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El pandémico sabor clandestino

Creador. Marco Antonio Quelca, el "casero mayor" de Sabor Clandestino, esperando con toallitas húmedas y alcohol a los comensales

/ 21 de octubre de 2020 / 05:04

El proyecto de cocina de autor no solo aplica medidas de bioseguridad, sino que reflexiona sobre la alimentación en estos tiempos

La comida callejera, la principal inspiración del colectivo gastronómico Sabor Clandestino, parecía herida de muerte cuando estalló la pandemia del COVID-19. Marco Antonio Quelca, cocinero y artista fundador de este colectivo, quien se encontraba con parte de su equipo trabajando en España en un programa que les permite capacitarse y practicar en temporada alta, vio que años de trabajo estaban en riesgo con las restricciones de bioseguridad, tanto para regresar a Bolivia como para seguir creciendo en sus proyectos. Entonces llegó la hora de reinventarse, una vez más.

Sabor Clandestino es un proyecto que nació en La Paz, producto de la reflexión y de la acción, de los saberes ancestrales en comunión con las más recientes técnicas de cocina, de la utilización de materia prima que está al alcance de todos, pero en formas insospechadas. Es una invitación para pensar, degustar y dejarse llevar.  

“El respeto por el tiempo y espacio me lleva a poder explorar algo más que insumos o productos de cada región y temporada, mis ojos están dirigidos sobre la cultura de lo cotidiano, la comida de calle, lo noble de la humildad y mis propias experiencias”, explica Quelca, —el casero mayor— quien ha destacado en diferentes cocinas nacionales e internacionales, así como en la creación de propuestas artísticas relacionadas con lo culinario.

Sabor Clandestino dio vida al proyecto Somos Calle, que nació cuestionando las tendencias actuales de la cocina de autor. El objetivo es “extraer propuestas ‘creativas’ de las cuatro paredes del restaurante” que resulta prohibitivo para la población popular, ya sea por los altos precios o por reglas de clase como la vestimenta, para ofrecer propuestas de manera gratuita, empleando la esencia de la comida de calle boliviana, brindando nuevas opciones al comensal de a pie y generando curiosidad para comer diferente.

Para poder subvencionar esto es que nació Cascándole, una experiencia gastronómica que busca llevar la creatividad culinaria a espacios abiertos y accesibles, para transmitir una cocina de compartimiento y no así una excluyente.

“Es itinerante, versátil por su temática, transversal por cubrir temas de interés social actual. Si bien se emplean técnicas conceptuales como la deconstrucción y reinterpretación, o el empleo de platillos muy populares, también se recurre a los productos considerados ‘humildes’ para realizar nuevas propuestas y aportar el concepto de comer nuestros productos, proponiendo nuevas opciones culinarias con base y fundamento en la cocina madre paceña y boliviana. El resultado final es una cocina de autor con raíces”, explica Quelca sobre su propuesta.

Desde 2014 que el proyecto fue creciendo: comenzó en una serie de cenas en la casa Hermanos Manchego, después pasó a miradores dentro de la ciudad, como El Montículo, después avanzó a temporadas completas en otros miradores más alejados en que se lleva a los comensales en un micro y nacieron finalmente las cenas en el mismísimo hogar del Sabor Clandestino. Cada elemento sensorial se fue potenciando y llegando a más adeptos. Sin embargo, la irrupción de 2020 trajo consigo la pandemia del coronavirus, existía el temor de no poder regresar al país y quedarse atrapados en España. Había miedo. Pero el momento resultó perfecto para recrearse. 

Una entrante en que se puede comer hasta el envase

Un sucumbé con sabor a coco

El precio de la experiencia es de Bs 380. Para contactos, escribir al 591 70548279.

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel vargas

Nada es lo que parece en este viaje gastronómico: un vaso de refresco con la linaza de las 10.00

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

En las faldas del cerro de Cotahuma, Marco Antonio Quelca realiza un ritual de agradecimiento

Preocupaciones pandémicas

Después de varios meses, el micro azul nuevamente estaba listo para partir. Era el primer sábado de octubre y a las 11.30 aún se esperaba a un par de comensales atrasados. A pesar de la tensa calma de la “nueva normalidad”, las expectativas del grupo estaban a flor de piel. Ahora eran menos: 10 personas, para mantener el debido distanciamiento físico, cuando lo usual era transportar a 20 para que vivan la experiencia. “No ha sido malo del todo, pues para eventos privados teníamos un mínimo de 10 personas como requerimiento, y ahora se puede hacer la experiencia privada con un mínimo de seis, lo que han agradecido muchos de los caseros”, contaba Quelca.

El micro fue previamente sanitizado y Quelca esperaba en la puerta con un difusor de alcohol y toallitas húmedas para una desinfección constante de manos. Y es que había varios platillos que se comerían con las manos, así que ninguna precaución estaría de más.

El uniforme —pasamontañas negro con el traje blanco, híbrido entre la filipina tradicional de los chef y los trajes de las comideras— ha sido siempre característica del colectivo. “Antes yo lavaba autos y he tenido que usar pasamontañas para que no me reconozcan mis compañeros del colegio”, relataba Quelca ya en el bus. El uso ahora era un homenaje a los lustrabotas y estaba relacionado con el rechazo a la figura del chef como “estrella”.

El primer tiempo se degustó en el mismo bus y surgió de estas reflexiones pandémicas: la comida para entrega en casa. Si en anteriores versiones la crítica iba sobre el abuso de los productos plásticos que contaminan el medio ambiente fomentando el reciclaje y la reutilización, ahora la pandemia elevó al plástico al carácter de imprescindible. La respuesta de Sabor Clandestino: Hacer una comida en que hasta el envase resulte comestible.

El bus llevó a los comensales hasta el mirador de Laka Uta, de Cotahuma, donde la cocina y la mesa se habían instalado. Todos portaban barbijos, pero como el encuentro era al aire libre, bajo un radiante sol y rodeados de árboles, y con la suficiente distancia entre unos y otros, se disiparon de a poco todos los temores. La tensión pandémica fue aflojando poco a poco aliviada con agua con gas, limón, manzanilla y un buen k’aj de licor de coca, tras el tributo a la Pachamama.

La degustación continuó con una serie de platillos producidos con la meticulosidad de un laboratorio: se había pensado en que los ingredientes que se utilizarían se aprovecharían al máximo; en vajilla que fue creada exclusivamente por artesanos locales, así como la forma en que se haría el emplatado. Un ritual cerró la jornada a eso de las 14.00,  en un claro entre los árboles, Quelca hizo una ofrenda al cerro de Cotahuma que había permitido que se realice allí este almuerzo. Leyendo un texto que ha escrito en su libro, el “casero mayor” recordó cómo fue que el miedo llegó al barrio tras los deslizamientos de 1996 y que fueron los árboles los que sanaron la tierra y disiparon los temores de los vecinos, convirtiéndose ese espacio en un lugar de encuentro. Que así también desaparezca la amenaza del COVID-19 en los corazones de los paceños, como ha desaparecido el sorbete de eucalipto en las gargantas de los comensales.  

A la hora de presentar a los cocineros artífices de tan singular almuerzo, cada uno se quita el pasamontañas… y se pone el barbijo; cosas de la pandemia. Con Quelca estuvieron en este servicio Lizbeth Cuentas, Rubén Armando Mamani, Martín Loría, Javier Quispe, Samiri Campos, Williams Condori, Moises Bernabé y Bryan Palenque.

