Voces

domingo 24 oct 2021 | Actualizado a 13:55

Poderosas y zorras

/ 28 de marzo de 2021 / 01:01

El Embajador de Francia tuvo el lindo gesto de enviarme el libro Femmes puissantes (Mujeres poderosas) de la periodista y feminista confesa Léa Salamé. A los pocos días, uno de mis mejores amigos me regaló Zorras, de otra periodista y escritora especializada en sexualidad, Noemí Casquet, quien también publicó Mala mujer. ¿Cuál leo primero? En eso llega a las oficinas del diario Nuevo mapa de actores en Bolivia, una última publicación de la fundación alemana Friedrich Ebert coordinada por Jan Souverain y José Luis Exeni. Ante la sed de comprender lo sucedido en el país desde las elecciones anuladas de 2019 decidí que las poderosas y las zorras tendrían que esperar. Como periodista, me fui corriendo al capítulo firmado por Susana Bejarano y Fernando Molina, La transformación restauradora del campo mediático: el alineamiento de los medios de comunicación con el bloque de poder postevista en noviembre de 2019. El título ya presenta el desenlace de un fenómeno que trae pocas sorpresas. El texto describe el campo mediático antes de la ruptura de 2019, identifica el nuevo bloque de poder nacido de la convulsión, analiza la reacción de los agentes mediáticos y marca los efectos de la tormenta política en el campo periodístico. El centro del estudio son los impresos bolivianos.

Como parte de LA RAZÓN, me intereso, subrayo y comparto aquí lo que toca a los impresos. En el estudio se hace referencia a que justo en los días posteriores a la asunción de Jeanine Áñez, el sindicato de LARAZÓN resiste la línea editorial de su medio y exige el despido de la directora Claudia Benavente. No es todo. “Los periodistas de este medio se expresaron públicamente en contra de su colega, el caricaturista Alejandro Salazar, lo que determinó que éste renunciara a su puesto”. Lo anterior es parte de los elementos que llevan a Bejarano y Molina a deducir que el cambio de la situación política nacional generó “el silenciamiento de los periodistas más relacionados con el régimen caído y la emergencia de la verdadera lealtad de clase de los demás”. Los autores siguen: “Los huelguistas de LA RAZÓN creyeron que este periódico cambiaría prontamente de dueños, toda vez que el empresario Carlos Gill estaba siendo investigado por sus relaciones con el gobierno de Morales”. Después de esta metamorfosis y mientras varios medios “cambiaron su línea editorial en 180 grados (…), LA RAZÓN mantuvo su perfil previo, por lo que su crisis interna se tornó crónica”.

Paralelamente, el periódico paceño Página Siete, señala el artículo, “a despecho de su escasa lectoría” empezó a desempeñar un papel clave en ese momento: auspiciaba encuestas electorales en las que el MAS siempre aparecía con una intención de voto menor a la que le daban otras empresas, “buscaba inducir a sus lectores a considerar los resultados finales del Tribunal Electoral como falsos, lo fueran o no”. El diario no estaba solo, detalla el estudio: la mayoría de ellos no dudó del fraude electoral, pero “Página Siete fue el medio que más extremó esta tendencia”. Con el gobierno de Áñez, sigue el análisis, Página Siete apoyó fervientemente al nuevo régimen e hicieron, con la mayoría de sus columnistas, una sistemática campaña para que no se asocie al nuevo gobierno con un golpe de Estado, llegando a despedir a la columnista María Galindo, una voz enfrentada contra el nuevo oficialismo. Mitificaron la revolución de los “pititas” con todo un libro. El apoyo mediático llegó a justificar la represión ejecutada por el gobierno. Sobre la caída del muro de la planta de Senkata en El Alto, “todos los medios, excepto LA RAZÓN, dijeron que el mismo fue volado con dinamita”. Ninguno se preguntó por qué la supuesta explosión no causó un hueco en la pared. El atentado dinamitero repetido en los medios permitió después hablar de terrorismo. “El único medio nacional que entrevistó a los protagonistas en los días inmediatamente posteriores a los hechos e incorporó su versión a los reportes que hizo fue LA RAZÓN” y más tarde “la inmensa mayoría de los grandes medios bolivianos, con la sola excepción de LA RAZÓN, no dio realce a las declaraciones de los afectados por las masacres a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos”.

