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Saturday 24 Feb 2024 | Actualizado a 16:32 PM

Manillas electrónicas

La introducción de manillas electrónicas en el sistema carcelario del país traería grandes beneficios.

/ 20 de junio de 2018 / 03:54

El Tribunal Departamental de Justicia (TDJ) de Cochabamba está impulsando un proyecto de ley cuyo objetivo principal es permitir que las personas que están recluidas de manera preventiva puedan abandonar las cárceles para poder defenderse en libertad. Se trata sin duda de una encomiable iniciativa, aunque adolece de un pequeño inconveniente: los propios reos deben costear estos aparatos.  

En efecto, según confirmó a la prensa el presidente del TDJ de Cochabamba, el proyecto de ley que enviaron al Tribunal Supremo de Justicia contempla que los propios procesados sean quienes paguen el costo de las manillas. Premisa que, no sobra recordar, vulneraría un principio básico para garantizar que la justicia realmente llegue a todas las personas de manera equitativa: la gratuidad que debe imperar en los procesos jurídicos.

Y es que cuando la administración de justicia tiene un costo, tal como hoy en día ocurre en el país y con montos a veces astronómicos, en la práctica existen ciudadanos de primera (aquellos que pueden pagar por ejercer sus derechos) y de segunda (aquellos que no pueden costear los elevados gastos judiciales). Y el tener que pagar las manillas electrónicas para poder defenderse en libertad ahondaría aún más esta aberrante inequidad.

Ahora bien, más allá de este   “detalle” que urge subsanar, la introducción de manillas electrónicas en el sistema carcelario del país traería grandes beneficios, tanto para los reclusos como para el Estado en general. Por un lado, permitiría que las personas que han sido imputadas pero todavía no han recibido una sentencia (nada menos que el 70% del total de los reclusos) puedan vivir junto con sus familias mientras son procesadas, conservando así su trabajo y evitando el contagio criminal de las cárceles.

Con ello, se resolvería en gran medida el insostenible hacinamiento que hoy impera en las cárceles del país, que en promedio han visto más que triplicada su capacidad para albergar a los reclusos, cuyos derechos, como el de salud, alimentación, educación, trabajo y una vivienda digna, se ven vulnerados cotidianamente. Esto pese a que las normas nacionales y los tratados firmados por el país conminan al Estado a garantizar que la restricción de la libertad no cause más limitaciones a los derechos del detenido que las establecidas por la ley en relación con su condena.

Por otra parte, el uso de manillas electrónicas permitiría reducir los elevados gastos que se destinan para la seguridad y alimentación de los reos y el mantenimiento de los penales. Ahorro que dicho sea de paso podría servir para financiar el costo de estos artefactos.

Y por si todo lo anterior no fuese suficiente, con este sistema, que permite monitorear la ubicación exacta del preso las 24 horas, la detención domiciliaria dejaría de ser una burla, como ocurre actualmente.

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Ucrania: guerra y valentía

/ 24 de febrero de 2024 / 07:04

Los helicópteros militares volaban muy bajo sobre los interminables campos verdes del este de Ucrania. El destino: Mariupol, una ciudad del Mar de Azov, vecina del Mar Negro. La razón para volar bajo era evitar los radares rusos al acercarnos a esta ciudad, situada a pocos kilómetros de la línea del frente entre las tropas ucranianas y rusas.

Corría el año 2017 y visitamos un pueblo fantasma en las afueras de Mariupol, abandonado por sus habitantes a causa de bombardeos rusos. Pero eso solo nos dio una pequeña idea de lo que habían vivido las personas que tuvieron que huir. Nada podía prepararlas, ni a nosotros, para lo que ocurriría cinco años después, cuando Rusia invadió Ucrania el 24 de febrero de 2022, incumpliendo no solo sus propias promesas, sino también los tratados pasados con Ucrania y la Carta de las Naciones Unidas.

Las excusas para su invasión militar son tan numerosas, como absurdas: Rusia alega que a los ucranianos no se les permitía hablar ruso y que no existía algo tal como una nación ucraniana. La lengua materna de los habitantes de Mariupol era el ruso. Podían hablar y utilizar su lengua, por supuesto. Pero el hecho de que su lengua materna fuera el ruso no significaba que se sintieran rusos o que quisieran vivir bajo el dominio autoritario ruso. ¿O cree alguien que yo debo sentirme alemán porque mi lengua materna es el alemán? Soy austriaco, me siento austriaco y no alemán.

