martes 18 may 2021 | Actualizado a 10:49

Delicias veganas desde Tik Tok

/ 18 de abril de 2021 / 18:26

Paola Banegas Lordemann es una chef que conquista las redes sociales hablando de veganismo, la comunidad LGBTQI y feminismo

Un video que permanece 30 segundos en la pantalla del teléfono móvil le toma a Paola Banegas Lordemann cerca de dos horas de trabajo. Ella coloca la cámara, las luces, prepara el sonido y desde la intimidad de su casa o de la pastelería Lecker Brot —que está bajo su dirección— se conecta con los 35.3K seguidores que tiene en su cuenta de Tik Tok. “No son tantos en comparación con otras cuentas de éxito, pero tengo la dicha de tener seguidores de calidad que buscan en específico los contenidos que les proporciono”, explica la chef y tiktoker de 33 años.

En la cuentas @paolordemann de Tik Tok e IG @yapitavegana de Instagram los contenidos principalmente giran en torno a la vida vegana, con recetas, anécdotas y consejos, así como la defensa de los derechos de la comunidad LGBTQI y la lucha feminista. 

“Siempre me ha gustado relacionarme con el arte y la creación y creo que la gastronomía es una profesión bastante artística y noble, pues se crea una conexión especial entre la persona que cocina y el alimento que transforma, lo que se transmite en el resultado final. La gente come el cariño, la propia energía. Cocinar se hace con el alma”, explica.

Omnívora de crianza, intentó acercarse al veganismo a sus 15 años sin mucho éxito y volvió a intentar a los 21. Con mayor información sobre nutrición y con formación en cocina, el camino estaba allanado.

“A mis 28 años tenía una pareja vegana y ella me hizo concientizar más hacia el respeto por la vida de los animales. Empecé a informarme más y me di cuenta de que la explotación animal no iba con mis convicciones. Cada animal tiene sus características únicas. No me siento superior por ser humana ni superior a otros humanos por no comer animales. Respeto a los que comen carne, y quien quiere aprender otra vía, todo bien”.

Fue así que comenzó su vida de chef vegana en el restaurante Lupito, junto con Luisa “Lupita” España. Como Paola estudió cocina siendo omnívora, logró un paladar bastante educado que le permitió poder recrear platillos tradicionales bolivianos sin tener que usar carne.

“La primera receta vegana que creamos fue la de lomito de champiñones salteados, funcionó muy bien. Hicimos anticucho vegano, fricasé… vas jugando con los elementos que tienes a mano”, agrega.

Luego empezó a incursionar en las redes sociales: Facebook, Instagram… y llegó el Tik Tok, la red más vilipendiada, acusada de ser superficial. “En Tik Tok uno busca lo que encuentra, el contenido depende de lo que busques”, cuenta feliz mientras muestra una foto en que luce un cubrebocas con las palabras “come pasto”.

Y es que así como surgieron los fanáticos, también aparecieron los haters, aquellos que ingresan a las redes sociales para expresar su odio. Y a los veganos los suelen atacar bastante diciendo que no promueven una vida nutritiva, que solo comen pasto o que hacen recetas con “carnes” vegetarianas porque en realidad aman comer animales.

“Lo que muchos no entienden es que la gente no deja de comer carne porque no le haya gustado. A veces paso por la pollería y me antojo del aroma, pero más puede mi cerebro que mi placer. Esa es la razón por la que tratamos de imitar el sabor de la carne. Es lógico. Es como las personas diabéticas, que usan edulcorantes sintéticos”.

SABORES. Banegas trabaja en la pastelería Lecker Brot, en la Av. Argentina 2137 frente a la plaza San Martín. Y en calle 2 de Los Pinos 502. Foto: Alex Lens

Tras Lupito, Banegas pensó en abrir un restaurante latino vegano en Alemania, pero por infortunios familiares se quedó en La Paz y a cargo de la pastelería que dejó su mamá, su más grande inspiración, Lecker Brot. “Ahora tengo el reto de que la pastelería se adapte al veganismo. Vamos avanzando paso a paso”.

