Voces

viernes 28 ene 2022 | Actualizado a 18:32

Dos verdades periodísticas

/ 5 de diciembre de 2021 / 01:35

Quienes estábamos en La Paz fuimos, hace casi una semana, testigos directos de la enorme marcha que llegó hasta el centro de la sede de gobierno. Abordaron la ciudad desde distintas extremidades y se unieron a los bloques de manifestantes que se iban yuxtaponiendo alrededor de la iglesia San Francisco. Veíamos en las calles o por el canal estatal el rompecabezas de la gran multitud que, como la votación de 2020, sorprendió hasta a los propios masistas. La lluvia y el intenso frío fueron la vestimenta de un pedazo de país que se dio cita para hacerse una sola boca. Era evidente que se buscaba responder a anteriores concentraciones o paros cívicos contra el poder del MAS que en semanas pasadas habían encontrado su sede en Santa Cruz, así como era evidente que se mandaba también un mensaje al gobierno de Arce. Esta A amante no contará millones, ni medirá fuerza oficialista versus fuerzas opositoras, ni especulará sobre el pago a marchistas, a bloqueadores, menos irá a la caza de funcionarios. Todo indica que sigue siendo un esfuerzo inútil el declarar ganadores o perdedores en una cancha donde quieren dinamitar a los árbitros, donde nadie registra las posiciones adelantadas, donde antes que el gol se busca romper la cabeza de cualquiera de los adversarios, donde las tribunas dejaron de prestar la debida atención al juego en el césped, pues se están dando de botellazos con el hincha que está al frente. Nos conformaremos con contar lo que se vio en dos pantallas de televisión a la misma hora de aquel lunes: el canal del Estado y un canal privado de gran audiencia.

En el canal estatal se dedicó a esta marcha una cobertura que no se prestó a las concentraciones en Santa Cruz (chocolate por la noticia, dirá usted con toda razón). Se la presentó como la marcha en defensa de la democracia. Se describía con detalle la movilización masiva. Los periodistas la calificaban como un hecho histórico. Hasta un nacimiento en plena concentración regaló ese lunes lluvioso. Más de una fuente del oficialismo negó cualquier tipo de pago a los marchistas. Los televidentes veíamos minutos enteros las escenas del centro de la concentración y en pantalla dividida cómo fueron llegando distintos sectores, todo con música para la ocasión. Las cámaras buscaban la alegría del anciano que marchó desde Oruro, de la vendedora que bailaba sin quitarse el mandil, del albañil que gritaba “Lucho no estás solo, carajo”. Testimonios de marchistas emocionados alternaban con imágenes de multitudes gracias a 10 unidades móviles, según contaron los propios presentadores. Momento inédito para el masismo post 2019 que Bolivia TV no iba a desaprovechar. ¿Y qué pasó en el canal vecino?

Al lado se mencionó el tema, sin duda. El presentador, sin musicalización, con cara de palo y rapidito, informó de un “mitín” en el centro paceño. Acto seguido y sin transmitir ni un segundo del discurso de Luis Arce, David Choquehuanca o Evo Morales, se pasó a focalizar sobre la declaración más incendiaria de la jornada: el dirigente de la Central Obrera Boliviana, Juan Carlos Huarachi, amenazando con ir a tomar las fábricas y las industrias en Santa Cruz. Y ahí se concentró la noticia sobre el tema. Siguiente paso: reacciones de opositores sobre las declaraciones de Huarachi. Roberto de la Cruz respondía al periodista que lo buscó que Evo había iniciado la campaña de su candidatura. Se insistió en que mucha gente no llevaba barbijo pese que el Ministerio de Salud les distribuyó gratuitamente tapabocas, en que obligaron a funcionarios a asistir al lugar (según testimonios de opositores al MAS) y que las oficinas públicas quedaron vacías, según las mismas fuentes. En los titulares se repitieron las declaraciones de Huarachi. Esto fue todo lo que se mostró y se dijo de esa La Paz bañada de gente. En esa misma hora y pico, similar tiempo de cobertura se dio a la noticia de la salida de prisión de la “exnovia de Evo Morales”. Unidad móvil con el abogado de la famosa Gabriela Zapata. Dos analistas afirmaron que este acto del MAS se había montado justo este día para cubrir la salida de prisión de la “exnovia”. Ahora ya está todo claro, dijo el experto politólogo. Las noticias en la tele toman un ritmo tan dinámico que termina en tiempo atropellado. Cuidado, no hay que olvidar que hay otros sucesos que tienen que entrar en esta “hora estelar”: el accidente de un motociclista en plena autopista, las hipótesis de las autoridades de Tránsito y la otra gran noticia de ese lunes: “Se quemó un kiosko de salchipapas”, con hipótesis sobre el origen del fuego, imágenes del kiosko ya sin salchichas ni papas porque se habían quemado, supusimos los atentos y confundidos televidentes.

