Sunday 14 Jul 2024 | Actualizado a 10:31 AM

La A de Anaís

/ 24 de marzo de 2024 / 01:33

No hay columna honesta si esta A no comienza admitiendo que en casa no hubo gran expectativa por el día del Censo. Ni siquiera fue un tema a comentarse en la cena, nuestro congreso en la cocina cada final de jornada. Solo se tenía en mente y en agenda que no se salía en todo el día. El único cabo suelto: ¿podremos sacar a Frida y Diego a que hagan pis?

Así, en medio del tra la la del trabajo, del colegio, de las tareas, de los trámites pendientes, de los quehaceres que siempre están haciendo fila en la mente, llegamos al sábado 23 de marzo. Dormiremos como reyes. Nada, señoritos, hay lecciones por preparar, textos por escribir, páginas por revisar, llamadas por hacer… Por suerte nos pusimos en ruta antes de las ocho porque nuestra censista llegó sobre las nueve de la mañana. Mi vecino en el edificio nos informa que el equipo del Censo llegó y que comenzará por el último piso. Fue solo en ese momento que nos entró en la mente la verdadera dimensión del Censo. Es verdad, esto es serio, están aquí.

Comenzamos todos a correr de aquí para allá. Llegaba la visita. Y así, el Estado tocó a nuestra puerta. El Estado era una joven boliviana, alta, delgada, universitaria de 22 años (eso me chismeó mi vecina), cabello negro bien sujetado en una cola, lindos ojos obscuros, poco maquillaje. Muy amable, diría dulce, se identificó e inmediatamente la invitamos a nuestra sala. Nosotros mirábamos su chaqueta negra, su jean y sus zapatillas blancas mientras Anaís ponía en orden sus documentos, con lápiz en mano, comenzó el cuestionario.

Cuando hubo que determinar quién es jefe de hogar, ella fue testigo de miradas cruzándose sin semáforo. Comenzamos. Gracias a la seriedad y amabilidad de la joven terminamos antes de lo que imaginamos. Se disculpó de no aceptar ni el jugo ni el café que le ofrecimos. Cuenta mi vecina que ya en el piso dos dio luz verde a una gelatina de color con plátano.

Llenado el cuestionario, cerramos la puerta después de dar las gracias y despedirnos. Y entonces el Censo tuvo una primera evaluación en mi pequeña comunidad. Qué afable, qué seria, qué bien hizo su trabajo Anaís. Comenzamos a imaginar entonces todo lo que se puede hacer con esa enorme estadística pronto a disposición. Cuántos somos, cómo vivimos y cómo nos reorganizamos en políticas públicas y en asignación de recursos. Sólo en ese momento se hizo de carne y hueso el operativo más grande de nuestra historia. Sólo en ese momento pensamos, de verdad que, como Bolivia, nos estamos mirando al espejo.

Un día de encierro entre nuestras paredes precedido de un día en el que se despliega una de nuestras innegables características como sociedad: correr a los mercados, armar filas kilométricas en los supermercados, hacer la lista mental de lo que nos puede faltar durante 24 horas sin salir, sobre todo sin comprar. ¿Y heladitos para el postre? A correr a la tienda, que todavía está abierta.

Esa mañana se fue Anaís con su mochila rosada y plomo, con su cabello negro bien recogido y su buena educación. Y pasaron las horas restantes entre nosotros, los habitantes del mejor lugar del mundo. Solo entre nosotros. Como en otros momentos de la historia última de nuestro país. La gran y esperanzadora diferencia es que este sábado nos quedamos en casa no porque una inconmovible pandemia nos puso contra la pared, llevándose a los nuestros, o encerrándolos y atemorizándolos hasta debilitarlos en su más íntima esencia como hizo ella con mi papá. Nos quedamos en casa no porque el país se está partiendo entre quienes creen que hubo fraude en las elecciones y quienes denuncian un golpe, todos alrededor de la gran fogata del odio y la desconfianza, todos testigos de las muertes de nuestros compatriotas. Nos quedamos adentro no porque temíamos que ese enemigo que construimos se entre a nuestra casa o a nuestro edificio para agredirnos, para violentarnos, para incendiarlo todo. Nos quedamos en casa para esperar a Anaís y ofrecerle un jugo o un café. Nos quedamos en casa para encontrarnos con ese otro que también posee en sus manos este país. Nos quedamos en casa para comunicarnos de alguna manera con quienes viven arriba, abajo, al lado, al frente y descubrirnos parte de una comunidad. Nos quedamos en casa para volver al núcleo de los más cercanos en absoluta tranquilidad y sentirnos acompañados, abrigados, en paz. Responder a las preguntas de Anaís, fue, para los míos, tomar conciencia de la infinita fortuna de vivir juntos, de estar sanos, en la tranquilidad de contar con un techo, en la alegría de contar con un trabajo, en el milagro de compartir pan en la mesa. El mundo se detuvo para reencontrarnos.

