Voces

viernes 18 jun 2021 | Actualizado a 02:03

El virus en la guerra

En tiempos de guerra, la necesidad convulsiva de construir al enemigo es vital; al cual se le achaca todo lo peor, inclusive las propias incompetencias.

/ 28 de abril de 2020 / 06:22

Ministros con barbijos y ataviados con traje de combate militar aparecen públicamente para decir que están luchando contra la pandemia, y a la vez amenazan con intervenir/encapsular los territorios donde habitan, según ellos, los peligrosos para la salud de la sociedad. Esa escenificación tiene un mensaje: estamos en guerra. Desde el pasado noviembre, cuando la democracia se resquebrajó, ellos efectivamente están en guerra. La masacre de campesinos respondió a esa lógica bélica: aniquilar al enemigo. 

Las guerras son provocadas por los hombres, en tanto que las epidemias son fenómenos biológicos infectocontagiosos. Pero el Gobierno de Jeanine Áñez se sumó al unísono al discurso falso en boga: la guerra contra el coronavirus. Este discurso represivo cuaja además con contextos en los que campea el autoritarismo.

Mucha gente siente miedo, angustia, ansiedad, entre otras sensaciones negativas, por la presencia del COVID-19 en sus vidas. En términos de psicología de masas, esas sensaciones tienen un uso político. O sea, son un caldo de cultivo para la implementación de estados de excepción: militarizar sobre todo, territorios enemigos; atentar contra los derechos constitucionales; o perseguir política o jurídicamente a los enemigos, como a la alcaldesa de Vinto. Todo en nombre de la guerra contra la pandemia. Es la paranoia de la persecución al enemigo. 

Así, el Gobierno transitorio se mueve en varios escenarios bélicos: la guerra virtual, de posiciones y mediática, para capturar, estigmatizar y humillar a sus “enemigos internos”. Es una vieja receta desempolvada de los manuales estadounidenses de guerra de baja intensidad, diseñada en el marco de la seguridad nacional y usada durante las dictaduras latinoamericanas para destruir al enemigo interno: el comunismo. 

En tiempos de guerra, la necesidad convulsiva de construir al enemigo es vital; al cual se le achaca todo lo peor, inclusive las propias incompetencias. Y al mismo tiempo, sirve para la personificación de un enemigo colectivo que permita generar una causa nacional. Así, se siembra el miedo a través de “acciones psicológicas”, con la participación de medios de comunicación y redes sociales. Por ejemplo, policías aparecen intempestivamente en el trópico cochabambino provocando la reacción de los pobladores, acto seguido, un periódico los tilda de “agresivos”, y para acabar el guion de la trama, el ministro del área amenaza con encapsular ese territorio. Mientras tanto, el coronavirus hace estragos en otros territorios, incluso en aquellos que ellos consideran propios.

La incertidumbre es otra forma de generar ansiedad. El Gobierno mexicano informó que la cuarentena se alarga hasta fines de mayo. Mientras que el gobierno de Áñez espera hasta el último momento para informar la extensión del confinamiento domiciliario. Otra forma de sembrar angustia, otra forma de control.

El Gobierno transitorio optó por esa lógica militarista sobre el criterio sanitario. En medio de la pandemia, prefirió equipar a las fuerzas represivas, mientras faltaba equipamiento médico y, sobre todo, pruebas masivas para medir estadísticamente la presencia del COVID-19 en Bolivia. Quizás para ocultar la verdadera hecatombe sanitaria.

Esta pandemia llegó a Bolivia en medio de un Leviatán construido previamente: el ejercicio autoritario dizque para defender la sociedad. En estos días del coronavirus es una señal inequívoca que la guerra continua.

Yuri F. Tórrez es sociólogo.

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El Batallón Sagrado de Tebas

/ 18 de junio de 2021 / 01:37

Aunque todavía estamos a un par de semanas del 28 de junio, quiero aprovechar este espacio para escribir acerca de un tema que siempre se me sale por la garganta cuando estoy algo emocionado: la mariconería. Y no me refiero a ella peyorativamente, sino con el más halagador de los propósitos, pues quiero relacionarla con otra palabra con la cual a muchos hombres les gusta identificarse: valentía.

