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martes 30 nov 2021 | Actualizado a 01:10

Neoliberalismo vs. neopopulismo

/ 20 de octubre de 2021 / 02:24

En las recientes elecciones en Perú y actualmente en la pelea electoral de Chile, el debate se ha centrado en las propuestas económicas y han tendido a reducir la discusión en la elección de mercados o populismo, en el caso del Perú, o en el peligro de la bifurcación, en el caso de Chile, si gana Boric, candidato de izquierda, puesto que según algunos economistas “el país arriesga a moverse en la dirección de los peores ejemplos de la región, incluso Venezuela”.

Así de simple, toda una discusión sobre el rumbo económico de un país se reduce a la dicotomía o falsa alternativa entre liberalismo económico o intervención del Estado.

El enfoque neoliberal es presentado en los medios como una propuesta técnica, seria, que proviene de los economistas, mientras que el planteamiento “populista”, cuyo término se utiliza en forma peyorativa y descalificadora, es una propuesta política e ideológica y que, según la RAE, pretende atraer a las clases populares, aunque nadie dice que el neoliberalismo pretende atraer a las clases más altas.

Tanto el neoliberalismo como el neopopulismo tienen sus vertientes económicas en el profuso árbol genealógico de la economía. El neoliberalismo está más asociado a la escuela neoclásica, a los Chicago Boys de Milton Friedman, a la corriente del ofertismo (reducción de impuestos) que inspiró la experiencia de Thatcher y Reagan y la corriente del neoinstitucionalismo. Estrictamente deberían llamarse neoconservadores, aunque en la región a la experiencia chilena se la bautizó con el modelo neoliberal.

Como corriente económica, el neopopulismo está más relacionado con la corriente marxista continuadora de la economía política, pero principalmente está muy vinculado a la corriente keynesiana, especialmente en cuanto al rol del Estado en la economía y, en el caso latinoamericano, al pensamiento estructuralista de la CEPAL. Es un término utilizado para descartar las experiencias que se apartan del dominio del mercado, la privatización, la liberalización comercial y financiera, y la libre inversión extranjera.

De esta forma, a las políticas neoliberales se denominaban políticas correctas por parte de los organismos como el FMI, mientras que al resto de países como Venezuela, Argentina, en su momento Ecuador y Brasil, así como Bolivia, se los etiquetaba como “populistas” y como peores ejemplos.

Sin embargo, tanto la teoría como la realidad en materia de política económica nos muestran que existen distintas alternativas y combinaciones en la intervención del Estado y el rol del mercado, así como distintos manejos del instrumental o arsenal económico, como la política tributaria, cambiaria, monetaria, y en especial en el manejo del gasto fiscal con fines redistributivos del ingreso, como demuestro en el análisis de los casos de Bolivia y Chile en mi libro Neoliberalismo vs. neopopulismo: un falso debate, de próxima aparición en formato digital a través de Amazon, iBooks y Google Play.

Es así que si comparamos la economía con la medicina, es tan equivalente que cuando el paciente tiene un problema, la primera discusión es si lo operan o le dan un tratamiento de acuerdo con la gravedad del caso, lo que en economía sería tratamiento de shock o gradual. La segunda discusión es que si está en la sala de operaciones el paciente, los médicos deben utilizar todo el instrumental o arsenal médico para salvarlo y no pueden descartar de entrada o prohibir el uso de algunos instrumentos.

Chile, por ejemplo, aplicó restricciones a los movimientos internacionales de capitales en la década de los 90. En el caso boliviano, el Decreto 21060 fue un ejemplo de tratamiento de shock que tenía medidas ortodoxas (liberalización de precios, cambios y financiera) como heterodoxas (no pago de la deuda, bolsín, entrega obligatoria de divisas). En el modelo de economía plural (2006-2019) se mantuvo la Ley SAFCO, la Ley de Participación Popular, un sistema de precios centrado en el mercado, el mecanismo del bolsín, un régimen monetario basado en cantidades de dinero, un sistema financiero saneado y supervisado. Por supuesto otras medidas se modificaron (Bonosol- Renta Dignidad) y otras se cambiaron radicalmente, como la capitalización.

