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sábado 26 sep 2020 | Actualizado a 15:24

Roberto Choque Canqui y las rebeliones indígenas

/ 22 de julio de 2020 / 00:15

Quienes quisiesen gobernar Bolivia contra los indígenas, o de espaldas a ellos, mostrarían muy poco conocimiento de la historia del país.  De una manera un poco hiperbólica —digamos que “a la Fausto Reinaga”— se podría afirmar que la historia de Bolivia no es más que la sucesión de las rebeliones indígenas contra los abusos y los ninguneos de los blancos.

Claro que para llegar a ello tendríamos, de un modo también indianista, que considerar a los trabajadores mineros como indígenas —que el marxismo etiquetó como proletarios—.  Así, incluso a la Revolución Nacional y a las insurrecciones de principios de este siglo podríamos considerarlas movimientos indígenas que, en alianza y en simultánea contradicción con diversos sectores mestizos, se activaron para detener injusticias y remodelar realidades.

No solo la historia, entendida como “serie de grandes eventos”, sino la constitución misma de la sociedad nacional puede verse como el resultado de estas luchas, que nunca han terminado de triunfar ni tampoco de ser derrotadas. Bolivia también es lo que los indígenas han hecho secularmente desde las trincheras de su insubordinación. La lucha indígena ha configurado a sus participantes (generando el caudillismo, la desconfianza,  el disimulo, la infinita capacidad de sufrimiento de los indígenas) y a sus adversarios, alentando, entre otras cosas, el racismo de los blancos (lo pudimos ver en los sucesos posteriores a la caída de Evo Morales).

Se requiere de sabiduría para tratar de comprender a la gente que lucha. Digamos, por ejemplo, a las montoneras de Pablo Zárate Willka, que, en el último año del siglo XIX, asesinaron a los soldados conservadores y liberales al grito de “ahora sí, guerra civil” (bueno, algo parecido). Esto hubiera exigido a los blancos de la época revaluar sus acciones, que provocaron esa reacción en primer lugar. En otras palabras, les hubiera exigido desmontarse del privilegio, lo que no les resultaba fácil. Más práctico para ellos era tender, alrededor del privilegio, el muro del prejuicio racial: “Crueles y salvajes”, “serviles en el trato, terribles en la venganza”, o “se mataban entre sí; buscaban volar la planta y, con ella, la ciudad”.

Uno de los historiadores más destacados de las rebeliones indígenas acaba de fallecer. A Roberto Choque Canqui le debemos estudios sintéticos y a la vez comprehensivos de las “tempestades en los Andes”, como Historia de una lucha desigual o El indigenismo y los movimientos indígenas de Bolivia; así como monografías sobre luchas singulares, entre ellas, paradigmáticamente: Jesús de Machaca, la marka rebelde. Cinco siglos de historia.

Habiendo sido un historiador competente, Choque Canqui escribió, además, desde una perspectiva política. A diferencia de Reinaga —que, antes que buscar el proyecto indígena, lo derivó de su pensamiento y trató de imponerlo de arriba abajo—, Choque Canqui intentó inferir este proyecto de las luchas concretas de los indígenas a lo largo del tiempo.

Partió de que “las rebeliones indígenas fueron, son y serán un tema vigente mientras las condiciones de exclusión se mantengan”. Creyó que los indígenas debían conocer a sus héroes, a los personajes que habían sacrificado comodidad, libertad y vida por su causa. Y concluyó que “el indio, en el proceso histórico de su lucha social, política y cultural ha desarrollado una serie de resistencias contra la explotación del hacendado y las autoridades políticas de la oligarquía”. Y que estas resistencias componen el indianismo o “la ideología del indio que lucha, en todo el proceso histórico, por su liberación”.

Mi comparación entre Roberto Choque Canqui y Fausto Reinaga no es casual. Me parece que el historiador está, junto con el ideólogo, entre los cuatro o cinco mayores intelectuales bolivianos provenientes del mundo indígena. Tal es su estatura. La vigencia e importancia de su legado son, hoy que vivimos un proceso de “desindigenización” de la cultura nacional y de sus instituciones, más evidentes que nunca.

Fernando Molina es periodista

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Antología de la ciencia política boliviana

Compilación del análisis político elaborada por Fernando Mayorga para la Biblioteca del Bicentenario

/ 23 de septiembre de 2020 / 07:02

El otro “vértigo de las listas”.

