Voces

lunes 19 oct 2020 | Actualizado a 11:44

Lecciones y elecciones

/ 11 de octubre de 2020 / 06:57

El próximo domingo acudiremos a las urnas. Casi en la misma fecha que el año pasado. ¿Qué sucedió en el transcurso de 11 meses para que el panorama electoral sea análogo al de 2019, es decir, que el MAS sea favorito y que Comunidad Ciudadana aspire a una segunda vuelta? Sin Evo Morales en escena y con Carlos Mesa esperando, otra vez, el beneficio del voto ajeno o la declinación de algunas candidaturas. Esto denota que el MAS no perdió su fortaleza política y que sus rivales no forjaron una coalición alternativa.

La caída de Evo Morales mediante un golpe de Estado fue una victoria imprevista para los opositores al MAS que actuaron por única vez de manera cohesionada. Esa coalición puso a Áñez en la presidencia y dispuso de condiciones favorables —represión policial y militar de por medio y cierto estupor en los sectores populares— para impulsar un proyecto de restauración oligárquico señorial con el objetivo de desmantelar el modelo estado-céntrico forjado por el MAS con la nacionalización y la nueva CPE. Sin embargo, los personajes que tomaron el poder no entendieron el alcance de su victoria. La furia contra la wiphala fue la señal de que el rencor era más fuerte que la ideología y ese encono marcó la impronta de un gobierno sustentado en la violencia estatal (Senkata y Huayllani) y un desapego absoluto por el Estado de derecho. Y todo en nombre de la “libertad” y la democracia, nunca tan vilipendiada con acciones autoritarias y una retórica altisonante de tinte ultra conservador rociada con agua bendita. 

La euforia por esa victoria imprevista se transformó en triunfalismo y esa coalición de noviembre se desagregó en varias candidaturas, incluyendo a la autoproclamada Presidenta y al dirigente cívico que orquestó la conspiración. Pensaron que la disputa electoral sería un juego reservado para ellos bajo el supuesto de que el MAS estaba derrotado. Nunca entendieron ese fenómeno sociopolítico que irrumpió victoriosamente en diciembre de 2005 y disfrazaron su desprecio por lo nacional-popular con un racismo rancio y decimonónico asentado en una curiosa antinomia: “ciudadanos” versus “salvajes”. Esa era, y es, la visión de “modernidad” de las élites políticas y económicas que retornaron a los meandros del poder después de una década y media.

Esa visión del mundo les hizo creer que el MAS era un mero reflejo de su “caudillo” y no un “instrumento político” de las organizaciones campesinas indígenas y otros sectores populares. Ese rasgo constitutivo salió a relucir prontamente. El MAS mostró la primera señal de recuperación a principios de diciembre con la realización de un ampliado en Cochabamba. No había transcurrido ni un mes después del golpe de Estado y el Pacto de Unidad tuvo la capacidad de reagruparse demostrando su consistencia organizativa, aquella que se expresa, estos días, en capacidad de movilización proselitista. Esa base social se sentía representada por Evo Morales pero no dependía de su liderazgo y por eso reitera su voto leal a Luis Arce. Así, el MAS convoca el apoyo del votante medio de las ciudades que se siente agobiado por la crisis económica, mientras sus rivales se disputan el voto antimasista con consignas vacuas y anacrónicas —“evitar el retorno de la dictadura” (sic)—. En estas circunstancias, la disputa política se encamina a las urnas para la forja de un gobierno legítimo después de un oscuro paréntesis en nuestra historia democrática.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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La representación política en crisis

/ 13 de septiembre de 2020 / 05:46

Rumbo al 18 de octubre, la democracia enfrenta una crisis de representación política. Existen varias señales que confirman esa aseveración. Entre ellas se destaca el accionar de las fuerzas políticas que compiten contra el MAS porque reiteran el comportamiento que asumieron en el pasado como parte de un campo opositor fragmentado y con disputas internas. En el transcurso de las tres gestiones de Evo Morales, las fuerzas de oposición no articularon una coalición estable y, en la actualidad, ese formato se repite porque las fuerzas contrarias al MAS disputan una franja del electorado con una batalla discursiva sobre quién “frenó” al MAS. Un eufemismo que disfraza su accionar conjunto en la conspiración que derrocó a Evo Morales y pone en evidencia que se trató de una coalición circunstancial.

