Voces

Friday 9 Dec 2022 | Actualizado a 07:58 AM

Sobre la cultura y el arte

/ 14 de enero de 2022 / 00:31

En la vanguardia de la producción cultural de toda sociedad están los y las artistas. Históricamente hablando, ese grupo social interpreta, tanto desde las esferas cultivadas como desde la base popular, el sentir y la razón de vida de todo un conjunto social con expresiones que nacen de pulsiones propias, sin libretos preestablecidos. Por esa potencia expresiva, el poder político siempre quiere encaminar a los artistas hacia objetivos político- partidarios desconociendo la esencia inasible y atemporal de las expresiones del alma. Peor aún, algunos sueñan con un sentido común hegemónico que terminaría con esa “insoportable” libertad de la que gozan los creadores. Vayamos a un ejemplo de la vida real.

1000 años de alegrías y penas son las memorias del célebre artista chino Ai Weiwei, un libro subyugante que retrata su periplo hasta lograr consagrarse internacionalmente. La primera parte está dedicada a su familia, sobre todo a su padre Ai Qing, reconocido poeta chino. En la segunda parte relata su recorrido personal por el mundo. De todo ese abanico de experiencias me interesa su vida en los extremos del péndulo político: desde la extrema izquierda con la Revolución Cultural en la China de Mao (1966-1976), a la extrema derecha en su viaje al imperio americano (1981-1993).

La primera es un martirio familiar inacabable. Su padre, amigo de Mao y miembro de las altas esferas revolucionarias, fue culpado durante la Revolución Cultural de “revisionista” y lo mandaron al destierro a las localidades más sórdidas. La familia pasó la seca y la meca y de esas tensiones se nutrió el futuro artista. La caída del maoísmo permitió al promisorio joven ir al sueño americano. Ahí cebó de muchas tendencias y conoció a notables creadores mientras limpiaba casas, renunciaba a los estudios y experimentaba la vida acelerada del mundo libre. Esa experiencia tampoco llenó su espíritu y volvió a China cansado de la frivolidad y la violencia de la sociedad americana. Es decir, ni unos ni otros, ni izquierdas ni derechas, pudieron excitar su llama creativa. Decidió entonces seguir un itinerario sin imposiciones ni coerciones.

Ese libro, burdamente resumido, me permite colegir algunos pensamientos. Toda revolución cultural, toda transformación del pensamiento artístico y creativo no debe someterse al dictamen voluntarista y ortodoxo de unos cuantos; más bien, debe nutrirse del signo libertario que está en la base-social-creativa y es, per se, un signo ingobernable. Y el poder político debe saber que esa autonomía creativa, ese signo ácrata, es patrimonio del grupo social más encomiable de Bolivia: los y las artistas.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sobre el llamado Titanic

/ 2 de diciembre de 2022 / 02:20

La pronta inauguración de un nuevo cholet, llamado popularmente el Titanic (aún no tiene nombre), no es un tema menor en el devenir de la arquitectura alteña. Marca una nueva tendencia en el trabajo de Freddy Mamani que merece ser interpretada con agudeza e ingenio para contraponer ideas a la obsecuente teoría arquitectónica de esa ciudad.

La irrupción de los cholets en la ciudad alteña no fue una genialidad personal como supone el encumbrado arquitecto Mamani. Fue, y esto es lo más importante de la arquitectura/ cholet, un proceso social de acumulación creativa. Sus antecedentes se encuentran en el barrio Chijini de la cuidad de La Paz, a los que sumaron personajes como el padre Obermaier y sus iglesias estilo alasitas/ bávaras, entre muchos otros. Ese proceso social, fortalecido por la acumulación económica y política, gestó en décadas construcciones con formas y detalles inscritos en lo lúdico y lo festivo, que son atributos característicos de la cultura local. En esa línea festiva surgieron, y en progresión geométrica, edificios delirantes con detalles que marcan una incontinencia creativa única en la región: detalles neo-andinos, prótesis dentales, iconografías tecnofílicas, Transformers, réplicas 4×4, incluso una pequeña Estatua de la Libertad como en Better call Saul. Sin apegos identitarios, y con una apropiación perversa del imaginario del mundo global, esta arquitectura/cholet cuenta ya con una incipiente teoría que presenta esa arquitectura como una modernidad apropiada. Lo evidente es que el nuevo Titanic abre una veta Hollywood/Las Vegas para una sociedad ávida de mostrar con desfachatez su propuesta artística. Por ello, y colmado de paradojas e incongruencias, un lujoso yate está encallado en el penthouse de un edificio, “surcando” los vientos secos del altiplano, como el clamor arquitectónico de un país mediterráneo.

