Voces

Saturday 2 Mar 2024 | Actualizado a 10:27 AM

Aventura negada

Lucía Sauma, periodista

/ 16 de noviembre de 2023 / 08:23

En España la gente lee más de 10 libros por año, es el país de habla hispana con el mayor hábito de lectura. El promedio a nivel mundial señala que en Estados Unidos sus ciudadanos leen 17 libros por año y el que encabeza la lista es Finlandia con 47 libros anuales, son datos de la Organización de Naciones Unidas (ONU) de 2020. Conocidas estas cifras, despierta la curiosidad respecto a lo que sucede en Sudamérica; Argentina encabeza la lista con cinco a seis libros por año, le sigue Chile con cinco, luego Colombia con cuatro libros al año. Según la misma investigación realizada por la ONU, en Bolivia el 48% de los bolivianos no leyó ni un solo libro en un año, el resto, es decir el 52%, lee de uno a tres libros en el mismo lapso.

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Teniendo las cifras nos preguntamos: ¿Por qué la gente no lee? La repuesta que encontramos señala dos motivos: por falta de tiempo y por desinterés; reinterpretando libremente podríamos decir que la gente no lee porque no le gusta, porque no tiene el hábito, no encuentra placer en la lectura. La mayoría aprendió que leer es una pesada obligación, una tarea poco grata, peor todavía, varias personas  opinan que la lectura es un castigo porque así tuvieron que hacerlo cuando cometieron alguna falta y los obligaron a leer lo que no querían.

Indudablemente la lectura es un hábito que se adquiere desde muy pequeños, incluso desde antes de aprender a leer por sí mismos, es decir cuando alguien con gusto nos lee un cuento, una historia y con placer le pedimos que la repita, hasta que no podemos parar y quedamos atrapados en ese maravilloso mundo que a su vez nos transporta a donde la imaginación del autor y el lector sean capaces de transportar, sin límites de espacio y tiempo, por delante solo un infinito horizonte de conocimientos.

Una cosa es leer y otra cosa comprender lo que se lee. En este punto los datos para Bolivia tampoco son felices porque más de la mitad de las personas dicen que no entienden todo lo que leen. Sobre todo en los niños y adolescentes hay una falta de concentración y comprensión de lo que se lee. Algunos niños dicen no entender porque los libros que les dan en la escuela son narrativas de una realidad que no conocen, corresponden a épocas o situaciones muy alejadas de sus propias experiencias. Esto último debería ser un indicativo de la necesidad de buscar lecturas que estén más adecuadas al pensamiento actual. Ese mismo argumento se replica para los adolescentes, una población mucho más compleja, sobre todo si se trata de personas que no tienen adquirido el hábito de la lectura desde pequeñas. 

La tendencia debería ser que la lectura se convierta en una aventura anhelada, un juego y un placer del que no se quiere escapar.

(*) Lucía Sauma es periodista

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El peligro monta una motocicleta

Lucía Sauma, periodista

/ 22 de febrero de 2024 / 06:59

Cada día es más frecuente que un motociclista aparezca a toda velocidad en contrarruta y el transeúnte que está cruzando la calle salte asustado y se quede quieto, atónito, pensando que acaba de librarse de un grave accidente. Tampoco es de sorprender que el conductor de una moto repartidor de pizzas o cualquier otro encargo se suba a la acera para pasar por sobre todos, esquivando una trancadera. Tocan bocinas, pasan por el carril derecho cuando los pasajeros de un transporte público están descendiendo del mismo. Los motociclistas están por todo lado, siempre apurados, siempre otorgándose prioridad absoluta, siempre creyendo que lo que sea que transportan es parte de Misión Imposible y como Tom Cruise tienen pase libre para arrasar con lo que o quien tengan por delante.

En el primer semestre del año pasado se registraron más de 4.000 accidentes ocasionados por motociclistas, según datos proporcionados por UNIVida, es el motorizado con mayor siniestralidad; la aseguradora estatal pagó Bs 17 millones por los siniestros cometidos principalmente por motociclistas entre enero y julio de 2023.