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

Golpes, golpes, golpes

/ 14 de julio de 2024 / 00:12

Al Chino Arandia, baleado por los militares

Hay golpes y golpes. No lo sabremos en Bolivia, donde registramos la mayor cantidad de asonadas militares respecto de la región. El boliviano José Roberto Arze sostiene que un golpe de Estado es “un cambio súbito y violento de la autoridad gubernamental al margen del orden institucional”. También dice que un golpe puede ser popular o impopular. Puede, por otro lado, darse un golpe a un golpista. Varios autores han diferenciado en los últimos años los golpes duros de los golpes blandos. Toda una telaraña que motivó al equipo del programa Piedra, papel y tinta a invitar a tres conocedores e interesados en esta problemática: Loreta Tellería, Gabriela Reyes y Juan Ramón Quintana. La pregunta de inicio y de final: dónde está el centro de la definición de un golpe de Estado y cuánto debe preocupar al conjunto del país el espíritu golpista de las Fuerzas Armadas Bolivianas (FFAA).

Tellería comienza alertando de las diferencias entre los golpes de siglo XIX, por ejemplo, y los de estos tiempos. Ayer u hoy, el actante infaltable: las FFAA; el ingrediente básico: la fragilidad de los gobiernos políticos legalmente constituidos; la acción indeseable pero recurrente: violencia armada. En este punto, Reyes hace bien en precisar que puede haber tanto una demostración de la violencia, o su alarde, como el pasado 26 de junio, como un uso propiamente de la violencia y recuerda que el otro abuso (casi instintivo) de los golpistas es cortar las comunicaciones, un gesto penosamente aprendido en tantos ámbitos de nuestros espacios cotidianos. Ojo, la receta no está completa. Quintana añade más ingredientes: el más doloroso, las masacres; el menos visible, los intereses económicos internos o externos que disparan (nunca mejor dicho) las acciones golpistas y el alcance territorial, es decir, la fuerza o no de superar su inicio local para coronarse como poder forzado a nivel nacional.

Los golpes, a lo largo de nuestra historia como República y después Estado, han cambiado, como serpientes, de piel: primero como parte del proceso de la constitución republicana, posteriormente como una escalera para posicionarse desde determinadas élites, ya en el siglo XX con el uniforme de acción política militarizada no pocas veces vinculada a Estados Unidos, bajo su conocida intervención en la formación de las capas militares bolivianas. Para leer con más precisión este siglo XXI, Loreta Tellería invita a descifrar los códigos cruzados de los últimos momentos geopolíticos. Hoy, Bolivia ya no es sinónimo de Diablo Etcheverry sino de “litio” y el peor acompañamiento a este plato de fondo es la incertidumbre cuando no el atraso en las políticas estatales y la inestabilidad política (responsabilidad de toda la clase dirigencial que nos ha mostrado uno de los peores espectáculos de su mezquindad en el último tiempo). Loreta no titubea cuando plantea que existen cero diferencias entre Busch, Barrientos, García Meza, Kaliman o Zúñiga: todos ellos se ponen su trajecito de campaña, se miran al espejo y se dicen a sí mismos que van a dar “estabilidad a su país”, tan fácil como cantar, firmes, un himno nacional en la plaza de su esquina.

