Voces

martes 20 abr 2021 | Actualizado a 15:11

Poderosas y zorras

/ 28 de marzo de 2021 / 01:01

El Embajador de Francia tuvo el lindo gesto de enviarme el libro Femmes puissantes (Mujeres poderosas) de la periodista y feminista confesa Léa Salamé. A los pocos días, uno de mis mejores amigos me regaló Zorras, de otra periodista y escritora especializada en sexualidad, Noemí Casquet, quien también publicó Mala mujer. ¿Cuál leo primero? En eso llega a las oficinas del diario Nuevo mapa de actores en Bolivia, una última publicación de la fundación alemana Friedrich Ebert coordinada por Jan Souverain y José Luis Exeni. Ante la sed de comprender lo sucedido en el país desde las elecciones anuladas de 2019 decidí que las poderosas y las zorras tendrían que esperar. Como periodista, me fui corriendo al capítulo firmado por Susana Bejarano y Fernando Molina, La transformación restauradora del campo mediático: el alineamiento de los medios de comunicación con el bloque de poder postevista en noviembre de 2019. El título ya presenta el desenlace de un fenómeno que trae pocas sorpresas. El texto describe el campo mediático antes de la ruptura de 2019, identifica el nuevo bloque de poder nacido de la convulsión, analiza la reacción de los agentes mediáticos y marca los efectos de la tormenta política en el campo periodístico. El centro del estudio son los impresos bolivianos.

Como parte de LA RAZÓN, me intereso, subrayo y comparto aquí lo que toca a los impresos. En el estudio se hace referencia a que justo en los días posteriores a la asunción de Jeanine Áñez, el sindicato de LARAZÓN resiste la línea editorial de su medio y exige el despido de la directora Claudia Benavente. No es todo. “Los periodistas de este medio se expresaron públicamente en contra de su colega, el caricaturista Alejandro Salazar, lo que determinó que éste renunciara a su puesto”. Lo anterior es parte de los elementos que llevan a Bejarano y Molina a deducir que el cambio de la situación política nacional generó “el silenciamiento de los periodistas más relacionados con el régimen caído y la emergencia de la verdadera lealtad de clase de los demás”. Los autores siguen: “Los huelguistas de LA RAZÓN creyeron que este periódico cambiaría prontamente de dueños, toda vez que el empresario Carlos Gill estaba siendo investigado por sus relaciones con el gobierno de Morales”. Después de esta metamorfosis y mientras varios medios “cambiaron su línea editorial en 180 grados (…), LA RAZÓN mantuvo su perfil previo, por lo que su crisis interna se tornó crónica”.

Paralelamente, el periódico paceño Página Siete, señala el artículo, “a despecho de su escasa lectoría” empezó a desempeñar un papel clave en ese momento: auspiciaba encuestas electorales en las que el MAS siempre aparecía con una intención de voto menor a la que le daban otras empresas, “buscaba inducir a sus lectores a considerar los resultados finales del Tribunal Electoral como falsos, lo fueran o no”. El diario no estaba solo, detalla el estudio: la mayoría de ellos no dudó del fraude electoral, pero “Página Siete fue el medio que más extremó esta tendencia”. Con el gobierno de Áñez, sigue el análisis, Página Siete apoyó fervientemente al nuevo régimen e hicieron, con la mayoría de sus columnistas, una sistemática campaña para que no se asocie al nuevo gobierno con un golpe de Estado, llegando a despedir a la columnista María Galindo, una voz enfrentada contra el nuevo oficialismo. Mitificaron la revolución de los “pititas” con todo un libro. El apoyo mediático llegó a justificar la represión ejecutada por el gobierno. Sobre la caída del muro de la planta de Senkata en El Alto, “todos los medios, excepto LA RAZÓN, dijeron que el mismo fue volado con dinamita”. Ninguno se preguntó por qué la supuesta explosión no causó un hueco en la pared. El atentado dinamitero repetido en los medios permitió después hablar de terrorismo. “El único medio nacional que entrevistó a los protagonistas en los días inmediatamente posteriores a los hechos e incorporó su versión a los reportes que hizo fue LA RAZÓN” y más tarde “la inmensa mayoría de los grandes medios bolivianos, con la sola excepción de LA RAZÓN, no dio realce a las declaraciones de los afectados por las masacres a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos”.

