Voces

lunes 18 ene 2021 | Actualizado a 06:42

El virus en la guerra

En tiempos de guerra, la necesidad convulsiva de construir al enemigo es vital; al cual se le achaca todo lo peor, inclusive las propias incompetencias.

/ 28 de abril de 2020 / 06:22

Ministros con barbijos y ataviados con traje de combate militar aparecen públicamente para decir que están luchando contra la pandemia, y a la vez amenazan con intervenir/encapsular los territorios donde habitan, según ellos, los peligrosos para la salud de la sociedad. Esa escenificación tiene un mensaje: estamos en guerra. Desde el pasado noviembre, cuando la democracia se resquebrajó, ellos efectivamente están en guerra. La masacre de campesinos respondió a esa lógica bélica: aniquilar al enemigo. 

Las guerras son provocadas por los hombres, en tanto que las epidemias son fenómenos biológicos infectocontagiosos. Pero el Gobierno de Jeanine Áñez se sumó al unísono al discurso falso en boga: la guerra contra el coronavirus. Este discurso represivo cuaja además con contextos en los que campea el autoritarismo.

Mucha gente siente miedo, angustia, ansiedad, entre otras sensaciones negativas, por la presencia del COVID-19 en sus vidas. En términos de psicología de masas, esas sensaciones tienen un uso político. O sea, son un caldo de cultivo para la implementación de estados de excepción: militarizar sobre todo, territorios enemigos; atentar contra los derechos constitucionales; o perseguir política o jurídicamente a los enemigos, como a la alcaldesa de Vinto. Todo en nombre de la guerra contra la pandemia. Es la paranoia de la persecución al enemigo. 

Así, el Gobierno transitorio se mueve en varios escenarios bélicos: la guerra virtual, de posiciones y mediática, para capturar, estigmatizar y humillar a sus “enemigos internos”. Es una vieja receta desempolvada de los manuales estadounidenses de guerra de baja intensidad, diseñada en el marco de la seguridad nacional y usada durante las dictaduras latinoamericanas para destruir al enemigo interno: el comunismo. 

En tiempos de guerra, la necesidad convulsiva de construir al enemigo es vital; al cual se le achaca todo lo peor, inclusive las propias incompetencias. Y al mismo tiempo, sirve para la personificación de un enemigo colectivo que permita generar una causa nacional. Así, se siembra el miedo a través de “acciones psicológicas”, con la participación de medios de comunicación y redes sociales. Por ejemplo, policías aparecen intempestivamente en el trópico cochabambino provocando la reacción de los pobladores, acto seguido, un periódico los tilda de “agresivos”, y para acabar el guion de la trama, el ministro del área amenaza con encapsular ese territorio. Mientras tanto, el coronavirus hace estragos en otros territorios, incluso en aquellos que ellos consideran propios.

La incertidumbre es otra forma de generar ansiedad. El Gobierno mexicano informó que la cuarentena se alarga hasta fines de mayo. Mientras que el gobierno de Áñez espera hasta el último momento para informar la extensión del confinamiento domiciliario. Otra forma de sembrar angustia, otra forma de control.

El Gobierno transitorio optó por esa lógica militarista sobre el criterio sanitario. En medio de la pandemia, prefirió equipar a las fuerzas represivas, mientras faltaba equipamiento médico y, sobre todo, pruebas masivas para medir estadísticamente la presencia del COVID-19 en Bolivia. Quizás para ocultar la verdadera hecatombe sanitaria.

Esta pandemia llegó a Bolivia en medio de un Leviatán construido previamente: el ejercicio autoritario dizque para defender la sociedad. En estos días del coronavirus es una señal inequívoca que la guerra continua.

Yuri F. Tórrez es sociólogo.

