sábado 5 dic 2020 | Actualizado a 01:51

El pandémico sabor clandestino

Creador. Marco Antonio Quelca, el "casero mayor" de Sabor Clandestino, esperando con toallitas húmedas y alcohol a los comensales

/ 21 de octubre de 2020 / 05:04

El proyecto de cocina de autor no solo aplica medidas de bioseguridad, sino que reflexiona sobre la alimentación en estos tiempos

La comida callejera, la principal inspiración del colectivo gastronómico Sabor Clandestino, parecía herida de muerte cuando estalló la pandemia del COVID-19. Marco Antonio Quelca, cocinero y artista fundador de este colectivo, quien se encontraba con parte de su equipo trabajando en España en un programa que les permite capacitarse y practicar en temporada alta, vio que años de trabajo estaban en riesgo con las restricciones de bioseguridad, tanto para regresar a Bolivia como para seguir creciendo en sus proyectos. Entonces llegó la hora de reinventarse, una vez más.

Sabor Clandestino es un proyecto que nació en La Paz, producto de la reflexión y de la acción, de los saberes ancestrales en comunión con las más recientes técnicas de cocina, de la utilización de materia prima que está al alcance de todos, pero en formas insospechadas. Es una invitación para pensar, degustar y dejarse llevar.  

“El respeto por el tiempo y espacio me lleva a poder explorar algo más que insumos o productos de cada región y temporada, mis ojos están dirigidos sobre la cultura de lo cotidiano, la comida de calle, lo noble de la humildad y mis propias experiencias”, explica Quelca, —el casero mayor— quien ha destacado en diferentes cocinas nacionales e internacionales, así como en la creación de propuestas artísticas relacionadas con lo culinario.

Sabor Clandestino dio vida al proyecto Somos Calle, que nació cuestionando las tendencias actuales de la cocina de autor. El objetivo es “extraer propuestas ‘creativas’ de las cuatro paredes del restaurante” que resulta prohibitivo para la población popular, ya sea por los altos precios o por reglas de clase como la vestimenta, para ofrecer propuestas de manera gratuita, empleando la esencia de la comida de calle boliviana, brindando nuevas opciones al comensal de a pie y generando curiosidad para comer diferente.

Para poder subvencionar esto es que nació Cascándole, una experiencia gastronómica que busca llevar la creatividad culinaria a espacios abiertos y accesibles, para transmitir una cocina de compartimiento y no así una excluyente.

“Es itinerante, versátil por su temática, transversal por cubrir temas de interés social actual. Si bien se emplean técnicas conceptuales como la deconstrucción y reinterpretación, o el empleo de platillos muy populares, también se recurre a los productos considerados ‘humildes’ para realizar nuevas propuestas y aportar el concepto de comer nuestros productos, proponiendo nuevas opciones culinarias con base y fundamento en la cocina madre paceña y boliviana. El resultado final es una cocina de autor con raíces”, explica Quelca sobre su propuesta.

Desde 2014 que el proyecto fue creciendo: comenzó en una serie de cenas en la casa Hermanos Manchego, después pasó a miradores dentro de la ciudad, como El Montículo, después avanzó a temporadas completas en otros miradores más alejados en que se lleva a los comensales en un micro y nacieron finalmente las cenas en el mismísimo hogar del Sabor Clandestino. Cada elemento sensorial se fue potenciando y llegando a más adeptos. Sin embargo, la irrupción de 2020 trajo consigo la pandemia del coronavirus, existía el temor de no poder regresar al país y quedarse atrapados en España. Había miedo. Pero el momento resultó perfecto para recrearse. 

Una entrante en que se puede comer hasta el envase

Un sucumbé con sabor a coco

El precio de la experiencia es de Bs 380. Para contactos, escribir al 591 70548279.

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel Vargas

Foto: Miguel vargas

Nada es lo que parece en este viaje gastronómico: un vaso de refresco con la linaza de las 10.00

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

Nada de lo que se ve es lo que parece en la cocina de Sabor Clandestino

En las faldas del cerro de Cotahuma, Marco Antonio Quelca realiza un ritual de agradecimiento

Preocupaciones pandémicas

Después de varios meses, el micro azul nuevamente estaba listo para partir. Era el primer sábado de octubre y a las 11.30 aún se esperaba a un par de comensales atrasados. A pesar de la tensa calma de la “nueva normalidad”, las expectativas del grupo estaban a flor de piel. Ahora eran menos: 10 personas, para mantener el debido distanciamiento físico, cuando lo usual era transportar a 20 para que vivan la experiencia. “No ha sido malo del todo, pues para eventos privados teníamos un mínimo de 10 personas como requerimiento, y ahora se puede hacer la experiencia privada con un mínimo de seis, lo que han agradecido muchos de los caseros”, contaba Quelca.

El micro fue previamente sanitizado y Quelca esperaba en la puerta con un difusor de alcohol y toallitas húmedas para una desinfección constante de manos. Y es que había varios platillos que se comerían con las manos, así que ninguna precaución estaría de más.