La cereza de otro pastel: Ninguna asociación periodística protestó porque las cadenas Telesur y Russia Today fueran suspendidas de todos los servicios de cable del país.

Moraleja de este pastel: Más vale estar solo que mal acompañado.

Postdata: Ahora sí toca leer Zorras y Mujeres poderosas. El orden es lo de menos, la satisfacción es lo de más.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Cuatro historias, dos preguntas

/ 24 de octubre de 2021 / 01:04

Antonio Costas, exvicepresidente del Tribunal Supremo Electoral, contó hace días, en esta casa periodística, su irregular detención después de las elecciones de 2019: primero le dieron la bienvenida con un «callejón obscuro» en el Comando General de la Policía después de detenerlo en su casa a las 20.30 de aquel domingo. Patadas y puñetes estando él ya enmanillado. Les dicen, a él y a la entonces Presidenta del Tribunal Supremo Electoral, que los llevarían a la Fiscalía, pero en realidad los conducen al Comando de la Policía para exponerlos como vulgares delincuentes a los medios. Lo que sigue es tres meses en la cárcel de San Pedro. Suficiente tiempo para dar un curso de computación a los presos. Sigue un año y cuatro meses con detención domiciliaria. “En mi casa miraba el sol, no tomaba el sol; lo tomé cuando me fui a vacunar”, cuenta. «Acusados con un informe apócrifo de la OEA; nos acusaron de nueve delitos», recuerda Antonio. «11 delitos», corrige Idelfonso.

Idelfonso Mamani, vocal del TSE en 2019, vivió hostigamiento los días previos. Un viernes a las 17h00 se presentó a la Fiscalía. El Fiscal le dice que está ocupado y que vuelva el lunes. Así lo hace y el lunes lo detienen antes de tomarle su declaración informativa. No quisieron darle ni un vaso de agua. «No me permitían ni hablar», insiste. Misma receta: celdas policiales, celdas judiciales y a la cárcel. Fiscales y policías abusaron, a todas luces y en plena obscuridad mediática. A diferencia de Antonio, a Idelfonso le tocó un año en la cárcel de San Pedro. Hubo etapas en las que no permitían la visita de sus familiares, no le permitían el contacto con su abogado, tampoco salir a un centro de salud, repasa el abogado. Plena pandemia, se contagia de COVID. Es junio de 2020: sale a un centro médico custodiado pero no lo querían recibir. Por la amistad con un médico es internado y en algunos días se restablece. Como no había espacio allí, es trasladado a un centro de recuperación con una lista larga de medicamentos. En cuanto llega, las patrullas lo devuelven al penal; una vez que pasa la puerta de la prisión, le quitan los medicamentos, lo ingresan solo, a una celda, en el fondo de un callejón donde están estas carceletas de castigo. “No hay cama, puro cemento”, nos comparte Idelfonso. No hay nada. Sin tomar agua, sin alimentación, sin ropa. Prohibido ver a su familia durante días, otra vez. “No se podía ver ni al policía”. Se apiada un interno que intercede por él y lo sacan otra vez a un centro médico. Ni una palabra en los medios.

