Voces

sábado 18 sep 2021 | Actualizado a 00:17

La ciudad desde la cultura II

/ 16 de julio de 2021 / 02:10

Ahora bien, y siguiendo la anterior entrega, ¿cómo planificar el futuro de La Paz? El abigarramiento que es la marca de nuestra obra cultural por excelencia, la pluralidad de sentidos sociales que coexisten en el territorio, se enfrentan ahora a una revolución estructural que hace décadas modela y pervierte rizomáticamente nuestro panorama cultural: la revolución tecnológica. Esta transformación nos está llevando a estadios socioculturales, simbólicos y míticos, nunca antes experimentados. La llamada cibercultura de este nuevo tiempo es una mezcla de invenciones técnicas (dispositivos y metalenguajes) que están configurando un futuro impredecible, aleatorio, que se impone generando, en habitantes urbanos y rulares, inéditos comportamientos sociales y culturales. Aquí, en esta Bolivia, que es el reservorio indígena de América, se está gestando una mezcla entre la pluriculturalidad mas extrema de la región con la creciente cibercultura global; ergo: estamos en un menjunje que no llegamos a comprender ni analizar.

Caben muchas preguntas: ¿Cómo afecta la ecuación pluriculturalidad/cibercultura a nuestras ciudades? ¿En ese sentido, qué planes urbano territoriales (de espacios físicos y espacios virtuales) nos devolverán el equilibrio hombre/naturaleza?

Para ejemplificar los síntomas de este menjunje cultural veamos el fenómeno de los cholets. Esa arquitectura, que dizque “nace de nuestras entrañas andinas” es resultado de las trampas de la cibercultura y del despelote cultural de nuestros grupos urbanos marginales. Ese estilo arquitectónico no tendría éxito sin las plataformas y RRSS que promueven la ideología del vivir en la red sobre los tiernos alegatos del vivir bien. ¿Cómo planificar la ciudad para las próximas generaciones que viven en espacios virtuales y bajo una superestructura ideológica-virtual? ¿Acaso crees que la juventud ve al pachamamismo con la pasión con la que escucha un grupo de k-pop, esos andróginos coreanos que enloquecen a nuestros aymaras urbanos? Ahora manda Tim Berners- Lee y no Antonio Gramsci, y menos Mao.

La ecuación pluriculturalidad/cibercultura es un enorme desafío para una sociedad que aún no supera pensamientos y acciones ancestrales- coloniales, como el ejercicio banal y extemporáneo de la política criolla. Con el gremio profesional (los que diseñan planes) y la clase política (los que deben implementarlos) actuales, no podremos concebir ni ejecutar un desarrollo urbano territorial acorde al nuevo milenio. Precisamos de un cambio de mentalidad de la clase dirigente y de la sociedad en general, un desafío de décadas para la educación en Bolivia.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Hacia otra ideología de lo urbano

/ 10 de septiembre de 2021 / 01:45

La Paz es la ciudad que soporta hace un siglo el ejercicio nacional de la política criolla. Nuestra condición de sede nos ha obligado a una relación tóxica con la clase política que día a día merma nuestra calidad de vida. Con esa condición urbana cualquier gestión municipal debe pensar sus acciones con otra mentalidad. Para ello, el gobierno municipal debe reconfigurar y promocionar una categoría ideológica que las prácticas políticas han desplazado: el sentido colectivo de la paceñidad. Aquí la civitas romana fue superada y la praxis política, con el objetivo de tomar el poder, ejercita la pugna políticopartidaria peleando todos los días el destino de una nación que no encuentra estabilidad y paz social hace 200 años.

La paceñidad no es una entelequia amorfa sin sentido social. Todo lo contrario. Es la genética base por la cual cada ciudadano y ciudadana se identifica con su contexto físico y social. Vivimos una realidad urbana en un soberbio entorno natural, rodeado de montañas con la presencia excepcional de nuestro Illimani. Esa es nuestra marca tangible y es más profunda que cualquier manifiesto político. Ser un habitante de la montaña es un atributo de identidad único en el planeta (solo se asemeja la ciudad de Lassa), ser de la montaña es una afiliación superior a pertenecer a cualquier partido político. Y construir en semejante territorio fue una hazaña cultural extraordinaria plagada de riesgos y logros; por todo ello, cualquier paisaje urbano de esta ciudad nos otorga un sentido de pertenencia único e indivisible.