Una lista siempre incluye un universo menor que el universo de lo que excluye.

Toda antología, claro está, es una lista. Por tanto, uno puede aproximarse a ella con el ánimo de descubrir lo que le falta y lo que le sobra.

Un camino que ciertamente no conduce a otra parte que a la confección de otra lista, de seguro tan objetable como la primera.

La Antología de la ciencia política boliviana que acaba de publicar la Biblioteca Boliviana del Bicentenario (BBB) intenta presentar un panorama de la producción nacional sobre temas políticos, entendiendo “política” en un sentido amplio. Repito: me parece que el objetivo era mostrar un panorama antes que coleccionar todos los mejores y más relevantes textos bolivianos de análisis político, como quizá vaya a esperar algún lector. Reunir solamente los mejores análisis políticos con pretensiones de cientificidad daría para una biblioteca, y creo que el antólogo, Fernando Mayorga, no se ha engañado al respecto. No he hablado con él de esto, pero me parece que es consciente de que la pretensión de hacer una antología de los textos de una ciencia social entera constituye una de las varias desmesuras de las que podemos culpar al Comité responsable del diseño de la BBB.

De modo que, encomendado a llevar este proyecto un poco desbocado al terreno de la realidad, Mayorga ha optado por lo más sensato: Como he dicho, presentar un panorama.

Publicar textos de un periodo específico —la democracia—, sobre tres grandes ejes —Estado, representación, participación— y procurar que en el resultado final estén más o menos representados los géneros, las generaciones, las regiones, las inclinaciones metodológico-ideológicas (marxistas, conductistas, neoinstitucionalistas, bourdianos, etc.)

De este modo se incluye —lo enlisto en orden de importancia— un capítulo de Lo nacional-popular en Bolivia, de René Zavaleta (me parece, dicho sea de paso, que podría haberse escogido otro texto más politológico de Zavaleta); el famoso “único” ensayo de Luis H. Antezana sobre política, que versa sobre la ideología nacionalista revolucionaria; cinco capítulos de El carácter conservador de la nación boliviana de HCF Mansilla; un texto de Mayorga sobre la “construcción minimalista” del Estado; una combinación de artículos de Fernando Calderón y un artículo de Eduardo Gamarra. Junto a estos “pesos pesados” aparecen los miembros “senior” de la politología nacional: Gonzalo Rojas y Gloria Ardaya, así como trabajos de politólogos más jóvenes: Daniel Moreno, Fernando García, Alberto García, Yuri Tórrez, María Teresa Zegada, Moira Zuazo, José Luis Exeni, Salvador Romero Ballivián, Helena Argirakis y otros. Finalmente, se incluyen aportes de expertos de otras áreas del conocimiento.

Desde la historia, participan José Luis Roca y Rossana Barragán; desde la antropología: Isabelle Combes, Ricardo Calla, Ramiro Molina y Esteban Ticona; desde la sociología: Wilder Molina y Sonia Montaño; desde la economía: Carlos Toranzo y Gonzalo Chávez; desde el internacionalismo: Gustavo Fernández, etc.

He leído la colección con agrado.

La mayoría de los textos son relevantes y están bien escritos. Algunos pocos son una lata, pero uno puede saltárselos fácilmente. Al terminar, me he sentido inclinado a formular, a vuelapluma, un puñado de hipótesis: a) Que los estudiosos bolivianos contemporáneos son más historicistas que teoricistas, es decir, prefieren interpretar un devenir antes que encarnizarse en la dilucidación de conceptos; b) que leen la historia de un modo hermenéutico, buscando su sentido, antes que de un modo empírico, en pos de pruebas y falsaciones de teorías; c) que, en general, usan los recursos cuantitativos (encuestas, mediciones) para describir y no para relacionarlos con teorías; d) que casi siempre trabajan de espaldas a la economía y la psicología social; e) que hay un cierto parentesco entre su trabajo y el llamado “periodismo de precisión”, ya que están muy atentos a los sucesos que son contemporáneos a la escritura de sus textos; f) que —por ¿provincianismo?, ¿complejo de excepcionalidad?— casi no hacen comparaciones entre los eventos nacionales y los universales o los específicos de otros países (la excepción en este apartado es el artículo de Gustavo Fernández et al. “La construcción de la nación boliviana en el proceso de globalización sudamericana”); g) que aman profundamente al país, aunque algunos lo hacen de manera neurótica y retorcida.