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Los ministros de las masacres

/ 18 de enero de 2021 / 01:53

A mediados de noviembre de 2019 se perpetraron masacres en Sacaba y Senkata: 36 muertos y centenas de heridos. Esas masacres necesitan ser investigadas y sancionadas. De esas matanzas crueles a campesinos y pobres hay temas que permanecen en la sombra quizás porque su revelación desataría entretelones aterradores. Uno de ellos: el papel del primer gabinete de Jeanine Áñez que rubricó el Decreto Supremo 4078 avalando esas masacres. Con sus firmas aquellos ministros se ponían la soga en el cuello.

De las bambalinas tenebrosas que rodean a ese gabinete de la muerte se abrió una grieta hace poco. La entonces ministra de Comunicación, Roxana Lizárraga, denunció a su excolega y exministro de Gobierno, Arturo Murillo, que, al enterarse de una reunión de gabinete a propósito de las noticias de los muertos de la masacre de Sacaba que llegaban al Palacio de Gobierno, habría dicho: “Cómo es que nos llaman por cinco muertos, nos agitan, tenemos tanto trabajo y nos llaman por esto”.   

En este Decreto se urdía el pretexto que “Bolivia vive un estado de caos y convulsión social, debido a la manipulación del voto popular en las elecciones del 20 de octubre de 2019, situación que tiende a agravarse, incluso de llegar a una guerra civil, situación que debe ser evitada por todos los medios legales y legítimos, en la búsqueda definitiva de la pacificación de la sociedad boliviana”. Sin embargo, fue una matanza atroz. Testimonios de las víctimas que lograron esquivar a la muerte son desgarradores: “Nos disparaban como animales”, decían.

¿En el momento de firmar ese Decreto Supremo legitimador de las masacres en qué estarían pensando esos ministros? Quizás, pensaron que la derrota del Movimiento Al Socialismo (MAS) necesitaba una estocada final y esas matanzas servirían para escarmentar a su base social. Quizás, pensaron que la derrota del partido de Evo Morales iba a ser duradera. Quizás, la borrachera del poder y sus ventajas económicas y políticas les cegó su raciocinio o, quizás, muchos de ellos ni siguiera leyeron —por ambición, flojera o ignorancia— aquel Decreto que les abriría en el futuro un juicio penal.

Según las revelaciones de Lizárraga, “Murillo pedía que se hagan reuniones en grupos pequeños y que los ministros firmemos lo que él decidía, porque al final nos dimos cuenta que muchas de las decisiones salían de él, entonces ahí yo le aclaré que además teníamos que saber todo, los ministros, era necesario que estemos al tanto de lo que íbamos a firmar en esos momentos”.

Sea como fuera, los ministros de Áñez con su firma en ese Decreto Supremo se convirtieron en responsables de esas masacres atroces. O sea, la responsabilidad penal sobre esos hechos luctuosos, mediante un juicio, tarde o temprano, va recaer en estos exdignatarios de Estado. A diferencia de la exmandataria que amerita un juicio de responsabilidades por su investidura, los exministros no gozan de estas prerrogativas de ley.      

Según el artículo 111 de la Constitución Política del Estado (CPE), la figura jurídica de masacre forma parte de “los delitos de genocidio, de lesa humanidad, de traición a la patria, crímenes de guerra (que) son imprescriptibles”. Diferentes investigaciones de instituciones de derechos humanos y académicas a nivel internacional calificaron a estos hechos sangrientos de masacres por las ejecuciones extrajudiciales que hubo.  

Las víctimas y sus familiares claman justicia. La Fiscalía debe terminar la investigación para imputar a los responsables de estas masacres. Entonces, los ministros de la muerte tendrán que ser juzgados y sentenciados.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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La deuda externa y la pandemia

/ 18 de enero de 2021 / 01:50

El crecimiento de la deuda externa, tanto pública como privada, es un problema de envergadura, porque hay que dedicar cada vez más recursos para amortizarla, en perjuicio de los fondos que se necesitan para poner en marcha la actividad económica del país y enfrentar la pandemia del COVID-19. El déficit fiscal se encuentra por encima del 10%, lo cual es preocupante. No es lo mismo financiar un hospital o una carretera que puede tener una duración de 10 años, que un gasto corriente.