Como una reflexión final de mi libro, en formato digital, señalo que tanto el modelo neoliberal de Chile como el modelo de economía plural en Bolivia, si bien fueron producto de las condiciones históricas para su surgimiento y tuvieron un éxito relativo en su momento, la gran preocupación es el peligro de agotarse al no adaptarse a las nuevas condiciones cambiantes de su economía, sociedad y los intereses y preocupaciones de la gente.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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Arreglos institucionales y política económica

/ 17 de noviembre de 2021 / 01:33

Una de las conclusiones a las que arribé en mi nuevo libro digital Neoliberalismo vs. Neopopulismo: un falso dilema, que estará en breve en las diversas plataformas digitales, es que en lugar de un enfrentamiento ideológico de etiquetas y calificativos entre neoconservadores y populistas, la economía nos ofrece diversas alternativas de políticas económicas y arreglos institucionales para lograr objetivos como crecimiento, estabilidad, reducción de la pobreza y la desigualdad.

El rol de las instituciones, desarrollado inicialmente por Douglas North, premio Nobel de Economía, se ha utilizado y a veces exagerado en explicar como uno de los determinantes más importantes del crecimiento económico. El tema de las instituciones las analizo junto con las opciones de política económica, en lo que se refiere a las reglas del juego y en particular la función de los derechos de propiedad, los contratos y el Estado de derecho.

Sin embargo, no hay una receta única institucional y la idea es que hay también distintas opciones de arreglos institucionales, en el lenguaje de Dani Rodrik (2007), con distintos grados de flexibilidad para mantener el ímpetu del crecimiento, reaccionar ante shocks y, para facilitar una distribución socialmente aceptable de costos y beneficios, donde juegan un papel importante las instituciones manejadoras de conflictos étnicos, regionales y sociales. Entre las instituciones tradicionales que destacan están los bancos centrales, las normas presupuestarias y fiscales, las relacionadas con el sistema de pensiones y la seguridad social, los fondos sociales y las instituciones de supervisión.

La pregunta clave es ¿cuánto de flexibilidad o de discrecionalidad pueden tener dichas instituciones y cuál es su calidad? Es más, una característica diferenciadora entre neoliberalismo y populismo, que analizo en mi libro digital, es el grado de aceptación y cumplimiento de las restricciones políticas (constitución política, leyes, limitaciones del poder ejecutivo, separación de poderes, etc.) y las restricciones económicas (acuerdos internacionales, leyes, independencia de los bancos centrales, de las autoridades de regulación y supervisión, leyes de inversión, etc.).

Para Rodrik (2007), “las formas más confiables de tales mecanismos son las instituciones políticas participativas. De hecho, es útil pensar en las instituciones políticas participativas como instituciones que obtienen y agregan conocimientos locales y, por lo tanto, ayudan a construir mejores instituciones”. Creo que este tipo de instituciones nos hacen falta en un país como el nuestro, impaciente y disconforme.

En el caso de Bolivia, como reflexión señalo que los “modelos económicos” o mejor dicho un tipo de manejo de la política económica, debe adaptarse a las condiciones cambiantes no solo de la economía mundial sino del entorno nacional y regional, en caso contrario tienden a estancarse o agotarse y entrar en crisis, tal como sucedió con el modelo neoliberal chileno y como podría suceder con el modelo heterodoxo boliviano.

Mi preocupación es que el espacio para el manejo de la política económica se ha estrechado fuertemente, va a ser muy difícil establecer medidas económicas si antes no se establece un mecanismo institucional de consulta y debate de las distintas opciones de política económica. Estrictamente, la Asamblea Legislativa Plurinacional debería ser el mecanismo, pero parece que en un contexto polarizado es poco eficiente.

Pero creo realmente que si bien son muy útiles las instituciones manejadoras de conflictos, como recomienda Rodrik, es mejor prever, evitar y atenuar el conflicto, no esperando a que estalle, si se buscan realmente mejores soluciones y consensos como una práctica diaria de hacer política económica. Hay que romper el bloqueo de la política y buscar formas para viabilizar la colaboración y el consenso. Si bien es conveniente enfrentar y no disimular las diferencias, lo importante es que enriquezcan las decisiones y evitar que los conflictos nos paralicen.

El país ha sufrido una fractura institucional en 2020, además de una crisis económica y sanitaria y pareciera que hay una crisis institucional, por lo que hay que tener presente que para que una política económica tenga buenos resultados, también se requiere de buenas instituciones.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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Buena suerte y política económica

/ 3 de noviembre de 2021 / 00:55

Aunque no existe un análisis del papel de suerte y el resultado de la economía, generalmente se tiende a exagerar al calificar el desempeño de una política económica como producto de la buena suerte.

