Voces

martes 20 abr 2021 | Actualizado a 15:08

Priorizar las restricciones

/ 27 de marzo de 2021 / 02:29

Aveces los líderes creen que todo es posible en la política, pecan de voluntarismo. Más bien, una de sus principales tareas consiste en saber manejar las restricciones, a veces fuera de su control, que les dificultarán el logro de sus objetivos. Alguna vez, la fortuna les sonreirá aligerándolas, pero lo más común será que deberán vivir con ellas, les gusten o no.

En esta coyuntura tan rara, todos los gobernantes enfrentan al menos tres grandes restricciones: la biológica-sanitaria, la falta de oferta suficiente de vacunas y los problemas financieros.

La primera, tiene que ver con la circulación del virus, que sigue sorprendiendo, desbaratando las planificaciones incluso de las administraciones más sofisticadas. Basta ver la inestabilidad que está provocando la aparición de nuevas cepas en Europa, continente que está enfrentando su tercera ola con restricciones a una sociedad cansada, o la erosión del apoyo a Bolsonaro, Piñera o Fernández en nuestro continente, provocadas por la persistencia de la enfermedad, sin que casi importen las políticas que se están aplicando en uno u otro lugar.

A esa radical incertidumbre, se agrega la ya evidente insuficiencia de la oferta global de vacunas contra el COVID-19, lo cual está ralentizando la entrega de lotes en todo el planeta y está provocando incluso conflictos entre los países que se las disputan. Es un cuello de botella que tiene solución, pero en el mediano plazo. Probablemente, en los próximos meses habrá vacunas insuficientes en el mercado, problemas de abastecimiento y muchos demandantes, no hay que confiarse.

Por si eso no fuera poco, la expansión del gasto y de la deuda pública, acompañadas de una economía que sigue funcionando a media máquina, plantean la álgida cuestión de cómo financiar sosteniblemente ese esfuerzo. Este desequilibrio tiene dos caras: la necesidad de financiar déficits públicos que tienden a crecer y por la otra contar con suficientes divisas en un momento de ralentización del comercio y de la inversión extranjera. Las opciones para obtener recursos frescos tampoco son muchas y tienen costos que se debe considerar.

Hago estos apuntes porque sigo pensando que el éxito o fracaso del gobierno del presidente Arce dependerá de su capacidad de manejar la salida de la pandemia y lograr una estabilidad/reactivación económica hasta mediados del próximo año, tareas vitales que no han cambiado un ápice pese a las ruidosas escaramuzas políticas del último mes sobre otras cuestiones. No hay que equivocarse, esas tres restricciones seguirán siendo relevantes para Bolivia y su gobierno hasta bien entrado el 2022, no habrá salida fácil ni rápida de la crisis. Mientras eso no se resuelva, la ciudadanía seguirá enfrentando grandes limitaciones, pero la paciencia y las expectativas también se agotan.

El primer antídoto contra esos riesgos es pensar y funcionar en el peor escenario sanitario, de provisión de vacunas y de falta de recursos públicos y divisas. No hay que distraerse mucho en otras cosas. Es decir, hay que planificar cómo se gestionaría una imparable tercera ola, la cual no es tan improbable considerando que la reducción del contagio se ha detenido, y/o un proceso de inmunización lento debido a los problemas de provisión de esos fármacos que ya se están viendo.

En el frente económico, se esperaría que se desplieguen estrategias realistas de endeudamiento externo, de manejo de las finanzas públicas y también gestiones diplomáticas que aporten oxígeno financiero, en el corto y mediano plazo, a las cuentas públicas y externas. El contexto internacional no es muy hostil, aunque ya aparecieron algunos nubarrones en el horizonte, gracias a la alta liquidez de los mercados financieros, las bajas tasas de interés y a las posibilidades que podrían aparecer con un inteligente posicionamiento del país en el nuevo juego geopolítico global. Pero, el tiempo apremia.

No pretendo ser ave de mal agüero, pero siento que en tiempos de una crisis casi sistémica y con una incertidumbre a la octava potencia, hay que pensar siempre lo peor, justamente, para evitarlo.

 Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Baño de realidad

/ 10 de abril de 2021 / 01:58

Una política es exitosa cuando el ciudadano siente o percibe que se le está efectivamente aportando bienes, servicios o satisfacciones psicológicas. Pocos se interesan en la manera cómo éstas son producidas y menos aún en las buenas intenciones de sus impulsores, son los resultados los que importan. Para lograrlos, se requiere pragmatismo, preocupación por las cosas concretas y una comunicación pensada desde las necesidades de la gente.

La vacunación masiva contra el COVID-19 se ha iniciado con tropiezos y críticas. Esto debería llamar la atención del Gobierno pues esta es una política que no puede fallar en este momento. Inquietud que crece considerando que en esta fase inicial el público objetivo alcanza a unas cuantas decenas de miles de personas en cada ciudad: ¿Qué pasará cuando se tenga que inmunizar a cientos de miles?

Algunos voceros del oficialismo han argumentado que hay exageración en las críticas, “narrativas” les llaman ahora, o han optado por transferir la responsabilidad, culpa le llamábamos antes, a los Sedes o a los tropiezos de una casi mítica “microplanificación”. Entidades y conceptos que para la mayoría son un misterio adicional. Pocas soluciones en verdad, paciencia, pues.

El problema para el Gobierno es que demasiadas explicaciones solo confunden más, no parece entenderse que el corazón del malestar es bastante práctico: irrita no saber con prístina claridad cuándo y dónde las personas se pueden inmunizar. Hacer fila es molestoso, pero es aceptable si se ve el punto de llegada y se considera que hay justicia y equidad en ese esfuerzo. Exasperan las esperas al cohete, los registros repetidos que sirven de poco o las idas y venidas buscando información.

Al final del día, a la gente le vale un rábano quién ejecuta específicamente esas políticas. Lo que cobrará es el resultado, es decir vacunarse con un mínimo de orden y certezas, ni siquiera ahora mismo, tal vez le baste saber clarito cuándo le va a tocar. Cuando eso falla, el culpable es el Estado, es decir el Gobierno nacional y el Presidente, punto. El ejercicio de tirarse la pelotita, irrita aún más.

Las soluciones tampoco son de ciencia ficción, se resumen a una mayor preocupación, prioridad y control de las autoridades por la mecánica detallada de la vacunación: por cómo la gente se informa en la vida real, por las condiciones para que la espera no sea incómoda o que el proceso se realice en ambientes seguros.

De hecho, desde el año pasado ya se sabía que no se podía esperar demasiado del actual sistema de salud pésimamente descentralizado y totalmente fragmentado. Es un problema estructural que además no se puede resolver en medio de una crisis. Lo ingenuo fue creer que ahora sí iba a funcionar bien. El papel aguanta todo pero la realidad es testaruda. Darse cuenta de eso y actuar en consecuencia es la obligación del liderazgo político.

Cuando un sistema es disfuncional, buscar resultados solo con “más coordinación” o “buena voluntad” se parece más a una cuestión de fe que a hacer política. Quizás es el momento de pensar en lógica “de guerra”, en maneras de liberarse un rato de las inercias de una institucionalidad inoperante, en “fuerzas de tarea” ad hoc con objetivos claros, ágiles y orientadas a un resultado.

La comunicación es la otra dimensión ineludible del desafío. Una inmunización es un tipo de servicio social que requiere, por un lado, una planificación minuciosa del proceso, desde el centro de almacenamiento del fármaco hasta el lugar de su inoculación, es decir buena logística. Pero igualmente, se precisa de ciertos comportamientos de los usuarios, los cuales deben ser inducidos mediante procesos comunicativos pensados desde las necesidades de información y los contextos de la gente.

Insisto, no se trata de buscar grandes tecnologías ni hacer reformas estructurales, hay que cumplir una tarea concreta en tiempo corto: vacunar en masa ordenadamente. Planificación, más control central, gusto por el detalle, comunicación y no propaganda, pensar pragmáticamente y por fuera de las camisas de fuerza institucionales, puede ayudar. ¿Se podrá?