Ucrania había elegido a un Presidente —por cierto, rusoparlante— con 73 % de los votos en elecciones libres y justas en 2019. Él no es nazi y no dirige un gobierno nazi. Difícil ser nazi si eres judío y más si tu familia ha sido masacrada en el Holocausto.

¿Estaba la OTAN amenazando? El país más grande de la Tierra se sentía amenazado porque dos diminutos Estados bálticos limitaban con él; tras las amenazas de Rusia contra Finlandia y Suecia, estos dos países decidieron unirse a la alianza de defensa OTAN. Pero incluso después de la adhesión de Finlandia, solo 11% de la frontera terrestre de Rusia es compartida con países de la OTAN.

Hoy, la Mariupol que visité ya no existe. Su población rusoparlante fue masacrada por el ejército ruso y la ciudad arrasada. Compruébelo usted mismo viendo el documental 20 días en Mariupol (https://20daysinmariupol.com/#trailer), nominado a Mejor Documental de los Premios Oscar 2024.

Mariupol es un ejemplo de los crímenes cometidos por Rusia en Ucrania. Aquel país sigue atacando deliberadamente a la población civil de éste, enviando drones y disparando misiles contra edificios de apartamentos, hospitales, escuelas, restaurantes, estaciones de tren e infraestructura energética, matando cada día a las familias mientras duermen. Una comisión de la ONU confirmó que se habían cometido crímenes de guerra, «incluidas ejecuciones, torturas, malos tratos, y violencia sexual y de género». La edad de las víctimas de este último delito oscila entre los cuatro y los 82 años. Se estima que 16.000 niños han sido llevados a Rusia.

Nadie quiere la paz más que Ucrania. Pero Rusia no está dispuesta a negociar de buena voluntad. Debemos entender a Rusia como lo que es: una potencia autoritaria que dirige una guerra imperialista contra un vecino pacífico.

La UE está al lado de Ucrania, con apoyo financiero, humanitario, económico, diplomático y militar sin precedentes, y lo seguirá estando mientras haga falta. No se trata de una «guerra europea». Esta guerra tiene efectos en todo el mundo y ha generado crisis alimentaria y energética.

Otras potencias agresoras podrían tener la tentación de seguir el modelo ruso. Nuestro interés compartido es que la agresión rusa no prospere. No queremos vivir, en nuestros territorios, lo que el valiente pueblo de Mariupol tuvo que soportar en el suyo.

Michael Dóczy es embajador de la Unión Europea en Bolivia.

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El anverso del horror

/ 24 de febrero de 2024 / 07:01

Ha sucedido en distintas latitudes que varios creadores audiovisuales fueron advertidos a través de preguntas formuladas por la crítica especializada, acerca de ciertas consecuencias perceptivas que no habían considerado a la hora de escribir con la cámara. Me visita la sensación de que el director británico Jonathan Glazer todavía no sabe del tamaño de la incidencia de su película, la más lúcida y esclarecedora acerca del Holocausto (La zona de interés, 2023) que hayamos podido visionar por lo menos en medio siglo y que ya se ha llevado los premios mayores en el Reino Unido (Bafta) y en Francia (Cannes).

Alguna vez, algún cineasta consagrado comentó que algo que un crítico le estaba preguntando y que había advertido en alguna de sus grandes obras, no lo había considerado, pero ya que lo mencionaba, efectivamente se podía leer de la manera en que el entrevistador se lo señalaba. Algo parecido tiene que suceder con Glazer en tanto su película multipremiada, inspirada en la novela del recientemente fallecido escritor, también inglés, Martin Amis (“su escritura es un triunfo de la inteligencia”, dice el periodista Eduardo Lago), es una portentosa explicación acerca de la estructura mental del poderoso que ha alcanzado el macabro privilegio de decidir quién vive y quién debe morir, quién sobrevive y quién debe ser incinerado, a quién se somete —por más judía que sea la joven de turno— si lo que va a ocurrir es vaciar la necesidad fálica propia del mandato patriarcal: El racismo exterminador es lo de menos si lo que viene es el entretenimiento de cualquier macho depredador y para insinuar tal situación, Glazer sitúa al Comandante del campo de concentración de Auschwitz reclinado en su escritorio de ejecutivo de la muerte con las botas debidamente relucientes, mientras la chica en cuestión aparece en una silla con una falda larga, abriendo discretamente las piernas como abandonándose descalza: la ley de cierre según la psicología de la Gestalt decide en cada cabeza de espectador cómo pudo haber evolucionado y culminado el momento sin necesidad de mostrar, exhibiendo sin exhibir.