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Detrás de los accidentes ocasionados por los conductores de motocicletas están las víctimas, personas que sufrieron golpes de los que se recuperaron relativamente rápido; otras más graves por golpes en la cabeza, que tuvieron que ser intervenidas y terminar con una placa de platino en la cabeza; están quienes perdieron una pierna o un brazo, y finalmente quienes perdieron la vida. Entre estas últimas están las personas que dejaron huérfanos o personas dependientes que quedan en el desamparo

El problema tiene aún mayores agravantes, muchos de estos motociclistas no tenían permiso de conducir en el momento del accidente, no tenían SOAT, eran menores de edad y en un número preocupante se dieron a la fuga, dejando a sus víctimas sin auxilio, con absoluta irresponsabilidad, amparados además en lo engorroso que se convierte el trámite de la denuncia, la verificación en cámaras de vigilancia si es que existen en el lugar del accidente y la buena voluntad de las autoridades para continuar con la investigación hasta dar con el autor.

Tienen que tomarse medidas serias frente al peligro que representan los motociclistas irresponsables. Tiene que aumentar la vigilancia en las calles, hay ausencia total de personal de tránsito, no se ven patrulleros que controlen la velocidad ni detengan a los infractores, como los que hacen caso omiso de la luz roja, el que conduce en contraflecha, los que no tienen placas en sus vehículos, los que usan su celular mientras conducen, etc., etc. Todo esto es parte de la seguridad ciudadana, que por los datos conocidos está a la zaga de quienes se creen superhéroes de dibujos animados mientras están montados en una motocicleta.

(*) Lucía Sauma es periodista

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Por un mínimo acuerdo

Lucía Sauma, periodista

/ 8 de febrero de 2024 / 09:45

El trufi circula el centro de La Paz, son las 10 de la mañana, sol radiante, últimos días de enero. Por fin el conductor deja de hablar por su celular. El pasajero que iba a su lado lo sorprende con la pregunta “¿joven, está permitido hablar por teléfono mientras conduce?” Los demás pasajeros atentos a la respuesta esperan, se hace un silencio, el aludido responde a media voz: “No”. Cada uno piensa en lo que significa esa respuesta, cada uno en su fuero interno dice: ¿y entonces por qué lo hizo? Segunda respuesta: “Estaba en rojo”. Todos los demás piensan: primero, no es verdad; segundo, la luz roja no dura seis minutos; tercero, mientras hablaba estuvimos en movimiento. El pasajero cuestionador concluye en representación de todos: “Joven, reconozca que no ha hecho bien, expone su vida y la de los pasajeros”.

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Hacemos reglas, normas, leyes. Empleamos mucho tiempo en elaborarlas y aprobarlas, mientras que contravenirlas no cuesta nada, ni tiempo, ni escrúpulos. Es como estar frente a un rompecabezas: armarlo es difícil, requiere pensar, buscar la pieza exacta. Una vez hecha, damos un manotazo, con el simple afán de destrozarla sin haber terminado de admirarla. ¿Para qué hacer una norma, una regla, si el objetivo es no cumplirla?

Cada vez que una persona permite que otra contravenga acuerdos sociales y no la cuestione, no le dice nada, no le objeta, está consintiendo vivir en una sociedad sin ley, sin pacto social, donde cada quien haga lo que quiera sin que importe el daño que su actuación pueda ocasionar a los demás. ¿Esa es la sociedad que queremos, que soñamos, que deseamos?

Esta es la primera semana de clases en escuelas y colegios del país. Si pensamos que es allí el único lugar donde se educa, estamos muy equivocados porque la casa, la calle, son las escuelas sin vacación que educan o deforman todos los días y a toda hora, 24/7 como dirían quienes apuntan a estar siempre ocupados. El problema radica precisamente en que en estos lugares que es donde todos se forman primero, todos los días y a toda hora se contravienen todos los acuerdos en función de bien personal.

¿Cómo sería una sociedad donde los pactos sociales se cumplen a rajatabla? Seguramente sería una sociedad más respetuosa de la convivencia. Por ejemplo, las personas que la integrarían acordarían cumplir con el horario establecido por respeto al tiempo del otro. O tomando otro ejemplo, en la calle cada quien recoge la basura que genera por respeto a los demás y a sí mismo. Acuerdos simples, cotidianos, capaces de cambiar la convivencia y hacerla más amable, más digna. 