El 28 de junio se celebra, como muchos saben, el Día Internacional del Orgullo LGBT, en conmemoración a una serie de disturbios acontecidos en los Estados Unidos en 1969, cuando un montón de policías trataron de reprimir a la concurrencia de un pub que entonces se consideraba escandaloso por la orientación sexual de los asistentes. Acá en La Paz hemos tenido unos cuantos desfiles desde hace algunos años, pero no mucho ha cambiado en la mentalidad de las personas. Hubo un tiempo que pensé “vivimos en tiempos más civilizados, y pronto llegará el día en el que ser hombre o mujer o lo que sea será una cuestión de elección y no de lotería”.

Me equivoqué. Primero apareció Trump, y luego Bolsonaro, y acá en Bolivia nos llegaron unas versiones piratas con Chi y Cárdenas y… el “macho” Camacho. Ellos y muchos más amenazan con retroceder la cultura política boliviana hasta la Edad Media, con biblias y todo. Pero mi optimismo regresa cada vez que recuerdo un texto que descubrí por casualidad allá por mis años mozos, cuando concluía la universidad. Me refiero a la obra El Banquete, de Platón, que narra un divertidísimo encuentro de Sócrates con sus amigos en el cual se entregan a la tarea de reflexionar sobre la naturaleza del amor.

En una nota de pie de página se hace referencia a un valiente grupo de hombres que vencieron una serie de batallas contra un ejército que se consideraba hasta entonces imbatible, los espartanos. Sí, esos mismos tipos retratados en la película 300, de Zack Snyder, como el epítome de la masculinidad, con pelo en pecho y músculos hipertrofiados y voces gruesas, dándole una reverenda paliza a miles de persas en el estrecho de las Termópilas.

Grande fue mi sorpresa cuando leí que esa misma nación, o Polis, conocida por producir los mejores soldados fue derrotada por un grupo de homosexuales. Sí, tal como oyen, fueron vencidos por hombres enamorados de otros hombres. El pueblo de Tebas llevaba perdiendo contienda tras contienda frente a los espartanos, hasta que a su rey se le ocurrió una idea algo arriesgada. Organizó un cuerpo armado compuesto por amantes, bajo la premisa de que, al estar acompañados por sus seres más queridos en el combate, lucharían con más arrojo, presionados por la vergüenza de parecer cobardes frente a su pareja.

Y funcionó. El amor nos hace más fuertes. A partir de ese momento, los tebanos, ese grupo de valientes maricas, le dieron una paliza a un ejército que hoy en día es presentado como el modelo ideal de masculinidad. Fueron bautizados como el Batallón Sagrado de Tebas, que debería ser recordado hasta el día de hoy como ejemplo para desmentir muchos de los prejuicios machistas que todavía guían la mente y las acciones de mucha gente.

Pienso en ellos cada vez que veo al “macho” Camacho, no porque lo considere rudo, sino por todo lo contrario. Porque creo que se esfuerza demasiado por parecerlo, como yo a veces, tratando de sonar intelectual. Detrás de esa fachada de arrogante bravuconería se refugia un macho que solo salió a mostrar los puños cuando su padre ya había arreglado la pelea: Un cobarde.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Usurpación y retención

/ 18 de junio de 2021 / 01:33

Lo que en noviembre de 2019 se puso en la cuerda floja fue la estructura elemental del Estado que, como sabemos, se encuentra compuesta por cuatro poderes: Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Electoral. Como lo sabe todo el país y la comunidad internacional, en una misma jornada el Ejecutivo se desmanteló inmediatamente tras la renuncia simultánea de los entonces presidente y vicepresidente del país y el Poder Electoral comenzó a desmantelarse con las aprehensiones de su presidenta y quien fuera su vicepresidente hasta hace unos días antes, seguido de varias otras aprehensiones de vocales de nivel nacional y departamental.

En pie quedaban dos poderes electos vía voto popular: el Legislativo y el Judicial. Pero además del Poder Judicial quedaba en pie el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP), principal guardián de la Constitución Política del Estado junto con las fuerzas del orden que son las llamadas a garantizar el imperio de la CPE.

En lo que respecta al TCP, se sabe que a los pocos minutos de la autoproclamación de la presidenta transitoria emitió un comunicado que entonces fue utilizado como respaldo de ese hecho. Durante el primer semestre de este gobierno algún magistrado de esa instancia señaló que ese comunicado no tenía valor legal ni era vinculante y luego —se dice— que una comisión de diputados les inició un proceso por este hecho, que ya finalizó con sobreseimiento.

