Voces

lunes 26 jul 2021 | Actualizado a 01:08

Usurpación y retención

/ 18 de junio de 2021 / 01:33

Lo que en noviembre de 2019 se puso en la cuerda floja fue la estructura elemental del Estado que, como sabemos, se encuentra compuesta por cuatro poderes: Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Electoral. Como lo sabe todo el país y la comunidad internacional, en una misma jornada el Ejecutivo se desmanteló inmediatamente tras la renuncia simultánea de los entonces presidente y vicepresidente del país y el Poder Electoral comenzó a desmantelarse con las aprehensiones de su presidenta y quien fuera su vicepresidente hasta hace unos días antes, seguido de varias otras aprehensiones de vocales de nivel nacional y departamental.

En pie quedaban dos poderes electos vía voto popular: el Legislativo y el Judicial. Pero además del Poder Judicial quedaba en pie el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP), principal guardián de la Constitución Política del Estado junto con las fuerzas del orden que son las llamadas a garantizar el imperio de la CPE.

En lo que respecta al TCP, se sabe que a los pocos minutos de la autoproclamación de la presidenta transitoria emitió un comunicado que entonces fue utilizado como respaldo de ese hecho. Durante el primer semestre de este gobierno algún magistrado de esa instancia señaló que ese comunicado no tenía valor legal ni era vinculante y luego —se dice— que una comisión de diputados les inició un proceso por este hecho, que ya finalizó con sobreseimiento.

Respecto al Poder Legislativo, la población ha ido conociendo versiones de algunos/ as relevantes asambleístas pero no de la totalidad de éstos/as. Durante los días de incertidumbre que atravesó el país hubo 166 personas a lo largo del país que tenían como mandato cuidar el poder otorgado, representar la voz de quienes los eligieron.

Sobre las instituciones policiales y militares algo también se ha dicho pero con el bajo perfil con el que siempre se maneja su información y bajo la sospecha de la impunidad que históricamente parece blindarlos. Aun así, quedan también dudas respecto a su rol, en tanto sumisión a un nuevo poder que nace de manera cuestionada como insubordinación a los poderes constituidos que quedaban en pie.

Todas y todos los actores que tenían un rol designado por la CPE o el mandato popular tenían obligaciones que cumplir durante esos días. ¿Lo hicieron o lo intentaron? ¿Sí? ¿No? ¿Cómo?

Si la hipótesis principal que se maneja es que hubo ciudadanos y asambleístas que sobrepasaron sus atribuciones sin mandato para ello y “usurparon” el poder, es fundamental, para que la verdad sea completa, que conozcamos a detalle todas las acciones que se hicieron —en apego a mandato y por responsabilidad con él— para la “retención” del mismo por parte de quienes aún gozaban de un mandato en ese momento tan álgido para el país. Tomar un poder que no se te ha entregado democráticamente es tan grave e irresponsable como entregarlo cuando se te lo ha confiado.

Es tremendamente importante que el pueblo boliviano conozca hasta el último detalle cómo se dieron los sucesos que propiciaron, por acción u omisión, una ruptura institucional en el país y un posterior gobierno transitorio. Solo esa verdad permitirá que quienes tienen a cargo, en cada gobierno, preservar el imperio de la CPE lo hagan con responsabilidad y compromiso con la democracia como bien mayor; y no así apegados a la extrema pugna de poder personalizado que, en esta última ocasión, dejó en el limbo de la incertidumbre a la administración del orden institucional y democrático que nos mantiene en funcionamiento como sociedad. Lo cual no ha sido poco.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka.

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Delegaciones y devoluciones

/ 16 de julio de 2021 / 02:16

En los debates de fines del siglo XX, desde la comunicación política se solía poner especial énfasis en algunas funciones ampliadas que se les asignaba a los medios de información como actores en el espacio público. El objetivo consistía en llevar la discusión más allá de las tradicionales funciones sociales de los medios ligadas a la información y el entretenimiento, ya que entonces su incidencia política era más bien solo una sospecha. Así se hablaba, entre otras, de las funciones que cumplían mediante la selección, jerarquización y representación de la realidad a través de la información periodística que entregaban a la sociedad.

