Voces

Saturday 25 May 2024 | Actualizado a 16:44 PM

Tres silencios

/ 3 de noviembre de 2021 / 00:52

No sé qué tuitear hace días, ¿qué se hace cuando la frustración te gana la voz?”. Hace unas semanas una compañera subió este mensaje a las redes sociales. ¿Tenemos la obligación de opinar de todo y de nada? ¿Opinamos a cada rato para no tener que escuchar? ¿Por qué el silencio nos genera frustración? ¿Aporta algo el exceso de opinión que invade los medios y las redes? ¿Tiene que ver todo esto con los tiempos agresivos que vivimos, con tanta mentira, con tanto insulto, con tanta grieta? ¿De qué sirven los juicios sumarísimos para todo y para nada? Y la pregunta que no me deja dormir: ¿Por qué odiamos en plural?

El silencio alivia, la abstinencia digital también. ¿Qué dejamos de hacer al estar permanentemente conectados con la obligación de dar nuestra imprescindible opinión al mundo? Ceder nuestra (toda) atención a las redes sociales complota contra nuestra capacidad autónoma de pensar. ¿Por qué no dejamos hablar a los demás hasta el final? Urge charlar más que discutir, urge verse las caras más que teclear. En las redes no leemos, tomamos partido. No pensamos por nosotros mismos, nos alineamos con nuestra burbuja particular para no quedar fuera del rebaño. Rara vez hacemos el esfuerzo de leer a los que piensan diferente: es más fácil gritar masista o fascista, siempre en mayúsculas. Preferimos mentiras simples a verdades complejas. No queremos saber, es mejor creer y punto.

Decía el filósofo Antonio Valdecantos que “no hay boca capaz de decir cosas inteligentes sin descanso, quien habla como si pintase con brocha gorda dirá siempre que no tiene tiempo para pinceles finos”. ¿Se puede cultivar una amistad con alguien del campo contrario? Unos creen que sí, otros que no.

Hace unas semanas, un compañero subió este mensaje a sus redes sociales: “Mucha gente es atractiva hasta que ves que son pititas”. Deberíamos descansar un poco de nosotros mismos, de esa figura pública que hemos construido a golpe de “tuit” y estado en “feis”. Quizás así podamos mirar el mundo de manera menos binaria. Quizás así dejemos de banalizar/romantizar el odio. Sentimos placer al odiar, odiamos con naturalidad. Ya lo dijo Herman Hesse: “Siempre se odia algo que a la vez está dentro de nosotros”. Obviamente el mal está siempre del otro lado: eso nos tranquiliza, nos permite vivir/dormir. Se llama sesgo de atribución: el “trol” es el otro.

Si no estamos en las hipnóticas redes sociales, no somos nada (ya lo canta Evaristo de La Polla Records, un grupo punki vasco). Hacerlo conlleva un trabajo desgastante, ansioso. Actualizar nuestros estados con imaginación, originalidad, seducción y autenticidad (así nos vemos a cada uno de nosotros) es poner al día eternamente/diariamente un “ridículum vitae” interminable. Nos exponemos públicamente para que otros (el señor Zuckerberg ahora se ha inventado otro juego adictivo de realidad virtual llamado Meta) ganen plata con nuestro ego, con nuestra vanidad sin freno.

¿Usamos las redes o ellas nos usan? Perdón por la pregunta orwelliana y retórica. Ellas nos necesitan a nosotros, no al revés. ¿Es posible salir de esta rueda? ¿Es factible dejar el celular por un rato? ¿Es el “celu” el nuevo “rosario” de nuestras abuelas, siempre en la mano? Fija, pero ahora no suplicamos perdón, exigimos atención. “El celular ha sustituido al otro”, dice el filósofo surcoreano Han que sostiene que este es el nuevo tabaco/pucho. ¿Se puede escapar sin irnos a vivir a una isla desierta? La dopamina no es joda, el peligro de dejar de existir para el mundo, tampoco. Vivimos en una sociedad atrapada por el narcisismo. La “necesidad” de dar nuestro punto de vista sobre la wiphala o la última violación machista/asquerosa es imperiosa. Somos eyaculadores precoces.

¿Qué hacer entonces? En esta columna, como decía Magritte, no hay respuestas, solo preguntas. Tal vez lo mejor sea dedicarles menos tempo/esfuerzo a las redes sociales, dejar de sacar fotos a todo. Y tomarse un respiro. Ya lo dijo el poeta Caballero Bonald: “Somos el tiempo que nos queda”. Hace unas semanas, otra compañera subió este mensaje, parafraseando una canción de Drexler: “Todos estamos perdiendo valiosas oportunidades de quedarnos callados”. El silencio es ausencia de ruido, limpia de maleza las redes donde nos odiamos. Creemos un silencio, dos silencios, tres silencios.