La deuda externa de Bolivia de mediano y largo plazos, al 10 de junio del 2020, suma $us 11.624,8 millones, de los cuales la deuda con los organismos multilaterales llega a un total de $us 7.857,8 millones, se incluye el préstamo que desembolsó el Fondo Monetario Internacional (FMI) por $us 327 millones, mientras que la deuda bilateral suma $us 1.468,6 millones, donde tenemos a China como el mayor acreedor con 1.030,4 millones.

El indicador de la relación entre el servicio de la deuda y el valor de las exportaciones, en el caso del país llega al 6,7%, cuando se tiene un límite referencial de 20% establecido en el Marco de Sostenibilidad de Deuda del BM-FMI.

La actual deuda interna del país tuvo un elevado incremento en la gestión pasada, debido principalmente a la emergencia del COVID-19. De acuerdo con informes del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas, creció de Bs 44.277 millones a fines de 2019 a Bs 61.152,3 millones en septiembre de 2020.

Si bien los indicadores de la deuda externa muestran un amplio margen de endeudamiento, es recomendable que el Gobierno maneje adecuadamente esta actividad. No podemos olvidar que la indiscriminada captación de crédito externo por el gobierno de Banzer en los años 70 fue una de las causas de la crisis que derivó en la hiperinflación de los años 80 del siglo pasado.

En la década de los 80, la deuda externa fue renegociada con mucho criterio, la deuda bilateral fue condonada; la deuda del sector privado se la compró con un 90% de rebaja con un fondo de fideicomiso manejado por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Este fondo fue creado por donaciones de países amigos. Esta situación no se la volverá a tener por el desarrollo que tuvo el país.

De  acuerdo con el informe del Banco Central de Bolivia (BCB), al 10 de junio los créditos externos sumaban $us 11.624,8 millones, de los cuales se adeuda un total de $us 7.857,8 millones a los organismos multilaterales.

Los niveles de endeudamiento externos están subiendo en todo el mundo, porque se necesitan mayores cantidades de recursos para encarar la pandemia y sus efectos en la economía.

En el caso particular de Bolivia, la tendencia es la misma. De acuerdo con estimaciones, llegamos a fines de 2020 con una deuda externa que podría estar fluctuando entre los $us 13.000 millones y 14.000 millones.

Un buen porcentaje de estos nuevos endeudamientos se destinaron a atender las necesidades sanitarias debido al COVID-19 y llenar el vacío generado por medidas como el diferimiento del pago de impuestos o la reprogramación de deudas.

En una reunión con los presidentes de países miembros del Mercado Común del Sur (Mercosur), el presidente Luis Arce planteó la realización de una reunión de ministros del área económica de los Estados miembros a fin de construir ejes que nos posibiliten solicitar a países desarrollados y a organismos de financiamiento un conjunto de medidas de alivio a la deuda externa en favor de nuestros países.

El Presidente sugirió la creación de un fondo de crédito que permita a donantes y aportantes el acceso a créditos blandos y el incremento de la ayuda oficial al desarrollo de las fuentes de financiamiento externo para los países en desarrollo.

El nuevo endeudamiento externo debe ser muy cuidadoso. Contraer nuevos empréstitos viene aparejado de nuevas obligaciones. Ya señalamos líneas arriba las consecuencias de un endeudamiento sin control, que afectó la estabilidad política de gobiernos posteriores.

Si los nuevos préstamos no ayudan a crear nuevas fuentes de trabajo y más actividades productivas, pueden convertirse en un lastre para las futuras generaciones.

Rolando Kempff Bacigalupo es economista, presidente de la Cámara Nacional de Comercio y miembro de la Academia Boliviana de Ciencias Económicas.