Ninguno de los canales mintió. Ambos hacen periodismo independiente. Y así nos va.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

La crisis de la piel

/ 16 de enero de 2022 / 01:51

En estos últimos días, LA RAZÓN reprodujo la columna Lo que no puede darnos el metaverso de Joanna Novak, publicada en The New York Times. El metaverso es la última promesa de internet, la experiencia inmersiva y multisensorial en el uso de los más modernos dispositivos tecnológicos. Y Novak reafirma en su texto que se niega a entregarse dócilmente a esta novedad por varias razones: porque se apega a los placeres táctiles del oficio que comienza con los beneficios de escribir a mano; por su inamovible amor a las libretas Rodhia; porque no quiere deshacerse de la vieja máquina de escribir; porque no quiere que muera la danza de los bolígrafos de tinta de gel y, sobre todo, porque lo último que espera es una tecnología que la aleje todavía más de su cuerpo.

Estos aparatitos, casi una extensión de nosotros, nos permiten una comunicación que, bien o mal usada, excesiva o bien autorregulada, ha hecho posible lo imposible. Mi papá no sale de su departamento hace dos años por la pandemia y el WhatsApp se ha convertido en el puente de ida y vuelta de palabras de cariño, de fotos y, si él sigue intentando en su encierro, se convertirá en una videollamada en cualquier momento y nos invadirá un arco iris de alegría. Mi grupo de entrañables amigas, las Lulús, ha permitido vencer los años y las distancias y seguir monitoreándonos, moldeándonos, intercalando nuestras vidas a lo largo del tiempo y ha permitido celebrar una Navidad mirándolas (cada día más lindas), escuchándolas (cada día más dueñas del mundo): una recostada frente al mar con su agua de coco, la segunda reinando sonriente desde su sofá, la tercera en el centro mismo de su nueva casa de soltera y yo, en bata de baño y sin maquillaje. Impensable hace algunos años.

Sin embargo, hay algo absolutamente esencial que ningún chiche último modelo nos puede dar: la experiencia del tacto. Ni con todo el oro del mundo Mark Zuckerberg puede incluir nuestros cuerpos en sus fuegos artificiales. Así que a Joanna Novak no le falta razón. La omnipresente pandemia nos ha enseñado lo dura que es la vida sin el tacto. Y lo durísima que es la muerte sin el tacto. No pudimos imaginar peor pesadilla que saber que nuestro ser querido se va sin que podamos tocarlo. Por eso agradezco el privilegio que tuve, un día antes de su partida, de acariciar las manos de mi abuela mientras le ponía el Mentisán con el que ella me curó de todos los males durante mi infancia, tiempo tan dulce a su lado y al lado de mi abuelo. Las reuniones y los cócteles por Zoom nos han hecho sentir como pulgas en peluca. Las clases a distancia han disecado la energía de mi hijo y la de sus compañeros de curso. Novak da en el clavo cuando sentencia que con la llegada de la pandemia se instaló la crisis del tacto. La gran depresión (no la económica, sí la gran depresión que originan los sentimientos de tristeza, de vacío y desesperanza), ya que se trata nada menos que del primer sentido que desarrollamos. La investigadora Tiffany Field, estudiosa del tacto por más de cuatro décadas, ha puesto en su verdadera dimensión la fuerza del masaje prenatal, la del masaje de nuestras extremidades desde que somos bebés, la de la producción de oxitocina (“la hormona del abrazo”) cuando la piel contacta otra piel por no hablar de enfermedades que pueden combatirse a través del tacto. Sin ser investigadora en el tema, puedo hoy recordar a mis colegas mamás lo que logra en ese ser que acabamos de parir, ponerlos sobre nuestro pecho después de su primer llanto en manos ajenas y enguantadas. Ahora entiendo a mi amiga Virginie cuando, hace más de veinte años, después de haber roto con su pareja, me pedía que no la toque. Sentir una mano sobre nuestra piel puede desencadenar un incendio emocional.

