbozar alguno. No quise. Escribo estas líneas antes de ir a Huayllani para poner velas blancas por las víctimas de las masacres en Sacaba y Senkata. Otro momento esbozaré un par de epitafios dedicados a aquellos vivillos que siguen negando esas masacres de manera cínica desde noviembre de 2019.

 Fernando Mayorga es sociólogo. 

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Alasitas plurinacional

/ 28 de enero de 2024 / 00:18

En el transcurso de la semana pasada se celebraron 15 años de la fundación del Estado plurinacional y, por enésima vez, se inauguró la festividad de Alasitas en Chuquiago Marka/Registrada. ¿Cuál es el motivo para que este columnista relacione ambos acontecimientos? Simplemente porque nada es casual en la vida ni en la muerte/suerte sin blanca. Invoco la figura del hombrecito con sombrero y bigote en estos días de crisis judicial, bloqueos de carreteras y una reyerta discursiva en las filas del partido de gobierno que condujo el proceso constituyente que parió, precisamente, la Constitución Política del Estado —Plurinacional— en 2009. También, y sobre todo, porque casi todos los actores estratégicos de la política, tanto en las filas del oficialismo y de la oposición, han perdido la talla, están chiquitos.

El aniversario en cuestión tiene que ver con la edificación de un modelo estatal que tiene varias novedades institucionales como el reconocimiento de derechos colectivos de los pueblos indígenas y de las naciones originarias, y la vigencia de la democracia intercultural, con la adopción del pluralismo en varias esferas y las autonomías territoriales en el nivel subnacional. Su avance es paulatino y enfrenta muchas barreras, por eso, en algunos libros hablé de la “construcción minimalista del Estado plurinacional”. Sigue y seguirá siendo así porque es un reto materializar sus principios en instituciones y políticas públicas, y también es un desafío consolidarlos en las ideas y creencias de la sociedad. Me refiero, por ejemplo y sobre todo, a la descolonización y a la despatriarcalización, metas que no pueden ser comprendidas por personajes bizarros como un expresidente (por sucesión constitucional, no por votación) que acostumbra escribir en rima pero k’aima y hace chistes opas, esta vez se refirió al “cumpleañero quinceañero”; o como otro expresidente (elegido por el parlamento puesto que salió tercero en las urnas con 18% de votos) que esgrime esa curiosa idea de “volver a la república” como si ésta hubiera desaparecido en el Estado plurinacional.

La festividad de Alasitas no es un invento del Papirri, también conocido como Manuel Monroy Chazarreta, aunque merece serlo. Es la fiesta de la abundancia en miniatura, el deseo de Vivir Bien por obra y gracia del Ekeko, un amuleto del don, de un intercambio sin condiciones, excepto el cumplimiento de unos ritos aplicados con k’oa, cerveza y tabaco para que se cumplan ciertos pedidos: morlacos en Bs y $us, maletas para viajes, certificados de estudios y hasta maridos gallitos. Es una fiesta muy propiamente andina pero siempre abierta a los intercambios comerciales en modo globalización, por eso, ahora, las miniaturas artesanales, las figuras religiosas y los ekekos se mezclan con dragones, sapos y elefantes made-in-China en una suerte de orientalización de las ofrendas. Es lo pluri(inter)nacional. Así funcionan las cosas. Por mi parte, compré 11 jugadores de plomo y ch’allé mi banderita celeste, puesto que Aurora jugará en la Copa Libertadores de América y tiene que tener suerte, esa ñata esquiva. También busqué figuritas de actores/as políticos/as para que fortalezcan los cimientos del Estado plurinacional, pero no tuve suerte. Entonces, le pedí a mi Ekeko que nos ayude a auscultar en los meandros de la política, en los caminos de la vida y en los misterios del corazón puesto que, como susurra Dante Uzquiano mientras suena la guitarra del Grillo Villegas: lo que fue, lo que es, lo que será. Porque, como sentenció René Zavaleta: Bolivia será india o no será. Es decir, plurinacional. Como las Alasitas.

Fernando Mayorga es sociólogo. 

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¿Un Milei boliviano?

/ 31 de diciembre de 2023 / 01:09

“Votando por un Milei boliviano” dice el informe de una empresa encuestadora que saca dudosas conclusiones sobre intenciones de voto. Dudosas, equívocas y tendenciosas puesto que afirma que “el 28% de los entrevistados están dispuestos a votar por un ‘candidato nuevo’ que enarbole las propuestas de Milei. Si a ello se suma el 36% de indecisos, se tiene que un 64% podría apoyar a un ‘Milei boliviano’… Hay pues una disposición a apoyar a un ‘líder emergente’ de extrema derecha”. No interesa ahondar en tales suposiciones ni resaltar la impertinencia de esa lectura. Ese párrafo sirve como una excusa para hablar de los adscritos a las ideas libertarias y al carisma histriónico de Milei en estos lares.