Nuevos proyectos

Si la existencia de la comida callejera estaba en peligro, ahora el colectivo impulsa su transformación. Por ello es que Quelca ha encabezado la capacitación de personas interesadas en comercializar comida rápida en la vía pública en la Escuela Taller de Sabor Clandestino. Lo que se busca es crear productos nuevos que cuenten con ingredientes nutritivos y de gran sabor para mejorar la alimentación de los paceños. Muy pronto, los carritos circularán por las ciudades de La Paz y El Alto.  Por otro lado, el colectivo se va de tour. Primero estará en Santa Cruz el 31 de octubre —la recepción ha sido increíble, hemos llenado tres días de la experiencia a las dos horas del lanzamiento— y en Cochabamba estarán desde el 7 de noviembre. “Llevaremos una base de nuestra propuesta, pero en cada contexto se generará una diferente, acorde con cada lugar”, promete el guía de este viaje culinario.

Carla Ortiz: RENACER en Bolivia

ESTRENO. Después de cuatro años filmando en Siria, la actriz y modelo Carla Ortiz se prepara para el estreno de su opera prima mientras se reencuentra con Bolivia.

La actriz y modelo Carla Ortiz

Por Adrián Paredes

/ 3 de mayo de 2021 / 09:38

Una llamada repentina transportó a la actriz y productora Carla Ortiz a una sesión de fotos con un vestido negro con dorado. Estaba en el país por el lanzamiento de Billboard en Bolivia y no daba más del agotamiento. Igual se probó tres vestidos antes de dejarse maquillar y por 45 minutos la cámara disparó y disparó. El resultado son estas fotos donde la artista se ve esplendorosa.

“¿Por qué? Pues cuando uno está feliz, en la foto también sale la felicidad”, explica Ortiz a ESCAPE, inventándose un respiro en su apretada agenda.

La artista cochabambina de 41 años está en un momento muy especial. Además de organizar eventos con Billboard en Bolivia, también está participando del piloto de un show “por ahora secreto” en Los Ángeles y prepara el estreno de su documental La voz de Siria, que marcará su debut como directora de cine.

“Es una historia muy personal porque después de haber estado en la guerra entiendes la vida de forma muy diferente”, adelanta Ortiz sobre este trabajo.

“Creo que estoy en una etapa de renacimiento. Además, creo que tengo una capacidad increíble para reinventarme. Lo he hecho muchas veces en mi vida y poder renacer a una nueva versión de Carla después de Siria fue algo muy duro para mí. Entender lo que es la muerte, lo que es la vida, poder darte cuenta de que respirar realmente es una bendición y no lo digo poéticamente. Se nos olvida la bendición que es poder respirar”, agrega.

Era 2016 cuando la actriz y productora de Olvidadosdecidió ir por seis meses a la conflictuada zona de Siria para filmar su documental. Entre viajes como embajadora humanitaria en ese país y sus distintas ocupaciones artísticas, terminó quedándose cuatro años en las diferentes zonas de guerra de Siria.

“El cine puede convertirse en un instrumento para dar a conocer las verdades y mentiras en una guerra. Por eso el formato documental”, acota.

Para 2019 llegó a Bolivia directo a los conflictos políticos de noviembre y la eventual cuarentena rígida, la cual pasó en el país. Era su primer respiro en años y lo aprovechó para volver a conocer su patria y ayudarla en el proceso. “Me ha tocado enamorarme de vuelta de Bolivia. Me ha tocado ver la cara más bonita de mi país, y también la cara más necesitada de mi país”, afirma la cineasta.

Todavía resolviendo en su fuero interno todo lo vivido en Siria, Ortiz decidió que no podía quedarse quieta y junto a la Fundación Carla Ortiz creó el movimiento La solución eres tú. Así recaudó $us 1 millón para comprar canastas familiares y, junto a tres mil voluntarios, recorrió el territorio nacional repartiéndolas en los pueblos y provincias que los requerían.

“Bolivia me toca en el momento en que tenía las vibras de mi ser más sensibles y vulnerables y por eso tal vez la gente que me sigue en redes sociales sabe que trabajo sin descanso”, expone la actriz.

“Me toca usar la fama de mi carrera y ponerla al servicio de mi país. Entonces, estoy viviendo una etapa de las más lindas de mi vida, donde siento que Carla Ortiz puede trabajar para ella pero en función del mundo y su país”.

Foto: Miguel Ángel Quisbert

¿Qué hacer tras una reinvención?

“Cuando llegan estos momentos, una no puede atreverse a descansar, hay que seguir empujando”, recalca Ortiz. Su futuro está tan lleno de planes como su presente. Por un lado, desea seguir contribuyendo a la reactivación del sector artístico con su centro cultural, comercial y empresarial. Paseo Aranjuez, que seguirá albergando obras en sus galerías, artistas urbanos en sus pasarelas y visitantes en su terraza de restaurantes, allí en la avenida América, esquina calle Pantaleón Dalence, de su ciudad natal, Cochabamba.

Por el otro, Ortiz también está retomando un proyecto muy especial para ella: una producción sobre la revolucionaria Juana Azurduy que dejó hace cinco años para dedicarse al tema de Siria.

“Me fui cuatro años de la vida, pero estoy emocionada porque es uno de mis proyectos de vida más importantes. Será una producción épica e histórica, pero sobre todo épica, entonces estamos aún definiendo si será película o serie”, declara con la esperanza de empezar  pronto. Y, en el ínterin, estrenará un documetal sobre Corea del Norte en 2017.

“El tema de lanzarme como directora en áreas de conflicto nace de este ímpetu urgente por mi afán de poder construir puentes de comunicación entre esos mundos que no conocemos y creemos que conocemos por las noticias”, afirma. Todo esto mientras continúa con el trabajo filantrópico que le ha cambiado la perspectiva de las cosas y la ha ayudado a renacer en esta etapa de su vida.

“Va a llegar el momento de descansar”, se dice Ortiz, pero sabe que no será ahora. “En este tiempo distanciados podemos darnos cuenta de que todos queremos lo mismo: una Bolivia próspera donde nos sintamos todos hermanos y trabajemos juntos para levantarla”.

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EL ETERNO RETORNO DE SANTIAGO BLANCO (a puro machete)

Son pocos los autores y personajes de novela negra en Bolivia. El más capo, el más gordo, el más pendejo es creación de Gonzalo Lema

El autor Gonzalo Lema

/ 3 de mayo de 2021 / 09:29

Santiago Blanco es un personaje excepcional en las letras bolivianas. Lleva 20 años dando vueltas y resolviendo casos. Expolicía y exdetective, ha aprendido a freír y comer sábado para no morir de hambre y no sentir la discriminación en Villa Montes. Sigue dramatizando sobre su pasado y su moral es la de siempre, flexible. “Blanquito” se nos está haciendo mayor, a medida que envejece, come y bebe más. Ha dejado atrás su etapa más negra, cuando tuvo que vivir debajo de un puente en Cala Cala (Cochabamba) y ahora “disfruta” del calor del Chaco Boreal. Idolatra al Wilstermann del 72 y al Real Madrid de la “Quinta del Buitre” y no olvida sus tiempos de arquero y esa chapa futbolera inigualable, Dormido. Es un perdedor y un hombre terriblemente solo rescatado por Gladys, su memoria/soporte/amor. Su hambre es de sed, conserva una sana gordura y en su última aventura Hola, mi amor (Plural editores, 2021) de Gonzalo Lema vuelve a la pega: balaceras y muertos en la frontera entre prostíbulos de mala suerte con nombre risueños como “La Perla” y boleros que nunca mienten.