Estas discusiones permitieron entender claramente la existencia de una “delegación” a los actores mediáticos de facultades ciudadanas necesarias para el conocimiento y comprensión de su realidad local y global. Así, durante muchas décadas el encargo del tratamiento periodístico para consumo masivo se encontraba en las manos (por no decir bajo el monopolio) de las empresas mediáticas y sus profesionales en información.

La tecnología ha permitido la “recuperación” de esta facultad delegada para muchos de los sectores y poblaciones que han ido cayendo en cuenta que la producción informativa que emana del conglomerado mediático no los (re)presenta en tanto sus vivencias, aspiraciones y demandas. Y esto se ha materializado a través de la figura del prosumidor (productor y consumidor), cuya existencia ha permitido que cada persona o comunidad genere y difunda su propio contenido informativo renunciando parcial o totalmente a la intermediación de los medios para este fin.

Además de que la posibilidad de autorrepresentación informativa, discursiva y mediática ha sido facilitada por la tecnología, la misma ha llegado también para hacerse cargo, parcialmente por ahora, de otras funciones que antes estaban delegadas exclusivamente al periodismo: las de selección y jerarquización noticiosa. Qué otra cosa es sino el dato evidente de que las nuevas generaciones basan buena parte de su consumo noticioso mediadas por las redes sociodigitales y sus algoritmos cuyos criterios de presentación de contenidos ante el usuario responden a criterios comerciales de perfilamiento antes que a los periodísticos.

Así las cosas, consciente de sus múltiples crisis el periodismo en los últimos años ha encontrado su razón de ser en este tiempo en la recuperación de funciones que no le son nuevas pero que se muestran urgentes ante los cambiantes escenarios, entre éstas se encuentran las de contextualización y verificación de los hechos. De estas nuevas necesidades es de donde vuelve fuertemente a la palestra el periodismo de investigación, nace el de datos, se fortalece la búsqueda de otros formatos. Y ante la masificación y posibilidad de viralización de la desinformación, nacen las verificadoras.

¿Qué pasa entonces cuando estas renovadas/ recuperadas funciones que el periodismo necesita para reubicarse en la sociedad atraviesan situaciones que merman su credibilidad como fue el caso de Bolivia Verifica la pasada semana? Por lo inédito de esta situación, sus efectos debieran escudriñarse —preliminarmente aún— en su alcance sectorial. ¿Hasta dónde tendrá que gestionarse la ciudadanía su propia información en tanto producción y consumo? Si a título de periodismo ciudadano, nuevos medios digitales y a nombre de alfabetización mediática se va a continuar “devolviendo” a la ciudadanía sus facultades de seleccionar, jerarquizar, contextualizar, verificar y representarse informativamente por sí sola, cuánto tiempo aún queda para que resuene la pregunta que ya tanto asedia globalmente a los conglomerados mediáticos tradicionales: ¿para qué los necesitamos?

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Primer mensaje presidencial

/ 2 de julio de 2021 / 01:58

Aunque es claro que el del miércoles fue el primer mensaje presidencial de esta gestión gubernamental (por fuera de los discursos oficiales que tienen otras características), su carácter primigenio va mucho más allá, sobre todo por su contenido. El presidente Arce no solo inauguró en su gestión este formato propio de la comunicación de gobierno, sino que además ha instalado como novedad en el espacio público un discurso político (proveniente de un actor relevante) que supera la soporífera y peligrosa polarización del todo político entre la dicotomía fraude/golpe.

Si bien siempre habrá aquellos/as que le encuentren algo al mensaje o —más bien— al mensajero (y, qué bueno, porque de eso también va la democracia), lo cierto es que lo escuchado por el país refiere además a un tema que no solo tiene ralentizada a nuestra sociedad sino también su espíritu; de ahí que no pasa desapercibido el carácter empático de las palabras utilizadas para construir el preludio del mismo. Como efecto, su temporalidad lo ubica más en el futuro que en un pesado pasado conveniente como cuadrilátero para la clase política que pugna continuamente por el poder ya que buena parte de la ciudadanía se la pasa en las urgencias propias de resolver el presente en cada hogar y familia. Finalmente, se hace evidente la perfecta posibilidad de hacer comunicación (y) política mediante gestión pública y en diálogo con instituciones.

