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miércoles 23 jun 2021 | Actualizado a 14:00

De la crisis de los años 30 a la crisis de los años 20

Los países están a tiempo para que la actual crisis sea solo de un año, y no se prolongue toda una década, como sucedió hace 90 años

/ 23 de mayo de 2020 / 06:25

El fuerte aumento en EEUU de la tasa de desempleo de un mínimo alcanzado de 3,5% en febrero a un 14,7% en abril, que significa más de 20,5 millones de desocupados, es tal vez el indicador más incuestionable para indicar la magnitud de la crisis desatada por el coronavirus SARS-CoV2, comparada con la crisis de 1929-1932, cuando en EEUU la producción real registró una caída de 30% y el desempleo alcanzó un 33%.

Hace 90 años ocurrió el llamado crack financiero en octubre de 1929, con la debacle de la Bolsa el  28 de octubre de 13% y el 29 de octubre del 12%, lo cual dio origen a la Gran Depresión de los años treinta. Como resultado de la pandemia por el COVID-19, el 12 marzo el Dow Jones cayó un 12%, y el 16 de marzo 10%, totalizando una caída acumulada de 37% en un solo mes.

La crisis de 1929 tuvo su epicentro en Nueva York, y contagió al resto del mundo en la primera fase de la globalización. En cambio, la crisis que hoy atravesamos quizás sea la última fase de la globalización, y si bien su epicentro fue la ciudad china de Wuhan, impulsó el encapsulamiento casi simultáneo de la economía global, dando lugar a un gran confinamiento.

La Gran Recesión fue una crisis sistémica financiera, mientras que la crisis actual es un shock de oferta y demanda, resultante de las medidas de encierro social y económico. Las cuales si bien han provocado caídas bursátiles pronunciadas, pero de muy corta duración y rápida recuperación, todavía no se han convertido en una crisis financiera sistémica.

Un dato interesante es que en la crisis de 1929 Milton Friedman le echó la culpa a la Reserva Federal (Fed) por la depresión, acusándola de no haber reaccionado; pues entre agosto de 1929 y marzo de 1933 la cantidad de dinero en circulación se redujo en un 30%. En cambio, en la crisis actual la Fed bajó inmediatamente las tasas de interés de referencia, y realizó una expansión cuantitativa del dinero, mediante medidas no convencionales con $us 500.000 millones en programas de préstamos de emergencia; y prometió que podría cuadruplicar más el tamaño de su empuje al inyectar $us 2.300.000 millones de dólares a la economía. Es decir, hasta ahora se ha actuado inmediatamente, con medidas tanto fiscales como monetarias.

En la crisis del 29, los países cerraron sus fronteras económicas con altos aranceles y elevadas devaluaciones, dando lugar a una caída del comercio mundial del 66%. Actualmente, si bien las medidas proteccionistas han aumentado, éstas se concentran en productos sanitarios y alimentos. En cambio, los países han realizado fuertes devaluaciones monetarias, como por ejemplo en América del Sur. Así, producto del gran confinamiento se prevé una reducción del comercio mundial en 2020 entre el 13% y el 32%, como consecuencia de la perturbación de la actividad económica normal, causada por la pandemia del COVID-19 en todo el mundo.

Los países están a tiempo para que la actual crisis sea solo de un año y no se convierta en la crisis de los años veinte del nuevo siglo, es decir, de toda una década, como sucedió hace 90 años cuando se rompió el sistema multitaleral incipiente y se dio lugar a salidas unilaterales de quién se salva primero con guerras comerciales y cambiarias.

Todavía tenemos a la Organización de las Naciones Unidas, cuyos Estados miembros han actuado desunidos, un sistema multilateral con instituciones que velan por el comercio como la OMC, y financieras, como el FMI, el Banco Mundial y el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), los cuales deberían imponer la cooperación en lugar de la confrontación. Mejor no hablar de las instituciones de integración regional y subregional, que deberán pasar de las palabras a los hechos implementando salidas concretas y concertadas, especialmente mediante la coordinación de sus bancos centrales, como en el caso del Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR).