El uniforme —pasamontañas negro con el traje blanco, híbrido entre la filipina tradicional de los chef y los trajes de las comideras— ha sido siempre característica del colectivo. “Antes yo lavaba autos y he tenido que usar pasamontañas para que no me reconozcan mis compañeros del colegio”, relataba Quelca ya en el bus. El uso ahora era un homenaje a los lustrabotas y estaba relacionado con el rechazo a la figura del chef como “estrella”.

El primer tiempo se degustó en el mismo bus y surgió de estas reflexiones pandémicas: la comida para entrega en casa. Si en anteriores versiones la crítica iba sobre el abuso de los productos plásticos que contaminan el medio ambiente fomentando el reciclaje y la reutilización, ahora la pandemia elevó al plástico al carácter de imprescindible. La respuesta de Sabor Clandestino: Hacer una comida en que hasta el envase resulte comestible.

El bus llevó a los comensales hasta el mirador de Laka Uta, de Cotahuma, donde la cocina y la mesa se habían instalado. Todos portaban barbijos, pero como el encuentro era al aire libre, bajo un radiante sol y rodeados de árboles, y con la suficiente distancia entre unos y otros, se disiparon de a poco todos los temores. La tensión pandémica fue aflojando poco a poco aliviada con agua con gas, limón, manzanilla y un buen k’aj de licor de coca, tras el tributo a la Pachamama.

La degustación continuó con una serie de platillos producidos con la meticulosidad de un laboratorio: se había pensado en que los ingredientes que se utilizarían se aprovecharían al máximo; en vajilla que fue creada exclusivamente por artesanos locales, así como la forma en que se haría el emplatado. Un ritual cerró la jornada a eso de las 14.00,  en un claro entre los árboles, Quelca hizo una ofrenda al cerro de Cotahuma que había permitido que se realice allí este almuerzo. Leyendo un texto que ha escrito en su libro, el “casero mayor” recordó cómo fue que el miedo llegó al barrio tras los deslizamientos de 1996 y que fueron los árboles los que sanaron la tierra y disiparon los temores de los vecinos, convirtiéndose ese espacio en un lugar de encuentro. Que así también desaparezca la amenaza del COVID-19 en los corazones de los paceños, como ha desaparecido el sorbete de eucalipto en las gargantas de los comensales.  

A la hora de presentar a los cocineros artífices de tan singular almuerzo, cada uno se quita el pasamontañas… y se pone el barbijo; cosas de la pandemia. Con Quelca estuvieron en este servicio Lizbeth Cuentas, Rubén Armando Mamani, Martín Loría, Javier Quispe, Samiri Campos, Williams Condori, Moises Bernabé y Bryan Palenque.

Nuevos proyectos

Si la existencia de la comida callejera estaba en peligro, ahora el colectivo impulsa su transformación. Por ello es que Quelca ha encabezado la capacitación de personas interesadas en comercializar comida rápida en la vía pública en la Escuela Taller de Sabor Clandestino. Lo que se busca es crear productos nuevos que cuenten con ingredientes nutritivos y de gran sabor para mejorar la alimentación de los paceños. Muy pronto, los carritos circularán por las ciudades de La Paz y El Alto.  Por otro lado, el colectivo se va de tour. Primero estará en Santa Cruz el 31 de octubre —la recepción ha sido increíble, hemos llenado tres días de la experiencia a las dos horas del lanzamiento— y en Cochabamba estarán desde el 7 de noviembre. “Llevaremos una base de nuestra propuesta, pero en cada contexto se generará una diferente, acorde con cada lugar”, promete el guía de este viaje culinario.

Tiwanaku: Recetas ancestrales para enfrentarse al COVID-19

El pueblo guardián de este importante centro arqueológico ha sido herido por la pandemia y busca sanar gracias al conocimiento ancestral

La medicina tradicional se utiliza en Tiwanaku

Por María José Richter

/ 2 de diciembre de 2020 / 15:33

El 22 de marzo se confinaba, junto con el resto del país, el pueblo turístico y arqueológico de Tiwanaku, ubicado a unos 70 kilómetros de La Paz. Desde entonces, y en vista de los primeros casos en la región, las personas apelaron, una vez más y con mayor creencia, a la medicina tradicional preventiva y a las recetas de los antepasados. 

“El consumo de hierbas medicinales y la respiración de sahumerios son nuestros principios culturales colectivos. El componente ancestral y cultural fue la clave para mitigar la pandemia en las comunidades”, comparte Julio Condori, el director del Centro de Investigaciones Arqueológicas, Antropológicas y Administración de Tiwanaku (CIAAAT).

Los preparados, en tintura u hojas, son composiciones de antaño. “Antes, en cada vivienda había un lugar donde se guardaban todo tipo de hierbas y hojas amarradas en cuero. Por si algo pasaba, siempre se tenía material para preparar un medicamento. La costumbre se ha ido perdiendo, ahora la gente viene al hospital a comprarse sus hojitas”, relata Víctor Nina, quien ejerce el rol de médico naturista en el Hospital de Medicina Tradicional y Spa Andino Wancollo-Tiwanaku.

