Voces

domingo 3 jul 2022 | Actualizado a 14:22

Poder urbano

/ 5 de noviembre de 2019 / 01:00

La ciudad es la obra cultural más importante. Con sus virtudes y defectos, es la representación física en el territorio de cualquier sociedad. Y ese valor intrínseco ha sido aprovechado por teóricos como Edward Glaeser para alabar el triunfo de las ciudades como una victoria histórica del capitalismo. Y algo de razón le asiste. La concentración urbana, cuya fuerza motriz es el mercado liberal, ha conquistado sociedades tan cerradas como la china, cuya costa oriental está llena de paquidérmicas ciudades a lo Houston y su occidente es un páramo rural.

Ahora la población mundial es casi urbana. El 80% del PIB mundial se genera en las ciudades. Y es tal el avance de esta obra cultural que ahora se recicla un estamento urbano del pasado: las ciudades-Estado. Según varios pensadores, el siglo XXI será testigo del triunfo de las ciudades-Estado por encima del modelo Estado-nación, todo para repensar temas trascendentales: democracia, desarrollo sostenible, lucha (real no demagógica) contra la desigualdad, acceso a los servicios básicos y vivienda; entre otros, temas donde los Estado-nación fracasaron estrepitosamente. Malas noticias para los gobiernos centralistas y muy malas para los gobiernos autoritarios.

En Bolivia casi el 70% de la población vive en las ciudades y el 30%, en el campo y con elevadas tasas de urbanización. Las ciudades bolivianas son la construcción de la pluralidad, el melting pot de una posmodernidad abigarrada o c'hixi, a decir de Zavaleta o Rivera. Y los levantamientos ciudadanos de estos días, que son pluri-multis, deberían sacudir al estamento más conservador de la sociedad boliviana: los políticos. En muy pocos días estos movimientos ciudadanos se ubicaron entre el poder central y los partidos de oposición. Ahora la ciudadanía urbana marca la agenda política del país, desorientando a los partidos de oposición y empujando al oficialismo a declaraciones funestas como cercar ciudades o vietnamizar el país. Es decir: cercar la plurinacionalidad e iniciar una guerra a los centros vitales de la bolivianidad. Vaya desvarío.

Algunos afirman, con razones de sobra, que vivimos en una oclocracia. Hoy en día esa oclocracia se enfrenta a la ciudadanía de los centros urbanos que es multiforme, intensamente transversal y aleatoria, con nuevos actores en primera línea. En este nuevo milenio una juventud, hace poco apática e indolente, llena las calles sin miedos, sin patrones políticos, protestando con paradigmas viralizados en internet, y diseñando estrategias contra la autoridad presente y futura. Es un emergente poder urbano que ve más allá y expresa con furia la amarga distopía que le tocará vivir.

* Arquitecto.

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Arte degenerado

/ 1 de julio de 2022 / 01:15

Días atrás, un grupo de activistas entró a un espacio municipal de Santa Cruz para rechazar furiosamente las obras presentadas en esa exposición de arte. Sin ningún empacho, mostrando una profunda homofobia, destrozaron las obras en nombre de “la moral y las buenas costumbres”. Usando palabras humillantes diría: el grupo estaba indignado ante una muestra de “arte degenerado” (Hitler dixit). Las obras eran cuadros y ensamblajes (de discutible factura artística) pertenecientes a grupos LGTBQI+ como La Pesada Subversiva. Con ese ataque las obras y la sala ganaron en cobertura y los artistas lograron sus 15 minutos de fama.