Esta semana la Embajada de Estados Unidos pidió en una carta al Gobierno boliviano el «desmantelamiento de grupos de seguridad paraestatales violentos». Solicitó que se apliquen las recomendaciones del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) y que se cumpla el anuncio de Luis Arce. Hay que saber que Kathryn Ledebur, activista de derechos humanos y directora de la Red Andina de Información, recibe hace dos años amenazas a su seguridad física. El documento enviado al Viceministro de Seguridad Ciudadana hace referencia a otras personas estadounidenses amenazadas por su trabajo en derechos humanos. La carta enfatiza la urgencia de la situación de Ledebur y solicita por tanto una acción inmediata. Imposible no pensar en Thomas Becker, abogado de las víctimas de la masacre de octubre 2003. Este norteamericano hoy está apoyando a las víctimas de las masacres de Senkata y Sacaba del gobierno de Jeanine Áñez. Thomas denunció en este mismo medio que en los últimos días recibió «ataques». El lunes del último paro cívico en el país, «grupos cívicos» lo rodearon en La Paz: que lo detendrían, que lo expulsarían o matarían. «Una posición irónica para quienes supuestamente protestan contra la persecución», escribió Thomas en su cuenta de Twitter. Kathryn, por su lado, apunta a la Resistencia Juvenil Cochala (UJC) cuando describe las amenazas recurrentes y el hostigamiento en su contra hace dos años. Circulan videos señalando dónde vive, la tildan de terrorista. Los abogados de los líderes de la UJC la acusaron de ser partidaria del MAS. En el actual contexto, no es un dato menor que la Embajada norteamericana haya reconocido el peligro de estos grupos paraestatales. Paulo Abrao, exsecretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, aplaudió el gesto. Mientras tanto, el actual Gobierno haría mal en olvidar por un minuto que el informe del GIEI confirmó la complicidad de miembros de fuerzas policiales con los grupos de choque de las resistencias civiles que operaron en su momento como fuerzas policiales y los bolivianos haríamos mal en pretender que aquí nada pasó.

Antonio Costas, Idelfonso Mamani, Kathryn Ledebur, Thomas Becker. ¿Qué une estas historias? ¿Y qué las diferencia?

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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El infierno católico

/ 10 de octubre de 2021 / 00:19

Más de 216.000 menores fueron sexualmente abusados en el vientre de la Iglesia Católica en Francia desde 1950. La cifra ascendería a 330.000 si se toma en cuenta abusos cometidos por laicos que trabajaron en instituciones religiosas, afirma la Comisión Independiente sobre los Abusos Sexuales en la Iglesia.

El silencio de la cúpula católica fue cruel con la sociedad. Esta semana, el papa Francisco expresó su inmenso dolor tras la publicación del esperado informe; agradeció a las víctimas haber tenido la valentía de denunciar esta terrible realidad. No es para menos, los abusos tuvieron un carácter sistémico. Son más de 2.000 páginas que documentan las historias del sufrimiento que sacerdotes y religiosos provocaron sobre todo en niños (chicos de entre 10 y 13 años representan un 80% de las víctimas). La mala noticia de verdad es que Francia no es la isla del horror: resulta que más de 3.670 niñas y niños fueron víctimas de abusos de religiosos en Alemania solo entre 1946 y 2014. Cambiemos de continente: en Estados Unidos se presentaron más de 11.000 denuncias. Vamos al norte y constataremos los escándalos en Canadá recientemente revelados. Vamos al sur del continente y se abrirán las escondidas cajas de sistemáticos abusos a menores en Chile o en vecinos países bajo el paraguas católico. Miremos las cifras con otro lente: de 115.000 sacerdotes censados en Francia en los últimos 70 años, se descubrió alrededor de 3.200 pederastas como estimación mínima. Francisco tiene razón cuando afirma que “es el momento de la vergüenza” y cuando constata que hoy la Iglesia Católica no es una casa segura. Sin embargo, el jefe de los obispos en Francia dijo, al día siguiente del demoledor informe, que el secreto de la confesión era más fuerte que las leyes. “No hay nada más fuerte que las leyes de la República en nuestro país” le soltó el portavoz del gobierno de Macron.

Mientras este último capítulo se despliega en medios europeos, solo en Bolivia se informó en esta última semana sobre un pastor sentenciado por violar a una decena de niñas. Le cuento, si no lo sabía: después de tres años de lucha por parte de las víctimas, la Justicia sentenció a 17 años de prisión a Bernardo Aramayo, un pastor evangélico que en 2009 violó y abusó sexualmente en Santa Cruz a más de diez niñas de 8, 9, 10 y 11 años. Se lo denunció en 2018. Pasaron años para poder saber que el pastor aprovechaba las clases de discipulado para intimidar a estas niñas y cometer sus abusos. Sus víctimas eran en su mayoría hijas de madres solteras. Las pruebas acumuladas no dejaron lugar a la duda: 17 años de cárcel y a rezar tras las rejas.