En la antigüedad, los gobernantes consultaban antes de declarar o iniciar una guerra con el oráculo de Delfos, cuyos sacerdotes y sacerdotisas en un lenguaje entreverado emitían ciertas profecías. Lo mismo sucede en los tiempos actuales, cuando los gobernantes entes de formular y ejecutar sus programas consultan a los economistas, los cuales con un lenguaje confuso, pero apoyado en modelos econométricos, profetizan lo que pasará con la economía mundial o la economía de un país, o el precio de los commodities.

La economía está muy relacionada con la astrología cuando hace un uso y abuso de proyecciones y pronósticos que no incluyen la salvedad o advertencia, de las novelas de ficción, cuando dicen que son basadas en hechos reales o que cualquier similitud o semejanza con la realidad es mera coincidencia.

Un trabajo seminal y serio es el de Roberto Zahler, quien fue presidente del Banco Central de Chile, que para analizar el éxito del modelo neoliberal chileno hasta 2000, lo relacionó con tres aspectos o variables explicativas: el cambio político, buenas políticas y la buena suerte en el sector externo.

Y si uno analiza el caso boliviano, entre 2006 y 2019, como lo hago en mi libro Neoliberalismo vs Neopopulismo en edición digital, también encuentra que su performance no solo está relacionado con la buena suerte del sector externo sino también está vinculado a la nacionalización-estatización de los hidrocarburos, que fue la contrarreforma o cambio estructural respecto al modelo neoliberal de 1985-2005, a un adecuado manejo de la política monetaria y fiscal y también al boom de precios de los commodities y especialmente del gas natural hasta 2014.

Si solo tomamos la buena suerte, la pregunta es qué hubiera pasado en la economía boliviana si no hubiera existido el cambio estructural que subió la contribución del sector hidrocarburos de un 18% a un 50% hasta aproximarse a un 70% en la época de bonanza. El llamado government take o la parte que toma de la explotación y exploración de hidrocarburos el Gobierno, hubiera quedado reducido a aproximadamente un tercio.

Los expertos habrían dicho, pero si existía el Surtax en el modelo neoliberal. En efecto, en materia de tributación a la minería e hidrocarburos en el artículo 51 de la Ley 843 (incorporado por la Ley 1731 de 25/11/96), se estableció una alícuota adicional del 25% a las utilidades extraordinarias por actividades extractivas de recursos naturales no renovables, denominado Surtax. La base imponible era la misma para el Impuesto a las Utilidades (IUE), es decir la utilidad neta; sin embargo, se permitía deducir una serie de conceptos de tal manera que no fue aplicado a las empresas mineras, puesto que las deducciones superaron el monto de las utilidades obtenidas y solo fue pagado extraordinariamente por algunas empresas del sector de hidrocarburos. El Surtax fue creado para compensar la disminución de ingresos fiscales como resultado de la capitalización de YPFB; sin embargo, no generó ingresos debido a que iba a ser cobrado cuando los campos petroleros entren en “plena” capacidad productiva, pero no se señalaba el porcentaje o volumen. Se rumoreaba que el costo de la consultoría del economista que hizo el estudio sobre el Surtax fue mayor que la recaudación obtenida, aunque otros insisten en que había que haber esperado en época del boom en lugar de nacionalizar los hidrocarburos, es decir en la buena suerte del Surtax.

Lo que quiere decir que la buena suerte por sí sola no contribuye mucho si no va acompañada de buenas políticas o por cambios o arreglos institucionales que permitan una mejor captación del excedente económico.

Asimismo, lo que pareció un alineamiento de los astros en los tiempos de Evo Morales duró exactamente hasta 2011 en la minería y 2014 en hidrocarburos, y parece que la suerte se repite y que un nuevo alineamiento astrológico se está dando, puesto que en 2021 se vive una especie de mini boom de los precios de los minerales y de los hidrocarburos.

Pero en lugar de la complacencia, debería permitirnos reflexionar sobre un mejor uso de los recursos fiscales asociados a la renta petrolera y que habría que evaluar la contribución fiscal del sector minero, especialmente de los cooperativistas mineros del oro, primer producto de exportación. El cuento de que los inversionistas se irían a Perú y Chile parece que ya no es muy válido, dada la tendencia hacia la recuperación de la renta de los recursos naturales no renovables en los países vecinos. El único problema sería un paro opositor contra una buena política, eso sí sería mala suerte.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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¿Fundamentalismo del mercado o del Estado?