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Y germinaron las ‘mil flores’

/ 13 de marzo de 2021 / 01:52

Los resultados de los comicios subnacionales son interesantes porque nos muestran un panorama diverso y complejo del comportamiento de los electores y actores políticos. Hay que explorar sus matices y contradicciones para descifrar algunas de las pistas de la futura recomposición del sistema político.

Grosso modo, las urnas han ratificado ciertas continuidades que ya se observaban desde hace un decenio en este tipo de elecciones: desempeño muy mediocre del MAS con relación a sus votaciones nacionales, la existencia de sólidas oposiciones en las grandes ciudades y en el este y sur del país, y la aparición de fuerzas alternativas a esa polaridad, basadas en personalidades o grupos locales respetados.

El MAS posiblemente alcanzará una votación agregada de alrededor del 40% en gobernaciones, muy similar a la que obtuvo en 2015, y preservará o ampliará su dominio en el mundo municipal rural y de localidades intermedias. Mientras tanto, las oposiciones, muy fragmentadas, ratificarán su control de la gran mayoría de las aglomeraciones más pobladas y su sólida implantación en el departamento de Santa Cruz. Desde esa perspectiva, las novedades son escasas.

Sin embargo, lo desafiante hay que encontrarlo en los matices que los electores generan con sus votaciones “indisciplinadas” y en la profunda renovación de los actores del poder territorial que se ha producido.

En varios lugares, el denominado “voto cruzado” ha sido significativo, incluso superando barreras partidarias a priori insuperables. Cómo entender, por ejemplo, el apreciable porcentaje de cochabambinos que no han tenido problema en marcar, al mismo tiempo, la casilla de Manfred Reyes Villa y la del candidato a gobernador por el MAS. O la diversidad del apoyo a Eva Copa, compuesta por personas que eligen, al mismo tiempo, al candidato de la derecha para la gobernación, otras que prefieren a Franklin Flores, que va ganando en El Alto pese al tsunami municipal de su excorreligionaria, y una fracción que votó por Jallalla La Paz “en línea”.

De igual manera, si ciertas votaciones locales parecen responder al deseo de “equilibrar” el poder nacional masista, con similar lógica, frente a la ratificación de la mayoría camachista en el departamento de Santa Cruz, está emergiendo un buen resultado de Cronembold, que supera levemente el desempeño del MAS en ese departamento en octubre pasado, y un triunfo de los azules en casi la mitad de los municipios de ese departamento.

Por otra parte, la alternativa local al MAS no ha venido de las derechas tradicionales en muchos distritos, sino de opciones localistas o que abiertamente escapan a la polarización. Habrá que ver cómo evolucionan estas fuerzas, pero introducen la posibilidad de un progresismo nacional-popular más allá del masismo.

El mapa de autoridades territoriales se enriquece además con personalidades, algunas improbables hasta hace pocos meses, que ponen fin a largos predominios políticos, por ejemplo, de Sol.bo en la hoyada paceña, de Costas y Percy Fernández en Santa Cruz, o de la casi totalidad de la vieja élite tradicional, heredera de la ADN, en Beni y Pando.

Estas fotografías preliminares de la contienda evidencian, desde mi punto de vista, el agotamiento de los esquemas analíticos y políticos basados solamente en la antinomia MAS-Anti MAS. Un apreciable porcentaje de votantes y algunos actores políticos renovados no tienen problemas en transgredir esas fronteras, sea por razones coyunturales o tácticas, e incluso sospecho que muchos de ellos no las entienden ni les interesan.

Hace unas semanas, me refería a una frase atribuida a Mao, que sugería “dejar que florezcan mil flores” ante las inercias de los viejos sistemas. Algo de eso ya está pasando en el campo político, el desafío es no tenerle miedo, pese a que es un escenario más difícil de gobernar, y menos aún intentar negarlo o debilitarlo, porque eso solo puede acelerar su crecimiento desordenado y alentar una crisis de representatividad. Estamos en un momento que nos exige entender y gestionar la diversidad y complejidad, el que lo haga tendrá un mejor futuro político.

  Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Espejito electoral

/ 27 de febrero de 2021 / 01:22

El proceso electoral subnacional aún no ha concluido pero las interpretaciones sobre sus resultados ya se perfilan en el especulativo mundillo del análisis mediático. En muchos casos, el ejercicio consiste en llamar la atención sobre la parte del vaso, la media llena o la media vacía, que ratifica los prejuicios o intereses de cada sector.

La naturaleza de los comicios subnacionales, una conjunción de numerosas batallas políticas a lo largo del territorio, cada una con sus especificidades y dramáticas propias, hace más fácil que existan varios “espejitos” que nos pueden decir “que somos los más bonitos”, la cuestión es saber elegir el adecuado y olvidarse de los otros.

Por ejemplo, es obvio que los opositores y sus inefables aliados mediáticos proclamarán un gran cambio de preferencias a partir de la probable derrota del MAS en las ciudades, la reducción de su caudal electoral agregado con relación a los comicios presidenciales o su fracaso en lugares emblemáticos como El Alto.

Por su lado, los azules enfatizarán que su partido ganó más gobernaciones y alcaldías y recordarán que solo ellos van con la misma sigla en todos los territorios, mientras sus circunstanciales rivales serían un conglomerado variopinto de liderazgos locales, uno que otro partido con pretensión nacional y un largo etcétera de fuerzas disímiles en talla e ideología, es decir, un voto no-masista más que anti-masista.

Y lo entretenido del caso es que ambos puntos de vista tienen alguna razón, aunque pecan por igual de exageración y de ceguera selectiva. No hay que ser muy pitoniso para suponer que ese será el debate pues las tendencias descritas anteriormente ya sucedieron en las elecciones subnacionales de 2010 y 2015, y todo indica que se repetirán en una semana.

Lo cierto es que los comportamientos políticos de una apreciable proporción de bolivianos son más volátiles de lo que suponemos, dependen de valoraciones coyunturales y juicios racionales y emotivos, bastante cambiantes, sobre los candidatos y las ideas que se les ofrecen. Nadie es, pues, dueño de sus votantes, ni los que consiguieron su preferencia en octubre pasado, ni los que las obtendrán el 7 de marzo. Cada elección es diferente y cualquier victoria o derrota será siempre relativa y no permanente, lo que implica que hay que esforzarse, respetar al ciudadano y prestarle atención.

Esto es también una ratificación de que el campo político es mucho más complejo que la simplificación que generaliza los clivajes polarizados nacionales a todos los ámbitos. Al contrario, muchas veces, la hegemonía de algún actor en un nivel no se replica de igual manera en otro. Por tanto, resulta azaroso sacar conclusiones políticas subnacionales a partir de una correlación de fuerzas nacional, como también creer que un resultado electoral local impactará necesariamente en el lejano horizonte de las elecciones presidenciales.

Estas contiendas locales son seguramente las que mejor muestran que la política moderna es cada vez más una cuestión de liderazgos personales, de la capacidad de ciertos actores para representar algo relevante para los ciudadanos en un momento dado y de la debilidad de las estructuras partidarias tradicionales y las ideologías rígidas. En ese sentido, los candidatos victoriosos serán quizás los que mejor hayan sabido combinar las lógicas propias de la polarización, que tampoco se pueden obviar y siguen presentes con intensidad variada entre los votantes, con cualidades personales bien trabajadas y comunicadas, y una adaptación inteligente de sus propuestas y maneras de hacer campaña a las particularidades del territorio y del momento.

En suma, los comicios subnacionales nos podrían informar bastante acerca de las formas mutantes en que se expresa en este momento la diversidad y complejidad del juego político, y las continuidades y contradicciones que están determinando las preferencias de los votantes. Y sobre todo debería ser una oportunidad para entender de una vez por todas que estamos transitando a una nueva etapa inevitablemente más pluralista y menos hegemónica de nuestra democracia.

  Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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El ‘ajayu’ del gobierno de Arce

El talante del Presidente conoce las entrañas del Estado y que parece interesado lo justo en la retórica política.