Y este virus impredecible nos tiraniza hace dos años tapándonos la sonrisa detrás de un tapaboca y alejándonos físicamente de nuestros semejantes como medidas básicas para escapar a la muerte. Qué paradoja; qué parajoda. Una pesadilla con todos sus ingredientes. Mientras tanto, como Novak, también me rebelo contra la tecnología que nos mantiene distantes tanto de los otros como de nosotros mismos. Convoquemos a una gran manifestación para dejar de perder el sentido del tacto; iniciemos una masiva marcha nacional desde oriente y occidente para no perder el derecho humano de un abrazo en serio; que ninguna empresa transnacional se atreva a reemplazar nuestros cuerpos; que ningún gobierno de turno nos quite el contacto físico con nuestros amigos los perros; que nunca, nada en el mundo nos prive de la urgente caricia bañada en ronroneo largo de nuestros gatos. Miau.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

Vivos y con ganas de más

/ 2 de enero de 2022 / 00:58

La pantalla de la computadora está desierta hace rato. Inevitable vacío en tiempos de Navidad y Año Nuevo. Los anuarios ya están servidos y varios columnistas pusieron sobre la mesa del periódico sus evaluaciones de este 2021 que ya está en su tren a la ciudad de los recuerdos. Esta A amante quedó atrapada entre el 25 y el 1, túnel que nos lleva del cierre del círculo a la bolsa de las esperanzas. La A será escrita en este tiempo sándwich y podrá ser leída con el 2022 ya bien abrazado.

Descartado que este primer domingo se intente un perfil del pulpo de la corrupción con centro en Santa Cruz y tentáculos que llegaron por lo menos a la sede de gobierno. Descartado por prematuro; las ecografías de las investigaciones apenas dejan adivinar los borrosos embriones de estas pirañas que carcomieron alcaldía y gobernación cruceñas y que se fueron a mordisquear la Caja Nacional de Salud. Inesperadamente aparece una universidad estatal con similares mecanismos de perforación del Estado para robar lo que es de todos. El bicho parece muy grande y peludo, difícil adivinar hasta dónde llega la cola o dónde se esconde, nerviosa, su cabeza. Pendiente la foto.

Descartado también el mapeo de los crespos hechos para Año Nuevo. Adiós gran parte de las celebraciones después de las disposiciones de último momento que dejaron colgadas las ganas de recibir el año naciente. Salones de fiesta, restaurantes, grupos de amigos, hoteles, tantos con las botellas contadas y compradas, las uvas amontonadas, la carne comprometida, las verduras saliendo de la peluquería, los calzones rojos abrazándose con los amarillos, los manteles esperando acariciar el ombligo de las copas. Tan es así que al cierre de la edición de este rincón de papel, todavía no encontré dónde llevar a mi A a celebrar las doce. Tengo claro que así sea en la punta de la montaña mirando a solas el cielo encendido, será con la plena convicción de que el 2022 llegará dulcemente con la felicidad entre los dedos. Por ahora, descartada la evaluación de la noche sin fiestas y bajo estado de emergencia.

