Voces

Monday 20 May 2024 | Actualizado a 01:26 AM

Pequeñas cosas y líneas estratégicas

/ 26 de marzo de 2022 / 22:57

El tiempo de las cosas pequeñas. Así se titula el segundo capítulo de un estupendo libro publicado por Sergio Almaraz Paz a fines de los años 60 del siglo pasado. Réquiem para una república se denomina el libro y no es una necropsia sobre esa forma de gobierno sino un balance del decurso de la revolución del 52 que ingresó, después del golpe de Estado del 4 de noviembre de 1964, en una fase regresiva y autoritaria bajo la conducción de un gobierno antinacional y antiestatal. Había transcurrido más de una década desde la insurrección de abril de 1952 y el tercer gobierno movimientista —Víctor Paz Estenssoro era el presidente— se debatía entre las disputas internas y la presión norteamericana. La Revolución Nacional llegaba a su fin. La perspicacia y claridad de esa sencilla frase invita a su uso extendido y por eso aparece — estos días— en algunos comentarios despectivos que se refieren al manejo del gobierno de Luis Arce como una gestión intrascendente, mediocre, deficiente, carente de política. Se equivocan o, en todo caso, esa caracterización se sustenta en una supuesta analogía con el derrotero de la Revolución Nacional. Esa analogía apunta a destacar que hubo una fase heroica en el “proceso de cambio” conducido por el MAS que se cristalizó —en la primera gestión de Evo Morales— en la instauración de un modelo económico de carácter Estado-céntrico y redistributivo, así como en la fundación del modelo de Estado plurinacional. Entonces, por contraste, la coyuntura actual es caracterizada con ese criterio minimalista (“el tiempo de las cosas pequeñas”) sin percibir que el desafío es, precisamente, continuar con el proceso incremental de construcción de la nueva institucionalidad estatal. Un proceso que, en algunos casos, exige reformas radicales —en el sistema de justicia, por supuesto— y, en otros, implica encarar su profundización, como el régimen de autonomías territoriales que exige —después del Censo 2022— un nuevo pacto fiscal. El sustrato y viabilidad de estas acciones son, qué duda cabe, la estabilidad macroeconómica y la reactivación productiva. Ahora bien, el Gobierno es eficiente en ambos tópicos y responde a las expectativas de la sociedad que, azotada por la pandemia y el nefasto gobierno de Áñez, apostó por el retorno del MAS al poder. Además, esas apreciaciones despectivas no consideran que el momento constitutivo del gobierno de Luis Arce es —nada más ni nada menos— la recuperación de la democracia, después de un golpe de Estado que tuvo como objetivo una —fracasada— restauración oligárquico señorial y neoliberal.

Con todo, es importante trazar nuevas líneas estratégicas para dar un renovado impulso al “proceso de cambio” en consonancia, además, con los aires de cambio en el continente. El flamante gobierno de Gabriel Boric dio algunas señales de renovación programática con la articulación de lo plurinacional — tema central del proceso constituyente chileno— y el feminismo. La candidata vicepresidencial de la izquierda colombiana —Francia Márquez, afrodescendiente y activista medioambiental— también representa ese vínculo. Esta fórmula discursiva tiene vocablos precisos en nuestro medio y son principios constitucionales: descolonización y despatriarcalización, aunque el desafío es transitar del desmontaje a la construcción, de la crítica a la propuesta, de las demandas sociales a las políticas públicas. La cuestión es combinar esa agenda política y cultural con una propuesta alternativa de modelo de desarrollo. Es decir, pensar en términos de economía política.

Fernando Mayorga es Sociólogo.

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De la política, su judicialización