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Contradicciones y desafíos

En la actualidad, el MAS enfrenta varias contradicciones internas, no son tensiones (palabra de moda).

/ 17 de enero de 2021 / 02:02

En varias ocasiones he alertado sobre el riesgo de una crisis de representación política. Este fue mitigado el 18 de octubre de 2020. La contundente asistencia a las urnas y la concentración de votos en la fuerza vencedora implicó la plena recuperación de la democracia y la anulación de los temores de ingobernabilidad. Por eso es importante analizar lo que acontece en el seno del partido de gobierno, puesto que es el pivote del sistema de partidos. En la actualidad, el MAS enfrenta varias contradicciones internas; no son tensiones (palabra de moda) porque, en política, las relaciones de fuerza no son estáticas y las contradicciones se resuelven más temprano que tarde. En la selección de candidaturas para las elecciones subnacionales se puso de manifiesto una contradicción entre las organizaciones de base (Pacto de Unidad) y el aparato partidista (la dirigencia del MAS), otra entre modalidades de elección (democracia de asamblea y designación vertical —“dedazo”—) y, finalmente, entre renovación (generacional) e inercia (permanencia del “entorno”).

Estas contradicciones expresan la búsqueda (contingente) de un nuevo formato en el proceso decisional en el MAS que, antes de noviembre de 2019, dependía de la centralidad del “jefazo” que ocupaba el centro decisorio como presidente del Estado, del partido y de la coalición de organizaciones sindicales. Hoy, el MAS vive la rutinización del carisma de Evo Morales; su rol histórico fue reconocido de manera apoteósica por sus seguidores en su retorno (exactamente un año después de su partida al exilio en una suerte de heroísmo minimalista), pero ese reconocimiento no implica una aceptación indiscutible de su liderazgo. Nunca fue indiscutible (lo estudié en mi libro Mandato y contingencia. El estilo de gobierno de Evo Morales) pero, en esta coyuntura, sus decisiones fueron cuestionadas, en algunos casos repudiadas —El Alto y Potosí, los más visibles— como consecuencia del incumplimiento de las resoluciones del ampliado del MAS que resolvió que la elección de candidaturas debía seguir dos criterios: renovación —veto a quienes estuvieron en el gobierno en el pasado— y decisión de las organizaciones sociales —sin incidencia de la dirigencia del partido—. Los conflictos —algunos con violencia— en la definición de las candidaturas fueron resultado de la inobservancia de estas reglas. Y eso fue resultado de una contradicción, antes inexistente, entre las organizaciones sociales, reagrupadas en el Pacto de Unidad, y el “instrumento político” (MAS-IPSP). Ahora, paradójicamente, el partido es fortalecido como institución puesto que se ha convertido en un recurso de poder para Evo Morales en la medida que sigue ostentando el cargo de presidente del MAS (antes nominal, ahora eficaz). Por las circunstancias, Evo Morales promueve un proceso de institucionalización del partido que transcurre al margen del Gobierno, un hecho que nunca procuró — ni ocurrió— durante su presencia en el poder. Esta contradicción explica las disyunciones internas y se alimenta con la disparidad de criterios sobre las causas del golpe de Estado que, en la visión de Evo Morales y sus allegados, no contempla ninguna responsabilidad y se refugia en la victimización. Es evidente que la autocrítica en las filas del MAS es una asignatura pendiente. Sin ese acto no habrá renovación discursiva y sin renovación discursiva —y de liderazgos— será difícil que el MAS impulse una nueva fase en el “proceso de cambio”, más necesaria que nunca.

Fernando Mayorga es sociólogo.   

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Los libelos inflamatorios

Percibimos una floja performance de los postulantes y sus equipos de campaña para engendrar deliciosos calificativos.