Es posible que Fernando Mayorga haya perdido algunos amigos o que haya cultivado a ciertos enemigos en el proceso de realización de este su último trabajo. Tal es el “vértigo de las listas”. Su estudio introductorio, con ser más descriptivo y ordenador que crítico, resulta de todas maneras excelente para contribuir a esto que ya he mencionado hasta la insistencia: la presentación de un panorama.

(*) Fernando Molina es periodista

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Negar el racismo

/ 20 de septiembre de 2020 / 08:17

A menudo se sostiene que el racismo es un artefacto ideológico creado con la intención de “dividir a los bolivianos” a partir de diferencias de fenotipo y culturales que, excepto para esta mirada, no son importantes o, al menos, no son tan determinantes como se afirma. Y si alguien señala actos racistas doquier, se argumenta que son “casos aislados”, golondrinas que no hacen verano, o, en ocasiones, que no son racistas sino síntomas de otras clases de violencia (clasista, regionalista, etc.)

Este negacionismo tiene un papel muy importante en el dispositivo actual de dominio racial, pues permite que el segmento racial dominante, compuesto por blancos y “blanqueados”, acuse a las víctimas del racismo de tener, ellas mismas, un comportamiento racista basado en una estrategia política. Con ello silencia sus reclamos y protege el estatus quo racial. La forma más ingeniosa que conozco de referirse a este escamoteo es el título del último libro de Carlos Macusaya: El racismo no existe, indios de mierda.

Si la cuestión fuera imaginaria, debería resolverse en un terreno puramente ideológico, esto es, logrando que la ideología malsana que la pone a la orden del día se debilitase y, finalmente, desapareciese. No sería menester hacer nada más, excepto denunciar el mencionado procedimiento divisionista. No sería necesario eliminar los privilegios raciales, ni cambiar las viejas formas de segregación social o romper los poderosos vínculos existentes entre clases y razas, riqueza y razas, educación y razas, poder y razas. En una palabra, no habría que erradicar las rémoras estamentales coloniales que perviven hasta nuestros días.

Al mismo tiempo, la estratagema de convertir la denuncia del racismo en un truco político permite practicar el negacionismo sin mala conciencia, con una convicción incluso justiciera. “¡No nos dejemos usar! ¡Seamos bolivianos!”, grita desesperadamente el negacionista sincero.

En el campo intelectual, el mismo rol lo cumple la transformación del análisis del racismo en un error académico. “Hablar de ‘razas’ ya no es pertinente desde después de la Segunda Guerra Mundial”, se dice por ejemplo. Y siempre es posible recurrir a toda clase de teorías para, poniéndolas en medio, evitar mirar directamente la dolorosa realidad boliviana.

También existe una versión campechana del negacionismo. La provee todo el que exige refutaciones de los ejemplos de fraternidad e igualdad que habrían acaecido en torno suyo; en su familia, barrio o localidad. Una observación más cercana permite comprobar que, en realidad, se trata de ejemplos racistas: “Mi mamá tenía una empleadita…” comienza típicamente este negacionista.

Igualmente está el negacionista “objetivo”, que no descarta que hubiera habido racismo en Bolivia antes de la aparición del indianismo en los años 60, pero cree que éste “lo agravó”. Claro, porque indio manso no requiere huasca. Por supuesto que se puede señalar que el indianismo —o el MAS— no ha provisto una solución real para el racismo, pero el plantear una problemática, así sea erradamente, no la agrava excepto si se cree que ésta es ficticia, con lo que el negacionista “objetivo” pasa a ser un negacionista ordinario.