Gabriel Loza Tellería, economista

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¿Aprenderemos de la crisis del coronavirus?

En la actual crisis desatada por la pandemia se debe privilegiar y proteger el capital humano por encima de todo.

/ 1 de mayo de 2020 / 06:38

Buscar lecciones económicas de una crisis en curso no es una tarea muy bien vista. Generalmente las lecciones surgen después de superar la crisis y, dado el triunfalismo consecuente, por lo general se olvidan las lecciones, o no se aprende nada, o ni siquiera se interesan en encontrarlas. Eso pasó con la crisis financiera de 2007 y la gran contracción del comercio mundial en 2008. Ni hablar de lecciones del siglo pasado como la crisis de 1929 y la posterior Gran Depresión, que han desaparecido de los libros de economía.

La novedad que esta crisis no ha sido provocada directamente por factores económicos como los activos financieros tóxicos de las hipotecas en 2007, o la insuficiencia de demanda efectiva en la crisis de los años 30. La causa tampoco es la esencia del capitalismo, como pronosticó Marx en el siglo XIX. En el caso actual el detonante ha sido un virus, el COVID19; mientras que las medidas de contracción de la oferta y la demanda a nivel global, resultantes de las políticas sanitarias aplicadas, han sido los mecanismos de propagación. Después se escribirá mucho sobre la reacción, positiva o negativa, de los gobiernos. Mientras tanto, ¿aprenderemos algo desde el punto de vista económico? Porque desde el punto de vista sanitario, estoy seguro que jamás nos olvidaremos de esta pandemia.

Una primera lección se deriva del cambio brusco de la panacea de la globalización al cierre de fronteras físicas y humanas. Así, de un momento a otro, hemos cambiado de la aldea global abierta a mi aldea nacional cerrada; de la industria sin chimeneas del turismo, a la industria con virus traídos por los de afuera; y de la expresión el mundo es un pañuelo, al mundo es un barbijo. Como todo falso dilema, el problema no es abrirse completamente o cerrarse, sino, cómo insertarse selectivamente a los mercados internacionales en función de las capacidades del país y el momento histórico. Si bien no vendrá la temida desglobalización, es probable que la modalidad de participar en ese mundo global cambie, con nuevas oportunidades pero también amenazas.

Una segunda lección está relacionada con las medidas fiscales o paquetes aplicados por casi todos los países en un contexto en que predominaba la austeridad fiscal, los equilibrios fiscales y la prudencia fiscal. Ahora todos son keynesianos, inclusive el FMI, aunque después venga el problema por sus efectos en la deuda. El cambio brusco de contraer el gasto fiscal a su expansión y del Estado policía al estado gastador nos enseña que en economía el rol estatal depende de las condiciones prevalecientes, y que en última instancia el Estado es el resorte que tiene un país.

En 2001, 40 países adoptaron las reglas de la responsabilidad fiscal. La llamada regla de oro o el límite constitucional del déficit fiscal (adoptada desde los noventa por países como Suecia y el Reino Unido) es una disposición constitucional que restringe la posibilidad de un gobierno de gastar más de lo que recauda, limitando así el crecimiento de la deuda pública para garantizar la sostenibilidad de las finanzas estatales a largo plazo (Wikipedia). Si bien las medidas fiscales se suponen transitorias, ya se abrió la cerrada puerta del equilibrio fiscal a cualquier costo.

Después de las medidas para enfrentar la crisis de 2008, los países siguieron aumentando la concentración del ingreso en beneficio de los más ricos. Lo cual permite inferir una tercera lección: generalmente se salva el capital financiero y no el capital humano. Con esta crisis no se afectó el capital físico. Si bien el capital financiero, que siempre es volátil, registra “pérdidas contables” con las caídas de las Bolsas, termina recuperándose y vuelve a la exuberancia bursátil como si nada hubiese pasado. En cambio, los trabajadores formales e informales pierden su riqueza, sus ingresos y sus ahorros.