Si piensas que solo aquí, en este olvidado país tercermundista, se dan esas muestras de intolerancia ante un arte comprometido, te equivocas. En la quincuagésima versión de la Documenta Kassel (el encuentro de arte contemporáneo más importante del mundo, más que las bienales de Venecia o de Sao Paolo) que se acaba de inaugurar ha sucedido algo diferente, por el contexto social e histórico, pero equivalente a una censura. El colectivo indonesio Ruangrupa, curador de la muestra Documenta 15 (la primera curaduría a cargo del sur), invitó a varios artistas y colectivos, casi todos con obras socialmente comprometidas y de protesta política. El colectivo indonesio Taring Padi presentó un mural de grandes dimensiones llamado La justicia del pueblo. En esa obra figuraban dos personajes: la representación irónica de un banquero judío y la de un agente del Mossad (apenas dos personajes en medio de la inmensa muchedumbre pintarrajeada en el mural). La obra describe, en un lenguaje artístico politizado, la historia reciente de Indonesia, el paso del dictador Suharto, las miles de víctimas, y el apoyo de occidente a esa dictadura. Ante las enérgicas críticas de instituciones proisraelíes, la organización de la Documenta 15 primero cubrió el mural, y luego lo retiró de la muestra (un acto inimaginable en Kassel). El mural La justicia del pueblo fue expuesto desde 2000 en diferentes ciudades del mundo sin rechazo alguno; pero, en el contexto alemán, donde el pasado nazi es un tema tan delicado como un cristal, el mensaje artístico fue recibido con otras connotaciones.

El arte es el espacio donde podemos expresarnos en libertad, pero ¿la libertad artística es ilimitada? Sabiendo que el arte es inasible, ingobernable y hasta libertino, ¿podemos censurar una obra artística con las pulsiones éticas y estéticas del tiempo presente? Más aún, ¿existe un “arte degenerado” correspondiente a nuestro tiempo?

Y aquí me detengo. Si sigo escribiendo me hundiré lentamente como todos los que “explican” racionalmente el arte.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre el Gran Poder

/ 17 de junio de 2022 / 00:56

Sobre la festividad de la Santísima Trinidad del Señor Jesús del Gran Poder se ha escrito bastante y, como corresponde a un fenómeno social poliédrico, desde muchos ángulos. En mi caso, experimento la entrada desde los años 70 llevado por una pasión oculta: la fotografía. En todo ese tiempo (y casi siempre en la avenida Illampu), la entrada me provoca reflexiones cuando contemplo, absorto y embelesado, la más grande expresión cultural y artística de los Andes. Me permito expresar tres de ellas.

En primer lugar, Gran Poder es un espacio transgresor y provocador. Sin posturas ideológico- políticas y con las armas propias del arte, la festividad quebranta lo establecido con insospechadas manifestaciones. Por ejemplo: el reverendo beso de Barbarella al dictador Banzer. El travesti plantó un ósculo al mismísimo representante de la regresión social y política, y del exacerbado machismo castrense de entonces (confundían el pelo largo con sedición y mariconadas). Este año la entrada subvirtió lo establecido exhibiendo tres fisiculturistas con diminutos taparrabos y exudando testosterona en la fraternidad más sosa de todas: Los Incas. Los hercúleos “incas” (que pronto se casan para desilusión de su fanaticada) provocaron airadas reacciones entre los homofóbicos de hoy y los puristas defensores de la sacrosanta iconografía del pasado indígena. Provocación pura y dura.

Gran Poder es una fiesta desproporcionada para una pequeña ciudad. ¿Cómo es posible semejante despliegue, artístico y cultural, en una ciudad que apenas rasca el millón de habitantes? ¿Cómo puede una pequeña sociedad urbana generar y aglutinar tanta diversidad en danzas, vestimentas, coreografías y música? El carnaval carioca es casi uni-expresivo (samba) y es de una metrópolis de siete millones de habitantes. Aquí, en una ciudad de escasas dimensiones, se reúne la Fiesta Mayor de los Andes para despertar envidia e inspiración en los países vecinos.

Gran Poder es una muestra de grupos sociales disciplinados y organizados con un solo objetivo: la expresión cultural y artística. Sigo preguntando: ¿cómo una ciudad colmada de luchas intestinas puede organizarse para expresar, con alegría y confraternidad, su arte? ¿Cómo una pequeña sociedad empobrecida por interminables luchas políticas puede unirse militantemente alrededor de la cultura? Quizá Gran Poder es la evidencia visible de un ethos que en sus profundidades conserva atavismos festivos que nos mantienen unidos por encima de prácticas políticas heredadas (un conjunto de creencias e ideologías de odio). Por ello, creo que la festividad de Gran Poder une lo que nuestra mente colonizada divide.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia la distopía

/ 3 de junio de 2022 / 02:38

Superpotencias de la Inteligencia Artificial es un libro del taiwanés Kai-Fu Lee que analiza el desarrollo tecnológico de la inteligencia artificial (IA) en diversos escenarios, enfocando su análisis hacia las potencialidades y amenazas que representan esos avances.