Por eso, un par de meses después del golpe de Estado, esa seudo-coalición parió varias candidaturas reiterando aquella tendencia centrífuga que, estos días y según las encuestas, se expresa en tres candidaturas que vencen en tres departamentos —uno por cabeza— mientras que su rival obtiene el primer lugar en los seis restantes.  Es decir, la política opositora al MAS no se tradujo en la forja de partidos fuertes y lo táctico prevaleció sobre su mirada estratégica.

Por lo  pronto, y no se vislumbran sorpresas, Luis Arce es el candidato favorito; sin embargo, el MAS tiene el desafío de mantener o ampliar la votación que obtuvo en octubre de 2019. Es decir, casi la mitad del electorado. Mientras no se resuelva esta incógnita se puede afirmar que otra señal de la crisis de representación política tiene que ver con el MAS. Su grave derrota política en noviembre del año pasado marcó el fin de un ciclo signado por una capacidad hegemónica —entre 2009 y 2019— manifiesta en el control del Órgano Legislativo con mayoría calificada como expresión de un sistema de partido predominante. Al margen del fin de ciclo, en octubre se conocerán los efectos de esa derrota en el MAS, si tuvo carácter episódico o fue indicio de una hendidura histórica.

Ahora bien, esa derrota también mostró los límites del liderazgo de Evo Morales, cuya ausencia ha provocado una serie de incongruencias en el modelo decisional del MAS, entre su líder, la estructura partidista y las organizaciones que conforman su base popular. Estas disonancias se manifestaron en la elección del binomio presidencial, en las divergencias iniciales en la bancada legislativa y, más nítidamente, en los bloqueos de agosto que demostraron la inexistencia de una línea estratégica común. La radicalización de la protesta —transitó de la demanda por comicios el 6 de septiembre a la renuncia de Áñez—, el pedido tardío de Evo Morales para que se acepte el 18 de octubre como fecha de elecciones y las críticas de varios dirigentes sindicales a esa propuesta —finalmente aprobada por la bancada del MAS y aceptada a regañadientes por los movilizados— expresa esa ausencia de estrategia y pone en evidencia las dificultades del proceso decisional en sus filas. 

El MAS es la única fuerza política con amplia presencia en el territorio nacional y con arraigo en la sociedad, sobre todo en los sectores populares, merced a su peculiar armazón organizativa que radica en las entidades sindicales y las comunidades. Si no resuelve las incongruencias en su modelo decisional, el MAS puede ver mermada su convocatoria electoral y, si eso acontece, se habrá debilitado la pieza más sólida del sistema de partidos; sin duda, una mala noticia para la democracia. 

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Crisis de representación política

/ 30 de agosto de 2020 / 00:39

El proceso político se encamina a las elecciones del 18 de octubre aunque hay posturas contrarias, como las del Comité Cívico cruceño que plantea que la fecha debe ser “abierta”. Este criterio disfraza una estrategia dirigida a forzar una nueva convocatoria que incluye el objetivo de proscribir al MAS. A ese plan se suman el Gobierno, Luis F. Camacho y Jorge Quiroga. La crisis sanitaria es el argumento para postergar indefinidamente las elecciones pero el motivo es que Luis Arce, candidato del MAS, es primero en las encuestas.

La bancada del MAS aprobó la ley que garantiza el 18 de octubre, aunque esa decisión fue cuestionada por las organizaciones que realizaron bloqueos exigiendo que el TSE respete el 6 de septiembre. Las protestas de agosto provocaron un menoscabo en la imagen del MAS y sacaron a relucir desavenencias en sus filas; sin embargo, el accionar en las calles y en el ámbito institucional logró consolidar la fecha de elecciones e inhibir los riesgos de prorroguismo. Otro actor relevante, Carlos Mesa, apoyó la postergación a octubre con el mismo entusiasmo que había apoyado la fecha de septiembre. ¿Qué denotan estas posturas, más allá de los cálculos electorales?

A mi juicio, denotan una crisis de representación política que tendrá una prueba de fuego en los comicios. Esta crisis tiene múltiples manifestaciones. La principal es la desarticulación de la coalición “antimasista” que logró una rotunda victoria política en noviembre pero fue dilapidada en un semestre. Aquello que parecía un “proyecto de restauración oligárquico señorial” se redujo a un plan de desfalco del Estado con una lamentable gestión de la crisis sanitaria que se destaca por la ineficiencia y la corrupción, así como por la aplicación de acciones represivas.

