Voces

viernes 5 mar 2021 | Actualizado a 09:06

Deconstruir la vida urbana

El trabajo obligado en casa pareciera indicar el principio de la transformación de la vida urbana.

/ 14 de mayo de 2020 / 06:38

La crisis que vivimos con la pandemia del coronavirus SARS-CoV2 se ha convertido en uno de los signos más claros de la deconstrucción del vivir del habitante en el espacio urbano. Si bien la cultura urbana siempre fue polémica, en este corto tiempo nos presenta realidades contradictorias en las ciudades vivas, especialmente por la soledad que transmiten. Y eso significa que el espacio urbano real, nacido con la cualidad de una heterogeneidad incalculable de acciones de los actores, hoy está perdiendo su magia.

En los últimos meses el silencio y la desolación son hasta lamentables, ya que devalúan el valor de la vida urbana, porque denotan nuevas características, desmereciendo con ello el sentido propio del espacio público. La cuarentena obliga al encierro de la población por un virus extendido no solo en los hogares sino también en las falacias ocultas del discurso de las grandes potencias, cuyo trasfondo pareciera señalar un futuro dudoso, cargado de grandes cambios y transformaciones.

Sin embargo, se debe recordar que toda herencia del pasado no desaparecerá fácilmente, ya que es imposible destruir y omitir aquellos espacios públicos llenos de vida comunitaria. Los cuales en el siglo XX fueron el fundamento para cualificar la vida urbana en momentos en que el ciudadano fue considerado el “sujeto imposible de la modernidad” gracias a su gran emancipación. Concepción que impulsó a Baudelaire a señalar que “el espacio público era como levantar el hogar en el corazón de la multitud”.

Así, deconstruir la vida urbana significa encontrar hoy nuevas cualidades y necesidades ciudadanas, pues la pandemia ha llevado a que las sociedades vivan grandes tempestades, como crisis económicas, falta de empleo y la pérdida de cientos de miles de vidas, las cuales eran parte de una generación que construyó los cimientos para la transformación de la existencia urbana en el planeta.

Este nuevo tiempo para la humanidad y de consolidación del habitante informático es una realidad que invita a la evolución del espacio público, lugar donde se manifiesta la ciudadanía. De ahí que aquellos espacios del ayer requerirán que su concepto sea reconstruido para ofrecer una renovada propuesta. Una realidad respaldada en el signo claro de los nuevos tiempos, que nos preocupa y nos lleva a preguntar ¿será que el “espacio para todos” desaparecerá por el encubierto anhelo de usar todo el territorio para la construcción de grandes chimeneas? Vale decir, ¿se seguirá destruyendo al planeta?

Esperemos que las ofertas apasionadas sobre el nuevo habitante del orbe no vayan en contra de las cualidades del buen vivir ciudadano, aunque por el momento han quedado en espera. Sobre este punto, la propuesta de Jaques Derrida parece oportuna, cuando afirma que la estrategia de la deconstrucción se basa en un análisis de las estructuras que componen un discurso; por tanto, en “el desmontaje” de los espacios públicos de las ciudades, aun de los más inteligibles.

Esto porque hoy en día pareciera absolutamente incierto saber hacia dónde se dirigirá el futuro del espacio urbano y qué se espera de las ciudades, las cuales, gracias a una enfermedad que no da visos de desaparecer, cambiarán el sistema de vida del habitante.

Por todo ello, es indiscutible recordar que el ser humano nació para ser libre. Desde la aparición del virus, el trabajo obligado en casa, acompañado de todo tipo de mecanización, información y comunicación (elementos útiles para la vida informática), pareciera indicar el principio de la transformación de la vida urbana.

El nuevo vivir del ciudadano en el mundo informático nos lleva a preguntarnos ¿será que esta nueva realidad logrará crear el aislamiento del habitante y, consiguientemente, la desaparición de la cotidianidad urbana? ¿Será el fin del espacio más democrático y privilegiado, como es el espacio público?