/ 5 de mayo de 2024 / 00:54

Abril terminó con una noticia que no causó sorpresa: una “sala constitucional” dio curso a una demanda dejando sin efecto la convocatoria a las elecciones judiciales y disponiendo que debe realizarse un nuevo proceso de preselección de candidatas/os. Una vez más se intenta postergar las elecciones que debieron haberse realizado el año pasado. El argumento es válido puesto que se refiere a la defensa del derecho a la participación de mujeres e indígenas bajo los principios de paridad y pluralismo, empero es una máscara retórica. Es una excusa puesto que se trata de una pieza más en la estrategia oficialista dirigida a evitar la realización de las elecciones judiciales y mantener la ilegal —y antiestética— figura de “autoprórroga” de las autoridades del Órgano Judicial y del Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) que, en los últimos meses, ha asumido posturas que inciden negativamente en el proceso político. Por ejemplo, los argumentos contra la reelección presidencial que, aprovechando una sentencia relativa a la convocatoria a las elecciones judiciales, fueron incluidos para dar pábulo a una supuesta inhabilitación de Evo Morales como candidato. Entremedio, dando curso a un amparo constitucional, suspendió las interpelaciones a los ministros y, en otra ocasión, cuestionó las atribuciones del presidente del Senado para convocar a sesiones. Es decir, el TCP restringe las labores de la Asamblea Legislativa Plurinacional, nada más ni nada menos.

Pero eso no es todo. En los albores de mayo, otra “sala constitucional” decidió que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) debe “acompañar” un congreso partidista convocado por organizaciones sindicales que respaldan al presidente Arce, pese a que dicha convocatoria no fue reconocida como válida por el propio TSE. Es decir, se instruye a un órgano del Estado para que actúe en contra de sus propias determinaciones (y en beneficio de los aliados del Presidente).

La judicialización de la política es resultado de la disputa interna en el MAS-IPSP respecto a la candidatura presidencial en 2025. La pugna provocó la fractura de la bancada oficialista y, por ese motivo, Luis Arce carece de mayoría parlamentaria para ejecutar sus planes, entre ellos su postulación a la reelección. Ante ese escenario, el Gobierno despliega su accionar en consonancia con el TCP que, mediante sentencias arbitrarias, se ha convertido en un actor relevante en el proceso político decisional. En el pasado prevalecía la politización de la Justicia mediante la instrumentalización de los fallos judiciales para beneficiar a los gobernantes de turno, un hecho recurrente desde la recuperación de la democracia en 1982. En la actualidad estamos frente a un hecho concomitante —la judicialización de la política— con consecuencias negativas para la democracia. Cuando esto acontece, el proceso decisional ya no depende directamente de los actores políticos sino de las instancias judiciales que establecen acuerdos instrumentales con algunos aliados para conseguir mutuos beneficios. Si eso sucede, la política pierde su capacidad estratégica para delinear el futuro y se convierte en mera astucia táctica de carácter coyuntural. Por esta razón, el proceso político se encuentra sometido a una creciente incertidumbre y corre el riesgo de encaminarse a una crisis de gobernabilidad. Más grave inclusive, puesto que la judicialización de la política está socavando la arquitectura político/institucional del Estado plurinacional. Hay tiempo para detener esta erosión, pero no sabemos si existe capacidad, lucidez e interés en los actores estratégicos de la política.

Fernando Mayorga es sociólogo. 

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Sobre el nacionalismo revolucionario

/ 24 de marzo de 2024 / 01:40

Hace meses, Alfredo Ballerstaedt me dijo que debería publicar otra vez mi primer libro, que data de 1985, pero acompañado de otros ensayos que fui escribiendo sobre ese tema en el paso del tiempo. Por su culpa acaba de salir mi libro El discurso del nacionalismo revolucionario en Bolivia y otros ensayos. Cuento algunas cosas al respecto.

A principios de los años 80 estudiaba sociología en México, en la UNAM. El marxismo era la teoría predominante, por suerte en las versiones de Gramcsi y la Escuela de Frankfurt, pero también descubrí a Foucault y Barthes. Esa época, México albergaba al exilio y el debate político era intenso en las filas de una generación de intelectuales latinoamericanistas, de izquierda y humanistas, sensibles a la literatura, la pintura y la música. Tenía 20 años cuando asistí a una mesa redonda entre Ernesto Laclau, Emilio de Ípola, José Nun y Carlos Pereira. Ahí tuve una epifanía porque decidí que mi tesis versaría sobre ideología, política, nacionalismo y temas afines. El giro lingüístico y el análisis del discurso empezaban a influir en varias disciplinas y de manera intuitiva adopté algunas de sus premisas, aunque —y para siempre— con una dosis de eclecticismo y paranoia crítica.