Por cierto, ya tuvimos un “Milei boliviano” y fue un coreano que obtuvo 8% de votos en las elecciones de 2019. Chi entró al ruedo electoral con discurso liberal en la economía y ultraconservador en lo social, aderezado con retórica evangelista. También tuvimos otro “Milei boliviano” en 2019, de raigambre cruceña y talante católico, que hizo arrodillar a medio millón de seguidores para rezar pidiendo “libertad” y la renuncia de Evo Morales, mientras su padre “cerraba” con policías y militares un plan que condujo al golpe de Estado. Su liderazgo traspasó las fronteras de oriente y fue recibido como héroe en La Paz, sin embargo, era un carisma de situación (como todo carisma) y un año después obtuvo un pálido tercer lugar en las elecciones de 2020. Fueron candidatos “nuevos” y “emergentes”, con posiciones liberales y ultraconservadoras como, precisamente, Milei que, por entonces, delineaba su ingreso a la política argentina al compás del rechazo a las medidas “dictatoriales” adoptadas por el Estado para enfrentar a la pandemia con su famosa consigna: “viva la libertad, carajo”.

Esa frase empezó a ser utilizada por algunos políticos locales para dar cuenta de que “necesitamos un Milei y aquí estoy” bajo el absurdo supuesto de que la combinación de una dosis de histrionismo y unos cuantos improperios pueden producir carisma. Y como aderezo esgrimen una retórica individualista y antiestatista con aditamentos antiecologistas, antiderechos, antifeministas. Lo curioso es que en las filas opositoras bolivianas se vincula la consigna de libertad de Milei con lo democrático, lo republicano y el Estado de derecho, es decir, “lo institucional”, esa palabra mágica que usan para denostar nuestro modelo político cuando los resultados no les agradan.

Ahora bien, Milei presentó un decreto y una ley que, entre otras cosas, plantea que se deleguen facultades legislativas al presidente en asuntos económicos, sociales, financieros, fiscales, de seguridad y defensa, tarifarios, energéticos, sanitarios y sociales —durante dos años, prorrogables a cuatro. Se trata de una inaudita concentración de poder en la figura presidencial que implica la eliminación de la división de poderes. ¿Qué dicen los mileístas criollos? Estaremos atentos a que manifiesten su orgullo republicano y su respeto por “lo institucional”. Y si no les queda clara la deriva autoritaria de Milei, es suficiente imaginar lo siguiente: no habrá conflicto por la redistribución de escaños después del Censo 2024, puesto que el presidente Arce definirá, mediante decreto, que en las elecciones de 2025 solamente se elegirán diputados uninominales para conformar el Órgano Legislativo. Es decir, una decisión presidencial redefine el sistema electoral y la representación política. ¿Qué tal?

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Desorden y desconcierto

/ 19 de noviembre de 2023 / 00:54

El campo político se tornó más complejo en los últimos meses porque se han producido mutaciones en sus unidades constitutivas y en las interacciones partidistas. Fisuras, divisiones y disyunciones caracterizan el funcionamiento y desempeño de sus protagonistas. Fractura en las filas del MAS-IPSP, ruptura en Creemos —aparte de la cisura inicial con la bancada de UCS— y quiebre en Comunidad Ciudadana que incluye expulsiones de diputados/as. Una consecuencia de este desbarajuste se puso en evidencia en la elección de las directivas camarales puesto que se produjeron distintas composiciones del voto a la hora de ratificar los nombres propuestos por las jefaturas de las bancadas. Ese comportamiento no fue producto de la clásica antinomia entre oficialismo/ oposición, sino de una convergencia episódica y circunstancial entre fracciones del oficialismo y de la oposición. Y aconteció de una manera en la Cámara de Diputados y de otro modo en la de Senadores. En ambos casos, la oposición tuvo mayor incidencia que en años anteriores merced a la fractura en la bancada oficialista entre “radicales” y “renovadores”, una curiosa distinción que no se sabe qué denota.

Es necesario destacar lo acontecido en la Cámara Alta. Las dos fuerzas de oposición intentaron condicionar su voto ratificatorio de las listas partidistas a la aceptación de una propuesta de agenda legislativa. Esta propuesta contenía —entre nueve temas— algunos tópicos que no corresponden a esa instancia (por ejemplo, “presos políticos”, “primarias abiertas” y “padrón electoral”). Esa iniciativa opositora quiso aprovechar la división en la bancada del MAS-IPSP puesto que una fracción minoritaria cuestionó la reelección de Andrónico Rodríguez como presidente del Senado y pretendió presentar una lista alternativa —un acto antirreglamentario— y conseguir la conducción de la directiva camaral con apoyo opositor. Ese diferendo en la bancada oficialista se convirtió en una oportunidad para la oposición que optó por presentar una suerte de “pliego político petitorio” que, sin embargo, resulta más interesante que la mera distribución de cargos y espacios de poder.