Ubicado a cuatro kilómetros de Tiwanaku, el Spa vende hierbas, tinturas y preparados con hojas de temporada. Víctor Nina y sus colegas escogieron una zona en la cual crecen plantas medicinales empleadas por sus ancestros. Así, se forman remedios con hojas de la estación.

En situaciones normales, tres elementos se utilizan en el lugar para realizar las prácticas naturales: hierbas, arcilla y agua. De ellos, “las hierbas son medicina auxiliar que influyen en la energía y eso atrae o no enfermedades”. El spa ofrece baños al vapor y baños de arcilla para la relajación.

Cuando empezó la cuarentena y “apareció el primer caso en el Hospital de Medicina Tradicional”, cuenta Nina, “tuvimos que cerrar de inmediato y todos los que trabajamos ahí fuimos aislados por un tiempo”. Con la reapertura, “volvimos a ofrecer las tinturas para mates, la gente está tomando mucho. Se llevan varias bolsitas que están listas para usarlas”.

Toda enfermedad, para el médico, “se debe a un exceso de tóxicos”. Por ello, las personas suben las defensas de los cuerpos consumiendo estas hojas. Según él y su equipo, la mayoría de la gente de la zona usa la medicina tradicional. “Es importante decir que no se consume esto como algo curativo, sino preventivo y auxiliar. Los mates, por ejemplo, ayudan a aminorar los efectos del coronavirus y subir las defensas antes de que ataque al cuerpo”.

Ahora bien, para quienes se enfermaron, paralelamente a los tratamientos aconsejados por el Hospital Municipal y el Sector COVID-19, hubo la costumbre, cuenta Nina, de consumir “expectorantes, como pino, eucalipto, hierba buena, wirawira caliente o tibia, para provocar calor en el cuerpo; o quinina para la fiebre, que se usaba en la Guerra del Chaco para la fiebre amarilla y se la toma más fresca porque enfría el cuerpo. Cuando la fiebre es muy alta y la tos muy fuerte, se usa el matico con agua caliente en los talones”.

Marisol Patty de Ávalos posa en el ingreso a su restaurante con traje de bioseguridad. Foto: Álvaro Valero

Pero no solo los mates  mitigan el coronavirus. Para la cultura andina, los sahumerios —también basados en productos naturales— limpian no solo el cuerpo, sino también el ambiente y las energías. “Hacemos sahumerios continuamente en el espacio donde trabajamos y donde ahora han vuelto a venir los clientes”, cuenta Marisol Patty de Ávalos, dueña del restaurante El Cóndor.

Con medidas de bioseguridad en la entrada, y personal esperando al cliente para la desinfección, el negocio adecuó su espacio para que haya suficiente distancia física. Al entrar, se siente un leve olor a quemado, combinado con una esencia fresca. Marisol Patty dice “hay olor a eucalipto. Sirve para eliminar las bacterias y también tiene una propiedad expectorante para quienes lo respiran. El eucalipto se consume en mate, gárgaras, inhalaciones y sahumadas. Es una costumbre de sahumar el lugar con plantas naturales que crecen en nuestra región”.

El Cóndor es uno de los restaurantes que rápidamente acondicionó sus instalaciones para la reapertura. “Al principio nos costó. Con tantos meses cerrados, no tuvimos ingresos y el poco ahorro tuvimos que invertirlo en esto. Hemos creado señalización, hemos cambiado la vajilla, comprado trajes de bioseguridad para los trabajadores y nos hemos especializado un poco más en el consumo de mates”.

Encima de las mesas, cubiertas por awayus, se ven jarras, hojas y hierbas, con nombres específicos. “Durante los meses de pandemia, la costumbre ancestral se hizo más fuerte. Por eso nosotros como restaurante vamos a ofrecer variedad de mates con hojas para cuando terminen de comer: Manzanilla, amor seco —conocido como ‘mala hierba’, que es un antibacterial y quita la fiebre y el dolor de cabeza— y wira wira. Ofrecemos esto para cuidar a nuestros clientes, al menos en esta época hay que limpiar el cuerpo, prevenir contagios”.

Junto con su esposo, Hugo Ávila, la pareja aprendió de esto por la historia de sus padres, quienes les comentaban que antes había personas escogidas, que tenían un saber especial, para manejar las hojas de la naturaleza. “Los kulliris son los conocedores de la tradición, tienen saberes de las plantas medicinales, minerales y otros. A veces consideran que hasta pueden curar el ajayu. Hoy es una práctica con más maestros”.