En las filas del dolor también encontramos personajes famosos. El escritor Vargas Llosa contó en una de las últimas entrevistas cómo fue víctima de un “hermano” del colegio en el que estudiaba. “Yo era muy católico (…) y lo fui hasta los 12 o 13 años cuando tuve un incidente con un hermano del colegio La Salle donde estuve primero en Bolivia y luego tres años en Lima. Fue un incidente de origen sexual”. Contó que este “hermano” era su profesor y que cuando el niño Vargas Llosa fue un día después de la distribución de las libretas al colegio prácticamente vacío, el citado hermano lo condujo a un quinto piso (donde tenían sus cuartos y no subían los estudiantes) y ya en su habitación sacó unas revistas mexicanas de desnudos, de bailarinas y las entregó a Marito. Este último las hojeó asustado hasta que, de pronto, descubrió que este hermano/profesor le estaba tocando la bragueta, como si quisiera masturbarlo. “Fue para mí un escándalo y yo me eché a llorar y a gritar”. El religioso se asustó y lo dejó salir pidiéndole que se calme. Lo que Varguitas no dijo porque de repente no lo asumió, es que la palabra “incidente” le queda corta a una experiencia que hirió seguramente su niñez y su vida como fueron heridas miles y miles de niñas y niños confiados al cuidado de sacerdotes y religiosos portadores de sus propios dolores, traumas, enfermedades, deformaciones bajo patrones comunes y que la Iglesia Católica y otras tienen que hacerse cargo mirándose con valentía en el espejo del infierno que habita en sus entrañas.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Loro y oro

/ 26 de septiembre de 2021 / 00:25

Los periódicos, y más los periódicos de papel, siguen siendo los misteriosos espejos de sus sociedades de carne y hueso. Lo son en sus informaciones, lo son en las opiniones de sus colaboradores o columnistas, lo son en sus interpretaciones periodísticas pero también tienen reflejo sus publicidades, sus necrológicos o sus fríos avisos clasificados. Recuerdo ahora mismo el trabajo del profesor e investigador belga Gabriel Ringlet que, en la Universidad Católica de Lovaina, publicó un largo análisis de los necrológicos de los diarios. Resulta apasionante constatar cómo en estos espacios pagados para anunciar la partida de nuestros seres queridos, se dibujan los contornos de los imaginarios que nos definen como colectividades. La manera de evocar la muerte, como las formas de expresar nuestro dolor y enviar condolencias, nos pinta de cuerpo entero y pone de manifiesto nuestros esquemas de creencias, de valores en los universos colectivamente compartidos. De una manera muy similar, los anuncios comerciales nos retratan en los códigos de nuestro relacionamiento: «Divorcios rápidos. Servicio garantizado. Bs 800»; «Gema divina, doctora del amor. Psíquica mentalista vidente. Elogiada y respetada en países internacionales de alto nivel. Avala amplios estudios, nuevas y antiguas técnicas en macumba blanca y magia africana. Sacude a tu pareja con habilidad. Domina el corazón y la mente con el elixir del amor, fumadas reales, acaba con los infieles humillados a tus pies. Eficacia y garantía, absoluta reserva», o un sencillo «¡Personal femenino! Aspecto ejecutivo. Asistentes auxiliares( traje formal)». Cientos de ejemplos dan cuenta de la manera cómo vendemos, compramos, buscamos, nos relacionamos.