No tengo dudas de la vigencia e importancia de la arquitectura/cholet. Sus autores y teóricos deberían estar conscientes de su rol en este tiempo. Y con ello en mente, comenzar a cultivar un pensamiento crítico que vaya más allá del autobombo y la autocomplacencia muy propios de las sociedades emergentes. No todo lo que brilla en esas fachadas es oro para el futuro.

¿Qué paisaje cultural tendrá El Alto? A mi entender será una ciudad temática, que a diferencia de Las Vegas, será visualmente bizarra y funcionalmente delirante porque estará agarrotada de actividad terciaria, con réditos y proyecciones más allá de las fronteras; pero cuya visualidad, cuyo fachadismo, no ocultará los temas fundamentales de este nuevo tiempo, a saber: ciudad y territorio sustentables.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Desafío estructural

/ 18 de noviembre de 2022 / 02:31

En su libro Sociedades comparadas, el geógrafo Jared Diamond se pregunta por qué unos países son ricos y otros pobres. Estudiando muchos factores, Diamond hace una lista de la que extraigo dos temas pertinentes a nuestra realidad, diría incluso que son razones estructurales de nuestras desgracias. Todo con el ánimo de ampliar nuestra perspectiva que está sometida al binarismo político.

Arguyendo que la renta per cápita de los países ricos es 400 veces más que las de países pobres, el autor nos describe causales, entre ellas, la razón geográfica. Existen países que por sus condiciones naturales son prósperos y otros no, y en los segundos están países con la llamada “maldición de los recursos naturales”. Sufrimos dicha maldición y por ella tenemos una distribución asimétrica de recursos, zonas con altos ingresos, corrupción en los gobiernos de turno, voracidades imperiales, etc. A esa maldición y razón geográfica yo sumaría una causal poco estudiada por las ciencias sociales o la planificación territorial: nuestra escasa densidad poblacional (11 hab/km2) —con enormes diferencias culturales y étnicas—, en un territorio de geografía extremadamente compleja (macizos infranqueables, llanos inundables y mediterraneidad).

El segundo tema que extraigo del libro es el grado de institucionalidad en las diferentes naciones. Remontando su análisis a 3.000 años atrás, Diamond reflexiona sobre la creación histórica y constante de la estructura institucional que algunas naciones tienen y otras carecen por completo. Una buena arquitectura institucional es sinónimo de un país con desarrollo. Hace 200 años que nos vamos aplazando en este tema. Ninguna solución política, sea liberal, nacionalista, militar, neoliberal o socialista ha logrado establecer una sólida institucionalidad, léase un Estado de verdad. Debatimos si somos un Estado fallido, desestructurado, precoz, etc., por causas propias o por la herencia institucional colonial (tema citado por Diamond).

La ecuación entre razón geográfica/población escasa y diversa/ institucionalidad precaria genera los problemas que vivimos a diario, tanto en las ciudades como en el campo. Y son temas que los técnicos planificadores o los visionarios políticos nos dicen que pueden resolver; pero son dos siglos de infructuosos ensayos, de cantos de sirena, acompañados de una sangría histórica entre hermanos.