Largo debate de por medio se impuso el prestigio y liderazgo de Andrónico Rodríguez, que se yergue como un actor situado al margen —¿por encima?— de la pugna entre “arcistas” y “evistas”, es decir, entre gobierno y partido e invoca la unidad, aunque esta palabra cada vez más carece de sentido en las filas de esa organización política. Un prestigio que se reforzó con el respeto de sus colegas opositores/ as por su conducción del Senado durante tres gestiones, promoviendo un diálogo sin la polarización imperante en otros ámbitos político-institucionales.

Por eso, su respuesta a la propuesta opositora fue una invitación a iniciar un debate que concluya, precisamente, con la confección de una agenda legislativa que sea resultado de una deliberación democrática. Algo tan difícil de conseguir, como la unidad, pero igualmente necesaria en esta época plagada de desaciertos y desconcierto. Ojalá esa cámara legislativa se convierta en un espacio de convergencia que proporcione cierta racionalidad al proceso político.

Ahora bien, otro efecto de la desagregación en las organizaciones políticas —sobre todo en el MAS-IPSP— es la configuración de un esquema de “gobierno dividido”. Esto significa que el presidente Arce no tiene respaldo de una mayoría parlamentaria y, en consecuencia, su capacidad decisoria está mermada. No es poca cosa puesto que una relación conflictiva entre el Órgano Ejecutivo y el Órgano Legislativo conduce a la parálisis, preámbulo de la inestabilidad que puede poner en cuestión la gobernabilidad.

Fernando Mayorga es sociólogo. 

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Cochabambinidad

/ 24 de septiembre de 2023 / 01:36

Una vez publiqué un artículo dedicado a las fiestas de septiembre, mes aniversario de Cochabamba, bajo el sugestivo título de El laberinto de la vanidad. Era una adaptación simplona del estupendo ensayo de Octavio Paz sobre el ajayu mexicano: El laberinto de la soledad. Mucha gente se indignó al mejor estilo orureño, la mayoría habló mal de mí, como corresponde. No pretendía especular sobre el élan cochala, hice una simple sumatoria de especulaciones sobre la identidad cochabambina, anatematizada por los/las demás compatriotas y que se traduce en comentarios crueles e irónicos sobre el ser nacido en este valle. Uso, a propósito, el género masculino porque la cochabambinidad, en su faceta deleznable, tiene ese perfil, y estas líneas pretenden reivindicar a las mujeres de la Llajta, a las valerosas mujeres que el 27 de mayo de 1821 se enfrentaron a las huestes del imperio español y cuando un militar les preguntó si “todas ellas sí querían rendirse, dijeron que no, que más bien tendrían la gloria de morir matando”.

Ahora bien, se ha producido un desplazamiento en la simbología local, aquella que resume la historia —o la anula, transformándola—, y que es el basamento de la identidad regional. Me refiero a la creciente pérdida de la importancia de la imagen y significado de Las Heroínas de la Coronilla como ícono identitario —a las “valerosas cochabambinas” que enfrentaron al ejército colonial en la Colina de San Sebastián— y que hasta los años 90 del siglo pasado ilustraban las tarjetas postales. Además, por ese acontecimiento histórico se conmemora en nuestro país, a fines de mayo, el Día de la Madre. Y esa gesta es recordada y homenajeada por el ejército argentino que les brinda honores cuando izan su bandera albiceleste mientras una diana inaugura el lunes de cada semana. Y por tal motivo, alguien compuso, antaño, una ópera sobre ese hecho aunque solamente una vez se escenificó en alguna ciudad de Europa o en Buenos Aires. Y es seguro que por esa razón también, en el barrio de San Telmo, existe la avenida Cochabamba, por cuyas aceras caminaba la Maga, entrañable personaje de la Rayuela de Julio Cortázar. Seguramente recorría sus meandros los 21 de septiembre, por pura magia, buscando sombra bajo un jacarandá.