¿Cómo se gestiona a las FFAA para evitar estas borracheras golpistas? Quintana no duda en ponerle el cartel de “fracaso” a lo hecho en este tema durante el no corto gobierno de Evo Morales (aunque él habla más bien del sistema político y de la propia ciudadanía en la acumulación de un espíritu autoritario), además de subrayar la dimensión colonial (expresada en gran parte en la eterna tensión entre militares y policías). Y como baño de crema a todo este pastel, el exminstro plantea que hoy toca el fracaso de lo que llama un modelo patrimonial (culpa a Luis Arce sin anestesia) que, dice, consiste en concebir a las FFAA como un instrumento, como una extensión del poder político. Así explica que Zúñiga haya acariciado el control del mundo militar desde las entrañas de los servicios de inteligencia. Al otro exministro Reymi Ferreira no le falta razón cuando justifica sus dudas sobre la tesis del autogolpe: ¿qué ganaría el presidente Arce con esta planificación?, ¿por qué se arriesgaría Zúñiga a veinte años de cárcel? Sumado esto al apoyo cero de parte de movimientos cívicos o de los propios sectores empresariales.

Lo que a los no especialistas en asuntos militares nos queda claro a estas alturas del partido es que ni con Morales ni con Arce se logró bajar del caballo del autoritarismo a los dueños de los tanques y las armas. Lo que ya podemos sacar en limpio, después de 2019 y 2024, es que hay que poner mayor atención al factor militar boliviano; sacamos en limpio que cuando no se hace justicia, se deja la puerta entreabierta a los mismos fantasmas en trajecito de campaña; sacamos en limpio que la bota militar sigue siendo un espacio incontrolado, un cruce de distantes intereses y ambiciones. La bota militar sigue siendo una amenaza para la población que vota, que elige, una amenaza para los más humildes que mueren con disparos por la espalda. La bota militar está en crisis y a su diván arrastra al sistema democrático, a nuestra seguridad y a nuestra tranquilidad.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Chuquiago blues

/ 30 de junio de 2024 / 00:06

Siete de la mañana con 24 minutos. “Buenos días, querida Claudia. Comunicarte que Edgar nos dejó anoche”. Lo escribió Hellen, su warmi siempre amorosa. El resto de los minutos y de las horas de ese jueves de ceniza se hizo un nudo casi imposible de desatar. ¿Cómo se desenredan los recuerdos? ¿Cómo se ordena tanta risa? ¿Cómo se entiende que su voz no será más la misma? ¿Cómo es posible que el Chino Arandia ya no esté? La impotencia ante la ausencia física quiere escapar a través de una foto. Al llegar al periódico la encuentro: la imagen es de un viernes de Carnaval, Edgar fue convocado al programa Piedra, papel y tinta para hablar de los sentidos de la alegría y los excesos de este tiempo húmedo. Invitado y entrevistadora se han puesto sus trajes de pepino. La imagen ha congelado su ternura. La foto lo retrata de cuerpo entero: pepino paceño envuelto en serpentina y saberes cosechados en sus libros y en sus comprometidas observaciones de los mundos populares. “En carnaval he debido acabar tres pepinos”, dijo con firmeza y seriedad en aquella entrevista. Se entiende, entonces, la convicción y el cariño con los que pintó uno de sus cuadros más imantados: Miércoles de ceniza. Es el pepino después de la larga fiesta de la vida. Hoy se comprueba que ese pepino eterno es él, después de la celebración generosa que fue su vida presencial entre nosotros. “Adoro el carnaval porque es el festín existencial”, dijo en esa mañana que se acercaba al taypi.

Falta saber, solo por curiosidad, en qué momento el Chino Arandia da cuerpo a los trazos que lo definen como alguien irrepetible: ¿en el conventillo de la Genaro Sanjinés, jugando con los vecinos de su tanda, o en las clases nocturnas del colegio Ayacucho? ¿En la dureza de ser obrero de una imprenta o cuando comienza a pintar sabiendo que debía mantener a los suyos? ¿Cuando miró su título de antropólogo o cuando Banzer lo hizo tomar preso bajo su dictadura y destruyó su biblioteca personal? ¿Cuando se publicó su libro de poesía Chuquiago blues o cuando comenzó a investigar la religiosidad popular mirándose en un brillante espejo o en medio de sus cómplices, los Beneméritos de la utopía? ¿Cuando redujo su paleta a cinco colores para inaugurar sus propios pigmentos o cuando enseñó a esos jóvenes estudiantes que este viernes de agradecimiento llegaron con un par de flores a su velatorio en el Palacio Chico de la sede de gobierno? ¿Tendrá que ver el hecho de haber nacido en la Chuquiago Marka de 1950 o el haber hecho girar su matraca hasta el infinito? ¿Se graduó de “Edgar Arandia” cuando terminó de pintar ese pepino que hoy no deja de mirarnos mientras nos nubla su ausencia física o cuando la dictadura lo baleó?