Mientras, está concentrada en hacer crecer sus páginas de Tik Tok e Instagram y convertirse en lo que considera que es una verdadera “influencer”: ofrecer alternativas que permitan un cambio positivo en las personas.

Activismo LGBTQI, veganismo y feminismo son sus pilares y por ellos también ha recibido ataques. “Una vez amenazaron con rayar las paredes de la pastelería por un contenido feminista. Así son las redes sociales, te expones a que la gente te ataque de forma personal”. Es hora de mostrar su nueva creación, el sándwich de chola vegano. Así que, solita, suelta los nervios y empieza a grabar.

TRANSICIÓN: Los colores de nuestros orígenes

La nueva colección de la diseñadora Varinia Vera y su marca VariVera fusiona una explosión de tonalidades y materiales nativos con la moda actual

IMPACTO. Abrigo corte asimétrico, hecho en aguayo, paño y cuero ecológico

Por Marcela Araúz M.

/ 16 de mayo de 2021 / 20:35

Los colores se lucen en Las Lomas de Arenas, impresionantes dunas de la ciudad de Santa Cruz. Allí, la fotógrafa Paola Lambertín ha disparado flashes para su más reciente sesión de fotografías de moda en su paso por Bolivia: es la nueva colección de ropa de VariVera.

La marca es una creación de la joven diseñadora paceña Varinia Vera, que este año lanzó Transición, colección que destaca por colores que resaltan sobre materiales nativos y que se enmarcan en diseños juveniles, osados.

“Significa el momento y la acción de pasar de un estado a otro. Justamente, esta colección  está  inspirada en los cambios que vivimos este último año con la pandemia, esto hace que veamos al mundo y la vida con nuevos ojos y nuevo corazón. Añoramos la libertad que teníamos antes y es esta nostalgia y el contraste de emociones la inspiración para esta sesión de fotos realizada en Santa Cruz”, comentó la creadora.

VariVera es una marca de ropa y accesorios inspirados en la cultura y el folklore bolivianos, crea un estilo con significado y sentimiento de identidad. “Queremos crear un concepto que vaya más allá de una prenda de vestir, es este sentimiento de pertenencia y orgullo hacia nuestras raíces. En cada diseño existe modernidad y vanguardia, pero también tradición y cultura”.

Entre los materiales más utilizados están el aguayo de lana de oveja, bordados folklóricos tradicionales, flecos utilizados en las mantas de nuestras cholitas, mezclados con telas como cueros ecológicos, paños, terciopelo, piel sintética con estas fantásticas combinaciones creamos un estilo folc-rock.

La Gráfica

NEÓN. Chaqueta con bordados tradicionales en tonos neones inspirada en la danza folklórica del tinku Foto: Paola Lambertín

1. ESTILO. Chaqueta estilo motoquera con bordados tono neón inspirados en el tinku, acompañada de un sombrero negro copa V Foto: Paola Lambertín

2. TEXTIL. Abrigo hecho completamente de aguayo de lana de oveja, en tonos vivos acompañado de un sombrero rosado copa V Foto: Paola Lambertín

3. DETALLES. Abrigo hecho cien por ciento de aguayo de lana de oveja, en tonos vivos Foto: Paola Lambertín

4. CONJUNTO. Abrigo de corte asimétrico, hecho en aguayo tono amarillo limón, paño y cuero ecológico acompañado de un sombrero rojo copa V Foto: Paola Lambertín

COMBINACIÓN. Abrigo hecho en aguayo de lana de oveja acompañado de capucha de piel sintética, tono camel Foto: Paola Lambertín

Modelo: María Belén Durán

Locación: Las Lomas De Arena (Santa Cruz De La Sierra)

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Fusión: El encanto del Paseo Aranjuez

En Cochabamba la gastronomía, la cultura nacional, el entretenimiento, la arquitectura y las compras se unen en un solo espacio

TERRAZA. Danza, música y gastronomía es la propuesta del último piso del Paseo Aranjuez.

Por María José Richter

/ 16 de mayo de 2021 / 20:24

Desde noviembre de 2020, varias propuestas en Cochabamba se fusionan en un solo espacio: Paseo Aranjuez. Se trata de uno de los nuevos epicentros de entretenimiento en la ciudad del valle. Dos imponentes torres conforman el edificio que combina una lógica ecoamigable e inteligente con detalles precolombinos incaicos, tallados sobre técnica árabe, en las paredes y las columnas de construcción.