Kai-Fu Lee esboza el futuro tecnológico de la humanidad. Y para nosotros ese futuro es de terror. Vamos hacia una distopía donde las diferencias entre los países tecnológicamente desarrollos y los rezagados serán de tal magnitud que no tendremos las mínimas opciones de sentarnos en el banquete global. Los efectos que vaticina Kai-Fu Lee —uno de los mayores expertos del mundo en IA y tecnología digital—, tarde o temprano llegarán a este país “perdido” en el mapamundi y sumido en luchas tribales propias de cazadores-recolectores.

El autor analiza el desarrollo de la IA en dos países que están convirtiéndose en tecno- hegemónicos: Estados Unidos y China, imperios que pronto establecerán un nuevo orden mundial al que nos someteremos sin la necesidad de utilizar sanguinarios regímenes militares, sino con la felicidad que recibimos el último modelo de teléfono celular: anestesiados y embelesados de todo lo que podemos hacer con ese artefacto. Tanto en Silicon Valley como en muchas ciudades de la China, corporaciones de élite están enfrascadas en ganar la batalla por las IA. Los primeros con empresas mundialmente idolatradas (Google, Facebook, Tesla, etc.) y los segundos, con unas ganas inmensas de comerse al mundo, lo que les permitió primero copiar y luego desarrollar diversas plataformas y startups que ahora se cotizan en miles de millones de dólares. Ambos países desarrollan, aceleradamente, el combustible indispensable de la IA: el big data. Y esos datos, ese oro del futuro, todos los humanos los proveemos desde nuestros celulares sin pedir nada a cambio. Es el sometimiento global total que, en sociedades como la nuestra donde el reloj marcha al revés, será fatal. Seremos una categoría sub-humana en el galopante imperialismo tecnológico.

Recomiendo la lectura de este libro para conocer cómo China lleva una revolución tecnológica y cultural (para nada izquierdista o maoísta) que está por desbancar a los gringos. La hicieron sin las consignas políticas ni ancestrales de su historia sino con el esfuerzo académico de sus mentes brillantes (intensísimos estudios en China y en universidades americanas), con una competencia feroz por ser el mejor y con los aportes que brinda su gobierno (una verdadera apuesta financiera). Pero mencionar en Bolivia excelencia académica, régimen de competencia y esfuerzo personal suena “antidemocrático y racista”.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Paradojas de la sede de gobierno

/ 20 de mayo de 2022 / 01:19

En esta columna me he referido a nuestra condición de sede de gobierno como una razón estructural, dañina y perversa, causante de muchos males en nuestro desarrollo urbano y en los comportamientos de nuestra sociedad. Esta posición es por demás polémica y antagónica. Va en contra de la voluntad popular expresada en la concentración más grande que han conocido esta ciudad y El Alto. Recordemos que el 22 de julio de 2007 se reunieron dos millones de habitantes refrendando la condición paceña de sede del Gobierno boliviano. Por tal razón, expresaré dos reflexiones sobre nuestra condición de sede que se inició a principios del siglo XX. En ese entonces, con mucho optimismo y “el mate lleno de infelices ilusiones”, se invirtió en infraestructura urbana como nunca antes en nuestra historia.

En primer lugar, lo estructural: Nuestro espacio territorial departamental se ha desorganizado. La fuerza imantada de la sede de gobierno absorbe nuestra población departamental menguando la capacidad productiva primaria (agricultura, etc.) de las ciudades intermedias y pequeñas del campo, desconcentrando su población y restando sus recursos. En términos sencillos: “se ha vaciado y abandonado” nuestro campo con una tasa de migración campo-ciudad que hace crecer aceleradamente, sobre todo, la ciudad alteña. Un crecimiento poblacional acompañado de una práctica ocupacional que se puede simplificar en una frase: casi todos trabajamos en dar servicios a la burocracia estatal. No generamos industrias, empleos o empresas, a un ritmo razonable. Para los paceños, y para los que vienen a protestar diariamente a esta ciudad, todo es el papá Estado.

