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Pelota parada, liderazgo y otras hierbas

El fútbol es una dinámica que puede deparar miles de situaciones diferentes. No hay forma de contemplarlas todas.

/ 19 de septiembre de 2016 / 11:11

Cuando hay un gol al minuto de juego, como el otro día en Manaos (de Brasil a Colombia), los periodistas dicen: “Colombia entró dormida”. No, desde el momento en que se pone en juego el balón y se mueven los jugadores, está la posibilidad de hacer gol. El fútbol es una dinámica que puede deparar miles de situaciones diferentes. No hay forma de contemplarlas todas. Además, no se puede controlar el pensamiento de los rivales. “Ellos no saben lo que yo voy a hacer con la pelota…”, sostenía Bochini. Esa convicción le daba una ventaja adicional.

Lo mismo acontece cuando hay un gol sobre el final. “¡No nos pueden hacer un gol en el último minuto…!”, se reprochan. ¿Por qué no…? ¿Ellos sí pueden y el contrario no…? En estos tiempos en que el estado físico de todos es muy bueno, cada vez hay más goles agónicos. Entonces sale el periodista, saca una muletilla del bolsillo y dice: “El Sporting de Lisboa no supo cerrar el partido”. ¿Y cómo se cierra, con un candado…? Esto no es un bar, es un encuentro de fútbol. No hay una persiana que uno pueda bajar y decirle a los de enfrente: “Está cerrado”. Hay once oponentes que desean lo contrario a nosotros. Y una pelota tintineando. Por ahí uno de ellos mete un bombazo al ángulo “y adiós mi plata”, como decía Pepe Schiaffino.

Son clichés. “Mito mundial”, tituló el diario As en relación a los goles y triunfos agónicos del Real Madrid. No hay casualidad sino causalidad: el Madrid respeta siempre su grandeza, ataca hasta el último instante. Y cuando uno ataca el gol es una posibilidad tremendamente cierta. Más con esos delanteros.

¿Cómo hacía el Sporting para contener el ansia madridista y cerrar el triunfo…?

“El partido fue parejo, perdemos por una pelota parada”, dice, para excusarse, el entrenador de un equipo muy famoso. En ese caso, el rival lo desemparejó: tuvo el mérito de convertir. Además, marcar de un córner o un tiro libre es tan válido como en cualquier otra acción. Lo que nunca escuchamos es la frase al revés: “El partido fue parejo, ganamos por una pelota parada”. Ahí sí se adjudica el mérito. Porque el gol de pelota quieta encierra una cualidad del que anota.

Brasil le marcó a Colombia un gol al minuto de juego y de pelota quieta. Miranda anticipó a todos y cabeceó a la red. Entonces se buscó al culpable de perder la marca del autor, en este caso, Bacca. Pero no siempre hay culpa del que defiende sino virtud del que ataca. Fue el caso de Miranda. Si Bacca pudiera leer la mente de Miranda y no actuara en consecuencia, entonces sí podríamos culparlo. Caso contrario caeríamos en la de un relator que en los casos así dice: “Lo dejaron cabecear”. No lo dejaron, se impuso por decisión y condición técnica y física. No se pueden gobernar todos los actos del adversario.

Si no se debieran hacer goles de cabeza, ¿para que se tiran centros…? Colombia llegó al empate parcial con Brasil también por un centro. Y no fue por error del rival sino por virtud propia, de James, que mandó una bola sensacional, con rosca, envenenada. Cualquiera que rozaba la pelota, se metía. La rozó Marquinhos. El 85% del gol fue el centro, lo mismo que en el segundo tanto del Real Madrid al Sporting. Conectó Morata a la red, pero en el centro de James iba el gol.

Otro absurdo actual es que pareciera que el requisito más importante del arquero pasó a ser su juego de pies. ¿Y atajar…? La función prioritaria del portero siempre es la de evitar el gol, aún en equipos cuyo estilo se basa en la posesión, como el Barcelona o el Manchester City. Si además juega bien con los pies y ayuda a la salida y a la descarga cuando un defensor está apremiado, mejor. Y si además hace goles de tiro libre como Rogerio Ceni o Chilavert, buenísimo. Si invertimos los tantos caemos en la del taxista que es buen conversador pero no conoce las calles.

Otro tópico de candente actualidad es el liderazgo. Desde luego se trata de una gran virtud. Es mejor tenerla. Pero pareciera que ahora tiene que ser líder hasta el utilero. “Sí, es buen utilero, tiene el vestuario impecable, pero le falta liderazgo”. ¿El plomero también necesita liderazgo…? ¿Y el que vende zapatos…? ¿No se exagera con esto…? Antes era más simple, uno esperaba que el lateral marcara, que el arquero evitara goles y que el “9” los hiciera, no se hablaba de liderazgo.