Este proyecto empezó a gestarse 10 años atrás, con las propuestas del empresario cochabambino Orlando Ortiz. “Nace simplemente del enamoramiento que tiene la familia con la ciudad que nos vio nacer. Es una retribución”, cuenta Paola Ortiz Oporto, gerente del lugar. “Armamos un proyecto familiar con mi padre y mis hermanos en el que se pueda apostar por Cochabamba y su cultura”.

1. ESPACIO. En el último piso se encuentra la Terraza Aranjuez, desde donde se ofrece una vista de la ciudad. Foto: María José Richter

“El edificio empezó a construirse en 2016. Pensábamos concluirlo en 2019, pero con los problemas sociopolíticos de por medio, la inauguración fue un año más tarde. Luego llegó la pandemia y tuvimos que tomar la decisión de lanzar y abrir todo. Fue un motivo para olvidarse del estrés que se vivía por estar aislado”, dice Ortiz.

En la planta baja, lugar de bienvenida, se dispone La Galería, el espacio donde artistas nacionales exponen sus pinturas y esculturas, sobre una pared de sal que fue llevada desde el salar de Uyuni, a la vista del público. “Proponemos un nuevo formato, un boutique mall. Decidimos crear una instalación, no solo en La Galería, sino también en el último piso, para que los artistas puedan mostrar sus obras de forma gratuita. Queremos crear una plataforma para que haya una difusión de los nuevos talentos”.

2. CONJUNTO. Lado a lado, los restaurantes ofrecen variedad de gastronomía. Foto: María José Richter

“La propuesta mayor es la oferta de cultura al paso. Mucha gente no llega a apreciar el arte porque los espacios son limitados y cerrados. No solo queremos recibir músicos y humoristas de stand-up comedy, sino también pintores, escultores, escritores que puedan presentar su producción abiertamente”, comenta Ortiz.

Más de 60 locales, que reciben entre sus paredes a marcas internacionales y diseñadores nacionales, renuevan sus vitrinas constantemente. Pero la propuesta  más fuerte se encuentra en el último piso, donde se ubica la denominada Terraza Gourmet. En ella, comida de todo tipo, bebidas y música —conciertos grupales, solistas y danza— se fusionan.

3. BARES. Espacios como Monalisa ofrecen una ‘happy hour’ con cocteles seleccionados. Foto: María José Richter

Para uno de los restaurantes, la cultura española fusionada con la estadounidense busca renovarse en el paladar cochabambino. “Churros Calientes es una línea hispánica que creció hace una década en Los Ángeles. La propuesta es generar el producto aquí. Si conquistas al público cochabambino, has conquistado a tres cuartas partes del planeta entero”, señala Paúl Suárez, gerente y chef peruano.

Con esta terraza, con La Galería y sus vitrinas, sobre la avenida América, en una cuadra decorada con árboles y luces que ambientan la esquina Pantaleón Dalence, Paseo Aranjuez anima la ciudad valluna y se ha convertido en la nueva atracción para quienes visitan esta tierra.

4. RESTAURANTE. Patanegra brinda comida europea. Las personas pueden degustar paellas españolas en este local. Foto: María José Richter

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Hugo Monzón, ocho décadas de amor por Tarija

El compositor de la famosa cueca ‘Quiero morir cantando’ —nacido en Quebrada Honda, Tarija— celebra una vida dedicada a la música

TALENTO. El compositor y multiinstrumentista tarijeño toca el violín en su casa

Por Marco Fernández

/ 16 de mayo de 2021 / 20:17

Parece que es un don que tengo desde pequeño, porque mi madre me decía que andaba con las manos en el bolsillo cuando salía a pasear fuera de casa y andaba silbando”. Acaba de estrenar sus 80 años y, a pesar de estar delicado de salud, cuando comienza a rememorar todo este tiempo dedicado a la música, el cantautor Hugo Monzón empieza a rejuvenecer y a recordar que se ha dedicado a crear composiciones para cantarle a la vida, a su vida.