La cereza de otro pastel: Ninguna asociación periodística protestó porque las cadenas Telesur y Russia Today fueran suspendidas de todos los servicios de cable del país.

Moraleja de este pastel: Más vale estar solo que mal acompañado.

Postdata: Ahora sí toca leer Zorras y Mujeres poderosas. El orden es lo de menos, la satisfacción es lo de más.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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De tigres pititas y tigres masistas

/ 10 de abril de 2021 / 22:35

Preludio: el 8 de abril, a las 8h45 se va Berta, la madre de la exdiputada masista en la línea de sucesión constitucional (antes que Áñez) a la presidencia, Susana Rivero. A las dos horas se va el hermano de Berta Guzmán, padre del ministro de Áñez, hoy preso, Rodrigo Guzmán. En dos horas Bolivia se sintetiza ante nuestros ojos.

El mismo 8 de abril. Un Achumani soleado cae sobre el estadio del Club The Strongest y las montañas paceñas parecen querer abrazar a los muchos invitados que llegaron a la celebración del 113 aniversario de Los más fuertes.

Este año se sopla la vela con dos vientos diferentes: el primero es la alegría del reencuentro. La pandemia que nos tiene arrinconados por el miedo de la frontera entre la vida y la muerte también ha rediseñado nuestra normalidad: confinamiento, barbijos cubresonrisas, distanciamiento, lluvia de alcohol, el temor de la cercanía de ese otro u otra. Sin embargo, cuando los tigres incondicionales llegan a su campo deportivo y se encuentran con sus pares, nada detiene el abrazo abarbijado; estos barbijos no saben ocultar las lágrimas que humedecen las miradas del reencuentro. Así se encontró mi papá, stronguista desde sus dos años por decisión de mis abuelos, con el gran jugador que se salvó de morir en el accidente aéreo de Viloco (dejándonos vacíos de nuestro equipo y haciéndonos así resilientes a lo peor). Néstor Benavente se abraza con Rolando Vargas, El Perro, mientras la banda de la Policía nos hace vibrar con la melodía de Collita. Este momento no tiene precio.

El segundo viento es el que se niega a llevarse las cenizas del quiebre institucional y peor aún, el quiebre social que también nos ha arrinconado en el miedo, el odio y el racismo desde la crisis poselectoral de 2019. Los policías no están agitando sus armas sobre los techos de sus regimientos, las cambiaron por sus instrumentos musicales y hoy están tocando las cuerdas de nuestros corazones paceños. Llega el presidente Luis Arce y está sentado al lado de las principales autoridades del Club y del alcalde Luis Revilla. Los dos resultaron ser poderosos stronguistas. Minutos después, cuando Arce recibe la distinción, una señora muy elegante de la fila de atrás le dice a su amiga de gafas de sol: “Para qué lo invitan a él”. Cuando, acto seguido, Revilla recibe la misma distinción, la misma voz comenta airosa: “A él sí”. A él, no; a él sí. ¿Pensarán lo mismo pero a la inversa las autoridades de sombrero, ponchos y chicotes en el pecho que miran todo de parados pero juntos, rodeando a la única mujer de pollera que los acompaña? ¿Por qué estos representantes indígenas no se sientan al lado de los invitados citadinos menos morenos? Me paro y les pregunto de dónde vienen y si son atigrados. “De Río Abajo” y “claro” son las dos respuestas. Ellos sí intentan acercarse al Presidente cuando sale a todo vapor perseguido por los lentes mediáticos. No logran saludarlo. Se quedan en su cancha a saborear una brocheta de carne.