Garrincha no tenía liderazgo, solamente era un genio. Y nadie se preocupaba. Si a Houseman o al Loro Cueto le hubiesen preguntado a los 20 años por el liderazgo hubiesen respondido: “¿Con qué se come…?”. Ni tenían idea de eso. Ellos habían pasado su infancia y adolescencia con una pelota en los pies y tenían una relación íntima con ella, la amaban y ésta les obedecía. ¿Alguien le pidió alguna vez liderazgo a Tostao, a Coutinho, a la Bruja Verón…? En la época del Estudiantes campeón de América, la Bruja aportaba los goles, el genio; a pelear los premios iban otros. Bochini se cambiaba en un rinconcito del vestuario, sin hacer ruido, después entraba y ganaba los partidos y hacía delirar a algunas decenas de miles en las tribunas. Ellos lideraban desde el juego.

En todo grupo humano hay algún líder, a lo sumo dos, el resto aporta otras facetas. Antonio Ubaldo Rattin fue un jugador discretísimo con la pelota, pero un tremendo líder. Pocho Pianetti pateaba los penales; tenía patada de mula. Cierta vez falló un penal, a la fecha siguiente otro y luego uno más. Dos domingos después sancionaron otro penal a favor de Boca y fue Pianetti a acomodar la bola. El Rata lo frenó: “¿Qué hacés, Pocho…? Dejá la pelota ahí…” Pianetti no dijo ni mu, se corrió y pateó un compañero. Ahí está la importancia del liderazgo.

Otra vez que Boca andaba mal, volvieron un martes a los entrenamientos y, en el vestuario, ya prontos a salir al campo, Rattin le dice a la tropa: “No se vayan que vamos a hacer una charla”. “¿Para qué…? Vamos a pelotear” respondieron dos o tres. Y ahí le salió el capitán de adentro al gran Antonio: “No, no, vamos a hablar porque andamos mal, esto es Boca, no podemos perder todos los partidos, esto hay que enderezarlo”. Y ahí nomás encaró a uno por uno. A Mourinho, un centromedio magnífico que fue capitán hasta de la selección argentina y murió en Chile en la tragedia del avión del Green Cross, le espetó: “Vos, Gallego, no estás marcando a nadie”. Y así fue recorriendo el espinel. No tenía el tono acusador o delator ni del reproche personal, enfocaba el problema, los compañeros lo entendían, era el líder frontal que con palabras francas pretendía el bien común. Él también exponía sus deficiencias. Y Boca empezó a salir del pozo.

El Rata fue un líder fenomenal y se lo respeta por tal. Pero Rattin hay uno en cada plantel, no veinte. Y jugaba por eso. Con la pelota hablaban los otros.

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¡Cuidado con el futuro del fútbol…!

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 1 de agosto de 2021 / 20:48

“El fútbol, como la vida y las personas, tiene que adaptarse a los tiempos que vivimos. El 40% de los jóvenes entre 16 y 20 años ya no tiene interés por este deporte”. El diagnóstico, sombrío por cierto, lo vertió Florentino Pérez el 18 de abril pasado al momento de lanzar la Superliga Europea, una beba que nació muerta, pues apenas 48 horas ya la habían enterrado la UEFA, los medios, los hinchas y hasta los mismos clubes ingleses que figuraban como fundadores. Pero no funcionó, básicamente, porque era un esperpento jurídico: seguían afiliados a la UEFA, pero hacían un torneo aparte de ésta. Como si Mbappé dijera “sigo perteneciendo al PSG, pero desde ahora voy a jugar un campeonato para el Chelsea y otro para el Bayern Munich”.

A modo de justificación para sostener la idea, Florentino Pérez y Andrea Agnelli, capitanes de esa malograda embarcación, informaron sobre un estudio encargado a una consultora de prestigio mundial que arrojó aquella y otras conclusiones: que los muchachitos, quienes debieran ser los nuevos consumidores del espectáculo, no gustan precisamente del espectáculo: los aburre y no soportan estar dos horas frente al televisor. Y que ello pone en peligro de esta industria que mueve cientos de miles de millones de dólares anuales. “Por ello, hay que mejorarlo o acortarlo”, sentenció Florentino. Agnelli aportó más elementos: “El fútbol está experimentando una enorme crisis que afecta a las nuevas generaciones. Solo el 40% de los jóvenes entre 15 y 24 años están interesados en el fútbol”.

En verdad, las explicaciones de los presidentes del Real Madrid y la Juventus sonaron a excusa pueril para blanquear la Superliga, un torneo elitista y completamente insolidario, un círculo de ultramillonarios que se reunían para ser un poco más ricos y “salvar al fútbol de su ruina”. Y los tumbaron. Bien. Pero el estudio aludido no miente: hoy los jóvenes ven más excitantes otras actividades, están con los influencers, los youtubers, el celular, las redes sociales, la música, etcéteras varios, el fútbol viene quinto y pegando. Y en cualquier momento lo pasan otros competidores. Debe agregarse, además, que en los años ’60, ’70, ’80, el fútbol reinaba a placer, estaba solo o casi, hoy existen decenas de entretenimientos que rivalizan con él.

Si los jóvenes pierden la fidelidad, el futuro del fútbol tambalea. El cimiento de su liderazgo es, ante todo la pasión del público. Por eso un Boca-River era un acontecimiento nacional en 1930, en el ’50, en el ’70, con mejores o peores actores. Si se esfuma ese amor incondicional, cuidado… Y la pandemia ha hecho estragos considerables al jugarse con tribunas vacías.