Uno de sus amigos, Manuel Monroy Chazarreta se pregunta menos y responde más en un texto que se levantó como espuma de sus dedos: “Dicen que están llorando todas las ñatitas de la Jaén y las del cementerio más. Eso dicen. No saben pues, hermano Chino, que los has mamado, que estás colado para siempre en los pigmentos del amanecer, que te quedas para siempre rebotando de chuta cholero por cualquier fiesta del Altiplano”.

Y sí, me convenció el Papirri que este escribujante del goce, la belleza y la resistencia se quedará en la mirada de los llok’allas del Ayacucho, en los sueños de la gente pobre. Hoy miro nuevamente sus mundos en colores honestos y descubro que ni queriendo se irá de esta Bolivia mestiza que ha contemplado con lucidez, con compromiso, con ilusión.

Al final de esta semana de ceniza, Chino Arandia, nadie duda que las galerías de arte, tu oficina en ese Palacio Chico o en el Museo Nacional de Arte nunca pudieron competir con tus verdaderos y eternos hogares: la entrada de pepinos, el mercado abundante, el esplendor de la banda en el Gran Poder, el plato donde revienta la papa, donde se multiplican las habas y bendice el queso, los calores y colores en tus pinceles y lápices, los brazos leales de tus abuelos, las venas abiertas de tu Chuquiago Marka.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Hay niños hasta en la sopa

/ 16 de junio de 2024 / 00:07

Los violadores pueden estar hasta debajo de una piedra. Un portero del colegio, un profesor de la escuela, un chofer de taxi, un amigo de la familia que se quedó en una borrachera, un hermano, un padrastro, un padre biológico, un abuelo, un primo, un inquilino, un tío, un amigo del marido, un docente universitario, un compañero del colegio, un vecino, un actor famoso, un presidente de Estado, un diputado, un médico, un albañil, un censista el día del censo, un esposo, un policía, una pareja, una expareja, un desconocido al final de un callejón, un amigo, un delincuente, un jefe… En esta interminable lista de posibilidades, el peor de todos es el sacerdote.

¿Cuántas veces quedamos boquiabiertos con las noticias que confirmaban una violación de parte de un cura o un pastor evangélico a una niña, una adolescente, una mujer casada, un niño o un joven? ¿Y cuántas veces una noticia enterró a otra dejando estas violaciones en el silencio mediático, cuando no en el silencio judicial? ¿Y por qué esta A amante vuelve a escribir sobre los casos de abuso sexual de parte de religiosos? Gracias por la pregunta.

El dolor, la indignación y la más humana bronca empujan a volver al asunto porque los abusadores sexuales que tapan sus delitos con el manto de la religión, de la fe, del amor con mayúscula, son los peores entre los peores delincuentes. Son execrables porque son los delincuentes doblemente abusadores por su hipocresía. Ellos sí que se irán al mismísimo infierno si no están durmiendo con el demonio al que nos enseñaron a temer.