Esa coalición fue episódica, motivada por la existencia de un “enemigo común” aderezada con una retórica por la libertad que disfrazó un complot afincado en la consigna de “fraude monumental”. Se suponía que esa victoria política iba a traducirse en un proyecto político/estatal, empero se redujo a la emisión de un relato superfluo asentado en una identidad —pitita — carente de sujeto y propuesta. Y el tiro de gracia fue el anuncio de la candidatura de Áñez, demostrando el interés de los grupos de poder de Santa Cruz para disputar un proceso electoral dominado por candidatos paceños que no gozan de su simpatía.

En torno a Áñez se armó un frente entre Demócratas (4% en los comicios de 2019), Sol.bo (circunscrita a La Paz), UNIR (limitada a Tarija) y Unidad Nacional, que no participó en las elecciones pasadas. Otros candidatos que fueron actores del golpe de Estado, como Camacho y Quiroga, provocan mayor dispersión en el electorado “antimasista”, es el caso del exdirigente cívico que tiene bastante apoyo en Santa Cruz. El otro es irrelevante. En ambas fuerzas no existe estructura organizativa, algo que acontece también en Comunidad Ciudadana, que se mantiene en una postura “anti partido” que le impide establecer alianzas y, a diferencia de sus rivales, carece de recursos de poder institucionales (alcaldías, gobernaciones) y sociales (sindicatos, organizaciones sociales).

Este es el panorama de aquella potente coalición que derrocó a Evo Morales pero no pudo vencer al MAS en las urnas. Sigue siendo un campo disperso y fragmentado, cuya razón de vivir es oponerse a Evo Morales. El MAS,  por su parte, vive sus propias contradicciones internas que agudizan la crisis de representación en general y, por ahora, no encuentra un modelo decisional para enfrentar  sus desafíos coyunturales y estratégicos. Pero es tema de otra columna.

Fernando Mayorga es sociólogo.

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Julio en agosto

/ 1 de agosto de 2020 / 04:15

De vez en cuando, Julio Cortázar se me viene a la memoria. Casi nunca en julio, por razones obvias, por culpa de ese tipo de las iglesias; y algunas veces, como esta noche, la nostalgia por el Gran Cronopio me visita en agosto, quizás porque es el mes de su cumpleaños.  Y nació de casualidad en Bruselas, en 1914, justo el día en que el ejército alemán ocupó Bélgica en los albores de la Primera Guerra Mundial, motivo por el cual definió su nacimiento como algo “sumamente bélico” que “dio como resultado a uno de los hombres más pacifistas que hay en este planeta”.

Y era cierto, porque era un grandulón que no envejecía y fue tan apacible como es su tumba en el cementerio de París, una tumba de mármol brillante como nieve matutina y adornada con una sutil escultura de madera sin forma definida puesto que quiere representar a un cronopio, aquel ser tímido y lúdico creado por Cortázar y que es capaz de provocar que una mano anónima escriba en una pared de Cochabamba: “soy un ladrillito cantante que escribe en el caparazón de una tortuga”. Julio evoca gratos recuerdos que me empujan a salir a recorrer las calles para buscar los “ochenta mundos que dan vueltas alrededor del día” y que él sabía descubrir (escribir) como si nada (nadie) y, luego, plasmarlos en cuentos y poemas (moepas).

Cuando vivía en México, al inicio de los años 80, tuve el atrevimiento juvenil de mandarle una carta a propósito de su cuento Carta a una señorita en París y le dije diciendo que era posible contar esa historia de otra manera, sin dejar de vomitar conejitos. Sabiendo que él adoraba los mensajes de náufrago que son lanzados al mar dentro de una botella, no tuve esperanzas de respuesta. Muchos años después, el Cronopio Mayor contó que cada día recibía cientos de cartas y no tenía tiempo para leerlas, menos responderlas. Quizás actuaba como uno de sus añorados personajes, tal vez aquella tía que recibía postales y fotografías de sus sobrinos queridos y las clavaba en la pared con un alfiler entre ceja y ceja. Pero no creo que Julio haya tenido una cajita de alfileres porque eso es para gente muy organizada, son manías de famas y esperanzas, no es digno de cronopios.