El informe aquel agregaba que los chicos de todo el planeta tienen ahora dos clubes: uno en su país y otro a escala internacional, que son los grandes equipos europeos. Cierto. Y que son más hinchas de las figuras individuales que de los equipos. Eso explica por qué Messi tiene 240 millones de seguidores en Instagram y el FC Barcelona apenas 99. En breve estará triplicándolo. Por eso, si se le va el 10 se le caen varios contratos de patrocinio, supeditados a su permanencia allí. Y no asoma otra figura de esa categoría. Ni de esa ni de otras más bajas: no asoman. Los casos de Haaland, Luis Díaz, Federico Chiesa, son alentadoras excepciones.

Ahora bien: a Pérez y Agnelli no se les ocurrió que sus equipos mejoren la calidad del juego para atraer a los chicos sino hacer un club privado de doce potentados que jueguen entre sí, promoviendo interés con el nombre, con nuevas estructuras, no a través de la pelota. Pero lo que debe mejorar es el juego. No hace un mes terminaron una Eurocopa y una Copa América que no figurarán entre nuestros recuerdos más entrañables. Pasaron de largo. El fútbol ha avanzado en decenas de aspectos, todo ha evolucionado respecto al pasado, hay mayor eficiencia, dinámica y táctica, pero salió de casa sin peinarse, arreglarse y lucir guapo. Se olvidó de ser lindo, de gustar y atraer. Cuidado, porque hay menos devotos de esta fe.

 Además de la sobreoferta de fútbol que hay los 365 días y a cualquier hora, los partidos -no todos- están careciendo de interés. Por lo general son cerrados, con pocos goles, muy estudiados… Antes uno se sentaba frente al televisor y no se levantaba ni para ir al baño, cosa de no perderse una sola incidencia; ahora va, se hace un café o unos mates, vuelve, atiende el teléfono, postea un tuit y puede que hasta saque la basura mientras se disputa el primer tiempo. Cuando juega la selección sí estamos muy pendientes, la nacionalidad sigue ejerciendo un fuerte compromiso de lealtad y pertenencia, pero si el choque es entre dos representativos foráneos apenas si se pregunta el resultado. “¿Cómo salieron Paraguay y Uruguay…?”. A lo sumo se repregunta: “¿Quién hizo el gol…?”.

Durante años comenté a mis hijos las maravillas del fútbol del pasado. Impregné en ellos mi admiración por jugadores y equipos pretéritos. Que todo era buenísimo, hermoso, épico. Un impensado día se derrumbó el castillo: vimos una película en color, en filmación de cine, de un clásico entre Boca y San Lorenzo de 1971. Qué extraordinario, dije, así van a poder ver a aquellos fenómenos. Fue una decepción tremenda. Era un juego lento, más bien tosco, los de Boca le pasaban la pelota a los de San Lorenzo y los de San Lorenzo a los de Boca. No era el recuerdo que yo tenía (la memoria es traicionera). Mis hijos se miraban entre ellos sorprendidos; el mayor me hizo una pregunta que no olvido: “Papi, ¿qué es esto…?”

Tenían razón, había sobrevalorado el ayer. No volví a cometer ese error, aprendí a valorar el presente. Ahora lo percibo diferente: sin adorar el pasado, está claro que hay una crisis de espectáculo. El fútbol no está generando expectativa. Arsene Wenger dice algo cierto: hay que hacer más atractivo el juego. Y volver a apasionar.

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La gloria no necesita medallas

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 25 de julio de 2021 / 20:18

Londres 1908, estaba a punto de culminar la prueba reina del atletismo y de los Juegos Olímpicos: la maratón. El desaparecido estadio White City lucía atestado por 75.000 almas expectantes. Los parlantes informaban que ya se acercaban los primeros corredores. El público esperaba ver a un fornido atleta a paso triunfal encabezando el pelotón, sin embargo, en medio de la zozobra de policías y oficiales de la prueba, apareció por la boca principal del recinto un hombrecito esmirriado de un metro y 59 centímetros, demacrado, con unos resaltantes mostachos negros. La inesperada y diminuta figura lucía al borde del colapso, se tambaleaba de modo dramático y, en su extenuación física y mental, equivocó el sentido de la pista, tomó para la izquierda. Los controladores, viendo su confusión y sus ojos desorbitados, intentaron indicarle que era para el otro lado; el montoncito de huesos se desplomó. Las piernas temblorosas ya no respondían a su mente. Fue socorrido y se levantó.