Patricia Vargas, arquitecta.

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¡Elijamos al mejor!

/ 5 de marzo de 2021 / 01:43

Nuestras ciudades son hijas del siglo XX, lo que no hace alusión a sus edificaciones altas o bajas o a las cientos de miles de personas que acogen, sino a cómo construyeron lo urbano, que no es otra cosa que la riqueza de sus contextos. Estos forman su identidad como urbes apoyadas por las comunidades que las habitan, las cuales esperan contar en el mañana cercano con una especie de ficción compartida en su desarrollo. Y para eso están los procesos destinados a elegir a las autoridades que llevarán las riendas de ese futuro.

Lo singular es que la población siempre vio las campañas políticas en una ciudad libre de proyectarla y disfrutarla, empero, hoy los nuevos tiempos ni siquiera dan la posibilidad de vivirla en libertad. Esto por las recomendaciones y cuidados personales que exige el tan mentado coronavirus.

Lo interesante y notorio del momento, sin embargo, es cómo la ciudadanía manipula el tiempo y el espacio. Y mucho más porque son momentos eclipsados por el delirio de las próximas elecciones y por el apoyo al partido político al que se piensa favorecer con el voto.

Si bien nadie niega que aún existen ideales políticos, tampoco se puede afirmar que todas las fuerzas partidarias participantes tengan visiones claras sobre el mañana de esta ciudad y menos cuáles son de prioridad. Por tanto, esa perspectiva debiera ser general y de interrelación entre la lógica de hacer ciudad y la revisión de qué es lo que se requiere para proyectarla al futuro.

Así, lo importante no solo es saber que se deben ganar los comicios, sino que ese triunfo debe estar respaldado en la calidad de las propuestas rumbo al porvenir de esta urbe. No obstante, pareciera que La Paz necesita mayor claridad sobre el camino que debe transitar. Esto porque va quedándose atrás en su desarrollo y mucho más en su crecimiento territorial planificado.

Pese a ello, no falta la algarabía, el gran deseo y amor por esta ciudad de parte de la población; sentimientos que son tan grandes que no dejan de emocionar. Este tiempo de elección de las futuras autoridades nos da la posibilidad no solo de definir con nuestro voto la atención que requiere una ciudad dominada por la política, sino de establecer una mirada clara hacia un futuro mejor. Esto apoyado por los distintos cambios que colaboren en construirla para un mañana prometedor. Por tanto, son momentos que obligan a tomar la decisión más beneficiosa para este departamento.

Y es justamente el día de la elección la única oportunidad en la que nos encontramos totalmente solos para manifestar en libertad nuestros anhelos e ideales de contar con la ciudad contemporánea que recupere el ámbito humanizador, autentica metrópolis y para ello dar el voto al postulante que nos convenza mejor.

Esa jornada se constituye en una especie de dispositivo democrático tanto de libertad de acción como decisión, respaldado en el anonimato del sufragio que permite elegir conscientemente y en libertad al representante que llevará adelante los ideales, sueños y esperanzas, pero también los planes y programas.

Una fiesta democrática en la que tendrán un peso determinante aquellas propuestas con una fundamentación sólida para su ejecución en beneficio de La Paz.

Como es obvio, el día de los comicios predomina un aire político en los recintos de votación, así como la matemática del número de sufragios. Aun así, la ciudadanía no debiera dejar al azar su voto, ya que son momentos en que su decisión colaborará a definir el destino de La Paz.

Esperemos que el domingo 7 de marzo la alta tensión emocional de la política no convierta a las elecciones en una catarsis colectiva.   

Patricia Vargas es arquitecta.

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Lo sordo de las palabras

/ 19 de febrero de 2021 / 00:29

Hemos elegido un título algo aleatorio, pero con un significado profundo en estos momentos. Una etapa en la que somos espectadores de una realidad desconocida a raíz de la abrupta llegada del coronavirus. Lo peor: nos desorientó hasta el punto en que no se sabe cuál dirección tomar para vencerlo. Su impacto nos hace reaccionar como autómatas y no hay duda de que su presencia cambió definitivamente nuestras vidas.

Con ello, la apariencia de las personas adquirió una vital importancia en cuanto a su protección personal, pues cada vez la refuerzan más con el uso de elementos que cubren prácticamente el rostro en general, lo que transmite una infinidad de señales, al igual que lo hace su acelerado andar por la ciudad. Todo para evitar el contagio, pese a las ansias de vivir la ciudad con toda normalidad.

Lo contradictorio es que se ha elegido esta época para la elección de alcalde y gobernador de cada departamento, y resulta complicado que se haga campaña política en estos momentos y en estas condiciones. Hay que recordar que son comicios en los que el ciudadano está interesado en lo que pasará con su región y hacia dónde se pretende dirigirla. Por tanto, precisa conocer las ofertas de los candidatos.

Si bien es una tarea que busca conquistar el voto con propuestas específicas, pareciera que los partidos decidieron presentar sus planes de forma global, lo que no es suficiente para el electorado, pues este necesita conocer lo que sucederá con su ciudad y departamento en el futuro mediato. Sobre esto último, es evidente que son tiempos que exigen que las urbes estén mejor planificadas y equipadas, por ejemplo, con hospitales, ya que los existentes no pueden cubrir la emergencia que vivimos hoy.

Si bien hemos escrito bastante sobre la creación de lugares singulares capaces de elevar los bajos niveles emocionales de la población, las señales que vemos son propuestas conservadoras, lo que es lamentable pues este es el momento de presentar grandes ideas contemporáneas.

Tampoco debiera restarse atención a otros temas vitales como la educación y el caso concreto de las universidades, cuyo método de enseñanza digital precisa ser reforzado. Lo interesante de esta situación es que nos lleva al mañana, ya que se logró establecer ese sistema virtual de extensión del conocimiento, a pesar de que por falta de práctica o acceso muchos lo rechacen. Es obvio que al inicio cuesta implementar todo cambio, pero no cabe duda de que una vez hecho puede traer buenos resultados si se lo desarrolla en grupos pequeños. Al respecto, no hay que olvidar que en ciertas universidades hoy egresan magísteres a través del sistema digital, lo que no deja de ser encomiable.

En esa misma línea, luego de dejar atrás este drama mundial del COVID-19, es fundamental solucionar el problema de la extensión del conocimiento en el área rural y dar la oportunidad a su juventud de proyectar su futuro digitalmente o a través de la TV, con estudios superiores prácticos. Recordemos que hace más de 40 años el visionario McLuhan ya afirmaba que la educación con el tiempo estaría extendida por televisión para la población latinoamericana, esencialmente la rural. Así, esperemos que lo sordo ya no de palabras sino de hechos inspire a caminar a un futuro con nuevas propuestas, útiles por ejemplo para una formación tecnológica.

Resulta preocupante que en estas elecciones subnacionales pareciera que la atención se centra en los ideales de los partidos políticos y no en los postulantes y sus programas. Lo sordo de las palabras reafirma que estos tiempos nos obligaron a dar pasos hacia el futuro, aunque con mucho sufrimiento y pérdida de vidas —entre ellas—, las de grandes personalidades. Sin embargo, hay que seguir avanzando y recuperar nuevamente la fuerza de La Paz.

   Patricia Vargas es arquitecta.

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La arquitectura frente al coronavirus

/ 5 de febrero de 2021 / 00:49

Tocar el tema de la arquitectura respecto al COVID-19 significa pensar dentro de una perspectiva analítica, pero no solo desde la eventualidad de la aparición de un virus, sino desde la previsión de que en el futuro haya otras amenazas de este tipo. Así pues, se debiera impulsar una reflexión sobre la reconfiguración de la arquitectura.

Definitivamente, el coronavirus llegó para quedarse y habrá que aprender a vivir con él. Las causas: el proceso desmedido de desarrollo de las industrias, el crecimiento de la población, sus costumbres y hábitos alimenticios. Estos últimos precisamente iniciaron el contagio, que fue creciendo en fuerza en sus distintas etapas, cada vez más duras para la salud del habitante del planeta.

Pero ese virus está generando —además de grandes daños en la salud física y emocional de la humanidad— la necesidad de cambios en la arquitectura, lo cual parece una realidad irrefutable pues hoy se incorporó al espacio de la vivienda, por ejemplo, el trabajo digital u otro tipo de actividades laborales.

Por tanto, se ha propuesto a la arquitectura la adaptación de la doble función del espacio de la vivienda con el del trabajo, algo que no es nuevo porque hace años el insoportable tráfico vehicular del Distrito Federal de México fue solucionado por algunos arquitectos proyectando viviendas con doble función. La casa en sí y el taller de arquitectura. Asimismo, la residencia pareada a pequeñas industrias artesanales.

Lo que intenta este artículo es mostrar que la llegada del coronavirus permitió entender que el espacio no es una identidad abstracta, sino que requiere una permanente reinvención. Por tanto, el analizar el momento invita a repensar la posible nueva vida del ciudadano, lo cual exige a la arquitectura el buscar nuevas e interesantes propuestas espaciales de uso y equipamiento. Dentro de este último, por ejemplo, la sanidad pareciera demandar que el aire acondicionado no solo tenga funciones de aireación o calefacción, sino que su acondicionamiento se amplíe a un sistema de purificación del aire.

Y si nos referimos al espacio público, este igualmente debiera evolucionar con nuevas propuestas para el futuro. Al respecto, Joseph señalaba: “en diversos grados todos somos inmigrantes en el espacio público, pero su función es un factor de enriquecimiento y una bulimia de configuraciones”. Esto, por ser el espacio de libertad y de uso multifuncional y recreativo, el cual hoy es fundamental para el esparcimiento del ser humano y de su sistema emocional.

Asimismo, es necesario cuestionar que el espacio público no consiste únicamente en una plaza con un monumento al centro (olvidando que es un sitio de distintas vivencias corporales que precisan evolucionar porque pertenecen a otro tiempo), sino que es un lugar que exige una proximidad imaginativa que cumpla con esa función y que además posea una serie de medidas de sanidad.

Por tanto, aquellos sitios no solo deben ser entendidos como simples vacíos urbanos, sino como lugares de libertad que coadyuvan a la recreación del ciudadano, por lo que las nuevas propuestas deben contemplar las secuelas del coronavirus o situaciones similares en el futuro.

Un reto que invita a los arquitectos a reflexionar, al igual que a las universidades a convertirlo en un tema de estudio con miras a propuestas serias. En ambos casos con soluciones factibles para la arquitectura y el espacio público que denoten grandes pasos en su evolución.

Un movimiento que surge en estos momentos y que exige transformaciones a la arquitectura y el espacio público debido a la compleja coyuntura, la cual pareciera demostrar que hoy se viven diferentes temporalidades históricas.

Patricia Vargas es arquitecta.

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Ciudad virtualizada

Esa especie de máquina social invita a las redes digitales a demostrar el valor de las velocidades y tiempos de la ciudad.

/ 22 de enero de 2021 / 01:33

Toda ciudad tiene la gran cualidad de convertir la coacción actual en sincronización con el nuevo tiempo. De esa manera el espacio y el tiempo logran abrir nuevos medios de interacción, los cuales inspiran a realizar propuestas digitalizadas que en futuro no muy lejano denoten el haber aprovechado la significación y pertenencia del lugar.

Nos referimos a aquellos barrios cuyo universo de cualidades y significados no solo radica en lo cultural sino en el tipo de habitante que allí reside, y que forman parte irrefutable de la nueva imagen de la ciudad.

Para ello se requiere traspasar toda variabilidad de espacios y detectar a través de la tecnología digital ciertos momentos de la vida urbana, para luego proponer nuevos sitios. Esa realidad puede entenderse como el movimiento que transcribe lo actual o real en lo digital y nuevo.

Lo importante es comprender que la digitalización no es una desrealización o transformación de una realidad en un conjunto de posibles, sino que es una mutación. En este caso, un cambio escénico de las imágenes del presente complementadas con las del futuro.

La Paz en general, independientemente del valor de sus espacios, es una urbe que, por una parte, si algo tiene de singular son ciertos barrios llenos de significados y, por otra, una población que incluso en época de pandemia consigue acelerar la vida de la ciudad, pues pese al contagio transita las calles por diferentes quehaceres. Ambas características logran crear una especie de escenografía en movimiento que podría inspirar y apoyar la virtualización de los barrios centrales. Asimismo, hoy con mayor razón la velocidad del andar ciudadano no deja de ser análoga a la de la urbe, porque pareciera haber convertido a esos personajes citadinos en seres que incentivan la creación de nuevas imágenes virtualizadas.

Así, esa especie de máquina social invita a las redes digitales a demostrar el valor de las velocidades y tiempos de la ciudad.

Esto también porque su cartografía es tan entreverada —especialmente en el centro urbano— que permite detectar que ese espacio laberíntico donde se entrecruzan sus calles, se convierte en un “enredo elástico espacial” por demás interesante para observar y mucho más para digitalizar con imágenes en movimiento.

Una cualidad visual poco descubierta hasta hoy, que alienta a que la propuesta digital detecte valores y lugares para ser explotados en su reestructuración espacial.

En esa línea, la digitalización —esencialmente en el centro urbano paceño— si bien hoy se inscribe en ciertas tomas digitales de imágenes fijas, debiera considerar aquellas bifurcaciones (callejuelas) que aún no fueron explotadas y que nos llevan a recordar a Josef Reichholf, quien afirmaba: los espacios entreverados abren a los seres vivos a tener posibilidades de existencia de miradas singulares que debieran ser traducidas y explotadas a través de la digitalización y con ello ser revaloradas.

Una especie de invitación a la invención de un primer grado de digitalización inspirada en las velocidades corpóreas que allí existen, ya que si algo atractivo tienen es que se confunden con aquellos espacios y entornos tradicionales, que ofrecen importantes contrastes.

De ahí que el digitalizar ciertos barrios de La Paz consiste en descubrir la ciudad y redefinirla para el futuro dentro de las coordenadas espaciotemporales que planteen e inspiren propuestas útiles para revalorarla. Algo vital porque llegará el momento en que este territorio se convierta en urbe en movimiento.

También algo que no se debiera descuidar es la elaboración de registros que ayuden en el futuro a establecer distintas posibilidades de transformación. De ese modo se crearían imágenes metamorfoseadas que evitarían destruir sus cualidades o, por el contrario, transformarían sus debilidades en grandes propuestas de cambio que tanto requieren ciertos lugares.

Recordemos que lo virtual puede remarcar las velocidades, transformándolas en cualidades en el nuevo diseño de la ciudad, siempre en el afán de aprovechar esos espacios tempo-mutantes. Y lo más interesante: esos barrios serían capaces de traducir aquellos enredos elásticos tempo-espaciales en propuestas dinámicas, que ya digitalizadas ofrecerían nuevas soluciones a La Paz gracias a la reestructuración de sus valores.

     Patricia Vargas es arquitecta.     

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Metáfora de la esperanza

/ 8 de enero de 2021 / 00:21

En estos últimos días, pese al estrepitoso rebrote del COVID-19, en ningún momento el ciudadano dejó de tener fe en el futuro. Esto seguramente acompañado de sueños y esperanzas que le hicieron olvidar por algunos minutos al virus cruel que se lleva tantas vidas.