El último caso de negacionismo es el más insidioso. Plantea que los blancos son tan racistas como los indios (“racismo a la inversa”) y por tanto “que aquí nadie se queje”. Este negacionista tiende a desestimar o relativizar el racismo de la élite evocando actos de discriminación cometidos por indígenas. Es fácil observar que estamos ante un argumento sofístico. En los hechos, no se puede cuantificar el racismo de las comunidades raciales blancas o indígenas. Y no existe forma de hablar de esto sin caer, a la vez, en prejuicios racistas. Por tanto, esta comparación no sirve para nada. Más bien deberíamos comparar racismos. Por un lado, tenemos el racismo blanco contra los indígenas, con una trayectoria de 528 años, entretejido en todas las formas de socialización, respaldado por un ancestral negacionismo estatal, interiorizado en el gusto corporal y en el deseo sexual, reforzado por los vínculos entre blanquitud y poder político, blanquitud y riqueza, blanquitud y educación, blanquitud y belleza, blanquitud y distinción, y que se exterioriza a través de infinidad de conductas de una violencia naturalizada por siglos de discursos y costumbres negacionistas. Y del otro lado tenemos el reactivo, impulsivo y precario racismo indígena, que casi siempre estalla en los intersticios del enfrentamiento político y social.

No son lo mismo. Ambos deben ser criticados; ambos pueden llegar a ser delitos, pero su equiparación, como todo negacionismo, constituye una injusticia intelectual que se comete para convalidar una injustica factual.

Fernando Molina es periodista.

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Dos tipos de racismo cruceño

/ 6 de septiembre de 2020 / 03:22

La declaración del presidente del Comité Cívico Pro Santa Cruz, Rómulo Calvo, en contra de los campesinos que bloquearon carreteras hace unas semanas no solo era racista en un sentido, sino en dos, que ilustran las dos formas de racismo que se han dado históricamente en Santa Cruz.

Calvo, recordemos, dijo que los mencionados campesinos eran “bestias humanas”. Repitió así la descripción racista más antigua que haya recibido un indígena americano. Apenas conoció a los antillanos, Colón los llamó igual: “gentes bestiales”.

En ambos casos se trata, como es obvio, de un oximoron, empleado para rebajar la dignidad de los seres que retrata. “Parecen humanos”, se afirma, “pero en realidad no lo son”; sus cuerpos son antropomorfos pero están vacíos y resultan, entonces, de algún modo, fraudulentos.

Cuestionado por su dicho, Calvo se ratificó: Explicó que buscando en el diccionario encontró que “bestia” significa “sin racionalidad”, y que los campesinos a los que había aludido no la tenían. Ergo, eran infrahumanos; ergo, estaban en condición de inferioridad respecto del propio Calvo y, en general, de la especie común. Hay gente bestial (los otros) y gente normal (nosotros). Como es natural, la gente bestial va por ahí en formación de “hordas”.

El racismo colombino asentaba su presunción de la inferioridad indígena en la ignorancia de la cultura —y, sobre todo, de la religión— europeas. Mucho después, a fines del siglo XIX, aquella se justificaría por supuestas deficiencias biológicas.

Esta primera forma del racismo de Calvo es un eco del de otros cruceños mucho más célebres. En la vena del “racismo científico”, Gabriel René Moreno escribió en 1880: “Es (la cruceña) la única población boliviana que no habla ni ha hablado nunca sino castellano; ha sido también la única de pura raza española… La plebe guardaba ojeriza al ‘colla’ (altoperuano), al ‘camba’ (castas guaraníes de las provincias departamentales y del Beni) y al ‘portugués’ (brasileño fronterizo y casi todos mulatos o zambos). De aquí el artículo inviolable de doctrina popular cruceña: ‘Los enemigos del alma son tres: colla, camba y portugués’”.

Para Moreno “camba” era todavía sinónimo de indígena. Esta equivalencia cambiaría en los años 50 del siglo XX, después de la Revolución Nacional. Tanto en Santa Cruz como en el resto del país se intentaría superar —o al menos recubrir— las diferencias raciales con la invención y exaltación del “mestizo”. Por cierto, este no era un mestizo racial —Dios nos librara de tal engendro—, sino asépticamente cultural.

El mestizo cruceño mezclaba la tradición española con elementos guaraníes (por ejemplo, la lucha de este pueblo contra los centros andinos del Estado) sin perder la condición racial de la que tan orgulloso estaba Moreno. Era, entonces, un “mestizo blanco” que vestía ropas campesinas. Y que se llamaba “camba”.

Esta construcción no solo era necesaria para que la ideología de la élite procesara el descrédito del racismo cientifico después de la Segunda Guerra Mundial y la Revolución, sino para resolver las consecuencias de la incorporación de Santa Cruz a la economía nacional (1954): La “invasión” de los inmigrantes collas y el inicio de la pugna con La Paz por la orientación del desarrollo nacional.

