Voces

martes 15 jun 2021 | Actualizado a 21:47

Lecciones y elecciones

/ 11 de octubre de 2020 / 06:57

El próximo domingo acudiremos a las urnas. Casi en la misma fecha que el año pasado. ¿Qué sucedió en el transcurso de 11 meses para que el panorama electoral sea análogo al de 2019, es decir, que el MAS sea favorito y que Comunidad Ciudadana aspire a una segunda vuelta? Sin Evo Morales en escena y con Carlos Mesa esperando, otra vez, el beneficio del voto ajeno o la declinación de algunas candidaturas. Esto denota que el MAS no perdió su fortaleza política y que sus rivales no forjaron una coalición alternativa.

La caída de Evo Morales mediante un golpe de Estado fue una victoria imprevista para los opositores al MAS que actuaron por única vez de manera cohesionada. Esa coalición puso a Áñez en la presidencia y dispuso de condiciones favorables —represión policial y militar de por medio y cierto estupor en los sectores populares— para impulsar un proyecto de restauración oligárquico señorial con el objetivo de desmantelar el modelo estado-céntrico forjado por el MAS con la nacionalización y la nueva CPE. Sin embargo, los personajes que tomaron el poder no entendieron el alcance de su victoria. La furia contra la wiphala fue la señal de que el rencor era más fuerte que la ideología y ese encono marcó la impronta de un gobierno sustentado en la violencia estatal (Senkata y Huayllani) y un desapego absoluto por el Estado de derecho. Y todo en nombre de la “libertad” y la democracia, nunca tan vilipendiada con acciones autoritarias y una retórica altisonante de tinte ultra conservador rociada con agua bendita. 

La euforia por esa victoria imprevista se transformó en triunfalismo y esa coalición de noviembre se desagregó en varias candidaturas, incluyendo a la autoproclamada Presidenta y al dirigente cívico que orquestó la conspiración. Pensaron que la disputa electoral sería un juego reservado para ellos bajo el supuesto de que el MAS estaba derrotado. Nunca entendieron ese fenómeno sociopolítico que irrumpió victoriosamente en diciembre de 2005 y disfrazaron su desprecio por lo nacional-popular con un racismo rancio y decimonónico asentado en una curiosa antinomia: “ciudadanos” versus “salvajes”. Esa era, y es, la visión de “modernidad” de las élites políticas y económicas que retornaron a los meandros del poder después de una década y media.

Esa visión del mundo les hizo creer que el MAS era un mero reflejo de su “caudillo” y no un “instrumento político” de las organizaciones campesinas indígenas y otros sectores populares. Ese rasgo constitutivo salió a relucir prontamente. El MAS mostró la primera señal de recuperación a principios de diciembre con la realización de un ampliado en Cochabamba. No había transcurrido ni un mes después del golpe de Estado y el Pacto de Unidad tuvo la capacidad de reagruparse demostrando su consistencia organizativa, aquella que se expresa, estos días, en capacidad de movilización proselitista. Esa base social se sentía representada por Evo Morales pero no dependía de su liderazgo y por eso reitera su voto leal a Luis Arce. Así, el MAS convoca el apoyo del votante medio de las ciudades que se siente agobiado por la crisis económica, mientras sus rivales se disputan el voto antimasista con consignas vacuas y anacrónicas —“evitar el retorno de la dictadura” (sic)—. En estas circunstancias, la disputa política se encamina a las urnas para la forja de un gobierno legítimo después de un oscuro paréntesis en nuestra historia democrática.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Nostalgias por una novela

/ 23 de mayo de 2021 / 00:19

Evoco una novela que hace 15 años me cautivó: Bolivia Construcciones. La compré en Buenos Aires en una de tantas visitas y la leí dos veces en pleno viaje seducido por el asombro. Sigo tentado en releerla pero ya no tengo ese libro en mis manos. Se perdió, y no era un unicornio azul —para citar una muletilla. Por cierto, se puede descargar la versión digital de la página web de una cooperativa de periodistas denominada lavaca pero no es igual; extraño mi ejemplar, doblado y rajado. Lo perdí, presté, regalé, quién sabe, a pocos días de mi regreso. Y nunca pude comprar uno nuevo debido a ciertas vicisitudes que cuento más adelante. En fin, como consuelo, en otro viaje a Buenos Aires, allá por 2010, encontré otra novela del mismo autor: Grandeza boliviana, que sigue contando similares historias con estilo único y talento especial.