Santiago Blanco vive en tres libros de cuentos y en tres novelas de Lema. Y en la patria de papel de muchos lectores y lectoras. “¿Cuándo vas a matar al Santi?”, pregunto al “Chaly” por teléfono y éste responde sin dudar: “es probable que él me mate a mí primero”. Miente el escritor como se mienten en las novelas negras. El abogado/personaje Lema es la elegancia/finura seductora que a Blanco alguna vez le gustaría alcanzar. Por eso, no lo mataría nunca. El machete, sin embargo, asoma vigilante.

—Don Santiago, punateño de corazón, se despide una y otra vez pero siempre vuelve: al amor y a los casos imposibles. ¿Por qué?

—Blanco no es, precisamente, un hombre afortunado. En el amor tiene el remordimiento profundo, una “piedra” grande en el pecho, de no haber prestado la atención debida a sus sentimientos para con Angelina, la adolescente nieta del General que lo contrata para cuidar las manos del Che. Esa desatención provoca el peor de los finales en una historia de amor; en cuanto a Marilú, su esposa de pocas semanas, ella se avergüenza de su carencia absoluta de ambición profesional y provoca la fractura de la relación. Lo presentaba a los amigos como futuro Ministro de Gobierno o futura eminencia en materia penal, y él, mientras tanto, se pensaba continuando de investigador adjunto en la “institución”, algo muy humilde. Creo que hizo bien en dejarla o hacerse dejar; con Gladys es un tema más profundo: ella, una prostituta de prostíbulo clandestino, ha de convertirse en católica militante, catecúmena, 30 años después. Él, investigador entonces, cervecero y mujeriego, ha de seguir siendo lo mismo pese a sus 58 años. Casi es obvio que se manifieste la incompatibilidad. Respecto a la “institución”, Blanco acumula una pesada decepción debido a la corrupción creciente. Un día, esta piedra caliente revienta en muchos pedazos y lo expulsa a la acera, en la plaza principal de Cochabamba, sin edad para jubilarse, pobre y sin futuro. Estas vidas son más numerosas de lo que advertimos. No es nada excepcional.

—El amor con la Gladys, desde la época del “clande” de la calle Calama, ahora se traslada a Villamontes y su “paraíso”. ¿Por qué la Gladys lo perdona una y otra vez? ¿Lo hace a cambio solo de ratitos de felicidad?

 —Sí, creo que es certero afirmar que le bastaban los “ratitos” debido a la vida que ella misma llevaba. ¡Era una prostituta! ¿Qué podía “pretender”, además de un humilde investigador de la Policía? Sin embargo, Gladys, que en ese tiempo se llamaba Soledad, nunca fue su mujer. No “hizo” cuarto con él. Como estaba enamorada de Blanco, se hizo cortejar hasta que las circunstancias arrancaron a Blanco de la institución y lo depositaron bajo los puentes. Se reencuentran muchos años después, con él mayor de 40 años y ella concesionaria de un kiosco cochabambino en la avenida América y Libertador. Gladys lo salva del hambre, pero no se hace reconocer. Luego viene su historia de amor mientras él es portero del edificio Uribe, del frente al kiosco. Se aman y piensan que pueden ser pareja. Los “ratitos”

quedan atrás para enfrentar la vida juntos en Villamontes. Creo que se trataba de una verdadera historia de amor. Dos personas muy golpeadas, maduras, lindas a su manera.

ESCRITOR. Gonzalo Lema nació en Tarija, Bolivia, en 1959. Estudió en Cochabamba hasta el bachillerato. Ingresó al Instituto Laredo para luego seguir la carrera de Derecho en la Universidad Mayor de San Simón. Ganó el Premio Internacional de Novela Kipus 2014.

—¿Cambiará alguna vez Blanco su carácter contestón e irreverente con el poder? ¿Qué tanto de Lema hay en “Santi” y viceversa?

—Yo quisiera que la vida funcione bien en todo aspecto para que todos nos dediquemos a ser felices. Sé que no es así y que nunca lo fue ni lo será. Santiago Blanco es, si se puede, más pesimista aún, porque en la institución comprendió que ni siquiera es posible alcanzar la justicia. Pero, al mismo tiempo, es terco y no se rinde y busca encontrar la verdad en los casos que investiga. Inclusive, en un principio, comentó que le gustaba discutir con el criminal o delincuente las razones íntimas que lo habían conducido a cometer un crimen. Un ilícito, como también se dice. No sé qué conclusiones sacaba. Yo ni siquiera eso. Escribo y leo, observo. Entiendo el poder político como cohesión al interior de una república o Estado, pero el abuso de poder me entristece hasta llevarme a escribir. No le rindo loas al poder, lo critico siempre. Bueno, quizás compartimos el mismo sentimiento más de lo que pienso.

—El tiempo lo volvió también nostálgico y sentimental, pero ahora vuelve a las andadas para resolver otro caso entre frontera y “patapilas”. ¿Sigue leyendo suplementos de cultura? ¿Sigue idolotrando a Mitre? ¿Cómo hace para ver/escuchar a su “Wilster” querido?

—Creo que la infancia lo convirtió en nostálgico y sentimental. Él fue criado básicamente por su tía Julieta, chicharronera en Punata, y no sé cuánto extrañaba a su mamá. Su nostalgia está anclada en un pasado que, entiendo, nunca vivió. Es una nostalgia poética, cierta pero inventada. Ahora, debido al oficio, es un hombre duro, muy capaz de soportar desilusiones, fracasos, frustraciones y golpes. Al mismo tiempo, es sentimental. Se conduele por las penas de una madre, de un niño, de un anciano… Se conduele de él mismo, al menos si carga muchas cervezas en el cuerpo y escucha boleros. Ese estado de ánimo, y su sempiterna curiosidad, hace que sea lector de suplementos culturales, siempre en Cochabamba y ocasionalmente en Villamontes. Le presta atención a la poesía de Mitre y Antonio Terán. Lee cuentos y opiniones hasta que alguna lo hace sonreír. Le gustaba ir a ver al Wilstermann pobre sin sus figuras campeonas del 80/81, peleando por estar en la panza de la tabla. Pero con los años se contenta con saber los resultados, nada más.

—¿Qué diría Blanco de los ataques de otros literatos y académicos que recibe Lema sobre trasladar/imitar/copiar al Pepe Carvalho de Manolo Vázquez Montalbán hasta la Bolivia glotona?

—Lo más probable es que no diga nada, que ni siquiera se alce de hombros. Él tampoco simpatiza con Lema. Pero en la vida, más concretamente en la sociedad, la simpatía y la antipatía son pan de cada día. Por lo demás, el literato criticón parece ser más glotón que Blanco y no debería extrañarse de encontrar comilones a su lento paso.

—Desde el inicio de Hola, mi amor aparecen tres señas de identidad innegociables de la serie Santiago Blanco: la capacidad para narrar de manera ágil, el cuidado por los detalles/personajes secundarios y el inevitable sentido del humor. ¿Cómo manejas ese tridente?

—Blanco tiene hasta ahora 19 cuentos y tres novelas, así que hace tiempo que camina por cuenta propia. Yo lo conozco lo suficiente como para intuirlo bien y me he propuesto respetar sus sentimientos, su ética y sus eventuales desmadres. Le soy rigurosamente fiel. A Gladys también la conozco y comprendo. A Lindomar Preciado Angola lo he conocido en las calles de Cochabamba y es mi buen amigo, con gran afecto y respeto. Los quiero, como se advierte. No me ha tocado ninguna circunstancia que me obligue a tomar partido por ellos, hasta ahora todo ha sido natural. Son seres muy vitales y muy bien intencionados. Son graciosos aun en la pena. Se manejan solos, aunque yo soy su transcriptor.