Conmocionado, el estadio entero se puso de pie. Agentes y encargados lo rodearon y ayudaron a pararse. Dio media vuelta y prosiguió su insólita marcha. Daba unos pasos y volvía a caer. Cuatro veces más dio de bruces contra el piso tras haber corrido 42 kilómetros entre el castillo de Windsor y el coliseo. La angustia sobrecogió a los presentes. Apenas lo separaban unos metros de la línea de meta y nadie lo perseguía, pero se veía desfalleciente, casi a punto de morir de fatiga, ya sobrepasado el límite del esfuerzo humano. Sólo parecía impulsarlo el anhelo de las tribunas y su extraordinaria fuerza interior. Altos y corpulentos deportistas al borde de la pista lo alentaban para que llegara; cada metro era una ovación. En noble actitud, parte del público lo aplaudía, otros miraban aterrados y los guardianes del orden y fiscalizadores lo auxiliaron hasta que pudo cruzar el cordón de sentencia. Cortó la cinta, hizo un par de metros y cayó como fulminado, siendo retirado en camilla. La muchedumbre aclamó su esfuerzo, más que una gesta deportiva, casi un acto de heroísmo. Luego sabrían su nombre: Dorando Pietri, un italianito de 22 años cuya colosal voluntad era mayor a sus fuerzas. Su escuálida figura venía siendo vitoreada por decenas de miles que bordeaban su paso por las calles londinenses. El número 19 se veía demasiado grande en su pecho. ¡Pero iba primero…! Justo en esa ocasión la maratón fue alargada hasta los 42 kilómetros y 195 metros, como hasta hoy.

«Y al final apareció, ¡pero cuán distinto al exultante vencedor que todos esperábamos!», escribió el británico Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, al ver a Pietri ingresando al escenario. El célebre escritor estaba allí, en el recién inaugurado White City, encargado de cubrir el final de la carrera para el diario Daily Mail. “No creo que ningún hombre de entre la multitud deseara que la victoria se le escapase a aquel valiente italiano”, comentó en su crónica.

La emoción general dio paso a una noticia desconcertante y amarga: Pietri no recibiría la medalla de oro, había sido descalificado por el reclamo del norteamericano John Hayes, que llegó segundo y denunció que Pietri había sido asistido por parte de los fiscales y vigilantes. Hayes llegó después, no había presenciado la ayuda, pero sí los miembros de su delegación. En efecto, el italiano quedó marginado del podio pese a su descomunal sacrificio. No obstante, ese día había nacido un héroe y tenido lugar una leyenda, la de Dorando Pietri.

Fue hospitalizado y estuvo debatiéndose con la muerte, pero se repuso. Unos días después, en el mismo estadio y a modo de compensación, la reina Alejandra de Gran Bretaña, que había presenciado la proeza y estaba enfadada con la inflexibilidad de los jueces, obsequió a Dorando una hermosa copa totalmente de oro y de gran tamaño.

Pietri se convirtió en una celebridad internacional y al año siguiente fue invitado a participar profesionalmente de muchas carreras en diversas ciudades de Estados Unidos, venciendo casi todas las veces a Hayes, demostrando que su victoria en Londres no había sido casualidad. Se montó una pista en el Madison Square Garden para un mano a mano con el estadounidense, el duelo tuvo altísima repercusión y congregó un gentío. Ya había protagonizado otras hazañas, como la del día en que, con 18 años, se enteró que había una competencia pedestre en su pueblo, Carpi, y que tomaría parte Pericle Pagliani, el mejor fondista italiano de la época. Pietri, que estaba con ropa de trabajo (era confitero), se anotó y le ganó al campeón nacional. Allí empezó a cobrar fama.

Pese a su juventud, su carrera fue extrañamente breve. Al convertirse en deportista rentado, no volvería a competir en los Juegos. En el marco del jubileo del Centenario argentino, en mayo de 1910, se organizó una maratón y fue invitado a disputarla. Buenos Aires lo vio correr por última vez y, curiosamente, cronometró su mejor marca personal: 2 horas 38 minutos y 2 segundos.

Dorando Pietri es la más cabal demostración de que ganar no es lo único. Su epopeya y la severidad de su descalificación fueron llevadas al cine, se escribieron cientos de artículos durante más de un siglo, Irving Berlin le compuso una canción, la célebre foto de su llegada ilustra una estampilla, hay pistas atléticas con su nombre y una inmensa estatua lo recuerda en la ciudad de Carpi. Hizo mucho por el orgullo italiano. No pudo ganar una medalla olímpica, aunque pocos promocionaron tanto el olimpismo como el modesto maratonista. Su foto cruzando la meta tambaleante, la mirada perdida y los comisarios de la competición instándolo a cortar la cinta es un ícono del deporte. Hayes ganó el oro, Pietri la idolatría. Era una época romántica de los Juegos, tiempos puros, sin política, sin corrupción ni mercantilismo, sin dopajes ni recompensas económicas, los atletas no eran máquinas, apenas jóvenes fuertes y ágiles con destreza natural para determinadas disciplinas.

El viernes comenzó la 32ª. edición de las Olimpíadas en Tokio. Como cada vez que llega la fiesta olímpica, reaparece la figura de aquel mínimo gigante italiano que enamoró a Inglaterra con su endeblez aparente y su fortaleza real.

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Copa América, la brújula de la Eliminatoria

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 18 de julio de 2021 / 19:07

Recordemos los cinco primeros de la Eliminatoria: Brasil (18 puntos), Argentina (12), Ecuador (9), Uruguay (8) y Colombia (8). Bien, la pregunta que se impone es: ¿seguirá todo igual en la clasificatoria después de disputada la Copa América…? ¿Es la Copa un simple tubo de ensayo como piensan algunos o un torneo que puede cambiar las placas tectónicas de la carrera mundialista…? La centenaria competencia disputada en Brasil deja a varios satisfechos y a otros con caras largas o muy largas. Hay tres que volvieron felices a casa o, al menos, tranquilos: Argentina, Colombia y Perú.

