Voces

lunes 24 ene 2022 | Actualizado a 12:21

Sobre la cultura y el arte

/ 14 de enero de 2022 / 00:31

En la vanguardia de la producción cultural de toda sociedad están los y las artistas. Históricamente hablando, ese grupo social interpreta, tanto desde las esferas cultivadas como desde la base popular, el sentir y la razón de vida de todo un conjunto social con expresiones que nacen de pulsiones propias, sin libretos preestablecidos. Por esa potencia expresiva, el poder político siempre quiere encaminar a los artistas hacia objetivos político- partidarios desconociendo la esencia inasible y atemporal de las expresiones del alma. Peor aún, algunos sueñan con un sentido común hegemónico que terminaría con esa “insoportable” libertad de la que gozan los creadores. Vayamos a un ejemplo de la vida real.

1000 años de alegrías y penas son las memorias del célebre artista chino Ai Weiwei, un libro subyugante que retrata su periplo hasta lograr consagrarse internacionalmente. La primera parte está dedicada a su familia, sobre todo a su padre Ai Qing, reconocido poeta chino. En la segunda parte relata su recorrido personal por el mundo. De todo ese abanico de experiencias me interesa su vida en los extremos del péndulo político: desde la extrema izquierda con la Revolución Cultural en la China de Mao (1966-1976), a la extrema derecha en su viaje al imperio americano (1981-1993).

La primera es un martirio familiar inacabable. Su padre, amigo de Mao y miembro de las altas esferas revolucionarias, fue culpado durante la Revolución Cultural de “revisionista” y lo mandaron al destierro a las localidades más sórdidas. La familia pasó la seca y la meca y de esas tensiones se nutrió el futuro artista. La caída del maoísmo permitió al promisorio joven ir al sueño americano. Ahí cebó de muchas tendencias y conoció a notables creadores mientras limpiaba casas, renunciaba a los estudios y experimentaba la vida acelerada del mundo libre. Esa experiencia tampoco llenó su espíritu y volvió a China cansado de la frivolidad y la violencia de la sociedad americana. Es decir, ni unos ni otros, ni izquierdas ni derechas, pudieron excitar su llama creativa. Decidió entonces seguir un itinerario sin imposiciones ni coerciones.

Ese libro, burdamente resumido, me permite colegir algunos pensamientos. Toda revolución cultural, toda transformación del pensamiento artístico y creativo no debe someterse al dictamen voluntarista y ortodoxo de unos cuantos; más bien, debe nutrirse del signo libertario que está en la base-social-creativa y es, per se, un signo ingobernable. Y el poder político debe saber que esa autonomía creativa, ese signo ácrata, es patrimonio del grupo social más encomiable de Bolivia: los y las artistas.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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El rock como fenómeno social

/ 31 de diciembre de 2021 / 01:14

El buen rock en inglés viene de un lejano imperio y el buen rock en español viene de cerca, es argentino. Nadie duda de ello. Y en el Olimpo gaucho convive un personaje que sobrepasa la calidad musical de sus colegas con otras destrezas: el Indio Solari.

El Indio (Carlos Alberto Solari, 1947) gambetea las fronteras del brillante rock argentino pisando el área de las pulsiones urbanas, girando jubiloso sobre su eje, y saltando hacia la médula de los imaginarios sociales. Posee un toque de genialidad perversa con el que convoca a una fanaticada que crece y crece sin parar, cautiva a generaciones de fanáticos con metáforas y sonidos que nacen de esa alma arrabalera tan proclive a los excesos del sentimiento, y con recursos lingüísticos propios evoca imaginarios profundos que superan con demasía a los provenientes de estudios académicos o de la politiquería. Pregunto, ¿cuántos artistas pueden lograr semejante representación simbólica?