Ahí está la foto: el sacerdote pederasta Alfonso Pedrajas, con una guitarra entre las manos, cantando al lado de Luis Tó Gonzáles, otro pederasta, rodeados por jóvenes bolivianos con las cabezas inclinadas mirando las páginas de sus libros. ¿Son sólo acusaciones malintencionadas de enemigos de la Iglesia Católica? No es así, creyentes y no creyentes. El jesuita Alfonso Pedrajas dejó un diario cuya existencia es hoy pública gracias a un sobrino que entregó el texto al periódico español El País. En el diario admite haber abusado de 85 menores bajo la protección de sus superiores. Los textos son escalofriantes. En el mismo diario cita a quien está a su lado en esa foto: Luis Tó. ¿Que se acusa injustamente a Tó? Ya son públicas las cartas que certifican el traslado (estrategia tan recurrente) de Tó de Barcelona a La Paz en 1992, justo un mes después de su condena en la Audiencia de Barcelona por abusos sexuales a menores. Tiempo después, el pecador es enviado a la parroquia Virgen Milagrosa en El Alto. Ya en 1994, un responsable del colegio Casp advierte al provincial de los jesuitas en Bolivia, Marcos Recolons, que tenían indicios de que Tó podría estar abusando de menores. Lo que no es indicio es que los jesuitas mintieron en 2018 cuando afirmaron que Tó no estuvo en contacto con niños. En 2001 un novicio de los jesuitas denuncia a sus superiores que Tó abusaba de menores indígenas. La reacción fue expulsar al denunciante Pedro Lima. Y mandan a Tó a Perú. Después de un año allí, Luis Tó le pide a Recolons volver a Bolivia. La respuesta es afirmativa: un puesto en la dirección de Fe y Alegría, la entidad que gestiona colegios en nuestro país. Recolons remata la gran solución con esta medida de seguridad: “Lo que no me queda claro es si conviene que vivas en Següencoma o en San Calixto, porque en Següencoma hay niños hasta en la sopa (bueno, un poco menos)”.

La bronca y el dolor que dictan estas líneas no es por el caso Pedrajas. No es por el caso Tó. El caso es que son más. Son decenas y decenas. Son centenas. Son miles y miles de casos de violaciones, de abusos sexuales practicados por sacerdotes y miembros de la Iglesia Católica en Bolivia, en España, en Francia, en Estados Unidos… No son únicamente los religiosos católicos, de acuerdo. La bronca de este rincón de papel es primero contra los curas católicos por una fundamental razón: mi abuela me enseñó a rezar en católico, a tener fe en católico, a amar en católico y hoy solo queda agradecer que la abuela se haya ido sin saber de este inhumano escándalo que desnuda la peor miseria que puede habitar en un hombre, católico o no.

Entrevistamos hace pocos días al denunciante Pedro Lima. Recordó ante nuestras cámaras la respuesta cuando confrontó al violador: “Estás exagerando. Deberías olvidarte del tema, eran niñas aymaras indígenas, son pequeñas, ya se han debido olvidar”. Ni olvido ni perdón. Ni olvido ni perdón. Ni olvido ni perdón.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

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Villa Fiorito

/ 2 de junio de 2024 / 00:05

Érase una vez una A que, en una visita a Buenos Aires, optó prioritariamente por conocer uno de los museos más argentinos, más genuinos, más urgentes: la casa de Diego Armando Maradona. Su residencia primera, luego de la firma de su inicial contrato como futbolista. Lascano 2257. La Paternal. La emoción comienza desde la entrada, con el viejo auto de Diego estacionado en la puerta. Sigue en el pasillo de ingreso, en la sala, en la cocina, en el patio… ahí están las fotos de su padre y doña Tota, las de los hermanos. Prueba suficiente de que son en verdad los espacios, los muebles, los objetos. Estamos en la Capilla Sixtina. El sentimiento llega a su tope cuando se ingresa a su habitación: la misma cama, la misma colcha, sus botines, sus discos de Milanés y de Ramona Galarza. Ahí está la foto del Cebollita con sus audífonos, sentado en el piso, al lado del viejo tocadiscos. ¿Estaría escuchando Merceditas? Así nació nuestro querer, con ilusión, con mucha fe, pero no sé por qué la flor se marchitó y muriendo fue. Esta A lo ama con loco amor. Y en nombre de ese amor pedí ir más arriba, subir al origen de todo, llegar a la cima de su primer hogar, allá, loco, en el lugar más tibio de Villa Fiorito. No se pudo en ese entonces. Se pudo hace una semana y traigo entre las manos un corazón ardiente por lo que vio.

El breve espacio en que no estás, como anticipaba y cantaba para él Pablo Milanés. Todavía quedan restos de humedad. Ese breve espacio es un rincón bonaerense del que nadie quiere acordarse. Ni siquiera el Pelusa, que reconoció que en esa villa miseria la pelota era su salvación: ”En realidad yo jugué al fútbol pensando siempre en comprarle la casa a mis viejos… y nunca volver a Fiorito”. Y así fue.