Respecto al Poder Legislativo, la población ha ido conociendo versiones de algunos/ as relevantes asambleístas pero no de la totalidad de éstos/as. Durante los días de incertidumbre que atravesó el país hubo 166 personas a lo largo del país que tenían como mandato cuidar el poder otorgado, representar la voz de quienes los eligieron.

Sobre las instituciones policiales y militares algo también se ha dicho pero con el bajo perfil con el que siempre se maneja su información y bajo la sospecha de la impunidad que históricamente parece blindarlos. Aun así, quedan también dudas respecto a su rol, en tanto sumisión a un nuevo poder que nace de manera cuestionada como insubordinación a los poderes constituidos que quedaban en pie.

Todas y todos los actores que tenían un rol designado por la CPE o el mandato popular tenían obligaciones que cumplir durante esos días. ¿Lo hicieron o lo intentaron? ¿Sí? ¿No? ¿Cómo?

Si la hipótesis principal que se maneja es que hubo ciudadanos y asambleístas que sobrepasaron sus atribuciones sin mandato para ello y “usurparon” el poder, es fundamental, para que la verdad sea completa, que conozcamos a detalle todas las acciones que se hicieron —en apego a mandato y por responsabilidad con él— para la “retención” del mismo por parte de quienes aún gozaban de un mandato en ese momento tan álgido para el país. Tomar un poder que no se te ha entregado democráticamente es tan grave e irresponsable como entregarlo cuando se te lo ha confiado.

Es tremendamente importante que el pueblo boliviano conozca hasta el último detalle cómo se dieron los sucesos que propiciaron, por acción u omisión, una ruptura institucional en el país y un posterior gobierno transitorio. Solo esa verdad permitirá que quienes tienen a cargo, en cada gobierno, preservar el imperio de la CPE lo hagan con responsabilidad y compromiso con la democracia como bien mayor; y no así apegados a la extrema pugna de poder personalizado que, en esta última ocasión, dejó en el limbo de la incertidumbre a la administración del orden institucional y democrático que nos mantiene en funcionamiento como sociedad. Lo cual no ha sido poco.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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La prosperidad urbana

/ 18 de junio de 2021 / 01:28

Dentro de la política nacional para el desarrollo integral de las ciudades, la ONU Habitat presentó el Primer reporte del estado de la prosperidad de las ciudades de Bolivia. Es un documento muy importante, ejecutado con solvencia profesional, e impecablemente presentado, que desarrolla las líneas establecidas por ese organismo para evaluar la prosperidad de las ciudades en todo el orbe. Como se trata de un documento de suma importancia, éste debe ser conocido por los profesionales del rubro y la ciudadanía en general. Por ello, haré sucesivos comentarios a tan significativo documento para conjugar aportes constructivos (aportes que, además, se promueven en el texto para construir nuevos índices extendidos o contextuales de la Ciudad Próspera).

En esta nota reflexionaré sobre el concepto base que se aplica universalmente para medir la Prosperidad de las Ciudades (el llamado índice CPI), porque es un tema de múltiples interpretaciones. Es una inquietud que no impugna el objetivo principal del estudio que es: lograr “una herramienta estratégica dirigida a los niveles de gobierno y la sociedad para que las administraciones puedan tomar decisiones y definir políticas públicas basadas en evidencia”. Pienso que el término prosperidad es complejo de estandarizar. ¿Cómo podemos igualar la prosperidad urbana de una ciudad colla, con una de Noruega, o con una ciudad argentina llena de blanquiñosos llegados en barcos? Según la ONU, la prosperidad se puede englobar en seis variables: Productividad, Infraestructura para el desarrollo, Calidad de vida, Equidad e inclusión social, Sostenibilidad ambiental, Gobernanza y Legislación urbana. Todos temas capitales y muy preciados en la mentalidad del planificador urbano o regional. Pero, ¿por qué no se incluyen componentes claves de este tiempo como la dimensión cultural? Dicho en términos coloquiales: ¿cómo entiendo mi prosperidad urbana? ¿cómo la entiende el vecino que se farrea en pandemia en la fiesta patronal?, o ¿cómo entiende la prosperidad urbana el contrabandista y acaudalado dueño de un cholet? Comprendo, pero no comparto, la línea conceptual de estos estudios que nacen de esa visión estadística, planificadora y reductora de los aspectos multidimensionales de lo urbano.