Es en estas páginas, que en el caso de LA RAZÓN son las Páginas azules del Loro de Oro, donde una poeta cruceña decidió sembrar su palabra. Se llama Graciela González, es también artista visual y tocó las puertas de este periódico buscando compartir un arranque de locura creativa que, sin pensar un segundo, este medio escrito aceptó seguramente porque el apego a la palabra escrita nos hace más sensibles a la palabra creadora, a la que inaugura sentidos y nos inventa mundos. Con entusiasmo a izquierda y derecha, nos lanzamos con esta poeta a la piscina de los avisos del Lorito de Oro. Allí, en la sección Buses y minibuses, Graciela publicó: «Línea 57/confieso/que me siento cómoda en esta familiaridad/esta ruta siempre cambiante que/transitamos todos. Más abajo, en la sección Repuestos escribió: PANDEMIA EN TRÁNSITO/Vuelve a circular/volvemos a compartir/ el mismo aire». En otra hoja, bajo el título Profesionales, Graciela requiere: ¡URGENTE! JARDINERO/Marchito el recuerdo/lo riego y ya no florece./Está podrido amor mío/no trates de revivirlo/pertenece al olvido/Graciela María 70926721. Así, estos avisos/poemas se han insertado en varios rubros de estas páginas comerciales que no se fijan en la belleza de lo escrito, de lo sentido. Sin embargo, ese domingo 12 de septiembre, más de una persona en modo «compro/vendo/busco/encuentro» seguramente experimentó un quiebre rotundo en su quehacer comercial. Encontrar un poema mientras uno busca alquilar un departamento es el gol de media cancha que esta cruceña acaba de anotar en su carrera.

Graciela María González forma parte del colectivo «Por la recuperación de la memoria» y del taller de poesía «Llamarada verde», ha publicado sus primeros textos, ha ganado más de un premio y ha hecho más: ha sacado la poesía de su contexto natural. Todo comienza cuando cruza en la calle una persona que trae bolsas en los pies y, tiempo después, piensa reiteradas veces en buscar a este desconocido a través de un anuncio en el periódico. La idea no hizo sino prosperar en su cabeza. Nada raro: de niña, sus ojos se acostumbraron a pasear con deleite y curiosidad por estos anuncios clasificados deteniéndose en las ilustraciones, en las maneras de decir y de comunicar públicamente. Ya entonces ella inventaba historias para ella a partir de esos minúsculos textos. Y en este septiembre 2021 toma la decisión de escribir textos para cada categoría comercial que encuentra en nuestro Loro de Oro. Ese desafío la lleva a nuestra cotidianidad para ofrecernos poemas que se visten de anuncios. ¿Cómo no acompañar esta locura? ¿Cómo decir «no» a esta voz cruceña dispuesta a emocionarnos cuando menos lo esperamos? ¿Cómo privar a nuestros lectores de perlas de papel como: «RECUERDO EXTRAVIADO/ No es recuerdo tuyo./Me sumergí buscando tu nombre/para encontrarte palabra/ oculta/distante.»? ¿Cómo no subirnos a este sueño con Graciela? ¿Cómo negar papel periódico y tinta a la palabra alada?

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de Adair

/ 12 de septiembre de 2021 / 00:26

El anterior fin de semana, una noticia firmada por mi colega Mónica Arrien en LA RAZÓN me devolvió a las jornadas de la larga noche que Bolivia atravesó en una de sus más dolorosas rajaduras como sociedad: Periodista se salvó de la muerte a manos de un miembro de la RJC. Detrás de este titular hay un nombre propio: Adair Pinto.