Víctor Nina muestra algunos de los productos de medicina natural. Foto: Álvaro Valero

Estas costumbres son parte de la larga memoria individual y colectiva de la cultura. “Todo esto nos acompaña desde el nacimiento. Cuando una madre da a luz, durante los primeros días se coloca un sahumerio de hierbas como surphu thula. El sahumerio aleja a los espíritus y a los malos augurios que pueden dañar tanto al bebé como a la madre, además de llenarlos de salud”, comparte sus saberes la dueña del restaurante.

Tiwanaku y las comunidades de los alrededores, hasta fines de octubre, se vieron fuertemente golpeados por la pandemia. El turismo, las asociaciones de artesanos y el sector gastronómico han sido los más afectados y ahora buscan levantarse. En los meses de confinamiento, el Gobierno Autónomo Municipal trabajó junto con el Consejo de Ayllus y Comunidades Originarias de Tiwanaku (CACOT). Entre ambas instituciones se difundió la información sobre el virus a la población.

Ahora, con el retorno del turismo, queda la esperanza de que de manera paulatina, los artesanos, médicos naturistas, agencias de turismo y locales puedan remontar las actividades del pueblo que es guardián de tan importante centro arqueológico.

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Modelos negras conquistan las pasarelas de Brasil

La Semana de la Moda de Sao Paulo impuso que las marcas tengan un 50% de maniquíes no blancas

Shirley Pitta se impuso en la semana de la moda de Sao Paulo

Por AFP

/ 2 de diciembre de 2020 / 15:26

Las baianas Gloria Maria y Shirley Pitta anhelaban las pasarelas desde niñas pero en un Brasil que batalla para reconocerse a sí mismo, estas jóvenes negras dudaron en perseguir el sueño que este año se materializó en una más inclusiva Sao Paulo Fashion Week.

“Verme como una persona bonita, una persona que existe, fue complicado, porque en la televisión siempre veía cosas que yo no era”, cuenta Shirley, que a sus 21 años ya ha aparecido en las páginas de las revistas Vogue, Elle y Marie Claire.

Shirley se define en las redes sociales como “negra-favelada-nordestina”. Su historia de cenicienta moderna captó los titulares: antes de ser descubierta en 2018, ayudaba a su madre a vender pinchos de carne en la entrada del zoológico de Salvador (nordeste), su ciudad natal.

“Todos los días, sábados, domingos y feriados. Llegaba en la mañana y terminaba en la noche”, cuenta en los ratos libres que le deja la apretada agenda de la afamada Sao Paulo Fashion Week.

Shirley se impone en los espacios públicos tanto por su presencia como por su clara consciencia racial. Cabello corto, pómulos marcados y mirada incisiva, explica que la seguridad que transmite no siempre estuvo allí y que su inseguridad se debía a su color de piel y su cabello crespo.

“Cuando era pequeña me colocaba una toalla en la cabeza y me quedaba así, pareciendo no sé qué. Es un tema importante, porque nuestros niños no tendrán el cabello liso cuando crezcan y eso no es un problema, es algo lindo”, reflexiona.

Un 55% de los cerca de 212 millones de brasileños se identifican como negros, según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). Sin embargo, el debate sobre la marginación racial que sufren aún enfrenta resistencias.

Este año la Sao Paulo Fashion Week, que se realizó del 4 al 8 de noviembre en un formato virtual por la pandemia del nuevo coronavirus, impuso por primera vez como regla que las marcas adoptasen una cuota de 50% de modelos no blancos, para garantizar un casting que incluyese a negros e indígenas. El cambio abrió las puertas para Shirley y para Gloria Maria Fonseca Siqueira, de 17 años.

Gloria Maria Fonseca, de 17 años. Foto: AFP

‘Ser diferente es único’

Alta, delgada y con el cabello suelto, la adolescente Gloria Maria dice nunca haber sufrido racismo, pero a pesar de recibir comentarios sobre su potencial, demoró para tocar las puertas del mundo de la moda. “No entro nunca”, cuenta que se dijo cuando a los 15 años vio imágenes del portafolio de la agencia Ford Models, una de las más prestigiosas del ramo. “No tenía confianza, no sé, pensaba que no era bastante bonita”, relata en la sede de la agencia en Sao Paulo. “Ahora yo sé que puedo explorar el mundo”, dice la muchacha, que sueña con trabajar con el fotógrafo Mario Testino.

La menor de siete hermanos, oriunda de una familia de clase media baja, Gloria Maria admira a Naomi Campbell y Adut Akech. Para ella Brasil, que exportó a la supermodelo Giselle Bunchen, es un país caracterizado por sus diferencias; algo que puede ser positivo, aunque “a veces las personas se sienten menos por ser diferentes e intentan encajarse en un único patrón. No saben que ser diferente es único”, afirma. Shirley ve el momento actual como una puerta abierta: “Estamos entrando. No voy a quedarme pensando en lo que era o en lo que fue. Vamos adelante”.