Pese a las fronteras invisibles e injustas en medio de ese terreno de fútbol cumpleañero que finalmente nos reúne a moros y cristianos en la panza de mi tierno Tigre unificador, nadie grita “Bolivia dijo no”, nadie grita “Ahora sí, guerra civil”, nadie grita “Evo de nuevo, huevo carajo”. El tricampeón del fútbol boliviano ha logrado juntar a un presidente masista, a un alcalde solboísta, a un ministro masista, a un exviceministro añista, a señoras pititas, a indígenas de Río Abajo, a jugadores de todas las edades, a periodistas de todos los colores, a atigrados de todos los rincones. Pero no hay reconciliación, mi Tigre lo sabe porque no se miente. La muerte espera justicia, las heridas siguen abiertas, los temores se cruzan en la otredad, el racismo se pasea. Mi Tigre lo sabe y sabiéndolo nos abraza a todos entre sus amorosas patas tibias, nos pega a su cuerpo que conoce de heridas, que mordió derrotas, pero sobre todo que logra pararse cuando todo parece perdido y cortado con la muerte de los hermanos. Sobre su pelaje oro y negro nadie se atreve a decir “guerra civil”, nadie se atreve a decir “Evo de nuevo, huevo carajo”. La reconciliación no está cerca pero esa cancha de fútbol me hace gritar “¡Viiiivaaaaa el Strongest” mientras mi corazón me susurra “Viva Bolivia, carajo”.

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Mili y Pili

/ 14 de marzo de 2021 / 00:40

“Estoy más despistado que milico en biblioteca” dice el Papirri en su canción Un kusillo en Nottingham. Y claro, las dictaduras militares en nuestra casa latinoamericana pisotearon con sus pesadas botas las ganas de dibujar nuestros modelos de democracias impulsadas por fuerzas políticas extranjeras y engordadas por doctrinas simples y pobres de lo que para ellos es la patria. Mucho himno, mucha bandera, uniforme de gala, uniforme para la guerra, uniforme para trotar, gorrito con escudo, gorrito coqueto, casco para reprimir, accesorios de metal, balas por estrenar, botitas relucientes, todo en filas, todo a los gritos, cero ternura, cero derechos humanos, cero swing. La Policía, en más de un episodio de nuestras historias mestizas, se mostró como la hermana gemela, otra pero tan parecida. Como las gemelas españolas Mili y Pili, amorosas e imperfectas. Después de todo, inseparables.

Así, los copiados edificios de nuestras democracias, mitad calcados de los modelos todavía dominantes, mitad inspiradas en este continente moreno y sufrido, están esperando una respuesta inteligente y contemporánea sobre las fuerzas armadas y las fuerzas policiales a las que les podremos confiar no solo el orden, la seguridad sino la garantía del cumplimiento de nuestros derechos básicos. Pero la respuesta está en camino: hay borroneadas propuestas, gestos militares o policiales de transformación aislados, guiños individuales, hay deseos. El desafío es doble porque cualquier respuesta tiene primero que pasar por el diván de su estelar participación en las dictaduras y someterse al confesionario del pueblo. Las muertes, las torturas, las violaciones, el abuso o el racismo no se limpian con un patriota discurso en uniforme bien planchado.

La democracia boliviana plantea, a un año y tres meses de la sugerencia de renuncia del entonces presidente Evo Morales por parte del Comandante de las Fuerzas Armadas, la lucha de narrativas sobre “el golpe de Estado” o “la recuperación de la democracia” que hoy se debate esencialmente en los medios y redes. Lucha todavía por escribirse que, al margen de las posiciones, no puede mantener el antifaz al papel nuevamente protagónico y abusivo de militares y policías en la crisis poselectoral de 2019. 