/ 17 de enero de 2021 / 01:57

En 1979, el periodista Raúl Rivadeneira publicó un estudio sobre el manejo lingüístico de los candidatos y su verbosidad para descalificar a sus oponentes, tituló su texto La guerra de los Insultos. La propaganda política en Bolivia. El escenario conflictivo de entonces, derivado por un virtual empate entre Paz Estenssoro y Siles Zuazo, incitó a provocar una cruenta masacre militar en noviembre de ese año, encabezada por el Coronel Natusch Busch, coludido con el infamante Guillermo Bedregal. El libro fue mal recibido por los políticos, porque desnudaba sus limitaciones y su total falta de ética.

Si bien esta vieja manera de “hacer” política a partir de la diatriba y el insulto no cambia, percibimos ahora que tenemos un escenario democrático, una floja performance de los postulantes y sus equipos de campaña para engendrar deliciosos y ocurrentes calificativos y, por lo menos, divertir a los electores. Creo que esta esterilidad se debe a los millones de usuarios del Facebook que tienen la oportunidad de insultar ensuciando el lenguaje, y arrastrándole por la esterilidad que devela la crisis educativa, sobre todo en cuanto a la instrucción en lectura y escritura.

El uso desenfrenado de las redes constituye un foco de irradiación de las idioteces repetidas y mal escritas por otros seguidores; sin embargo para nuestro pobre consuelo, el ejército de ágrafos no atañe solo a nuestro Estado.

Los debates fecundos siempre son —precisamente— sobre política y religión, interminables peroratas que generalmente conducen hacia la dispersión, porque nadie cede, solo la realidad, más poderosa que ninguna, pone en su sitio a todos.

En 1920, Belisario Díaz Romero, un prominente intelectual positivista, se enfrascaba en una dura polémica con un oscuro cura que lanzó duras diatribas contra su posición sobre la creación y la evolución. Después de largas batallas en los periódicos de la época, Díaz Romero publicó un libro que encendería mucho más la polémica y develaría la posición altamente conservadora de la élite paceña criolla coligada con la iglesia. En el libro Ecclesia versus Scientia, publicado en 1921, en parte del preámbulo el autor anota: “Forzosamente tenemos que hablar recio y claro, empleando frases duras y, por cierto, desagradables a los oídos castos o delicados. (…) En la lucha tenemos que emplear todas las armas, “en la guerra como en la guerra”, le habíamos anunciado al enemigo, por lo tanto este no tiene que tomar con extrañeza que esgrimiremos calificativos amargos o cáusticos para él. Nuestras expresiones serias unas veces, ya recatadas, ya iracundas, servirán de placer para todos los gustos”

Díaz Romero se preocupaba por el goce del lector, y consideraba su campaña a favor de la ciencia como un acto estético. El libro es delicioso y merece una reedición por la Biblioteca del Bicentenario, del cura que incitó el libro ya nadie se acuerda.

José María Vargas Vila (1860-1933), novelista colombiano, tuvo su época de gloria con novelas calientes que buscaban los jóvenes de la época (Flor de fango, Ibis), pero en el texto La muerte del cóndor desata su furia y enjundia de alto vitriolo por el asesinato de su amigo, el liberal ecuatoriano Eloy Alfaro (1842-1912), en manos de una turba encaminada por Leónidas Plaza. Este acudió a sus zalameros para descalificar el libro. Vargas Vila respondió: (…) los bonzos gelatinosos del capitolio de Quito, se volvieron hacia su amo para desagraviarlo, balbuceando cosas ineptas contra mí. Los niños mamantones del Tiberio ecuatorial, soltaron aquello que les servía de biberón, para vomitar sobre mi sus prosas escrofulosas, y, se dispersaron por las repúblicas del Pacífico para polucionar las prensas con sus dicterios de foliculares vergonzantes… fetos de la prostitución.