Resulta que el monumento a Las Heroínas de la Coronilla ha sido relegado por El Cristo de la Concordia como imagen representativa de la urbe cochala, como ícono turístico de Cochabamba. Una estatua construida en los años 80 en la cima del cerro de San Pedro —y 10 centímetros más grande que el Cristo del Corcovado, se afirma de manera orgullosa— que abraza, es un decir, la ciudad contaminada, nos representa en las postales. Como dijo un historiador: “las tradiciones se inventan” pero ésta no tiene arraigo, hubiera preferido, tratándose de íconos religiosos, que sea la Virgen de Urkupiña, al fin y al cabo es la Pachamama y así estaríamos, por lo menos, en modo plurinacional.

No deja de ser paradójico que, en esta época de reivindicación de los derechos de las mujeres y de la equidad de género, se haya producido la depauperación simbólica de Las Heroínas de la Coronilla que representan el valor de las mujeres en los albores del nacimiento del país. Al fragor de la batalla, nada menos, poniendo el cuerpo, como se dice ahora. ¿Será posible retornar al pasado? Creo que es justo y necesario para restituir la identidad cochabambina recuperando la memoria histórica.

Fernando Mayorga es sociólogo. 

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Los caminos del progresismo

/ 13 de agosto de 2023 / 01:25

Hace un par de meses, salió un número de la revista Nueva Sociedad, publicación de amplia difusión en la región y enfocada en temas de política y democracia, dedicado a los gobiernos de Gustavo Petro, Gabriel Boric y Lula da Silva bajo el sugerente título de “los márgenes del cambio” y se refiere al debate acerca de una segunda ola de gobiernos progresistas en Latinoamérica. Algunos le llaman “marea rosa”, otros le dicen (nuevo) “giro a la izquierda”. No me referiré a Colombia, Chile y Brasil, aunque un balance de esos casos es útil para reflexionar sobre el proceso político en la región y los retos que enfrenta el progresismo, término que denota una búsqueda de sentido, de identidad, de proyecto. Estas líneas van en esa dirección.

En esta fase del proceso político en la región, las fuerzas y partidos progresistas deben adoptar un formato de coalición flexible mediante alianzas electorales y acuerdos sustantivos con movimientos sociales y actores colectivos —portadores de nuevas demandas y propuestas alternativas— con la finalidad de realizar ajustes programáticos para impulsar un modelo de desarrollo ajeno al “extractivismo” y un esquema político distinto al “populista”. En términos organizativos es necesario que adopten un modelo decisorio de carácter colegiado y sin dependencia de liderazgos carismáticos para reforzar su adscripción a la institucionalidad democrática.

Es preciso que las fuerzas progresistas desplieguen una estrategia discursiva dirigida a ampliar su radio de convocatoria política adoptando una posición centrista para atenuar la polarización ideológica que actualmente predomina en la sociedad y se expresa en la irrupción de fuerzas políticas de carácter ultraconservador. La derecha ha ingresado a la disputa por la conducción cultural de la sociedad y dispone de apoyo social porque representa posiciones conservadoras asentadas en prejuicios y creencias religiosas. Así, invoca la defensa de la propiedad privada contra el “comunismo”, combate la “ideología de género” y el reconocimiento de las diversidades sexuales. Las fuerzas progresistas deben ingresar en esa disputa por la ciudadanía como sistema de derechos para resguardarlo y ampliarlo mediante una articulación con los actores colectivos movilizados a partir de sus códigos identitarios y demandas temáticas.

En el pasado, la centralidad del clivaje Estado/ mercado provocó que la lucha contra el neoliberalismo sea el principio dominante en el discurso de las fuerzas progresistas y se expresó en el impulso a patrones de desarrollo con centralidad estatal y basados en la generación de excedente económico a través de exportaciones. Este modelo es acusado de extractivista y, ante su persistencia, perdieron impulso aquellas alternativas de desarrollo basadas en los derechos colectivos de los pueblos indígenas (Vivir bien). En esa medida, las fuerzas progresistas perdieron la capacidad para seducir a movimientos ecologistas, movilizar a sectores juveniles, incluso, mantener el apoyo del movimiento indígena.

Por otra parte, las fuerzas y los partidos de izquierda son anatemizados como “populistas” por su débil apego a la institucionalidad democrática. Principios como alternancia, pluralismo y Estado de derecho son esgrimidos por sus rivales para debilitar la imagen democrática de las fuerzas progresistas que se caracterizaron por impulsar la ampliación de la representación y participación de sectores subalternos. Esa caracterización se sustenta en la distinción entre democracia como igualdad, impulsada por los gobiernos progresistas, y democracia como libertad, esgrimida por sus detractores. Es importante evitar ese dualismo y percibir la relación entre libertad e igualdad como una dualidad, por ende, debe darse similar importancia a ambos sentidos de la democracia.

Fernando Mayorga es sociólogo. www.pieb.com bo/blogs/ mayorga/ mayorga

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