Tuesday 31 Jan 2023 | Actualizado a 20:05 PM

¿Cómo se mide la belleza…?

Jorge Barraza

/ 22 de enero de 2023 / 22:59

Por alguna extraña razón la mente nos lleva a César Cueto. El polvo del olvido lo fue tapando a él como a tantos fenómenos que nos deleitaron en un campo de juego.

Pongo a Cueto en una computadora, doy enter para que la máquina revuelva, procese y, cuando termina, el zurdo no aparece ni entre los primeros quinientos, tal vez mil futbolistas más renombrados de la historia.

Algo está mal, pienso. ¿Acaso hubo cinco o seis futbolistas en el mundo con el exquisito dominio de pelota del Loro Cueto…? No digo cien, digo cinco o seis.

¿Qué otro pie izquierdo puede compararse al del peruano…? ¿El de Maradona, el de Messi, el de Tostão…? Su dominio de la bola era gatuno, aterciopelado.

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Atravesamos una era en que las mediciones y la estadística invaden el fútbol. Que son útiles, hasta atractivas, gusta realmente saber quién dominó más, quién remató más al arco, el porcentaje de acierto, la velocidad de un disparo, los kilómetros que corrió un jugador… Los datos ofrecen pautas válidas que ayudan a analizar con más precisión un partido, un campeonato.

No todos, claro, hay jugadores que tienen los mejores promedios de pases, pero la mayoría son hacia atrás, que no sólo no sirven, irritan.
Lo mismo pasa con los títulos. Se valora al Mundial como si fuera la única competencia existente. ¿Y los demás campeonatos… para qué se juegan…? Di Stéfano, Puskas, Gento, Kubala, Gianni Rivera, Sívori, Eusebio, Spencer, George Best, Jimmy Johnstone, Zico, Teófilo Cubillas, Cruyff, Maldini, Roberto Baggio, Falcão, Sócrates, Junior, Platini, Gullit, Van Basten, Michael Laudrup, Rummenigge, Hugo Sánchez, Valderrama, Batistuta, Butragueño, Cantona, Ryan Giggs, Dennis Bergkamp, Ibrahimovic, Beckham, Rooney, Neymar, Luis Suárez, Cristiano Ronaldo, Modric, Hazard, Lewandowski y decenas más no obtuvieron el laurel mundialista y fueron o son excepcionales jugadores. Borges tampoco ganó el Nobel. ¿No lo leemos…?
Y con los goles… Garrincha convirtió 115 en casi dos décadas. Poquísimo. ¿Era muy malo por eso…? Zinedine Zidane apenas marcó 151 en 18 años de carrera; ganó muchos menos títulos que decenas de otros futbolistas, sin embargo, permanecerá siempre en el cofre de nuestros mejores recuerdos de hincha.

Sus fascinantes controles, su prestancia, su clase magistral, el toque preciso y precioso, la maniobra talentosa, la técnica en su máxima expresión.
Lo mismo Beckenbauer. Seguramente hubo zagueros más tenaces y fuertes, superiores en la marca; pese a ello, Franz está en el pináculo de la consideración.

Sus arranques desde el fondo con cabeza levantada, eludiendo adversarios, ignorándolos casi, la bola al pie sin mirarla, siempre dócil y obediente, deslizándose sobre el césped como en patines y liderando otro avance de Alemania o del Bayern… Adelante estaba esa fiera humana y peluda llamada Gerd Müller; él se internaría en el bosque del área, lucharía cuerpo a cuerpo contra la defensa y la metería adentro, pero todos rebobinábamos la película y nos quedábamos con Beckenbauer. Lo mismo Paulo Roberto Falcão. Él era el Beckenbauer del mediocampo.
Es la fuerza arrasadora de la estética. Semeja entrar al Louvre y contemplar La Gioconda, La Libertad guiando al pueblo… La Piedad en el Vaticano, la prosa de Borges, los canales de Venecia, las letras de tango y todas las manifestaciones de la belleza humana.

El fútbol es la máxima atracción universal por su belleza, no por sus estadísticas. Por los jugadores que gambetean, no por los que tocan para el costado o para atrás.

Es inigualable por el gol de palomita de Van Persie a España, por el cabezazo de Pelé frente a Italia, por la apilada de Maradona contra Inglaterra, por las chilenas de Hugo Sánchez, los tiros libres de Juninho Pernambucano, las paredes de Xavi, Iniesta y Messi, los pases sublimes de Pirlo, las corridas de Ronaldo Nazario, las definiciones de Romario, los frenos de René Houseman, los amagues de Dennis Bergkamp, los enganches de Michael Laudrup, la distinción de Roberto Baggio y tantos que nos hicieron amar este deporte.
George Best recibió funerales de estado y 500.000 personas rodearon su cortejo fúnebre. No fue por la cantidad de goles y títulos conquistados, que fueron escasos realmente.

Toda Irlanda del Norte fue a decirle adiós a un genio que los llenó de orgullo con su atrevimiento y sus jugadas maravillosas. Nadie sabe el porcentaje de pases correctos del héroe de Belfast.

Tampoco importa si ganó la Champions, que sí la obtuvo, pero que no deja de ser un detalle menor en su gigante dimensión. Su gambeta lo erigió en un dios en toda Gran Bretaña.
“El rumano Dudu Georgescu fue dos veces mayor goleador de Europa en los años ‘70 y a nadie se le ocurrió por eso darle el Balón de Oro, que es para el que mejor juega”, dice Ricardo Vasconcellos, editor de Deportes de El Universo, de Guayaquil. Sigue: “El exquisito Michel Platini fue Balón de Oro en 1983 sin ganar la Copa de Europa.

Hoy sería impensable eso. El francés tendría que haber corrido 300 km, dar 100 pases acertados hacia atrás, hacer 50 goles y haber conseguido la Champions. Jugar bien va en segundo plano porque no tienen cómo cuantificarlo, pero el juego artístico, espectacular, de pases hacia adelante, de pases-gol, de efectividad para ganar partidos y campeonatos vale más que los kilómetros corridos en un partido y los pases bien hechos que se deberían registrar son los que hacen para progresar en el terreno de juego.

Esto de los números va de la mano con la frivolidad analítica que impera hoy en el periodismo deportivo: si ganó, vale; si dio 20 pases, sin importar a dónde, es el mejor; si hizo 30 goles, pero otro juega mejor, el que sirve es sólo el goleador; si corrió como poseído es irreemplazable, no importa cómo jugó”.
¿Y las sensaciones que un partido deja…? Tampoco cuentan para los estadígrafos, pero se perpetúan por décadas. La del Mundial ’94 es recordada quizás como la peor final de la historia de los Mundiales.

Brasil e Italia igualaron 0 a 0 y fueron a penales. Su antípoda es la de Catar, entre Argentina y Francia, que también se definió desde los doce pasos, sin embargo, fascinó a los 1.500 millones de telespectadores globales por ese torrente de dramatismo intensamente bello, casi irrespirable que tuvo.
Entre futbolistas de similares características y rendimiento debe prevalecer siempre el de mayor elegancia, ese valor agregado tan importante.

Cuando pasan los años nadie se acuerda de las estadísticas sino de las grandes jugadas, de la clase. El mejor ejemplo está en la hinchada de Boca. Hace un culto de la garra, la entrega, el músculo, el “huevo, huevo, huevo”, pero el máximo ídolo histórico es Juan Román Riquelme, un exquisito.
¿Cómo se cuenta una parada de pecho de Pelé…? No tenía huesos, carne y piel, tenía un almohadón ahí. ¿Y César Cueto, en qué estadística entra…? La belleza es un bien inmaterial de este juego único. Pero ha perdido terreno en función de las estadísticas y el exitismo. El fútbol es información, pero también es observación. Es resultado, también emoción y espectáculo.
(22/01/2023)

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¿Quién ganaría este duelo imaginario…?

Jorge Barraza

/ 29 de enero de 2023 / 21:50

La Copa del Mundo le debe al planeta fútbol una final Argentina-Brasil, el máximo clásico posible de este deporte. No existe nada igual, ni siquiera parecido. Por categoría, historia y rivalidad. Llevan 109 años chuceándose.

Ni Alemania-Francia, ni España-Italia, ni Inglaterra contra cualquiera de ellos generaría la expectativa universal del duelo sudamericano. Sería un choque de trenes que batiría todos los récords de audiencia del deporte. Y más allá del deporte también. Ocho títulos mundiales entre ambos y 13 finales disputadas. Una locura.

Estuvieron cerca de encontrarse en semifinales en Qatar 2022, lastimosamente Brasil se encontró a la vuelta de la esquina con un verdugo inesperado, Croacia. Hubiese sido espectacular verlos, aunque nada se parecerá a una final. Ojalá el Mundial 2026 nos haga ese regalo.

No obstante, como juego periodístico podemos hacer un partido imaginario entre el once ideal histórico de Brasil y su par de Argentina. Dos máquinas. Entre 1914 y 1956 Argentina le ganaba seguido, hasta que en el ’57 apareció un muchacho Pelé y se terminó el dulce.

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La pulseada se hizo palo y palo. En los ‘90 se desniveló con el surgimiento de los Rivaldo, Romario, Ronaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos, Kaká, Cafú… Demasiados cracks juntos. Y en los últimos tiempos volvió a emparejar la celeste y blanca. El historial ahora está 42 victorias para Brasil, 41 para Argentina. Ninguno permite que el otro se le escape.

La elección de los jugadores es a gusto del cliente. En nuestra consideración, Argentina debería ir con Fillol o Dibu Martínez en el arco; Cuti Romero marcando la banda derecha, Ruggeri y Passarella en la zaga y Olarticoechea marcando la otra raya. Burruchaga, Redondo y Maradona en el medio; Messi, Di Stéfano y Kempes arriba. Un 4-3-3 pero con Maradona también en actitud ofensiva. Batistuta, Caniggia, Sívori, Houseman, Bochini al banco. Y el técnico: ¿Bilardo, Menotti…? Mucho, pero mucho antes, Scaloni. Para empezar, Scaloni no le tendría miedo a Brasil.

Brasil alistaría a Marcos en la valla; a cargo del andarivel derecho Dani Alves (Cafú tenía más ida y vuelta, Alves más fútbol en la cabeza y en los pies); Aldair y Luis Pereira en el fondo, Roberto Carlos subiendo por el carril izquierdo. Gerson y Falcão en el centro del campo, Garrincha, Zico, Pelé y Ronaldinho en ataque. El sistema tradicional brasileño: 4-2-4. Y esto sí sería un desperdicio: Jairzinho, Tostão, Rivelino, Romario, Rivaldo, Ronaldo, Junior y una docena más de monstruos sentados junto al técnico Telé Santana al costado del campo.

La lista de convocables de Brasil es mucho más rica y extensa. Claro que al campo entran once y ahí Argentina equipara. Lo único seguro es que ninguna otra selección podría alinear tantos artistas como estas dos.

Si se juntaran Alemania, Francia, Italia, España, Holanda e Inglaterra, incluso Hungría, tal vez no alcanzarían a componer una aplanadora como éstas. En cambio, si Argentina y Brasil se combinaran, Europa entera no tendría ni una remota posibilidad de triunfo. Allí, mirando del hoy hacia atrás, nos damos cuenta de la abundancia de artistas sudamericanos y nos enorgullece.

Para empezar, son dos estilos distintos. Jogo bonito y contundencia Brasil, personalidad y buen fútbol Argentina. Arquero por arquero, gana la Albiceleste, Fillol y Dibu Martínez son más que Taffarel, Leão, Félix, Julio César, Dida, Alisson… No ha sido tierra de arqueros el país del carnaval.

El mejor goleiro brasileño que este cronista vio fue Marcos, el discreto pero segurísimo portero del Palmeiras que Felipão Scolari, quien lo conocía de ser multicampeón con el Verdão, lo llevó al Mundial de 2002 y fue decisivo en la conquista del título.

En eficiencia, Marcos no está nada lejos de Fillol o Dibu, en transmisión de coraje, estos dos le sacan una ventaja. 

En las dos bandas se impondría Brasil, cuyos laterales han sido los mejores del fútbol mundial. Ejemplo: en la izquierda, la Verdeamarilla ha contado con Nilton Santos, Francisco Marinho (fabuloso), Junior, Branco, Marcelo… Cualquiera de ellos sería el mejor marcador zurdo de todos los tiempos de, al menos, 200 selecciones. Y en la derecha, otra lista dorada: Cafú, Carlos Alberto, Leandro, Josimar, Paulo Roberto, escaladores espectaculares por su punta. Argentina opondría a Cristian Romero, que ni siquiera es lateral puro, pero se le da bien ese sector, tiene anticipo, velocidad, extraordinario sentido de la marca y un rigor terrible.

La izquierda debería ser clausurada por el Vasco Olarticoechea, tampoco lateral nato, sin embargo un jugador de una sangre conmovedora, con buena intuición de quite, pero especialmente con un corazón de oro, nunca estaba vencido, siempre sonriente, pecho henchido, soldado para todas las batallas. Los laterales de la Canarinha superan en clase a los gauchos, pero éstos tienen más instinto de marca.

En la cueva (término perimido, pero bello, permítasenos exhumarlo), Ruggeri y Passarella ofrecen juego aéreo, temperamento y determinación defensiva. Aldair y Luis Pereira, calidad y salida limpia, dos talentos que podrían haber sido volantes ofensivos de tanta calidad que poseían. Luis Pereira no te quitaba la pelota, te la sustraía. Defensivamente, en Brasil resaltan elegancia y proyección, en Argentina, firmeza y seguridad.

En la franja central, roba Brasil con dos genios: Gerson, el más estrepitoso armador, distribuidor y lanzador, con un don de mando excepcional (“Él era nuestro líder en el campo”, afirma Tostão), y a su lado Paulo Roberto Falcão, el Beckenbauer del mediocampo, capaz de subir y anotar doce o trece goles por temporada. Intentarían oponerse Redondo, el Falcão argentino, un medio sin gol aunque de manejo lujoso, exuberante y con buena mentalidad, y Burruchaga, volante completo: técnica, inmenso despliegue, rapidez y gol. No se le conoce un gol errado a Burru. Polifuncional, además.

Adelante, una constelación de monstruos. Es complicado decir quién prevalecería en esa línea porque son fenomenales los cuatro de cada equipo. En los dos casos, cabe pensar en qué podrían hacer las defensas ante tamaños rivales.

Se nos ocurre imaginar las paredes que podrían construir Pelé y Zico, dos tocadores en corto celestiales, pero enfrente también estarían Maradona y Messi, que harían auténticos desastres con la retaguardia brasileña. Garrincha y Ronaldinho en los extremos de un lado, el carácter indomable de Di Stéfano y Kempes del otro.

Obviamente están los que se escandalizarían de ver tantas figuras de ataque juntas. “¿Y quién marca…?”. El que quiera hacerlo. La mayoría va a querer jugar y atacar. ¿Cuál de los dos se apoderaría de la pelota…? Imposible responderlo.

¿Quién ganaría en este enfrentamiento…? Difícil determinarlo. No hablamos solo de jugar lindo, que estaría asegurado, sino de golear y corajear. Lo seguro es que, los dos, al recuperar la pelota, irían hacia adelante por una cuestión de vocación innata de los actores.

Se supone que Brasil será más persistente en ataque y más proclive a cuidar la casamata, pero las estadísticas concuerdan con esta apreciación.

El cuarteto albiceleste suma 2.018 goles (794 Messi, 523 Di Stéfano, 354 Kempes, 345 Maradona), el brasileño 1.798 (765 Pelé, 523 Zico, 395 Ronaldinho, 115 Garrincha). Entre ambas delanteras hay 3.814 goles, parece ciencia ficción. Es el clásico de los irmaos. Si se diera de verdad, explota el mundo.

(29/01/2023)

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Un duelo que nunca existió

Jorge Barraza

/ 8 de enero de 2023 / 18:26

“Durante más de diez años Cristiano Ronaldo y Messi han marcado un duelo para la historia. La marcha de Cristiano a Arabia Saudita le pone fin”, dice una nota del diario As, de Madrid.

El duelo realmente lo fabricó la prensa madridista cuando Cristiano Ronaldo llegó al Real Madrid y Messi deslumbraba en el Barcelona.

Había que poner a una figura merengue en plano de igualdad con el 10 azulgrana para no quedarse atrás. En verdad, futbolísticamente tal pulseada nunca existió porque no hubo equivalencias: no hay comparación posible entre un extraordinario goleador y un extraordinario jugador, que además es un sensacional goleador.

Messi es infinitamente más técnico e inteligente y, sobre todo, más completo: es conductor, arma juego, rompe líneas, asiste y también golea. Cristiano golea. En la faz colectiva, Messi es hombre de equipo, juega para todos, Cristiano necesita —y exige— que todo el equipo juegue para él.

Y en un tópico individual, es imposible situar a Cristiano a la altura de la habilidad de Messi, un genial gambeteador y dominador de bola, además de poseedor de un instinto sobrenatural para este deporte.

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El fantástico Tostão lo ubica en el mismo escalón que Pelé y, dice sin ambages: “es el mejor de los últimos cincuenta años”. Una inmensa mayoría lo pone incluso por encima de O Rei, como el número uno de la historia.

Obviamente, son opiniones, autorizadas, por cierto, Tostão compartió selección con Pelé, es su compatriota, lo considera su ídolo. Pero, si llevamos el análisis al rubro estadístico, las diferencias son más abismales: pese a debutar dos años después, pues tiene dos años y cuatro meses menos, Messi aventaja en casi todos los ítems a CR7.

No consideramos el tema del Balón de Oro, en el que Ronaldo recibió 5 estatuillas y Messi 7 (que tal vez sean 8 en 2023 por haber ganado el Mundial siendo la figura y por la excelente temporada en el PSG). Ese tipo de distinciones son de valoración.

Internémonos en coronaciones y números. Para comenzar, a nivel selección Messi ha sido campeón mundial juvenil, olímpico y del mundo, tres trofeos gordos que no están en las vitrinas del portugués y que le dan ya una superioridad indescontable a Leo. En Mundiales, Messi señaló 13 goles contra 7 de Ronaldo.

En materia de clubes, Messi lleva 11 ligas y 7 Copas contra 7 y 4 de Cristiano y, en total, Leo ha conquistado 41 títulos y Cris 34. En enfrentamientos directos se vieron cara a cara 36 veces, con 16 victorias para el rosarino y 11 para el de Madeira.

En esos 36 choques Messi marcó 22 goles y repartió 12 asistencias, frente a 21 goles y un solo pase gol servido por CR7. Una sola vez se midieron por una final de Champions, en 2009, y el Barcelona venció al Manchester United 2-0, con un gol de Messi, el primero.

En los nueve años que compartieron en el fútbol español, Messi obtuvo 6 ligas, 5 Copas del Rey y 5 Pichichis (máximo goleador). Ronaldo se anotó 2 ligas, 2 Copas del Rey y 3 Pichichis.

En el apartado asistencias, el argentino suma 352 frente a 247 del portugués, aunque si contáramos pases-gol seguramente la diferencia sería monumental. Messi ha preparado centenares de goles que luego sus compañeros fallaron.

El analista táctico español Lorenzo Manchado acaba de subir en Twitter un video de 40 minutos y 35 segundos con todos pases geniales de Messi ¡de una sola temporada…! Un compacto de casi 41 minutos de pases-gol en la 2008-2009, algo que parece imposible. Y ha sido el máximo asistente mundial en 2022 con 30 servicios.

Cristiano aventaja a Lionel en 26 goles: 819 a 793, pero habiendo disputado 142 partidos más. Seguramente, si Messi juega esos 142 cotejos que le faltan, lo superaría. En promedio de goles, Messi va adelante: 0,79 sobre 0,72.

Lo notable es que Leo alcanza estos fabulosos registros sin ser delantero neto. Comenzó como puntero derecho puro, pero nunca fue de área.

En 2009 Guardiola lo ubicó de falso 9, o sea un centrodelantero retrasado, para juntarse con Iniesta y Xavi, y desde la partida de Xavi pasó a ser decididamente volante ofensivo y constructor de las maniobras de ataque con dos o tres hombres por delante.

No obstante esta superioridad en todos los órdenes, está el juego, la belleza de desenvolvimiento. Si no contáramos ese aspecto tan importante, el fútbol quedaría reducido a quién empujó más veces la pelota a la red y ya.

Pero este es el espectáculo más grande del mundo esencialmente por su valor estético.

De no ser así, ¿qué nos quedaría de Zidane, de Michael Laudrup, de Ronaldinho, de Van Basten, de Roberto Baggio, de Ronaldo Nazario y otros tantos artistas con un palmarés inferior, pero que deslumbraron a las multitudes con su clase y elegancia…? Incluso qué recordaríamos de Beckenbauer si no hubiese sido el defensa más elegante de todos los tiempos…

Franz no hacía goles, es un inmortal por clase. En este campo, Messi arrasa a Cristiano, un atleta que con mucha voluntad y determinación alcanzó metas grandes.

Leo es un virtuoso del control, del pase (quizás su arista suprema), de la gambeta, del amague, del freno y el enganche. Y todo dentro de una frontalidad excepcional. Siempre directo al arco, encarando a los que fueran.

Dice Andrés Magri, director de la revista Fútbol Total, de Colombia: “Messi es tan bueno que incluso potenció al mismo Cristiano. El portugués en sus inicios tenía números muy discretos. Fue solo hasta la aparición de Leo que CR empezó a exigirse. ‘Messi ha hecho que yo sea mejor jugador’, dijo alguna vez”.

La rivalidad, creada externamente, termina no porque Ronaldo se va a Arabia sino porque ya no le da la cuerda para seguir compitiendo en la élite.

Lo demostró en el Mundial, en el que resultó una figura decorativa y terminó hasta perdiendo el puesto. “Ronaldo fue el mayor fracaso del Mundial”, opinó Lothar Matthäus. En la antípoda, Messi terminó siendo campeón y estrella.

Y quedó claro en el Manchester United, donde también lo relegaron al banco y debió rescindir contrato porque no estaba en los papeles del técnico Erik ten Hag. Lo ofrecieron a toda Europa y nadie lo quiso. “Messi transformó su juego conforme pasó el tiempo.

Supo advertir que sus condiciones personales variaban y adaptó su fútbol a los nuevos esquemas y a su tiempo físico. Cristiano ha querido seguir jugando igual sin reconocer las alteraciones que ha tenido tanto el fútbol como él mismo”, acota con acierto Francisco B., amigo colombiano y copioso consumidor de fútbol internacional.

“El ochenta por ciento del mundo quería que Messi fuera campeón en Qatar por todo lo que le ha dado al fútbol. Con el luso no había tal consideración”, agrega Héctor P., analista argentino.

Cuando Messi se fue, el Barcelona se hundió deportivamente, cuando Cristiano se fue, el Madrid siguió ganando normalmente.

Siempre se dijo que Cristiano jugaría en las grandes ligas hasta los 40 años o hasta cuando él quisiera por ser un gimnasta perfecto. No fue así porque el fútbol requiere más que lucir buenos abdominales, es, sobre todo, talento.

Messi también perdió la velocidad de rayo que tenía a los veinticinco, pero lo suplió con su agudísima visión de juego y a los 35 sigue siendo el rey.

(08/01/2023)

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Todos fuimos súbditos de Pelé

Jorge Barraza

/ 29 de diciembre de 2022 / 16:09

Con licencia del lector utilizaré la primera persona del singular. Era apenas un jovencito y llevaba un mes como cronista. No podía asumirme periodista, apenas presumir de entusiasmo. Fue el 5 de diciembre de 1973. Por la noche jugaban Huracán y el Santos. Practicando un fútbol exquisito de la mano de César Luis Menotti, el Globo había sido campeón argentino. Dio auténticas exhibiciones y la idea fue hacerle un partido homenaje jugando contra el Santos de Pelé, que simbolizaba lo más excelso del jogo bonito. Llegué esa tarde temprano al diario (Crónica, mi primer amor) y el jefe de Deportes me extendió un carnet de Huracán: “Andá a cubrir el partido”. ¡A mí…!

Santos no rifaba su prestigio y no se apiadó de Huracán, pese a que estaba de festejo: le ganó 4 a 0. Pero nadie se ofuscó, el hincha aún venía dulce por el título. El cuarto gol fue obra de Pelé, una delicatessen: lanzaron un córner, hubo un rechazo y O Rei, que estaba al borde del área, la tocó con clase por encima de toda la marea humana y la mandó a un ángulo. Luego quiso el destino que, entre muchos otros torneos, asistiera a diez Mundiales; haber visto a Pelé en cancha es mi Mundial número once. Al final fui al vestuario a tomar notas. ¡Era todo tan simple…! Las puertas estaban abiertas y El Atleta del Siglo dando declaraciones semidesnudo, goteando aún por la ducha, cubierto sólo por un toallón, prestándose obediente a la requisitoria periodística. No había guardias ni jefes de prensa intentando impedir que nos aproximáramos a él y le preguntáramos. Y Edson no estaba apurado ni fastidioso, siempre con su sonrisa sana y su cortesía con todos. Ya hablaba claramente en español. Era la maravilla del fútbol de antes: reinaban la sencillez y el romanticismo. Los futbolistas eran corpóreos, verificables, los de hoy parecen hologramas, intocables, etéreos, millonarios, inalcanzables. Pelé fue un genio, pero nunca un divo.

Con once años yo había visto por TV los partidos del Mundial de Inglaterra. Allí no brilló Pelé, en cambio quedé deslumbrado por Bobby Charlton, un zurdo que se deslizaba como en patines por el campo y hacía todo bien, todo útil. También por Beckenbauer, zaguero imperial, si el fútbol tuviera rangos él sería mariscal. Y por Eusebio, la primera pantera africana que asombró al público internacional. Pero en 1970 tuvimos revancha doble: el Mundial llegó en directo gracias a la innovación del satélite y Pelé jugó los seis partidos porque resultó campeón. Haberlo visto en tiempo real es un billete premiado.

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Hasta mediados de los ’60, Alfredo Di Stéfano era el futbolista que admiraba Europa, por su calidad, sus goles, su polivalencia y su carácter temible y ganador. No obstante, Pelé fue el primer deportista global, su luz se irradió a escala planetaria. El fútbol no había sido universalizado aún (eso fue obra de João Havelange, que lo introdujo hasta en los últimos confines del África, el Asia y Oceanía), pero incluso los países más exóticos y no futbolizados reclamaban su presencia. Y O Rei llevó su magia y su sonrisa. Reivindicó a su raza, reyes rubios se rindieron ante él. Lo contó en “Mi legado”, su libro autobiográfico: “Durante el Mundial de 1958, los niños suecos solían tocarme la cara para comprobar si no estaba pintado, nunca habían visto a nadie de raza negra; no me molestó en absoluto, eso es parte de la inocencia y la pureza de los chicos”. Se transformó en un adjetivo; cuando alguien era muy bueno en algo se decía “Es Pelé”. O en contrario, para reprobarlo: “¿Quién se cree que es, Pelé…?”

El 10 en su espalda conllevó una equivocación generalizada: que ocupaba la función de volante ofensivo; error, aunque no era un 9 de área como Romario o Gerd Müller, jugaba de delantero puro. Seguramente fue el futbolista más completo de la historia por técnica, clase, temperamento y objetividad. Jamás hizo un firulete de más, todo era para ganar. Tenía el pecho de gomaespuma, lo hundía para docilizar el balón y lo dormía. En el toque corto, triangulando, fue sensacional, sorteaba la espesura del área con precisión quirúrgica. Sus paredes con Coutinho fueron antológicas. De respetable remate, mejor direccionado que potente, su cabezazo era excepcional. El gol a Italia en la final de México ’70 es un prodigio: maravillosa elevación, arqueo del torso hacia atrás para dar fuerza al golpeo e impacto perfecto, artístico, con potencia y dirección. Transformaba su cabeza en un martillo. Sin la misma habilidad o dominio de Maradona o Messi, deslumbraba igual.

Era manso si los marcadores mostraban lealtad, si elegían pegar despertaban el carácter indomable de Edson Arantes. A malo, malo y medio. Quizás lo endureció la grave lesión de Dondinho, su padre, el día que debutó en la primera del Atlético Mineiro y lo fracturaron, tronchando su sueño de futbolista profesional. Pelé se juramentó que no le pasaría lo que a su progenitor. Guapo hasta decir basta, si algo le faltaba como jugador era temor. Entrevistamos a su compadre, Pepe (446 goles en Primera División). Nos dijo: “Todo el mundo quería ablandar al Santos. Los únicos que respondían eran Pelé y Coutinho. Ellos eran bravos. Pelé devolvía todo lo que le daban. Y Coutinho te dejaba dar una, dos, tres patadas… A la tercera te metía un planchazo con todo”.

En ese tiempo se marcaba mucho menos que hoy, pero se pegaba el triple. Y muchos buscaban pararlo a toda costa. Antonio Rattin, capitán de Boca y la Selección Argentina, mantenía un duelo con él, siempre lo marcaba. Una vez estaban esperando un córner y Pelé le propuso un pacto: “Sin pelota, no”. Porque solía recibir golpes de puño mientras llegaba el centro. De frente y con pelota aguantaba lo que viniera. Rattin era hombre de códigos y cumplió: “Nunca le pegué a traición”.

Si Brasil o el Santos iban perdiendo, O Rei comenzaba a golpearse el pecho, reclamaba la bola, se sentía capaz de torcer cualquier resultado. En aquellas durísimas tenidas con Peñarol por Copa Libertadores, el vestuario aurinegro tenía una consigna inteligente cuando enfrentaban al Santos de Pelé: “Al Negro no lo toquen; si se enoja estamos listos”.

Hasta su aparición, el brasileño era un fútbol considerable, aunque un escalón por debajo del argentino o el uruguayo en el mapa continental, a partir de Pelé se convirtió en el más ganador del mundo. Mejor que eso, en el más admirado. Como los muy grandes, jamás defraudaba. «Nunca jugaba mal, el día que no brillaba era el mejor de nosotros», vuelve Pepe.

Fue mi ídolo en la adolescencia. Más tarde tuve el honor de compartir varias veces con él. Humildísimo, agradable, siempre destilando grandeza. Ya retirado, se lo intentó estigmatizar como amigo del poder para rebajarlo, una miseria humana. Su imagen es impecable. Nunca se podrá agradecer debidamente su contribución a la popularidad del fútbol. No hay que llorar, el deporte mundial debe levantar las copas y brindar por él, el rey eterno.

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Desde las arenas de Qatar

Jorge Barraza

/ 25 de diciembre de 2022 / 12:58

El Mundial de los Mundiales. Si Qatar 2022 resultó el torneo de las sorpresas, la mayor de todas fue que el minúsculo pedacito de mapa montó una Copa inolvidable.

Todos dudaban de su capacidad organizativa “porque no tiene cultura futbolística” y por ser demasiado pequeño, pero no falló ni una lamparita, salió todo perfecto.

Nadie protestó por nada. Y la diminutez terminó siendo una aliada del éxito, todo estaba a mano.

Sin duda Qatar será una bisagra y un listón altísimo para los anfitriones futuros. Para empezar: ¿dispondrán algo Estados Unidos, México y Canadá para facilitarles los traslados o la estadía a los hinchas visitantes…?

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La mejor final, el mejor Mundial

Qatar puso toda su infraestructura, su maravilloso sistema de transporte al servicio de la gente. Gratis. Hasta los hospitales eran gratuitos para los turistas durante ese mes. Quedan muchos puntos resaltantes en la libreta de apuntes. Desandémoslos.

* La novedad. La refrigeración de los estadios, muy ligada al fabuloso despliegue físico de los equipos. Los jugadores tuvieron frescura garantizada en el rectángulo, con temperaturas de 20 a 22 grados. Revolucionario.

* El acierto. La fecha de disputa. Los protagonistas llegaron con entre 20 y 25 partidos jugados al Mundial, no con 60 como es habitual cuando se realiza entre junio y julio. Eso mejoró la prestación física futbolística, estaban a punto.

* La duda. La FIFA bajó línea a los árbitros: adicionar todo el tiempo perdido que fuese necesario. Parece una medida justa, aunque en algunos casos se pasaron de rosca: Argentina-Francia tuvo 18 minutos de añadido entre el tiempo regular y el suplementario. Tal vez con 9 era suficiente. Debe regularse, pero está bien. 

* El filón. Es de suponer que FIFA sabrá advertir que ha ganado un fabuloso mercado potencial: el Asia, un gigante con cada vez mayor crecimiento económico. En Qatar se vio a los hinchas asiáticos muy involucrados, han descubierto que ellos también son parte de la fiesta y pueden viajar, ir a los estadios, comprar camisetas, alentar, participar de este fenómeno que es la Copa Mundial.

* La dimensión. Planetaria, que alcanzó en Qatar el Mundial de fútbol, el mayor evento de cualquier índole. Se batieron los récords de teleaudiencia en los cinco continentes. Y durante un mes fue tapa de todos los diarios del mundo. El fútbol debería parafrasear a María Elena Walsh: “Tantas veces me mataron / Tantas veces me morí / Sin embargo estoy aquí / Resucitando”.

* El despertar. Del África. Marruecos llegó por primera vez a una semifinal del mundo. Y desató la locura en su país. Marca un camino: el de atreverse. Y Túnez lo siguió. Se demostraron a sí mismos que no son apenas participantes, pueden competir, Los dos, además, llevaron decenas de miles de hinchas y fueron la euforia total. Ghana y Senegal no lo hicieron mal, Camerún le ganó a Brasil.

* La decepción. La rancia Europa detestó el torneo desde meses antes de iniciarse y fue el continente con menos aficionados presentes. Lo de España y Holanda, por poner un ejemplo, fue al menos llamativo: podían contarse perfectamente sus seguidores dado los poquitos que eran. El eurocentrismo de sus medios rozó la arrogancia. Y en el juego propiamente dicho, ningún equipo europeo deslumbró. Aquello de que, comparado con Sudamérica “juegan a otro deporte”, no fue tal.

* El quiebre. Qatar 2022 cambió definitivamente la ecuación sobre el número uno de la historia. Para un amplísimo porcentaje, no menor del 80% según las encuestas en distintos países, Messi es ahora el indiscutido monarca por encima de Maradona y Pelé. Y la apreciación no se basa sólo en su calidad y en sus logros, sino en la época en que ha conseguido todo: esta es la de mayor grado de dificultad, sin duda.

“Messi puede decir legítimamente que es el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos -explica sencillamente Mark Meadows, columnista de la Deutsche Welle (televisión alemana)-. Sí, el gran brasileño Pelé ganó tres Copas del Mundo, y sigue siendo el único que pudo hacerlo. Pero el fútbol era muy diferente en 1958, 1962 y 1970. Messi ha jugado en una época más feroz, con muchos más partidos y mucha más presión”.

* La duda II. ¿Hasta cuándo seguirá Messi…? Para junio de 2026 tendrá 39 años. Parece imposible que llegue. ¿Podrá, querrá, estará sano…? Algunos dicen “que vaya de suplente, aunque sea”, “que juegue siquiera un partido y alcance los seis Mundiales”. Sólo él lo sabe. En tres años y medio pueden suceder tantas cosas…

* El suceso. Este Mundial despejó cualquier duda: no hay ningún país del mundo donde el fútbol signifique más que en la Argentina.

* La decepción II. Varias: Bélgica, con una generación envejecida. Alemania, demasiado ocupada por el brazalete gay. Uruguay, que cree tener más de lo que realmente tiene. España, “el equipo de los mil pases”, es un novio tímido, da vueltas y vueltas y no concreta. También es cierto que tiene un plantel pobre. Y Dinamarca, cuya federación se dedicó básicamente a torpedear el torneo. Todos se volvieron temprano a casa.

* El fracaso. Cristiano Ronaldo. Llegó del Manchester United envuelto en polémicas y desplantes y los continuó con Portugal. Rescindió con el club dos días antes de debut, tal vez pensando que brillaría y haría goles con su selección y luego le lloverían ofertas. No jugó nada, perdió la titularidad, tuvo malos gestos con el técnico, sus compañeros ya no lo respaldan (apoyaron públicamente a su reemplazante, Gonçalo Ramos), el público portugués le bajó el pulgar y encima Messi fue campeón y estrella. Todo mal. Lo ofrecieron a toda Europa, nadie picó.

* La revelación. También varias: Jude Bellingham (Inglaterra), Marcus Thuram y Kolo Muani (ambos de Francia), Enzo Fernández y Alexis Mac Allister (Argentina), Azzedine Ounahi (Marruecos), Dominic Livaković (Croacia), Gonçalo Ramos (Portugal), Salem Al-Dawsari (Arabia Saudita), autor del segundo gol a Argentina.

* El encuentro. De muchas razas. Como pocas veces se mezclaron los hinchas árabes con africanos subsaharianos, indochinos, latinoamericanos, europeos. Y reinó un pacifismo absoluto. Hubo una aceptación del otro. 

* La revelación II. Entre los técnicos, Lionel Scaloni, quien en escasísimo tiempo pasó de ser el asistente del asistente a campeón de América y del mundo.

* La revelación III. La amabilidad árabe. Siempre sufriendo de mala prensa, pudimos comprobar que es un pueblo amable, tranquilo, silencioso. No se incomodó por la visita de millones de hinchas, se puso a disposición. Grata comprobación.

* El futuro. El futuro es Qatar. Impresionante paisito. Y se dio un lujo asiático: organizar un Mundial. No es poco.

(25/12/2022)

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El Titanic argentino

Jorge Barraza, columnista de Marcas

Por Jorge Barraza

/ 22 de noviembre de 2022 / 17:28

Cuando aún faltaba mucho partido, en el minuto 59, Lionel Scaloni dispuso algo inusual en el fútbol: tres cambios juntos y tempraneros, síntoma claro de que el barco zozobraba. Intentó dar un golpe de timón, pero el iceberg ya estaba encima y el choque fue inevitable, catastrófico. Le hizo un gran agujero en su costado derecho. Por ahí le entraron los dos goles.

Argentina, segundo favorito en las apuestas para ganar el Mundial, perdía frente a Arabia Saudita en el debut, ante una multitud de seguidores que, embalados por el invicto de 36 partidos, empeñaron hasta el saco y se vinieron a Qatar. Perdía y perdió. El número 3 del Ránking Mundial cayó frente al 51. La derrota semeja el hundimiento del Titanic: toda la propaganda previa se fue al fondo del mar.

Es uno de los batacazos más grandes de la historia de los Mundiales. Arabia Saudita escribió todo su libro de oro en una sola tarde. Cuando pasen los años y se repare en el resultado Argentina 1 – Arabia Saudita 2 seguirá causando asombro, como aquel Estados Unidos 1-Inglaterra 0 de 1950 o el Corea del Norte 1-Italia 0 de 1966 o Senegal 1-Francia 0 en 2002.

El de ayer tiene un mérito adicional: los árabes perdían casi desde el comienzo y lograron darlo vuelta con dos auténticos golazos. Una tarde infausta para Argentina, que entra en los anales de la Copa del Mundo.

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Catorce goles en cuatro partidos

Arabia Saudita es la única frontera terrestre de Qatar, y por tener el Mundial a la vuelta de la esquina se allegaron decenas de miles de sauditas, conformaron un gigantesco mosaico verde y exhibieron ante el mundo su segundo motivo de orgullo: este torneo maravilloso organizado por Qatar, primero en el mundo árabe, y luego esta demostración futbolística tumbando al país de Di Stéfano, Maradona y Messi, que fue cinco veces finalista de un Mundial.

La felicidad no les cabía en el cuerpo. Tranquilos y poco demostrativos por naturaleza, saltaban, se abrazaban, bailaban, no terminaban de irse nunca del fantástico estadio Lusail, al que acudieron 80.000 hinchas. Después de tantas goleadas en contra, por una vez en la vida les tocó a ellos la cara feliz de la moneda. Y merecidamente.

¿Cómo fue…? Se sumaron la inspirada tarde saudí y la completa debacle argentina, individual y colectiva. Y en ese contexto, una serie de factores concurrentes. Muy atrevidos los asiáticos, dinámicos, combativos, con extraordinaria actitud y respaldados por un biotipo físico óptimo. Ganaron todas las divididas, siempre llegando primero, saltando más alto, trabando más fuerte. Se sobrepusieron a dos contratiempos de arranque: al minuto, Messi pescó un rebote y remató bajo junto a un palo, que casi siempre se le da en gol, esta vez fue del elástico y provocador arquero Al Owais. A los 9 hubo un agarrón en el área y penal para Argentina que Messi cambió por gol. No lo sintieron, siguieron en la misma.

En el segundo tiempo, cuando se esperaba que Argentina apretara las tuercas y asegurara el resultado con otro gol, apareció Arabia Saudita en toda su dimensión y clavó dos goles fantásticos en los pies de Al Shehri y Al Dawsari. Aplicó, además, dos armas que la albiceleste no pudo resolver nunca: a) una fuerte presión alta que obligó a que la pelota se la pasaran permanentemente los cuatro defensores argentinos, de ida y de vuelta, sin encontrar salida; b) le tiró una y otra vez la jugada del offside, por eso le fueron anulados tres goles a los de rayas verticales. Correctamente anulados. Luego supieron aguantar la ventaja, con temple, aunque también demorando hasta el hartazgo.

Argentina jugó su peor partido en la era Scaloni. Y en la ocasión menos oportuna. Estáticos todos, fallones en el pase, con la pelota, sin poder contrarrestar el anticipo asfixiante de sus rivales. El centrocampista Leandro Paredes seguramente perdió el puesto; nadie puede jugar parado en la actualidad. Errático Papu Gómez, sin ganarle nunca a su marcador, impreciso Di María, desaparecido Lautaro Martínez, inoperante De Paul… Messi siempre fue un jugador de asociación, y esta vez no tenía a nadie para establecer una complicidad.

Cuando el equipo fue cayendo en la telaraña saudita y tenía diez rivales por delante, se marchitó también él. Hasta ejecutó un tiro libre impropio de su categoría, a dos o tres metros de altura. Pero Messi no es el culpable, fue un apagón generalizado.

Arabia Saudita terminó muy temprano su liga y concentró a su selección un mes y medio para preparar el Mundial. Llegó en óptimas condiciones físicas y tácticas. Argentina se juntó una semana antes y tuvo tres prácticas con todos sus jugadores. Todo cuenta.

No nos cerraba que Argentina fuera favorito y lo expresamos, la ilusión había devenido en exitismo, aunque no fue el hincha argentino solamente, los medios internacionales y muchos actores del fútbol lo ungían como fuerte candidato al título.

Favorito es demasiado título para un equipo que hace este ridículo. Le salió bien el resultado de México y Polonia -0 a 0- de modo que ninguno de los dos se le escapó más de un punto. Pero es muy de Argentina este papelón. En 1982, defendiendo el título, jugó el cotejo inaugural ante Bélgica, que no era esta Bélgica llena de figuras y potente de hoy. Entonces parecía un conjunto de aplicados estudiantes universitarios.

Ganó el cuadro europeo 1 a 0. En 1990 otra vez defendía la corona y abrió la Copa con un Camerún en proceso de aprendizaje. Cayó de nuevo por el mismo marcador. Y ahora Arabia Saudita, un medio que no tiene ningún jugador actuando en una liga europea.

Argentina es la única selección que no cuenta con futbolistas afrodescendientes, que garantizan la excelencia física. No tiene ni tendrá.

Es una desventaja apreciable, sobre todo frente a equipos como este de Arabia, de deportistas potentes, que llegan a todas. Para doblegarlos hay que estar muy frescos atléticamente y con chispa futbolística. Correr, moverse constantemente, para dar opciones de pase, mostrarse, ser preciso en las entregas y reinstalar el toque.

Fue el primer lleno de la Copa, y en el escenario mayor. Todo el periodismo acreditado acudió, era la presentación estelar de Argentina y con un Messi en estado de gracia. No le salió nada. “Vamos a levantar”, dicen los jugadores. No será fácil, deben mejorar un quinientos por ciento y la moral quedó por el piso. El único aliciente es que, en Sudáfrica 2010, España cayó en su estreno y luego dio la vuelta olímpica. El técnico debería hacer cambios, y ahora se mira la lista y no se ve riqueza de nombres. Fue un golpe mundial.

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