Voces

miércoles 8 dic 2021 | Actualizado a 14:58

Nuevas elecciones, ¿cómo van las cosas?

Lo que falta por definir es la nómina de postulantes y sus respectivas propuestas.

/ 26 de enero de 2020 / 06:36

A estas alturas, las condiciones para el nuevo proceso electoral están ya creadas. La mayoría de los instrumentos legales han sido aprobados; está acordado y disponible el presupuesto; se han conformado el Tribunal Supremo y los nueve tribunales departamentales. Entretanto, los exintegrantes de estos organismos (culpables o inocentes) están en la cárcel. Aparentemente todo está listo o bien encaminado para funcionar como reloj en las elecciones del primer domingo de mayo. Lo que falta por definir es la nómina de postulantes y sus respectivas propuestas. Y es aquí donde proliferan los fenómenos más extravagantes.

Para empezar, el indecente comercio de siglas, recuperadas por sus “propietarios” gracias a la anulación global de las elecciones de octubre pasado. Uno de los resultados no deseados de ese proceso fue que tales siglas se mantengan en pie no obstante su ínfima votación. Resulta que ahora valen oro para albergar a políticos sin partido que se creen presidenciables. No importan ni su nombre, ni su trayectoria, ni sus planteamientos programáticos; solo vale el hecho de estar registrados y a ver ¿quién da más?

Tocante a lo anterior está el tema del financiamiento de las campañas. Por un sinceramiento fugaz que le valió el cargo a un aprendiz de vocero, se sabe que en las agrupaciones políticas se considera “razonable” la cifra de unos $us 10 millones. Y también es pública la exigencia del exdirigente cívico Marco Pumari por recibir $us 250.000 y por lo menos dos agencias de aduana. Por cierto, las élites empresariales están buscando a quien “apostarle”. ¿De dónde saldrá el dinero? ¿Con cuánto aportará Gonzalo Sánchez de Lozada?

Y si no logran unirse en una fórmula polarizante, no sería raro que algunos apuesten por varios candidatos a la vez, por si acaso. Lo propio están haciendo los poderes imperiales, muchas veces enmascarados en inocentes agencias de cooperación o en desconocidos y desconcertantes manipuleos digitales. Que nadie lo dude: Estados Unidos, China y Rusia, y la propia Unión Europea, cada cual a su manera, no dejarán de hacer algo en pro de sus candidaturas preferidas. ¿Podrá el Tribunal Electoral transparentar aunque sea una parte de estas movidas? Se ve muy difícil.

Unidos en la oposición cerrada al gobierno de Evo Morales, todos los integrantes del bloque neoliberal aseveraban que solo les movía el interés patriótico y democrático, que no tenían intereses político partidarios ni menguados objetivos particulares. Depuesto el gobierno del MAS y abierta la certidumbre de nuevas elecciones, salieron a flote las más variadas y verdaderas aspiraciones. Luis Fernando Camacho y Pumari se reclamaban como exclusivamente cívicos, pero resultaron políticos, o más propiamente politiqueros de la misma especie a la que criticaban. Jorge Tuto Quiroga creyó de pronto que ser activo vocero de las campañas de la derecha mundial es suficiente mérito para ser otra vez candidato (perdió por dos veces consecutivas). Samuel Doria Medina calculó que puede seguir invirtiendo en elecciones. Carlos Mesa y Luis Revilla se juraron una lealtad que no aguantó ni un semestre. Rubén Costas y sus demócratas, cuya votación es del 4 % saboreando las mieles del poder, le calientan la cabeza a la Presidenta y ésta no parece indiferente a los halagos; en tan poco tiempo le ha gustado la pega.

En lo que se refiere al partido del presidente derrocado, parece que hubiera conseguido una muy precaria unidad interna colocando en su binomio a un tecnócrata desarrollista y a un aymara pachamamista. Lo que no se sabe es si lograrán entenderse, por lo menos en la tarea de defender algunos logros de las gestiones anteriores y no solo desmarcarse, sino explicar los casos flagrantes de corrupción. Para este bloque, el periodo es crucial. Se consolida como un partido tradicional más o es capaz de recuperar en sus orígenes su esencia democrática y de representación legítima de campesinos, indígenas, originarios y trabadores en general. Está por verse.