(“Para pensar hay que saber pensar, pero antes hay que saber leer y antes, saber escuchar. Y para saber escuchar hay que saber estar en silencio y antes procurarnos un tiempo para no hacer nada”, Alfonso Sastre).

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

Comparte y opina:

Indagación de un padre

Ricardo Bajo

/ 1 de mayo de 2024 / 07:38

Ser (un buen) hijo no es fácil. Ser (un buen) padre, tampoco. Uno se castiga en favor del otro. Esta columna podría haberse titulado: Carta a un mal padre. Un hijo, escritor, publica un libro sobre su padre muerto, filósofo. El escritor es Juan Villoro y el padre, don Luis Villoro Toranzo, filósofo zapatista/epicúreo. El libro se llama La figura del mundo: el orden secreto de las cosas (Random House, 2023). El cronista dedica la obra a su madre. En la página siguiente coloca un poema de Jaime Sabines titulado: Yo no lo sé de cierto. Lo supongo. El poema habla de dos personas que se quieren, de soledades y de silencios.

Villoro, hijo, escribe una (larga) carta a su padre. Es un padre singular y contradictorio. Es una carta llena de preguntas: ¿deben tener hijos los intelectuales? El hijo piensa que no, pues son —la gran mayoría— egoístas y tóxicos. Los hijos, para muchos intelectuales, son un estorbo. Nota mental: levanto la mirada del libro (la mejor señal) y pienso en el destino de los hijos de muchos intelectuales/artistas bolivianos: suicidio, infelicidad, trastornos mentales, drogas y engreimiento. No voy a citar nombres. Villoro también tiene respuestas: “no reproché a mi padre lo que no pudo ser y encontré una vía para quererlo a mi manera”.

La figura del mundo es un libro sobre la memoria (ajena). Sobre el pasado que siempre retorna de forma diferente. Sobre el distanciamiento (técnica de Bertolt Brecht) y los olvidos. En el teatro de la memoria, ésta tiene doble vida: bucea en lo olvidado y una vez allí, revive de otra manera. Son memorias familiares y memorias de México. A ratos, parecen cuentos inventados con personajes secundarios de lujo: hombres y mujeres que se perdieron en el olvido de la Revolución Mexicana, la Guerra Civil española, la hermosa insurgencia del e-zeta-ele-ene. “No escapa al pasado quien lo olvida”, dispara el hijo, citando a un personaje “brechtiano”.

Villoro recuerda gestos de su padre, recuerda que solo una vez le dio un beso. Recuerda su hábito de leer periódicos (el Excélsior —donde nuestro querido Coco Manto fuera jefe de redacción— y La Jornada). Recuerda sus guantes de piloto y sus anteojos de economista soviético; su costumbre de ir al mismo cine de manera religiosa; su amor (enfermizo) por los libros. “Si un padre no llora, el hijo llorará por todo”. 

Villoro, el hijo, habla de paternidad, la de ayer y la de hoy. La paternidad, como enigma insoluble. “¿Cuándo perdió la brújula la paternidad?” No lo sé, el que esto escribe no es padre. Bastante tengo con ser hijo, trabajo complicado donde los haya. “¿Cuándo perdonamos a nuestros padres por sus ausencias? ¿Es posible entender lo que un padre ha sido sin nosotros? ¿Se puede enseñar a querer?” Son las preguntas de Villoro.

Hay muchos padres e hijos que solo hablan de fútbol, “sitio ideal de la convivencia”. Algunos que no comparten esa pasión, ni siquiera de eso hablan. Los Villoro hincharon por equipos diferentes. Eso siempre calienta/alarga la charla. “Elegir un equipo significa elegir un futuro”, dice el hijo que le va al Necaxa. El padre le iba (por razones académicas) al equipo de la universidad, los Pumas de la UNAM. Ambos compartían, sin embargo, el sentimiento liberador del fútbol, la expresión de libertad, gozo y fascinación colectiva que despierta la pelota sobre la cancha. “Mi padre no me habló del fatalismo ni de la condición trágica del ser pero me llevó a los principales escenarios de la derrota: los estadios de fútbol”. Los dos eran/son de un país —como Bolivia— “donde los hinchas siempre hacen más esfuerzos que los jugadores”.