La invención del camba fue más exitosa que la del mestizo occidental. Al crear la antinomia camba-colla, permitió que la élite tradicional cruceña continuara dirigiendo la sociedad regional sin muchos desafíos desde abajo. El regionalismo cohesionó a los “cambas” detrás de sus tradicionales conductores. Por diferentes razones históricas e idiosincráticas, esta élite pudo imponer un orden que a la vez era férreo (las críticas contaban como “traiciones”) y popular.

En este marco surgió el segundo tipo de racismo cruceño. Este opone “lo camba”, entidad racial y cultural superior, dueña de la tierra, del “modelo económico” y de los derechos políticos, a “lo colla”, que es sinónimo de lo feo, lo sucio, lo conflictivo y lo “bestial”, en suma, lo indio de Santa Cruz y del país.

Para el regionalismo racista, el colla es “colado” en fiesta ajena. Debe respetar a los verdaderos dueños de la “tierra que les abre los brazos”, no “morder su mano” o, de lo contrario, será expulsado. En palabras de Calvo, “pagará la tamaña afrenta”.

En su doble forma, el racismo cruceño ha sido un muy funcional y efectivo mecanismo de domino. Por eso Calvo no tuvo que retractarse ni nadie lo cuestionó seriamente en su Departamento. Al mismo tiempo, imposibilita la aspiración de la élite cruceña a dirigir el país, esto es, también a las regiones collas.

Fernando Molina es periodista.

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Evo Morales sugirió a Carlos Romero que saliera del país, pero éste no quiso

En sus memorias de los últimos nueve meses, que acaban de publicarse en Argentina, el expresidente habla de sus ministros y lamenta que algunos no pudieran exiliarse. Culpa de su caída al “proceso de cambio de los militares”.

/ 31 de agosto de 2020 / 08:03

El exministro de Gobierno Carlos Romero cuando ingresaba a una pasada audiencia cautelar. Foto: APG - archivo

El expresidente Evo Morales sugirió a su ministro de Gobierno, Carlos Romero, que actualmente se halla en detención domiciliaria, que saliera del país antes de que lo apresaran, según relata en un libro de memorias que acaba de publicarse en Argentina.

En el texto, titulado “Volveremos y seremos millones” (Editorial Planeta), Morales lamenta que otros de sus ministros no se hubieran “retirado” de la Residencia de México a tiempo para escapar. “No tenemos nada: es un tema político”, explica respecto a los procesos que han sido planteados contra ellos y contra él mismo.

“La misma noche de la renuncia, algunas personalidades del gobierno, familiares, se han ido a la embajada mexicana. Era entendible”, se lee en la obra.

Luego el exmandatario recuerda que “algunos prefirieron salir, como la Nélida Sifuentes. No tiene nada y se salió sin problemas en Chuquisaca. Algunos abandonaron y salieron hacia Europa. Y algunos se quedaron y ahora no pueden salir. El último en salir fue el compañero ministro César Navarro”.

Morales resume la situación así: “La mayoría se retiró oportunamente, clandestinamente, y a algunos sacamos, como a Luis Arce, y algunos se quedaron pero no se animaron a retirarse. Si se retiraban no hubiesen estado ahí. Se quedaron ahí y ahora no pueden salir”, señala en alusión a los siete jerarcas del Movimiento Al Socialismo (MAS) que viven en la Residencia de la Embajada de México por falta de salvoconductos para abandonar el país. 

Morales cuenta que le dijo a Carlos Romero: “Te van a procesar”. A lo que el exministro le respondió: “No, yo no tengo nada”.

Morales rememora que entonces le explicó que había razones políticas que pesaban en su contra. “Como no podían meter en la cárcel a Evo, a Álvaro (García Linera) ni a otros que estaban en la Embajada, entonces (querían) una prueba, una muestra”.

Por eso, él creía, iban a encarcelar al exministro de Gobierno.

El relato continúa con Romero aceptando salir a Argentina y Morales recomendándole rutas alternativas para hacerlo por tierra. “Pero el Carlos Romero no me creía”, explica.

La portada del libro de Evo Morales, adelantada por el portal Infobae.

“Un poco dudó y cuando estaba en la preparación se lo llevaron detenido a la cárcel. Ahora está con arresto domiciliario. En la cárcel estuvo en situación de riesgo, porque estaba… con los que él había metido”, añade.