Érase una vez un 12 de noviembre (2019, cuándo no); un medio de comunicación había encargado a Adair una cobertura periodística en la ciudad de La Paz. Caminaba hacia la Asamblea Legislativa cuando, de pronto, un capitán de la Policía lo detiene acusándolo de periodista vendido y extranjero, por lo tanto, tenía que abandonar el país. El acusado quiere defenderse y, cuenta él, es rodeado por más efectivos policiales. Le quitan el celular, lo golpean, le vendan los ojos y lo suben a una camioneta a plena luz del día. Alejados ya de este primer escenario, lo obligan a ponerse de rodillas, cuenta, sobre piedras diminutas. Le toca entonces recibir más golpes e insultos mientras le dicen voces con acentos bolivianos, argentinos y colombianos que es un terrorista que vino a Bolivia a armar la resistencia armada frente a la “recuperación de la democracia”. Falta más: vienen los escupitajos y sobran los insultos. En algún momento de la paliza llega una persona que lo saca de esta tortura argumentando a los agresores que Adair Pinto es un periodista y no un terrorista. Su defensa inesperada funciona y le permiten escapar con la condición de no mirar atrás. Qué habrá sentido el periodista cuando se dio cuenta, ya sin venda en los ojos, que estaba en las puertas del gran cuartel de Miraflores (vaya lugar para la ocasión). ¿Qué habrá ganado en ese cuerpo aquel minuto? ¿Se impuso el alivio, el temor, la indignación, la pura bronca? No falta, al día siguiente, quien le recomienda dejar el país pues ya era evidente que asumiría un nuevo gobierno en Bolivia apoyado, entre muchos actores sociales, por la Resistencia Juvenil Cochala (RJC). El periodista decide partir a Argentina, lugar de nacimiento de su padre; pero tarda más en ir que en volver por las razones de siempre: estar cerca de los suyos y trabajar.

¿Por qué este periodista boliviano-argentino paga todo este pato en plena crisis poselectoral? Parece que la madre del cordero de esta múltiple agresión es una de sus investigaciones periodísticas: “Obtuve los antecedentes de los líderes de la RJC; todos tenían prontuario delincuencial, fueron expulsados por FBI de Estados Unidos por estar vinculados al tráfico de armas y drogas con la Mara Salvatrucha de El Salvador”. La denuncia, como plantea la nota de Arrien, casi le cuesta la vida. El 1 de febrero de 2020, el taxi en el que se transportaba en Cochabamba es interceptado por tres personas: Roger, Harold y Cristian. Los hermanitos Revuelta. La canción es la misma: lo insultan, lo golpean y uno remata hiriéndolo con un arma blanca varias veces. La gente en el lugar trata de ayudarlo; la Policía, no. Posteriormente a este último ataque, el agresor es detenido preventivamente mientras el periodista, encerrado en su libertad, recibe las amenazas de noviembre. November rain. Adair le cuenta a mi colega en esa larga entrevista cómo motociclistas rondaban su casa para presionarlo a retirar la denuncia; le cuenta cómo tuvo que ir a vivir con sus padres mientras sus familiares vigilaban por turnos su casa desde una terraza, pendientes de las motos de los jóvenes de esta Resistencia que para algunos es necesaria. ¿Hubo amparo para Adair? Él mismo buscó proteger sus derechos. Respondió la Defensoría del Pueblo, ayudó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y actuó el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Así, gracias a estos amparos, vuelve a Argentina en marzo de 2020, en plena pandemia. Y colorín colorado, este cuento no ha terminado porque como muchas historias nacidas de nuestra noche boliviana, está en pleno proceso de reconocimiento, está buscando las palabras para contarse y unirse al gran rompecabezas de un país quebrado donde el sufrimiento de las víctimas no tiene partido político, es el dolor y la vergüenza de habernos apuñalado como sociedad. Debe ser este dolor y esta vergüenza que explican que hoy muchos evitan mirar al otro. Las miradas se evitan en el mercado, en las oficinas públicas, en el centro de vacunación, en el bus, en los bancos. No hay contacto visual, no hay palabras que hoy nos acerquen. Esta A amante está entre quienes sí creen que el país está profundamente dividido y herido. Los medios están diariamente llenos de declaraciones de una parte y otra de las lecturas políticas de la noche que pasamos. Las calles están llenas de silencios adoloridos. Y eso duele.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La fotografía