Esa revelación se enlazaba con mi interés por el pensamiento de Carlos Montenegro, cuya obra encontré en mis lecturas juveniles sobre la Revolución de 1952. A fines de 1983, defendí mi tesis de licenciatura y, de manera casual, la primera persona que la tuvo entre manos fue René Zavaleta por un encuentro imprevisto. Había terminado de escribirla en la víspera y le entregué advirtiéndole que era un estudio sobre Nacionalismo y coloniaje de Carlos Montenegro, sabiend0 que también era su ídolo. Al rato, le pregunté su opinión y me dijo con los dientes chirriando: “los títulos están bonitos”.

Regresé a Cochabamba para refugiarme durante 40 años en la Universidad Mayor de San Simón con una vocación suicida de la que nunca me arrepiento. La tesis se convirtió en mi primer libro, publicado en 1985 con un título sugerido por Luis H. Antezana que, además, escribió el prólogo. Desde entonces, con Cachín no hemos parado de conversar sobre pensamiento político boliviano, fútbol, música y literatura. Ese texto es parte de la primera parte de mi libro junto con ensayos sobre Carlos Montenegro, Sergio Almaraz y René Zavaleta.

A fines de los años 90 volví a México para hacer un doctorado en Ciencia Política en FLACSO. Entonces estaban en boga temas como gobernabilidad democrática y sociedad civil y enfoques como neoinstitucionalismo y elección racional, pero seguí transitando los meandros del análisis político con énfasis en lo discursivo, simbólico e identitario. Mi interés estaba enfocado en Condepa y UCS y decidí hacer mi tesis sobre esos partidos con base popular y líderes peculiares que tuvieron un fin trágico: Carlos Palenque y Max Fernández. La defendí, en agosto de 2000, con el título Neopopulismo y democracia en Bolivia. Compadres y padrinos en la política. Precisamente, un ensayo derivado de esa tesis doctoral inicia la segunda parte de mi libro que incluye textos que abordan la fase política iniciada en diciembre de 2005 con la primera victoria del MAS-IPSP y caracterizada por la construcción del Estado plurinacional y la democracia intercultural como aspectos cruciales de un proceso que implica cambio y continuidad respecto al discurso del nacionalismo revolucionario.

Así, este libro es un compendio, pero también una memoria.

 Fernando Mayorga es sociólogo.

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Confuso y denso

/ 10 de marzo de 2024 / 00:43

Es un tiempo denso y confuso. Estamos padeciendo la judicialización de la política y, para empeorar las cosas, la política está sometida a la racionalidad instrumental y a una escenificación grotesca (diputados/as en modo kachaskán). Las tres fuerzas parlamentarias están divididas y las disputas por la candidatura presidencial ahondan esas fracturas. Y como la deliberación para establecer acuerdos o consensos es una moneda muy escasa (like a dollar), los actores estratégicos utilizan otros recursos (Maquiavelo again) para, supuestamente, obtener ventaja y vencer. Así, estatuto y congreso son los temas y terrenos de batalla en ese artefacto en disputa que se denomina MAS-IPSP para después —si se resuelve ese entuerto— encarar las elecciones primarias. Sobre las primarias, un vocal electoral, un ministro y, después, tres jefes de fuerzas de oposición dijeron que sean abiertas, además de simultáneas y obligatorias, es decir, que no solamente debe votar la militancia (que no tienen) sino la ciudadanía en general. ¿Una estratagema para dirimir la disputa interna en el partido de gobierno y para definir una candidatura única en el campo opositor? Dizqué. Pero así estamos, entre astucia de tahúr y talento de Houdini.

Mucha tela para cortar pero me circunscribiré al MAS-IPSP. Y si me cito no es por egolatría ni pulsión cochabambina, sino porque hice un par de investigaciones al respecto y me interesa recuperar algunas ideas que apuntan en dirección opuesta a esta devaluación de la política.

A fines de 2022, presenté mi libro Resistir y retornar. Avatares del proceso decisional en el MASIPSP (2019-2021) con el apoyo de la FES (https://library. fes.de/pdf-files/bueros/bolivien/19716.pdf). Ese libro termina con un posfacio donde se plantea una propuesta para evitar (entonces) los entuertos en el partido más grande del país. Y dice así:

“… es evidente que el MAS-IPSP debe encarar una reforma intelectual y moral, así como un debate ideológico y programático. Sin embargo, estos procesos deben llevarse a cabo bajo condiciones apropiadas para la deliberación democrática y una condición básica es que la racionalidad instrumental — en la cual, el poder es el elemento dominante— no defina las relaciones entre sus actores estratégicos ni sus áreas organizativas. Para que eso ocurra no existe otro camino que el desistimiento a la candidatura presidencial por parte de Evo Morales, Luis Arce y David Choquehuanca. Esas decisiones permitirían establecer un escenario apropiado y un tiempo prudente para el desarrollo de un debate con la mirada puesta en el futuro y con la participación de nuevos protagonistas, con algunas y algunos militantes que demostraron su capacidad en diversas circunstancias y ámbitos, como Andrónico Rodríguez, Adriana Salvatierra, Gabriela Montaño, Diego Pary y Eva Copa —cuya expulsión debe ser reconsiderada— y otros y otras cuyo liderazgo puede manifestarse en un espacio de deliberación democrática. Ese debate debe combinar el balance del proceso de transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales en el país con los aportes de los partidos y gobiernos del nuevo ciclo progresista en la región que articulan demandas y propuestas vinculadas con el ambientalismo, el feminismo y lo informacional, tienen una adscripción plena con la democracia porque no dependen de liderazgos carismáticos y establecen una relación horizontal con movimientos sociales y colectivos ciudadanos”. Sigo pensando que es una vía para resolver los problemas de modo virtuoso —vale para todos los partidos— y para que la política retorne al centro del proceso histórico y proporcione sentido al devenir.

 Fernando Mayorga es sociólogo.

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Alasitas plurinacional

/ 28 de enero de 2024 / 00:18

En el transcurso de la semana pasada se celebraron 15 años de la fundación del Estado plurinacional y, por enésima vez, se inauguró la festividad de Alasitas en Chuquiago Marka/Registrada. ¿Cuál es el motivo para que este columnista relacione ambos acontecimientos? Simplemente porque nada es casual en la vida ni en la muerte/suerte sin blanca. Invoco la figura del hombrecito con sombrero y bigote en estos días de crisis judicial, bloqueos de carreteras y una reyerta discursiva en las filas del partido de gobierno que condujo el proceso constituyente que parió, precisamente, la Constitución Política del Estado —Plurinacional— en 2009. También, y sobre todo, porque casi todos los actores estratégicos de la política, tanto en las filas del oficialismo y de la oposición, han perdido la talla, están chiquitos.

El aniversario en cuestión tiene que ver con la edificación de un modelo estatal que tiene varias novedades institucionales como el reconocimiento de derechos colectivos de los pueblos indígenas y de las naciones originarias, y la vigencia de la democracia intercultural, con la adopción del pluralismo en varias esferas y las autonomías territoriales en el nivel subnacional. Su avance es paulatino y enfrenta muchas barreras, por eso, en algunos libros hablé de la “construcción minimalista del Estado plurinacional”. Sigue y seguirá siendo así porque es un reto materializar sus principios en instituciones y políticas públicas, y también es un desafío consolidarlos en las ideas y creencias de la sociedad. Me refiero, por ejemplo y sobre todo, a la descolonización y a la despatriarcalización, metas que no pueden ser comprendidas por personajes bizarros como un expresidente (por sucesión constitucional, no por votación) que acostumbra escribir en rima pero k’aima y hace chistes opas, esta vez se refirió al “cumpleañero quinceañero”; o como otro expresidente (elegido por el parlamento puesto que salió tercero en las urnas con 18% de votos) que esgrime esa curiosa idea de “volver a la república” como si ésta hubiera desaparecido en el Estado plurinacional.

La festividad de Alasitas no es un invento del Papirri, también conocido como Manuel Monroy Chazarreta, aunque merece serlo. Es la fiesta de la abundancia en miniatura, el deseo de Vivir Bien por obra y gracia del Ekeko, un amuleto del don, de un intercambio sin condiciones, excepto el cumplimiento de unos ritos aplicados con k’oa, cerveza y tabaco para que se cumplan ciertos pedidos: morlacos en Bs y $us, maletas para viajes, certificados de estudios y hasta maridos gallitos. Es una fiesta muy propiamente andina pero siempre abierta a los intercambios comerciales en modo globalización, por eso, ahora, las miniaturas artesanales, las figuras religiosas y los ekekos se mezclan con dragones, sapos y elefantes made-in-China en una suerte de orientalización de las ofrendas. Es lo pluri(inter)nacional. Así funcionan las cosas. Por mi parte, compré 11 jugadores de plomo y ch’allé mi banderita celeste, puesto que Aurora jugará en la Copa Libertadores de América y tiene que tener suerte, esa ñata esquiva. También busqué figuritas de actores/as políticos/as para que fortalezcan los cimientos del Estado plurinacional, pero no tuve suerte. Entonces, le pedí a mi Ekeko que nos ayude a auscultar en los meandros de la política, en los caminos de la vida y en los misterios del corazón puesto que, como susurra Dante Uzquiano mientras suena la guitarra del Grillo Villegas: lo que fue, lo que es, lo que será. Porque, como sentenció René Zavaleta: Bolivia será india o no será. Es decir, plurinacional. Como las Alasitas.