Bolivia Construcciones es una novela escrita por Bruno Morales, seudónimo de Sergio Di Nucci, ganador del premio La Nación Sudamericana 2006 y que en cinco meses tuvo más de cuatro ediciones. Un éxito merecido, pero este libro vivió una curiosa historia porque el premio fue revocado por el jurado que advirtió —gracias a la “denuncia” de un lector de 19 años— una similitud entre un par de párrafos de la obra galardonada y Nada, una novela escrita por Carmen Laforet en 1944. “No es nada”, dijo Di Nucci, como si fuera Bruno Morales, pero el jurado revirtió su decisión y el autor se quedó con las ganas de donar su premio a la comunidad boliviana que inspiró sus relatos. El jurado estaba conformado por Carlos Fuentes y Tomás Eloy Martínez, nada menos, y habían aprobado por unanimidad la concesión del premio pero dieron vuelta atrás en medio de un intenso debate sobre la creación literaria: texto ajeno y propio, copia y originalidad, con Borges y Derrida de por medio.

Ese hecho no resta méritos a Bolivia Construcciones, es más, me importan un comino las vicisitudes del premio porque ese pedazo plagiado es mínimo y pasa desapercibido en la novela, un relato que seduce con una serie de fragmentos que provocan gozo y carcajadas al relatar las historias de unos migrantes bolivianos en Argentina y provoca una sonrisa cómplice con sus personajes. Lejos del acostumbrado “lamento boliviano” —apodo de una personaje, además— el sentido que emerge de las circunstancias en las que se ven envueltos y se desenvuelven los Quispe —un sabio aymara, y su sobrino, aprendiz de albañil y cada vez más débil frente a sus ganas de beber cerveza— es de un constante juego ante las circunstancias adversas que enfrentan sin mayor drama. Es más, con cierta ironía cuando se trata de retratar a argentinos, paraguayos, cochabambinos y, sobre todo, a peruanos y cruceños. Y en esas interacciones queda retratada una suerte de socio/psicología colla-chola que parece un espejito de nuestras manías.

No cometeré el error de contar su trama. Simplemente invito a recorrer las páginas de Bolivia Construcciones, y como anzuelo/consuelo copio un pedazo de Grandeza Boliviana, donde habla un personaje, Pacheco:

“Permítanme dirigirles la palabra… y Pedro Murillo, quien pasó a la historia con la célebre frase ‘La tea que dejo encendida, nadie podrá apagar, viva la libertad’. Muchas gracias. Hubo muchos aplausos, y se entonó el himno nacional, que acaba: ‘Morir antes que esclavos vivir’. René Torres, que es un socio histórico, pidió la palabra: ‘Sin verdad ni justicia, no hay autoridad, por lo tanto no hay autoridad’. La gente lo aplaudió.

Después comimos ají de fideo. Y toda la noche le anduvieron preguntando a Pacheco qué era una tea. ‘¡No dejes encendida la tea, Pacheco!’

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Sin memoria de abril

/ 24 de abril de 2021 / 23:34

¿Quién me ha robado el mes de abril? Es una cruda y melancólica canción de Joaquín Sabina. Ahí canta y cuenta desencuentros y abandonos. Por cierto, no hago esta alusión para hablar de sentimientos ni por sufrimiento existencial pandémico. Esta interrogante se me viene a la mente pensando en la memoria política del país y con una fecha precisa que evoca un acontecimiento trascendental en nuestra historia: el 9 de abril de 1952 que inaugura la “revolución nacional”. En este caso, y jugando anagramáticamente, puedo decir que no han “robado” el 9 de abril sino que lo han “borrado”. Entonces, mi pregunta es: ¿Por qué nos han borrado el día del estallido de la insurrección popular que dio inicio a la “revolución del 52”, el acontecimiento que marcó el fin del siglo XIX boliviano? Una revolución que inauguró un nuevo orden político que, después de tres gestiones gubernamentales al mando del MNR, concluyó con el golpe de Estado en 1964 perpetrado por el general Barrientos. Cuarenta años después, esa revolución continuó su derrotero con el inicio del “proceso de cambio” impulsado por el MAS. Los caminos de la vida… La insurrección del 52 empezó con un golpe de Estado orquestado entre el MNR y la Policía que derivó en una insurrección popular; en noviembre de 2019, un levantamiento de los sectores de clase media culminó en un golpe de Estado contra el MAS que fue detonado por un motín policial. El primer hecho marcó el inicio de la “revolución nacional”, el segundo pretendió cerrar el “proceso de cambio” que, sin embargo, retomó su curso un año después, con la victoria de Luis Arce. Entre ambos procesos existe una nítida continuidad porque tienen en común la presencia y preeminencia de lo nacional popular. En 1952, el nacionalismo revolucionario se convirtió en creencia colectiva y en proyecto estatal. Esa doble condición se recuperó entre 2006 y 2009 con la nacionalización de los hidrocarburos y la forja del Estado plurinacional; sin embargo, el pueblo como alianza de clases fue reemplazado por una voluntad colectiva nacional popular que tiene una impronta campesina indígena.