/ 13 de febrero de 2021 / 00:20

Más allá de sus intenciones o de sus orientaciones ideológicas, los Gobiernos suelen ser prisioneros de sus circunstancias. Serán evaluados y recordados, mal o bien, por su capacidad para leer y responder a los problemas y sentimientos sociales nodales del momento histórico. En el caso de Luis Arce, parece que estos se concentrarán en la manera como manejará la salida de la crisis. 

No siempre los gobernantes logran entender las señales que les envía su contexto, de ahí que aparecen desperfilados, sin ese ajayu que acompaña a los grandes liderazgos políticos. Haciendo o hablando cosas, pero sin que estas conmuevan o interesen a los ciudadanos. Por supuesto, la cuestión no es solo entender las voces y necesidades de la gente, sino compatibilizarlas con las restricciones que impone la realidad. Es, pues, tener empatía y al mismo tiempo saber dónde estás realmente parado, en caso contrario, la disyuntiva será entre demagogia o inoperancia.

En sus largos años de gobierno, Evo Morales tuvo la habilidad de conectar en dos momentos con el sentimiento popular y resolverlo de manera concreta y creíble. La mitología del masismo sigue nutriéndose de esos aciertos. El primero fue el tiempo de la nacionalización de los hidrocarburos y la nueva Constitución, la ruptura con la “vieja Bolivia”. El segundo tuvo que ver con el ansia modernizadora, neodesarrollista y de movilidad social de las mayorías, que tuvo su culminación con la ampliación de los estratos de ingresos medios durante un quinquenio.

No únicamente por la pandemia, el país que recibió Arce en noviembre es un concentrado de angustias, de temor por el retroceso social, de frustraciones y de rechazo a la insensibilidad y prepotencia de los poderosos. Ese es el sentido, desde mi punto de vista, del 55%. No parecería que el reclamo sea por grandes épicas ideologizadas o transformaciones institucionales ambiciosas, se trata de recomponer seguridades personales, familiares y comunitarias.

Algunos dirán entonces que es el tiempo de “las cosas pequeñas”. Y la verdad, sí, de eso se trata, de preocuparse por las experiencias prácticas de los ciudadanos en un tiempo de estrés agravado. Y en esa tarea, harto complicada, por cierto, importan mucho los resultados concretos: una prueba diagnóstica del COVID-19 gratuita, un ingreso adicional para la familia, alguna opción para que los hijos sigan educándose o una vacunación que llegue a todos.

Esa agenda deberá realizarse con un Estado con todas las ineficiencias que ya se conocen, que ningún voluntarismo podrá resolver en el corto plazo y que resulta inocuo intentar reformar estructuralmente en medio de una crisis que exige moverse rápido. Por eso, el gobierno de Arce debería concentrarse en algunos pocos objetivos y a pensar en maneras ad hoc y novedosas de evadir las inercias de un Estado que responderá mal si se siguen sus pautas de organización tradicionales. Circunstancias excepcionales, instrumentos igualmente excepcionales, valga la redundancia.

Así pues, el devenir de la primera parte del mandato del nuevo Presidente estará inevitablemente vinculada a su posibilidad de alcanzar una “nueva normalidad”, en la que las mayorías quizás no ganen mucho más, pero en la que se tranquilicen y sientan que no han perdido sus esperanzas de un mejor porvenir. Se puede resumir en vacunas, sostenimiento del consumo y reactivación de la economía. El resto de los juegos retóricos o narrativas confrontativas son, en el mejor de los casos, complementarias, sino intrascendentes o incluso dañinas en un momento de búsqueda de solidaridad y tranquilidad social.

El talante del Presidente, un hombre de las finanzas públicas y de la economía, que gestiona lo concreto, conoce las entrañas del Estado y que parece interesado lo justo en la retórica política, es a priori una oportunidad. Pero su posibilidad de éxito dependerá de la reorganización pragmática de la institucionalidad estatal y de la capacidad de movilización de la fuerza partidaria que lo sostiene para cumplir con mucha eficacia esas pocas, pero trascendentales, tareas.