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Encuentros cercanos con el tigre

El jaguar celebra su día hoy. Es un llamamiento mundial para asegurar su protección y detener el tráfico ilegal. El jaguar, hasta los años 80, fue cazado por su piel para mercados de Europa y Estados Unidos. Ahora, sus colmillos tienen como nuevo destino China

Jaguar

Por Ricardo Bajo

/ 2 de diciembre de 2020 / 15:21

Panthera onca, nombre científico; jaguar en castellano; inchiquíen tsimané; yagua en guaraní; caatai en ayoreo; imichursh o nuityimish en chiquitano; y tigre en el habla popular. El jaguar es el felino más grande de América, es emblema cultural y orgullo boliviano. Es símbolo de la Amazonía y se adapta a cualquier terreno. Incluso hay registros de tigres a 2.400 metros sobre el nivel del mar en el Parque Nacional Amboró.

Inconfundible por su robusto armazón, sus patas cortas y su cabeza grande, su cuerpo amarillo cubierto por rosetas y ocelos negros lo diferencian de su pariente cercano, el leopardo. El tigre es un animal solitario, ágil, fuerte y muy hábil para trepar y nadar. Para alimentarse, reproducirse y desplazarse, necesita grandes espacios geográficos, 200 kilómetros cuadrados. En la Amazonía, comen chanchos de tropa, taitetús, venados, tejones y especies medianas como armadillos, jochis, caimanes y otros. En el Chaco se alimentan también del chancho solitario que es el endémico de ese hábitat.

Los jaguares han perdido casi la mitad de su distribución geográfica original, aunque en los últimos 20 años están en proceso de recuperación. La fragmentación del territorio ha hecho que estos felinos sean cada vez más vulnerables, ya que no pueden cazar y aparearse en zonas más pequeñas. El hogar del jaguar en Bolivia abarca varios tipos de bosque en las tierras bajas, desde el bosque chaqueño al sur, hasta el bosque amazónico en el norte del país. En Bolivia, se estima la presencia de 12.845 jaguares.

La conservación de los jaguares ayuda a salvaguardar el equilibro de los ecosistemas de los bosques y sabanas tropicales de los que dependen otras innumerables especies. Como depredadores ágiles, ayudan a mantener saludables las poblaciones de las especies de las que se alimentan. También previenen de enfermedades al eliminar individuos enfermos.

El jaguar ha sido considerado una deidad principal en las culturas amazónicas. Hoy en día, es una especie símbolo de los esfuerzos de conservación y en el desarrollo del turismo en áreas protegidas.

Los jaguares se juntan solo para aparearse. Las hembras tienen usualmente menos de tres crías, totalmente dependientes de sus madres para su alimento y protección, hasta que se convierten en adultos. Cuando tienen entre dos y cuatro años son maduros reproductivamente y se dispersan para encontrar nuevos territorios. Su mayor amenaza son los traficantes de fauna silvestre que buscan especialmente sus colmillos, como hasta los años 80 eran sus cueros. Las personas más afortunadas del mundo han podido tener encuentros cercanos con el tigre. El resto nos tenemos que conformar con los gatos domésticos que es “casi” como observar a un jaguar. Estos son seis testimonios de estas mujeres y hombres privilegiados.

Jaguar: Tras los pasos del gran felino

Dos funcionarios del Parque Nacional Madidi.

Mariana Da Silva junto a huellas de jaguar

Foto: JUDITH LARSEN, GUIDO AYALA, MARIA VISCARRA/ WCS

Foto: JUDITH LARSEN, GUIDO AYALA, MARIA VISCARRA/ WCS

Uno

Margoth es de las pocas mujeres guardaparques de Bolivia. Trabaja en la Reserva de la Biosfera y Tierra Comunitaria de Origen Pilón Lajas. Cuando estaba en la “prepromo”, alguien vino a su colegio a dar una charla sobre el área protegida. Margoth Pilco Siviora vio en las fotos que había mujeres y se juró entonces a sí misma que sería una de ellas. “Ese trabajo es para los varones, ustedes no sirven, hay que esperarlas siempre, hay que cargar sus mochilas, nos decían siempre los hombres. A las mujeres nos exigen más: a los hombres con libreta militar es suficiente, a nosotras nos preguntan si seremos capaces”, cuenta Margoth. Ninguna palabra de desaliento, ningún obstáculo pudo con ella. Cuando en 2007 casi 20 personas, la gran mayoría hombres, se postularon para ser guardaparque del Pilón Lajas, ella ganó la única plaza del concurso público.

Margoth siente que las mujeres cuidan mejor y tienen un contacto más auténtico con la naturaleza. Solo ellas pueden hablar con la madre tierra, de tú a tú. “A veces me pongo a conversar con los árboles y siento como si me escucharan, tengo un sentimiento grande de respeto por toda la selva”. Dos veces ha estado delante del tigre: “la primera vez fue a 70 metros, logré sacar dos fotos de un jaguar que estaba muy concentrado tratando de pescar. Cuando nos vio, pegó un salto y desapareció. La segunda vez fue en medio de un patrullaje por el río Quiquibey. Logramos ver los amarillitos del tigre en medio de los arbustos. Muchas veces he visto sus huellas, sus camadas, sus restos de comida”.