El gran vencedor, sin duda, es Argentina: se quitó de encima un elefante, el de los 28 años sin títulos. La conquista ha sido balsámica para su entrenador Scaloni, a quien acosaban los fantasmas de la interinidad; para Messi, perseguido por el discurso de los “anti”, pero especialmente para la selección toda, que dejó de ser un equipo en construcción y encontró su consolidación. Ahora tendrá partidos mejores o peores, pero ya no habrá una Argentina titubeante. Ganarle la final a Brasil en Maracaná es un diploma de graduación. Y por cómo lo hizo: jugando a hierro corto, con inteligencia y exponiendo los más altos valores espirituales, los que se le reclaman a un futbolista argentino: no temer y buscar la victoria donde sea. Se consagraron varios nombres, como Emiliano Martínez, Rodrigo De Paul, Cristian Romero, Gonzalo Montiel. Son definitivamente jugadores de selección.

Colombia pasó de la amargura que habían dejado las goleadas sufridas ante Uruguay y Ecuador a un semblante de tranquilidad. No sólo por su tercer puesto sino porque se las tuvo tiesas con Brasil, Uruguay y Argentina y salió bien parado. Redondeó todo con el atractivo 3-2 sobre Perú. Como Scaloni, Reinaldo Rueda sepultó las dudas sobre él, encontró el sistema del equipo, tiene bien completo al menos siete u ocho de los once casilleros, trabajó 45 días con el plantel, sabe qué resortes tocar. Se afirmó un mediocampo de excelencia con Cuadrado, Barrios y Uribe y le apareció un atacante fenomenal como Luis Díaz, que cambia toda la ecuación sobre Colombia. Es un “ganapartidos”. En apenas 49 días vuelve la Eliminatoria y ahí podrían estar James Rodríguez, Juan Fernando Quintero y Falcao García. Entrarían en un equipo que ya funciona como tal y, si logran aportar, se elevaría el nivel competitivo, que ya es satisfactorio.

El premundial recibirá a un Perú reciclado, con ánimo y con un universo de jugadores mayor del que contaba: surgieron y convencieron el lateral Marcos López, el volante Sergio Peña, el inteligentísimo goleador Gianluca Lapadula, evolucionó André Carrillo a un nivel desequilibrante. El ánimo imperante tras la Copa lo graficó el viernes Ricardo Gareca: «Somos optimistas. Confiamos en los jugadores. Somos gente de mucha fe para pelear nuevamente la chance de una nueva clasificación». Tiene sólo 4 puntos, pero también está a cuatro del cuarto y quinto. Van con todo. Brasil 2021 fue una inyección futbolística y anímica para ellos.

¿Y el resto…? Uruguay fue el de mayor involución. No tuvo juego ni creatividad ni figuras. Ni siquiera su tradicional garra charrúa. Y anda escasísimo de gol, Suárez y Cavani, hasta no hace tanto una dupla letal, están ya en el umbral de los 35 años y se les nota. Es difícil que en 49 días el Maestro Tabárez logre revolucionar el funcionamiento o descubrir alternativas que le cambien su opacidad. Su cuarto puesto es vidrioso, tiene una barra pisándole los talones. La Copa lo llenó de dudas y suenan fuerte las voces que cuestionan al técnico.

 Ecuador es otro que se fue mal de Brasil, sin siquiera una sola victoria. La selección que parecía una aplanadora al comenzar la Eliminatoria sacó 3 puntos sobre 15. Alfaro es un excelente entrenador, pero está apelando demasiado a la excusa, al lamento y a una visión ultraoptimista que no se condice con el andar del conjunto. Desde la lección de fútbol que le dio Perú en Quito no se repuso más. Y ahora se advierten muchos cambios de nombres. Los que parecían fijos ya no lo son.

“Brasil juega a otro deporte”, se dijo al comienzo de la cita sudamericana. Todos sobredimensionamos un poco sus capacidades tras las goleadas a Venezuela (3-0) y Perú (4-0), pero de ahí en más fue todo muy tortuoso. En sus últimos cinco juegos ganó con polémica a Colombia (en el minuto 100…), igualó a uno con Ecuador siendo peloteado al final, venció por la mínima a Chile y a Perú (al que no le dieron un penal de escándalo), y cayó sin goles ante Argentina sin generar situaciones de riesgo, apenas dos remates desde afuera, uno de Richarlison y otro de Gabigol, pero ninguna acción elaborada. Pasada toda su actuación por el tamiz, le queda una cosecha magra. Con este nivel, clasifica al Mundial, pero no figura en él. Por jugadores sigue estando un peldaño arriba del resto, le da para llegar a fin de mes, no para hacer locuras. Ojo…

Paraguay impresiona por su asombroso despliegue físico, pero no hilvana fútbol del medio hacia adelante. Eduardo Berizzo es blanco de hartos cuestionamientos. Por momentos parece un equipo peligroso, aunque no termina de confirmarlo. Los jugadores paraguayos exhiben un enorme compromiso, pero juegan como si estuvieran al borde de un ataque de nervios. Chile está en la indefinición, sigue sostenido por su base histórica (ya veterana) y en su búsqueda de nuevos valores encontró un talento casi inesperado en el inglés Brereton, pero rindió muy poco colectivamente. Le vienen dos partidos muy duros: Brasil en Santiago, Colombia en Barranquilla. Necesita sumar de a tres y le cuesta horrores. En 11 juegos entre ambas competencias apenas ganó dos, uno a Bolivia en esta Copa y otro a Perú hace ocho meses.