La semana pasada la Fiscalía libró una orden de apremio contra Williams Kaliman y Sergio Orellana, excomandantes de las Fuerzas Armadas y contra Yuri Calderón, excomandante de la Policía por el caso de la renuncia de Evo Morales iniciado por la exdiputada del MAS Lidia Patty contra Luis Fernando Camacho y su padre, entre otros. No son actores aislados y hoy estamos llamados a leer con mayor claridad la renuncia de Morales asfixiado por protestas cívicas, motines policiales y la sugerencia de renuncia de las FFAA, a lo que se suma un todavía debatido informe de la OEA sobre las denuncias de fraude electoral, de acuerdo. Pero que la complejidad de esa ruptura institucional y de país no nuble los procesos que están llamados a esclarecer y sancionar las muertes bajo represión militar y policial. Sacaba, Senkata, Huayllani.

Por lo anterior y porque vivir la llegada de la pandemia bordada a mano dura por militares y policiales en las calles no fue el mejor escenario; porque ver sus helicópteros y tanques recorrer nuestros cotidianos golpeados por la cuarentena, la crisis económica y el miedo a la muerte es un amargo recuerdo del gobierno de la segunda mujer presidenta en el país; porque sus lógicas arbitrarias contagiaron a ciudadanos a detener nuestros vehículos para inspeccionarlos y someternos a interrogatorios antes de acceder a un determinado barrio; porque abonaron el miedo en los dos polos enfrentados en Bolivia, cae como bomba que esta semana Amparo Carvajal, presidenta de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, pida defender a los policías y militares investigados por los hechos de octubre y noviembre de 2019.

Sobre las masacres: no se mataron entre ellos, como afirmó Arturo Murillo, ministro de Gobierno de Áñez. Los mataron. Los mataron disparando por la espalda, los mataron disparando desde helicópteros, los mataron bajo la ausencia de periodistas y un ruidoso silencio de gran parte de los medios, los mataron en circunstancias que hoy se investigan. Pero los mataron. Y te están buscando, matador. Que te encuentren, que te pregunten, que te investiguen y que sea sin revanchismo político, sin mala fe, que sea conforme al cumplimiento equilibrado de la Justicia, que sea respetando tus derechos y respetando los derechos de tus compatriotas hoy ausentes.

   Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de agüita (segundo vaso)

/ 28 de febrero de 2021 / 01:09

Como en la cueca, no hay primera sin segunda en el esfuerzo por dar a nuestras hijas e hijos el acceso a una educación de calidad y cálida. Por eso en este rincón de papel anotamos las batallas contra las frustraciones acumuladas en este castillo de naipes que es la famosa educación virtual. Virtual, si hay señal de Internet. Educación, las narices.

Agüita pidió a su madre ese niño de primaria que no entendía lo que pasaba en la computadora durante una clase Zoom. Angustia y sed además de la impotencia de su mamá, la modista con trabajo hasta el cuello. Agua para educar con tanto en contra. Mirando estos días con cierto detenimiento, se dibuja con ternura cómo corre el agua de nuestra determinación.

Como el agua que transpiró una foto que La Razón publicó en su página editorial hace algunos días: una niña sentada en su banquito con su libro abierto y una minúscula pantalla al frente. Al lado, la madre vendiendo pan en la calle. El periodista Ricardo Bajo nos regaló un hermoso texto: “Esta es una clase presencial. La niña está aprendiendo el valor del trabajo y el esfuerzo de su madre. No hay Zoom que valga para tanta dignidad”. Inolvidable.

Así también corre el agua en la pequeña cartera de esa profesora de la Unidad Educativa San Gerardo, en Tupiza. Metió su mano de maestra/madre al bolsillo para arrancar a su salario el dinero suficiente para levantar sencillos cubículos de plástico blando y madera y así aislar un estudiante del otro. “No me interesa lo que haya gastado, lo que me interesa es que mis niños puedan aprender y estar sanos”, dijo a la prensa. El periódico Extra nos mostró a una de sus alumnas escribiendo dentro de su burbuja de amor. Entrañable.