El presidente Arce no es un mandatario al que se le noten innatos dotes comunicacionales, por el contrario, resulta difícil que se constituya pensarlo como un generador de emotividad en sus públicos y, más bien, pareciera tener mayor dificultad que muchos otros actores del poder en llegar a los hígados o corazones de la población; además que busca hacerlo poco. En ese sentido resulta coherente la figura de un vocero presidencial con mayor presencia mediática y que se constituye, de manera más directa, en un receptor de la emocionalidad que continuamente se disputa en la opinión pública. De ahí que la mesura (incluso falta de chispa o brillo) en un mensaje comunicativo no es necesariamente un dato que desfavorece la conservación del poder en el marco del ajedrez político.

Es seguro, y lo están escribiendo muchos/as estudiosos/as del tema, que la pugna política por el poder en pleno siglo XXI necesariamente será resuelta con base en la rimbombancia discursiva, la astucia comunicacional y la hiperinflación emocional con la que es propuesta; la industrialización de la comunicación política aplica esa fórmula que se preocupa más por la consecución/manutención del poder que la calidad de la democracia. Pero ese aspecto es, más bien, potencialmente perjudicial para el entorno democrático en el que idealmente debe desenvolverse la política y gestión pública nuestra de cada día.

Daniel Innerarity decía hace poco en un tuit: “A medida que la política se convierte en un espectáculo, ha de ser entendida y juzgada como tal”. No está aún comprobado que los mensajes sosegados y sobrios hagan crecer la figura de poder político de una autoridad, lo cierto es que en un mundo plegado de ruido semántico ese estilo llega a resultar estremecedor y, por tanto, tiene eficacia comunicativa.

Aunque el mensaje como tal representa un hito en la comunicación de gobierno del presidente Arce aún parece prematuro percibir que la misma pueda constituirse en un cambio de timón en el lineamiento comunicacional que, huelga decirlo, entre que no alcanza a ser comprendido (como distinto al que tuvimos por años) por el conglomerado mediático y la opinión pública; a la vez que no termina de ser eficiente en su institucionalidad y más allá de la figura presidencial. Pero es algo. Y es un respiro-pausa que, comunicacionalmente, es bastante en este tiempo.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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La narrativa que no se ha instalado

/ 21 de mayo de 2021 / 01:29

Apesar de las múltiples promesas de campaña que apuntaban a que necesitamos una urgente reconciliación social, desde que se retomó el rumbo institucional del país hemos sido más bien testigos de la recuperación de la polarizante pugna política pendiente en torno a los hechos de fines de 2019. Rápido quienes —sin matices— trabajan continuamente en la instalación de relatos absolutos como son los de Fraude o Golpe de Estado, han vuelto a echar a andar las maquinarias. La política es así y como en varias otras latitudes actualmente su desarrollo depende en buena parte de la construcción de relatos y narrativas que buscan establecer (pos)verdades útiles a los fines políticos, en el país eso lo hemos aprendido en carne propia este último par de años.

Lo traigo a colación porque de alguna manera esto puede hacernos entender que el no haber logrado construir de forma colectiva, en todo un año de pandemia, un relato que haga entender a una buena parte de la ciudadanía cuál es la ruta para salir de esto, es algo que no se ha hecho por simple falta de voluntad. El plan implica una fórmula que es medianamente simple: a mayor cuidado y gente vacunada, menor riesgo ante la pandemia y, por tanto, mayor posibilidad de poner en funcionamiento la maquinaria socioeconómica y más pronta recuperación del país. Ese relato, con todas sus complejidades científicas, no pega y peor aún: no se lo ve.

Es verdad que a esta altura una pandemia no va a poder reconstruir confianza entre ciudadanos para que milagrosamente avancemos de manera aunada hacia un mismo objetivo. Pero cuando pienso en otro tipo de desastres naturales o situaciones país que anteriormente nos llevaron a activar el trabajo en conjunto, pienso en campañas que integraron a quienes son el corazón de nuestra sociedad y tanto han sufrido este tiempo: nuestros artistas. O incluso en quienes, por fuera del hipermediatizado y frustrante fútbol siempre le regalan alegrías al país: nuestros deportistas en otras áreas. En otros tiempos, estos actores sociales se juntaban a grabar spots o canciones sin recibir un peso a cambio y éstas eran transmitidas por medios de comunicación bajo convenios en los que una buena parte tampoco cobraban por ello. Los mensajes pegaban: estamos juntos en esto. Y que no se confunda, no se le pide a los artistas y deportistas que tomen la batuta y den más de todo lo que han dado durante esta pandemia, sino bien pedir a las autoridades que en vez de promover las alcancías solidarias y las morenadas en plaza pública como “política” comunicacional cultural de Estado, identifiquen mejor las necesidades colectivas urgentes y sean creativas.