Venezuela, con sus eternos problemas internos, apenas arañó dos empates, aunque por obra de la improvisación y las urgencias descubrió algunos valores nuevos. No se le vio evolución, más bien al revés. Quedó en su posición histórica. Pero hará algún daño…

El único que perdió en sus cuatro presentaciones, marcó dos goles y recibió diez. A César Farías le va mejor en las conferencias de prensa que en la cancha. Frente al micrófono no desentona. Marcelo Martins intentó culpar a la Conmebol de su Covid, pero damos fe de que la burbuja para los equipos era y es severísima. Quienes respetaron a ultranza el protocolo no tuvieron problemas; él se contagió y la inmensa mayoría no. Y hacía falta como nunca. Cinco puntos en la Eliminatoria no están del todo mal, ahora hay que defenderlos levantando juego, siendo menos blandos atrás y más sólidos para sostener la pelota en el medio, sino se te vienen cada treinta segundos, y nadie resiste tantos embates rivales.

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Argentina, a mano con su historia

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 11 de julio de 2021 / 22:46

Vacas, pampa y fútbol. Tango y fútbol. Mate y fútbol. Música, letras y fútbol. Café, amigos y fútbol. Es difícil explicar cómo un país puede ser tan apasionado por un juego. Es como un líquido denso que impregna toda la vida argentina. No hay indiferentes para esto. Si un candidato a presidente se presentara en sociedad y afirmara no ser hincha de ningún club obtendría el cero por ciento de los votos. Es algo intolerable para el resto de los argentinos. Sería sospechado de no terrícola. Ningún político se atrevería a declararse ateo en esta religión nacional. Le preguntaron al magnífico escritor y periodista británico John Carlin de dónde provenía su fanatismo por el fútbol: “Pasé mi infancia en la Argentina -respondió-, si no me aficionaba al fútbol no hubiera podido jugar con ningún chico, Y me hice hincha de Excursionistas, el club de mi barrio”. Lo entiendo: era obligatorio. Sólo en Buenos Aires y su área metropolitana hay 61 estadios, desde los de River y Boca hasta el de Fénix. Son templos donde se profesa la fe por los colores, donde se rinde un culto a la fidelidad. Los ingleses lo inventaron y los brasileños lo sublimaron, pero acá está la capital de la pasión.

En esta patria futbolera, donde nació la Copa América en 1916, veintiocho años sin ganarla es indigerible, absolutamente insoportable. Comemos fútbol, y nadie aguanta tanto tiempo sin ese alimento espiritual que es el éxito. Hay que traerla de vuelta, es la consigna ciudadana.

“Ganamos porque ganamos”… “Vamos que los pisamos”… “¡Qué Neymar ni Neymar!“… “Hay que hundirlos en el Maracaná”… Las proclamas tribuneras son tan infundadas y exageradas como deliciosas. Y falsas. Todos sabemos que los brasileños son muy buenos, superiores a nosotros. Y Scaloni y sus muchachos lo saben mejor que nadie. ¿Cómo pararlos durante noventa minutos si te atacan todo el tiempo…? ¿Qué hacer con Neymar…?

Final de Copa América en el coloso de Río de Janeiro: Brasil-Argentina. Una cita de ensueño, el clásico mundial atrapando al planeta fútbol y dándole resonancia a una copa que, puesta en paralelo con la Eurocopa, pareció menor, chiquita, de entrecasa. Pero esas camisetas están cargadas de gloria y realzan cualquier competición. Y quienes tengan dudas que vayan saliendo: son la cuna de Pelé, Garrincha y Ronaldo frente a la de Di Stéfano, Maradona y Messi.

Ellos, los que mejor juegan, nosotros los más fanáticos. Es una batalla, Argentina-Brasil siempre lo es; viene de las finales de 1937 y 1946, donde se dieron muy duro y se gestó la rivalidad. Y fue una refriega nomás, sin muertos, pero con maltrechos. Hubo unas gotitas de fútbol, lo demás fue todo fricción y nervios, pero así suelen ser estos duelos. Brasil empezó con mal pie y no se pudo enderezar más. Antes del minuto 3, Fred le entró con plancha fuerte a Montiel, recibió tarjeta y ya perdió influencia porque es un jugador físico y debió cuidarse. Y el doble 5 de Brasil -Fred y Casemiro- importantísimo en el sistema de Tite, quedó desarticulado porque el técnico no quiso arriesgar y lo sacó al final del primer tiempo. Y a los 21 llegó el gol, que sería de la victoria y del título, el único sorbo de juego que entregó el partido. De Paul hizo un preciso pase de treinta metros en profundidad a Di María, falló Renán Lodi al intentar interceptarlo (falla de esas que te cuestan no ser convocado más) y el puntero argentino, en plena carrera, la acomodó con el taco y definió de emboquillada. Bonito gol. Di María, tantas veces cascoteado (por este cronista, sobre todo) hizo el gol de su vida y se redimió de sus miles de centros tirados a la estratósfera. Y fue indultado para siempre, porque esta no será una copa más para los argentinos. Se evocará por décadas.