Al lado de un mercado en Cochabamba, el Sindicato de Transporte Villa Pagador decidió hacerse a un lado para que su sede se convierta en un centro de educación a distancia donde estudiantes de escasos recursos hoy tienen conexión gratuita. Señal de Internet, sillas, par de mesas, distribución de barbijos y a estudiar se dijo. Eso es dotar de agua a los que más la necesitan. Sorprendente.

Y el agüita más dulce, más colorida y más aromática es la de esta abuelita del cruceño barrio Los Claveles que puso una gastada mesa de madera en la puerta de su casa para que su nieto Fabricio, de nueve años, despliegue las alas de sus libros, los cuadernos cuadriculados, un estuche con lápices a medio usar. Es el claro retrato del universo casi solitario de la educación en pandemia. Es “casi” porque los ojos bondadosos y pacientes de la abuela (que estudió hasta el tercero de primaria) lo acompañan desde su silla de plástico. “Si no tengo crédito, estoy en la obligación de conseguir dinero de donde sea para que al otro día pueda recargar mi celular”, dice a Extra desde allí. Guardiana de chinelas en calle de tierra, madre al cuadrado, ángel de la guarda. Celestial.

Agüita helada tiene que ser la que corre, nueve grados bajo cero, en esa clase presencial. Es el occidente rural donde sí hay clases cuerpo a cuerpo. Hay pocos estudiantes, varios kilómetros por caminar y la mañana trae ch’ullos valientes que aprenden contra el frío porque hay disciplina y porque hay ganas. Aves infinitas.

¿Y el agüita de la buena vecindad? Sí, corre, va de la casa menos pobre a la casa más pobre. Es sencillo como pan con queso: la vecina que tiene Internet abre su casa a estudiantes del barrio que no tienen señal, a los Chavos del ocho, del nueve, todos esos niños que no creen en la solidaridad, dependen de ella. Solidaridad. Muy parecida a la de las radioemisoras de los sindicatos mineros que emitirán clases a distancia.

Niña que lees al lado del pan recién horneado de tu madre, profesora verdadera profesora, chofer que sueñas con tu hijo recibiendo su diploma, abuelita eterna que haces buñuelos cuando termino mis tareas, imilla que alzas vuelo de cóndor cuando despiertas al sol, vecinos y vecinas de la pobreza, pequeño que aprenderás al son de la máquina de coser, pueblo soñador, pueblo creativo, pueblo decidido, venga a nosotros tu lucha, hágase tu buena voluntad en la tierra como en la tierra, dadnos hoy el agua de cada día, perdona a las autoridades y organismos internacionales, no te dejes caer en la impotencia y líbrate de la educación virtual. Amén.

   Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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A de agüita

Tantos encargos, tanta carencia y encima lidiar con la empresa proveedora de internet.

/ 13 de febrero de 2021 / 23:39

La pandemia nos cortó las alas sin piedad. Y el exministro de Educación Víctor Hugo Cárdenas nos cortó el derecho a la educación clausurando el año escolar. Después de las postergadas y postergadas elecciones, falta ver si el actual Gobierno logra devolver a nuestras hijas y a nuestros hijos, lo más amado que tenemos, el derecho pleno a la educación.

Julián, mi hijo, es un gran privilegiado. Sus padres podemos pagar una educación privada de envidiable calidad. Y ni así. Él cuenta con absoluta precisión los días, semanas, meses lejos del colegio. Casi un año de haber dejado su nido de socialización. Era viernes 20 de marzo, recuerda, cuando les dijeron que no habría clases un par de semanas. Par de semanas que dieron a luz un año de ausencia. Puertas cerradas, amigos por teléfono, clases desde el encierro de un departamento, mochila muerta de tristeza en la esquina de la pequeña habitación. Un día detrás de otro: directores, profesores, mamás, papás, chicas y chicos tratando de habitar el nuevo planeta de la distancia, de las nuevas tecnologías, de la carencia de miradas, de la huelga del contacto humano. ¿Cómo definirías este año? Triste, solitario, lento, dice Julián mientras una aguja atraviesa el pecho de su madre.