—Blanco es sinónimo de “cochabambinidad”, para lo bueno y lo malo. ¿Cómo trabajaste el personaje desde lo gastronómico en un nuevo escenario como es la frontera de “western” chaqueña y el recuerdo de la guerra?

—Creo que Blanco ha trasladado su “cochabambinidad” a Villamontes. Como tiene dinero, come y bebe mucho; como hace calor, evita la chanka de pollo. En el mercado encuentra bastante variedad colla y en el restaurante El Paraíso de Gladys está el sillpancho orejudo con doble o triple huevo que le prepara la cocinera Guillermina, su paisana punateña, para la cena. Como es frontera y él investiga inclusive por las noches lleva siempre su machete. Bebe cerveza como en cualquier confín de la patria. Vive con cochabambinos, salvo la nuera de Gladys que es chaqueña. Blanco camina por los senderos del monte chorreando a mares, de ojotas, y en vez de poetas y jubilados de la plaza de Cochabamba, encuentra a un benemérito divertido de la Guerra y a un fiscal inteligente y reposado que lo entiende. Bueno, no he encontrado dificultades que no haya podido superar.

—Si en los primeros relatos de Santiago Blanco (Un hombre sentimental, 2001) aprovechabas para retratar un país en crisis, para ahondar en lo más oscuro de nuestras realidades, para diseccionar a la Policía boliviana en un microcosmos brutal extendible en sus vicios, defectos y virtudes al resto de la sociedad, ¿qué hallaste diferente en Villamontes? ¿Extraña “el Santi” Punata y la “Llajta”?

 — Entiendo que Blanco no extraña Punata, aunque por supuesto que siente que allí pertenece. Él es punateño y luego es cochabambino de la ciudad. Sabe que en las ciudades están los barrios muy privados, con guardias en la puerta, los edificios de apartamentos, de oficinas y que por las noches algo se mueve además de Santa Klaus. Si se trata de vivir lo cotidiano, él ha de frecuentar los comedores de los mercados y ocasionalmente las esquinas con toldos donde comen los taxistas y los gustosos de clase media. En Villamontes está el mercado central, que es precioso y encierra la casa del alemán donde Salamanca sufre el golpe de Estado de 1934. Hay más mercados, porque es una magnífica ciudad: planificada, de calles y avenidas anchas, repleta de árboles y con el Pilcomayo a un paso. Es una ciudad con frontera próxima, con bastante dinámica económica. Esto hace que haya mucha gente, que la sociedad sea un conglomerado con muchos anónimos y que exista el crimen. Bueno, la verdad es que la delincuencia enraíza con facilidad donde viva el ser humano.

—¿Sigue siendo “Blanquito” un anarquista de derechas? ¿O la comida es su única patria?

—¡Santiago Blanco no es un hombre de “derechas”! No hay un solo indicio que justifique esa afirmación. Y tampoco es anarquista, ni siquiera en su matiz más suave. Él fue udepista, porque es la UDP, en su connotación general, la que instala esta democracia en 1982. No sé cómo habrá votado a partir de 1985, aunque podría aventurarme a decir que apoyó a los partidos que componían esa coalición. Más bien advierto que no le gusta la gente rica, platuda, salvo que sea culta como el señor que tocaba saxofón en la novela Dime contra quién disparo. Su “entorno” social ha sido de gente muy pobre, alguna expresidiaria, alguna delincuente común, algún clase media sencillo y encantador. Bueno, ahora parece que no tiene a nadie a su alrededor. Pero, ¿de cómo podría ser de “derechas”? La izquierda nacional aún ahora tiene muchos matices y él debe militar en alguno de ellos. Voy a preguntárselo apenas pueda. Ojalá tenga ganas de conversar conmigo.

—¿Hay chance de que el desengañado de Blanco abandone su visión de Bolivia como un país “arguediano”, fatalista y “cucarachista”?

—Que yo recuerde, es Lindomar Preciado quien pregunta si no podemos vender este país tan feo y comprarnos uno bonito junto al mar. La reacción de Blanco es, más bien, de indignación. Él riñe a su ayudante y saca cara por los indígenas que viajan con ellos en la carrocería del camión en las montañas subandinas. La visión “arguediana” está presente en ciertos bolivianos, no lo dudo, pero Blanco está contra esa gente. Él no es racista, de ninguna manera. Él es, más bien, un nacional-popular a cabalidad. Es cierto que no es optimista, pero ¿quién es optimista frente a tanta corrupción? Porque el problema número uno es la corrupción material, intelectual y sentimental que rebalsa en nuestro país. Todo lo demás se puede entender como un proceso en marcha y se puede esperar buenos resultados, aunque sea en las calendas griegas. Pero la corrupción nos divorcia de la política, de la burocracia, de la justicia, de la sociedad, etcétera. Blanco reacciona en consecuencia. Es uno más. E imposible que tenga la conducta “cucarachista”. Es todo lo contrario: frontal, sensato, capaz de decirse la verdad y de decírsela a otros. Algo más, que también me gustaría indagar en su visión de patria: yo sospecho que apoya la sabiduría de las masas, en especial las de noviembre. Que también este tema quede como pendiente.

—Hace cuatro años publicaste en Cataluña la segunda novela de la saga SB Que te vaya como merecesy ganaste la 11ª edición del Premio de Novela Negra L’H Confidencial, ¿qué fue lo mejor y peor que te pasó a raíz del logro?

—Todo fue de lo mejor, lo afirmo con convicción y agradecimiento. El libro publicado por la Editorial Roca es precioso, el premio fue bastante y suficiente, y la presentación y cobertura me sorprendieron por su generosidad. En Barcelona hice amistad con Jordi Canal, el director de la Biblioteca Negra, y quisiera conversar muy a menudo con él. Ese premio me llevó a la feria de Miami y me posibilitó conocer a otros escritores y comprender mejor los caminos que tienen los libros ante sí. Además de Barcelona, visité Madrid en compañía de Pedro Shimose, Andalucía y Lanzarote, la isla donde vivió Saramago, guiados por grandes amigos. Quisiera ganarlo otra vez, pero está prohibido que alguien lo gane dos veces.

—Tu amor incondicional por el género negro es consecuencia de tu universo narrativo cargado de pesimismo existencial. En los relatos al margen de la serie de Blanco, como en Después de las bombas (editorial La Hoguera, 2012) también retratas un universo sombrío donde el olvido todo lo puede. ¿Era inevitable que desarrolles por ende una colección y un personaje de serie negra durante 20 años?

—Santiago Blanco me ha sido inevitable desde que leí El largo adiósde Raymond Chandler, hace 35 años. Es importante que explique por qué: la influencia más fuerte que he sentido para escribir novela policial o negra proviene de la lectura, no de la realidad, ni del cine o la televisión. Cuando leí a Chandler entendí la importancia de la trama; luego, con más novelas suyas, y de otros clásicos del género, reparé en la importancia de una buena prosa. Con esa conciencia volví a fijarme en la realidad de todos los días. Lo que muestra y lo que esconde. Al mismo tiempo, como cualquier persona, sé que no todo está cubierto de sospecha y por eso escribí los cuentos de ficción. Ahora, como un común denominador, soy consciente de mi pesimismo relativo. No obstante, no soy un pesimista perdido para la redención. Me bastaría hallar buena fe y transparencia en los políticos para modificar mi ánimo. Que gobiernen para todos, sería un paso esencial. Que expliquen sus medidas para que midamos su grandeza, también sería muy importante. No me sorprendería volverme un optimista moderado casi de inmediato.