/ 6 de octubre de 2021 / 00:56

Han pasado poco menos de 250 años desde la aparición del libro de Adam Smith La riqueza de las naciones (1776) y, pese a los grandes avances tecnológicos, la economía sigue debatiéndose y moviéndose en forma pendular entre el fundamentalismo del mercado, asociado a la corriente neoliberal, y el fundamentalismo del Estado relacionado con las corrientes populistas.

Más aún en los tiempos actuales de la crisis del COVID-19, que ha acentuado la pobreza y la desigualdad, en América Latina se habla del retorno del fantasma del populismo ante la crisis de las experiencias neoliberales emblemáticas de Chile y Perú.

Da la impresión de que debemos escoger entre un menú limitado solo a dos opciones, cuando el sentido común, la historia y la realidad muestran que hay un conjunto de alternativas de políticas económicas, con un arsenal instrumental, que permitieron y permiten afrontar grandes crisis y problemas económicos. Así pasó en la posguerra con el milagro alemán de economía social de mercado y el milagro japonés y, en especial, con la experiencia del sudeste asiático y de los países nórdicos que señalan un manejo amigable entre el Estado y el mercado.

Sin embargo, América Latina siempre fue un laboratorio de casos extremos, como por ejemplo el estructuralismo y la experiencia populista hasta los años 80 y, luego, el giro pendular hacia el Consenso de Washington, del ajuste estructural centrado en el mercado y en la liberalización comercial, financiera y la privatización, que tuvo su mejor expresión con el experimento neoliberal de Chile (1973-2019) y, dentro de esa tendencia, con el modelo neoliberal en Bolivia entre 1985-2005.

Con la fatiga de las reformas estructurales, que si bien lograron la estabilidad de precios tuvieron pésimos resultados en materia de pobreza y desigualdad, resurgió el llamado neopopulismo con las experiencias de Venezuela, Brasil, Ecuador y Argentina, las cuales no tuvieron un buen desempeño en la gestión macroeconómica.

En este contexto resalta la experiencia heterodoxa boliviana (2006- 2019) que logró combinar los objetivos de estabilidad macroeconómica con la reducción de la pobreza y la desigualdad con base en un cambio en la generación y en el uso del excedente económico y un rol protagónico del Estado.

Sin embargo, en la literatura económica abundan los trabajos sobre la experiencia neoliberal y muy escasas producciones sobre el modelo boliviano. Por otra parte, los análisis realizados son muy sesgados, destacando solo parcialmente algunos aspectos, como en el caso de algunas reformas o contrarreformas estructurales, y se observa la ausencia de un examen comparativo con otras opciones de política económica.

Estas razones me impulsaron a escribir mi nuevo libro sobre Neoliberalismo vs. Neopopulismo: un falso dilema. Mi preocupación académica ha sido seguir de cerca el caso de Chile, basado en el llamado modelo neoliberal y, el caso boliviano que experimentó tanto el modelo neoliberal (1985-2005) como el modelo de economía plural (2006-2019). Dichas experiencias son el reflejo del debate ideologizado entre neoliberalismo versus populismo en el nivel académico, político y en los medios de comunicación.

Y el resultado al que llego es que existe una falsa dicotomía, es decir una conclusión errónea a la que se arriba intencionalmente basada entre dos únicas posibilidades, a pesar de que existen otras posibles alternativas de decisión.

Planteo que la discusión parecería ser entre liberalismo económico frente al intervencionismo estatal, en la realidad debería ser entre los diferentes grados y modalidades de intervención estatal; ya sea directa, a través de empresas públicas, como indirecta, a través de los diferentes instrumentos de la política económica y de arreglos institucionales.

Así, no se trata de suponer que el paradigma neoliberal está muerto y ha surgido un nuevo paradigma estatal. La realidad muestra que no existe una receta de medidas de política económica y que, la equidad y la reducción de la pobreza, deben ser parte de los objetivos explícitos de la política económica, junto con la estabilidad y el crecimiento. Asimismo, existe una amplia gama de instrumentos y arreglos institucionales, cuya aplicación va a depender de las particularidades de la economía de cada país, así como del momento y tiempo histórico que atraviesan.