Los Villoro, padre e hijo, también hablaban de libros. Y de cómo deshacerse de ellos tras una larga vida. He visto con mis propios ojos hermosos ejemplares de tapa dura botados en la basura, abandonados con nocturnidad y alevosía. Nadie los quiere. Luis Villoro los donó a la Universidad de San Nicolás de Hidalgo en Morelia. La biblioteca de un padre a veces habla más que el propio padre.

Villoro, el hijo, se da cuenta al final de la crónica paterna que en realidad está escribiendo sobre su madre. “Mi padre es buen tema para un escritor que prefiere escribir de lo que ignora”. La dedicatoria inicial era una pista para lectores/detectives. Advierte que no es discípulo del filósofo, sino de su madre, Estela. De ella conoce casi todo (la infelicidad de los 10 años de matrimonio, el deseo de querer sinónimo de amor, la posibilidad de aquel idilio en la India con Octavio Paz). Ambos, madre e hijo, hijo y madre, decidieron amar por su cuenta a su “figura del mundo”. Todos deberíamos encontrar esa vía para querer a nuestros viejos. No es fácil ser padre. No es fácil ser hijo.

Ricardo Bajo es hijo

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Más cerca del cielo

Ricardo Bajo

Por Ricardo Bajo

/ 9 de marzo de 2024 / 10:40

“¿Están listos? 90 minutos, 4.150 metros de altura. Estamos más cerca del cielo. ¡¡11 de ustedes, miles de nosotros!! Bienvenidos al estadio más alto del mundo”.

Los jugadores del Club Nacional de Football llegan al Estadio Municipal de El Alto y leen esos mensajes dibujados en la entrada del vestuario visitante. El fútbol se juega con la cabeza.

El miedo dio sus frutos en el primer partido contra los peruanos de Sporting Cristal. Táctica que gana no se toca. El capitán uruguayo, Diego Polenta, dice que si tiene que morir (en la altura) que sea con la camiseta de Nacional.

El fútbol es la continuación de la guerra por otros medios. Polenta es el símbolo de la hipérbole futbolera. Dice eso porque sabe que no va a jugar en Villa Ingenio.

La caravana de Always Ready sube desde un hotel de Sopocachi hacia la cancha. Nacional (de Montevideo) llega sobre la hora al aeropuerto de El Alto, se topa “casualmente” con una trancadera infernal por la feria de la 16 de Julio y descansa en el hotel Europa del centro paceño. En un ratito van a tener que volver a subir. Baja, sube, sube, baja. ¿Están listos?

TAMBIÉN PUEDE LEER:

El reloj de Lavallén

Al paso del autobús de la “banda roja” minibuseros hacen sonar sus bocinas y los peatones saludan con el brazo y el puño a los jugadores. En El Alto el entusiasmo popular trepa por las nubes. El Always es un (creciente) fenómeno social, que trasciende lo deportivo.

Es el símbolo de una ciudad emergente. Es la viva imagen de un pueblo valiente, el alteño, vilipendiado hasta el cansancio, orgulloso de su impronta trabajadora y sus raíces aymaras. El fútbol es algo más que 22 tipos en calzones.

La psicológica esta vez juega en contra. Los “players” de Always Ready mueven con parsimonia la pelota. La altura no gana partidos ella solita. El fútbol no se abre por las bandas. Diego Medina y Adalid Terrazas están irreconocibles.

El “Chino” Recoba ha metido atrás a su equipo, se defienden bien juntitos con línea de cinco y cuatro hombres al medio (luego incluso pasará a línea de cuatro al fondo). En la cancha donde (supuestamente) no hay oxígeno lo que falta son los espacios. La “banda roja” tendrá la pelota, fabricará chances (y las fallará), se desesperará ante la complicidad del “referee” con las pérdidas de tiempo del rival y se enojará harto con los groseros errores arbitrales (el inexistente “off side” y la mano no cobrada).

El “score” dice al final que Always Ready ha ganado a un histórico del fútbol por uno a cero. La sensación es agridulce. Se esperaba (las malas costumbres) una goleada para viajar tranquilos al Uruguay. Son casi las once de la noche.

Hace frío y cae una espesa niebla sobre la ciudad de El Alto. No estamos más cerca del cielo, caminamos entre las nubes.