¿Qué es lo que sí está ya cerrado para abordarlo en este último vagón del 2021? El abrazo bien cerrado, las palabras dibujadas desde el centro del alma. Como ese mensaje del escribujante Édgar Arandia deseando un bello 2022 y rematando con un “warmi valiente” que penetró todas las capas de la piel. El de Cergio anunciando el brillo del tiempo que se abre; el de Horst deseando un bienestar en toda su estructura; el deseo de Verónica envuelto en su fe; el agradecimiento de Julio por haber tenido trabajo en las entrañas de LA RAZÓN; el de Exeni celebrando el fin de año con más escritura y lealtad, el mensaje que todavía está por llegar de tantos columnistas y colaboradores que han dado vida a esta casa periodística regalando sus firmas, sus ideas y sobre todo sus principios. Está también cerrada esa tarde de fin de diciembre: primero en el patio de la rotativa, al lado de nuestras mimadas Griselda, Anastasia, Peque, Botas, todas las secciones que hacen posible llegar a las calles y los teléfonos con LA RAZÓN, Extra, La Razón Digital y las transmisiones Como perros y gatos, Tercer tiempo de Marcas, Gen emprendedor, La Razón radio, Piedra, papel y tinta reunidas alrededor de un vaso de chocolate caliente bien escoltado por su buñuelo; después en la sala de Redacción, para la foto de fin de año. Posterior al “sonrían”, las palabras, el sentimiento, la voluntad de contener las lágrimas. No es para menos, estamos vivos. Habló uno, después otra, luego otro, luego otra y las voces al final eran un mismo coro. El coro de trabajadores que reconocía con agradecimiento el sostén indispensable a la empresa de parte de Carlos Gill y sobre todo el que siga creyendo en nuestro esfuerzo; la felicitación al compañero del lado por estar ahí pese a todas las tormentas, carencias y compromisos del año: ataques mentirosos de la competencia y de un par de periodistas con nombre y apellido, trabajadores que cuestionaban el editorial ¿Golpe de Estado? y pedían censurar las caricaturas de Al-Azar, juicio con allanamiento del medio que puso nuestro prestigio sobre la tela de una araña, pandemia que arrinconó económicamente a los impresos y de paso acallados (o sea, sin calles para circular) por el gobierno transitorio de Jeanine Áñez que dejaron tareas muy difíciles: pagar con el menor retraso posible los salarios, pagar con puntualidad de relojero los beneficios sociales a los extrabajadores, los duros pagos a Impuestos, las deudas bancarias, la compra de materia prima y un largo y costoso etc. que tiene que caminar al lado del compromiso cotidiano de informar con veracidad, de interpretar con responsabilidad y equilibrio, de opinar con seriedad, de generar contenidos con ternura. Por lo tanto, mi deseo para esta casa que me da trabajo y para mí no puede ser otro: que lleguen mil batallas más, que la lucha por lo que creemos no nos suelte del brazo y dentro de un año podamos abrir con este mismo titular: “Estamos vivos y con ganas de más”.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

La pócima

/ 19 de diciembre de 2021 / 01:06

El texto de este domingo estaba destinado a la entrevista que el abogado de Marco Pumari, Jorge Valda, dio a La Razón Radio el lunes pasado. La idea era, sobre la base de este caso, ensayar un ABC de lo que una fuente periodística debe evitar, más si es una persona de leyes. El tema estaba servido después de que el entrevistado Valda expuso su relato sobre la desaparición de Juan Carlos Manuel, presidente del Comité Cívico Potosinista, su denuncia de la existencia de “milicias de Evo Morales”, versiones de que Manuel había sido golpeado y otro testimonio protegido sobre la supuesta tortura de Marco Pumari en su detención. Varios minutos para Valda en los que con dificultad el periodista de La Razón Radio logró introducir estrictamente lo siguiente: “¿Cuándo fue la última comunicación con Juan Carlos Manuel?, ¿va a hacer una representación ante las autoridades sobre esta desaparición?, ¿cuál es la situación de Marco Pumari?, tenemos la información de Régimen Penitenciario de que Pumari no fue torturado (…) hay exámenes forenses…”. La respuesta del entrevistado fue una agresión nerviosa y estridente contra el interlocutor y el broche de oro fue un: “Toda Bolivia está obnubilizada (sic) en un sistema de mentira que tiene comprada a la mayoría de los medios de comunicación y qué pena por La Razón y qué pena por ATB”. Dicho esto, como un adolescente, cortó el teléfono.