Margoth pasa 24 días en la floresta y seis días en casa junto a su pareja y sus dos hijos. Lo mejor de su vida es dormir en un lugar diferente cada noche, respirar aire puro, cuidar a los animales. Lo peor es tratar con los cazadores, con los pescadores, con los taladores. “Recibimos agresiones verbales y hasta físicas. Tratamos de concientizar a los comunarios que no maten al tigre para vender sus colmillos a los chinos. El jaguar es algo nuestro, es sagaz, ágil, fuerte y hermoso. Es el papá de todos los animales. Los comunarios han cazado ancestralmente al jaguar pues mata sus gallinas y hasta a sus perros. Ellos colgaban su piel en sus casas y colocaban los colmillos en el cuello de los niños y los ancianos pues protege del mal viento, de las enfermedades. Pero hace cuatro años que ingresaron ciudadanos chinos y ha crecido la presión para comprar y vender esos colmillos”, cuenta Margoth, una mujer fuerte y sabia que hace patrullajes diarios, especiales y exploratorios que pueden durar hasta dos semanas. Todo para cuidar al tigre.

Dos

La primera vez que Marcos estuvo delante de un jaguar fue inolvidable y marcó su vida para siempre. “Tenía 12 años y estaba pescando con mi hermano a orillas del río Beni, cerca a Riberalta, selva muy adentro junto a la barraca San Luis. De repente apareció un tigre y pudimos apreciar su fuerza y su majestuosidad. Fue algo fascinante pues nos dio miedo, temor y respeto”. El jefe de Protección del Parque Madidi zona B, Marcos Enrique Uzquiano, creció escuchando las historias que contaba el “taita” Roberto de San Buenaventura, un curandero que hacía las veces de médico de cabecera y hablaba en las noches del “tigre gente”, la leyenda de un hombre que se convierte en un jaguar para poder cazar y llevar comida a su familia.

Marcos soñaba de joven con conocer el secreto para convertirse en un “tigre gente”. Siguió las huellas de las hojas señaladas en la selva que el “taita” le había enseñado. Se convirtió en guardaparque del Madidi y ya lleva 15 años llevando el sustento a la casa y chocando con los traficantes de fauna silvestre, incluso a tiros, arriba de un motor fuera de borda. Las veces que ha tenido encuentros cercanos con el jaguar son ya innumerables. Las más recordadas son tras caminar un mes por la selva y acampar en medio del todo. Ha perdido el miedo y han nacido lindos recuerdos, espectaculares fotos, bromas con sus compañeros y una admiración extraña hacia este animal totémico pues Marcos se identifica con el jaguar, especie paraguas, clave para mantener el equilibrio en la selva. Marcos, sin saberlo, es ya un “tigre gente”.

Tres

Robert Wallace es el director del Programa del Gran Paisaje Madidi-Tambopata de la Wildlife Conservation Society (WCS), una organización mundial fundada en 1895 para la conservación de la vida silvestre y los paisajes naturales. El programa centra sus esfuerzos en la conservación de especies icónicas y amenazadas (cóndor, oso andino, jaguar, londra, borochi) y busca compatibilizar las necesidades de desarrollo humano con las necesidades de la vida silvestre.

Su primera vez ante un tigre fue memorable: “Encontramos una cría en la senda mientras realizábamos un conteo de fauna nocturno. El cachorro tenía mucha curiosidad hacia nosotros y nada de miedo, lo cual fue increíble. Estuvimos disfrutando todo el tiempo su presencia, pero al mismo tiempo nos preguntábamos: ¿dónde estará su mamá? Cuando el cachorro se fue, detectamos a la madre que había estado mirándonos todo el rato”.

La WCS trabaja en 12 países que tienen el privilegio de contar con jaguares. “La buena noticia es la creación de sistemas de áreas protegidas impresionantes en América Latina, el reconocimiento de territorios indígenas y el monitoreo y documentación de los tigres, por ejemplo en la región del Madidi. La mala noticia es la amenaza relativamente incipiente del tráfico de partes de jaguar, lo cual puede amenazar las poblaciones si no trabajamos juntos —organizaciones indígenas, comunidades, municipios y estancieros— para combatir este problema”, cuenta el jefe “Rob”.

Cuatro

José Luis ha tenido la oportunidad de ver varias veces al tigre. “Fueron momentos muy gratificantes, lo vi caminando a 15 metros, lo vi en la playa, en la senda, lo vi rugiendo, comiendo y cazando. La adrenalina es muy grande por el peligro y la emoción. Para nosotros que vivimos en la selva, el jaguar —que puede llegar a caminar 50 kilómetros diarios— es parte de nuestra cultura, es mito y leyenda y da sentido a nuestras vidas. Es sinónimo de grandeza pero también de templanza y paciencia. El tigre con su mirada fija lo dice todo. Por eso no entendemos a los traficantes que nos enfrentan con armas blancas y hasta de fuego”, cuenta José Luis Howard Ramírez, jefe de protección de la Zona A del Parque Madidi. Lo peor que vio en el monte fue un tigre sin patas ni cabeza, totalmente desollado. “Lastimosamente había sido víctima de un comunario tacana”.