—Son contados los detectives y obras de género negro en Bolivia, ¿por qué crees que no tenemos más Blancos y más Lemas?

—Bueno, menos mal que solo hay uno de cada uno de ellos, así todos estamos aliviados. Juan de Recacoechea tiene sus preciosas novelas, muy parejas, anteriores a las mías. Hay cuentos policiales sueltos y alguna otra novela. Bien puede suceder que se publiquen varias de pronto. Nuestras sociedades son cada vez más anónimas y el vecindario va perdiendo el control social. La delincuencia crece y la Policía tiene dificultades para darse abasto. Algo más, muy importante: la novela urbana ha de reclamar más centralidad del género policial.

—¿Lees literatura nacional? ¿Qué libro estás leyendo ahorita?

—Leo literatura nacional con mucho gusto. Leo, además, libros nacionales escritos por cientistas políticos, sociólogos, psicoanalistas, músicos, poetas, literatos, etcétera. El penúltimo libro nacional que he leído es de Antonio Mitre, La pantalla indiscreta, una investigación en detalle sobre la cartelera de cine en Bolivia desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX, y el último, hace una semana, es una recopilación de ensayos políticos de Fernando Mayorga, Crisis y cambio político en Bolivia. Ahora estoy leyendo El retorno del profesor de baile, de Henning Mankell.

FOTOS: RICARDO BAJO Y ARCHIVO LA RAZÓN

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Coca-Coin Colombia: Ojalá nunca llegue la noche

En marzo un bombardeo a un campamento de las disidencias de las FARC en Guayabero, en Colombia, mató por lo menos a dos menores de edad. La región es conocida por su cultivo ilegal de coca y la producción de base de coca. Estas son las voces de las mujeres de Guayabero.

Por Lise Josefsen Hermann

/ 3 de mayo de 2021 / 09:22

La selva puede parecer idílica, pero luego están esos detalles; algunos invisibles, todos tan vitales. El fuerte olor químico de los laboratorios de base de coca que sabemos que están ahí. Y los helicópteros militares volando bajo durante la noche. También las banderas de las disidencias de las FARC moviéndose en la zona. Nadie las nombra, pero todo el mundo les tiene presente.

El 2 de marzo 2021 Guayabero —en el departamento del Meta, Colombia— llegó a las noticias nacionales e internacionales. La Fuerza de Tarea Conjunta Omega del Ejército colombiano había lanzado un bombardeo a un campamento de las disidencias con varios menores de edad. Murieron 12 personas, por lo menos dos de ellos, Danna Liseth Montilla Marmolejo, 16, y Yeimi Sofía Vega, 15, eran menores de edad. En Guayabero lo del reclutamiento de menores no es secreto, más bien es normalidad.

Las mujeres de Guayabero de todas las edades solo sueñan con ejercer sus derechos básicos. Con educación, salud, seguridad, alimentación, infraestructura. Con respirar un aire de paz. Con tener una carretera.

Una joven nacida en medio de un desplazamiento. Una exguerrillera que busca curar a la población con sus conocimientos médicos en zonas donde no hay puesto de salud, pero corre el riesgo de ir a prisión por hacerlo. Una mujer llorando porque perdió 20 (de 60) vacas asesinadas recientemente por militares. Siempre el miedo latente de enviar a los hijos a la escuela por la presencia militar. Siempre el deseo de que la noche nunca llegue.

Estas mujeres viven en una sociedad paralela, donde la moneda es base de coca y las casas están rodeadas de plantaciones. Habitan con sus familias en medio del Parque Nacional Serranía de la Macarena, zona en la que el Gobierno nacional implementa la Operación Artemisa, una estrategia militar para recuperar la selva amazónica de actividades ilegales. De la coca. La presencia del Estado es la erradicación forzada de las matas de coca. Nada más.

Hasta el nombre de una de las veredas centrales lo dice todo: Nueva Colombia. Todos sueñan con ser parte de Colombia. Con plantar piña o papaya en lugar de coca. O tener ganado. Estas son las voces de las mujeres de Guayabero.

Farisiuri Gonzales Morales 13 años, estudiante, Vereda La Reforma

Foto: Andrés Cardona

Nací un día después de que mis padres fueron desplazados, los paramilitares venían violando niñas. Nací el día después, el 6 de marzo a la una de la tarde. Los médicos habían dicho que nacería aproximadamente el 20 de marzo, pero por el desplazamiento yo nací el 6 de marzo. Mis papás me cuentan todo eso.

El estudio acá es pésimo. A los profes les daba miedo, se iban, se asustaban. Solo hay primaria. Por eso los chicos, la mayoría, se van para los grupos armados porque el Gobierno no da opción para estudiar acá. Muchos padres tienen muy pocos ingresos económicos no tienen otra opción.

Conozco varios que se han ido a eso. Son un poco mayores que yo, cinco o seis personas que se han ido por causa de que no hay educación. Son niños y niñas muy jóvenes. Yo nunca lo he pensado, no me gusta tampoco.

Amo mucho a los caballos y al ganado. El caballo es como un buen compañero, me gusta mucho montarlo. Me gusta el ganado, es como una familia grande. Como que ellos me tienen a mí y yo los tengo a ellos.

Irse de aquí sería demasiado duro. Yo nací y fui criada por acá hasta los 10 años. Eso es lo que me da vida a mí, es como algo muy bonito que no sé cómo explicar. Es como si llevara la tierra en mi sangre.

En la noche uno no sabe si dormir o quedarse despierta. Cuando empiezan por ahí los helicópteros, si están trayendo más ejército, si de la nada salen, si los perros ladran. ¿Será que el ejército anda por ahí? Sera que están matando alguna vaca en la noche o se van a robar algo? Entonces como que ahí es que más te atormentas.

Leonilde Hernández Rincón 30, Vereda Caño Cabra, campesina y productora de coca

Foto: Andrés Cardona

Yo me acuerdo de estos helicópteros cuando fumigaban esa vaina, el glifosato, eso fue aguantar hambre. Un día cuando tenía ocho años escuchamos helicópteros y avionetas. Lo único que hice fue esconderme debajo de la cama. Estaba asustadísima. La casa se movía. Al principio no sabíamos qué era.

Después vimos las avionetas aspersando bajito, por lo general se escuchaba rumores, pero no hay televisor ni nada para informarse. Nos cogió de sorpresa. Después se veía plátanos, amarillas… ¡Se murió todo! Pasamos hambre.

Mi mamá siempre conseguía maíz. Y nos hacía sopas de maíz, sin sal sin dulce ni nada. Mi hermano, bebé, todos vivimos un tiempo así. Cada rato se escuchaba helicópteros, balas en las noches.

Mi mamá dice que antes todo era selva y la gente cortaba bastante madera, la vendían en los pueblos. Con la llegada de la coca, vieron más rentable la coca. También ya estaban molestando harto con la madera. Lo mismo de siempre: ‘ilegal, ilegal, ilegal’.