   Armando Ortuño Yáñez es investigador social.    

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El peor escenario

/ 30 de enero de 2021 / 03:54

La pandemia está desestructurando todas las certezas, estamos navegando en un océano de incertidumbres. Eso no justifica una bajada de brazos, al contrario, obliga a un manejo más sofisticado de la cuestión, no hacerse muchas ilusiones, reflexionar sobre el peor escenario y aprender de los errores cometidos en el pasado.

Si bien la vacunación abre una luz al final del túnel, su despliegue será lento, no exento de vicisitudes y demandante de una gran capacidad organizativa en el Estado. Para avanzar rápido y lograr una inmunización razonable en un semestre, se precisará vacunar a casi un millón de personas por mes. 

Mientras tanto, el virus seguirá entre nosotros, con su inevitable costo en vidas humanas. Estamos frente a dos fuentes de incertidumbre que son muy difíciles de controlar, la aceleración de contagios por la proliferación de nuevas cepas más dañinas del virus y el notable cansancio social, económico y psicológico de la población frente a renovadas restricciones de movilidad e interacción socioeconómica. El retorno rápido a cierta normalidad es una quimera.

Todos los Gobiernos seguirán atrapados en la imposible ecuación entre mayor expansión del contagio y más o menos restricciones que impliquen sacrificios quizás inasumibles por la población. En todos los casos serán severamente criticados. Se trata, pues, de una carrera contra el reloj y de búsqueda del escenario “menos peor”, un problema de manejo del tiempo y de las expectativas.

En Bolivia, la aceptabilidad social a restricciones radicales es difícil por la debilidad de los mecanismos estables de protección social, la falta de recursos y una estructura de empleo informal y concentrada en servicios y construcción en las grandes urbes. En la cuarentena de abril y mayo del año pasado se produjo una parálisis que dejó inactivo al 62% de los trabajadores urbanos y que redujo, en volumen total, sus ingresos laborales en un 70%. La gente solo aguantó porque tenía aún algunos ahorros y esperanzas de que era un esfuerzo temporal.

Los bonos son el principal instrumento para paliar esos costos y facilitar alguna paciencia social. Por supuesto, eso no pasa por mandar uniformados para obligar a que la gente se quede en sus casas. Eso podría funcionar un par de semanas, pero luego se cae, como sucedió el año pasado, en la ausencia de medidas que persuadan y generen confianza.

Tampoco la propia cuarentena es una opción sin problemas, sobre todo si se la entiende como un fin en sí mismo y no como un instrumento para otros objetivos sanitarios. El año pasado, el país vivió dos meses encerrado, durante los cuales la expansión del virus fue moderadamente contenida, pero sin que logrará evitar la tragedia de Trinidad ni el pico brutal de contagios que se desencadeno después. Entre fines de junio y mediados de septiembre se contabilizó un promedio diario de decesos de aproximadamente 60 personas por día. Ese fue el gran fracaso de Áñez, lanzarnos a una cuarentena que paralizó casi totalmente la economía, para postergar el pico de contagios, pero sin prever capacidades para enfrentar la ola de enfermos que iba a venir después de su relajamiento. Basta recordar que, en agosto, se hacía un promedio de 2.900 pruebas por día y había una tasa de positividad de un poco más del 50%.  

En síntesis, las vacunas son un potencial alivio, pero requieren estar acompañadas de una gestión inteligente de los tiempos, combinaciones y secuencias de varios tipos diferentes de políticas y acciones que deben ser pensadas en un horizonte flexible de seis meses. No parece aconsejable descartar ninguna opción porque no sabemos cómo puede evolucionar el virus, hay que trabajar siempre pensando en el peor, no en el mejor escenario. De hecho, quizás se deba evaluar la posibilidad de una cuarentena rígida en un momento dado, pero sabiendo que solo permite ganar tiempo, que no podrá ser muy larga, que debe estar acompañada de compensaciones y que deberá servir a ciertos objetivos y no solo ser una señal demagógica de que se está haciendo algo “enérgico” sin saber lo que viene después.

Armando Ortuño es investigador social.

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