Voces

Thursday 22 Feb 2024 | Actualizado a 05:34 AM

Sobre las RRSS

Carlos Villagómez

/ 1 de diciembre de 2023 / 10:29

En un programa de televisión, cuatro políticos discutieron sobre los pros y contras de las redes sociales (RRSS); argumentaban, debatían y, a pesar de su vehemencia, me llamó la atención su ingenuidad y candidez. Con el pensamiento anodino de la clase política, unos abogaban por la adscripción sin retaceos a este nuevo tiempo, mientras otra panelista, con la nueva CPE en mano, recitaba los versículos de la descolonización y la despatriarcalización para alejar esas pérfidas entidades conocidas como RRSS. Ergo: debatir sobre el futuro sometimiento cibernético de la humanidad es muy, pero muy, difícil.

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Por ello, repasemos escuetamente la opinión de los entendidos. Un personaje digno de escuchar y leer es Jaron Lanier, tecnólogo, informático, experto de realidad virtual (VR), músico, artista; en suma, un ser polifacético que luce rastas de un metro. Lanier comenzó en Silicon Valley en los años 70 del siglo pasado como un geniecillo de la VR, años después decidió vender su exitosa empresa por una millonada. Desde entonces escribe sobre la revolución tecnológica y sus efectos en la humanidad. Polémico activista contra las RRSS escribió Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato (2018), que sugiero lo leas (circula en PDF). Ahí establece su postura: no está en contra de la revolución tecnológica o del Internet per se, sino del voraz negocio que implementaron a su alrededor las grandes corporaciones, lo llama negocio INCORDIO. Según Lanier este negocio desea: Adquirir tu atención. Buitrear en la vida de todos. Colmar nuestras mentes. Dirigir nuestros comportamientos. Embolsarse nuestro dinero, y todo en una sociedad Falsaria de Falsas muchedumbres. Este ABCDEF que está por encima de ideologías y fronteras fue concebido como una eficaz maquinaria para manipular nuestras vidas con sutiles algoritmos basados en la teoría del conductismo. Lanier habla sin tapujos de adicción: estamos descendiendo hacia una dependencia suicida con las RRSS porque los ejecutivos del negocio INCORDIO conceden a los usuarios/animalitos dosis de dopamina que se entregan sutilmente a través de los likes o de torcidos algoritmos de amaestramiento global. Pero nuestro problema no termina ahí. El libro es la autocrítica de un lado del negocio global. La revolución tecnológica y los objetivos de las RRSS de la China actual son un misterio.

¿Podremos escapar de esta inmensa y subyugante Matrix? Los compatriotas, con pensamiento binario, usan la red X (ex Twitter) para conspirar en chats que son alimento  para el imperio, otros hacen memes de gatitos o se menean con reggaetón en TikTok, y yo me pregunto cuándo dejaré Facebook e Instagram.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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Paisaje urbano

Carlos Villagómez

/ 26 de enero de 2024 / 06:59

La ciudad se construye mediante procesos socioculturales y recursos materiales que se van superponiendo en determinados momentos históricos. En lenguaje técnico,  la imagen de esas superposiciones se conoce como paisaje urbano, la síntesis edificada de la historia sociocultural de nuestra sociedad.

Podemos ir más allá y afirmar que ese paisaje urbano puede ser de larga data o de pocos años atrás. Y esta puntualización es muy importante en una sociedad de gran movilidad social como la nuestra porque los cambios en la forma arquitectónica y urbana pueden ser discontinuos y traumáticos. Dicho en otros términos: los cambios en el paisaje urbano pueden ser tan disruptivos  que afectan, en períodos muy breves, la conducta humana. Repasemos algunas transformaciones urbanas de las ultimas décadas.