Valeria, además de ser mi amiga, es una trabajadora del hogar que con la muerte de su hermana en un minibús conducido por un irresponsable policía/transportista, aceptó hacerse cargo de su sobrina. La pequeña ya está en secundaria y su educación enmudeció todo el 2020. La niña cocinó, tejió, vio tele, hizo sopas de letras, desempolvó cuadernos, se hizo solitaria. Desde el 1 de febrero de este año están en campaña: comprar nuevo celular, saltar al vagón destartalado de la educación fiscal, entrar a los grupos de WhatsApp de las materias escolares que solo se hacen carne en la pantalla minúscula de un celular o de una vieja computadora. “Profesor, puede incluir a mi hija, ya tiene teléfono. Señores padres de familia, ya estamos entrando ASUM. No me puedo conectar, profesor. Les mando la tarea de química en el documento. No se puede abrir. Tiene que descargar Word, señora. Digan a qué hora son las clases porque hay un solo celular y tengo que salir a trabajar, profesor. No se abre el video. Hay que descargar BOR. No, eso es para los documentos, no es para videos. Cara animada de Don Ramón (de la vecindad del Chavo) mostrando que no entiende nada”. Risas multiplicadas. Reír para no llorar.

Calle treinta y pico del paceño barrio de Cota Cota. A la vuelta de la tienda, entre el vidriero y la peluquería está la modista/ mamá con su mesa larga llena de prendas por reparar y una tela para vestido todavía sin cortar. Tantos encargos, tanta carencia y encima lidiar con la empresa proveedora de internet. De lo contrario no hay escuela para el ch’iti de seis años que hoy se educa al lado de una máquina de coser. Mi madre llegó al lugar llevando un jean demasiado largo y se encontró con una modista desesperada y un niño arrinconado, detrás de las telas, pasando clases por Zoom. Había señal, había computadora de a peso, había una clase en desarrollo. Y al frente había también un niño tironeado por el miedo. ¿Está pasando clases? Pregunta la clienta. “Sí. Pero ni entiende él ni entiendo yo, esto es un desastre. Y yo con tanto trabajo”. Con pocos argumentos para levantar el ánimo, la extraña a ese hogar/trabajo aconseja hacer las cosas con calma, con paciencia. En eso, el niño que está como a ciegas delante de la computadora se da vuelta hacia la madre para pedir agua. “Dame agüita”.

Así estamos. Por favor, agüita para ese niño, agüita para todos los estudiantes, agüita para las mamás, agüita para los papás, agüita y vocación para los profesores, agüita para las autoridades estatales que tienen, prioritariamente, que sacarnos de esta caja llena de obscuridad y mitigar esa sensación de estafa de la educación virtual que está engendrando una generación cognitivamente deficiente, como me dijo un gran amigo. Agüita para todos.

     Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.    

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El silencio de las palabras

/ 31 de enero de 2021 / 00:22

El horóscopo chino anunciaba que el 2020 llegaba con la rata de metal: un nuevo gran ciclo, como el que vivimos el 1900, así, con sus turbulencias e inesperadas transformaciones. Vaya que sucedió. Pero no hace falta conocer ni creer en esta visión e interpretación china del tiempo. A estas alturas del 2021 quedó negro sobre blanco que ingresamos a un nuevo siglo y éste puso sobre la mesa un nuevo y desafiante gran capítulo de la historia universal.