También reclama que se le haya fijado una fianza mucho más alta que para los miembros del actual gobierno que están involucrados en juicios de corrupción.

Al caso de persecución judicial al que concede más espacio es al de Patricia Hermosa, su secretaria, imputada con cargos de terrorismo y sedición.

Morales cuenta que Hermosa tuvo la fuerza para trabajar con él cuando estaba en el poder y la presión laboral era enorme, y luego el valor de seguir en contacto con él, lo que le costó la acusación que hoy pesa sobre ella. “Al (ex)ministro de Salud (Marcelo Navajas), implicado en temas de corrupción, por temas de respiradores, lo llevaron a la cárcel cuatro horitas. Después, arresto domiciliario por temas de salud. Patricia, solo por hablar telefónicamente conmigo, meses de cárcel”, denuncia.

Sacaba y Senkata

El expresidente se conmueve por lo sucedido en los días posteriores a su renuncia a la Presidencia, cuando seguía en México. Recuerda que el 14 de noviembre “los compañeros querían hacer su manifestación en la ciudad (de Cochabamba)… Cuando marchaban en la ciudad de Sacaba… ahí viene la masacre”. 

Según él, un comandante policial dijo en Cochabamba: “Prepárense, vienen las hordas masistas”. Esto lo empuja a la siguiente reflexión: “Antes nos decían ‘indios’, despectivamente. Decían que los indios son animales.
Ahora son ‘hordas masistas’. Ahora al indio le dicen ‘masista’. Así preparan el ambiente para esa masacre”.


También ironiza sobre la versión de los funcionarios gubernamentales sobre los eventos de Senkata, que denominan “enfrentamientos”. “En los ‘enfrentamientos’ solo caen los manifestantes. Ni heridos hay entre los uniformados”, dice.

Y añade: “La masacre de Senkata parece calcada de la caravana de la muerte que sucedió durante la ‘guerra del gas’ del año 2003, cuando también intentaron con tanques y balas abrir paso a los camiones cisterna que alimentan con combustible y gas la ciudad de La Paz. Aquella matanza se dio sobre la autopista. Esta vez los manifestantes cayeron frente a la planta”.

La tesis del libro

Según sostiene en estas memorias de sus nueve meses de exilio, Morales cayó por un “golpe de Estado” realizado por la Policía, que en Bolivia no funciona como una institución, sino como un grupo corporativo en busca de recursos públicos, y por los comandantes militares que recibieron millones de dólares de la élite opositora, “fascista y racista”, para echarlo del poder.

“El 7 de agosto (de 2019) todavía el Ejército mostraba su fidelidad. En el aniversario de las Fuerzas Armadas, el general expresó su apego al Proceso de Cambio, llamándome ‘hermano Evo, hermano Presidente’. Incluso, dijeron, declararon las Fuerzas Armadas que eran antiimperialistas, en contra de las normas, de las ideas, de la derecha. Pero cambió. Era ‘su’ proceso de cambio.”, ironiza.

Y luego asevera: “Hay comentarios, no confirmados, de que el comandante en jefe no rechazó un millón de dólares, de que los otros comandantes aceptaron 500.000 dólares. Falta averiguar, falta saber más de este hecho, pero quiero decirles que algo pasó”.

En el exilio

En cuanto a su vida como exiliado en Argentina, Evo relata que sus días en cuarentena son aburridos. “El tiempo parece sobrar, después de comer, de dormir, hacer ejercicios, grabar, algunas entrevistas. A veces me siento calabocista (sic). Detenido, me siento: encarcelado en un calabozo”, dicta a los editores del libro.

Morales cuenta que trabaja con varios equipos de exiliados bolivianos y de militantes izquierdistas argentinos. Repite anécdotas de la extraordinaria trayectoria que lo llevó de comenzar como pastor de llamas a ser el presidente más singular de la historia contemporánea de Bolivia.

En una de las pocas notas personales nuevas, el libro está lleno de alusiones a Salvador Allende, el presidente chileno que se suicidó para no caer capturado por las tropas golpistas del general Augusto Pinochet.

El expresidente boliviano se cuestiona si, después de su derrocamiento, él debió resistir y no buscar exiliarse. Zanja este asunto repitiendo la frase que entonces le espetó su vicepresidente García Linera: “Aquí, si queremos salvar el Proceso de Cambio, hay que salvar la vida de Evo”.