Nuestro desafío estructural es cómo reconfiguramos un Estado con las condiciones de base descritas. ¿Debe ser plurinacional, republicano, federado, con migraciones, ancestral, profundamente autonómico? o quizás, mediante procesos futuros que, por el momento, no podemos ni imaginar.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Cerco urbano

/ 4 de noviembre de 2022 / 02:06

Estamos aceptando como cosa normal, como una estrategia política lícita, o como si fuera una más de nuestras actividades cotidianas, el sitiar o cercar nuestras ciudades. Convencidos de su efecto político y de su contundencia —recordando con nostalgia revoltosa el sitio de la ciudad de La Paz de 1781—, recreamos en pleno siglo XXI este brutal procedimiento como si fuera moneda corriente. Y los medios de comunicación, prestos a generar rating con las acciones políticas más cavernícolas, se ufanan en ser las cajas de resonancia de tan delicado tema. Y digo brutal procedimiento porque así lo definen militares avezados como el coronel de las Fuerzas Aéreas de EEUU Cedric Leighton. Según Leighton, “sitiar a una ciudad es una táctica militar remota que tiene como máximo exponente mitológico el asedio a la ciudad de Troya. En la Segunda Guerra Mundial, muchos ven en la batalla de Estalingrado un tipo de sitio más moderno. La táctica está diseñada para privar de hambre una ciudad adversaria clave o fortificación importante para así lograr su sumisión. Es muy brutal, pero a menudo muy efectiva”. Y remata su sabiduría bélica diciendo: “un asedio exitoso puede asegurar la victoria en una guerra y una defensa triunfante en contra de un cerco puede cambiar el ímpetu de un conflicto armado”.

Es decir, todo lo expresado por ese gringo exhuma barbarie y criminalidad denegando ayuda humanitaria o alimentos a la población civil. Pero, entre los procedimientos militares que se implementan durante las guerras entre países, el sitiar o cercar las ciudades es usual porque para la casta militar la medida de la atrocidad impuesta está en directa proporción a lograr el objetivo militar último: ganar la guerra. Apelo a esta jerga militar porque estamos obnubilados y absortos por una práctica política local que para mi persona es, ni más ni menos, un crimen de lesa humanidad. Es más: no deberían ser titulares de prensa ni estar en las notas televisivas más relevantes.

Según la visión de ciertos estrategas políticos, estamos viviendo un proceso de acumulación de fuerzas, de tensiones y crispamientos que deben resolverse tal como lo dictamina — y sin desvíos posibles— el materialismo histórico y dialéctico: la vía armada, con la que debe desaparecer tu enemigo de clase. Y si a esta lucha de clases sumas una cruzada étnico religiosa, tienes el cóctel perfecto para asemejarte al cerco de la ciudad siria de Madaya de 2016, el cerco militar de 2008 en la ciudad de Culiacán, o a la destrucción sin miramientos de ciudades como Estalingrado, Numancia, Palmira, Varsovia, etc. Todos viejos ejemplos del horror universal que no debemos ni emular ni repetir.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Recordando ‘La Paz ha muerto’

/ 23 de septiembre de 2022 / 01:08

A raíz del cambio de normas de edificación para 10 zonas de la ciudad y las reacciones de sectores de la población, voy a recordar experiencias personales relacionadas con esta temática.

Hace ya 25 años, el 3 de noviembre de 1997, estuve en un debate sobre el destino de la ciudad de La Paz en un conocido programa de televisión. En ese debate me encontraba frente a un importante empresario del negocio inmobiliario (con varios edificios tremebundos y mediocremente construidos). Desde el arranque expresé mi convicción en algunos temas como: el futuro de la ciudad, el medioambiente y la pérdida de sensibilidad colectiva ante el fenómeno urbano. El empresario, que tenía estudios de filosofía, urdió una defensa que ahora la puedo calificar como cínica pero apropiada para un público encantado con el palabrerío seductor de los políticos. Como pez en el agua, el empresario alegó que contribuía a esta ciudad mucho más que mi persona al construir edificios porque, según su afirmación más desvergonzada: “la ciudad era un hecho económico”. Los demás temas como el futuro, el medio ambiente, la belleza, etcétera, eran secundarios y debían discutirse “democráticamente” sin ver el mundo como yo, en “blanco y negro”.