Uno a cero. La bolsa ya estaba, restaba escapar de allí con vida. Pero faltarían 75 minutos, demasiados para refugiarse a aguantar atrás las embestidas de las tropas brasileñas. Nadie resiste una balacera de ellos. Argentina presionó lo más arriba que pudo, encimó hasta tocar al adversario, marcó con fiereza y jugó al límite físico, llegó la frontera misma del reglamento, aunque sin cruzarla nunca. No lo dejó armar en ningún momento a Brasil, al punto de que casi no tuvo situaciones de gol, más allá de dos remates de Richarlison y Gabigol, conjurados en gran forma por su arrojado arquero Emiliano Martínez.

Brasil buscó, esperó, ya llegaría su momento, pensó, pero los minutos fueron pasando y el salvavidas que esperaba no arribó nunca. Siempre estuvo incómodo en el juego, sencillamente porque no hubo juego. No le dejaron hacer tres toques seguidos. En ese complicado contexto de músculo y sudor, vale rescatar la grandeza de Neymar; quería ganar, puso toda su alma y su clase al servicio de la causa. No se le dio porque enfrente había gente muy decidida. Y a medida que avanzaba el reloj, más feroz era la determinación de los albicelestes. Es algo típico del futbolista rioplatense: cuando ve cerca el objetivo, ya no quiere perder, se tornan lobos. “Prefiero jugar contra Alemania, Inglaterra, Holanda o Italia y no contra Uruguay o Argentina”, me decía convencido Ricardo Teixeira, el presidente más exitoso de la CBF. No le faltaba razón. Contra estos se les complica más. Los rioplatenses no les piden autógrafos. Les juegan con sangre, a muerte. Brasil se batió como un león también pese a no estar tan habituado a esa salsa del combate. Y saludó al final, desde Tite hasta el último de sus soldados. Unos caballeros extraordinarios. La hermandad de Neymar y Messi es una pintura bellísima, finalizada la contienda, se abrazaron con cariño verdadero. La hidalguía también merece un título.

Conociendo la entretela de la dirigencia, es seguro que hubo una reunión del comando argentino con el presidente de la Conmebol para decirle basta. Basta de arbitrajes inclinados, porque Brasil siempre ha sido el mejor, pero también fue históricamente el establishment. Cuando João Havelange llegó a la FIFA en 1974, entre sus primeras medidas estaban poner la comisión de árbitros y la de finanzas en manos brasileñas. Quien controla el silbato y la moneda decide todo en fútbol. Brasil llegaba con una larga lista de fallos favorables ante Argentina. El uruguayo Esteban Ostojich tuvo una actuación casi perfecta. Sólo un reproche: permitió que el arquero argentino hiciera tiempo en exceso. Llegó a tener el balón en sus manos hasta 23 segundos tras una atajada, cuando el tope es de 6. Eso se arreglaba poniéndole amarilla de entrada. O dando diez minutos de añadido en lugar de cinco. Fuera de eso, todo en regla, todo legal.

Fue una final casi sin fútbol, pero atrapante por la tensión excepcional, el voltaje irrespirable que contuvo, eso también tiene su belleza. El fútbol le pagó una deuda a Messi, probablemente el jugador que más espectáculo ha dado en la historia de este deporte: 17 años deleitando con una regularidad y generosidad sin par. Le faltaba lo que buscó tanto: un título con su Selección mayor. Quedaron a mano.

Costó años y amarguras, golpes y desencantos, pero ahí está, Argentina campeón. Con hombría, inteligencia y aguante. Nunca dejó de buscarlo, jamás huyó del favoritismo. Es hora de festejar.

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Italia y el orgullo de jugar bien

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 4 de julio de 2021 / 17:57

“¡Eres bellisima!”… “La noche te hace preciosa”… “¡Fabulosa, Italia!“… “Dime que es cierto”… “Olé, Italia”… “Italia de ensueño”… “Mancini, como Steve Jobs, loco e innovador”…

Los “giornales” italianos, deliciosos como el spaghetti, compiten como siempre por el título más original y vendedor, pero todos coinciden en un punto: la euforia nacional por el fútbol que está desplegando Ia Nazionale. No por el rendimiento, que también, sino por el juego. “Hay una alegría social”, dicen. La península entera está rendida a los pies de estos muchachos que han interpretado el paladar del técnico Roberto Mancini. Dos palabras brotan en forma de grito nacional desde el pecho y desde la garganta de cada tifoso: “¡Juegan bien…! ¡Giocano bene…!”.

Sí, también Italia puede agradar y hasta enamorar con la pelota en los pies. Basta de conservadurismo, basta de meterse atrás y de pensar en el cero en el arco propio como meta fundamental y sacrosanta. Todos pueden mover bien la bola, hasta Bonucci y Chiellini, pero hay que creer en esa filosofía. Mancini está convencido y les ha hecho la cabeza a sus pupilos, les ha lavado futbolísticamente el cerebro hasta quitarles la última partícula de catenaccio y ahora parecen brasileños. Hasta podríamos rebautizarlos: Verrattinho, Barellinha, João Locatelli, Zé Bonucci, Tião Insigne… Les quedaría bien.