Empezó su fulgurante carrera en los años 80 con una banda emblemática, Patricio Rey y los redonditos de ricota. A partir de entonces creció como una mancha urbana hasta congregar, hace poco y con su nueva banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, a más de 300.000 fanáticos. Para que se entienda mejor: El Indio Solari es el único rockero que reúne masas que no solo bailan y enloquecen el día del concierto, sino que antes y después viven en campamentos apropiándose de los espacios públicos; es decir, Woodstock reinterpretado en clave gaucha, quintuplicando la población con música, carpas, descontrol, choripanes, pericos, fernets y otras acciones de extravagancia colectiva. El Indio Solari sube al escenario como un Nosferatu musical y las garras de su genialidad tocan las teclas del nervio social, pone en juego una catarsis colectiva donde se expulsan los demonios de una sociedad envilecida que precisa de esos actos catárticos. No solo es un concierto de rock, es el pogo más grande del mundo, de muchas generaciones y variadas clases sociales girando con el Jijiji de Su Majestad. Como expresan los estudiosos sociales, se trata de un “discurso Monista” donde se mezcla “lo alto y lo bajo, lo bueno y lo malo, Dios y el diablo… No se fragmenta la realidad entre lo que debe ser y lo que es”.

El Indio Solari no volverá a los conciertos de rock más memorables del país vecino. Declaró que tiene Alzheimer y poco a poco perderá sus capacidades artísticas y creativas. Tampoco sabe cómo se volvió el Indio y cómo ese alter ego logró representar el alma exultante de un pueblo en cada “misa ricotera”, solo sabe que “a medida que uno se pone grande aparece la cosa de sumergirse en la nada”.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Razones estructurales

/ 17 de diciembre de 2021 / 01:01

A la pregunta ¿por qué teniendo un territorio inmenso con enormes riquezas no llegamos a construir un Estado de bienestar para tan pocos habitantes?, casi nunca respondemos con autocrítica y casi siempre con sandeces como las respuestas racistas, donde unos acusan a una raza maldita, y otros culpan a los extranjeros de todos nuestros males. No tenemos argumentos razonados y no ejercitamos la autocrítica porque en Bolivia hace 200 años que solo nos dedicamos al ejercicio insulso de la politiquería.

Un pequeño texto, Sociedades Comparadas, del geógrafo Jared Diamond, nos presenta, en lenguaje ameno, las razones estructurales del porqué unos países progresan y otros no. Diamond cita varias causas, enfatizando dos en particular: una, la geografía: “… no solo los países tropicales cercanos al ecuador son más pobres que los de las zonas templadas, sino también que los que carecen de salida al mar son mas pobres que los que tienen costas y ríos navegables”. Dos, las instituciones: “Países con buenas instituciones, como gobiernos honrados y formas de imponer el cumplimiento de leyes y contratos, suelen ser más ricos que aquellos donde el gobierno es corrupto y no se respetan contratos ni leyes”. De ambas pecamos olímpicamente.

Nuestra geografía es mediterránea, difícil y compleja, con cerca de un millón de kilómetros cuadrados de territorios agrestes en la parte andina y muy complicados en el oriente con inmensas llanuras anegadizas. Sin embargo, esa difícil geografía está llena de riquezas. Diamond define esa fortuna como “la maldición de los recursos naturales”, y señala: “Paradójicamente, los países ricos en recursos naturales suelen ser pobres”, argumentando que la ecuación de riquezas naturales más instituciones corruptas dan como resultado pobreza y atraso. Como somos acríticos y fieles custodios de instituciones heredadas e inoperantes, no vemos los problemas de nuestra arquitectura institucional, sea esta colonial, del Estado republicano o del actual, y soportamos un estado unitario, con gobernanza centralista, y a cargo de partidos políticos que son la institución más venal, corrupta y perversa. A todo ello, debes sumar la angurria del capitalismo internacional, chino o americano, para soterrar tu optimismo.