Comparte y opina:

Un grito en el silencio

Crónica de una noche de delirio gualdinegro

Enrique Triverio y el resto del plantel de The Strongest en El Prado paceño

Por Ricardo Bajo

/ 28 de noviembre de 2023 / 07:00

“Al Prado, al Prado”. Ha terminado el partido y las masas gualdinegras caminan desde Miraflores al centro paceño. Los hinchas se abrazan, lloran en los últimos minutos de partido, piden la vuelta. Se ha sufrido hasta el final, como manda el Antiguo y el Nuevo Testamento gualdinegro. La alegría contenida -como la bronca acumulada- explota.

El Siles está repleto de hinchas del club The Strongest. Como hacía mucho tiempo no se recordaba. 

El Prado se inunda de amarillo y negro. Camisetas de todas las temporadas, auspiciadores que incluso uno había olvidado. En el túnel del Nudo Villazón hay una caravana de carros. Están ansiosos por entrar al pasillo entusiasta del Prado. Son las nueve de la noche y todavía faltan dos horas para que llegue el equipo bajo la lluvia, bajo el diluvio.

La Gloriosa Ultra Sur 34 llega caminando, cantando, haciendo sonar vientos y percusiones. Entra por la calle Batallón Colorados. Más tarde llega la muchachada de la Recta Inmortal. La barra toma por asalto el centro de la fuente del Prado. Entonces parece que estamos otra vez en el Siles. Los carros bajan y suben por el Prado a una velocidad pasmosa. Todos se quieren detener en el epicentro del delirio. Tocos tocan bocina. Todos sacan banderas que llevaban demasiados años guardadas/olvidadas en el armario.

Unos amigos llegan montados sobre una camioneta. Portan un feretro celeste con la foto de Marcelo Claure. La gente se arremolina, todos quieren la foto. “Un minuto de silencio, psssss”. Unos cuates se roban el feretro hacia el centro de la fuente. Es el oscuro/celeste objeto del deseo en la fiesta gualdinegra.

TAMBIÉN PUEDE LEER:

Un campeón imperfecto

Don “Rena”, el dueño del Gigante Kurmi, está abrigado hasta el cuelo con chalina poderosa. Su hermano y su hijo (el Brujo) han viajado al concierto de Pink Floyd en Buenos Aires y han perdido el vuelo de regreso. Lo lamentarán por el resto de sus vidas. La caravana de carros es un goteo incansable.

Una saya llega con tambores, cajas y sonajas y el entusiasmo sube y baja de las nubes. Qué manera de soñar. “Condorcito, quisiera ser”.  Hay gente de todas las edades y bengalas. Hay disfraces y máscaras. Homero vende donas. Hay abuelitos y abuelitas que rememoran la Guerra del Chaco. Cincuentones que me hacen recuerdo de la final del 77 en Cochabamba. “Don Tigre” se pasea con una bandera de otros tiempos. Vuelven los abrazos que nos debíamos, las lágrimas que nunca supimos llorar.  Hay muchos niños y niñas. Son los tigres del futuro, los que recordarán dentro de un par de siglos que madre y padre les hicieron stronguistas para siempre en aquella noche bajo la lluvia, bajo el diluvio. Hay murga, como aquella murga del “Chino” Riveros de hace cien años.

Todos quieren saber si va a llegar el equipo. Son casi las once de la noche y tras dos horas de cánticos y más canticos, algunos vuelven a sus casas. “El equipo está entrando por la Camacho en un bus de dos pisos, avisen a todos”. Muchos siguen a lo suyo, el festejo es de la gente. Dos changos y dos chicas están trepados sobre el techo de la parada del bus. Es una atalaya para divisar al Strongest fuerte que saber jugar/ganar. “Detener amores es pretender parar el universo”, canta Silvio. El mundo Tigre no se cansa ni se rinde; el mundo Tigre no se para.

Los vendedores ambulantes de cerveza tratan de sortear a la muchedumbre. “Paceña, Burguesa, Paceña Burguesa”. Hay trago de todos los colores, hasta de colores que uno no sabe ni como se llaman. “Servite, hermano”. Me invitan chela de gente que ni conozco. No hay demasiados puestos de anticucho.  La noche es fría y la llovizna es pertinaz, como el sentimiento gualdinegro. Entonces el famoso bus de dos pisos (de la carrera de Turismo de la UMSA) aparece sobre el horizonte. Como las caravanas en los “western” salvajes.

Viscarra está subido en lo más alto, al frente. Es el guarda valla del “ajayu” stronguista. Es el cancerbero de todas nuestras ilusiones. Viscarra está tan eufórico como la hinchada ahí abajo. Ni siquiera se ha cambiado. Está con el corto del partido. Y bebe cerveza a dos manos, con dos latas llegando a su garganta. Se para, se levanta, agarra banderas que llegan volando desde abajo.