La economía por acá siempre ha sido ilegal. ¿Pero si no dan una alternativa legal? Y no podemos invertir porque estamos en parques. Ni panel solar, porque estamos en parques. Ni mejorar la escuela. Pero fumigar sí se puede. Es doble moral. Proteger, conservar y fumigar con glifosato, contaminar el aire, el agua y la tierra. Llevamos muchos años acá, no nos van a sacar. La gente va a pasar necesidad, pero van a volver a tumbar y volver a sembrar. Mientras que no hay una solución de fondo, la gente lo va a volver a hacer.

 Chévere si por acá fuera así como en otras regiones. Donde está la carretera. Uno siembra cultivos, espera que pase el carro y despacha eso. Que haya señal del teléfono, que haya luz, alcantarillado. ¿Será que algún día se verá esto por acá? Sueño con eso. Es un sueño humilde, son cosas que deberían existir, que deberíamos tener. Somos campesinos con derechos como cualquier colombiano.

Danna Valentina Patarroyo Hernández 13 años, estudiante, Vereda Caño Cabra

Foto: Andrés Cardona

Cu ando estaban los soldados nos tocaba pasar por un potrero, donde un campamento de soldados para ir a la escuela. Eso fue hace tres años. Nos quedaba lejos, y los soldados no dejaban pasar a nadie. Por eso nuestros papás no nos mandaban a la escuela, les daba miedo. Como un mes no fui a la escuela. Luego durante el plantón se cerró la escuela por como dos meses. El plantón fue al lado de la casa.

La coca es una forma de sobrevivir, porque por aquí como no hay carretera, no pueden salir con los alimentos. Por eso cultivan coca por aquí. Antes de que yo naciera era madera, pero ya no hay madera, pues toca coca.

Quisiera ir a estudiar en Bogotá con mis hermanos. Después venir por aquí otra vez y ser profesora. Quisiera que arreglen los baños en la escuela. Sería más bonito si hubiera una carretera, ya habría otras formas de cultivar. Piña o cualquier cosa. Yo no quisiera trabajar en la coca, es malo para la salud, uno se puede intoxicar.

NOTA: Los plantones son protestas campesinas contra la erradicación forzada. En 2010 más de 1.000 cocaleros se manifestaron por más de un mes. Intervino hasta el Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios). Organizaciones de DDHH alertaron sobre varias serias violaciones a DDHH, heridos y desaparecidos.

Carol Brigith Rodríguez Roa Coordinadora del Espacio Comunitario instalado por varias organizaciones de DDHH


Foto: Andrés Cardona

Ha habido abusos por parte de las fuerzas públicas a las comunidades campesinas, no han recibido trato de manera diferencial, sino un trato de guerra. Tenemos fuerzas militares erradicando cultivos de uso ilícito, pero hemos escuchado, de comunidades campesinas, cómo los militares han llegado a destruir sus casas y acabar con su pan. Realizan disparos a personas en resistencia pacífica.

No es secreto que en los departamentos de Guaviare, Meta y Caquetá las disidencias de las FARC hacen presencia. Hemos podido ver que antes de los acuerdos de paz, estas estructuras armadas eran la figura de autoridad en la región. Se encargaban no solo de presencia militar, sino también de autoridad, orden, organización y demás. Con la firma de los acuerdos las comunidades se sintieron muy desprotegidas porque se suponía que entraría el Estado, pero el Estado nunca llegó. Algunas veredas vecinas se acogieron a los programas de sustitución y nunca les cumplieron. Entonces los acuerdos generaron cierta perspectiva y esperanza. Pero el Estado nunca llegó, nunca les cumplió.

En la Vereda La Reforma hemos visto las siglas AUC en corteza de árboles, algo que ha alertado muchísimo a la población civil. Las comunidades nos han dicho cómo los militares han hecho amenazas, les dicen ‘no nos tengan miedo a nosotros, ténganles miedo a los que vienen detrás de nosotros. Los que son los AUC —paramilitares— Águilas Negras’.

Gloria Diney Herrera Agudelo 40 años, campesina, Vereda Nueva Colombia

Foto: Andrés Cardona

El año pasado el ejército venía a erradicar. Fueron a la casa, nos erradicaron todo. Teníamos 61 vacas en el potrero. El ejército que estuvo ahí cogió el ganado, las vacas, y empezó a matarlas. 21 murieron. Luego murieron cinco por las heridas, se engusanaron. Los señores nos decían que ellos mismos se encargarán de desaparecer todo testigo. Por eso que muchas ni ponen demanda porque tienen miedo de que le maten a uno solamente por decir la verdad.

Teníamos el ganado del sudor de nuestra sangre, no fue regalado ni es de nadie. Decir que esto es de la guerrilla, no. El hecho de que nosotros vivamos acá no quiere decir que seamos guerrilleros. Somos campesinos, trabajadores. Sentí mucho dolor porque, pues tanto uno sufre para tener las cosas y en un instante se acaba todo. Pusimos la demanda, pero hasta el momento no han respondido por nada. Llevo 35 años aquí. Y mira que todo se esfuma en un momentico. Ahora mi niño tiene cinco años. Me toca ponerle a estudiar. Eso era para el muchacho, y todo eso se espumó en un ratico. Usted veía la vaca con las tripas para afuera. Ni curarlos te dejaban. Decían que las vacas eran de las disidencias. Pero no, eran muy de nosotros. Uno tiene miedo al hablar, porque a veces viene el Estado y le mata a uno. Es el temor de uno, por eso hay mucha gente que calla, es por temor a eso. Anoche sonó el helicóptero otra vez, fue un susto muy berraco.

Luz Aleyda Morales Henao 41, Vereda La Reforma (madre de Faisiuri)

Foto: Andrés Cardona

Venían los aviones cerquita. Tiraron una bomba y las ollas de la cocina cayeron al piso, sonó horrible, duro. Y los helicópteros tirando tiros a las casas. Acá en el potrero cayeron balas, eso fue horrible, los niños lloraban. A mí me tocó envolver a la niña en un colchón y nos metimos las dos ahí porque nos daba miedo porque las balas caían en el patio. Eso fue impresionante. Fue cuando Álvaro Uribe era el presidente. Gracias a Dios empezó lo de los Derechos Humanos. Si no fuera por ellos, qué fuera de nosotros.

El ejército venía tapado como paramilitar y a uno le da miedo. Nos decían ‘ustedes tienen que irse de estas tierras’. Decían que eran de los AUC, ya los campesinos se asustaron. Nosotros corríamos cuando llegaba el ejército, la verdad nos daba miedo. Yo estaba embarazada con Faisiuri. Nos fuimos para Nueva Colombia. Por acá hay hartas casas vacías, porque se fueron ese entonces.

Ahorita estamos asustados porque hemos escuchado por las noticias que habrá fumigación. Cuando hubo fumigación antes, la verdad, no acabaron con la coca. Acabaron con los potreros. Con la comida que teníamos.

Mi niña, Faisiuri se enfermó, se intoxicó. Nos dijo el doctor que fue por la fumigación. Le salieron unas ronchas grandes, que se le hinchó la cara. Que era del glifosato. Faisiuri tenía cinco meses. Quedó como 15 días hospitalizada.

María Manrique Exguerrillera (FARC), tiene una minifarmacia en la Vereda Nueva Colombia

Foto: Andrés Cardona

El Gobierno nos tiene en total abandono en cuestión de salud. Nos quitaron el promotor hace 20 años. Una vez al año viene los Médicos del Mundo. Duran tres, cuatro días. Hace seis años vino una brigada médica por tres, cuatro días. Venían con penicilina, ibuprofeno y la planificación, es lo único que traen. Hicieron exámenes, pero no entregan los resultados.