(*) Lucía Sauma es periodista

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Aquí no, en la otra esquina…

Lucía Sauma, periodista

/ 25 de enero de 2024 / 07:18

“No, no quiere, dice que ella entregó en dólares cuando firmamos el contrato anticrético y ahora le debemos devolver en dólares”. Esta conversación se parece a muchas otras que se escuchan en la calle, en el transporte público, en las filas frente a las puertas de un negocio o un banco. La persona de la conversación también argumentaba que había recurrido al Banco Central y allí le dijeron que debía registrarse vía internet para adquirir dólares al precio oficial. Lo había intentado por meses, pero completar el registro era imposible, siempre le salía la odiosa frase “intente más tarde”. En el banco le aconsejaron que ingrese entre 07.00 y 09.00 porque solo aceptan a 200 personas por día en ese horario, insistir después es inútil.  El consejo no surtió. También envió una carta al BCB para que atiendan su pedido de compra de la moneda estadounidense con el respaldo necesario, pero no obtuvo respuesta. Sin embargo, ella constató que quienes estaban en la fila de compra al precio oficial de Bs 6,97 en la entidad estatal son librecambistas, quienes luego revenden los dólares a más de Bs 7.

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Otra persona en las puertas del BCB con la misma necesidad de adquirir dólares, decía que necesitaba comprar esa moneda porque, si bien el boliviano es una moneda fuerte en el país, en el exterior nadie recibe bolivianos y él tiene programado un viaje a Estados Unidos. Hablaba así con el pasaje en mano para demostrar que no era un invento o pretexto. Como respuesta en la caseta de entrada al BCB le dijeron que “haga la prueba de enviar una carta con fotocopia del pasaje, no es seguro pero quizás consiga algo”.

¿Por qué la gente que tiene estas urgencias no puede conseguir dólares y sin embargo centenares de casas de cambio, que se reprodujeron como hongos, especulan con el precio y desesperan a la gente contestando de la forma más despectiva “no hay dólar”.

Hay otra situación que debe ser atendida: el envío de dinero a familiares que por razones de estudio o salud viven en el exterior y su manutención depende de esos giros. La primera traba es que las entidades financieras que deberían realizar esa operación reciben dólares para enviarlos en la misma moneda y no a la inversa. La segunda traba es que cobran una comisión del 9% o más. Esto es realmente inadmisible. ¿Por qué un padre de familia que debe enviar dinero a su hijo que estudia en otro país debe pagar una comisión leonina?  

Nada de esto es justo para la persona común y corriente que no es un especulador cuando solo pretende cubrir la devolución legal de un anticrético, o pagar los gastos de un viaje al que tiene derecho, o finalmente la necesidad de que su familiar pague la vivienda, la alimentación y el transporte en el lugar donde vive. Esta situación es como si al ciudadano lo arrojasen a una jaula de fieras y esperan que se las arregle como pueda, mientras los domadores y dueños del circo se regodean vendiendo las entradas y celebrando el festín que se están dando los leones.

(*) Lucía Sauma es periodista

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Periodismo vigente

Lucía Sauma, periodista

/ 11 de enero de 2024 / 07:45

Al paso de los años aumentan las voces agoreras que proclaman la extinción del periodismo y de los periodistas. Las opiniones al respecto están divididas, hay quienes respaldan abiertamente que ahora cualquiera puede ser periodista desde las redes; cualquiera puede enviar imágenes de lo que presencia, de lo que ve y quizás lo hace con mayor rapidez y entusiasmo que un periodista. Quienes disienten de estas premisas sustentan su opinión arguyendo que los  periodistas buscan las causas de lo que ocurre, contraponen fuentes y no divulgan una noticia sin verificarla. Ambas opiniones esgrimen razones y el debate podría alargarse al infinito, quizás termine en tablas emulando al ajedrez cuando ningún oponente tiene el juego ganado, convirtiéndose en imposible de continuar.

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Sin entrar en la discusión sobre la extinción o no del periodismo me remito a lo que está sucediendo en distintas partes del mundo, demostrando la vigencia de una profesión que suele exigir más allá de las fuerzas de personas que entregan todo por sacar a luz los hechos que hacen a la vida o la muerte de pueblos enteros. En México, el periodismo es la profesión más riesgosa. Desde 2000 llevan asesinados 163 periodistas. ¿Por qué será? Generalmente cuando algo está en extinción es porque deja de ser de interés público y se convierte en obsoleto, deja de ser peligroso para cualquiera. Parece que no es el caso.