Sin embargo, el MAS no incluyó el proceso revolucionario del 52 en su reinterpretación histórica. Al contrario, apostó a la ruptura interpretativa y rechazó la continuidad de la “revolución nacional” en el “proceso de cambio”. Y lo puso de manifiesto en el Preámbulo de la Constitución Política del Estado donde no se menciona la gesta de abril que, entre otras cosas, creó las condiciones para la constitución del sujeto campesino indígena que ocupa el centro de la CPE. Nos borraron el mes de abril.

Los constituyentes del MAS consideraron que ese ciclo nacionalista revolucionario fue otra cara del colonialismo porque impulsó la homogeneización cultural, es decir, el nacionalismo fue concebido como una ideología negadora de las identidades indígenas. Era una mirada relativamente correcta pero reduccionista porque el nacionalismo del siglo pasado fue algo más que un dispositivo de dominación, fue una propuesta de soberanía porque eliminó el “superestado” minero como estructura de poder y fue una apelación democrática porque superó el reduccionismo clasista e inició el reconocimiento de la diversidad, ya desde el congreso indigenal de 1945 en el gobierno de Villarroel. Por eso, el nacionalismo revolucionario condensaba las contradicciones históricas en la antinomia nación/antinación y apelaba al pueblo como sujeto revolucionario opuesto a la oligarquía señorial. Es fácil advertir la vigencia de esos elementos discursivos en la actualidad y su utilidad para el gobierno del MAS con la finalidad de impulsar el “proceso de cambio”. Por eso, es preciso recuperar la memoria de abril porque, como dijo Calderón, no podemos construir comunidad (pluri) nacional sin continuidad histórica. 

Fernando Mayorga es sociólogo.

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¿Un nuevo mapa político?

/ 28 de marzo de 2021 / 01:54

Después de los sucesos de octubre y noviembre de 2019 —cuyo colofón fue el golpe de Estado— advertí sobre el riesgo de una crisis de representación política, sin embargo, considero que ahora estamos viviendo una mutación en las pautas de la representación política. Después de los comicios generales del año pasado —que resolvió la crisis política con la asistencia del 88% del electorado y una votación concentrada en 55% en el MAS— y después de las pasadas elecciones subnacionales se perciben señales que permiten afirmar que se está configurando un nuevo mapa político en el país. Destaco algunas pistas y adelanto que ese mapa puede analizarse a partir de distinguir la pugna entre un campo nacionalpopular y un campo oligárquico-conservador, esta pugna matiza y enriquece la mirada dualista que reducía la disputa política a la confrontación entre campo oficialista (masista) y campo opositor (antimasista).

Las relaciones tradicionales entre oficialismo y oposición se han reproducido en la distribución horizontal del poder con la presencia legislativa de Creemos y Comunidad Ciudadana que sustituyeron a Unidad Nacional y Demócratas, pero repiten una postura antimasista como principal rasgo identitario. En cambio, la distribución vertical del poder con la elección de gobiernos departamentales y municipales muestra un panorama más complejo con autoridades electas que, en la mayoría de los casos importantes, no se sitúa en el dualismo masismo/antimasismo; además, Comunidad Ciudadana no tiene presencia en ese ámbito y Creemos se restringe a Santa Cruz. Los resultados en las alcaldías de La Paz, Cochabamba, Santa Cruz de la Sierra y El Alto reproducen el panorama de 2015 aunque con novedades importantes puesto que Arias, Reyes Villa y Fernández optarán por asumir posturas centristas para asegurar el éxito de sus gestiones en una lógica de colaboración con el Gobierno central (en la que ganan todos). Por eso no asistieron a la reunión de los cívicos, porque esa acción no les da rédito. En suma, el campo opositor se ha diversificado y no presenta la cohesión de antaño.