Dicho esto, la crítica que apunta a destacar el fuera de campo o fuera de encuadre de La zona de interés, está diciendo que los ruidos de lo que sucede del otro lado de la confortable residencia del Comandante, con algunas referencias fugaces de judíos que ayudan en las tareas domésticas de la casita perfecta habitada por su preciosa familia, le dan sentido al discurso cinematográfico, cuando la auténtica y más profunda connotación reside en lo que muestra para develar todo un perfil humano caracterizado por la más absoluta normalidad, la más encantadora de las cotidianidades, el más amoroso de los comportamientos con el jefe de familia leyéndoles a sus rubias niñas cuentos cual si fueran canciones de cuna para que duerman plácidamente y que son expuestos con imágenes en negativo como en la fotografía analógica, en las que se conservaban los registros en caso de necesitarse nuevas reproducciones en papel.

La zona de interés es en primer lugar lo que muestra, no lo que sugiere con los sonidos en off y si se lee así, estamos ante una normalidad que arropa a los psicópatas como palomas inofensivas en tanto consideran que su transcurrir por la vida les exige obligaciones funcionarias por las que no hay que alarmarse, y de ninguna manera sentir remordimiento si de lo que se trata es de limpiar el mundo de la escoria, de la bestialidad racial mal nacida, de la desventaja física, o las inventadas imperfecciones mentales del otro. Por ello los planos que en grandes tramos sugieren álbumes fotográficos con cámara estática, nos dejan unas postales de esa gente que a la hora de la reunión ejecutiva están decidiendo el mejoramiento de la tecnología para la incineración y la cremación como si se tratara de la planimetría del próximo condominio exclusivo para millonarios.

El horror no estará, por tanto, en los escombros de los exterminados que podríamos imaginar o haber visto en tantísimas películas, sino en la pulcra conducta familiar en que la señora de la casa recibe a la abuela de sus hijos y le va explicando cómo su jardín precioso y cuidado hasta el mínimo detalle es una pequeña huerta trabajada con amor, sin que se le mueva un pelo acerca de la barda color cemento que separa el verdor del campo aquél del otro lado en el que para ella nunca pasa nada, salvo la estabilidad laboral de su señor esposo que por nada del mundo debiera ser transferido a otra misión porque es allí donde se ha construido la felicidad.

El comportamiento de los personajes de Amis-Glazer explica por qué nunca escucharemos un acto de contrición de estos fascistas felices conmovidos por la ternura de la tradición, la propiedad y la familia donde la palabra perdón no cabe, simple y llanamente porque sienten que no hay motivo alguno por el cual arrepentirse. Se trata del lado A del horror, la cara de una normalidad en la que la eliminación del otro no es otra cosa que un asunto de eficiencia militar y gerencial.

Julio Peñaloza Bretel es periodista.

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Cuarto intermedio nacional

/ 24 de febrero de 2024 / 06:57

El torbellino político sigue haciendo lo suyo en Bolivia, vamos transitando de lo importante a lo grotesco sin que tengamos tiempo de dimensionarlo y reflexionarlo. La política parece descontrolada y empeñada en verse el ombligo, aunque a ratos aparecen destellos de lucidez que nos devuelven la esperanza. Así estamos, viviendo la crisis y casi sin dirigencias que nos digan a dónde vamos.

Dos eventos muestran las paradojas de este extraño tiempo. Casi al borde de la cornisa, el diálogo y el acuerdo entre el empresariado y el Gobierno oxigenaron una situación que se estaba complicando. Como que ambos actores se dieron cuenta que a nadie le conviene el colapso, salvo a los pirómanos que quieren ver arder todo para que se cumplan sus profecías. Su mayor efecto fue tranquilizar temporalmente a una ciudadanía desconfiada de la estabilidad económica del país.

Era urgente hacer algo, cualquier cosa, para recomponer expectativas y finalmente el Gobierno lo comprendió y fue capaz de dar un viraje político significativo. Más allá de saber que esos acuerdos no son una solución definitiva del problema, sino un primer paso en la buena dirección que requiere de más decisiones en los próximos meses, hubo alivio en moros y cristianos, entre los que me incluyo.  

Sin embargo, el genio de la entropía no nos deja descansar ni un día, a esas buenas señales le siguió la espantosa sesión en la Asamblea Legislativa Plurinacional: un crédito dizque aprobado después de más de 10 horas de zafarrancho y un cuarto intermedio hasta la siguiente semana. Si había que mostrar que el rey está kalancho, lo lograron: la ALP está bloqueada, al punto de ser inútil, en la ausencia ya ni siquiera de acuerdos mínimos para su funcionamiento, sino incluso de pautas de urbanidad. Solo esito es señal de ingobernabilidad e intranquiliza nuevamente a ciudadanos, choferes, inversores, tenedores de bonos y un largo etcétera.