Este episodio inspiró a garabatear ideas sobre el estado del periodismo boliviano en tiempos de cólera política, pero el frío paceño le ganó al teclado y el diablito de la procrastinación empujó a salir a comprar api y empanadas con queso para ese final de tarde. Mi hijo se apuntó en este paréntesis y nos fuimos tras los pasteles con azúcar molida. Esta periodista, en un momento de distracción frente a una puerta de vidrio sin señalética se dio un madrazo de campeonato que en ese momento sonaba a que se había roto, por lo bajo, la nariz. Sorpresa, dolor, susto y la cereza, gotas rojas sobre el piso. En el lugar ya vacío que ahorró la vergüenza, uno de los empleados me indicó la puerta del baño. Allí fue la cita con la sangre y las lágrimas, palpando que la nariz todavía parecía estar en su lugar. Al auto, sin empanadas y bajo la indiferencia absoluta de los tres empleados del lugar. Algo más calmada, retorné del auto para decirles, dolida, que cuando alguien se estrelle contra su puerta de vidrio un “¿estás bien, amiga?” puede ser una buena idea. Retorno al auto. Allí ya se escuchaba en estéreo la voz del quinceañero que pedía dulce pero firme ir a un centro médico. Cosa de verificar que no se haya roto la nariz. Próximo destino: Prosalud, lo más cercano.

Tocamos el timbre de la puerta ya cerrada antes de las 21.00. Sale un señor con una impecable bata blanca. Me acerco a la reja, me quito el barbijo ensangrentado y le anuncio mi accidente. “Ya se fue el médico”. Mi hijo toma la batuta: “es una emergencia”. El señor con bata de médico: “pero ya se fue el médico”. Miré la enorme inscripción “24 horas” y al auto. Siguiente destino: centro médico de Los Pinos. El municipio paceño, con tantas luces de Navidad en las calles, no nos iba a fallar.

“Señora, vaya a Emergencias, aquí ya no hay médicos”. En Emergencias, después de mi corta exposición, mi barbijo ensangrentado y mi nariz o mi dolor pidiendo auxilio recetan un: “¿tienes seguro?”. Y luego explican que no está la doctora, que de todas formas va a pedir una radiografía, que no se abrió un cárdex, que tengo que volver mañana… Al auto. Plan C propuesto por mi indignado copiloto: llamemos a la abuela. Gran plan. Ella escuchó, se hizo eco de nuestra bronca y remató: “no te rompiste la nariz porque no podrías ni hablar. Pero te diste un buen madrazo. Vayan a la farmacia y que te miren allí”.

Dicho y hecho. Farmacorp en el paceño Achumani. La señorita que atiende llama a la doctora. Repito mi drama, ya desesperanzada. Y se abre el cielo. La doctora me pide que me quite el barbijo, me mira, lo lamenta y dice un salvador: “ay, señora”. Después me dice que no estoy rota, que me dará una pastilla que evitará la inflamación y el dolor. Al darme la factura recomienda que duerma sobre una almohada alta, para evitar posibles molestias. Me sugiere tomar la primera pastilla en la farmacia, señalando el botellón de agua y los vasitos de plástico. Nos sentamos, abro mi pastilla mágica y bebo el medio vaso de agua. Aliviados la pilota y el copiloto, descubrimos que lo que necesitaba era una mirada solidaria y un vasito de agua. A la doctora que lo hizo realidad le dedico con cariño esta columna.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

Retrato de familia

/ 21 de noviembre de 2021 / 00:40

La A amante puso hace varias semanas sobre este mantel de papel una parte del debate sobre las redes sociales y la asfixia que pueden provocarnos cuando están de mal humor. Este domingo propongo volver a las redes para intentar pescar algo positivo o simplemente para tomar el pulso a nuestra Bolivia partida, ciega, sorda, nunca muda.