Carlos Soria Galvarro

es periodista.

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Carlos Felipe Terán: escritor y soldado

/ 28 de noviembre de 2021 / 00:45

A los 19 años, antes de marchar a la guerra, era colaborador asiduo de las páginas del diario La Patria de Oruro y escribía ocasionalmente para La Razón y El Diario de La Paz, y para El Republicano de Cochabamba.

Ya en abril de 1932, con apenas 17, publicó en La Patria dos impecables traducciones de la revista francesa L’Ilustration: El vuelo del Graff Zeppelin por el Polo Ártico y L’Atlantique.

Hasta poco antes de su caída en el Chaco, publicó numerosos artículos, algunos de ellos firmados con el seudónimo «Fulano de Tal».

Carlos Felipe Terán Quintanilla nació en la ciudad de Oruro el 20 de agosto de 1915. Años antes, Felipe Terán Sosa y Adela Quintanilla Guzmán, sus padres, habían incursionado en la actividad periodística orureña en El Industrial. Adela, catalogada por el historiador José Macedonio Urquidi como una de las “Bolivianas Ilustres» en su conocido libro, poseía una sólida formación intelectual que transmitió con fervor a sus hijos, a quienes educó personalmente sin intervención de la escuela pública. Carlos Felipe debía en gran medida a su madre la brillantez con la que empezaba a figurar en la prensa nacional a una edad tan precoz que resulta difícil de imaginar.

No había hecho sino dar sus primeros pasos en el mundo literario y periodístico cuando lo sorprendió el conflicto bélico.

Ingresó al cuartel el 14 de abril de 1934, acudiendo al llamamiento de los conscriptos de 1935, es decir se presentó voluntariamente antes de cumplir la edad requerida. Partió al frente de guerra el 20 de mayo de 1934, formando parte del Regimiento Iténez. A comienzos de agosto actuó en Cañada Strongest, en el Regimiento 40 de Infantería, 2da. Compañía. Del 18 al 26 de agosto estuvo en la famosa batalla, cuando las tropas paraguayas intentaron cercar a las bolivianas. En la operación, su compañía salió sin dejar un solo hombre, a excepción del teniente Vargas Salazar que cayó prisionero por haberse adelantado con sus hombres. El dato lo proporciona Terán en una carta de fecha 26 de agosto. En esta «aventura», según expresión propia, perdió sus efectos personales y la correspondencia para La Patria y La Razón.

Por lo visto, sin dejar su puesto de soldado, Carlos Felipe se proponía continuar su labor de escritor, en tanto lo permitiesen las circunstancias. De hecho, varios de sus artículos fueron publicados cuando ya estaba enrolado en las filas militares.

Después de Cañada Strongest, permaneció en el Regimiento La Paz, 40 de Infantería, en el 2º batallón a cargo del teniente Aramayo, desempeñándose como furriel. Luego, el 25 de septiembre pasó a órdenes del coronel Peredo, como telefonista del comando, permaneciendo en ese puesto todo el mes de octubre.

La última carta a su madre es del 5 de noviembre de 1934. En ella, como es natural, trata de tranquilizarla sobre las penurias de la guerra y agradece la recepción de dos paquetes de periódicos.

Después nada más se supo de él. La prensa publicó que habría caído prisionero en el desastre de «El Carmen», pero la noticia no se confirmó. Al contrario, a los pocos días el coronel Peredo mandó a sus familiares el siguiente telegrama: «Soldado Felipe Terán Quintanilla falleció después de brillante actuación en Fortín Camacho».

Una de las más de 50.000 vidas bolivianas perdidas en la contienda chaqueña. Un pariente muerto 10 años antes de que yo naciera, al que llegué a conocer solo por sus escritos, guardados con primor por sus tres hermanas, dos de ellas mis tías y la otra mi madre. Como ellas ya no están, quise compartir con los lectores por lo menos el recuerdo de su nombre.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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No hay salida sin restauración del bloque popular

/ 14 de noviembre de 2021 / 00:45

Es archisabido que en toda sociedad se perfilan diversos sectores, grupos e individualidades que se van diferenciando del resto en virtud a los roles que cumplen en la economía, el nivel de ingresos que ostentan, las oportunidades a las que pueden acceder, así como por diferentes variables que, en última instancia, configuran la pertenencia a una clase social más o menos consciente de sus propios intereses. En ese sentido, resulta ingenuo suponer por ejemplo que “todos” los bolivianos y bolivianas podemos estar siempre unidos y coincidentes en “todo”. Tal homogeneidad no existe en ninguna parte, y menos en países capitalistas, dependientes y atrasados como el nuestro.

En Bolivia, nos guste o no, existen clases y capas sociales, de modo implícito representadas por diferentes partidos, corrientes políticas y organizaciones sociales.

Están los trabajadores asalariados, del área pública y privada, mayoritariamente urbanos; el Cerco de Calamarca (1986), al desbaratar la Marcha por la Vida de los mineros, acabó también con el papel preponderante de éstos en las luchas sociales. Está el inmenso y multiforme contingente de los que han venido en llamarse “indígena-originario-campesinos”, cuyo desempeño en la realidad actual es innegable. Está el sector empresarial, extenso y también multiforme; contiene a grupos patrióticos de emprendedores afincados en el país, y también a la numerosísima pequeña y mediana empresa y, por otra parte, a escasos núcleos que miran al extranjero tanto para resguardar sus fortunas (por lo general de dudosos orígenes) como para concertar nuevos negocios muchas veces como testaferros de empresas transnacionales; son una pequeña minoría oligárquica, pero poseen un inmenso poder económico y político, como lo demostraron en el gobierno “transitorio” de Áñez, al que pusieron a su servicio.

Entremezcladas entre los tres sectores fundamentales antes descritos, pulula una inmensa variedad de capas medias: trabajadores “por cuenta propia”, artesanos, comerciantes, empleados, transportistas, cooperativistas mineros (algunos de los cuales, se dice, usan el estatus del cooperativismo para esconder negocios turbios, especialmente en la comercialización de minerales), y otras. Lo típico de estos sectores es su ambigüedad y su constante oscilación, un permanente cambio de aliados.

Lo dicho hasta aquí, vale la pena recalcarlo, es un mero esquema, sobre una realidad muy dinámica, que se modifica constantemente al son de los cambios sociales, tecnológicos y políticos. Pero, no obstante su simplicidad, podría ayudar al diseño de algo parecido a una estrategia en las actuales circunstancias.

La propuesta pasa cuando menos por dos momentos interconectados: la restauración del bloque social popular averiado por una conducción errática del Gobierno, y el aislamiento de los grupos oligárquicos recalcitrantes, que están queriendo pescar en río revuelto.

No son sin duda tareas fáciles, pero nos parecen indispensables. En tal sentido, las señales a emitir deben ser absolutamente claras y contundentes, no solo en mensajes mediáticos y de redes sociales, también en acciones y medidas concretas que ayuden a recuperar la confianza perdida por parte de indígenas, “gremiales”, transportistas, cooperativistas y otras capas medias hoy confundidas, neutralizadas o en vías de ser arrastradas por los grupos oligárquicos.

Si el Gobierno no recupera la iniciativa política y prosigue indefinidamente a la defensiva, corre el riesgo de convertirse en un “gobierno perseguido por la oposición”. Y esto no significa sugerir un aumento de la represión pura y dura, sino más bien aplicar los cambios, ajustes y pequeños virajes tácticos que fueran necesarios. ¿Será que tienen la suficiente sagacidad para hacerlo?

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Arce, un año en el gobierno y cerca de reprobar

/ 31 de octubre de 2021 / 01:01

Un año es un tiempo más o menos razonable para evaluar una gestión de gobierno. Aunque siempre son posibles los ajustes o recambios intempestivos y profundos, podría decirse que en 365 días, transcurridas las cuatro estaciones del ciclo anual, ya se conocen las características y potencialidades de un equipo al mando del timón del Estado, ya se sabe aproximadamente qué tan coherentes, hábiles y voluntariosas son las personas con responsabilidades en sus manos y, por tanto, cómo reaccionarán ante las situaciones tan cambiantes y conflictivas que caracterizan a nuestro país.

Si se nos pidiera una calificación tentativa en modo escolar, diríamos que Arce Catacora no se aplazó, pero pasó raspando. Estuvo muy cerca de reprobar en algunas materias clave. Que también tuvo éxitos, ni duda cabe, pero ellos pudieron ser mucho mayores y se hubieran alcanzado sin dilapidar la notable legitimidad obtenida en las urnas. Las acciones desatinadas ayudaron y ayudan a que alguna gente olvide muy pronto que en las repetidas elecciones generales de 2020 el MAS consiguió el 55,11% de los votos; Comunidad Ciudadana (Mesa) el 28,83% y Creemos (Camacho) apenas un 14%.

De hecho, una tendencia decreciente ya se manifestó precozmente en las elecciones “subnacionales” de marzo-abril del presente año y nadie sacó, menos aplicó, las conclusiones autocríticas pertinentes.

¿Cuál sería entonces la principal falencia atribuible a este gobierno? Lo dijimos antes y lo reiteramos ahora: la falta de conducción política con una mirada estratégica.

¿Quién o quiénes fijan los temas de la agenda? ¿Quién o quiénes decidieron enfangar al Gobierno en el laberinto movedizo del chicaneo judicial, dizque para implantar justicia y evitar la impunidad? ¿Quién decidió que esos temas eran prioritarios, dejando de hecho en un segundo o tercer plano la salud, la economía y la educación? ¿Quiénes tienen la responsabilidad de llevar adelante iniciativas parlamentarias, a nombre del Poder Ejecutivo, sin consensuarlas con los sectores sociales que son (¿o eran?) parte del bloque oficial? ¿Por qué en vez de imponer una obligada lealtad partidaria a los empleados públicos, no se les exige eficiencia en el desempeño de sus funciones? ¿De dónde viene la tentación de usar el poder para intervenir en organizaciones sociales, e incluso dividirlas, cuando no responden a los requerimientos oficialistas? ¿Predominan las coincidencias programáticas o los apetitos prebendales al momento de construir la unidad? ¿Por qué en algunos rubros se inventa la pólvora de nuevo y se parte de cero en vez de retomar lo ya avanzado (proyecto litio, por ejemplo)? ¿Por qué algunos ministros permanecen en el gabinete, a pesar de haberse aplazado reiteradamente en el manejo de situaciones difíciles, aunque no necesariamente demasiado complicadas?

Interrogantes como las anteriores surgen a raudales al intentar evaluar el primer año de gobierno del presidente Arce. Y no nos hacemos ilusiones de que vayan a tener una pronta respuesta. Solo el tiempo lo dirá.

Entretanto no nos cansaremos de reclamar coherencia. Si algo prometieron, cumplan. No se metan autogoles ni atornillen al revés, no entreguen en bandeja argumentos y pretextos a la oposición. Si ofrecieron ampliar y profundizar la democracia haciéndola más participativa, comiencen por atender el clamor de la gente, practiquen el sabio principio de gobernar escuchando al pueblo. Si dijeron que lucharían contra la corrupción, fiscalicen pues… desde la Asamblea Legislativa, desde la Contraloría y desde todas las instancias municipales, articulen esa labor con el control social efectivo.

Esito sería.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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La oposición cabalga sobre los desatinos del Gobierno

/ 17 de octubre de 2021 / 00:30

Hay un par de cosas que no podemos dejar de mencionar en esta coyuntura. Por una parte, el comportamiento claramente sedicioso de algunos sectores de la oposición que se ilusionan con la posibilidad de repetir las acciones que culminaron con el derrocamiento de Evo Morales en 2019. Les guste o no, ese es un camino golpista, con todas sus letras. No se trata por cierto de un golpismo clásico, conocido por sus madrugones militares, sino de “golpes blandos” o “suaves” que un autor define como “técnicas conspirativas y desestabilizadoras no directas y en un principio no violentas, con el fin de derrocar a un gobierno democráticamente constituido… sin que parezca que ha sido consecuencia de la acción de un grupo económico y político”. Los ejemplos de este tipo de golpes en América Latina abundan, han ocurrido en Venezuela, Paraguay, Honduras, Ecuador, Brasil y Bolivia. Claro está que cada caso tiene matices propios, se da con o sin intervención parlamentaria, con o sin las Fuerzas Armadas y la Policía, o con una participación discreta de éstas seguida de un pronto retorno a sus cuarteles. En tales movidas está presente el rol inspirador y articulador de los Estados Unidos, en especial sus servicios de inteligencia entrenados para realizar “operaciones encubiertas”. Bastaría seguirle los pasos a Carlos Sánchez Berzaín para comprobarlo: ubicado como director y principal ideólogo de una fundación yanqui de supuesta defensa de la libertad y la democracia, es el que prodiga los recursos y las ideas a los golpistas latinoamericanos; la expresidenta Áñez, varios de sus ministros (incluido Murillo), así como algunos opositores actuales, repiten de principio a fin el discurso emitido por el extraditable Sánchez Berzaín, suponen que los bolivianos hemos olvidado a los 67 muertos que precedieron a su huida a los Estados Unidos, en octubre de 2003.

Por otra parte, ¿qué es lo que sucede en el ámbito gubernamental? Lamentablemente se confirma la ausencia de una verdadera conducción estratégica. Pareciera que señalan el camino algunos tecnócratas incapaces de hacer el más elemental análisis político, o que se guían por meras intuiciones propias o ajenas. Peor aún, da la impresión de que existiera una mano negra que actúa desde las sombras induciendo a la comisión de errores a los personeros que ostentan las mayores responsabilidades. Por ejemplo, a quién se le ocurre introducir en la agenda del país una ley para la investigación de ganancias ilícitas sin tomar en cuenta la experiencia pasada del intento de modificar el Código Penal, iniciativa que tuvo que ser retirada por Evo Morales, lo mismo que terminó haciendo Arce Catacora en esta ocasión.

Vienen las preguntas obligadas: ¿No era suficiente, por el momento, la normativa existente sobre esos delitos? ¿Cuál la verdadera urgencia de aprobar ahora mismo una nueva ley? ¿Por qué quererla “socializar” cuando ya estaba aprobada por Diputados en vez de haberla consensuado previamente? ¿Qué instancia gubernamental o del partido oficial asume la responsabilidad de redactar un proyecto con notables y embarazosos flancos al descubierto, como el caso de la presunción de inocencia y el de la confidencialidad? ¿Hasta cuándo los diputados oficialistas seguirán en el triste papel de levantamanos dejando pasar intacto todo lo que viene del Órgano Ejecutivo? ¿Quién o quiénes son los encargados de entregar en bandeja a la oposición los mejores pretextos para su labor desestabilizadora?

En última instancia, los temas más sentidos por el conjunto del pueblo debieran ser a los que se les preste mayor atención: reactivación económica, salud, educación, medio ambiente. A esto se añade la tarea de restablecer el bloque social popular, con gremiales, transportistas, cooperativistas mineros y otros, cuyos intereses fundamentales no están ubicados en el bloque oligárquico, pero pueden ser neutralizados e incluso arrastrados por éste.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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El frustrado canciller peruano y sus nexos con Bolivia

/ 3 de octubre de 2021 / 00:22

El primer ministro de Relaciones Exteriores nombrado por el presidente peruano Pedro Castillo duró apenas 19 días en el cargo. ¿Quién es el personaje que resultó ser el eslabón más débil del esquema gubernamental, fuertemente cuestionado por la derecha tradicional con mayoría parlamentaria, las instancias castrenses y las corporaciones mediáticas?

Se llama Héctor Béjar Rivera, tiene 86 años y un abultado currículo en los campos político y académico. Encabezó proyectos guerrilleros en la década de los 60 del siglo pasado, fue encarcelado durante cinco años, amnistiado por el gobierno militar progresista de Juan Velasco Alvarado, colaboró intensamente en el proceso de la reforma agraria a través de SINAMOS (Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social). Impulsó entidades como CEDEP (Centro de Estudios para el Desarrollo y la Participación), que desde hace más de 40 años promueve la reflexión y el debate sobre los grandes problemas del Perú, de América latina y del mundo. En las últimas décadas, en su calidad de doctor en sociología, Béjar retornó al ámbito académico en la más importante universidad pública del Perú: San Marcos, en Lima.

Sus libros generalmente tienen la marca de los procesos vividos por el autor, de ahí el primero que es un análisis de la experiencia guerrillera escrito desde la cárcel. Después vienen, entre otros, Justicia social y Política social, Mito y utopía y Metas y mitos del milenio.

En 2015 publicó Retorno a la guerrilla, que él llama “testimonio novelado sobre el Perú de los sesenta”. Un retorno reflexivo, crítico pero también emotivo y de homenaje a los jóvenes caídos en la guerrilla peruana del Ejército de Liberación Nacional, del cual Béjar es uno de los pocos sobrevivientes.

Entre muchos de los aspectos destacables de este libro está la descripción que hace de los preparativos de la incursión guerrillera desde territorio boliviano, con la colaboración del Partido Comunista de Bolivia, entonces dirigido por Mario Monje, y la obvia tutela cubana. En efecto, el proyecto está sostenido y organizado por Cuba con una cuarentena de muchachos reclutados entre los becarios.

La presentación de los temas en formato novelístico genera un producto literario atractivo y legible. Pero tiene la desventaja de por momentos reflejar únicamente las visiones subjetivas del autor, omitiendo u oscureciendo aspectos esenciales. Tal ocurre, por ejemplo, con la posición del presidente Paz Estenssoro, ¿estaba al tanto del asunto?

 ¿Fueron los dirigentes del PCB, la embajada cubana en La Paz o San Román y sus servicios de inteligencia, cercanos a la CIA, los que le brindaron información al respecto? En el libro Béjar imagina, “algún día de 1962” a Mario Monje y Jorge Kolle en audiencia con Paz Estenssoro, como portadores de un regalo especial enviado para él por Fidel Castro, una reluciente pistola en una caja de terciopelo. Una respuesta del presidente boliviano ante la ayuda solicitada habría sido: la situación es complicada, estamos acorralados, si son hábiles yo no me entero, si fallan trataré de mirar a otro lado, manéjense con cuidado.

Entrevistado por su obligada renuncia como canciller, Héctor Béjar dijo que si no caía preso en 1966, lo más probable es que hubiera muerto en Bolivia con el Che, como lo hicieron otros tres peruanos miembros del ELN, muy cercanos correligionarios suyos (Chino, Eustaquio y Negro).

El proyecto que lideraba Béjar, superada la primera fase con la incursión fallida en Puerto Maldonado a fines de 1963, protagonizó un terrible repliegue por las selvas bolivianas, y terminó con casi todos sus miembros apresados, entre ellos el propio Béjar. Liberados muy pronto, fueron nuevamente acogidos en domicilios de militantes del PCB. Se reagruparon, pasaron a ser menos dependientes de los aparatos de inteligencia cubanos y organizaron bases de apoyo en zonas campesinas levantadas en la lucha por la tierra. Infiltrando armas, equipos y combatientes desde la vecina Bolivia, comenzaron la segunda etapa de lucha en 1965, una vez más con resultados adversos frente a una despiadada represión militar.

Faltó decir que si la guerrilla en Ayacucho se consolidaba, el Che hubiera desembarcado en el Perú y no en Bolivia. La historia pudo haber sido diferente, aunque quizás con resultados muy parecidos.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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