En un artículo sobre los costos en capital humano de las crisis, Eichengreen señala que aquellos que sufren el desempleo cuando la situación económica empeora pueden quedar marcados permanentemente. Las consecuencias negativas son más frecuentes cuando el desempleo es recurrente o prolongado. Así, aunque se espera que, como toda epidemia, la actual crisis sanitaria sea transitoria, resulta importante privilegiar y proteger el capital humano por encima de todo.

Gabriel Loza Tellería, economista, expresidente del Banco Central de Bolivia.

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El shock del coronavirus COVID-19

Los efectos del actual shock epidémico en la economía boliviana no se están manifestando de manera directa

/ 14 de marzo de 2020 / 00:45

Los shocks externos de las materias primas o commodities, como los que sufrimos en 2011 y en 2014, son cíclicos, ocurren cada cierto tiempo por sus fases de auge y declinación. A su vez, los shocks financieros tienen un componente sorpresa, como en la crisis financiera de 2008 (aunque se dice que varios economistas alertaron su ocurrencia). El problema es la burbuja financiera, pues todos saben que estallará, pero no coinciden cuándo lo hará ni en qué medida. Estos dos shocks presentan indicadores de alerta temprana que se pueden monitorear. En cambio, los shocks epidémicos como el del coronavirus COVID-19 y el del SARS en 2003 son inusuales, inesperados, de propagación rápida y de duración incierta.

Lo primero que hay que hacer cuando sucede un shock es tratar de identificar si es transitorio o permanente, lo que pasa por analizar si sus causas son coyunturales o tienen componentes estructurales. La reciente “guerra comercial” entre EEUU y China revela que hay shocks autogenerados, que ocurren por decisiones tomadas por autoridades. Por lo que su duración dependerá de la decisión de los hacedores de política. Sus efectos pueden ser previsibles, aunque hay un fuerte componente de perturbación de difícil cuantificación y control.

Si bien las causas pueden ser diferentes, hay que analizar si se trata de shocks de oferta, ligada a la capacidad productiva de generar bienes y servicios; o de demanda, asociados al gasto de las familias, la inversión de las empresas y a la demanda externa, como las exportaciones. En el caso del COVID-19, inicialmente se produjo un shock de oferta, relacionada con la capacidad de funcionamiento de China, la gran fábrica mundial; y la interrupción de la cadena global de valor relacionada con las medidas de contención, que restringen la movilidad de personas, insumos, bienes y servicios. Según el economista Kenneth Rogoff, “para encontrar otro ejemplo de la misma magnitud hay que retrotraerse a los shocks petroleros de mediados de los setenta”.

Sin embargo, también se produjo un shock de demanda, asociada a una mayor precaución de los consumidores, la incertidumbre de las empresas y, sobre todo, por la reacción de los mercados, clientes y proveedores de la economía china. Así, en China el índice de Producción Industrial (PMI) se desplomó a un mínimo histórico al pasar de 50 puntos en enero a 35,7 puntos en febrero. La OECD estima el impacto en el PIB de China de 2020 será de 0,8%, y a nivel mundial, de 0,5%. Este daño sería menor en el primer momento al impacto estimado y acumulado por la guerra comercial con Estados Unidos, de 2% en el PIB de China y de 0,8% en el PIB mundial.

Uno de los efectos del shock del coronavirus COVID-19 ha sido el desplome en un 25% de las Bolsas desde fines de febrero. Y si bien algunos dicen que se trataría de una corrección, puesto que las condiciones financieras son todavía sólidas, han aumentado las probabilidades de una recesión mundial.

Por otro lado, el 4,5% de las exportaciones nacionales se destinan al mercado chino, por lo cual la dependencia de Bolivia respecto al gigante asiático es menor que la de otros países, como por ejemplo Chile, cuyas exportaciones al país asiático representaron el 32% del total.