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Las fuerzas centrifugas, depredadoras y deshumanizantes, del capitalismo dependiente están libres y someten a nuestro espacio urbano con intensas prácticas sociales, sobre todo del comercio, transporte, construcción y de la catarsis política. Con ellas, el paisaje urbano se construye de cero en cualquier barranco natural o modificando la arquitectura existente como en algunos edificios —patrimoniales o contemporáneos— del centro invadidos por un comercio precario (en un Estado con una enorme población en empleo informal, la lógica gremial del “día a día” ha conquistado los territorios urbanos, y su avance no reculará si no se transforma, estructuralmente, el empleo en Bolivia). Estas prácticas son como una lava volcánica que se escurre por toda la ciudad. Y esa manera contemporánea de hacer ciudad —que mezcla necesidades extremas y expresiones amorfas— dibuja un horizonte urbano ininteligible, estéticamente discutible y culturalmente muy complejo; ergo: un paisaje urbano ideal para turismo antropológico. Prueba irrefutable del horizonte descrito es el manejo kafkiano de la casa patrimonial del Colegio de Arquitectos en Sopocachi. Ahí, en la casa de los profesionales mandados a construir arquitectura y hacer ciudad, se ha materializado todo el menú procedimental y estético de la enmarañada sociedad paceña de este tiempo.

A pesar de ello, todos sin excepción alguna tenemos derecho a la ciudad, y ejercer diariamente ese derecho da fuerza a reaccionar. Algunos lo hacen con rabietas eurocéntricas, otros con indiferencia, y muchos con estupor. Todos reaccionamos ante la paradoja urbana. Pero, algunos viven y explican el nuevo paisaje urbano con decimonónica discriminación; para ellos, la declaración del filósofo francés Michel Serres es categórica: “es necesario construir una especie de multiculturalismo que terminará produciendo un nuevo humanismo”.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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El mercado del arte

Carlos Villagómez

/ 12 de enero de 2024 / 10:35

¿Cómo se define el valor del arte en el capitalismo global? Por mecanismos que se reúnen en la llamada Teoría Institucional del Arte (Arthur Danto y otros). Según esa teoría, el arte contemporáneo, histórico, plástico o conceptual, se entroniza por filtros institucionalizados, a saber: críticos, historiadores, marchantes, museos, bienales, casas de subastas, etc. Todo un tejido corporativo, monopolizado por occidente, y cooptado por grupos de poder que determinan el valor subjetivo y objetivo de cualquier objeto artístico.

Ese tejido corporativo es la vara que mide la aceptación o el rechazo de los artistas tanto del norte como del sur. Para entrar en ese mundo metalizado debes: hacer lobby con las personas adecuadas; estar en ferias o bienales; exponer en un museo de Madrid, París o Nueva York, entre otras genuflexiones. A pesar del mundo multipolar que comienza a consolidarse, occidente sigue controlando el sentido simbólico global. (Apunte para políticos: el arte, en la Batalla de Ideas, es profundamente importante).

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En ese marco excluyente, las casas de subastas, como Christie’s, tienen la última palabra. Se cotizan lienzos o esculturas a precios exorbitantes. Los artistas reconocidos ofrecen algo irremplazable: la unicidad de la obra junto a valorizaciones sistémicas, ergo: un commodity tan apetecible como el oro. Y donde circula tanta plata existe corrupción de alto vuelo y guante blanco como en el caso del magnate ruso Dmitry Rybolovlev. Su marchante, Yves Bouvier, compraba obras con días de anticipación antes de mostrarle al ruso y a sus asesores. El embobado magnate pujaba por esas obras en remates o las compraba directamente pero por decenas de millones más que iban al bolsillo del marchante. Rybolovlev descubrió la trama e inició, a Bouvier y a Sotheby’s, un juicio calificado de histórico que se dilucida en estos días.

¿Y cómo vamos por aquí? Hace poco Ricardo Bajo hizo una crónica de una subasta de fin de año que desnudó nuestra provinciana institucionalidad artística. Pienso que estamos postrados por muchas razones, entre ellas: por la miseria material y estética de nuestros burgueses (rubios y morenos); por el no/me/importismo estatal; por la actual selección binaria y racializada del arte boliviano; por la falta de audacia creativa y mediocridad temática de los artistas; y por nuestra anacrónica academia local. Secuela: salvo excepciones, el artista boliviano está proscrito de las grandes ligas.

Pero, cavilando con ironía subversiva ¿será que esta inopia mantiene éticamente virginales a nuestros artistas, creando un arte superlativo en recónditas ciudades andinas, mientras esperan a que otro Picasso los visibilice?