Lo que las dirigencias políticas no parecen percatarse es que las cuestiones de gobernabilidad están interrelacionadas con el rumbo de la economía. Hay urgencia por dar señales de tranquilidad y de control en todos los frentes. La gente está cada día más cansada del jueguito de pasarse la pelota, hacerse al gil, acumular justificaciones o echarle la culpa a algún villano favorito, se espera soluciones de las autoridades o al menos la voluntad de ocuparse de lo que preocupa realmente a las mayorías.

En ese sentido, el Gobierno sigue emitiendo señales ambiguas, mueve una ficha inesperada y muy positiva con el acuerdo con el sector privado, pero sigue intranquilizando a los mercados informales de dólares cuando se sabe que se necesita con urgencia que esa vía también se normalice y sobre todo continúa empeñado en una querella política que tiene paralizada la Asamblea y que atiza una crispación e intranquilidad adicional al cohete.

Es difícil entender cuál es el objetivo gubernamental a la vista de la montaña de ocurrencias y declaraciones “random” de funcionarios de toda laya. Como decía una tuitera ocurrente, no parece que tenga mucha fortuna esa estrategia de hacerse “al facho con los progres y el progre con los fachos”, solo genera confusión, al punto que casi siempre alguien tiene luego que salir a aclarar lo dicho por algún afanado vocero. Al final, no quedas bien con nadie, todos te odian, no te perdonan ni una, te pegan y nos llevan a todos al bloqueo donde estamos lamentablemente estacionados.

Creo que ya es evidente, por ejemplo, que los problemas cambiarios se deben, por supuesto, a causas estructurales que hay que empezar a solucionar, pero también a especulaciones que tienen un ambiente excepcional para viralizarse en el denso clima de desaliento y desconfianza que se está generando desde la política y particularmente por la guerra interna del MAS.

No voy a ser tan ingenuo solicitando un gran acuerdo nacional que no tiene ninguna posibilidad de realizarse, pero al menos, por sobrevivencia, se esperaría algún intento de ordenar el barullo, particularmente de parte del Gobierno. Y eso pasa por reconstruir las condiciones mínimas para que la Asamblea pueda funcionar razonablemente. Usando términos sindicales, necesitamos un urgente “cuarto intermedio” nacional, para que los discordes vayan a tomarse un mate de tilo a sus cuarteles de invierno, sanen sus heridas, reflexionen sobre otras estrategias en las que no acaben suicidándose y le dan algo de alivio a este país estresado.

Armando Ortuño es investigador social.

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Megalópolis

Carlos Villagómez

/ 23 de febrero de 2024 / 10:06

¿Se puede tener conciencia de escala y temporalidad en una megalópolis? ¿Cómo viven los habitantes de las ciudades mastodónticas del planeta? ¿Cómo sobrellevan la tensión de un espacio infinitamente inabarcable? Va una respuesta: por la resiliencia humana que se adapta más que ninguna especie animal sobre la tierra y soporta los meganúmeros de las grandes ciudades: Tokio, en Japón, 37.400.000 millones de habitantes; Delhi, en la India, 31.200.000; Shanghai, China, 27.800.000; o Ciudad de México (CDMX) con 22.000.000 (sin contar lo que ahora se conoce como la megalopolitana Zona Metropolitana del Valle de México).

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Una forma de experimentar el vaciamiento existencial de las megalópolis es usando su transporte masivo.  El Metro de CDMX transporta 4,6 millones de usuarios al día; es decir, en tres días el Metro mexicano mueve la población de Bolivia. Se inauguró en 1969 y su infraestructura ingenieril, tan bien concebida y construida, ha soportado honrosamente el trajín. Un detalle impresiona: los pisos de mármol de las interminables estaciones están repulidos hasta la deformidad por los infinitos pasos del torbellino humano que transita sin parar hace más de medio siglo. Es una ciudad subterránea que se desarrolla en varios niveles, llegando en algunos casos hasta 40 metros por debajo de la superficie. Y ese mundo soterrado es el espacio del pueblo profundo, un pueblo sometido por un Leviatán urbano con forma de un gigantesco hormiguero donde van y vienen millones de rostros con un rictus entre resignación y jactancia.