Para tal efecto, examino las raíces de la confrontación remontándome al árbol genealógico del neoliberalismo y el populismo, donde encuentro sus vertientes teóricas, luego analizo el surgimiento del famoso Consenso de Washington (la receta neoliberal de las reformas estructurales) y las distintas caracterizaciones del populismo económico en la región, para terminar comparando el Modelo Neoliberal aplicado en Chile y el Modelo de Economía Plural ejecutado en Bolivia.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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La trampa de los productos básicos

/ 22 de septiembre de 2021 / 02:22

La dependencia de las exportaciones de productos básicos, entendida por la participación de las exportaciones de commodities en 60% o más en el total de las exportaciones, es un tema que ha cobrado relevancia sobre todo en este mes de septiembre con el Foro Global de Commodities de la UNCTAD, que fue la artífice para posicionar hace más de 50 años como problema fundamental de los países en desarrollo.

Bajo distintos nombres se estigmatizó el ser un país exportador de commodities, como fue con la famosa tesis del deterioro secular de los términos de intercambio, porque los precios de los productos básicos tendían al deterioro comparados con los precios de las manufacturas, tesis muy discutida hasta que se registró el largo boom de los precios de los commodities desde 2004 hasta 2014 y que ahora, ante un nuevo resurgimiento de sus precios, parece amenazar con un nuevo boom de las materias primas.

Es muy frecuente escuchar la leyenda sobre la “maldición de los recursos naturales” donde los países con buena dotación de recursos naturales están condenados a ser pobres y atrasados, y se plantea como solución mágica la industrialización. Los economistas del desarrollo, según la UNCTAD, asocian la dependencia de las exportaciones de commodities con un crecimiento lento, una estructura económica no diversificada, el bajo desarrollo humano, la volatilidad de los ingresos, la inestabilidad macroeconómica y la enfermedad holandesa.

Así, en 2018-2019, alrededor de dos tercios (64%) de los países en desarrollo dependían de los productos básicos y en el caso de los países de bajos ingresos, un 90% son exportadores de commodities. En cambio, solo el 13% de los países desarrollados son dependientes de commodities, entre los cuales destacan Australia, Islandia, Nueva Zelanda y Noruega.

América del Sur es una de las subregiones más dependiente de las exportaciones de productos básicos. En 2018-2019, los 12 países de la subregión tuvieron una tasa de dependencia superior al 60% y tres cuartas partes tuvieron un nivel superior al 80%.

Sin embargo, el dato curioso es que según la propia UNCTAD, el número de países dependientes de las exportaciones de productos básicos ha aumentado en el último decenio, de 93 países en 2008-2009 a 101 países en 2018-2019. Solamente siete países pudieron salir del grupo, entre ellos Nicaragua, Indonesia y Egipto, pero en cambio 15 países entraron como nuevos exportadores de productos básicos, entre ellos destacan Brasil y Grecia.

Con datos de la UNCTAD, las exportaciones de productos básicos de Bolivia representan un 94% de las exportaciones totales, la más alta de Sudamérica, y son equivalentes a una quinta parte del PIB. Tiene una composición entre productos básicos “duros”, como la minería que representa un 44,8% de las exportaciones, y los hidrocarburos con una participación del 33%, mientras que los productos básicos “blandos” que corresponden a la agricultura y alimentos participan con un 16% del total exportado.

La UNCTAD recomienda escapar de la dependencia de los productos básicos a través de la diversificación que implica diversas estrategias, aunque reconoce que una vez que un país en desarrollo depende de los productos básicos, es extremadamente difícil salir de este estado. Bolivia ha adoptado una estrategia de diversificación vertical en el caso de los hidrocarburos aumentando el valor agregado, abarcando aquellos procesos de transformación de los productos de refinación, incluida la petroquímica.

Pero escapar de la dependencia de commodities implica mucho tiempo, un proceso de cambio estructural económico estrechamente asociado con un aumento de la productividad. La diversificación y el desarrollo tecnológico desempeñan un papel crucial en el crecimiento de la productividad laboral.

En el caso de Bolivia, la UNCTAD en su estudio Escapando de la trampa de la dependencia de productos básicos da buenas noticias para el país, que por supuesto no son resaltadas en los medios de comunicación ni por el propio Gobierno. En primer lugar, encuentra una creciente demanda de sus productos básicos primarios, que podría aumentar en un 1.000% para 2050, y que están impulsando la digitalización y la adopción de una amplia gama de tecnologías de frontera. Estos productos incluyen el litio, cobalto, manganeso, cobre, plata, hierro, plomo y elementos de tierras raras.

En segundo lugar, destaca que existen nuevas tecnologías para la extracción de litio que pueden revolucionar la forma en que se trabajan los yacimientos del litio, minimizando el uso de agua y acelerando el proceso de recuperación, haciendo que los depósitos de litio en Bolivia sean económicamente viables.