Redacté esa carta después de escuchar su lectura de Queremos tanto a Glenda en el auditorio Che Guevara en la UNAM. Por eso me animé a escribirle, porque sabía que era un fanático de la lectura desde su infancia y que los maestros de escuela le pidieron a su madre —infructuosamente— que le prohibiera sumergirse en los libros durante un par de meses. A los nueve años también escribió su primera novela, aunque de ella solo se acordaba que, al final, los personajes se iban muriendo, quizás de pena. Porque él, desde niño, era un tipo sentimental.

Para suerte nuestra, de tanto en tanto, aparecen nuevos escritos de Julio Cortázar que nos deslumbran y nos alumbran. Cuentos, ensayos, cartas, reseñas. Y ni qué decir cuando se descubre una nueva foto con su gato T.W. Adorno entre los brazos. Recuerdo muchos relatos breves que me dejaron estupefacto y alimentaron mi capacidad de asombro. Entre ellos resalta este breve texto titulado Manera sencillísima de destruir una ciudad, cuya sutileza sigue sorprendiendo: “Se espera, escondido en el pasto, a que una gran nube de la especie cúmulo se sitúe sobre la ciudad aborrecida. Se dispara entonces la flecha petrificadora, la nube se convierte en mármol y el resto no merece comentario”.

Fernando Mayorga es sociólogo

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Democracia y sus avatares en la pandemia

El acuerdo suscrito en el TSE fue importante porque se trató del primer acuerdo político en este periodo

/ 21 de junio de 2020 / 07:44

Hace varias semanas destacamos que la aprobación y promulgación de la Ley de Postergación de las Elecciones Generales a fines de abril fue la primera señal de rearticulación del MAS. A partir de entonces, esta organización política actuó de manera cohesionada en torno a la consigna de “Elecciones, ya” pero, luego, mostró cierta flexibilidad puesto que la fecha inicialmente propuesta para los comicios —2 de agosto— fue sustituida por el 3 de septiembre. Esa postura fue precedida de un mensaje de Evo Morales quien señaló que la primera semana de agosto no era inamovible. Después de mucho tiempo, el líder del MAS recuperó un estilo de acción política que le dio réditos electorales a su partido, me refiero a la adopción de una postura moderada, es decir, “avanzar hacia el centro”.

Esta decisión fue la segunda iniciativa política del MAS en este periodo y, de nueva cuenta, obligó a sus rivales a que reformularan sus estrategias. De esta manera, los partidos políticos tuvieron que asumir una posición al respecto y el resultado fue un acuerdo entre los actores estratégicos del proceso electoral: MAS, Comunidad Ciudadana y Juntos. Ellos aceptaron la propuesta del Tribunal Supremo Electoral que cumplía su plan inicial de considerar un rango para la realización de los comicios entre la primera semana de junio y septiembre, una vez que la pandemia obligó a postergar las elecciones. Ese acuerdo suscrito en el TSE fue importante porque se trató del primer acuerdo político en este periodo, así sea sobre procedimientos y calendario, y porque el TSE recuperó credibilidad institucional.

En ese contexto resultó sorprendente el comportamiento del oficialismo que retrocedió en su decisión y optó por poner trabas a la promulgación de la ley que define la realización de los comicios en el primer domingo de septiembre. La Presidenta interina hizo conocer esa decisión mediante una carta que anuncia su rechazo a la promulgación de la ley pero se sustenta en un criterio falaz, puesto que le pide a la Asamblea Legislativa Plurinacional que señale cuál es el informe epidemiológico que respalda la convocatoria para esa fecha.

La falacia es obvia puesto que ese informe, y todos los aspectos relativos a la crisis sanitaria, es responsabilidad del Órgano Ejecutivo. De manera más prosaica, días después Jeanine Áñez declaró que “postergar (las elecciones) un mes o dos meses no le va a ser daño a nadie”; sin embargo, también afirmó que iba a “acatar todo lo que establezca el Tribunal Electoral, porque también nosotros queremos elecciones”. Una ambigüedad aparente puesto que varias acciones del Gobierno están dirigidas a evitar que las elecciones se lleven a cabo a principios de septiembre, no obstante se trata de un actor político cuyo debilitamiento es evidente y tiene enfrente una cada vez más amplia coalición circunstancial de actores políticos —Comunidad Ciudadana y el MAS por delante— y sociales —el pronunciamiento de la Central Obrera Boliviana (COB) emitido el jueves pasado, como ejemplo— que impedirá que se cumpla su plan de postergar, otra vez, las elecciones.