La victoria de Eva Copa, disidente del MAS por errores en la conducción de ese partido, marca otro hito porque se trata de la emergencia de un liderazgo con capacidad de interpelar al oficialismo desde posturas distintas a la oposición tradicional y con legitimidad para discutir y disputar al MAS la orientación del “proceso de cambio”. Su contundente victoria y su presencia como alcaldesa expresa la emergencia de nuevos actores y amplían el campo nacional-popular que, también, se ha diversificado puesto que ya no está ocupado y representado de manera exclusiva por el MAS. Y esta postura de disidencia —más que de oposición convencional— puede fortalecerse puesto que está pendiente el balotaje en cuatro departamentos y sus resultados pueden confirmar esta apreciación porque, en tres casos, la disputa por la gobernación es entre candidatos del MAS y rivales que estuvieron en sus filas o tienen afinidad ideológica. En La Paz, Quispe de Jallalla; en Chuquisaca, Condori de CST; en Pando, Richter del MTS. Solo en Tarija compite un candidato de la oposición tradicional. Además, Jallala y MTS han vencido en algunos municipios —destaca el caso de Cobija— también con candidatos disidentes.

En suma, de una relación binaria entre bloque de oposición y bloque oficialista se transita a una relación más compleja entre campo oligárquico-conservador y campo nacional-popular. Tal vez esta nueva configuración política explique el decurso de esta coyuntura que empezó con tambores de guerra y mensajes de polarización y fueron mitigándose a pesar de los halcones que anidan en todos los bandos.

 Fernando Mayorga es sociólogo.

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La política en marzo

/ 28 de febrero de 2021 / 01:25

Las elecciones subnacionales son importantes por varios motivos. Es una afirmación banal pero adquiere otro cariz si se considera un aspecto que no es tomado en cuenta. Me refiero a la división vertical del poder, que define las relaciones entre gobierno central y gobiernos departamentales y municipales. Esta dimensión de la disputa política completa la distribución del poder en su dimensión horizontal que se refiere a las relaciones entre los órganos Ejecutivo y Legislativo.

Con los comicios generales del año pasado se inició una nueva fase en el sistema de partidos con la ratificación del MAS como fuerza predominante y una reconfiguración del campo opositor con la sustitución de Unidad Nacional y Demócratas por dos fuerzas de reciente creación: Comunidad Ciudadana y Creemos. Por eso el actual proceso electoral adquiere mayor importancia puesto que sus resultados terminarán de configurar el campo político. Ahora bien, las tres fuerzas con representación parlamentaria tuvieron problemas para desplegar una estrategia eficaz para consolidar o ampliar la votación que obtuvieron en octubre pasado.

Comunidad Ciudadana perdió la oportunidad de consolidarse institucionalmente y constituirse en una organización con presencia nacional. Optó por una estrategia de subordinación a las relaciones de fuerza locales en vez de consolidar su base de apoyo electoral con identidad propia. No pudo traducir el apoyo electoral que obtuvo el año pasado en capacidad para articular a las fuerzas opositoras y quedó marginado de la contienda en los distritos importantes, excepto en la capital cruceña aunque su candidato es casual. Así las cosas, las perspectivas de esta fuerza política se tornan inciertas. Creemos apostó a consolidar una base de apoyo regional con la candidatura de Camacho a la Gobernación cruceña con el objetivo de iniciar un proceso de proyección nacional que tiene como incentivo principal la candidatura de su líder en los próximos comicios presidenciales. Empero, el despliegue de ese plan es incierto puesto que esta organización no tiene presencia en ningún otro enclave político relevante. Además, enfrenta problemas en su bancada con el alejamiento de varios asambleístas denotando la debilidad institucional de una fuerza política que tiene que convertir su sigla en organización.