Entonces yo atiendo. Tengo conocimiento, pero es algo empírico. Ante el Gobierno es ilegal. Por acá nos tildarían de auxiliadores de la guerrilla. Por el solo hecho de tratar de salvar una vida. Aparte de prestar primeros auxilios, suturas. Toca arriesgarse. Suturar, canalizar. Aplicar sueros, reconstrucción de tejidos.

La compañera de la otra droguería está en proceso con la Fiscalía, fue tildada como auxiliadora de la guerrilla. Hasta vender medicamentos es ilegal para el Gobierno. Pero si no nos dan la seguridad. Es nuestro derecho a la salud. El hecho de vender algo o atender con atención primaria a alguien para mí no es un delito. Para mí es tratar de salvar una vida.

Yo también soy víctima del Estado. Mi padre es uno más de los desaparecidos de Colombia. Desde muy chicos conocemos el horror de la guerra y el horror de saber que su padre desapareció y que no tienes dónde ir a dejarle flores. 

Sabemos que es zona roja. Ha tenido dominancia de las FARC y ahora las disidencias. A veces vienen los helicópteros, vuelan bajo y tienen sus parlantes, dicen que nos entreguemos. Pero qué nos vamos a entregar, si somos campesinos.

La coca es el principal factor económico, pese a que es ilegal. Es la plata por acá. Se la denomina mercancía, se paga por gramos. Si supongamos que vienen a pagar 19.000 pesos en comida, entonces voy a dividir eso por 2.100 pesos y me van a dar nueve gramos. Para acá es como dinero. Son dos, tres años que no vemos un billete. Todo es así.

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Pocollita, el paraíso está cerca

Ubicada entre El Alto y Achocalla, Pocollita es una comunidad escondida en un largo cañadón, donde hay miradores naturales y una riqueza sin igual de aves y plantas medicinales

El recorrido turístico empieza en Amachuma, desde donde se desciende hasta Pocollita

/ 3 de mayo de 2021 / 09:11

Poco a poco pierden las fuerzas, no quieren comer y así se van al otro mundo. Se mueren”.

Mientras cuenta las leyendas que existen en este cañadón escondido,  Gregorio Quispe mastica algunas hojas de coca sin dejar de sonreír y sin que su historia pierda interés. En ese momento está sentado en un rincón del Cuarto Oscuro, donde no se tiene que caminar de noche pero se puede disfrutar de día, en una ruta paradisíaca entre El Alto y Achocalla.

La referencia más fácil para ubicar el inicio de la ruta es la Estación Terrena de Amachuma, que se puede ver desde cualquier parte de la urbe alteña. Visto de lejos da la sensación de que, además de la estructura que dirige el satélite Túpac Katari, no existe nada más que tierra inhóspita. Estamos equivocados.

También nos equivocamos al pensar que El Alto carece de atractivos, pues alberga al menos 18 sitios turísticos, desde la feria 16 de Julio, pasando por el nevado Huayna Potosí, hasta otros hermosos sitios naturales. Uno de ellos es Amachuma, que lleva hasta Pocollita, un pueblo escondido en Achocalla. El inicio está en la última parada de la Línea Morada del Teleférico, en la avenida 6 de Marzo, que lleva hacia el departamento de Oruro. Después de 10 minutos de recorrido en vehículo se avistan las enormes antenas de la estación terrena. Entonces, la emoción aumenta al saber que la caminata comenzará dentro de poco.

El coche se detiene en Amachuma, una comunidad del Distrito 10 alteño, cuyos pobladores se dedican a la agricultura y a la ganadería. Ahí, la planicie está cortada por una quebrada, que hace de este terreno un enorme mirador de la Cordillera Real.

El viento es más intenso de lo acostumbrado, aunque no deja de ser agradable, más aún tomando en cuenta que hay cielo despejado y sol intenso. Desde ahí comienza la aventura: el guía solicita caminar con calma y guardar silencio, porque hay que ver vizcachas (Lagidium viscacia).

Con mucho sigilo, cada uno de los visitantes avanza en cuclillas, con el viento y las pisadas en el pasto seco como único sonido. El premio llega al instante, pues a unos 20 metros se vislumbra la figura de un par de estos roedores de cola ancha.

Hay que mirar con detenimiento cada rincón de esta quebrada, debido a que las vizcachas se mimetizan con el lugar. Un pequeño movimiento hace dar cuenta de que no solo hay dos ejemplares, sino otros más, que, en este día de suerte, pareciera que esperan ser fotografiados.

Para algunos, este espectáculo natural sería suficiente para completar una ruta turística, pero apenas es el comienzo, tomando en cuenta que hay que descender desde los 3.900 msnm de Amachuma hasta los 3.600 de Pocollita.

Desde ahí se observa una quebrada que parece perderse en el horizonte. El guía extiende el brazo y señala al final para informar que allá, a lo lejos, culmina la ruta. Antes del descenso, el guía se detiene en el inicio del recorrido, donde reúne a los caminantes para ch’allar con alcohol, con el fin de que los achachilas nos dejen ingresar a este territorio misterioso. De manera paralela, cada uno escoge cuatro hojas de coca, las junta con ambas manos y sopla a los cuatro puntos cardinales, para solicitar la protección del Illimani, Huayna Potosí, el lago Titicaca y el Sajama, los seres telúricos que protegerán esta aventura.

En menos de cinco minutos de caminata, el viento intenso ha desaparecido y un calor seco pero agradable se apodera del cuerpo mientras los ojos no dejan de moverse de un lado a otro para admirar el paisaje, un extenso cañadón de formaciones que terminan en pico y que se formaron en miles de años, ya sea por las lluvias, el sol o el viento, o por los tres fenómenos juntos. En miles de años.

En esta caminata es preciso mirar a todos lados, porque el intenso aroma a plantas invita a observar el suelo y preguntar qué variedades existen —desde los interesantes zapatitos hasta q’oa—, mientras que en el cielo se disfruta el vuelo constante de alkamaris o Marías (Phalcoboenus megalopterus), kili kilis (Falco sparverius), alguna dormilona nuquirroja (Muscisaxicola rufivertex) o gallinazos (Cathartes aura). Un espectáculo por donde se dirija la vista. El premio, al final de la ruta, son los colibríes.

 ¿Qué significa Pocollita? Este territorio seco, que forma parte del valle interandino, alberga gran cantidad de puq’i (voz aymara pronunciada como poq’e), tierra fina que servía para limpiar ollas de aluminio.

A partir de ahí, otro elemento natural acompaña, hasta el final, el recorrido. Se trata del río Milliri, que, según la explicación del guía, es una vertiente que viene desde el lago Titicaca.

La caminata continúa por senderos angostos, pero se compensa con las aves que se ven en el cielo y con las formaciones que hay en el cañadón, con cuevas que parecen llevar a algún lugar misterioso.

Después de unas horas de paseo agradable se llega a Pocollita, una comunidad perteneciente al municipio de Achocalla, donde viven casi 70 personas. Los caminantes descansan en el patio de una de las casas de adobe y techo de calamina, adonde Modesta Choque llega con un aguayo y un balde.

Mientras se desarrolla una charla amena, Modesta sirve sopa de triguillo, ideal para empezar a reponer las energías. “No caminamos de noche porque es oscuro y podemos caer en uno de los barrancos”, dice la mujer de blusa floreada, pollera café, sombrero claro y sonrisa sincera.