No existe ideología política que supere esta ideología de la pertenencia. Porque el sentido social que emana de la ecuación natural-cultural se ha formado en siglos y ha modelado este paisaje cultural por encima de los alegatos políticos de cada periodo histórico. Tanto Castells como Lefevre o Harvey (reconocidos estudiosos marxistas de la ciudad) no son suficientes para entender nuestra dimensión cultural urbana; y el manoseo de esas ideologías ha deformado la praxis política que no siente el espíritu de la paceñidad y no percibe nuestro ajayu cultural y milenario.

Las gestiones municipales deben reconstruir y promocionar nuestro sentido de pertenencia para cohesionar esta sociedad urbana dividida por los intereses mezquinos de la clase política. Y con ello, hacer gestión de temas cruciales y contemporáneos como el pluri- culturalismo o la sostenibilidad ambiental. Urge promover la paceñidad como un instrumento idóneo para ideologizar lo urbano, revolucionando el actual valor de cambio hacia un valor de uso mucho más humano.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Paradojas del arte

/ 27 de agosto de 2021 / 02:14

La Asamblea Legislativa Plurinacional decidió premiar a una joven artista alteña, Rosemary Mamani, y negarle esa distinción al consagrado creador paceño Roberto Valcárcel. Llevados por consignas entraron en paradojas (que explicaré en el lenguaje más sencillo posible) propias del arte, el espacio ecuménico de los contrasentidos.

Rosemary (le expreso mis respetos) es cultora de un estilo llamado hiperrealismo. Sobre la base de fotografías desarrolla una técnica depurada y minuciosa para copiar fielmente la realidad en cualquier medio; es decir, la artista busca una fidelidad híper acentuada del mundo circundante. Para ello, toma la foto de un humilde rostro arrugado y lo detalla magistralmente. Esa escuela preciosista (llamada también realismo) es muy querida por cientos de artistas bolivianos que sostienen, equivocadamente, que es arte boliviano porque retrata el lamento y la pobreza; y, por ende, es de protesta y revolucionario.

Por su lado, Roberto fue un cultor del arte de la transgresión y la inconformidad en múltiples soportes: pintura, dibujo, fotografía, arquitectura, performance, instalaciones, arte conceptual, y dibujo realista. Fue el más importante pedagogo del arte contemporáneo y promotor de varias generaciones de nuevos artistas; es decir, una carrera que apabulla a la de la novel artista. Pero, el currículo de cada artista no es tema de esta nota, y a ambos les reconozco sus méritos y talento.

Entonces, ¿cuál es la paradoja artística en el reconocimiento de la Asamblea Legislativa? El realismo es consecuencia de la obsesión occidental por copiar el mundo exterior. Siglos de perfección técnica hasta la invención de la fotografía. Por nuestra parte, las culturas del sur hicimos, mayoritariamente, lo opuesto: concebimos arte de la abstracción, “geometrizamos” la realidad como se aprecia en el arte prehispánico o el arte tribal africano. Para agrandar aún más esta paradoja comentaré que Picasso, después de una visita a una exposición de arte africano a principios del siglo XX, “creó” el cubismo copiando esas máscaras africanas en un célebre cuadro. A partir de ahí (descontando las excepciones del este), occidente volvió a cultivar el arte de la abstracción.