Helenio Herrera, el gran divo de la dirección técnica que edificó el Inter supercampeón de los años 60, acuñó: “El fútbol italiano es el mejor del mundo… de lunes a viernes”. Pero esta selección Mancinesca demuestra que también puede ser el mejor los domingos. Sólo hay que atreverse a jugar así: con grandeza, con amor a la pelota, por abajo, respetando la ortodoxia del pase y, sobre todo, atacando.

Con el juego pasa como con las palabras: a veces uno entiende el significado, sólo que no puede explicarlas como el diccionario. Pero el hincha sabe qué es jugar bien. Y el tifoso italiano, que nunca lo había experimentado, sale a las calles, con pandemia o sin ella, a gritar su emoción. Porque ganar da alegría, jugar bien genera orgullo. Y no habían descubierto ese placer en 140 años de darle a la pelota.

Esta Italia gioca bene. Mucho más que eso, puede marcar un hito: cambiar el estilo histórico del calcio, tornarlo más estético, a su sabiduría defensiva agregarle buen gusto, algo más acorde al espíritu artístico de los italianos. Siempre nos preguntábamos: ¿cómo puede ser que una nación que ha dado a la humanidad los tesoros de su música, su pintura, su escultura, su literatura (¡El Gatopardo, esa obra maestra…!), su gastronomía, el cine, la arquitectura, la patria que nos dio a Venecia tenga un fútbol tan rácano, tan desprovisto de galanura y generosidad…? ¿Cómo podían disfrutar de eso, justo ellos…? Pues hoy están sintiendo la emoción estética que alguna vez fue de los argentinos, de los húngaros, de los brasileños, de los holandeses, últimamente de los españoles. Y otros más, como la Colombia de Maturana, aunque aquellas fueron las escuelas principales. El calcio fue toda la vida apenas sexo, esta Italia de Mancini es sexo con amor. Se disfruta el doble.

Es hermoso jugar bien. Y todos sabemos de qué se trata. Jugar bien no es hacer fulbito, es priorizar la técnica, sublimar la habilidad, ser prolijos en el trato y traslado del balón, asociativos y propositivos, saber marcar. Y ganar. No hay jugar bien sin contundencia, sin concretar.

Por si acaso: con este jueguito que los astutos llaman inocente, Italia lleva 32 partidos sin perder, con 15 victorias consecutivas entre la fase de clasificación de la Eurocopa y la Eurocopa en sí. Y si le agregamos los tres triunfos iniciales de la Eliminatoria suben a 18. Con una montaña de goles marcados -56- y apenas 6 recibidos.

Es curioso: pasa en clubes y selecciones, muchos valoramos el coraje, la personalidad, la fuerza, la garra, la entrega, el liderazgo en este deporte tan apasionante; no obstante, puestos a evocar se nos vienen primero a la mente los artistas.

Les pasa los boquenses, autotitulados los reyes del empuje y el vigor, del ímpetu y el carácter; cuando se trata de la nostalgia, recuerdan al peruano Meléndez (un zaguero que era la delicadeza en pantalones cortos, no les quitaba la pelota a los rivales, se las sustraía), a Rojitas, a Maradona, a Riquelme, a todos los magos del balón, no a los colosos del músculo.

Acontece con los alemanes, que han tenido tantos panzers, pero a la hora de la gratitud y el cariño entronizan a Beckenbauer; les pasa a los mismos italianos, tan afectos a los defensores graníticos, pero que en tren de memorizar les viene a la mente Robbie Baggio. Nos pasa a todos los hinchas de fútbol del mundo. Eso es porque, por encima de los resultados, amamos el refinamiento, el arte, la gracia, la rapidez mental del crack, el amague, la gambeta, el toque suave y certero. No hay valor más supremo que la belleza.

Así como Luis Aragonés y Pep Guardiola enterraron para siempre la Furia española, ese juego áspero y plano, con gran porcentaje de sudor y reciedumbre y poco de luces, Mancini puede darle brillo al Calcio. La grave lesión de Spinazzola (notable torneo estaba haciendo), un lateral-volante-puntero por izquierda, le va a mermar juego en el tramo decisivo. Porque el fútbol no es un deporte de muñequitos sino de humanos, y unos son mejores que otros. Es irremplazable el carrilero de la Roma. Sin embargo, el funcionamiento del equipo sabrá arropar a Emerson, el brasileño que es su suplente.

Cuando las otras piezas marcan los movimientos precisos en cada fase del juego, el que entra no se desorienta, no desentona. Desde Donnarumma hasta Insigne, el equipo es un reloj. Ahora va por España en Wembley, un viejo clásico latino de Europa. Gianni Rivera y Roberto Baggio estarán felices, este es el conjunto que hubiesen elegido para jugar ellos.

Viene lo más duro: semifinal y, quizás, la final. Pero, con cualquier resultado, lo más relevante está hecho: hay una nueva Italia. Y ya nos ganó el corazón. ¡Benvenuta…!

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