“Todo lo que están comiendo los producimos aquí”, afirma con orgullo y tiene razón, ya que en estas tierras se cultiva papa, cebolla, repollo, lechuga, haba, cebada, avena, trigo, arveja y quinua.

Un ejemplo de ello está en un atado pequeño que cada visitante recibe después de tomar su sopa. Al abrirlo, cada uno ve con sorpresa que se trata de un fiambre compuesto por haba, papa, chuño, queso y tortilla, acompañado por un platillo de llajua que desaparece en pocos minutos.

Tras un breve descanso y la observación de colibríes, el itinerario lleva más abajo, a un cañadón estrecho, donde habitan los sajras (demonios). Don Gregorio llega antes de entrar al estrecho espacio.

Con una chompa deportiva que tiene el escudo del Gremio brasileño, pantalón plomo y abarcas bien utilizadas, una gorra negra, un saquillo atado a la cintura y un hacha, el anfitrión comienza por hablar del Cuarto Oscuro (Chamak’uta), un lugar estrecho adonde apenas llegan los rayos del sol.

Según cuenta, por ahí suele aparece un sajra con forma de ave, que vuela para hallar a una persona enferma, con el fin de llevarse su ajayu. “Poco a poco pierden las fuerzas, no quieren comer y así se van al otro mundo. Se mueren”, asegura.

Camina despacio y sin dejar de contar leyendas, como que, a las seis de la tarde, este espacio se oscurece completamente, por lo que es necesario encender una linterna. “Este lugar es un sajrani. Los tíos vivían aquí, los tíos malos, las aves malas. Cuando la gente pasaba por aquí, borracha o para dormir, se levantaba enferma”. De acuerdo con su explicación, las personas ebrias que pasan por el Cuarto Oscuro alucinan con un edificio grande, donde una bella mujer los espera para descansar. Al día siguiente, la víctima despierta en un hueco de tierra, de donde se levanta con mucho cansancio.

“En ese momento puede lamentarse, porque está sin ganas, con el cuerpo dañado, sin ajayu. Se puede enfermar poco a poco”, dice Gregorio, quien recomienda que de inmediato se debe visitar a un yatiri para sacrificar un animal, para cambiar su mala suerte y salvar la vida.

Ahí también, algunos músicos dejan afinar sus guitarras o mandolinas con el sirinu. Resulta que en las noches apoyan sus instrumentos musicales en uno de los rincones. Entonces esperan a que el viento (sajta) interprete bellas canciones.

En ese momento, los músicos lanzan una lata para espantar al espíritu. Cuando vuelven, “la guitarra o mandolina de por sí llora, es bien lindo”. Este pacto tiene una condición: el músico puede tocar sus mejores canciones, pero no puede embriagarse, porque se le aparecerá una mujer bella, que lo llevará al Cuarto Oscuro para quedarse con su ajayu.

Es momento de retornar porque la oscuridad se apodera de este lugar, pese a que afuera hay un sol intenso. La caminata de subida es más corta, ya que un vehículo aguarda cerca de la casa de doña Modesta, que espera sonriente a que más gente conozca este rincón alejado de la vorágine de las ciudades, donde las aves vuelan sin temor, tal vez porque hay sajras que cuidan este paraíso del valle interandino.

LA GRÁFICA

Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

Al llegar, los comunarios esperan con un atado con el fiabre. Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

Fotos: Diego Del Carpio, Mariela Medina y Mauricio Aguilar

● Para disfrutar de la experiencia de Pocollita, la agencia Turismo El Alto ofrece el paquete de un día completo, que incluye la observación de vizcachas, fotografías en al menos cuatro miradores, avistamiento de aves y explicación de la flora, almuerzo tradicional, visita al Cuarto Oscuro (Ch’amakuta), con todas las medidas de seguridad y de bioseguridad, k’oa a la Pachamama y recuerdos de la visita.

● El punto de partida es la avenida 6 de Marzo, entre las calles 1 y 2 (frente a Infocal), a las ocho de la mañana. El retorno está programado para las cinco de la tarde.

● El paquete, que está disponible todos los fines de semana, tiene un precio promocional de 99 bolivianos, por tratarse de una novedad turística de El Alto y Achocalla.

● Para reservaciones o preguntas, llamar a los teléfonos 69940021 y 78770103, o en la oficina central, ubicada en la calle Montevideo Nº 188, casi esquina Capitán Ravelo (a dos cuadras de la UMSA).

FOTOS: DIEGO DEL CARPIO, MARIELA MEDINA Y MAURICIO AGUILAR

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GEOMETRÍA: MENOS ES MÁS

‘Less is more’ es la producción en que el fotógrafo Víctor Terceros explora las formas

Por Miguel Vargas

/ 25 de abril de 2021 / 18:48

Ante la constante saturación de las imágenes, sobre todo en el campo de la moda, el fotógrafo Víctor Terceros propone Less is more (Menos es más), una producción en que proyecta las formas geométricas como única vestimenta que se una a través de la expresividad del maquillaje a la belleza natural del cuerpo. “Las únicas prendas son figuras geométricas que se integran al cuerpo mismo, añadiendo líneas y figuras diferentes”, expone.

Amante de la imagen, Víctor Armando Terceros Cruz, estudiante de la carrera de Comunicación, se dedica desde 2018 a la cobertura fotográfica, así como a la producción fotográfica y audiovisual, centrándose en la dirección de fashion films (reels de moda) y videoclips. Durante esta práctica es que nacieron las cuestionantes para esta sesión editorial.

La producción habla sobre las imágenes que habitan la cabeza del creador de 21 años. Una idea simple se convirtió en algo complejo: el juego de los espejos y los reflejos, su relación con la luz, la relación del cuerpo y el vestuario y la forma de integrar el maquillaje con las formas.

La sencillez de una figura geométrica derivó en una sesión fotográfica que juega con las formas del cuerpo, el vestuario, la luz y los reflejos

“Elegí modelos según las figuras geométricas. Para el círculo necesitaba a alguien con más curvas, por eso recurrí a Yoselin Peralta. Para el triángulo elegí a Andrea Asturizaga, porque su rostro y su cuerpo emulan el triángulo. Para el cuadrado necesitaba alguien más grande y fuerte: Sergio Valencia, que además tiene un gran dominio del acting”.

El proceso duró meses, desde los dibujos iniciales y el trabajo en vestuario con Gabriela Mamani y Ariel Castillo, hasta los arduos tres días de sesiones. Flaviet Clavijo se encargó del maquillaje, lo que implicó dedicarse cerca de cuatro horas a la materia, en el caso del triángulo.  Mientras tanto se armó la escenografía con Mauro Banegas, cuidando de evitar reflejos no deseados ni accidentes.

El trabajo de Víctor Terceros se puede ver en  Facebook e Instagram (@victerceros / @blancoymelancolia).

'Less is more', la producción de Víctor Terceros 

Foto: Víctor Terceros

Foto: Víctor Terceros

Foto: Víctor Terceros

Foto: Víctor Terceros

Foto: Víctor Terceros

Foto: Víctor Terceros

FICHA TÉCNICA

● Fotografía y concepto: Víctor Terceros.

● Maquillaje: Flaviet Clavijo.

● Diseño del vestuario: Víctor Terceros, Gabriela Mamani y Ariel Castillo.

● Escenografía: Víctor Terceros, Mauro Banegas.

● Modelos: Andrea Asturizaga (triángulo), Sergio Valencia (cuadrado) y Yoselin Peralta (círculo).

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