Conocer nuestra casa mayor es vital. Los gobiernos no pueden legislar ni ordenar el caos vital que todos construimos más allá de las voluntades planificadoras porque, hasta el día de hoy, las cifras ocultan al ser humano, los planos y los esquemas ocultan las dimensiones culturales que, pienso, son la llave de nuestro futuro.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Un caudillo americano

/ 17 de junio de 2021 / 02:47

Separar Salta y Jujuy del Alto Perú es un error histórico que suele cometerse. El Ejército del Norte no tuvo fronteras para detener el avance de los realistas.

La cultura porteñocéntrica logró convencer a la mayoría de los argentinos de que la libertad y la independencia en nuestro territorio nacieron en Buenos Aires y en mayo de 1810. Pero en realidad fue el Alto Perú el teatro de operaciones más importante de la guerra de emancipación de la región. Digamos que no fue en el Plata donde se produjeron los sacrificios necesarios sino en ese vasto territorio que va del Tucumán al Desaguadero. Porque fue allí donde hombres y mujeres entregaron sus vidas, sus sangres, sus familias, sus propiedades por la Revolución, y no en la lejana Buenos Aires. Porque durante casi dos siglos los escritores de las patrias chicas (Argentina y Bolivia) quisieron inventar una frontera ficticia en Salta y Jujuy y ubicaron allí la “guerra gaucha”. Pero se trata de una falsedad histórica: las actuales provincias de Salta y Jujuy pertenecían a la zona de influencia del Alto Perú, no fue la vanguardia guerrillera que debía evitar que los realistas invadieran un supuesto y ficticio “territorio patrio”. Salta y Jujuy eran, en realidad, la retaguardia de una guerra de guerrillas que en verdadero y completo “territorio patrio” se extendía hasta el Desaguadero y que dejó miles de muertos y más de 50 caudillos asesinados o ejecutados por las armas del rey.

Antezana, Ávila, Camargo, Hidalgo, Hinojosa, Indaburu, Muñecas, Murillo, Warnes, Padilla son algunos de los apellidos de los patriotas que dieron la vida por la independencia de las Provincias Unidas en una guerra de guerrillas, rescatada incluso por el propio Bartolomé Mitre pero olvidada con posterioridad por los relatos porteñocéntricos. Y entre los nombres de esos mártires se encuentra el de un gaucho salteño, líder entre los suyos, olvidado y traicionado por los poderosos de esa provincia durante un siglo, pero siempre recordado por los hijos del pueblo. Su nombre es Martín Miguel de Güemes.

Nació en una familia acomodada de Salta, esa ciudad antigua y bonita que crecía gracias al comercio con el Alto Perú. Con sus casas señoriales, de balcones sevillanos y tejados colorados, con sus paredes de piedra, sus ventanas de madera y el barroquismo engalanado, con su aristocracia de barrio, de callejas de barro y piedra. Con su sociedad fuertemente estamental, dominada por españoles con esclavos negros e indios y con los criollos que soportaban el peso de no pertenecer y de recoger lo que el círculo dominante español les dejaba. Y allí, en esos patios rodeados de gruesas paredes, detrás de esos frentes enrejados, de esas puertas que a veces permitían espiar los frutales, transcurría la vida de una ciudad conservadora, religiosa, sincrética, que se enriquecía con la plata que bajaba de Potosí hasta el puerto de Buenos Aires, primero, y luego con el comercio de ganado y ropa.

Las provincias de Salta, de Jujuy o de Tucumán, junto a las ahora bolivianas de Potosí, Charcas o Chiquitos, estaban integradas en un mismo espacio político, cultural y sobre todo económico: dependían en los tiempos de la colonia de la plata extraída del Cerro Rico del Potosí. Y la creación del Virreinato del Río de la Plata por la nueva administración de los Borbones de la Corona española había cambiado el sentido de la circulación extractiva quitándole peso al puerto de Lima y otorgándole más importancia a las bocas de salida de Buenos Aires y de Montevideo. De esa manera, las provincias de Salta y de Jujuy centraban sus economías en las famosas “aduanas secas”, que retenían un porcentaje de las mercaderías que finalmente abandonaban América en los puertos de mar abierto.