Mi intervención fue malentendida por una teleaudiencia ávida de debates televisivos con más bullicio e injurias que ideas. Pero la experiencia más dura fue escuchar a mi gremio —algunos amigos arquitectos y arquitectas también— condenando mi presentación y apoyando la pendejada del depredador urbano. Posteriormente, el moderador del programa escribió una nota periodística acerca de la imposibilidad de la estética en esta ciudad. Con todo ello en el coco y el hígado escribí La Paz ha muerto (1997), un breve texto que en clave metafórica sugiere la muerte de La Paz, como ciudad boliviana del siglo XX, y que ahora es el tiempo de Chuquiago Marka.

Desde entonces mucha agua sucia pasó por el Choqueyapu. El moderador dejó la televisión, el empresario constructor migró a otra ciudad y yo sigo escribiendo sobre esta realidad urbana. Pasaron procesos políticos y alcaldes de todos los colores y estilos, y el tiempo me está dando la razón. Enumero algunas constataciones: Primera, esta ciudad crece y muere —cíclicamente— sin considerar su futuro y sin atisbos de sensibilidad. Segunda, seguimos depredando nuestro sitio construyendo un horroroso paisaje urbano. Tercera, izquierdas, centros y derechas estamos sometidos a un modelo de capitalismo salvaje de hacer ciudad. Y como se quejan de 40 pisos políticos y políticas que enmudecieron ante los bodrios en la plaza Murillo va la cuarta: seguimos practicando la politiquería como hace 25 años.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Autoaislamiento

/ 9 de septiembre de 2022 / 01:00

El llamado ghetto o gueto es una funesta práctica urbana que confina y enclaustra a un sector de la población urbana por diferencias raciales o económicas. Desde que se inició en Italia en el siglo XVI, el gueto no ha dejado de desarrollarse y se practica —en pleno siglo XXI— en casi todos los continentes.

En nuestra ciudad (que pasó por diversas revoluciones políticas y avances sociales) es una práctica vigente, pero como una variante al revés: hay un sector de la ciudad que se autoaísla. El gueto, en nuestra ciudad, es un autoconfinamiento de la zona Sur porque ha decidido aislarse de la ciudad. Dicho en otros términos: los habitantes de los barrios del sur (no todos por supuesto) han decidido no subir a la ciudad. Y esto por muchas razones que van desde un asco visceral hasta la “incomodidad” de trasladarse al centro o a los barrios marginales como si fuéramos del tamaño de Ciudad de México (que tiene más del doble de toda la población en Bolivia). Los “sureños” de esta ciudad suben, como máximo, hasta la Plaza del Estudiante; a partir de ahí, la ciudad para ellos es un territorio ignoto “lleno de peligros y de seres extraños”.

Este tipo de autoaislamiento (diría “autogueto”) sucede en megalópolis cuyas distancias enferman; pero, en un pueblo pequeño como el nuestro suena gracioso. Sin embargo, aceptemos que todos tienen el derecho a vivir la ciudad como mejor les plazca. Estamos en un estado de derecho que reconoce todas las libertades, incluso a que te aísles y evites pasear por la diversidad social y el asombroso paisaje urbano de esta urbe. A mi juicio, eso es perder mucho. La ciudad es fuente inagotable de conocimiento social (a nivel de centros académicos). Si te atreves a recorrer la ciudad con mirada sensible percibirás, por ejemplo, la polivalencia de sentidos y la pluralidad de significados que son temas socioculturales imprescindibles en este tiempo. Por ese autorrelegamiento muchos vecinos y vecinas están pasmados y no comprenden los cambios repentinos de nuestra movilidad social, no perciben el avance plebeyo que ocupa casi todo el territorio urbano para bien o para mal. Para superar ese ofuscamiento cultural debes ver, pasear, y percibir la ciudad para conocer a tu familia urbana, a tus hermanos y hermanas que formamos un collage social y racial que construye un futuro bizarro para una ciudad plena de vigores enigmáticos que no se ven en Miami o Santiago.

Termino con un dato al punto: una nueva burguesía popular está comprando propiedades en ese “autogueto” del sur. Están revirtiendo, pacíficamente, la ilusión clasista de vivir aislado.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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