Debería ser el Ministerio de Planificación el que mire más allá de la coyuntura y presente no un plan libro, sino un plan de vuelo sobre la estrategia para diversificar la dependencia de los productos básicos con el apoyo de la UNCTAD.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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El modelo afgano de intervención

/ 8 de septiembre de 2021 / 01:16

La salida del último avión de las fuerzas armadas de EEUU del aeropuerto de Kabul el penúltimo día de agosto me dejó como economista una pésima sensación. Los EEUU, en decisión unilateral, sin autorización de Naciones Unidas ni de su Consejo de Seguridad, se metieron hace 20 años en Afganistán, comprometieron a los países de la OTAN en una intervención armada y después se salen, como si no hubiera pasado nada en la historia de la humanidad.

Los medios de comunicación muestran las labores caritativas para ayudar a escapar a los refugiados afganos ante el terror de los talibanes, a los que en una época los EEUU ayudaron y apoyaron con armamento para combatir la intervención de los rusos, hasta que los invadieron para sacarlos del poder con la excusa de los atentados a las Torres Gemelas, pese a que hasta ahora no es pública toda la información de lo que pasó realmente, según denuncia de los familiares de los muertos de ese atentado.

Las terribles imágenes dan la impresión de que son parte de una mala película de guerra con un final infeliz, sin el típico héroe tipo Rambo y sin la soberbia del jefe militar a cargo del desastre.

La primera preocupación que me saltó es que alguien debería hacer algo en el tema de las intervenciones militares. En un mundo aparentemente multilateral, Naciones Unidas tendría que ser la autoridad mundial que debería hacer algo, aparte de sus comunicados extemporáneos. Ahora, como sucede en la realidad, en un mundo unilateral en lo relativo al poder militar, bajo la hegemonía de los EEUU, debería por lo menos sujetarse las intervenciones a algunas reglas del juego bajo la Corte Internacional de La Haya, donde van a parar acusaciones de genocidio a gobernantes.

No me imaginé el tremendo costo de la guerra; más de $us 900.000 millones, equivalente según mis cálculos al 4% del PIB de los EEUU, más o menos $us 45.000 millones por año, mucho más que el PIB de Bolivia. Ese dinero, o por lo menos una parte, podía haberse utilizado para ayuda al desarrollo, administrado por Naciones Unidas, para combatir la pobreza y el deterioro del medio ambiente.

Se supone que con tan elevado gasto la economía afgana sería una de las más desarrolladas en 20 años de ayuda. Lamentablemente, la intervención, según la BBC Mundo, dejó una economía más dependiente y atrasada. La ayuda externa representaba el 75% del financiamiento del gasto público y era equivalente a más del 20% del Ingreso Nacional Bruto. Lo más preocupante es que después de 20 años de intervención directa de los EEUU, Afganistán concentra el 80% de la producción mundial del opio, que contribuía al 11% de la economía del país y cuyo tráfico generaba entre $us 1.000 y 2.000 millones anuales, y que yo sepa EEUU nunca “descertificó” a Afganistán, hasta ahora, como amenaza hacer a Colombia, Perú y Bolivia. La política antidroga la maneja a su conveniencia.

Por último, está el papel del FMI, que en noviembre de 2020 aprobó un Servicio de Crédito Extendido (Extended Credit Facility) por $us 370 millones y que antes, por el tema del COVID-19, había aprobado un Servicio de Crédito Rápido (Rapid Credit Facility) por $us 220 millones. Hoy en día esos recursos están congelados por el cambio de administración, ya que la declaración escueta del FMI dice: “Actualmente hay una falta de claridad dentro de la comunidad internacional con respecto al reconocimiento de un gobierno en Afganistán, como consecuencia de lo cual el país no puede acceder a los Derechos Especiales de Giro (DEG) u otros recursos del FMI”.

Para terminar con un broche de oro, según noticias de prensa, se bloquearía la parte de los $us 9.000 millones que tiene las reservas del Banco Central afgano fuera del país, puesto que el gobierno de Joe Biden indicó que los talibanes no tendrían acceso a las reservas que se hallan en su territorio.

En síntesis, el desastre de Kabul es la peor carta de recomendación de los EEUU para intervenir en los asuntos de un país. Ojalá la lección sirva para algunos políticos de la región que claman por su intervención, como la carta de los 20 diputados bolivianos en abril de 2019, pidiendo a Trump “tenga a bien interceder”.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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