Partamos de un ejemplo. En esta semana que concluye el empresario boliviano Marcelo Claure envió un mensaje en redes sociales al presidente Luis Arce solicitando una reunión para hablar de sus inversiones en la región. LA RAZÓN Digital lo informó. Acto seguido, aparecieron comentarios fuera de lugar con el sello de nuestra cuenta a los que no daré parlante en este texto. Se trató de una persona absolutamente ajena a nuestro equipo de trabajo, lo comunicamos a nuestros lectores y nos disculpamos por escrito con Marcelo Claure. El punto no es tanto el accidente en nuestra labor de información como los comentarios que provocó la situación: una persona tomó en cuenta el comunicado que difundió LA RAZÓN y lo puso en la zona de los comentarios; las otras que decidieron pronunciarse al respecto (que no es lo mismo que el total de lectores que supieron del caso) se subieron al barco de la confusión desatada por un lamentable error para expresar sus sentimientos de rechazo o de indisimulable odio contra el gobierno del MAS, o contra Marcelo Claure, o contra el periódico LA RAZÓN o contra periodistas con nombre y apellido que trabajan en el diario. Si buscaban lastimar, bingo. Duele ver cómo algunos usuarios de redes entusiastas que tienen el tiempo de especular sobre la base de prejuicios y la energía negativa de insultar y de agredir se dan cuerda entre ellos o chocan en sus percepciones y generan nuevos focos de agresión. Duele ver cómo alguna exautoridad apuntó a nuestro jefe de Redacción de LARAZÓN Digital, Rubén Atahuichi, que no tuvo ninguna responsabilidad en el hecho en cuestión y que solo madruga y amanece haciendo periodismo responsable. Duele que una exsenadora lance un comentario salido del estómago: “pasquín comunista”. Pero duele el triple saber que lo narrado aquí no es el lunar sino la norma. Sucede todos los días con tantos medios de comunicación, con tantos empresarios, con tantos actores políticos, con tantas autoridades, con tantos gobiernos, con tantos artistas, con tantos estudiantes de colegio, con tantas personas en el país y en el mundo. Las estructuras de estas plataformas digitales están diseñadas para eso: para poner posiciones confrontadas y subir las acciones de la empresa en el mercado. Es el espectáculo de una pecera gigante donde entran pirañas al ataque. Sálvese quien pueda.

¿Se afecta la vida real, fuera de la pantalla del teléfono? Las redes, las estrategias comerciales o las pirañas en las que nos convertimos trascienden sin la menor duda el universo digital para inflar todavía más las tensiones de un país dividido como la Bolivia posoctubre 2019. Envenenados todavía más por las redes sociales, salimos a enfrentarnos en las calles de carne y hueso. En efecto, no vamos a poner sobre las espaldas de Facebook o de Twitter el descalabro institucional y político atravesado hasta las entrañas por la pandemia. Pero tampoco vamos a dar un besito en la frente a estas plataformas que nos han cambiado las vidas. Sí bien nos han llevado al país de las maravillas de las llamadas gratis, de las comunicaciones instantáneas, de las caritas y los dibujitos para todo, del gran salvavidas “mándame por Whatsapp”, de los grandes encuentros y un largo etcétera, también nos han llevado a la tierra del “nunca jamás”. Los viajes adictivos a las redes, con sus dinámicas atrapantes, con el “siembra vientos y cosecharás tormentas”, nos han pegado también el virus de la intolerancia, de la agresión, del odio. Con esos virus salimos a las manifestaciones y nos miramos con desconfianza, nos gritamos, nos insultamos, nos empujamos, nos pateamos. Los barbijos que nos cubren la sonrisa no nos cubren de las antipatías con las que subimos a un bus, de la susceptibilidad que nos acompaña al mercado y que condiciona nuestros cruces de miradas con esos otros que también tienen la piel crispada. Así cohabitamos a diario. En este clima (des) informan los medios. Entre estos mundos los políticos se enfrentan. Con este ambiente enrarecido amanece y anochece en nuestros mundos. Estos mundos pititas, masistas, collas, cambas, awiphalados, tricoloreados, indígenas, menos indígenas, cholos, teñidos, acorbatados, son todos piezas de un mismo rompecabezas que está a punto de romperse. Nuestro retrato de familia. El único que tenemos. Lo único que somos.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

