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martes 26 oct 2021 | Actualizado a 11:17

¿ProSur o ProNorte?

Los acuerdos de libre comercio con Estados Unidos se han convertido en un arma de doble filo

/ 22 de junio de 2019 / 12:11

La reciente amenaza de Trump de subir los aranceles a las importaciones provenientes desde México si no aplica medidas duras para controlar la llegada de migrantes en 45 días, marca un nuevo hito muy peligroso de las relaciones de Estados Unidos con América Latina. De hecho, nos trae a la memoria la doctrina del Gran Garrote que el presidente Roosevelt aplicó a principios del siglo pasado para negociar con sus “adversarios externos”, mostrando siempre la posibilidad de una actuación violenta como modo de presión, inclusive sin descartar la intervención armada.

La doctrina del Gran Garrote, junto a la llamada Doctrina Monroe (de “América para los Estadounidenses”), marcó el nacimiento de la dominación imperialista en América Latina. Más de un siglo después, se ha desenterrado este garrote, con la estrategia de la seguridad nacional aplicada por Trump al campo de las guerras comercial, tecnológica y antimigración, bajo la consigna de “seguridad económica es igual a seguridad nacional”.

Para tal efecto, Trump se valió de la Ley de Comercio Exterior de 1974. Pero para poder aplicar medidas arancelarias y no arancelarias de manera unilateral y discrecionalmente, en especial a China, así como también a la Unión Europea e incluso a sus socios comerciales (Canadá y México), retornó a la vieja doctrina de la seguridad nacional de la Guerra Fría. Ya no con una cortina de hierro, sino con una cortina digital a las empresas tecnológicas de China, acusándolas de querer dañar la seguridad nacional o cibernética de EEUU.

El Presidente de EEUU ha utilizado la política arancelaria con motivos religiosos, para forzar la liberación de un pastor preso en Turquía; y ahora, por motivos vinculados con la migración de las personas procedentes de América Central. Los países al sur de Río Bravo deberían meditar cuidadosamente las implicaciones que tienen sus cándidas relaciones con EEUU. Pasada la euforia de salir en la foto con el presidente Trump y juntar banderitas, como el Mandatario de Chile, o camisetas de fútbol, como el de Brasil, deberían darse cuenta que la triste realidad es otra.

Los acuerdos de libre comercio se han convertido en un arma de doble filo. Si bien los países firmantes gozan de las ventajas monetarias de acceder al gigantesco mercado estadounidense, muchas veces están sujetos a obligaciones draconianas. En el caso de México, inicialmente fue el endurecimiento de las reglas de origen (75% de origen norteamericano), y después normas laborales. Y más grave aún, el nuevo tratado (T-MEC) incorpora una cláusula que establece que los integrantes deben informar a los otros miembros sobre sus intenciones de suscribir un tratado de libre comercio con algún país que no opere bajo condiciones de libre mercado; es decir, con nombre y apellido: China y Rusia. Es obvio que cuando informen sus intenciones, Trump se va a molestar y va amenazar con aplicar aranceles.

En el caso de ProSur, está clara la idea de agradar a Estados Unidos dividiendo la Unasur, con el objetivo “no ideológico” de insertar a la región “de forma eficiente en la cuarta revolución industrial y la sociedad del conocimiento y la información”. Sin embargo, van a tener que tomar decisiones ideológicas si se inserta con China o EEUU. La amenaza de Trump a los países que entren en la iniciativa de la Nueva Franja y la Ruta de la Seda permite preguntarnos ¿si los miembros de Prosur podrán firmar soberanamente acuerdos con China? o ¿si podrán elegir libremente la tecnología 5G a Huawei?, y por último, ¿si aceptarán ser un tercer país seguro si Trump se los pide a cambio de aranceles? Como dice Nouriel Roubini, parece que no hemos entendido las consecuencias globales de una guerra fría, sino estadounidense. No se pierda el próximo capítulo de: “Sin acuerdos no hay paraíso y con acuerdos, tampoco”.  (22/06/2019)

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Neoliberalismo vs. neopopulismo

/ 20 de octubre de 2021 / 02:24

En las recientes elecciones en Perú y actualmente en la pelea electoral de Chile, el debate se ha centrado en las propuestas económicas y han tendido a reducir la discusión en la elección de mercados o populismo, en el caso del Perú, o en el peligro de la bifurcación, en el caso de Chile, si gana Boric, candidato de izquierda, puesto que según algunos economistas “el país arriesga a moverse en la dirección de los peores ejemplos de la región, incluso Venezuela”.

Así de simple, toda una discusión sobre el rumbo económico de un país se reduce a la dicotomía o falsa alternativa entre liberalismo económico o intervención del Estado.

El enfoque neoliberal es presentado en los medios como una propuesta técnica, seria, que proviene de los economistas, mientras que el planteamiento “populista”, cuyo término se utiliza en forma peyorativa y descalificadora, es una propuesta política e ideológica y que, según la RAE, pretende atraer a las clases populares, aunque nadie dice que el neoliberalismo pretende atraer a las clases más altas.

Tanto el neoliberalismo como el neopopulismo tienen sus vertientes económicas en el profuso árbol genealógico de la economía. El neoliberalismo está más asociado a la escuela neoclásica, a los Chicago Boys de Milton Friedman, a la corriente del ofertismo (reducción de impuestos) que inspiró la experiencia de Thatcher y Reagan y la corriente del neoinstitucionalismo. Estrictamente deberían llamarse neoconservadores, aunque en la región a la experiencia chilena se la bautizó con el modelo neoliberal.

Como corriente económica, el neopopulismo está más relacionado con la corriente marxista continuadora de la economía política, pero principalmente está muy vinculado a la corriente keynesiana, especialmente en cuanto al rol del Estado en la economía y, en el caso latinoamericano, al pensamiento estructuralista de la CEPAL. Es un término utilizado para descartar las experiencias que se apartan del dominio del mercado, la privatización, la liberalización comercial y financiera, y la libre inversión extranjera.

De esta forma, a las políticas neoliberales se denominaban políticas correctas por parte de los organismos como el FMI, mientras que al resto de países como Venezuela, Argentina, en su momento Ecuador y Brasil, así como Bolivia, se los etiquetaba como “populistas” y como peores ejemplos.

Sin embargo, tanto la teoría como la realidad en materia de política económica nos muestran que existen distintas alternativas y combinaciones en la intervención del Estado y el rol del mercado, así como distintos manejos del instrumental o arsenal económico, como la política tributaria, cambiaria, monetaria, y en especial en el manejo del gasto fiscal con fines redistributivos del ingreso, como demuestro en el análisis de los casos de Bolivia y Chile en mi libro Neoliberalismo vs. neopopulismo: un falso debate, de próxima aparición en formato digital a través de Amazon, iBooks y Google Play.

Es así que si comparamos la economía con la medicina, es tan equivalente que cuando el paciente tiene un problema, la primera discusión es si lo operan o le dan un tratamiento de acuerdo con la gravedad del caso, lo que en economía sería tratamiento de shock o gradual. La segunda discusión es que si está en la sala de operaciones el paciente, los médicos deben utilizar todo el instrumental o arsenal médico para salvarlo y no pueden descartar de entrada o prohibir el uso de algunos instrumentos.

Chile, por ejemplo, aplicó restricciones a los movimientos internacionales de capitales en la década de los 90. En el caso boliviano, el Decreto 21060 fue un ejemplo de tratamiento de shock que tenía medidas ortodoxas (liberalización de precios, cambios y financiera) como heterodoxas (no pago de la deuda, bolsín, entrega obligatoria de divisas). En el modelo de economía plural (2006-2019) se mantuvo la Ley SAFCO, la Ley de Participación Popular, un sistema de precios centrado en el mercado, el mecanismo del bolsín, un régimen monetario basado en cantidades de dinero, un sistema financiero saneado y supervisado. Por supuesto otras medidas se modificaron (Bonosol- Renta Dignidad) y otras se cambiaron radicalmente, como la capitalización.

Como una reflexión final de mi libro, en formato digital, señalo que tanto el modelo neoliberal de Chile como el modelo de economía plural en Bolivia, si bien fueron producto de las condiciones históricas para su surgimiento y tuvieron un éxito relativo en su momento, la gran preocupación es el peligro de agotarse al no adaptarse a las nuevas condiciones cambiantes de su economía, sociedad y los intereses y preocupaciones de la gente.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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¿Fundamentalismo del mercado o del Estado?

/ 6 de octubre de 2021 / 00:56

Han pasado poco menos de 250 años desde la aparición del libro de Adam Smith La riqueza de las naciones (1776) y, pese a los grandes avances tecnológicos, la economía sigue debatiéndose y moviéndose en forma pendular entre el fundamentalismo del mercado, asociado a la corriente neoliberal, y el fundamentalismo del Estado relacionado con las corrientes populistas.

Más aún en los tiempos actuales de la crisis del COVID-19, que ha acentuado la pobreza y la desigualdad, en América Latina se habla del retorno del fantasma del populismo ante la crisis de las experiencias neoliberales emblemáticas de Chile y Perú.

Da la impresión de que debemos escoger entre un menú limitado solo a dos opciones, cuando el sentido común, la historia y la realidad muestran que hay un conjunto de alternativas de políticas económicas, con un arsenal instrumental, que permitieron y permiten afrontar grandes crisis y problemas económicos. Así pasó en la posguerra con el milagro alemán de economía social de mercado y el milagro japonés y, en especial, con la experiencia del sudeste asiático y de los países nórdicos que señalan un manejo amigable entre el Estado y el mercado.

Sin embargo, América Latina siempre fue un laboratorio de casos extremos, como por ejemplo el estructuralismo y la experiencia populista hasta los años 80 y, luego, el giro pendular hacia el Consenso de Washington, del ajuste estructural centrado en el mercado y en la liberalización comercial, financiera y la privatización, que tuvo su mejor expresión con el experimento neoliberal de Chile (1973-2019) y, dentro de esa tendencia, con el modelo neoliberal en Bolivia entre 1985-2005.

Con la fatiga de las reformas estructurales, que si bien lograron la estabilidad de precios tuvieron pésimos resultados en materia de pobreza y desigualdad, resurgió el llamado neopopulismo con las experiencias de Venezuela, Brasil, Ecuador y Argentina, las cuales no tuvieron un buen desempeño en la gestión macroeconómica.

En este contexto resalta la experiencia heterodoxa boliviana (2006- 2019) que logró combinar los objetivos de estabilidad macroeconómica con la reducción de la pobreza y la desigualdad con base en un cambio en la generación y en el uso del excedente económico y un rol protagónico del Estado.

Sin embargo, en la literatura económica abundan los trabajos sobre la experiencia neoliberal y muy escasas producciones sobre el modelo boliviano. Por otra parte, los análisis realizados son muy sesgados, destacando solo parcialmente algunos aspectos, como en el caso de algunas reformas o contrarreformas estructurales, y se observa la ausencia de un examen comparativo con otras opciones de política económica.

Estas razones me impulsaron a escribir mi nuevo libro sobre Neoliberalismo vs. Neopopulismo: un falso dilema. Mi preocupación académica ha sido seguir de cerca el caso de Chile, basado en el llamado modelo neoliberal y, el caso boliviano que experimentó tanto el modelo neoliberal (1985-2005) como el modelo de economía plural (2006-2019). Dichas experiencias son el reflejo del debate ideologizado entre neoliberalismo versus populismo en el nivel académico, político y en los medios de comunicación.

Y el resultado al que llego es que existe una falsa dicotomía, es decir una conclusión errónea a la que se arriba intencionalmente basada entre dos únicas posibilidades, a pesar de que existen otras posibles alternativas de decisión.

Planteo que la discusión parecería ser entre liberalismo económico frente al intervencionismo estatal, en la realidad debería ser entre los diferentes grados y modalidades de intervención estatal; ya sea directa, a través de empresas públicas, como indirecta, a través de los diferentes instrumentos de la política económica y de arreglos institucionales.

Así, no se trata de suponer que el paradigma neoliberal está muerto y ha surgido un nuevo paradigma estatal. La realidad muestra que no existe una receta de medidas de política económica y que, la equidad y la reducción de la pobreza, deben ser parte de los objetivos explícitos de la política económica, junto con la estabilidad y el crecimiento. Asimismo, existe una amplia gama de instrumentos y arreglos institucionales, cuya aplicación va a depender de las particularidades de la economía de cada país, así como del momento y tiempo histórico que atraviesan.

Para tal efecto, examino las raíces de la confrontación remontándome al árbol genealógico del neoliberalismo y el populismo, donde encuentro sus vertientes teóricas, luego analizo el surgimiento del famoso Consenso de Washington (la receta neoliberal de las reformas estructurales) y las distintas caracterizaciones del populismo económico en la región, para terminar comparando el Modelo Neoliberal aplicado en Chile y el Modelo de Economía Plural ejecutado en Bolivia.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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La trampa de los productos básicos

/ 22 de septiembre de 2021 / 02:22

La dependencia de las exportaciones de productos básicos, entendida por la participación de las exportaciones de commodities en 60% o más en el total de las exportaciones, es un tema que ha cobrado relevancia sobre todo en este mes de septiembre con el Foro Global de Commodities de la UNCTAD, que fue la artífice para posicionar hace más de 50 años como problema fundamental de los países en desarrollo.

Bajo distintos nombres se estigmatizó el ser un país exportador de commodities, como fue con la famosa tesis del deterioro secular de los términos de intercambio, porque los precios de los productos básicos tendían al deterioro comparados con los precios de las manufacturas, tesis muy discutida hasta que se registró el largo boom de los precios de los commodities desde 2004 hasta 2014 y que ahora, ante un nuevo resurgimiento de sus precios, parece amenazar con un nuevo boom de las materias primas.

Es muy frecuente escuchar la leyenda sobre la “maldición de los recursos naturales” donde los países con buena dotación de recursos naturales están condenados a ser pobres y atrasados, y se plantea como solución mágica la industrialización. Los economistas del desarrollo, según la UNCTAD, asocian la dependencia de las exportaciones de commodities con un crecimiento lento, una estructura económica no diversificada, el bajo desarrollo humano, la volatilidad de los ingresos, la inestabilidad macroeconómica y la enfermedad holandesa.

Así, en 2018-2019, alrededor de dos tercios (64%) de los países en desarrollo dependían de los productos básicos y en el caso de los países de bajos ingresos, un 90% son exportadores de commodities. En cambio, solo el 13% de los países desarrollados son dependientes de commodities, entre los cuales destacan Australia, Islandia, Nueva Zelanda y Noruega.

América del Sur es una de las subregiones más dependiente de las exportaciones de productos básicos. En 2018-2019, los 12 países de la subregión tuvieron una tasa de dependencia superior al 60% y tres cuartas partes tuvieron un nivel superior al 80%.

Sin embargo, el dato curioso es que según la propia UNCTAD, el número de países dependientes de las exportaciones de productos básicos ha aumentado en el último decenio, de 93 países en 2008-2009 a 101 países en 2018-2019. Solamente siete países pudieron salir del grupo, entre ellos Nicaragua, Indonesia y Egipto, pero en cambio 15 países entraron como nuevos exportadores de productos básicos, entre ellos destacan Brasil y Grecia.

Con datos de la UNCTAD, las exportaciones de productos básicos de Bolivia representan un 94% de las exportaciones totales, la más alta de Sudamérica, y son equivalentes a una quinta parte del PIB. Tiene una composición entre productos básicos “duros”, como la minería que representa un 44,8% de las exportaciones, y los hidrocarburos con una participación del 33%, mientras que los productos básicos “blandos” que corresponden a la agricultura y alimentos participan con un 16% del total exportado.

La UNCTAD recomienda escapar de la dependencia de los productos básicos a través de la diversificación que implica diversas estrategias, aunque reconoce que una vez que un país en desarrollo depende de los productos básicos, es extremadamente difícil salir de este estado. Bolivia ha adoptado una estrategia de diversificación vertical en el caso de los hidrocarburos aumentando el valor agregado, abarcando aquellos procesos de transformación de los productos de refinación, incluida la petroquímica.

Pero escapar de la dependencia de commodities implica mucho tiempo, un proceso de cambio estructural económico estrechamente asociado con un aumento de la productividad. La diversificación y el desarrollo tecnológico desempeñan un papel crucial en el crecimiento de la productividad laboral.

En el caso de Bolivia, la UNCTAD en su estudio Escapando de la trampa de la dependencia de productos básicos da buenas noticias para el país, que por supuesto no son resaltadas en los medios de comunicación ni por el propio Gobierno. En primer lugar, encuentra una creciente demanda de sus productos básicos primarios, que podría aumentar en un 1.000% para 2050, y que están impulsando la digitalización y la adopción de una amplia gama de tecnologías de frontera. Estos productos incluyen el litio, cobalto, manganeso, cobre, plata, hierro, plomo y elementos de tierras raras.

En segundo lugar, destaca que existen nuevas tecnologías para la extracción de litio que pueden revolucionar la forma en que se trabajan los yacimientos del litio, minimizando el uso de agua y acelerando el proceso de recuperación, haciendo que los depósitos de litio en Bolivia sean económicamente viables.

Debería ser el Ministerio de Planificación el que mire más allá de la coyuntura y presente no un plan libro, sino un plan de vuelo sobre la estrategia para diversificar la dependencia de los productos básicos con el apoyo de la UNCTAD.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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El modelo afgano de intervención

/ 8 de septiembre de 2021 / 01:16

La salida del último avión de las fuerzas armadas de EEUU del aeropuerto de Kabul el penúltimo día de agosto me dejó como economista una pésima sensación. Los EEUU, en decisión unilateral, sin autorización de Naciones Unidas ni de su Consejo de Seguridad, se metieron hace 20 años en Afganistán, comprometieron a los países de la OTAN en una intervención armada y después se salen, como si no hubiera pasado nada en la historia de la humanidad.

Los medios de comunicación muestran las labores caritativas para ayudar a escapar a los refugiados afganos ante el terror de los talibanes, a los que en una época los EEUU ayudaron y apoyaron con armamento para combatir la intervención de los rusos, hasta que los invadieron para sacarlos del poder con la excusa de los atentados a las Torres Gemelas, pese a que hasta ahora no es pública toda la información de lo que pasó realmente, según denuncia de los familiares de los muertos de ese atentado.

Las terribles imágenes dan la impresión de que son parte de una mala película de guerra con un final infeliz, sin el típico héroe tipo Rambo y sin la soberbia del jefe militar a cargo del desastre.

La primera preocupación que me saltó es que alguien debería hacer algo en el tema de las intervenciones militares. En un mundo aparentemente multilateral, Naciones Unidas tendría que ser la autoridad mundial que debería hacer algo, aparte de sus comunicados extemporáneos. Ahora, como sucede en la realidad, en un mundo unilateral en lo relativo al poder militar, bajo la hegemonía de los EEUU, debería por lo menos sujetarse las intervenciones a algunas reglas del juego bajo la Corte Internacional de La Haya, donde van a parar acusaciones de genocidio a gobernantes.

No me imaginé el tremendo costo de la guerra; más de $us 900.000 millones, equivalente según mis cálculos al 4% del PIB de los EEUU, más o menos $us 45.000 millones por año, mucho más que el PIB de Bolivia. Ese dinero, o por lo menos una parte, podía haberse utilizado para ayuda al desarrollo, administrado por Naciones Unidas, para combatir la pobreza y el deterioro del medio ambiente.

Se supone que con tan elevado gasto la economía afgana sería una de las más desarrolladas en 20 años de ayuda. Lamentablemente, la intervención, según la BBC Mundo, dejó una economía más dependiente y atrasada. La ayuda externa representaba el 75% del financiamiento del gasto público y era equivalente a más del 20% del Ingreso Nacional Bruto. Lo más preocupante es que después de 20 años de intervención directa de los EEUU, Afganistán concentra el 80% de la producción mundial del opio, que contribuía al 11% de la economía del país y cuyo tráfico generaba entre $us 1.000 y 2.000 millones anuales, y que yo sepa EEUU nunca “descertificó” a Afganistán, hasta ahora, como amenaza hacer a Colombia, Perú y Bolivia. La política antidroga la maneja a su conveniencia.

Por último, está el papel del FMI, que en noviembre de 2020 aprobó un Servicio de Crédito Extendido (Extended Credit Facility) por $us 370 millones y que antes, por el tema del COVID-19, había aprobado un Servicio de Crédito Rápido (Rapid Credit Facility) por $us 220 millones. Hoy en día esos recursos están congelados por el cambio de administración, ya que la declaración escueta del FMI dice: “Actualmente hay una falta de claridad dentro de la comunidad internacional con respecto al reconocimiento de un gobierno en Afganistán, como consecuencia de lo cual el país no puede acceder a los Derechos Especiales de Giro (DEG) u otros recursos del FMI”.

Para terminar con un broche de oro, según noticias de prensa, se bloquearía la parte de los $us 9.000 millones que tiene las reservas del Banco Central afgano fuera del país, puesto que el gobierno de Joe Biden indicó que los talibanes no tendrían acceso a las reservas que se hallan en su territorio.

En síntesis, el desastre de Kabul es la peor carta de recomendación de los EEUU para intervenir en los asuntos de un país. Ojalá la lección sirva para algunos políticos de la región que claman por su intervención, como la carta de los 20 diputados bolivianos en abril de 2019, pidiendo a Trump “tenga a bien interceder”.

Gabriel Loza Tellería es economista, cuentapropista y bolivarista.

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De la crisis de los años 30 a la crisis de los años 20

Los países están a tiempo para que la actual crisis sea solo de un año, y no se prolongue toda una década, como sucedió hace 90 años

/ 23 de mayo de 2020 / 06:25

El fuerte aumento en EEUU de la tasa de desempleo de un mínimo alcanzado de 3,5% en febrero a un 14,7% en abril, que significa más de 20,5 millones de desocupados, es tal vez el indicador más incuestionable para indicar la magnitud de la crisis desatada por el coronavirus SARS-CoV2, comparada con la crisis de 1929-1932, cuando en EEUU la producción real registró una caída de 30% y el desempleo alcanzó un 33%.

Hace 90 años ocurrió el llamado crack financiero en octubre de 1929, con la debacle de la Bolsa el  28 de octubre de 13% y el 29 de octubre del 12%, lo cual dio origen a la Gran Depresión de los años treinta. Como resultado de la pandemia por el COVID-19, el 12 marzo el Dow Jones cayó un 12%, y el 16 de marzo 10%, totalizando una caída acumulada de 37% en un solo mes.

La crisis de 1929 tuvo su epicentro en Nueva York, y contagió al resto del mundo en la primera fase de la globalización. En cambio, la crisis que hoy atravesamos quizás sea la última fase de la globalización, y si bien su epicentro fue la ciudad china de Wuhan, impulsó el encapsulamiento casi simultáneo de la economía global, dando lugar a un gran confinamiento.

La Gran Recesión fue una crisis sistémica financiera, mientras que la crisis actual es un shock de oferta y demanda, resultante de las medidas de encierro social y económico. Las cuales si bien han provocado caídas bursátiles pronunciadas, pero de muy corta duración y rápida recuperación, todavía no se han convertido en una crisis financiera sistémica.

Un dato interesante es que en la crisis de 1929 Milton Friedman le echó la culpa a la Reserva Federal (Fed) por la depresión, acusándola de no haber reaccionado; pues entre agosto de 1929 y marzo de 1933 la cantidad de dinero en circulación se redujo en un 30%. En cambio, en la crisis actual la Fed bajó inmediatamente las tasas de interés de referencia, y realizó una expansión cuantitativa del dinero, mediante medidas no convencionales con $us 500.000 millones en programas de préstamos de emergencia; y prometió que podría cuadruplicar más el tamaño de su empuje al inyectar $us 2.300.000 millones de dólares a la economía. Es decir, hasta ahora se ha actuado inmediatamente, con medidas tanto fiscales como monetarias.

En la crisis del 29, los países cerraron sus fronteras económicas con altos aranceles y elevadas devaluaciones, dando lugar a una caída del comercio mundial del 66%. Actualmente, si bien las medidas proteccionistas han aumentado, éstas se concentran en productos sanitarios y alimentos. En cambio, los países han realizado fuertes devaluaciones monetarias, como por ejemplo en América del Sur. Así, producto del gran confinamiento se prevé una reducción del comercio mundial en 2020 entre el 13% y el 32%, como consecuencia de la perturbación de la actividad económica normal, causada por la pandemia del COVID-19 en todo el mundo.

Los países están a tiempo para que la actual crisis sea solo de un año y no se convierta en la crisis de los años veinte del nuevo siglo, es decir, de toda una década, como sucedió hace 90 años cuando se rompió el sistema multitaleral incipiente y se dio lugar a salidas unilaterales de quién se salva primero con guerras comerciales y cambiarias.

Todavía tenemos a la Organización de las Naciones Unidas, cuyos Estados miembros han actuado desunidos, un sistema multilateral con instituciones que velan por el comercio como la OMC, y financieras, como el FMI, el Banco Mundial y el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), los cuales deberían imponer la cooperación en lugar de la confrontación. Mejor no hablar de las instituciones de integración regional y subregional, que deberán pasar de las palabras a los hechos implementando salidas concretas y concertadas, especialmente mediante la coordinación de sus bancos centrales, como en el caso del Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR).

Gabriel Loza Tellería, economista

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