/ 29 de agosto de 2021 / 00:31

Hubo fraude y no golpe; hubo golpe y no fraude, hubo fraude y golpe; no hubo fraude ni golpe; me importa un rábano y otro rábano. Éstas son las principales categorías pero no las únicas de los posicionamientos de los bolivianos respecto de los dramáticos acontecimientos que estallan durante el recuento de votos de las elecciones generales del 2019. El primer informe de la OEA bajo la dirección del entonces secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Paulo Abrão, ya planteaba los grandes ejes del descalabro. Sin embargo, las trabas del gobierno transitorio y el papel de Luis Almagro en la salida de Abrão quitaron impulso a un trabajo que hace pocos días recobró fuerza y verdad con las cientos de páginas entregadas por el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI). Los principales actores públicos leyeron con los lentes de sus intereses políticos, de sus verdades preestablecidas y caprichosas. Así, hay tantas lecturas como intencionalidades. Bajo ese mismo derecho, pongo en este cuadrado de papel o pedacito de pantalla, la lectura de la A amante que en situaciones como ésta quiere ser más amante que parlante, más amante que pensante.

El documento sobre la violencia y la violación de derechos humanos en 2019 muestra la indolencia con la que se trató, desde el poder, al prójimo, a la prójima. Información ampliamente sustentada que a su vez es la foto de un Estado raquítico y una democracia contaminada de odio político y de un racismo de siglos, una sociedad quebrada por la diferencia y el desprecio, todo representado en medios de información presos de los mismos síntomas, repitiendo los discursos irracionales de que se mataron entre ellos o de que querían volar la planta de Senkata sin buscar en esos días, a las víctimas de la violencia y la muerte. Y tantas esquinas en las que grupos física o simbólicamente violentos hacían el streap tease de su mezquindad y su intolerancia.

Acabamos de recordar los 50 años del golpe banzerista del 21 de agosto de 1971 y resulta que nuestra celda sigue siendo la misma. Se perpetraron, en nuestras narices, masacres, ejecuciones sumarias, torturas, persecuciones, detenciones ilegales, violencia sexual, todo envuelto en discursos de odio, decorado con variedad de actos racistas. Nuestra celda, como en el pequeño mundo de Banzer, es obscura, fría y apesta.

Esta A amante está del lado de las víctimas. Es, como siempre, el lado de los más desamparados, de los discriminados, de los pobres, de las mujeres, de los indígenas. Es un lado que está a espaldas del Estado. Ay, el Estado: esa estructura sin rostro que quiere estar en todo y está en tan poco; esa criatura de piel helada; extendió su brazo policial y su brazo militar con la autorización de un gobierno transitorio extraviado en su poder y ciego en su venganza. No fue para abrazar y defender a su pueblo, como insiste alguna activista de los derechos de ciertos humanos únicamente, fue para disparar, para torturar, para agredir sexualmente a las mujeres pobres e indígenas. Como hicieron ciertos médicos de este mismo Estado atrofiado cuando se negaron a atender, por ser “indios” o “masistas”, a los heridos de bala de esos días. Está escrito en el informe. Está sellado en el corazón y en la memoria y después de este documento, no podemos dar un paso más con estas Fuerzas Armadas, no podemos dar un paso más con esta Policía.

En ese otro lado también está el sistema de justicia con sus tentáculos corruptos, con sus omisiones, con sus acomodos al poder del día, con sus laberintos que nos están enfermando como sociedad. Ni un paso más con este sistema judicial que detiene ilegalmente, que funciona según el color político de turno en el poder o según el color de nuestra piel.

En los últimos días el país se volvió a tensionar con el debate sobre las condiciones de Jeanine Áñez en la cárcel y, pese a tener delante de nosotros este informe que nos está suplicando actuar con honestidad, responsabilidad y justicia, los enfrentamientos en la puerta de la cárcel de mujeres nos volvieron a poner en el borde. Ante la indolencia con una mujer presa que hoy sufre, las exigencias de respeto de los derechos visiblemente selectivas que guardaron un sonoro silencio cuando se violaron los derechos fundamentales de otras mujeres y hombres durante el gobierno transitorio o los insultos más hirientes al que levanta una wiphala, se abre un vacío que corta las venas de este país que es nuestra única casa. Es un vacío que nos persigue. Es el vacío del milenario desencuentro.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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