En segundo lugar, en lo educativo-formativo. En estos tiempos de la posverdad la sociedad boliviana consumó el ejercicio, morboso y siniestro, de la política. Una despreciable praxis política que es fomentada por todos nosotros (superemos el odio binario y asumamos nuestras responsabilidades), y es causa de la parálisis cotidiana (marchas, bloqueos, manifestaciones, etc.) de nuestra maltratada y descalabrada ciudad. Pero el problema no termina ahí. Esa praxis —de lo inmediato, de lo ruin, del éxito económico sin esfuerzo intelectual, de hacer chanchadas para trepar—, es proyectada a una población en formación como si fuera una razón de vida. Nuestros jóvenes y niños “aprenden” a diario esa mala práctica porque es aquí, en esta ciudad, donde todos los políticos del país dan muestras cotidianas de sus tenues luces y profundas sombras en los espacios urbanos que les brindamos, cortésmente, todos nosotros. Espacios de una ínclita ciudad que nos ha costado mucho sacrificio.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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‘El gran movimiento’

/ 6 de mayo de 2022 / 02:08

Kiro Russo explicó la génesis de su laureada película El gran movimiento con un deseo: hacer una sinfonía de la ciudad para “pensar en el sistema, la colectividad y sus relaciones”. Examinemos la película con ese deseo en la mente y el corazón.

La ciudad de La Paz es el espacio nacional donde las tensiones y contradicciones del sistema capitalista dependiente se manifiestan con particular intensidad. Ese sistema, perverso y astuto, ha configurado una espacialidad urbana densa donde la colectividad se relaciona topográficamente, como en un “pentagrama urbano” donde se superponen notas musicales de múltiples sonoridades culturales que representan los grupos sociales de esta ciudad del delirio.

En el siglo XX, cuando la ciudad no era tan intensa, preparar una película requería los instrumentos clásicos del oficio, y todo el proceso se iniciaba con un guion. Esa manera de realizar un filme no podría representar la actual enajenación urbana. Por ello, Russo compuso su obra de manera diferente. Comenzó por documentar libremente imágenes que después las ubicaría en un “pentagrama visual”, incorporando montaje, sonido y personajes en ritmos aleatorios. Por esa manera de componer cine, El gran movimiento es el triunfo de la visualidad sobre la textualidad, de la imagen sobre la literatura; una literatura que sedujo a los cineastas y artistas del siglo pasado que explotaron —hasta el empacho— el realismo mágico latinoamericano.

La actual sinfonía urbana no deja espacios entre las notas. Es el horror vacui donde las relaciones humanas son todo menos recatadas. Siguiendo esos compases, Russo y Paniagua gozan visualmente de esta ciudad pasando de paisajes urbanos brillantes —de nuestra modernidad caótica y ruidosa—, a los ambientes sórdidos y sombríos de las zonas populares y comerciales donde recalan los personajes más densos de la sociedad. Allí, en la penumbra, Russo concibe el grupo humano más saenziano de la cinematografía boliviana. Y todos en el grupo, incluidas las caseras del mercado o el fantasmagórico perro blanco, se mueven bajo la batuta de Max. Él es el director de la sinfonía urbana que aspiraba Russo. Max Bautista Uchazara no actúa, vive su condición extrema de mago y curandero, haciendo gala de una paceñidad tan solemne como divertida.

Kiro Russo (La Paz, 1984) nos representa en esos personajes entrañables que deambulan por el abigarrado espacio urbano. Así estamos en esta oquedad andina. Una oquedad espacial y social que no penetramos, porque los grandes movimientos urbanos de la sinfonía del nuevo milenio nos zarandean entre la luz andina más intensa y la más profunda oscuridad del ser.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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