Los efectos del actual shock epidémico en la economía boliviana no se están manifestando de manera directa. Inicialmente se trasmiten a través de la disminución del precio de los commodities, los cuales ya cayeron un 15% en lo que va del año, según el índice Bloomberg. En el caso del precio del petróleo, hasta ahora se ha desplomado en un 38%, ante la reducción de la demanda mundial de crudo, y en especial de China. Adicionalmente, los impactos se están sintiendo por la sobrerreacción de los mercados cambiarios de los países vecinos, que han depreciado sus monedas significativamente en lo que va del año, por ejemplo Brasil (10,6%) y Chile (7,6%).

Los mecanismos de ajuste externo son las reservas internacionales y la política cambiaria. Dependerá de las autoridades escoger la mejor política o una combinación de varias medidas para afrontar un shock cuya transitoriedad y magnitud de sus efectos están en cuidados intensivos.

* Es economista, expresidente del Banco Central de Bolivia (BCB).

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Cómo salvar la vida de 800.000 niños

La incidencia más alta de neumonía coincide con factores de exclusión como el ingreso o el género. La mortalidad infantil evitable constituye el indicador más elemental de la brecha de inequidad entre regiones.

/ 1 de febrero de 2020 / 00:39

En demasiados lugares del planeta, toda la complejidad de las políticas de desarrollo se reduce a una prioridad simple: salvar la vida de los niños. La mortalidad infantil evitable constituye, en pleno siglo XXI, el indicador más elemental de la brecha de inequidad que separa a países y comunidades. La fotografía de las consecuencias pavorosas de nacer en el lugar equivocado.

Pocos asuntos ilustran mejor este desa-fío que la batalla global contra la neumonía, una enfermedad que arrebata cada año la vida de cerca de un millón de menores de cinco años. El hecho de que tengamos a nuestro alcance todas las herramientas necesarias para poner fin al sufrimiento de sus familias, y al perjuicio emocional y económico de sus comunidades, hace de este asunto una forma de injusticia particularmente repulsiva y una prioridad para la década que ahora comienza.

De acuerdo con los datos más recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las muertes de niños y adolescentes rondaron en todo el mundo la cifra de los 6,2 millones en 2018. La inmensa mayoría de estas muertes (85%) se producen antes de los cinco años de edad, y se concentran en las regiones más pobres del planeta como la África subsahariana. Para esta región, las consecuencias de la mortalidad infantil van mucho más allá de una tragedia personal. Un estudio publicado en 2015 por cuatro académicos africanos en la revista BMC Public Health estimaba en más de $us 150.000 millones las pérdidas asociadas a la mortalidad de los menores de cinco años producida en un solo año (2013). Esta cifra es casi el triple de toda la ayuda oficial al desarrollo recibida por el continente ese mismo año.

Paradójicamente, esta fotografía catastrófica es en realidad la constatación de un avance sin precedentes históricos. En menos de dos décadas (2000-2018), el esfuerzo concertado de la comunidad internacional y los países más afectados ha logrado reducir en un 49% las muertes de niños menores de cinco años. El descenso durante este período ha sido particularmente significativo en los fallecimientos derivados de enfermedades infecciosas, la principal causa de mortalidad en este grupo de edad. Las muertes por diarrea, malaria, septicemia, sarampión o Sida han caído de manera abrupta en el conjunto del planeta.

En uno de estos frentes, sin embargo, los resultados son menos esperanzadores. En 2018 la neumonía se llevó la vida de 802.000 niños menores de cinco años. Esta cifra es algo menos de la mitad que en el 2000, pero los avances durante este tiempo están llamativamente por debajo de lo que hemos visto en otras enfermedades más conocidas para la opinión pública.