Hay cánticos para todos. Junior Arias tiene la bandera de Uruguay como capa. “Uruguayo, uruguayo”.  Cuando la saya logra abrirse paso y se coloca frente al bus, grita la hinchada: “Que baile Jusino, que baile Jusino”. Y el capitán baila saya sobre un bus de dos pisos bajo la lluvia. En la parte trasera, Ursino bota latas de cerveza a la gente. Una tras otra. El capitán Wayar tiene una sonrisa dibujada que tardará días y noches en desaparecer. Nadie se acuerda de su roja ni del gol fallado por Junior. El ex presidente Héctor Montes está en lo más alto junto a Viscarra, Jusino, Castillo y Arias. Su padre, don Héctor, viaja en la parte baja, sentado. Hasta en eso, el Tigre es de otra galaxia. Cuatro entrenadores, dos presidentes. El actual mandatario, Ronald Crespo, se ha quedado en el Siles.

El bus del equipo va a tardar más de una hora en recorrer apenas cien metros. Triverio, aclamado como el que más, no va a salir de su asiento bajo techo. Es el goleador impasible, como el “hombre tranquilo” de la película de John Ford. Ha dejado de llover, diluvia. Nadie se mueve, todos quieren una polera firmada, una fotografía que se quede grabada en la retina para siempre.

Las pilas de Viscarra no se agotan. La policía aparece sobre las once y media de la noche al final del Prado. Abren paso y el bus dobla la plaza del Estudiante y se pierde por la avenida 6 de Agosto en Sopocachi. Sobre la alta madrugada, sobre las camisetas mojadas, sobre la alfombra de botellas y latas vacías, alguien grita en el silencio de la noche: el maleficio ha terminado, carajo.

(28/11/2023)

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Y el rugby volvió a La Paz

El sábado se enfrentaron los ‘cóndores’ de La Paz R.C. con Universitario Rugby Club de Cochabamba. Se jugó un partido luego de cinco años.

Partido amistoso de rugby entre La Paz R.C. con Universitario Rugby Club de Cochabamba, en la cancha de Alto Irpavi

Por Ricardo Bajo

/ 19 de junio de 2023 / 07:25

Quince hombres gritan: “¿quiénes somos? La Paz. ¿Quiénes somos? La Paz, Rugby, Rugby, Rugby?”. Cancha “Mario Mercado” de Alto Irpavi, soleado (y frío) sábado de junio. Hace cinco años que no se disputa un partido de rugby quince en La Paz.

La desafortunada división del rugby paceño en dos equipos (La Paz Rugby Club y Cobras/Wara Rugby Club) trajo la desaparición del deporte de la pelota ovalada en la sede de gobierno.

La Paz se quedó postergada mientras otros departamentos como Santa Cruz, Tarija y Cochabamba veían como crecía y crecía el incipiente deporte del rugby en Bolivia.

El amistoso del sábado pasado enfrentó a los “cóndores” de La Paz R.C. con Universitario Rugby Club de Cochabamba. “No somos aún un equipo formado, estamos en desarrollo”, dice el entrenador de La Paz R.C., Francisco “Paqui” Leñero.

El marcador final (lo de menos) dijo que el amistoso terminó 5-54 para la visita. Los “osos” -liderados por el medio apertura, Pablo Escalante- lograron nueve “tries” (dos de Andrew Carballo) contra uno de los “cóndores” paceños (en un hermoso “try” del incombustible Juan Luis Coronado Paz, “Churqui”).

La nueva generación de “rugbiers” paceños (donde destaca el “wing” Benjamín Sotelo) augura la resurrección de este deporte en la ciudad. La Paz R.C. invita a todos los interesados a sumarse a sus prácticas: los jueves por la noche (20.15) en las canchas (A5) de la avenida del Poeta y los sábados (15.30) en el complejo de la Gobernación de Alto Irpavi (cancha “Mario Mercado”). Todos son bienvenidos: flacos, gordos, altos, bajos, rápidos y pesados. El rugby es el deporte más democrático del mundo.

Lea también: Nacional Potosí es nuevo puntero de la Libobásquet

En octubre, La Paz será una de las sedes del campeonato nacional de rugby seven (a siete) que arranca el próximo fin de semana. En 2024, La Paz Rugby Club aspira a volver a disputar el torneo nacional de la modalidad a quince que este año disputan ochos equipos (cinco de ellos, de Santa Cruz). La Federación Boliviana de Rugby, integrante del Comité Olímpico Boliviano y miembro de Sudamérica Rugby, nació en mayo de 2009.