Es cierto que no existe gobierno que no esté siendo golpeado en su imagen debido a esta pandemia. Y también es cierto que con todas las falencias que conocemos, no somos el país que peor la está gestionando. Pero si una lo piensa, a lo largo de toda la pandemia no existe absolutamente nada en términos comunicacionales, en ningún nivel ni instancia, que sea digno de ser recordado: no se puede identificar una plataforma a la que se le haya dado relevancia (no hay novedad de uso), no existe pieza que al menos convoque la atención (no hay creatividad), ni se identifica ningún personaje o guion que promueva el uso de barbijo o la vacunación (no se relata nada). Peor aún, constatamos que si algo está calando y avanza a paso firme en nuestra sociedad es, más bien, la desinformación. Y más inquietante aún: no se destaca con claridad que ninguna institución ni ningún gobernante —de oficialismo u oposición— haya vuelto su causa política la instalación de la narrativa de que la batalla contra la pandemia solo podrá ser librada si la mayoría avanza en conjunto y de la mano de la ciencia. En esta causa sí: como si en ella se nos pudiera ir la vida.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Génesis gubernamentales en tiempos de hipercomunicación

/ 7 de mayo de 2021 / 03:16

La agenda noticiosa de la semana ha sido copada por la posesión de miles de autoridades de niveles regionales, departamentales y municipales, a las que siguieron las designaciones/ posesiones de sus equipos de trabajo. Al respecto, algunos apuntes comunicacionales.

Por un lado, este escenario siempre plantea retos de tipo informativo al periodismo, que está llamado a encontrar datos relevantes en medio de una importante cantidad de sucesos simbólicos que tienen lugar en diversos lugares del país de manera simultánea en muy pocos días. En un escenario de tantas y tan complejas novedades políticas, un periodismo de referencia solo puede ser interpretativo y de investigación, tan urgente como desafiante en estos tiempos. Si esto así ocurriera más frecuentemente quizá se hubiera podido conocer con antelación a los hechos que al menos en tres de los nuevos gobiernos se eligieron simultáneamente al esposo y la esposa (departamento de La Paz) o a los padres y los hijos (ciudades de Cochabamba y Santa Cruz) como parte de las instancias ejecutivas y legislativas, correspondientemente. Hecho que no infringe la normativa vigente (y queda como pendiente para la agenda de reformas electorales), pero que probablemente como “novedad” en medio del proceso electoral podría haber mejorado el carácter informado del voto ciudadano.

Por el otro lado, en tiempos en los que el periodismo como tal ya no constituye una única referencia de la realidad, mucho de lo que consumimos informativamente y aquello de lo que hablamos públicamente se condiciona también por las prioridades establecidas muchas veces lúdicamente en espacios digitales en los que priman las percepciones personales por sobre la jerarquización de las prioridades informativas. Esta vez tocó poner el foco en lo que gráficamente se conoce como algunas nuevas marca-ciudad, y opinar como si en ellas se jugara todo lo público posible durante esas horas. Peor aún, estas dinámicas fueron aprovechadas para operaciones digitales de desinformación sobre el tema que rápidamente se amplificaron a través de algunos medios que, por ello, posiblemente dejaron de lado hechos relevantes que seguían ocurriendo.

Y finalmente, también se estrenaron los estilos de comunicación política y gubernamental que se esperan forjar desde los nuevos gobiernos. En algún caso, como el de la Gobernación de La Paz con el equipo y líder jurando con dos puños en alto, algo que Felipe Quispe hizo anteriormente y cuya connotación política hemos extraviado; algún otro, como el Gobernador de Santa Cruz, estableciendo —sin filtro alguno— una clara línea discursiva confrontacional ante el Gobierno central y el masismo. Otros, con acciones más sobrias, sentándose rápidamente a trabajar conjuntamente entre masismo y oposición como ocurrió en Cochabamba. También hubo alguna ciudad con la necesidad de reivindicar un gobierno como suyo mediante una nutrida y extensa posesión, como fue la de la Alcaldesa de El Alto; y, finalmente, otras autoridades, como el Alcalde paceño, apostaron por el establecimiento de hitos por goteo: entre autos eléctricos, teas y cholets.

Como venga la mano, mientras a algunas autoridades les tocó insistir de forma machacona en la instalación de anécdotas en el intento de fijarse en agenda; a otra, como el Gobernador de Chuquisaca, le ha bastado con una genuina imagen que ha logrado comunicar mayor consistencia política sobre los hechos (de la existente plurinacionalidad, en este caso). Semanas como esta constituyen momentos ideales para escudriñar en nuestros escenarios políticos, hoy rebosantes de hipercomunicación, esperando siempre hallar mayor realidad política, menos humo marketero y mejor representación mediática.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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Periodismo declarativo y fragmentación del mensaje

/ 23 de abril de 2021 / 02:10

Los iniciales estudios sobre comunicación política pusieron sobre la agenda del debate académico, primero y político, luego, los efectos de lo que se conoce como establecimiento de agenda (agenda setting). La idea central giraba en torno a que los medios de comunicación se habían constituido como un mecanismo que, bajo sus propias lógicas, determinaba el ingreso o salida de actores al espacio público; en suma, a la política Así, el conglomerado mediático se constituía de alguna manera en una suerte de régimen alternativo con la capacidad de posicionar actores en la arena de lo público de manera paralela al poder político constituido que basa su legitimidad y legalidad en el beneplácito que les otorga el pueblo para ejercerlo.

Por otro lado, la actual digitalización de los procesos informativos ha generado múltiples transformaciones en el rol del periodismo dentro de las democracias y, por supuesto, dentro de las dinámicas políticas locales. Aunque existen muchísimos matices y vetas de discusión respecto a este tema, destaca el hecho de que uno de los principales retos por los que atraviesa el periodismo es respecto a su función de jerarquización de las noticias (y, por tanto, de sus fuentes), la cual es más desafiante que antes. Dado que la información y la opinión ya pueden establecer varios canales digitales “directos” desde la fuente a la ciudadanía, ahora la labor periodística debe desafiarse a escudriñar en la noticia sus detalles además de complementarla y contextualizarla (un periodismo explicativo), ello permitirá sumarle valor agregado a una novedad que, a los minutos, ya se conoce mediante redes sociodigitales sin necesidad de esperar el noticiero siguiente o el periódico de mañana.

En parte como resultado del panorama establecido anteriormente, pero también como resultado de la crisis que atraviesa el periodismo, durante los últimos años en Bolivia nos hemos ido acostumbrando cada vez con mayor naturalidad a lo que se conoce como “periodismo declarativo” que prioriza la cobertura de dichos antes que la de hechos, desmejorando de esta manera la percepción que tenemos de la realidad e inflamando la que tenemos de los mensajes políticos. A este fenómeno se suma la actual simplificación de un proceso complejo como es la fragmentación de los discursos, que en la práctica se ha reducido a la extracción de frases textuales de un complejo discursivo para hacerlas noticia, descomponiendo el mensaje bajo criterios arbitrarios y dejándolo muchas veces huérfano de contexto.

Así, la discusión sobre las transformaciones dentro del periodismo se ha vuelto un continuo en todas las latitudes del planeta, sobre todo por su relevancia dentro de nuestras sociedades y democracias. Ante ello, resulta particularmente importante advertir que, en nuestro caso particular, a pesar de todo lo señalado anteriormente, la agenda informativa mediática sigue teniendo una importancia fundamental en la construcción de realidad política. Y, por ello mismo, resulta sustancial identificar que eventualmente la (mala) práctica del periodismo declarativo puede ser funcional a ( f)actores de poder fáctico y sus dichos que llegan incluso a tener mayor presencia/relevancia en agenda informativa que los poderes legítimamente constituidos y sus hechos. Los problemas sociopolíticos que estos fenómenos acarrean son acumulativos y se hacen visibles tras periodos de tiempo, uno de los más recientes lo vivimos con los resultados electorales de 2020, en los que las urnas nos llevaron a concluir que la agenda informativa y de opinión habían subrepresentado la realidad nacional.

 Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

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