Fue el 31 de diciembre que nació la idea de salir a descifrar el silencio de esta ciudad que no deja de sorprender. Lo singular fue cómo esas calles grises y desérticas habían terminado de perder toda vitalidad; sin embargo, nuestro interés solo era entender, descubrir, ver, escuchar y, por último, sentir cómo viviría la población esos últimos segundos de un año que trajo dolor al país.

Y si pensábamos que la tristeza estaría reinando toda la noche, nos equivocamos, porque luego de segundos las edificaciones fueron las que se tornaron llenas de vida y mucho más cuando sonaron las sirenas de las radios anunciando que se iba el 2020. Lo curioso fue observar cómo petardos eran encendidos y lanzados desde las ventanas, acompañados de música con alto volumen. Tampoco faltaron las risas que despedían la partida definitiva de un año por demás complicado. En fin, todo demostró que el ser humano no dejará nunca de soñar en nuevos y mejores tiempos.

Una respuesta clara de la transformación de un 31 de diciembre que quedará en la memoria de los ciudadanos, cuyo relato será recordado por siempre y quizá se transforme en una especie de metáfora viva.

Lo singular fue que no se mostró como otra ciudad diferente, sino que su evolución radicó en el cambio de actitud de sus habitantes, que en ciertos lugares parecían hasta ausentes, pero en otros no dejaron que el nuevo año se inicie sin su presencia, ya que sus voces parecían expresar alegría.  Con ello, pudimos descubrir que toda realidad es capaz de dotar de significado a la vida del ser humano. En este caso, la llegada de un 2021 trajo nuevas esperanzas y dejó en el pasado un 2020 que hasta los últimos segundos sembró inquietud y hasta desaliento en las familias.

Una especie de visión que logró percibir nuevas realidades, ya que la emoción fue una de las sensaciones más notorias durante la noche de Año Nuevo; los rostros de la gente dejaban ver las ansias de la rápida partida del 2020. Esto, porque esperan nuevos tiempos cargados de renovación.

Lo importante es que esa experiencia llevó a la humanidad a desarrollar nuevas transformaciones con relación a la vida del ciudadano, quien por falta de equilibrio en el tipo de alimentación (murciélagos), enfermó al planeta entero. Mucho más porque hoy el virus fue capaz de mutar y ser más peligroso. Lo significativo es que un buen número de personas aprendió la lección sobre su cuidado personal ante semejante riesgo; a valorar más la vida, a tener mayor esperanza y, por qué no decirlo, a tener la fuerza para impulsar un futuro mejor.

En síntesis, una función mimética que planteaba la narración de una realidad distinta en cuanto a lo acostumbrado en cada fin de año, cuando el desborde de los festejos era una de las características de una buena parte de la población, lo cual obviamente traía resultados hasta lamentables.

Así, la madrugada del 1 de enero del 2021 hubo un cambio evidente porque no pasaron más que unas cuantas horas para que el silencio cundiera en varias partes de la ciudad. Esto probablemente porque esa misma noche se indicó en las noticias que el COVID-19 había retornado con más fuerza. Fueron momentos que nos trajeron a la memoria las palabras de Aristóteles, quien afirmaba que “Metamorfosear es percibir lo semejante”, y lo más importante transporta su sentido a una realidad inobjetable. En este caso el disfrute del saberse vivo.

Una verdad que, a fin de cuentas, nos invita a no pensar en el pasado, sino de comenzar a crear, concebir, proyectar un nuevo planeta, acorde a los peligros que pudieran llegar en cualquier momento, como el coronavirus, del cual se pudo evitar su presencia.

Pese a todo, la población aprendió a reaccionar ante la adversidad e inestabilidad emocional, económica y social, vale decir que logró la reconfiguración de esa experiencia, esperemos temporal.

Patricia Vargas es arquitecta.

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