(19/06/2023)

Comparte y opina:

Matilde, la sembradora de fueguitos

Matilde Casazola pasó cuatro días en La Paz. Recibió un hermoso homenaje del colectivo Nosotras Somos, leyó su poesía, cantó y calentó la fría noche paceña

/ 21 de mayo de 2023 / 06:07

Matilde extraña su guitarra cuando viaja. Tuvo una duda hace unos días: meter más ropa de abrigo o meterla a ella, de nombre “Estrella”. En la cordillera había caído una nevada, ella se queda en la casa de las rosas, esperando(la). Cuando pasa cerca del Illimani, en el vuelo Sucre-La Paz, el “Tata” está escondido detrás de las nubes y la enigmática niebla. “Debe estar enojadito”, piensa Matilde. De repente, todo se abre. Esa mañana el Illimani deja su enfado a un costado. Matilde está de regreso en la ciudad. “Las montañas nos hablan, solo hay que saber escuchar”, me dice toda convencida.

Matilde Casazola cree que La Paz de antaño tenía más poesía. Camina el centro para reconocer los viejos lugares donde fue feliz de la mano de un viejo amor. Baja con cuidado las empinadas calles y sus resbaladizas gradas. Se cae. No es nada grave. Tratando de mirarlo todo, de captar el último detalle evaporado, rueda para abajo en una cuesta del carajo. Está alojada en San Pedro (“un barrio que todavía conserva su ajayu”); en la casa de una querida amiga que ya partió, la pintora orureña Haydeé Aguilar Fuentes, la que ganaba todos los premios en acuarela en los años setenta.

Matilde aprovechará sus cuatro días en La Paz para encontrarse con amigos y amigas. Hace años que no ve a Emma Junaro. “Ella es la primera que hizo un disco con mis canciones”. La verá el viernes doce por la noche en el concierto del colectivo Nosotras Somos. La escuchará cantar dos de sus más hermosas canciones. Tomará cafecito con Luis Rico, se encontrará con su editor, Marcel Ramírez. Almorzará el sábado con las chicas del homenaje en casa de Sibah, brindará con ellas. No verá a una querida vecina del barrio con la que compartió exilio en Francia, Silvia Peñaloza, otra gran pintora. La próxima será.

La Casazola alista nuevo disco y libro. Sabe que nadie lanza ya canciones en álbum pero reivindica ese antiguo hábito de poner un disco y sentarse a escucharlo, tema por tema. El nuevo trabajo no tiene nombre aún. “Es como bautizar a una wawa, tengo varias alternativas”.

Lo que sí puede adelantar son los títulos de dos canciones inspiradas en mujeres bolivianas: Domitila y Aguerrida mujer (en homenaje a Juana Azurduy). La primera es una cueca. La ha cantado solo una vez. Fue en presencia de la gran Domitila Barrios. “Fue después de tumbar la dictadura de Banzer con su huelga, no me acuerdo donde fue pero estaba Anita Romero. Nunca la grabé, ni siquiera la canté de nuevo. Nunca volví a ver a Domitila”.  Estarán también sus primeras canciones que nunca grabó: la zamba Flor de romero y el yaraví Cinco lágrimas.

Matilde se pone nostálgica en esta noche de domingo en la confitería Eli’s del Prado, otro lugar de su ciudad del recuerdo. Se acuerda de los viejos amigos y amigas de la Peña Naira de Pepito Ballón, de Ricardo Pérez Alcalá, de Inés Córdova, de Lorgio Vaca, de Ernesto Cavour, de Violeta Parra y del gran amor de su vida, Gilbert “El Gringo” Favre.  De “la Violeta”, recuerda —más de medio siglo después— sus faldas anchas, su rostro libre de maquillaje, su tez morena de brava gitana, su voz profunda. A ratos, cuando escucho a la Matilde (“Pochita”, para los amigos), me parece oir de nuevo a Violeta. Mujeres de fuego, que diría Silvio.

El libro que va a presentar en la feria de agosto en La Paz es el tercer volumen de sus obras completas en poesía, bajo el sello de 3600. Incluye poemarios agotados. Son cinco: La carne de los sueños, Jardín de claroscuros, Moradas transitorias, Las catedrales subterráneas y Estampas, meditaciones, cánticos, este último de prosa poética.