A las razones explicadas en el texto citado agrego otro dato decisivo: la escasa población boliviana, con apenas 11 millones de personas aisladas entre sí y del mundo global, y sin salud y educación plenas. El encuentro entre un territorio inmenso y una población poco cultivada reproducirá siempre una frustración perpetua de no mediar, algún día, un cambio histórico pleno de lucidez colectiva.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Carne mortal y piedra atemporal

/ 3 de diciembre de 2021 / 01:17

Carne y Piedra es un libro clásico de Richard Sennett donde se estudian las relaciones entre las sociedades (más precisamente las experiencias corporales) y las ciudades. Para nosotros, seres urbanos de la montaña, montaraces irredentos, esa correlación entre el cuerpo humano y nuestro entorno construido es muy particular, diría bastante particular. En la ciudad de La Paz, tanto el humilde vecino como los accionistas aburguesados de una empresa suponen que son más vitales y potentes que la memoria de la ciudad, y todos magnificamos nuestros hábitos y realizaciones. Para ello, existen dos campos estelares: los acontecimientos políticos y los eventos festivos. En esos actos sociales practicamos a placer expresiones grandilocuentes, con cuerpos exultantes que se abstraen de la realidad (olvidando una historia plena de vergüenzas), practicando un histrionismo colectivo que pretende ocultar nuestra centenaria incapacidad, y exteriorizando nuestras enormes ganas de ser escuchados. Aquí, en la sede de gobierno de un país politizado hasta el tuétano, la carne y la piedra se entrelazan formando imaginarios urbanos, paradójicos y lastimeros, como también construcciones simbólicas que son las más atrabiliarias e iracundas de la región.

Si existe un sitio emblemático de esta ciudad para tales prácticas es la plaza San Francisco. Nuestro ombligo urbano, nuestro gran teatro citadino que perpetuamente convoca fantasías, deseos y cualquier práctica social que nace de la inventiva de un pueblo que sabe administrar sus carencias. Pero, ¿por qué San Francisco? Es una plaza de dimensiones discretas rodeada de construcciones mediocres a excepción del conjunto conventual más importante de todo nuestro patrimonio arquitectónico. Respuesta: a pesar de su escala provincial, esa plaza nació con un aura muy particular. En la colonia, San Francisco fue el punto de reunión de la ciudad de indios con la ciudad de los españoles y criollos, hilvanando un lazo imaginario entre los de arriba y los de abajo, entre las castas privilegiadas y los indios, entre el poder y la ciudadanía; es decir, es una bisagra social con un aura única. Antiguamente se edificó ese sentido de correspondencia social con puentes peatonales (uno con piedras de Tiwanaku), y después canalizando en ese sector el río Choqueyapu. Todo con piedra y argamasa. Y esas piedras “vieron” pasar los ataúdes de todos: de los corregidores, de los talladores de la portada del templo, de los aristócratas de antaño, de los dictadores militares y “verán” pasar los de todos nosotros porque la memoria urbana pervive en materia atemporal y nuestra carne deambula por meandros inimaginables y efímeros.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Humano…

/ 19 de noviembre de 2021 / 01:57

Humano, Espacio, Tiempo y Humano, es la última película del director coreano Kim Ki-duk antes de morir de COVID- 19 en 2020. El autor, admirado por miles en el mundo, cae en su nivel y nos ofrece un retrato brutal, extremadamente sanguinario y cruel. Se preguntará usted por qué hago una breve reseña de una película mediocre. Pues, porque el cineasta hizo una obra mediocre pero dejó un testamento pertinente para la coyuntura nacional y global. La obra se ordena en cuatro capítulos y la describo con spoilers porque sé que no te atreverás a ver tanto horror.

Humano: En un desvencijado buque de guerra se va de paseo un grupo variopinto de personajes. Un político y su hijo, un grupo de bandoleros, el capitán del barco y su tripulación, y varios jóvenes (hombres y mujeres amorales). Todos comienzan a respetar al connotado político que pasea por la cubierta impecablemente trajeado. En una situación extrema el pituco se asocia a los bandoleros (vestidos de camuflaje) que tenían la única pistola a bordo y muchas hachas. Un viejo zaparrastroso se dedica a recoger tierra con un vaso.