Cuequita para mi mama, cuequita del corazón

Que me ha brotado del alma con hojas de dulce canción.

Dónde estará esa viejita, aquella estrella de amor

Que alumbra por mi camino cuando la tarde se lleva el sol.

“Quién que sinfla, yoer que sinfla”. Al caminar cerca de su casa, con las manos en el bolsillo y alegre, silbaba y cantaba lo que tal vez fue su primera composición, aunque en realidad quería decir: “quién es el que silba, yo soy el que silba”.

Con el apoyo de la Secretaría de Turismo del Gobierno Autónomo Municipal de Tarija, el fotoperiodista Richard Arana —integrante de Fotógrafos Sin Fronteras— llega puntual a la vivienda de don Hugo Monzón Cardozo, quien nació el 1 de abril de 1941 en Quebrada Honda, provincia Avilés, del departamento de Tarija.

Un arroyo muy alegre

Entonaba una canción

Y una bella chapaquita

Lavaba ropa con gran tesón.

Su casa fue el germen que hizo surgir su cariño por la música, ya que su padre, José Manuel Monzón Flores, interpretaba la guitarra, el charango, la mandolina, el acordeón, la quena y otros instrumentos. No obstante, su progenitor se oponía a que Hugo hiciera lo mismo. “Mi papá no quería que tocara la guitarra. ‘No tienes que aprender esos instrumentos porque la gente que toca guitarra se dedica mucho a tomar, se vuelve borracha’”. Si bien no deseaba que lo hiciera, tampoco le prohibía, tomando en cuenta la cantidad de instrumentos que había en casa. “Cuando me veía tocar la guitarra, solo me escuchaba, pero no de buena voluntad”, rememora entre risas.

Vino solo cantando

Por las riberas del Guadalquivir

Perdiu en las tinieblas

Que ya anunciaban su pronto fin.

Monzón muestra la fotografía de su padre, de quien heredó el amor por la música. Foto: Richard Arana

Para garantizar que siguiera estudiando, Hugo emigró de su querida Quebrada Honda, “un rinconcito en la frontera con Argentina”, para vivir en San Roque, uno de los primeros barrios de la ciudad de Tarija. Ahí, todas las tardes salía con sus amigos para tocar la guitarra sentados en la acera de alguna casa.

Dos rositas y un clavel

Tres florcitas del vivir

Cómo adornan mi vergel Cómo alegran mi existir

“Todas las composiciones que hago nacen de alguna cuestión de vida, de algo que me ha ocurrido. Yo las traduzco en música y letra, pese a que no sé leer ni escribir en pentagrama”, confiesa. Una de aquellas creaciones es La colegiala, en honor de una enamorada que tuvo en su adolescencia, con quien se veía antes de que ella ingresara al Liceo de Señoritas Campero, siempre estaba vestida con un guardapolvo blanco.

Una brisa muy juguetona ha envuelto  tu cuerpo al pasar

Y al mirar tu guardapolvo, me ha dicho que sos colegial

El sol que ya te miraba, de celos no quiso alumbrar

Él notó que yo te amaba, que nunca te voy a olvidar

Desde el barrio de San Roque, donde fundó con sus amigos el club Campero, maduró de a poco su pasión por la música. Como consecuencia de ello, en 1966 fundó el grupo Los Arrieros, y el 15 de abril de 1967, en el sesquicentenario de la Batalla de la Tablada, creó Los Montoneros de Méndez.

Linda sanroqueñita

De bellos ojos, bello perfil

Vení, bailemos la caña

Brincando alegres de aquí pa’llí

Hugo Monzón, Luis Aldana, Nilo Soruco, Ciscar Galo, Norma Gálvez y Vicente Mealla produjeron desde entonces 25 álbumes, que incluyeron presentaciones en casi todo el país, como también en el exterior. Cueca de Vargas, El arroyo enamorado, Mirando el Carnaval, Cuequita para mi mama y La colegiala son algunas de las canciones que Monzón dejó como muestra de su espíritu sensible.

“Muchísimas canciones me salieron y la mayoría con éxito, pero lo más grandioso fue Morir cantando, una cueca para la que me inspiré en la muerte de mi hermano mayor, en las palabras que dijo antes de morir”, explica el compositor.