Matilde (aún) escribe a mano. Ya (casi) nadie lo hace. Antes, lo pasaba a máquina de escribir; ahora lo hace a la computadora. Tiene cuadernos gruesos llenos de poesía. Es una vieja costumbre familiar. Su mamá Tula también tenía uno. Matilde lo leía a escondidas; así descubrió la obra del catalán Jacinto Verdaguer. Ha musicalizado uno de sus poemas para el nuevo disco, junto a un soneto de Carlos Murciano, un poeta amigo andaluz/gaditano, vivo aún con sus 91 años.

En la mañana del viernes, en el día del concierto/homenaje, Matilde aprovecha para estar en el hall del Ministerio de Culturas para el lanzamiento del videoclip de Rosario Peredo y las Jatun Waritas del tema de Willy Claure Desde el jardín de la Casazola, grabado parcialmente en su casa de Sucre. Matilde no le dice que no a nadie.

Por la noche, el tributo arranca en el Cine Municipal 6 de Agosto con una interpretación colectiva de Cuento del mundo. En el escenario están las cinco mujeres (solo falta Emma) de Nosotras Somos: Sibah, Tere Morales, Marisol Díaz Vedia, Valeria Milligan (“Imilla”) y Alejandra Pareja.

La primera solista es Marisol. Cantará tres temas: el huayño Anochecer (“Camino del monte yo me iré / la luna allá arriba comienza a brillar, / los cerros azules parecen sonar, / botitas de sombra, gotitas de sol, / yo no te he olvidado, siempre ando con vos”); Si has dado tu corazón; y el bailecito Yo cortaba las flores. Marisol se confiesa: “Matilde ha forjado nuestro camino con su poesía y su ejemplo”. La homenajeada —que viste de negro con una linda chalina sobre su cuello— se levanta para agradecer. Lo hará incontables veces. Perderé la cuenta de las veces que se levanta y se sienta en su butaca de primera fila. Hay huecos vacíos en los asientos reservados a las “autoridades”.

La “Imilla” canta El milagro y La sonrisa de piedra. Sibah, una de las organizadoras, está conmovida y pide que Matilde cuente una anécdota alrededor de ese bailecito llamado El lucero de tu pecho. Ha servido ese tema para parir otro suyo, Fuerza de luz. La octava del tributo es Viento pasajero. Sibah repite esta estrofa: “Ay, cariño engañero, / fuiste viento pasajero, / árbol en sol parece eterno / pero es cierto que hay un invierno”.

La novena es Rosa de tiempo. Sibah se la dedica a su madre Betty, presente en la tocada (y a todas las madres y mujeres). “Pueden sacar pañuelitos”. El instrumental Descanso en el arroyo es ejecutado con maestría por el joven charanguista Álvaro Quisberth. El ensamble dirigido por la pianista Melanie Lagos (con Jocelyn Alarcón en el fagot, Tefa Mariscal en la batería, Andrés Herrera en la guitarra, Víctor Aliaga en el saxofón y el maestro Einar Guillén en el piano) está a la altura del sentido homenaje.

El intermedio sirve para que Matilde suba por primera vez al escenario del 6 de Agosto. Recibe un ramillete de flores. “Estoy feliz, esto es una emoción hermosa para mi obra, para mi poesía. Ustedes son parte de mi canto”. Recita el primer poema, su primer poema que no tiene título, aunque sea conocido como A veces quisiera. Habla Matilde y todos escuchamos: “A veces quisiera perderme en el viento / y que nada quede de mí / pero bajo mi ventana / un hombre silbando que pasa / me corta las alas del sueño. / Y pienso que es bueno quedarse / que soy en la tierra / mejor que volando en el viento / y pienso que puedo dormir en tus campos / que puedo llorar por tu llanto / y bordar cascabeles de lluvia / al tomar la guitarra en mis manos”.

El presidente de los residentes chuquisaqueños en La Paz hace entrega de un reconocimiento. Y Matilde regala otro poema, es su primer poema. Lo dice de memoria. “Me acuerdo de todos los poemas de mi adolescencia. Mi vida ha sido invadida por la poesía, desde niña; es un mundo que me encanta habitar, es un alimento que me acompaña”, me va a decir dos días después tomando un jugo de papaya con brazo gitano en el Eli’s. La señora que la atendía hace medio siglo ya no trabaja en la confitería. Matilde chequeará de reojo a Humphrey Bogart cuando nos vayamos.