Más allá de las consideraciones del debate científico sobre cómo actuar frente a esta pandemia, sale a flote la certeza de que esta enfermedad vehicula las fuerzas del poder y con ellas, los enormes desequilibrios económicos. Los núcleos políticos mundiales siguen ejerciendo la presión de sus respectivos intereses en su gestión de la enfermedad. A su vez, la economía del globo está siendo zarandeada por los vientos indolentes del sistema financiero predominante hasta quedar desnuda, sin escudos, sin un salvavidas que garantice un mínimo bienestar para las grandes mayorías. Hemos quedado a expensas de las medidas de un sistema sorprendido y acorralado. Estructuras estatales de todos los colores sumidas en múltiples crisis, empresas privadas en sus propios túneles sin luz, desigualdades obscenas en las cuatro esquinas, pobreza a secas a lo largo y ancho. Los medios de comunicación transmiten cifras, multiplican consignas, dan cuenta de las decisiones de autoridades, ponen gasolina a nuestros miedos. Las sociedades todas han sido sacudidas y no salen del aturdimiento.

Sin tardar, este sacudón llega a nuestras casas. Toca las puertas de nuestra intimidad. Toc, toc, toc. Y sin esperar, las abre de una patada. Nos encuentra con más o menos información, con más o menos consciencia, con más o menos vocación solidaria, con más o menos ahorros, con más o menos familiares vulnerables, con más o menos temores. Y promete dar lecciones.

Nuestro sistema de creencias amanece y anochece en un constante tambaleo. Nuestras economías familiares han sido perforadas. Nuestra salud tiembla bajo los truenos. Nuestro bienestar está en entredicho. Nuestros sueños quedaron suspendidos. En esta larga tormenta, ni los periódicos, ni los canales de televisión, ni las estaciones de radio, ni las redes, ni los discursos políticos ponen a nuestro alcance las palabras sanadoras. Esas que necesito para cerrar el abrazo a mi amiga del trabajo cuando despide a su mamá. Esas otras que quiero decir a mi hijo cuando su compañero de curso pierde a su padre. Y ésas que quisiera inventar para ese compañerito, niño que vi crecer y que hoy no tiene el abrazo de su papá. También las palabras para el mío, hace un año encerrado en un departamento viendo pasar un día después del otro, arrancado de todo, ahuyentando la tristeza. Nadie me regala las palabras que me hagan entender la partida de un amigo/hermano que se fue en estos días y que a fin de año había sellado en la pantalla de mi teléfono un: “Abrazo y donde sea que nos encuentre el año, estaremos en la misma trinchera”. ¿Y quién inventa las palabras portadoras de los nuevos sentidos que hacen falta para seguir respirando? ¿Quién escribe en una pared cómo hacemos para amanecer con tanto en contra? ¿Dónde se fueron las palabras que nos hagan sentir que todo es posible? No tenemos las letras suficientes para tejer y abrigarnos del frío en el que nos dejan los que se van. No hay mantas que reemplacen la piel de nuestro ser querido, el trabajo del cineasta que nos marcó, la agudeza del autor que nos esculpió, la urgencia del poeta que inventó mundos para hacernos más felices, el trazo de la mano creadora que se acaba de despedir. Estamos inertes frente a la foto de periódico del empresario que admiramos, impotentes vemos a los hijos de aquella mujer humilde que se fue en medio de sus carencias, mudos quedamos frente al líder indígena que se fue pateando el racismo. Día tras día sabemos que mueren más. Personas con nombre y sin nombre que componen las cifras de la pandemia. Números vacíos que dejan las plazas sin alma. Números que no saben contar el dolor de las ausencias, no saben traducir la pena.

Habrá que imaginar nuevas letras para inaugurar un nuevo abecedario. Uno capaz de parir las palabras que nos hagan entender lo que estamos viviendo, lo que estamos muriendo. Habrá que moldear nacientes sentidos que nos ayuden a pararnos, que acaricien nuestros corazones que quieren con todas sus fuerzas seguir latiendo.

Mundo perplejo. Mundo con barbijo. Mundo sin sonrisa. Mundo sin palabras.

        Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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