*Es periodista, columnista de La Razón

(31/08/2020)

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Un artículo controvertido sobre colegios de élite

/ 19 de agosto de 2020 / 02:16

De todos mis artículos publicados, uno de los que más retroalimentación negativa ha recibido fue el último que apareció en esta columna, Sesgo racial de la educación elitista en Bolivia. Las causas son dos. Algunos errores míos de hecho y de exposición, y la forma de leerlo por la audiencia que este artículo generó: las “comunidades educativas” a las que hacía referencia.

Comencemos por mis errores. Representantes del Saint Andrew’s School me comunicaron que la pensión de este colegio es de $us 300 y por tanto es bastante menor que el rango de costos que yo atribuí a seis colegios de élite, tres de Santa Cruz y tres de La Paz (“entre $us 485 y 600”). También opinaron que era injusto incluir a este colegio, que debe cumplir todas las normas educativas nacionales, en la misma bolsa que otros que se benefician de convenios entre Estados que les permiten seguir normativas extranjeras. Una profesora del Franco me explicó que, en contra de lo que había afirmado, sí existen becas para bolivianos en este colegio (“becas de excelencia”).

Hasta aquí, mis errores de información. Pasemos a mis errores de exposición. Usé un concepto, “educación elitista”, que ha sido interpretado, tanto por algunos de mis detractores como por algunos de quienes me apoyaron, como una crítica implícita a los seis colegios de élite mencionados y a otros aludidos por analogía. Como si hubiera dicho que estas instituciones eran racistas, algo que nunca hice.

El artículo de marras salió de una investigación que realicé en 2017 sobre las clases altas bolivianas. En ella se explicaba detalladamente lo que debía entenderse por “educación elitista”; tuve que prescindir de este contexto en el artículo de prensa del que hablamos. Debí aclarar que se trataba de un concepto descriptivo. La “educación elitista” es la que educa a los hijos de las élites de una sociedad y también la que crea la élite del saber. Al mismo tiempo, todas las sociedades tienen élites. Algunas son más legítimas que otras, pero normalmente se puede decir que hay élites legítimas que educan legítimamente a sus hijos en escuelas elitistas, como una estrategia para mantener su primacía social. Nada que objetar al respecto (aunque sí que analizar, que es un derecho de quien a esto se dedique).

Mi punto era otro. En Bolivia, a resultas de la ilegítima e ilegal jerarquización racial que contamina todas las relaciones sociales, la educación elitista, que en sí misma puede no ser racista, obtiene sin embargo un resultado racista. Forma élites del saber sin indígenas. (Algunos han tratado de objetar esta conclusión, nombrando uno o dos casos, pero su argumentación no me parece atendible). Esto ocurre porque educa a los hijos de unas élites que, como demostré en mi investigación, también carecen de indígenas.

Además, estos colegios, al no tener políticas específicamente orientadas a aumentar la diversidad racial y al aplicar sistemas de admisión que no problematizan la desigualdad racial boliviana y, en cambio, buscan confirmar su prestigio social (por ejemplo, acogiendo especialmente a familias con conocimiento de idiomas extranjeros), terminan asegurando —inconscientemente— tal resultado.

Jamás dije ni creo en absoluto que los maestros de estos colegios actúen de manera distinta con los chicos de proveniencia indígena que, pese a todo y por cuentagotas, cursan en estos establecimientos. Dije otra cosa completamente diferente: que uno de los obstáculos que impiden que más indígenas formen parte de las comunidades educativas elitistas es la diferencia entre los capitales simbólicos y las habilidades de socialización que éstos poseen y los de las élites tradicionales “desindigenizadas” (sin indígenas entre sus miembros); y el que, en muchos casos, esto genere, como efecto, la discriminación de los primeros por las segundas. En este contexto, afirmé, “los Quispe y los Ticona no son los más populares ni los mejores alumnos”.

Finalmente, anoto el problema de percepción de mi público. Los bolivianos tenemos problemas para aceptar el punto de vista y el lenguaje de las ciencias sociales (y, por tanto, para debatir en el marco establecido por ellos). Discutimos sin objetividad, no por el tema en sí mismo, sino por los efectos que tal o cual opinión puede tener sobre nuestra posición en una red social.

Fernando Molina es periodista.

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