Plaza, es la enorme vaca andrógina, hecha para desconcertar por igual, todos los cálculos de la Zoología y todos los postulados de la Ética…. En la escala teratológica, no pertenece a los felinos, a los carniceros,… pertenece a los rastreros, a los vertebrados inferiores, anfibio extraño que busca la sombra violácea de las aguas del pantano, mitad hiena, mitad boa, esperadlo en la noche, en el silencio, a la hora de devorar los cadáveres… Un día el apogeo del insecto tuvo su fin, como larva coronada…

Aquellos tiempos de libelos inflamatorios dirigidos al hígado del adversario ¿han muerto?

 Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.   

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Una gestión concertada para una crisis inédita

/ 17 de enero de 2021 / 01:51

La crisis sanitaria global iniciada a comienzos del año pasado ha impulsado la crisis del empleo atribuible a la interrupción de las actividades económicas y el confinamiento de las personas en sus viviendas, a lo que se han sumado también complejas repercusiones institucionales en muchos países, que han debilitado la democracia en general, la credibilidad de las entidades políticas y el sistema multilateral de cooperación.

Aunque es válido caracterizarla como la primera crisis de la globalización, no resulta apropiado abordarla de manera dogmática, ni en el diagnóstico ni en cuanto a las medidas que se recomienda adoptar según dictado de las preferencias ideológicas.

Los rasgos generales de la crisis sanitaria son conocidos, pero sus manifestaciones son diversas en los diferentes países, así como también son diversas las tendencias que se anuncian para el futuro. Con respecto al año pasado, una diferencia importante estriba en el inicio de la vacunación en varios países, en un contexto de marcada desigualdad en el acceso a las diferentes vacunas. Los esfuerzos del mecanismo establecido por la Organización Mundial de la Salud todavía no muestran resultados satisfactorios, entre otras cosas, debido a la conducta egoísta de algunos países desarrollados.

La experiencia de los últimos 12 meses en el mundo muestra también que enfoques que parecían exitosos en la primera ola del COVID-19, ya no mantienen su eficacia con el despliegue de la segunda ola y la existencia de vacunas. Se puede afirmar en consecuencia que no existen modelos ni estrategias aplicables en cualquier contexto nacional, salvedad hecha de las responsabilidades individuales en cuanto al uso del barbijo, el distanciamiento social y el lavado frecuente de manos.

En cuanto a la gestión pública, se trata de administrar las medidas de confinamiento y suspensión de actividades a partir de un monitoreo riguroso de la velocidad y formas de propagación del contagio en el nivel local. Un componente crítico en este ámbito consiste en la comunicación completa y transparente sobre la evolución de la pandemia; ocultar o manipular la información es altamente perjudicial y alimenta conductas contraproducentes de ciertos intereses políticos y religiosos, con graves consecuencias para el sistema institucional, sobre lo cual existen abundantes ejemplos recientes en el mundo.

En materia económica la intervención del Estado debería privilegiar el objetivo estratégico de preservar el máximo posible de empleo, a partir de una visión integral de la coyuntura social, fiscal y financiera.

Tomando en cuenta los aspectos mencionados, resulta conveniente adoptar una estrategia integral de largo plazo, mediante una serie de acuerdos y consensos transparentes entre los diferentes actores institucionales, políticos, financieros y económicos. Un mecanismo de concertación de tales características, facilitaría también establecer los criterios sanitarios que habría necesidad de considerar respecto de la eventual postergación de las próximas elecciones departamentales y municipales.

Conviene recordar, por último, que la gestión exitosa de las políticas públicas es un arte que se funda en ciertos elementos teóricos, entre los cuales destaca por cierto la interpretación certera de la situación imperante, sus factores causales y sus posibles trayectorias en diferentes escenarios futuros. El achicamiento de la distancia entre las intenciones de las autoridades y los resultados que se obtengan en realidad, depende sin duda de la disponibilidad de condiciones institucionales, tales como la calidad profesional y experiencia de los operadores públicos, así como de la habilidad de las élites políticas para lograr consensos pragmáticos, eficaces y transparentes entre los principales actores en los ámbitos político, social y económico.

      Horst Grebe es economista.      

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