Quiero morir cantando al amanecer

Ya mi copla se va acabando

Me voy muy lejos pa’ no volver

Tal vez la composición más escuchada de Monzón fue interpretada incluso por el cantante argentino Chaqueño Palavecino, quien le pidió que escribiera una segunda parte, que el músico hizo en 24 horas, siempre rememorando y rindiendo homenaje a su hermano.

Te pido no me olvides, amor, amor

Ya que en la sepultura

Reina el silencio y calma el dolor

Entonces, como si las remembranzas le devolvieran la energía que se llevaron los años, Hugo toma un violín para interpretar una de sus canciones preferidas. Luego toma la guitarra, la afina un poco, repasa las notas y comienza a interpretar, con la misma pasión de siempre, Quiero morir cantando.

Esas lágrimas de tus ojos

Esos mares de compasión

Ya no lloren mi despedida

Les pido a todo resignación

La enfermedad ha ocasionado que deje de crear canciones como antes. “Pareciera que después de haber abandonado a Los Montoneros de Méndez he entrado en depresión, estoy con tratamiento todo este tiempo. Todo eso ha mermado mi capacidad para escribir y hacer música, pero me encanta. Todos los días tengo que escuchar radio. Todavía agarro la guitarra, pero ya no me salen esas cosas de antes, porque todo tiene su tiempo, ¿no ve?”, reflexiona.

No obstante, Hugo Monzón, uno de los compositores más prolíficos de Bolivia, vuelve a tomar su guitarra para seguir cantándole a la vida, a su vida octogenaria.

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Medina Mendieta: piedra, madre y muerte

El Museo Nacional de Arte abre una exposición de homenaje al artista orureño Alberto Medina Mendieta y sus 70 años de trabajo. Es la mejor oportunidad para (re)descubrir a uno de nuestros más talentosos artistas

OBRA. ‘Huaynu-Amor’ (1975) es una pintura en la que el artista plástico Alberto Medina Mendieta explora la sensualidad

Por Ricardo Bajo H.

/ 16 de mayo de 2021 / 20:13

En la casa/estudio del maestro Alberto Medina Mendieta, en la calle Jaén, frente al extinto Bocaisapo, hay más de mil obras de arte, muchas de ellas enrolladas, esperando a ser redescubiertas. Hace dos años, el artista orureño sufrió un pequeño percance cuando fue impactado por un coche a la salida de misa un domingo cerca del colegio San Calixto. Desde aquel día, el maestro vive junto a su hija, Ninoska Selma, en Alto Següencoma. Entrar en la casa/taller de Medina Mendieta para hacer una selección ha sido tarea ardua de su hermano, Édgar Ramiro, también pintor.

La exposición de homenaje en el Museo Nacional de Arte (MNA) es un regalo que ofrece la chance de apreciar una carrera de 70 años, de sorprenderse con cuadros que jamás se habían visto antes, de poner en su justo lugar a uno de los artistas más importantes de las artes bolivianas, más reconocido/apreciado fuera de nuestras fronteras que en nuestro propio país. Quizás, el Premio Nacional de Culturas pueda compensar esta injusticia algún día, quizás.

Me he dedicado a trabajar toda mi vida con el arte, por ello es que tengo toda esta producción, mil obras en el extranjero y mil en Bolivia. He optado por seguir esta carrera y la he ejercido con mucho entusiasmo. (Alberto Medina Mendieta)

Lo primero que llama la atención cuando uno entra en el Palacio de Cristal del MNA son dos acuarelas gigantes sobre papel, quizás las más grandes de la historia del arte boliviano. La señalética de la exposición —curada a cuatro manos entre José Arispe y el propio Ramiro Mendieta— dice: “Sin título” y los años 2010 y 2011, mismo mes de diciembre. Se trata de Protesta 1 y Protesta 2. Son, indudablemente, dos “Medina Mendieta”: hombres y mujeres marchando, desde la noche de los tiempos, clamando a los cielos, presentes como piedras inamovibles, plasmando rebeliones. “Esta sala está dedicada a su etapa pétrea, en formato grande y mediano, una de las más identificables de su carrera. La muestra ha sido una iniciativa del director flamante del Museo, Iván Castellón Quiroga, un gran amigo y admirador de la obra de mi hermano”, dice Ramiro mientras recorremos las tres salas.