Entre el público del homenaje hay viejos amigos (Cergio Prudencio, que también ha musicalizado sus poemas, entre ellos) y espectadores de todas las edades, regiones, gustos musicales y clases. Matilde une a todo el pueblo boliviano. Matilde es Bolivia con sus cuecas, bailecitos, taquiraris, vals y huayñitos. “El mejor pago que una puede recibir es el abrazo de la gente, ver gente llorando con tus canciones”.

Tras el descanso, donde nadie se mueve de su asiento, Alejandra Pareja—joven y talentosa soprano— canta Detrás de la niebla y Quimera. Con Tere Morales sobre las tablas, la temperatura se eleva, afuera hace frío. ¡Qué bueno que Matilde trajo ropa de abrigo! Mi corazón en la ciudad, el taquirari De tu hermosura y La estrella nos ponen a todos a dar palmas con el corazón. “He visto muchos hombres arrastrándose en la senda / cansados de pelear y de esperar / el sol de la justicia y la verdad / he visto muchos hombres abrazados a su sombra / mordiendo amargo pan/ yo le dijera, hermano yérguete / acá tienes mi mano, apóyate”.

Cuando irrumpe Emma Junaro en el escenario, ya estamos todos derretidos de cariño. “Para mí, Matilde es el amor, ese amor audaz y valiente que en su tiempo se atrevió a romper esquemas, a abrir una puerta, por la cual tiempo después me tocó pasar de la mano de Fernando Cabrera y hacer ese disco que mirándolo en la distancia, realmente para ese tiempo, fue un atrevimiento. Matilde es la semilla, el jardín, las flores. Estamos viendo florecer ahora lo que es el trabajo, la verdad y la sinceridad, el amor; no hay otra palabra”, dice la Junaro antes de atacar Tanto te amé”y Como un fueguito. Amor y desamor son las caras de la misma Matilde.

El público que llena el cine/teatro municipal se conmueve con las dos interpretaciones. Guarda un silencio que sobrecoge, algunos filman con sus celulares. Emma Junaro, de impoluto traje largo blanco y lentes, acompaña su voz con la mano izquierda como batuta. Matilde se vuelve a parar y lanza besos.

Entonces las seis mujeres (Emma, Sibah, Alejandra, Marisol, “Imilla” y Tere) junto a Matilde cantan De regreso. Antes Sibah y Tere Morales le han regalado/colocado un lindo poncho color vicuña con reborde tejido de blanco, como ese Illimani que se abrió ante su presencia cuando llegó. Después, Matilde habla emocionada hasta las lágrimas: “Yo creo que tengo el privilegio del sembrador, de ver como va creciendo su trigo, su maíz, su papita. ¡Qué maravilla poder ver mis versos, escuchar estas canciones de cada una de ustedes y de todos estos músicos maravillosos que me han hecho pasar una noche inolvidable junto a todos ustedes! Es un privilegio poder ver crecer estas bellísimas flores y decir: algo había sembrado”, dice nuestra Matilde.

Cuando arrancan los primeros acordes y letras (“Desde lejos yo regreso / ya te tengo en mi mirada / ya contemplo en tu infinito mis montañas recordadas…”), el público se levanta, algunos lloran. Cuando una canción es asumida por la gente, cuando una letra y unos acordes parecen contar tu historia, la tuya, la de muchos, esa canción se vuelve inmortal. Ya no es de Matitlde, es del pueblo. “Yo no logro explicarme con qué cadenas me ata / con qué hierbas me cautivas dulce tierra boliviana”. El “lara laira larara” es entonado por cientos. “Esta canción la llevo siempre en el alma, siempre estaremos regresando a nuestra Bolivia. Muchas gracias a todos”.

Cuando algunos ya huyen hacia sus casas, Matilde no se resiste a bajar y toca La espina, un huayño. Es el colofón perfecto para una noche hermosa de amores y agradecimientos. Matilde toma una guitarra que no es suya (es la de Andrés Herrera), no la afina. La hace suya en unos segundos. Su voz es un portento, su rasgueo intimida. Usa la guitarra como percusión, toca con el alma. Nos canta lo que quiere y lo que no quiere. Nos dice dónde desear escapar. “Ay, palomita viajera, si tuú supieras de mi gran dolor / volando me llevarías hasta donde está mi amor / hasta donde está mi amor”, termina susurrando. El 6 de Agosto se cae, se muere de ternura. Afuera ya no hace tanto frío. Matilde, la sembradora, ha calentado esta noche gélida de mayo con sus fueguitos. Tanto te amamos.

Comparte y opina:

Últimas Noticias