La Asamblea Legislativa premió un arte realista (diría con malicia: complaciente y occidentalizado) y negó la distinción a un creador transgresor. Si las parlamentarias indígenas vieran sus tejidos comprenderían que ellas visten abstracción y no realismo socialista, ni otras pajas del mal entendido estético de la clase política. Por ello, siempre es bueno recordar el parecido entre el arte nazi y el arte chino de la Revolución Cultural: son la misma bazofia realista.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Los símbolos

/ 13 de agosto de 2021 / 01:18

En esta ciudad, el ring político nacional, se ha instalado una simbólica que, en consonancia con ideologías de cada creencia política, dejó de ser inofensiva y se inflama con extrema intensidad. Está a un pelín de ser una simbólica del odio, una representación alegórica del desprecio al otro. Es una estrategia, oculta y perversa, que nos dirige a un conflicto fratricida. En pocos años esta aberrante acumulación simbólica ha logrado insertar en la sociedad, urbana y rural, una manera de ver a los símbolos cargados de narrativas opuestas y enfrentadas. Es un camino retorcido que, históricamente, sangró a pueblos so pretexto de un gran porvenir. Menuda idiotez política.

Personalmente no considero al tema de la nariz de Colón, los murales de los nuevos hemiciclos, la wiphala, la tricolor, la chakana, la cruz latina, la esvástica, los ponchos rojos, o las pititas, como simples alegorías, o inocentes simbólicas acumuladas en el imaginario colectivo. Esos símbolos dejaron de ser ingenuos; las estatuas conmemorativas o las demostraciones políticas (que reclamaban reivindicaciones sociales) pasaron el límite de lo razonable y dejaron de ser una acumulación cultural, un simple constructo social. Ahora, la simbología se ha hinchado como un frágil globo de violencia contenida. Y ese delicado globo se acerca al colapso sin retorno empujado por los intereses partidistas y por los medios de comunicación (sobre todo la televisión que no comprende todavía su grado de responsabilidad en el embrutecimiento colectivo y en el cultivo irracional de la violencia); intereses que confluyen siempre en lo monetario.

La responsabilidad histórica de esta inflación de la violencia simbólica la tiene la clase política; un estamento convencido de la frase de Carl von Clausewitz: la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios, o por la idea marxista de una lucha de clases “con sangre” como el motor de la historia.

Si la clase política, de izquierda o derecha, colla o camba, estuviera obligada a mandar al frente a sus propios hijos con dinamitas en el cuerpo, te aseguro que buscarían otro camino para saldar sus diferencias y otra sería la historia. Si la balcanización de los símbolos se consolida (como en muchos países) estaremos ante un futuro espantoso. Lo que no pudo terminar el COVID o el cambio climático lo terminaremos nosotros porque el curso de la historia todavía lo define una especie sanguinaria. Yo sigo siendo optimista: es posible otra historia, otro paradigma para la “reconfiguración de la bolivianidad” en este nuevo milenio. Otro paradigma donde el rector simbólico sea la naturaleza como un conjunto armónico y totalizador.

Carlos Villagómez es arquitecto

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Espacio público

/ 30 de julio de 2021 / 01:17

El 16 de julio se inauguraron dos importantes espacios públicos en nuestra ciudad. Por un lado, el Gobierno inauguró el Parque de las Culturas en la Estación Central, y por otro, el gobierno municipal presentó la plaza Tejada Sorzano en Miraflores (cada cual por su lado, como perro y gato). A raíz de ello, el público expresó pros y contras en las redes sociales (el Feisbuk se llenó de mensajes obvios y majaderos) y los especialistas también comentaron sobre el tema.

En el argot urbanístico estas plazas —con o sin equipamientos contiguos— se denominan espacios públicos, que son los lugares de encuentro ciudadano. El espacio público es un tema que cobra relevancia al influjo de personalidades internacionales (como Jan Gehl o Jaime Lerner) que trabajan en esas áreas como una salida al inextricable problema urbano. No puedo evitar pensar que es una salida de destripador urbano: ya que no puedo cargar con todo, lo cortaré en pedazos.

El espacio urbano es motivo de estudios, proyectos y análisis en todos los centros urbanos del planeta. Se volvió el tema mimado por excelencia. Pero, a mi entender, pocos estudian y evalúan lo más importante del asunto que es la práctica social que se da en esos lugares. Lo fundamental no es el diseño o la funcionalidad planificada, sino el uso cotidiano de esas áreas urbanas y que debe ser promovido con absoluta libertad de ocupación. El destino final de todo proyecto urbano es el uso y usufructo que la población defina y realice en la vida útil de esos espacios públicos; como en el último clásico de fútbol que llenó la plaza de hinchas. Pero, vanitas vanitatis, el profesional se regodea en las estadísticas sociales o en la “genialidad” de su diseño. Por ello, pienso que el debate entre especialistas, para ensalzar o denigrar obras en el espacio público, es nomás muestra de una soberbia académica de un grupo profesional que no pudo resolver, en décadas, el problema urbano.

Por otro lado, la práctica social nos remite a temas culturales. ¿Cuál es nuestra manera de ocupar y vivir la ciudad? ¿Es la de los nórdicos como Jan Gehl o de cariocas como Lerner? ¿Debemos seguir el orden urbano occidental? La Paz es una ciudad pluricultural y de intensa movilidad social en términos de la apropiación de su territorio. Es una urbe que, poco a poco, es tomada por una clase urbana, andina y popular, con un peculiar mestizaje, que trae prácticas culturales que horrorizan a grupos civiles y académicos que luchan contra corriente en un mundo que anuncia el reino de la distopía urbana en todas sus latitudes. Ahora, pintorescas chusmas toman los espacios públicos aquí y también en el Capitolio del imperio.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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La ciudad desde la cultura

/ 2 de julio de 2021 / 01:54

La ciudad es la obra cultural más importante de la humanidad; en ella se condensan los múltiples acuerdos y desacuerdos del ingenio humano. En Bolivia más del 75% de la población vive ahora en ciudades y con proyecciones que ensombrecen la relación campo-ciudad y el equilibrio medioambiental. Sin embargo, y paradójicamente, en esa concentración creciente florecen expresiones culturales de todo tipo fusionando influencias del campo con las del planeta. Así construimos un tejido cultural que evoluciona según las pulsiones sociales y el signo de los tiempos.

Si consideramos cultura en su sentido amplio (sin segregar alta y baja cultura del siglo pasado), todo es cultura en esta ciudad: desde la vendedora en las calles hasta el show político en la tele y los memes, desde la música de las Flaviadas hasta el imponente Gran Poder, desde el cholet del norte hasta el edificio wannabe Dubai de la zona Sur, incluso tu forma de vestir y expresarte. Las paceñas y los paceños, nativos o migrantes, indios o k’aras, hemos construido en más de cinco siglos este tejido cultural con una movilidad social intensa y enrevesada como pocas. Resultado: una ciudad bizarra.

Contra la opinión generalizada del gremio urbanístico pienso que, en ciudades como la nuestra, el factor cultural es más importante que el económico o el físico. Material y económicamente nuestros logros son pueblerinos, pero, culturalmente hablando, tenemos un laboratorio de expresiones colectivas extravagantes en un maremágnum exacerbado. Según la escolástica urbanística eso está mal; pero, ¿por qué no aprovechar esos “atributos” para formular planes apropiados para nuestro desarrollo urbano? ¿Por qué no superar el espíritu dependiente del urbanismo local que copia modelos de Chicago o del suizo Le Corbusier? ¿Por qué no pensar en un desarrollo urbano adecuado con, por ejemplo, industrias culturales y creativas? (Sobre el tema analizaremos en otra entrega las nuevas ideas de personas e instituciones).

El urbanismo actual se basa en datos, supuestamente fiables, para proyectar una planificación “seria y sesuda”. Para desconfiar de la planificación que no considera la dimensión cultural va un dato histórico. La Paz contrató en 1978 a consultoras francesas para el “Plan de desarrollo urbano integral”. Costó un dineral. Y lo que planificaron los urbanistas franceses no sirvió ni para el día siguiente. Solo queda el estudio geotécnico que nos recuerda siempre que 70% del suelo no sirve para construir. A pesar de ello, en suelos altamente inestables, construimos tozudamente nuestra más grande obra cultural.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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