La respuesta de Eva Copa, mediante una punzante carta de rechazo a las observaciones de la Presidenta interina, es otra señal de que el tiempo empieza a jugar en contra del oficialismo. En noviembre del año pasado, los rivales del MAS lograron una impensada victoria política; sin embargo, la dilapidaron en seis meses y hoy actúan, como antes, de manera dispersa y contradictoria. Es posible que se explique esa conducta por la ausencia de proyecto político, algo que sabremos cuando se reanude la campaña electoral y la política de respuestas a la crisis multidimensional desatada por la pandemia.

Fernando Mayorga
es sociólogo.

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Política, cuarentena y después

El Gobierno se encuentra en una fase crítica que pone en riesgo su estrategia electoral centrada en la figura presidencial

/ 24 de mayo de 2020 / 07:29

La disyuntiva entre “salud” o “elecciones” es falsa. No lo era en marzo y abril cuando la incertidumbre dominaba el mundo y sus alrededores. Por eso se impuso una cuarentena obligatoria, compulsiva y homogénea en el territorio nacional, y el calendario electoral quedó en suspenso; como consecuencia lógica se postergaron los comicios previstos para mayo. Ante esa situación, el TSE presentó una propuesta que indicaba que las elecciones podían realizarse entre las primeras semanas de junio y septiembre. La postergación tenía que ser aprobada, mediante ley, por la Asamblea Legislativa Plurinacional antes del 3 de mayo.

A fines de abril, la gestión de la crisis sanitaria por parte del gobierno de Áñez seguía una política lineal apoyada en la cuarentena como método único. Sin embargo, varias denuncias por corrupción, ineficiencia y nepotismo debilitaron al Gobierno, y menguaron la imagen de la Presidenta interina que había obtenido buenas cifras de aprobación en las primeras semanas de cuarentena. El miedo a la propagación de la pandemia en los sectores populares ha empezado a ser desplazado por el hambre y la necesidad de trabajo e ingresos económicos. Los reclamos se han transformado en protestas esporádicas. Y los cuestionamientos a la falta de legitimidad de origen del Gobierno se han enlazado con las críticas a su ineficiencia en la gestión de la crisis sanitaria; incapacidad sintetizada en otra remoción del ministro de Salud, esta vez en medio del escándalo de corrupción por el caso de los respiradores. El Gobierno se encuentra en una fase crítica que pone en riesgo su estrategia electoral centrada en la figura presidencial.

Ahora bien, el debilitamiento del Gobierno se produjo en un contexto político redefinido a partir de una acción del MAS que, en apego a la norma constitucional, aprobó la postergación de las elecciones definiendo un plazo de 90 días para la realización de los comicios. Es decir, la política había retornado al centro de la escena. El 3 de abril, el MAS actuó de manera cohesionada para aprobar la Ley de Postergación de las Elecciones Generales 2020. Determinación que fue acompañada con un “petardazo” en varias ciudades bajo la consigna “Elecciones ya”.

No resulta banal la reacción de la bancada del MAS a las observaciones hechas a la ley por parte de la Presidenta interina apenas 10 minutos después de su aprobación, puesto que, de manera inmediata, se reinstaló la sesión congresal para rechazar dichas observaciones, y la ley fue promulgada por la presidenta del Senado, denotando una inédita disciplina partidaria en esta coyuntura.

La aprobación y promulgación de esa ley fue la primera iniciativa política del MAS desde la implantación de la cuarentena. Con esa acción modificó el escenario político, y sus rivales empezaron a reformular sus estrategias, hasta entonces subordinadas a las iniciativas del Gobierno. El oficialismo planteó una demanda de inconstitucionalidad de la ley para frenar su aplicación. Carlos Mesa pidió una “cumbre nacional”. Y Luis Fernando Camacho declaró que cada noche saldría a rezar en una rotonda.

Las fichas empezaron a moverse, más aún después de que el TSE señaló que ajustaría el calendario electoral a la ley. Sin duda, los siguientes días serán decisivos para el decurso del proceso político, puesto que es improbable que otra vez se posterguen los comicios, y porque las fuerzas contendientes ajustarán sus estrategias electorales a los efectos del severo debilitamiento de la candidatura oficialista. La política ya no está en cuarentena.

Fernando Mayorga, sociólogo.

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