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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Sobre mis temas

Carlos Villagómez

/ 29 de diciembre de 2023 / 07:14

Fin de año es un buen momento para explicar por qué uno escribe sobre ciertos temas. Con mayor razón si uno es columnista op-ed, es decir, columnista en el espacio opuesto al editorial.

Los periodistas califican mi presencia en el mundo de los columnistas con un simpático denominativo: opinólogo. Acepto parcialmente ese apelativo que, en mi caso personal, lo interpreto como: un arquitecto con opiniones sobre diversos temas, en una miscelánea temática que carece de la “sustancia medular” que poseen los periodistas de cepa.

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Acepto, soy nomás un intruso que se atreve a expresar sus opiniones en un medio que le es extraño, usando palabras y no ladrillos. Pero, quisiera que mi audacia sea compartida. Sería grato ver a los colegas columnistas proyectar y supervisar un edificio de mil metros cuadrados. Si puedo expresar sin temor mis pensamientos en la prensa, ¿por qué no expresan los periodistas su creatividad en el espacio de la arquitectura? Prometo no decirles opinólogos de la arquitectura; al fin y al cabo, la mitad de la ciudad está construida sin arquitectos.

Pero escribo columnas por otra razón en particular. La sociedad visibiliza mucho más a los periodistas que a los arquitectos. Y como ello da una ventaja considerable decidí expresarme en la prensa, con la necesidad vital de desarrollar temas en un espacio de construcción cultural. Y la prensa escrita es, sin duda, el espacio privilegiado de nuestra construcción cultural (aunque sea una prensa que solo reitera temas que, a mi parecer, son poco edificantes: la política, los crímenes y el fútbol).

Por otra parte, mis pocos lectores  me reclaman mayor contundencia en las notas. Interpreto ese reclamo como falta de definición política. Debo aclarar esto por escrito: no voy a desarrollar pensamientos teñidos de inclinaciones políticas, no seré portavoz del sector oficialista 1, ni del sector oficialista 2, ni de la oposición. Tampoco estoy en op-ed como arquitecto para rajar contra el gobierno municipal por todo y por nada. Escribiré siempre sobre temas que creo son para compartir con todos, aunque ello signifique el ninguneo del gremio.

Escribo sobre arte, películas, la descolonización, sobre las nuevas tecnologías; y de vez en cuando, sobre la ciudad y su arquitectura desde una óptica culturalista. Es decir, desarrollo temas diversos, con algún apoyo bibliográfico, y en un tono que se aleja de la lógica bipolar de la mayoría de las columnas periodísticas que son, a mi parecer, obviedades sin autocrítica. Prefiero la duda de las reflexiones honestas.

En 2024 seguiré en ello, fiel a mis convicciones intelectuales, y eligiendo temas al garete. Les deseo a todos un feliz Año Nuevo.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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Jach’a Qhathu

Carlos Villagómez

/ 15 de diciembre de 2023 / 08:03

Un jueves, o si prefiere un domingo, usted puede armarse de valor e Ir a la Feria 16 de Julio y no emputarse en el intento (parafraseando una notable crónica alteña de Quya Reyna). Y no exagero. Para llegar a esa feria, también conocida como Jach’a Qhatu, debes esquivar los embotellamientos vehiculares y las aglomeraciones humanas de un excitado hormiguero urbano. Este espacio, que lo visitaba años atrás, es ahora un fenómeno de enormes dimensiones: casi 300 hectáreas, con un estimado de 25.000 puestos reunidos en múltiples asociaciones que se instalan y desmontan dos días a la semana generando en esas 48 horas un movimiento de más de $us 2 millones semanales.

Está considerada como la feria comercial más grande de la región con influencias territoriales en el sur del Perú y el norte de Chile. Todo en un movimiento comercial de imprevisibles proyecciones socioculturales y económicas que fue analizado por muchos estudiosos; entre ellos, Simón Yampara que relaciona esta práctica social con nuestra cosmovisión.