El marco de Fiorito es la basura amontonada; las carretillas de los cartoneros; es un pibito de unos siete años mirando el lente del celular, sin soltar su basurero; es un caballito pobre echado en la puerta de una casita villera; la certeza es, milagroso, un cartelito de media muerte: Calle Diego Armando Maradona. Llegamos al punto cero del Pelusa.

¿Esta es la casa? Ésta, confirma, su vecino, Norberto Fernández. Un viejo árbol quiere reventar el lugar con sus raíces. Apenas deja el espacio a un mini patio de tierra, una silla de plástico le pone el acento humano a este abandono, pedazos de tela sobrevivientes al mal tiempo puestos por hinchas, un viejo muro con el retrato colorido de Diego, la puerta más pobre del mundo y al lado, la bandera, descolorida, de Evita Perón, de Tita Merello, del Che, de Gardel y de Borges. El sol argentino flamea con el frío. La vieja madera que hace de portón se cierra con una cadena. No es la Capilla Sixtina de La Paternal; es el humilde pesebre donde nació la esperanza. Es la cuna del dios melenudo que metió el gol más descolonizador de la historia. Por eso llegan aquí y rezan, encienden velas y se toman un trago. Así, en silencio y sin pagar entrada, llegamos los devotos, con el pecho reventando de agradecimiento De Villa Fiorito viene el 10, de esta casucha sale a dominar la pelota y con ella, la gran pelota llamada planeta Tierra. De esta tierra de villa se levanta el pibe más pobre para hacernos ricos en alegría, en orgullo. El resto solo es más villa, loco. El resto es su vecino Norberto que recuerda sin aspavientos y con la dentadura incompleta: “Jugábamos acá en la calle, allí en la esquina era todo baldío. Yo era arquero, acá. Él me decía Vaquita, por Vacca. Yo le daba la pelota a él, él pasaba a cinco y hacía el gol” repasa mientras dobla unos cables de motor de auto. “Cuando debutó, toda la cuadra fuimos a verlo”. Norberto enumera sin titubear los apodos de todos los hermanos Maradona, prueba de verdad. Y después de la breve charla, vuelve a su silla en la puerta de su casa, junto a Olga, su pareja, una rockera inconfundible con el cabello teñido. El resto es solo más villa. Más niñas inventando juegos en un semi asfalto. Más casitas que dejan ver las camisetas secándose al sol. Un largo asiento de cemento donde pintaron “Milei basura”. Más ventanas misteriosas luciendo macetas con las flores de la esperanza. Mejor dicho, con las flores de la espera de una Argentina pobre que ya esperó demasiado y que mira el potrero del barrio con abandonados arcos sin red sobre una cancha de polvo como prueba de que todo esto no fue un sueño, prueba incontrastable de que siguen siendo Villa Fiorito, Ciudad de Dios, ciudad del Diez. De una ventana sale una cumbia villera que en la cabeza se mezcla milagrosamente con esa canción de Rodrigo: En una villa nació, fue deseo de Dios, crecer y sobrevivir, a la humilde expresión, enfrentar la adversidad con afán de ganarse a cada paso la vida. Y, sí. Aquí nació la mano de Dios. Y todo el pueblo cantó. Regó de gloria este suelo.

Grande, Villa Fiorito. Esperanza, Villa Fiorito. Promesa, Villa Fiorito. Futuro, Villa Fiorito. Argentina, Villa Fiorito.

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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Homenaje póstumo en vida

/ 19 de mayo de 2024 / 00:15

Tal como lo acaba de leer. Es una de las últimas metafísicas de Manuel Monroy Chazarreta. Tan profunda, tan tierna, que se convirtió en el techo de la más reciente presentación en el teatro Nuna de su entrañable La Paz. Convocó al sol y a varios talentos amigos, a testigos de su camino, admiradores de sus características irrepetibles que lo acompañaron y lo sostuvieron en un cuidado y a su vez emotivo aptapi musical, literario, poético… bien lindo shempre.