Espacio: Un día el barco deja las aguas e, inexplicablemente, aparece navegando en las nubes (una espectacular imagen poética de Kim Ki-duk). Poco a poco comienza a escasear la comida que queda a cargo de los que ya supones: el político en contubernio con su brazo armado. Se racionan las porciones para todos y todas, mientras el político y el jefe de los bandidos disfrutan banquetes seguidos de violaciones y ultrajes a todas las mujeres; entre ellas, a una joven casta (compañera del hijo del político) que es violada por el padre, el bandolero y el hijo.

Tiempo: El personaje más cuerdo, el viejo, tiene un huerto y dos gallinas con la tierra y las semillas que recolectó pacientemente. El cuarto del viejo germina y se vuelve un vergel. Ahí se refugia la joven embarazada contra su voluntad al estallar las masacres. Y el barco, un artefacto de ambientes metálicos y fríos, se llena de sangre y cadáveres. Los sobrevivientes comienzan a comerse a los muertos (Kim Ki-duk regodeándose con la bajeza humana en modo ultra gore).

Humano: Caen todos excepto la joven que deambula sola en el barco ya transformado en una selva. Da a luz a un niño que crece con su madre en un espacio idílico. Llega a la pubertad y, siguiendo los genes heredados, persigue a su madre para violarla. No happy end.

Kim Ki-duk, el genio maldito de oriente, nos dejó un retrato social de metáforas evidentes: el barco es la patria, la naturaleza el único refugio, y los personajes representan la sociedad global de hoy que está al borde de aniquilarse siguiendo injustificados idearios de brutalidad.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Industrialización y pandemia

/ 5 de noviembre de 2021 / 01:29

The Nation, el semanario americano progresista, acaba de publicar un reportaje sobre un científico que todos deben conocer: Rob Wallace, biólogo evolutivo y ecólogo, famoso gracias a sus trabajos premonitorios sobre el coronavirus SARSCoV- 2 responsable de la pandemia que continúa asolando el planeta.

Hace poco Wallace era un científico desempleado. Era un investigador que apenas pudo conseguir trabajo como asistente para hacer sándwiches después de ser proscrito por la academia americana. ¿Por qué razón? Pues, por publicar un libro, casi profético, en 2016: Grandes Granjas, Grandes Gripes. En ese texto, Wallace relaciona científicamente el agronegocio del capitalismo salvaje con las pandemias; estudió los efectos de la depredación de los bosques naturales causante de un brutal desequilibrio medioambiental que abre las puertas a los virus más extraños y letales. Afirmaba, cinco años atrás, que existe “una alianza estratégica entre las multinacionales, la agroindustria y las nuevas pandemias globales”. Por tales investigaciones, premonitorias y adelantadas, que afectan al sistema capitalista en sus entrañas, fue excluido de becas o de cualquier investigación en las más prestigiosas universidades americanas. No seamos ilusos, ahí también se cuida la estabilidad del sistema.

Wallace, que viene de una familia científica y de izquierda, declaró: “La industria de la alimentación está empujando las fronteras forestales y eso está incrementando la interfaz entre la fauna silvestre, que acoge algunos de los patógenos más mortales, con el ganado industrial criado en esos bordes, y también con los trabajadores que están a cargo de esos animales”. Ese ciclo ocasiona “un incremento del tráfico de estos nuevos patógenos desde los animales salvajes, a través del ganado y la mano de obra, hacia las ciudades”. Wallace, que viajó a Wuhan para comprobar sus aseveraciones hasta el extremo de contagiarse de COVID-19, no cree en la teoría conspiranoica de un virus creado artificialmente. Al contrario, estudió el actual agronegocio capitalista en China que empujó a los campesinos tradicionales a comerciar especies salvajes que dispararon un proceso llamado propagación zoonótica: “cuando los patógenos que se originan en los animales se cruzan a los humanos y luego mutan para propagarse a otros humanos.”

Wallace devela, científicamente, la causa de la actual pandemia: el sistema capitalista. A ese pernicioso sistema debemos sumarle el cambio climático y sus estragos. Pero, pensar que la tarea global para descarbonizar el planeta es un invento del imperio para fregar al sur es un desvarío ideológico insulso para el tiempo sombrío que vivimos.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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