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Esta manifestación alteña, que es otra trinchera de la resistencia cultural andina, ha generado una particular forma de desarrollo urbano: es un espacio público multilineal que recibe una intensa y circunstancial ocupación social. En sus calles transformadas en un denso espacio de intercambio, ejerces un inevitable roce social a través de vendedores, compradores, carros a tracción humana, cargadores, etc. En esa colmena, aparentemente desordenada, todo está sectorizado: muebles, juguetes, sofisticados gadgets, ropa usada y nueva (de marca como Zara o Nike), zapatos finos, zapatillas chapis, maquinarias, autopartes, comidas, etc. La 16 de Julio es un hormiguero humano que sería el dulce de la sociobiología (el estudio biológico del comportamiento social de hormigas y seres humanos). Allí encuentras todo el catálogo social de lo andino: reciprocidad, ayuda y regateo en medio de inauditas exclamaciones (¡poleras cinco en diez!), tentadores olores (¡pruebe nuestro charquekan orureño!), en una amplísima oferta que va desde misérrimas chauchas hasta automóviles chinos de alta gama. Por momentos esta feria se torna dadivosa y te yapa: en medio de ese gentío encuentras a compradoras de la zona Sur de La Paz en buzo, barbijo y un gorro empotrado hasta las cejas para un fashion emergency. Quien no cae resbala en el Jach’a Qhathu.

El telón de fondo de esta ópera urbana son edificios de cuatro plantas, uno pegado al otro, en un moderado estilo arquitectónico. En los predios de mayor plusvalía urbana de El Alto no necesitas estridencias sino hechos: un metro cuadrado de terreno en la 16 de Julio cuesta tanto o más que en la Green Tower.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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El culto más intenso

Carlos Villagómez

/ 17 de noviembre de 2023 / 09:18

Cada 8 de noviembre se realiza la Festividad, la Fiesta o el Culto de las Ñatitas en el Cementerio General de nuestra ciudad. No se tiene registros de cuándo comenzaron estos ritos urbanos, solo sabemos que —como muchas expresiones culturales— se pierden en la bruma de los tiempos prehispánicos cuando se sacaban los restos de los chullpares para hacerlos “vivir” unas horas en el mundo de los vivos (así lo describe un dibujo del cronista peruano Guamán Poma de Ayala del siglo XVI). 

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Como toda ritualidad paceña, las Ñatitas se acompañan con otras expresiones: baile, libación, cantos; es decir, somos comunitarios y pluri/expresivos reuniendo múltiples expresiones sociales para gozar de intensos roces y de lubricaciones sociales en espacios muy próximos, pegados unos a otros, a diferencia de los seres del norte que rechazan la proximidad física (un tema analizado por el antropólogo estadounidense Edward T. Hall en su ciencia: la proxémica). A esta innata cercanía espacial, el culto de las Ñatitas añade un particular protagonista: casi un millar de cráneos humanos, todos con un nombre de pila y cargados de quiméricos encuentros y dádivas sin fin. Las Ñatitas se exhiben en el cementerio coronadas de flores, con las oquedades oculares tapadas con níveo algodón, con gorros o cigarros, y con la arrogancia de ser el símbolo universal de la muerte. Como la calaca amedrenta a los forasteros y asusta a las creencias foráneas, para ellos este rito es macabro y profano. Para nuestro pueblo, que en lo más profundo de su ethos cultiva la vida y muerte como un eterno devenir cíclico, este culto es festivo. Va una elucubración al respecto: creo que nuestra “espacialidad existencial” se rige por ese transitar flemático e imperturbable entre la vida y la muerte a través de planos elípticos que forman un rizo sin fin. Así, girando elípticamente, se forma nuestra manera cíclica y atemporal de ver la existencia. Y es por ello que, visitando las Ñatitas, te revuelven las “miradas bloqueadas” por el algodón. Esas oquedades que antes miraban el mundo real, ahora se vuelven a sí mismas en una sombría y vacua contemplación que, paradójicamente, auguran tiempos de prosperidad y fortuna (dato al margen: el algodón para los indígenas norteamericanos simbolizaba sanación y suerte).

Si experimentas las Ñatitas con la mirada occidental que desacraliza deidades —como la Madre Tierra— y descentra las creencias por la ciencia, es obvio que solo ves cráneos y algodones que no transmiten nada. Pero si vives La Paz y sus expresiones como un genuino ser andino, resplandecerán en tu ajayu los arcanos subyacentes del culto más intenso de nuestro calendario cultural.

(*) Carlos Villagómez es arquitecto

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