En el MAS surgieron problemas inéditos en la selección de candidaturas para las elecciones subnacionales como consecuencia del incumplimiento de las resoluciones de un ampliado que había definido que la elección de candidaturas debía seguir dos criterios: renovación —veto a quienes estuvieron en gestiones anteriores— y decisión de las asambleas de las organizaciones —sin incidencia de la dirigencia del partido. Sin embargo, Evo Morales intervino en el proceso en calidad de presidente del MAS, su único recurso de poder, pero como su liderazgo ya no es indiscutible —porque el MAS vive la rutinización del carisma de su líder— sus decisiones provocaron conflictos en varios distritos. El caso más relevante, sin duda, fue el rechazo a Eva Copa que es candidata en El Alto con otra sigla y cuya victoria marcará un momento de inflexión para el devenir del MAS. Aparte de ratificar un dato histórico: el MAS nunca superó la barrera del 50% en elecciones subnacionales; sin embargo, esta vez será como resultado de errores propios y fisuras internas. En estas circunstancias, será difícil comprender el inevitable discurso —y tono— victorioso que emitirán los voceros o jefes de estas fuerzas políticas en la noche del domingo electoral.

   Fernando Mayorga es sociólogo.

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Germán en la memoria

Choquehuanca era marca de orgullo y lucidez y nunca olvidaré su voz pausada, jovial y rotunda.

/ 13 de febrero de 2021 / 23:53

Recuerdo febrero de 2003. Ese “febrero negro” por la represión que segó la vida de más de 30 personas que protestaban contra un impuesto. El prolegómeno fue un motín policial que derivó en enfrentamientos entre policías y militares en la plaza Murillo. Entre las explicaciones sobre las causas acerca de lo acontecido en esos trágicos días recuerdo una que fue, en realidad, una premonición vertida, días antes, por Germán Choquehuanca, diputado por el Movimiento Indígena Pachakuti. Fue la primera vez que cautivó mi atención. A fines de enero había caído un impresionante trueno sobre la estatua de Pedro Domingo Murillo y el representante indígena advirtió: “Es una mala señal, van a ocurrir hechos terribles en la sede del poder”. Cuando leí la nota periodística esbocé una sonrisa condescendientemente racionalista pero cuando veía las imágenes televisivas en esos terribles días recordaba sus declaraciones. Tal vez por ese motivo usé la figura de “efecto mariposa” para destacar la importancia de la marcha de los estudiantes del colegio Ayacucho que, casualmente, cruzaron por el Palacio Quemado y, al verlo desguarnecido, destrozaron algunas ventanas provocando la escalada del conflicto entre policías y militares. Varios años después tuve la suerte de conocer a Germán Choquehuanca y conversamos sobre esos acontecimientos: “Hay que prestar atención a las señales que manda la Pachamama”, me dijo.

Estos días recordé mi encuentro con él, puesto que estuve pendiente de recoger una wiphala en forma de estandarte y porque su nombre —y tarea política e intelectual— está imbricado a la recuperación de la bandera indígena como símbolo de identidad, resistencia y propuesta.

Nos conocimos en un viaje a Atlanta, Estados Unidos, donde participamos en un encuentro de intelectuales, políticos y empresarios de los Andes con el expresidente Jimmy Carter. Una de esas típicas iniciativas para fortalecer la democracia y establecer puentes de diálogo. No obstante, ese evento adquirió otra connotación cuando Germán tomó la palabra: “Hablo en nombre de los indígenas de Abya Yala, del sur del continente, pero también represento a los sioux, cherokee, apaches, cheyennes que fueron sometidos por los colonialistas…” Con la mirada en el vacío, con la cabeza cubierta con un sombrero y una chalina enroscada en el cuello, Germán levantaba la voz y su reclamo retumbaba en el recinto. Por casualidad, yo estaba sentado al lado de Carter y pude ver las reacciones de sorpresa y admiración del expresidente. Varios celebramos su templanza y lucidez.

En otra ocasión nos reunimos en Perú, pero en esa oportunidad salió a relucir el racismo que impera en nuestras sociedades. El grupo convocado por el Centro Carter fue invitado a una cena en el Club Social de Lima, pero la etiqueta señalaba que el uso de corbata era obligatorio. Germán, camisa bordada y sin cuello, dijo que no asistiría bajo esas reglas porque implicaba negar su identidad cultural. Varios participantes nos sumamos a su rechazo. El anfitrión, un empresario liberal, realizó gestiones para que el club acepte una excepción y fuimos al evento, cada quien con su atuendo, y Germán, obviamente, con sombrero altivo. Empero, cuando llegamos al lugar, fuimos conducidos por la puerta de servicio. Ya en el salón, todas las miradas del personal se posaban en él porque un invitado había roto esa estúpida regla de baja aristocracia. La anécdota parece trivial pero no lo es; Germán era marca de orgullo y lucidez y nunca olvidaré su voz pausada, jovial y rotunda.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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