Fernando Mayorga es sociólogo. 

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¿Un Milei boliviano?

/ 31 de diciembre de 2023 / 01:09

“Votando por un Milei boliviano” dice el informe de una empresa encuestadora que saca dudosas conclusiones sobre intenciones de voto. Dudosas, equívocas y tendenciosas puesto que afirma que “el 28% de los entrevistados están dispuestos a votar por un ‘candidato nuevo’ que enarbole las propuestas de Milei. Si a ello se suma el 36% de indecisos, se tiene que un 64% podría apoyar a un ‘Milei boliviano’… Hay pues una disposición a apoyar a un ‘líder emergente’ de extrema derecha”. No interesa ahondar en tales suposiciones ni resaltar la impertinencia de esa lectura. Ese párrafo sirve como una excusa para hablar de los adscritos a las ideas libertarias y al carisma histriónico de Milei en estos lares.

Por cierto, ya tuvimos un “Milei boliviano” y fue un coreano que obtuvo 8% de votos en las elecciones de 2019. Chi entró al ruedo electoral con discurso liberal en la economía y ultraconservador en lo social, aderezado con retórica evangelista. También tuvimos otro “Milei boliviano” en 2019, de raigambre cruceña y talante católico, que hizo arrodillar a medio millón de seguidores para rezar pidiendo “libertad” y la renuncia de Evo Morales, mientras su padre “cerraba” con policías y militares un plan que condujo al golpe de Estado. Su liderazgo traspasó las fronteras de oriente y fue recibido como héroe en La Paz, sin embargo, era un carisma de situación (como todo carisma) y un año después obtuvo un pálido tercer lugar en las elecciones de 2020. Fueron candidatos “nuevos” y “emergentes”, con posiciones liberales y ultraconservadoras como, precisamente, Milei que, por entonces, delineaba su ingreso a la política argentina al compás del rechazo a las medidas “dictatoriales” adoptadas por el Estado para enfrentar a la pandemia con su famosa consigna: “viva la libertad, carajo”.

Esa frase empezó a ser utilizada por algunos políticos locales para dar cuenta de que “necesitamos un Milei y aquí estoy” bajo el absurdo supuesto de que la combinación de una dosis de histrionismo y unos cuantos improperios pueden producir carisma. Y como aderezo esgrimen una retórica individualista y antiestatista con aditamentos antiecologistas, antiderechos, antifeministas. Lo curioso es que en las filas opositoras bolivianas se vincula la consigna de libertad de Milei con lo democrático, lo republicano y el Estado de derecho, es decir, “lo institucional”, esa palabra mágica que usan para denostar nuestro modelo político cuando los resultados no les agradan.

Ahora bien, Milei presentó un decreto y una ley que, entre otras cosas, plantea que se deleguen facultades legislativas al presidente en asuntos económicos, sociales, financieros, fiscales, de seguridad y defensa, tarifarios, energéticos, sanitarios y sociales —durante dos años, prorrogables a cuatro. Se trata de una inaudita concentración de poder en la figura presidencial que implica la eliminación de la división de poderes. ¿Qué dicen los mileístas criollos? Estaremos atentos a que manifiesten su orgullo republicano y su respeto por “lo institucional”. Y si no les queda clara la deriva autoritaria de Milei, es suficiente imaginar lo siguiente: no habrá conflicto por la redistribución de escaños después del Censo 2024, puesto que el presidente Arce definirá, mediante decreto, que en las elecciones de 2025 solamente se elegirán diputados uninominales para conformar el Órgano Legislativo. Es decir, una decisión presidencial redefine el sistema electoral y la representación política. ¿Qué tal?

Fernando Mayorga es sociólogo.

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