Las figuras pétreas/indígenas son, para el crítico ecuatoriano Jorge Velarde, “una denuncia del maltrato, es su contribución a la sensibilidad social del momento, una identificación profunda con los legítimos valores nacionales de los pueblos andinos”. Es la solidez/permanencia de un maestro a prueba de balas y tiempo. Es lo pétreo, que según su paisano Edwin Guzmán Ortiz, “trama una textura que invade los seres y les dota de una identidad granítica. La piedra los posee y les otorga gravedad, es más, lo pétreo se torna piel y viceversa”.

Mis figuras pétreas expresan la fuerza y la grandeza de nuestra raza que por su dureza ha logrado imponer su idiosincrasia a través de sus mitos, tradiciones y costumbres, de manera que mi mensaje es mantener latente nuestra identidad cultural (Alberto Medina Mendieta)

La muerte y la maternidad dominan la Sala Cristal y la Sala Díez de Medina: Madre montaña (1982), Parto (1964), Hijos a espaldas (1995), Velorio(1980), Ocaso(1966), Parturienta(1956), Atardecer(1990) y Carnaval de la muerte(2004) estremecen por igual. “La nostalgia, la tristeza, la desolación, el dolor y la muerte siempre marcaron la obra de mi hermano”, cuenta Ramiro. Vemos rostros impávidos, faces de monolito, puños en alto y gestos de sufrimiento y nostalgia pero también, entre líneas, cuerpos entrelazados para el amor/sexo, ternura a borbotones para la esperanza: es Huaynu-Amor (1975), el “eros” entre tanto “thanatos”.

La gráfica

Obra. ‘El juicio final’ está en la Iglesia del Socavón Foto: Ricardo Bajo

Obra. ‘Antepasados’ Foto: Ricardo Bajo

Obra. ‘Arcángel cosmonauta’. Foto: Ricardo Bajo

Alberto Medina, en un retrato fotográfico hecho por Iván Bueno. Foto: Ricardo Bajo

‘Atardecer’, pintura que data de 1990 Foto: Ricardo Bajo

Retrato de Medina, realizado por Oswaldo Guayasamín Foto: Ricardo Bajo

La muerte lo atraviesa casi todo, tal vez se deba al fallecimiento prematuro de su padre, Alejandro Medina, herido de muerte durante la Guerra del Chaco. En la sala “familiar” hay dos retratos de su madre, doña Severa Mendieta Galindo. En uno, ella tiene 80 años; en el otro, solo medio siglo. La madre lo contiene todo. También está colgado otro cuadro revelador: es Feticida (1956) donde un gemelo sobrevive y otro muere tras el parto. Son sus dos nietos, hijos de Alejandro Boris. Mientras tanto, el retrato fotográfico en blanco y negro de Iván Bueno dialoga, de una punta a otra de la Sala Previa, con el retrato artístico de Oswaldo Guayasamín: la mirada de don Alberto es la misma y lo abarca todo.

No soy pesimista, por el contrario, todo lo que hago está hecho con el optimismo de despertar el espíritu de los demás; hacerles ver la realidad y cambiar su arrogancia por honestidad. Estoy seguro que algún día esto ocurrirá. (Alberto Medina Mendieta)

En la búsqueda en la casa de la Jaén (MedinArt Studio) que el maestro abría al público durante las Largas Noches de los Museos, aparecieron dos sorpresas: Juego de canicas (1968), la única litografía de su época parisina cuando don Alberto era un joven treintañero —becado por el Gobierno de París para estudiar grabado— en medio de las barricadas y las piedras del Mayo Francés. Sus aventuras en medio de la revolución las contó Néstor Taboada Terán en la revista orureña Cultura Boliviana. La otra sorpresa es una serie de seis sobre cartón prensado de los famosos cigarrillos Colorados. 