Las megalópolis se reconocen por esos múltiples niveles construidos para su transporte masivo. Son kilómetros por debajo o por encima de la superficie como en la clásica película Metrópolis. La superficie naturalmente disponible no es suficiente para albergar el crecimiento poblacional y la migración, urge construir múltiples pisos artificiales para que hombres/hormigas u hombres/pájaros se trasladen.

Pero no me voy sin ensayar otra respuesta más afinada a las preguntas del inicio: los seres humanos, como animales comunitarios, tendemos a establecer círculos de referencia o áreas de control territorial que nos permiten subsistir en escalas urbanas que van más allá de nuestra comprensión física y mental. Los urbanitas de las megalópolis de este siglo no tienen conciencia plena de la totalidad espacial y temporal, pero su capacidad resiliente genera reducidos espacios referenciales.

Nosotros no necesitamos sobrevivir con esas referencias. Vivimos en una ciudad tan pequeña que es una micrópolis cuya totalidad vemos y controlamos socialmente, aunque, de tanto en tanto, nos mortifiquen pinches bloqueos de “mil” esquinas.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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Periodo ‘estelar’ de la inversión privada

Llama la atención de que en el periodo ‘estelar’ de la inversión no se haya generado esa industria pujante que el análisis liga al ejercicio de lo privado

Rafael Villarroel

/ 23 de febrero de 2024 / 10:02

La publicación El capital corrosivo en Bolivia y los retos de buena gobernanza, de la Fundación Milenio, constituye un aporte intelectual de considerable valor para el análisis de la coyuntura y, en ese contexto, también contiene elementos que merecen ser apreciados y analizados a la luz de un filtro diferente, y contrastados con elementos que incorporados permiten una reflexión en torno a este documento, que lo enriquecen e invitan a formular una posición distinta.

En su primer capítulo, la publicación presenta un análisis que declara como “estelar” para el mundo de la inversión privada el periodo inmediatamente posterior a la recuperación de la democracia y el inicio del nuevo milenio, pero no hace el reconocimiento expreso de que en ningún momento de esta época “estelar” se registraron cifras similares a las vividas en el periodo que bautiza como populista, cuyo surgimiento lo atribuye a una crisis económica que se contradice con la “estelaridad” del periodo que se reputa como exitoso.

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Ese acápite señala la implantación de un modelo de capitalismo de Estado al que le atribuye medidas recalcitrantes que “maniatan” al sector privado, que se habría visto reducido a actuar en resquicios que dejaría el “omnisciente” Estado y que este sector se encontraría condenado a actuar como un proveedor estatal.

Sobre esto, llama la atención de que en el periodo “estelar” de la inversión no se haya generado esa industria pujante que el análisis liga al ejercicio de lo privado; pero, además, se muestra al modelo calificado como capitalista de Estado como si hubiera arrebatado del mundo privado sus inversiones y sus iniciativas olvidando que, en primer término, el Estado poseía más de dos centenares de empresa publicas antes del inicio del periodo “estelar” que fueron privatizadas, incluso en precios irrisorios que indignaron a la población, que en casos puntuales obedecieron a negociados para la apropiación del activo de la empresa que era muy superior al valor de “privatización” y terminó en un simple negocio inmobiliario. En otros casos, recibieron, por precios indignantes para el ciudadano promedio, compañías a punto de entrar en marcha, luego de haber superado su periodo de maduración y que fueron a engrosar emporios monopólicos que, a la postre, fueron entregados a manos extranjeras en operaciones de bolsa (diseñadas en ese periodo “estelar”) que permitieron la omisión de impuestos.

En este sentido, surge la duda respecto a ese periodo “estelar” que se indica en el análisis, hasta con saudade, ¿por qué no se ha formado ese capital competitivo en el periodo “estelar”? ¿Por qué las cifras de crecimiento no se reputaron como exitosas, y ese sector privado “vigoroso“ no pudo reaccionar a la crisis que reputa como el coletazo que produjo su colapso en pro del surgimiento de ese “periodo populista”? Sin dejar de tener presente que se entregó a ese sector privado pujante y protagonista “estelar” de la inversión las principales generadoras de los recursos más importantes de este país, con compromisos de inversión contra la oferta de convertirse en socios, a cambio de solamente pagar por el 50% más una de las acciones de las empresas que se conformaron para la entrega de los recursos e inversiones en contratos de “capitalización”.

En conclusión, parece urgente incorporar estos elementos para la definición de un “capital corrosivo” que se constituye en un tema de actualidad innegable y debe llamar a la reflexión de la bolivianidad en su conjunto, sin dejar de lado el esfuerzo editorial que cumple su labor de ser una invitación al debate y la reflexión.

(*) Rafael Villarroel es economista

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