Las causas de este abandono están menos relacionadas con la enfermedad misma que con el perfil de quienes la padecen. La neumonía constituye un epítome de lo que los expertos en salud global denominan una enfermedad olvidada, marcada a fuego por la desigualdad. La mayor parte de los casos se concentran en los niños de países de bajos ingresos (como la República Democrática del Congo o Nigeria), así como en las poblaciones más vulnerables de algunas economías emergentes. En cada uno de estos lugares, la incidencia más alta de neumonía coincide con factores de exclusión como el ingreso, la localización o el género. Solo esto explica que tratamientos eficaces y baratos no estén al servicio de quienes más los necesitan.

La realidad es que, si seguimos al ritmo actual, nos quedaremos muy lejos de la meta de mortalidad infantil establecida en el Objetivo de Desarrollo 3 (25 fallecidos por cada 1.000 nacidos vivos). Esta constatación llevó en 2013 a la OMS y Unicef a impulsar el Plan de Acción para la Neumonía y la Diarrea (GAPPD, por sus siglas en inglés). Allí se estableció como objetivo reducir en 2025 las muertes de niños por neumonía a tres por cada 1.000 nacidos vivos, basando la acción en tres ejes, que se detallan a continuación.

Prevención: además de reducir la contaminación del aire y mejorar el acceso a agua potable y saneamiento, los programas de inmunización constituyen posiblemente la herramienta más contundente y accesible en la lucha contra la neumonía. A pesar de que contamos con cuatro vacunas que protegen de manera eficaz contra las causas de la enfermedad, entre 20 y 71 millones de niños (dependiendo de los tipos de vacunas) no reciben todavía una inmunización básica que les proteja contra la neumonía.

Protección: la malnutrición severa de un niño eleva hasta por nueve los riesgos de fallecer debido a una infección. En los países en donde conviven altos niveles de desnutrición y de neumonía se multiplican los niveles de riesgo y mortalidad. Los recién nacidos, en particular, son víctimas diarias de la desnutrición de sus madres y de su incapacidad para garantizar lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses de vida. En  2018 la neumonía fue causante de las muertes de 153.000 niños recién nacidos.

Diagnóstico y tratamiento: la media general indica que uno de cada tres niños enfermos de neumonía no llega nunca a pisar un centro sanitario. En países más pobres, como Somalia o Benín, esta cifra se incrementa a uno de cada dos niños. La debilidad de los sistemas de salud y el cúmulo de barreras geográficas y financieras a las que hacen frente las poblaciones más pobres imposibilitan un diagnóstico y tratamiento adecuados de la enfermedad. De ahí la importancia crítica de la Cobertura Universal de Salud recogida en los ODS.

Las acciones de este plan recibieron la semana que termina el espaldarazo de cientos de expertos, de decenas de países afectados y de las principales agencias públicas y privadas que luchan contra la neumonía en todo el planeta. El Foro Global sobre Neumonía Infantil Luchando por respirar, organizado del 29 al 31 de enero en Barcelona, enfatizó un mensaje por encima de cualquier otro: evitar la muerte de más de 800.000 niños cada año supone un objetivo al alcance de nuestra generación.

Para ello, es necesario establecer una estrategia que optimice el valor añadido de cada uno de los actores y defina una hoja de ruta que nos permita alcanzar los objetivos de mortalidad infantil de la Agenda 2030. El primer hito tendrá lugar el próximo junio, cuando la Alianza Mundial para la Inmunización (Gavi) celebre en Londres su conferencia plurianual de refinanciación. Pero se espera que el foro sirva también para impulsar planes nacionales concretos que definan dónde y cuándo se irá reduciendo la mortalidad infantil asociada a la neumonía.

En un planeta en el que nadamos o nos hundimos juntos, la involucración activa en los desafíos comunes distingue a las naciones responsables de los cowboys. Y ningún desafío establece mejor nuestro rasero moral que el de acabar con las muertes evitables de casi un millón de niños cada año.