El maestro Medina —galardonado en 2011 con el Premio Obra de una Vida del Salón Pedro Domingo Murillo— ha atravesado diversas etapas a lo largo de su prolífica vida: cultivó el naturalismo y el indigenismo, formó parte de los artistas sociales de la Generación del 52, desarrolló una fase cubista y abstracta, estuvo tras las huellas de Oswaldo Guayasamín —del cual fue amigo y con el que vivió en 1993 durante meses en Ecuador—, abrazó el color tras su etapa más telúrica/pétrea y terminó retornando a las acuarelas para las iglesias de provincia y las esquinas de la ciudad.

Si el arte es testimonio de la época que a uno le toca vivir, Medina Mendieta bebe/bebió de todas las corrientes, siempre con un estilo/universo propio, nacido desde las entrañas de los socavones. Pintó y pinta la Bolivia que vivió, atravesado por el compromiso social, por una cosmovisión, por lo andino/minero, por las palliris, por lo cotidiano de sus personajes urbanos/desheredados.

Me considero descendiente de la cultura uru-murato, o sea, pinto hace más de 10.000 años, los uru-muratos son considerados el pueblo más antiguo de América. He sido influenciado por ese medio geográfico/cósmico/mágico del lado oriental del lago Poopó; y por el medio social, soy de la clase media empobrecida, he vivido muy cerca de los centros mineros y por eso sé que el minero es el obrero más explotado y maltratado (Alberto Medina Mendieta)

Y si de formatos hablamos, los usó todos. Y cuando no había una técnica propicia a la mano, se la inventaba con soportes en materiales reciclados. Así, Medina es el creador del dibujo de fuego (pirodibujo), del arte naipe, del esmalte industrial sintético, del “collage” con láminas de polietileno y los hilo-dibujos (técnica al hilo de costura). La versatilidad y la habilidad riman en la obra del maestro orureño, siempre buscando, siempre a contracorriente, siempre libre. Considerado durante una de sus etapas pictóricas como el “Picasso andino”, el orureño rescata una frase del malagueño: “Picasso hizo siempre lo que le dio la gana, pintó como niño, pintó como grande, pintó figurativo, abstracto, vanguardia, murales…”.

El artista, actualmente, es un personaje íntegro, en todo el sentido de la palabra. Ya se han desechado las técnicas tradicionales en las cuales uno se especializaba. Ahora el artista tiene que saber y entender de todo, en técnicas, temáticas, formas… (Alberto Medina Mendieta).

El cuadro más enigmático/extraño de la exposición es, sin duda, Arcángel cosmonauta (1995). Es un óleo naif sobre lienzo, es un divertimento “kitsch” (otro rasgo colateral de su obra). Está colocado junto a un “auténtico” Medina Mendieta, Antepasados (2004). Es un astronauta disfrazado de arcángel arcabucero. O al revés: es un ángel virreinal lanzado al espacio con la bandera norteamericana en su casco. A ratos pienso que debería estar en el despacho de la embajadora gringa en La Paz. Por un (buen) puñado de dólares, obviamente, que sirvan para montar la casa/museo que don Alberto se merece.

Si mi obra dice algo, eso que lo define el espectador. Es inútil esforzarse por entender el arte, es un misterio divino. El arte no se entiende, se siente. Los artistas más famosos no son siempre los mejores. El marketing del arte actual se debe a una permanente apología del artista y su obra. La privatización del arte está creando verdaderos engrendros. (Alberto Medina Mendieta)

Al final de la segunda sala, se proyectan imágenes de murales. Unos ya no están entre nosotros, otro —El juicio final— ilumina la iglesia del Socavón en su Oruro natal y aquellos están desaparecidos/destruidos y son dignos de una novela negra. Alberto Medina Mendieta pintó dos obras murales en dos colegios orureños: la Escuela Donato Vásquez (La educación primaria) y el Colegio Nacional Simón Bolívar (La alfabetización). Ya no existen más, tan solo quedan fotos y bocetos. Pintó también uno —A mi Oruro— en el lobby del hotel de la Terminal. “Un señor evangélico se hizo cargo del hotel y como no le gustaban los diablos y las carnes y los pecados, lo hizo desenrollar y no lo quiere devolver. Varias instituciones públicas y privadas orureñas han intentado recuperar el muro pero no ha sido posible”. Un mural que nadie ha tocado está sobre la calle 12 de la avenida Ballivián en Calacoto. 