Cinco

Guido ha tenido muchos encuentros con jaguares, pero el más increíble fue cuando, en una oportunidad se encontraba fotografiando aves en un salitral en el río Tuichi dentro del Parque Madidi. “Estaba muy concentrado en fotografiar aves, cuando de pronto escuché un mínimo ruido de hojarasca a mis espaldas, giré muy despacio para mirar y quedé sorprendido al ver echado a un jaguar a unos 10 metros, que me miraba y movía su cola de un lado al otro. Al darse cuenta de que lo vi, se paró, se dio la vuelta y se fue de lo más tranquilo. Fue tan rápido que solo logré fotografiar su cola”, cuenta entre risas Guido Ayala, el coordinador de investigador de la WCS en Bolivia.

También ha visto al tigre en tiempo de celo: “En el Madidi tenemos registros de la época de celo, entre julio y septiembre. En estos meses se escuchan rugidos y bramidos. La hembra ruge llamando al macho y éste contesta con fuertes bramidos. También en Santa Cruz, en la zona del bajo Paraguá, hay registros fotográficos de parejas en enero y febrero”.

Seis

Mariana ha visto muchas veces huellas de jaguar muy frescas. “Tal vez el tigre me estaba mirando mientras yo fotografiaba sus huellas, pero aún no he tenido la suerte de encontrarme con uno libre en su hogar. Estoy esperando ese momento con ansias”. Lo que sí ha tenido es “encuentros” con el enemigo público número uno del tigre: el traficante.  El caso más escandaloso que recuerda fue en 2018 cuando se encontraron casi 200 colmillos y hasta piezas de marfil de elefante. También se acuerda que en 2015 encontraron en el aeropuerto de Pekín a una persona con más de 100 colmillos de jaguar provenientes de Bolivia.

Mariana Da Silva es jefa de investigación para combatir el tráfico de la WCS. “La xenofobia hacia la gente de origen o ascendencia china no ayuda, solo perjudica porque distrae y simplifica un tema muy complejo. En las cadenas de tráfico de animales silvestres hay gente de muchas nacionalidades, no solo una. Así como existen bolivianos involucrados en el tráfico de vida silvestre, hay conservacionistas chinos combatiendo este crimen”.

El tráfico involucra cadenas complejas desde la cacería del animal, acopio de sus partes, transporte, hasta la venta y consumo por los compradores finales. Una parte tiene consumo dentro del país y otra, probablemente mayor, es internacional, principalmente para mercados asiáticos. “Por esta complejidad, es imprescindible que el Estado y la sociedad civil colaboren para actuar en las distintas partes de la cadena de tráfico. Hay más compromiso y colaboración de instituciones como la Policía Forestal y de Medio Ambiente, las fiscalías, las autoridades nacionales y subnacionales a cargo de ese tema, y muchas otras además de la ciudadanía en general que ha mostrado su claro rechazo al tráfico de jaguar en las ciudades y en áreas rurales. Un ejemplo son las declaraciones contra el tráfico de vida silvestre que emitieron las organizaciones de las naciones indígenas del norte de La Paz, el Consejo Indígena del Pueblo Tacana (CIPTA) y el Consejo Regional T’smane Mosetenes (CRTM Pilón Lajas), además del Consejo de Turismo Sostenible del Destino Rurenabaque: Madidi-Pampas, y los emprendimientos turísticos comunitarios Mashaquipe y Chalalán”, dice Mariana.

Jaguares muertos, colmillos traficados

La expansión urbana y agrícola, la deforestación, los incendios y quemas no controlados amenazan su hogar. El tráfico de vida silvestre ocasiona la caza furtiva del jaguar para el comercio ilegal de sus partes corporales (dientes, garras, piel entre otras).

Desde 2014 se han registrado 36 casos verificables de tráfico de las partes corporales del jaguar en Bolivia y se han decomisado 786 colmillos en o desde Bolivia, que representan la muerte de al menos 197 jaguares. Estas cifras devastadoras demuestran la importancia de tomar acción sobre la conservación del jaguar. El comercio de jaguares está prohibido en todo el mundo y es un delito que implica pena de cárcel en Bolivia.

Otra de las amenazas a su conservación tiene relación con la práctica de la ganadería. Debido a la pérdida de sus presas naturales y de su hábitat para crear campos de pastoreo de ganado, los jaguares en ocasiones se ven obligados a alimentarse de animales domésticos. El resultado de este conflicto es la matanza ilegal de los jaguares.

Con motivo del Día del Jaguar se ha lanzado el concurso “Creando arte en el mes del jaguar” para promover que jóvenes y adolescentes bolivianos plasmen su creatividad, investiguen y conozcan más sobre esta especie icónica.

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El teatro sale a la calle

La Compañía Impresentable estrenó una pieza breve basada en la sonoridad y teatralidad para llegar a la gente encerrada por la pandemia

Teatro en la calle

Por Francia Oblitas y Miguel Vargas

/ 2 de diciembre de 2020 / 15:12

La Compañía Impresentable, consciente de que la pandemia tenía encerrada a la gente, sailó a las calles con una propuesta para ser vista y oída desde los balcones, las ventanas y los puestos de venta: Alturas para cuatro megáfonos peregrinos. Los actores Bernardo Arancibia, Mariana Requena, Francia Oblitas y Adalid Cotjiri recorrieron con su arte los mercados y vías populares en la obra dirigida por Óscar García.

La idea partió del uso de aerófonos: bocinas, flautas, tarcas y megáfonos. Los actores dan vida a cuatro seres que, cual peregrinos, recorrieron distintas zonas de la ciudad. Están vestidos con los trajes de bioseguridad, elementos apropiados en nuestra cotidianidad, explica Francia Oblitas, integrante del grupo y autora de los textos. Un dibujo de García es la línea, el hilo que une a estos peregrinos, todos diversos, pero en la búsqueda de un camino en común.

Es una obra móvil que contó con el financiamiento del fondo municipal Focuart, y que invita a los vecinos a asomarse hacia la calle para apreciar la propuesta. En estas páginas, las fotografías de Nicole Paredes —que forma parte del equipo con Daniel Mauricio y Martina Villegas (video) y Os Gutiérrez (diseño gráfico) — están acompañadas por fragmentos del texto escrito por Oblitas.

Artistas llevan teatro y música a las calles

Foto: Nicole Paredes

Foto: Nicole Paredes

Foto: Nicole Paredes

Foto: Nicole Paredes

Foto: Nicole Paredes

El llamado

— Salga a su ventana, salga a su terraza, salga a su balcón, a la puertita de su casa.

— Salga señora, salga señor, saaaaal, saaaal…. saaaaal yodada, sal yodadaaaa … cocinada, sazonada, antojada.

— “Saaal a la ventana, ponte ahí cómodo y con confianza, como si estuvieras en tu casa.

— “Atento barrio para escuchar esta sonata, esta dulce serenata”.

El encuentro

— Me dieron árboles de la selva que nacieron como yo, savia pura del bosque, patas libres y alón.

— Me dieron granos, semillas y hojas de cedrón son la sangre que se pierde por cada ambición.

La despedida

— Aunque hubiéramos compartido nuestros bienes y hecho amigos, si no somos capaces de reconocer al vecino, no hemos llegado a ningún sitio.

— Aunque hubiera cargado mi mochila, esperado por cada peregrino y leído cada libro, si no tengo memoria de la tierra en la que habito, no he llegado a ningún sitio.

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La alemana María Reiche, vigía de las Líneas de Nazca

María Reiche nació en Dresden, Alemania, el 15 de mayo de 1903. Estudió Matemáticas, Física y Geografía en la Universidad Técnica de Dresde y Hamburgo

La alemana María Reiche

/ 2 de diciembre de 2020 / 15:04

Uno de los enigmas que más han desconcertado a estudiosos del mundo son las Líneas de Nazca, Patrimonio de la Humanidad. La labor de conservación realizada por la alemana María Reiche, que llegó a Perú para cuidar niños y entregó su vida al cuidado de los restos arqueológicos. María Reiche nació en Dresden, Alemania, el 15 de mayo de 1903. Estudió Matemáticas, Física y Geografía en la Universidad Técnica de Dresde y Hamburgo. Después de finalizar sus estudios, aceptó ser tutora privada de los hijos del cónsul de Alemania en Cuzco, según reseña radionacional.com.pe.

Fue tutora durante un año y se fue a Lima. Allí restauró textiles precolombinos en el Museo Nacional de Perú y tradujo textos para Julio C. Tello y Paul Kosok, que encendieron su interés por la arqueología. Viajó por primera vez a Nazca en 1941, invitada como asistente de trabajo de Kosok.

Durante años estudió con Kosok la pampa de Nazca. Cuando en 1949 Kosok abandonó Perú, Reiche continuó trabajando: barría este espacio para descubrir sus secretos. Al barrer, retiraba la gravilla oscura que con los siglos había rellenado los geoglifos. No solo los protegía de la intemperie, sino de viajeros que llegaban y amenzaban su preservación.

Gracias a su trabajo el Gobierno del Perú restringió el acceso a la zona y se levantó una torre para facilitar la visión de las líneas sin invadirlas: 70 figuras de gran dimensión y más de 10.000 líneas que, en su mayoría, se ubican en las llanuras de Jumana y San José.

Reiche plasmó su investigación en Misterio en el desierto. Un estudio de las figuras antiguas y la extraña superficie delineada, en 1968. María falleció en Lima el 8 de junio de 1998. Un mes antes, la Unesco la había condecorado con la medalla Machu Picchu.

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