La Revolución de Mayo no significó ningún cambio en la relación entre Buenos Aires y el Alto Perú, entre “arribeños” y “abajeños”; de hecho, los levantamientos fueron sincrónicos y sincronizados entre los revolucionarios de las distintas regiones. Si en algunas oportunidades el Ejército Auxiliar enviado por Buenos Aires al Alto Perú se convirtió en una tropa de ocupación tuvo más que ver con las actitudes soberbias de la porteñada que con realidades culturales entre las provincias norteñas. Pero más allá de esos breves desencuentros, hay algo que es indiscutible: altoperuanos, jujeños, salteños, tucumanos, cuyanos, porteños pelearon codo a codo y sin fronteras —fueron inventadas muchos años después— contra los realistas.

Arenales, Azurduy, Belgrano, Dorrego, Güemes, San Martín fueron protagonistas de la lucha de un mismo territorio y de una misma causa. Separarlos es hacerles el juego a los cronistas de los Estados Nación de fines del siglo XIX, a los narradores de los países chicos, que surgieron después del desmembramiento de la Patria Grande. Incluso la declaración de la independencia argentina, en julio de 1816, confirma la verdad histórica de que nunca hubo frontera y que la Argentina y Bolivia estaban convocadas a ser una misma nación. Ese 9 de julio, en Tucumán, entre las provincias firmantes del pacto aparecen los nombres de las regiones altoperuanas de Charcas, Mizque, Chichas (Tarija) y Cochabamba.

En ese marco, el nombre de Güemes, lejos de opacarse, alcanza su verdadera dimensión política. Porque no se trata solo de una figura elegida por José de San Martín —tras las derrotas del ejército comandado por Manuel Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma— para ser usada de retén contra la avanzada realista en Salta. La acción de Güemes está en función de una lucha mucho más abarcadora, que incluye la “guerra gaucha” pero también la que Mitre denominó “guerra de republiquetas” pero que no fue otra cosa que la “guerra de guerrillas” o de “montoneras”. Las regiones de Ayopaya, con José Miguel Lanza a la cabeza; La Laguna, donde acaudillaban Padilla y Azurduy; Larecaja, con el sacerdote Ildefonso de las Muñecas; Santa Cruz, con el porteño Ignacio Warnes; Vallegrande, con el español republicano Arenales; Tarija, con Eustaquio Méndez; Cinti, con José Camargo, y Salta, con Güemes. Todos ellos intentaban frenar a los realistas que recibían por el norte el apoyo logístico del Virreinato del Perú.

La misión que San Martín encomendó a Güemes, entonces, fue la de no darle tregua al Perú en el sur porque el gran capitán ya estaba ideando la campaña americana de liberación de Chile, vía el cruce de los Andes, y finalmente la liberación de Perú a través de una invasión por el mar. De esa manera, el Virreinato del Perú sería atenazado por los caudillos montoneros del teatro del Alto Perú y por las tropas del propio San Martín desembarcando en las playas de Paracas, cerca de Pisco.

Y Güemes cumplió con dignidad la tarea encomendada por San Martín. Líder popular, caudillo legítimo de la gauchada, se enfrentó a la oligarquía salteña que se mostraba siempre más reacia a los grandes sacrificios en nombre de la independencia que a los acuerdos con las tropas realistas. Víctima de constantes traiciones por las clases dominantes de esa ciudad, Güemes murió en el último avance realista en tierras de lo que unas décadas después será la Argentina como hoy la conocemos. Era hijo de su pueblo y no por casualidad fue el único general que cayó en combate durante la guerra de la independencia.

Pero una última felonía lo estaba esperando al gran caudillo montonero: el olvido. Durante prácticamente un siglo, su nombre fue palabra maldita para los dueños de la provincia norteña. Recién en las primeras décadas del siglo XX, su principal biógrafo, Bernardo Frías, y el poeta nacional Leopoldo Lugones, con su libro La guerra gaucha, lo rescatarán del ostracismo al que lo habían condenado sus enemigos políticos.

Guerrillero maldito para los poderosos de Salta. Defensor de la frontera norte argentina para los historiadores del país chico. Líder popular para los revisionistas del siglo XX. Hoy es tiempo de reivindicar a Martín Miguel de Güemes como lo que nunca debió dejar de ser: un caudillo americano, un hacedor de la Patria Grande.

(Gentileza de la Revista Caras y Caretas)

Hernán Brienza es politólogo e historiador argentino.