Lo que nadie tampoco pudo tocar es la relación del maestro con la juventud (con los jóvenes muralistas como Alvin Huayllas), con la docencia, con la gestión cultural. Nacido en Oruro en 1937 pero bautizado en La Paz (en la iglesia de San Agustín), desarrolló también una clandestina/desconocida carrera como poeta. Uno de sus escritos In memoriam está presente en la muestra. “Mi hermano está presente con un poema llamado La creación en una antología de poesía latinoamericana que se publicó en Argentina, ediciones Pegaso. Incluso la hija de Alfonsina Storni le entregó un galardón en aquella ocasión”, cuenta su hermano Ramiro cuando terminamos el paseo por las tres salas en tributo a una obra sólida como las montañas retratadas, diversa como la identidad boliviana, fuerte como su trazo, amorosa y dolorosa como su cosmovisión pétrea.

Soy un artista plástico, terrestre aunque nacido cerca de las estrellas, a cuatro mil metros sobre el nivel del mar, en ese techo del mundo llamado Oruro. Mi nombre es Alberto Medina Mendieta y vi la luz el siete de septiembre de 1937, a las siete de la tarde del séptimo día de la semana. Mi nombre tiene siete letras. Con mis antecedentes podría llenar páginas enteras pero no serviría de nada, aquí solo cuenta el valor y la calidad de la obra de arte. (Alberto Medina Mendieta)

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Mónica Ergueta, desde las tablas hasta el sabor de Vallegrande

La cantante ha inaugurado su propio centro cultural lleno de sabores nacionales. Su primer paso: las k’jaras

Por Adrián Paredes

/ 16 de mayo de 2021 / 20:01

La popular cantante Mónica Ergueta hace música desde sus ocho años. Toda su vida giró en torno a ello. Y si bien la música todavía juega una parte importante en su día a día, ahora también es una gestora que busca potenciar su propio centro cultural. Uno que combine los sonidos de la música boliviana en todos sus géneros con los sabores de la gastronomía nacional.

Para lograrlo, los fines de semana deja las parrillas bien calientes para cocinar carne de cerdo de una manera muy precisa, tal como exige la receta de las k’jaras.

En una de sus giras haciendo música tropical, 25 años atrás, la intérprete paceña llegó a Vallegrande donde, fiel a la costumbre que le había inculcado una familia llena de gastrónomos, particularmente su abuelo Víctor Romero Soruco, en vez de sentarse en la mesa a esperar su comida, dirigió sus pasos a la cocina para ver cómo se preparaban las famosas k’jaras.

Foto: Mónica Ergueta

“No me están enseñando, yo estaba de mirona. Y la persona que cocinaba me dijo ‘un día esto te va a salvar’ y me enseñó un secreto que todos estos años se conservó en mi memoria”, explica la cantante.

Ahora, con la pandemia limitando su actividad artística, Mónica Ergueta recordó esa receta de hace tantos años y, muy segura de haber heredado la buena mano para la cocina de su familia, se lanzó a un emprendimiento culinario.

“Yo canto con amor y cocino con sabor”, dice la cantante. Sus k’jaras se hacen con carne de cerdo y tienen una condimentación “muy secreta”, cocinada a la parrilla de modo que no esté ni seca ni jugosa. Se acompaña con mote, papa, un chorizo — cuya receta también guarda celosamente— y los cueritos, que son el alma del platillo vallegrandino.

HERENCIA. Mónica Ergueta canta desde sus ocho años, pero tuvo la suerte de heredar las dotes culinarias de su familia. Foto: Mónica Ergueta

Desde Alto Següencoma, las k’jaras han llegado hasta la ciudad de El Alto gracias al delivery. Tanto han gustado que Ergueta ya recibe pedidos desde Viacha.

Por eso la cantante insiste mucho en que sus comensales reserven con tiempo sus platos, puesto que en una hora se acaba todo. Para reservarlas hay que llamar al 77595105. Y si los fanáticos tienen suerte, los atenderá la mismísima cantante.

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