Esta semana en Ecuador, un grupo de encapuchados irrumpió en un canal de televisión durante una transmisión en vivo, obligó al presentador, a los periodistas, a los camarógrafos a echarse en el piso, mientras en actitud de pandilleros dieron vueltas mostrándose ante las cámaras. La noticia dio la vuelta al mundo en un instante. ¿No es que casi nadie mira televisión, lee periódicos o escucha radio? Por lo visto parece que no es así.

En Gaza, cerca de 80 periodistas murieron desde que hace cuatro meses se iniciara el conflicto. Se trata de periodistas en su mayoría palestinos y libaneses que a costa de su vida decidieron mostrar al mundo lo que sucede en las calles, en los hospitales, en las escuelas atacadas por Israel, para que salga a luz algo que podría quedar oculto.  Parece que el periodismo, el verdadero periodismo, los verdaderos periodistas, aquellos que valoran su profesión no están en extinción. Son absolutamente necesarios.

Claro que hay un periodismo que ya se ha declarado extinto, rendido ante las redes sociales, reemplazado por las fake news, o por la realidad virtual a la que boquiabiertos y sin ninguna resistencia decidieron ceder sus puestos. A estos periodistas no necesitamos dedicarles más líneas. Todo el esfuerzo en hacer un periodismo de excelencia, de servicio, será para rendir un sentido homenaje a quienes lo dieron todo para que los hechos no queden escondidos, para acercarse lo más posible a la verdad.

(*) Lucía Sauma es periodista

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Tiempo de planes

Lucía Sauma, periodista

/ 28 de diciembre de 2023 / 07:28

Tan cerca de terminar este año propongo plantearnos una meta personal, otra familiar y una laboral, profesional o de oficio. Tres actividades sin pensar en lo difíciles o sencillas que puedan ser, sin cuestionarnos en la imposibilidad de lograrlas a corto plazo, sin medir las fuerzas materiales o de tiempo que requieran, plantearnos tres planes a realizar el año que viene con la simple ambición de retarnos a cumplirlos poniendo todo el empeño del que seamos capaces.

Al iniciar un año siempre venimos cargados de nuevas energías, es como si nos hubiesen dado cuerda, diríamos en la vieja jerga; como si nos hubiesen aumentado megas, diríamos en estos tiempos. Proponernos conseguir algo en el lapso de 12 meses nos impulsa a seguir adelante, a levantarnos por la mañana y luchar durante el día para que esa noche durmamos cansados, felices si logramos un paso o frustrados por el tropezón que tuvimos esa jornada, pero azuzados para no dejarnos estar e intentar de nuevo.

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Por supuesto que el reto no puede seguir a tontas y locas, cada meta debe ser bien planeada. En primer lugar, saber exactamente lo que queremos conseguir, por tanto, darle nombre y apellido. En segundo lugar, establecer una ruta a seguir: qué tengo para conseguirla, qué me falta para hacerlo y cuáles son los posibles obstáculos. En tercer lugar, también con nombre y apellido, tener claro con quienes cuento para lograr lo planeado, porque nada se consigue solo. En cuarto lugar, ya se pueden colocar algunas fechas y finalmente presupuestar, es decir cuánto dinero necesito para lograr las metas que me propuse. En este último punto no hay que dejarse ganar por el desánimo, tenemos tiempo para conseguir los recursos, es parte del reto y el planteamiento de las metas al momento del hacerlo.

Algo importante en este reto es cuándo dar el primer paso, porque a esta altura del año siempre pensamos que todo queda paralizado porque no vale la pena comenzar justo cuando 2023 está terminando. Más bien te diría que es el mejor momento para dar el primer paso que es el plantearse las metas, porque en el tintero quedaron varias mitades, o partes más pequeñas de lo que hubiéramos logrado y no pudimos, entonces hay camino avanzado y por tanto ya tenemos algo ganado, sin importar cuánto sea, porque una meta también puede ser terminar aquello que quedó a medias en el camino de este año.

Tan cerca del inicio de 2024, me queda desear que por el cumplimiento de nuestras metas este año nuevo no llegue tan cargado de politiquería partidista, que venga con la mente clara para no pensar en que es bueno que cada persona tenga su propio avatar creado por la inteligencia artificial y que eso es un avance, con carácter para no dejarse llevar por la nostalgia de los anteriores 365 días, que nos encuentre bien despiertos, dispuestos a soñar. ¡Feliz año 2024!

(*) Lucía Sauma es periodista

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