* Investigador y activista contra la pobreza. Actualmente dirige el área de análisis de políticas de ISGlobal e impulsa la Fundación porCausa (periodismo e investigación contra la pobreza).

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El nuevo proteccionismo

EEUU está aplicando medidas proteccionistas unilaterales al comercio de bienes, servicios, tecnología y empleo.

/ 17 de septiembre de 2019 / 23:42

La economía mundial está atravesando por una etapa muy crítica, caracterizada por la agudización de las tensiones comerciales y tecnológicas y por la supremacía de los intereses nacionales, lo cual está poniendo en riesgo el orden multilateral prevaleciente después de la Segunda Guerra Mundial, los avances de integración como la Unión Europea y la propia globalización.

Después de la crisis financiera de 2008, el crecimiento del comercio global fue similar al del producto interno bruto mundial, evidenciando la pérdida de dinamismo respecto al período precedente. A su vez, se observa una disminución del impulso de la liberalización comercial multilateral, y a través de acuerdos de integración preferencial. Como resultado, se está muy lejos de lograr un mundo sin aranceles y sin medidas no arancelarias. Por el contrario, se han desatado fuerzas que pueden revertir los avances debido al aumento de las medidas de defensa comercial (antidumping, antisubsidios y cláusulas de salvaguardia, entre otros). Sin embargo, los pronósticos mundiales se han corregido solo levemente a la baja, siendo la mayor preocupación el incremento de la incertidumbre en la política comercial, que inclina la balanza de riesgos de la economía global peligrosamente a la baja.

El brexit es un caso único y, como dijo el presidente del Banco Central de Inglaterra, los shocks de oferta negativos grandes son relativamente raros y no hay ningún precedente de una economía avanzada que se haya retirado de un acuerdo comercial tan profundo y complejo como la Unión Europea. La salida de Gran Bretaña de la UE va en contrarruta de la tendencia mundial hacia una integración profunda. Decisión que fue asumida por la predominancia de criterios nacionalistas y antimigratorios por encima de los impactos económicos, que son asimétricos entre sectores y regiones dentro del Reino Unido. La migración y la globalización hoy en día se ven como amenazas a la identidad, y se asocia el euroescepticismo al nacionalismo inglés. Con lo cual, antes que los intereses económicos priman los sentimientos identitarios.

El proteccionismo impulsado por Trump se tomó con poca seriedad, dando importancia sobre todo a lo anecdótico del empleo de Twitter para aplicar esta política. Lo cual desvía la mirada frente al trasfondo, que implica un cambio radical en los objetivos y en la instrumentación de la política comercial de Estados Unidos, especialmente de los nuevos actores como la asociación de manufacturas y los grandes grupos tecnológicos, que conforman los grupos de presión detrás de estas medidas. El establecimiento de un arancel a la importación de acero y aluminio, la guerra comercial y tecnológica con China, y la modificación unilateral del acuerdo del NAFTA son tres casos emblemáticos que evidencian la intención de la Administración Trump en procura de retomar el liderazgo mundial de las manufacturas y de la tecnología, bajo el eufemismo de la “seguridad nacional”, y la imposición unilateral en lugar de las negociaciones multilaterales.

A diferencia del pasado, cuando los países en desarrollo eran los que no cumplían las “reglas multilaterales”, Estados Unidos, la cuna moderna del liberalismo, ha decidido abrazar los viejos principios de la seguridad nacional para justificar la aplicación de medidas proteccionistas unilaterales, discriminatorias y discrecionales al comercio de bienes, servicios, tecnología y flujos de trabajadores. En la economía boliviana, los efectos de estas tensiones comerciales y tecnológicas no se manifiestan directamente, sino a través de la caída de los precios de los commodities, las reacciones cambiarias de los países vecinos y los efectos en Brasil y Argentina.

* Economista, expresidente del Banco Central de Bolivia (BCB).

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¿ProSur o ProNorte?

Los acuerdos de libre comercio con Estados Unidos se han convertido en un arma de doble filo

/ 22 de junio de 2019 / 12:11

La reciente amenaza de Trump de subir los aranceles a las importaciones provenientes desde México si no aplica medidas duras para controlar la llegada de migrantes en 45 días, marca un nuevo hito muy peligroso de las relaciones de Estados Unidos con América Latina. De hecho, nos trae a la memoria la doctrina del Gran Garrote que el presidente Roosevelt aplicó a principios del siglo pasado para negociar con sus “adversarios externos”, mostrando siempre la posibilidad de una actuación violenta como modo de presión, inclusive sin descartar la intervención armada.

La doctrina del Gran Garrote, junto a la llamada Doctrina Monroe (de “América para los Estadounidenses”), marcó el nacimiento de la dominación imperialista en América Latina. Más de un siglo después, se ha desenterrado este garrote, con la estrategia de la seguridad nacional aplicada por Trump al campo de las guerras comercial, tecnológica y antimigración, bajo la consigna de “seguridad económica es igual a seguridad nacional”.

Para tal efecto, Trump se valió de la Ley de Comercio Exterior de 1974. Pero para poder aplicar medidas arancelarias y no arancelarias de manera unilateral y discrecionalmente, en especial a China, así como también a la Unión Europea e incluso a sus socios comerciales (Canadá y México), retornó a la vieja doctrina de la seguridad nacional de la Guerra Fría. Ya no con una cortina de hierro, sino con una cortina digital a las empresas tecnológicas de China, acusándolas de querer dañar la seguridad nacional o cibernética de EEUU.

El Presidente de EEUU ha utilizado la política arancelaria con motivos religiosos, para forzar la liberación de un pastor preso en Turquía; y ahora, por motivos vinculados con la migración de las personas procedentes de América Central. Los países al sur de Río Bravo deberían meditar cuidadosamente las implicaciones que tienen sus cándidas relaciones con EEUU. Pasada la euforia de salir en la foto con el presidente Trump y juntar banderitas, como el Mandatario de Chile, o camisetas de fútbol, como el de Brasil, deberían darse cuenta que la triste realidad es otra.

Los acuerdos de libre comercio se han convertido en un arma de doble filo. Si bien los países firmantes gozan de las ventajas monetarias de acceder al gigantesco mercado estadounidense, muchas veces están sujetos a obligaciones draconianas. En el caso de México, inicialmente fue el endurecimiento de las reglas de origen (75% de origen norteamericano), y después normas laborales. Y más grave aún, el nuevo tratado (T-MEC) incorpora una cláusula que establece que los integrantes deben informar a los otros miembros sobre sus intenciones de suscribir un tratado de libre comercio con algún país que no opere bajo condiciones de libre mercado; es decir, con nombre y apellido: China y Rusia. Es obvio que cuando informen sus intenciones, Trump se va a molestar y va amenazar con aplicar aranceles.

En el caso de ProSur, está clara la idea de agradar a Estados Unidos dividiendo la Unasur, con el objetivo “no ideológico” de insertar a la región “de forma eficiente en la cuarta revolución industrial y la sociedad del conocimiento y la información”. Sin embargo, van a tener que tomar decisiones ideológicas si se inserta con China o EEUU. La amenaza de Trump a los países que entren en la iniciativa de la Nueva Franja y la Ruta de la Seda permite preguntarnos ¿si los miembros de Prosur podrán firmar soberanamente acuerdos con China? o ¿si podrán elegir libremente la tecnología 5G a Huawei?, y por último, ¿si aceptarán ser un tercer país seguro si Trump se los pide a cambio de aranceles? Como dice Nouriel Roubini, parece que no hemos entendido las consecuencias globales de una guerra fría, sino estadounidense. No se pierda el próximo capítulo de: “Sin acuerdos no hay paraíso y con acuerdos, tampoco”.  (22/06/2019)

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