Antes de que se abra el telón, en mesas y graderías ya se paseaban las leales pizzas, se parquearon en un par de mesas botellas de vino, sin semáforos circulaban jugos, gaseosas. Hasta un postre con chocolate preludiaba un dulce concierto. Cuando de pronto, sin aspavientos, ingresa casi de puntas, acompañado solo por su guitarra, el joven alteño que Manuel ya nos presentó en otros encuentros, Mauricio Segález. No sólo ha sabido entender los ch’enkos del Manuel, no sólo sabe del valor del Manuel, también nos deleitó con una crónica en tono joven, en tono promesa. Tan promesa y presente como la Vero Pérez, que nos hizo cambiar de temperatura con su interpretación de Ego, una canción para ella y sólo para ella. Tan presente y tan consciente como el Christian Benítez, con una potente versión de una de las últimas composiciones papirrescas, Chabela para la revolucionaria Isabel Viscarra, que nos dejó hace poco: “ay, Chabela, Chabelita, compañera de los pobres, de Café Semilla y pan”. Ella se hizo presente en el aire.

Canción tras canción, nuestras almas vibraron exorcizando nuestras penas, saldando cuentas con el pasado, deletreando la luz del presente, sintiéndonos orgullosos de nuestro cantautor, de nuestro sentipensante, de nuestro pequeño Manuel que se quedó tan wawita sin su madre Anita, abrazado a su guitarra, de nuestro “Manuelitoshón” que se graduó bachiller del brazo de la chola Hilaria, su segunda madre y razón de su columna ideológica.

Esa noche de viernes también pusieron algunos punto y aparte. El actor Sergio Caballero revivió, sin huecos, algunas crónicas del Papirri que certifican que la calidad de sus composiciones está a la altura de sus textos. Tan íntimos, tan suyos, tan sinceros, tan entrañables, tan tan que parecen campanas. Con el corazón en la boca, un trago de vino, y a la siguiente canción. Sin embargo, ahora no hay control posible: entra la Tere Morales para romper toda la zona sur con una inigualable Ingratitud. Qué cueca, Tere.

Para los seguidores del Manuel, pocas pueden ser las sorpresas. Así y todo, hay que admitir que fue un regalo inesperado la presencia de Luis García en los teclados. Lo fue porque le dio un color diferente a todo, lo fue porque sus dedos fundiéndose en cada tecla deconstruyeron y reconstruyeron ese mágico teatro, lo fue porque contó cómo desde sus inicios musicales intentaba sacar las canciones de Monroy Chazarreta y no le salían pese a sus jóvenes esfuerzos. Hubo que tomarse muy en serio la formación musical para poder ponerse una prenda de Manuelitoshón. Su música es altamente original, su música es compleja. Su verso es siempre un nacimiento. Y su poesía, ¿de dónde vendrá su poesía? ¿De dónde sale: “esta quimba es la trinchera para fusilar la desconfianza” o “por qué agujero de tu alma se fue chorreando mi amor”? Y sobre todo, ¿cómo hay personas que creen y dicen, sin ruborizarse, que el Papirri no es más que buenas metafísicas y Bien le cascaremos? Mejor vuelvo al chisme de aquella noche en la 21 de Calacoto. Fue una presentación en la que sus alianzas musicales y de vida cuidaron cada pieza de un tiempo y espacio inolvidables: el muy changuito Ruddy García enmarcando con su decidida trompeta, Bilo Viscarra levantando el ánimo, Raúl Flores con un bajo que puso en alto el conjunto, Mauricio Cardona domando con temple su batería y la zampoña valiente de Kicho Jiménez, la alegría a toda prueba de Kicho. Hasta ahurita no entiendo por qué le dice “tío” al Manuel.

Desfilaron sus grandes composiciones (y aún así me faltaron tantas pero tantas canciones imprescindibles para mi vida, para La Paz, para el país). Mecieron como a wawa de pecho cada pedazo musical, cantaron con la fuerza de la tierra, leyeron con el corazón cada palabra, le dijeron al Papirri que es único en sus relatos, en sus composiciones, en sus letras, alumbraron su poesía, le agradecieron su probada generosidad, su versatilidad… bien lindo shempre.

Esta A, que no sabe tocar ni la puerta, no puede poner un punto final a esta columna sin reconocer el plurivalor de Manuel Monroy Chazarreta, el haber puesto música y poesía a mi vida. Y con esta última presentación, haberme enseñado que el verdadero homenaje póstumo es en vida, carajo.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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