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Israel: Gobierno nuevo con políticas viejas

/ 16 de junio de 2021 / 01:45

El 23 de marzo, por cuarta vez en dos años, Israel celebró sus elecciones generales, donde dos tercios del total de los escaños del Parlamento están ocupados por un campo político de corte claramente extremista. El domingo 13 de junio, el Parlamento votó por un nuevo gobierno israelí encabezado por el extremista Naftali Bennett, quien obtuvo 60 votos favorables y 59 en contra, hubo una abstención.

El nuevo gobierno de coalición política heterogénea, llamado el “gobierno del cambio”, está apoyado por ocho partidos de tendencias políticas opuestas. Parece complicado que dure mucho tiempo. Si bien estas elecciones parlamentarias excluyeron a Benjamín Netanyahu de la nueva coalición, también produjeron el parlamento más extremista de la historia de Israel y un gobierno de apartheid y racista muy inestable, además de una oposición muy unida y dura encabezada por Netanyahu.

El Primer Ministro de Israel es quien dirige las reuniones de gobierno, decide los temas a discutir, nombra y destituye a los ministros y es directamente responsable de los servicios de seguridad: el Shin Bit, el Mossad, el Consejo de Seguridad Nacional y el Comité de Energía Nuclear, además de tener poderes especiales para todo lo relacionado con la guerra y los nombramientos militares y de seguridad. Es casi imposible que se apruebe una decisión gubernamental a la que el primer ministro se oponga. Todos estos poderes estarán en manos de Bennett, que pide día y noche una política más dura que Netanyahu.

Entre las características que distinguen a esta ronda de elecciones israelíes, la más importante es la ausencia total de lo que se conoció durante las décadas anteriores, como el campo de la paz israelí. La representación de estas fuerzas ha ido disminuyendo llegando al borde de la extinción y a su ausencia en el mapa político. Ante esa ausencia o su reducción a meras fuerzas marginales, sin influencia alguna, la arena israelí quedó libre para las diferentes variantes de las fuerzas extremistas.

Bennett, de 49 años, es hijo de padres inmigrantes judíos de San Francisco que llegaron a Israel en noviembre de 1967 y cuyos abuelos emigraron a los Estados Unidos desde Polonia.

Durante su servicio militar en el ejército, en 1996 participó con el rango de comandante en la denominada “ofensiva israelí contra el Líbano”. El 18 de abril de 1996, mientras su unidad estaba bajo el fuego de los morteros, ordenó bombardear la aldea de Qana en el sur del Líbano, donde se situaba un edificio de las Naciones Unidas que albergaba niños y ancianos, matando a 102 civiles y a cuatro cascos azules. El 30 de julio de 2013, Bennett declaró al periódico israelí The Jerusalem Post: “He matado a muchos árabes en mi vida y no hay ningún problema con eso”.

Se unió a Netanyahu y ejerció como su jefe de gabinete de 2006 a 2008, y dirigió su campaña para liderar el Likud en 2007; también fue nombrado director general del Consejo que defiende los intereses de los colonos, y dirigió la lucha en contra del congelamiento de los asentamientos. Bennett abandonó el Likud y formó el partido Yamina, que obtuvo solo siete escaños en las últimas elecciones.

Bennett es conocido por su fuerte oposición al establecimiento de un Estado palestino y por sus repetidos llamamientos a Israel para que anexe el Valle del Jordán (el 60% de Cisjordania) y dejar algunas ciudades palestinas como Ramallah, Nablus y Jenín con autogobierno, pero con seguridad israelí.

El trasfondo ideológico de Bennett puede ser una motivación de más odio contra los palestinos, pero su posición ahora puede obligarlo a no mostrar esta doctrina públicamente, especialmente porque es muy cercano a los estadounidenses y éstos han comenzado a considerar la solución de “dos Estado” como una solución lógica y viable al conflicto. Bennett seguirá el camino de la postergación hacia cualquier solicitud estadounidense de sentarse a la mesa de negociaciones con los palestinos, porque pretende, como su predecesor, Netanyahu, imponer la solución israelí sobre el terreno: convertir Cisjordania en cantones palestinos bajo la soberanía de seguridad israelí, sin elementos de soberanía como fronteras, aeropuertos y puertos; también cree en los asentamientos y en Jerusalén como la capital unificada y eterna de Israel y la identidad judía del Estado.

Mahmoud Elalwani es embajador del Estado de Palestina en Bolivia.

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