Niña camba

/ 7 de noviembre de 2021 / 00:38

Esta niña podría llamarse Soledad porque está sola hace mucho. Según cuentan los medios, en la ausencia de su madre, el padre sesentón de su padrastro (¡madre mía!) abusó sexualmente de esta niña solo sabe Dios desde cuándo y en las últimas semanas se supo de su embarazo. Este infierno se ha gestado en un rincón seguramente humilde de Yapacaní, entre los brazos santos de Santa Cruz. El padre del padrastro no es un santo padre, es un pobre individuo que hoy mira el mundo detrás de las rejas de una prisión que ni siquiera tiene las mínimas condiciones de hacerle comprender la dimensión del horror al que ha condenado a la pequeña Soledad. ¿Vivirá su propio infierno entre los otros privados de libertad? ¿Lo condenarán cada día? ¿Tendrá acceso a medios de información? ¿Tendrá consciencia de todo lo que destrozó? ¿Creerá en Dios? ¿Creerá en los derechos de esa “otra vida” que desencadenó su lado más despreciable? ¿Saldrá pronto de la cárcel?

Las instancias de la soledad de Soledad. Primero la dejó sola con el victimario su madre, empujada por sus propias circunstancias. La dejó sola hace días también, cuando dijo que no la dejaban ver a su hija, “protegida” en un centro al que la trasladaron representantes de la Iglesia Católica. Antes la había dejado sola la Defensoría de la Niñez y la Adolescencia de Santa Cruz cuando defendió la idea de continuar con el embarazo dando la espalda a una sentencia constitucional después de que la víctima había acudido a un centro médico bajo el amparo de la ley boliviana. La dejó sola el hospital Percy Boland cuando abrió sus puertas a representantes de la Iglesia Católica y grupos fundamentalistas para hablar y seguramente presionar a la pequeña y su familia. La dejó sola el Sedes también al callar ante este cruel escenario. Por si fuera poco, la dejaron sola varios periodistas al hacer público el caso ventilando la vida y difundiendo declaraciones de la menor afectando otra vez su dignidad.

Todos podríamos ser capaces de comprender que una niñita violada no puede ser obligada a parir por lo que psicológica y físicamente esta experiencia representa para ella, pero solo las mujeres podemos ponernos en sus zapatos. Mujer adulta, hoy busco volver al recuerdo de mis 11 años. Lectoras mujeres, intentemos viajar a nuestra niñez de 11 años. Desde ese tiempo vivido, desde esa vulnerabilidad, desde esa fragilidad e inocencia conectemos con Soledad de Yapacaní. Desde ahí nos hablará.

El amor por la vida y la solidaridad con ella hacen desear que los fundamentalismos no la obliguen a parir en su niñez. Lo apuntó también la ministra María Nela Prada y lo dijo repetidas veces la defensora del Pueblo, Nadia Cruz. Lo dijo la Comisión Interamericana de Derechos Humanos cuando pidió al Estado boliviano la protección de esta víctima. Tenemos frente a nuestros ojos la tortura de una criatura de once años con el peso de una de ocho. Sin embargo los brazos del famoso Estado Plurinacional (laico y de derecho) no logran abrazarla. Su cuerpo pequeño e inocente es hoy un campo de batalla religiosa y política. Portadas de LA RAZÓN en estos últimos días han informado que la pequeña es nuevamente atendida en un centro médico y es observada por un equipo de especialistas. Queda todavía abierto el final del episodio más doloroso de Soledad. Ana, María, Eugenia, Fabiola… más de 2.600 niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual solo en este año. Más de 1.600 menores de 15 años embarazadas en el primer semestre de este 2021. Son miles y están solas como Soledad, de Yapacaní.

Niña, al recordar hoy tus ojos tan fijos en mí, veo el mar, la playa y el sol, horizontes que no conocí. Esta noche tibia de lejos te siento venir. Soy un ave libre que busca tu felicidad. Camba, yo siempre te llevo dentro, porque mi canto y mis versos, siempre te quieren nombrar. Niña, te dejo todos mis sueños. Mi canto reclama tu voz. Mis palabras reclaman tu voz. Niña camba.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina: