miércoles 28 jul 2021 | Actualizado a 12:47

Una Copa limpia, eso necesitamos

Jorge Barraza, periodista argentino

/ 13 de junio de 2021 / 20:11

“¿Qué fútbol veremos…?” Siempre que comienza un gran torneo se pregunta al entrenador y al periodista, como si fueran oráculos, un anticipo del juego que desplegarán los equipos, a quién vemos para campeón, etcétera. La respuesta más honesta es ¿quién puede saberlo…? Una gruesa porción de su encanto este deporte se la debe a su imprevisibilidad. Inesperado, ilógico, loco, cambiante, impredecible… Así es, afortunadamente. Ya en 1924 dio su primera muestra cuando Uruguay, al que en Europa creían tierra de indios, arrasó en los Juegos Olímpicos de París. Se ignoraba todo de los Celestes. ¿Sabrían jugar…? Y no sólo fue campeón, los aplastó ganándoles a todos los sus rivales, a algunos con goleadas resonantes.: Yugoslavia (7-0), Estados Unidos (3-0), Francia (5-1), Holanda (2-1) y Suiza (3-0). Fue el primer golpe de popularidad del fútbol mundial, gracias a semejante batacazo.

Turquía debutó el viernes en la Eurocopa con el antecedente de una supervictoria sobre Holanda por 4 a 2 en la Eliminatoria del Mundial y un 2-0 a Noruega (con Haaland) a domicilio. Se la tenía en muy buen concepto; pero cayó 3 a 0 ante Italia sin siquiera rematar al arco, en una producción pobrísima y timorata. Italia entrenó con ellos. Tres a cero que pudo ser más amplio. A lo más que nos atrevemos es aventurar.

La entrañable Copa América instaló otra vez su carpa, de nuevo en Brasil, como la última vez, y ayer ofreció su primera función. Sí puede decirse que, cualquier coronado que no sea Brasil, será sorpresa, en ciertos casos, rozaría la hazaña. Tal es el grado de favoritismo del local, que en los últimos cinco años con Tite apenas ha perdido un partido: 1-2 ante Bélgica en el Mundial de Rusia. En Sudamérica es amo de vidas y haciendas. Va invicto; de 18 juegos de Eliminatoria ganó 16 y empató 2. Y en su casa es aún más intratable. Es la conjunción de un formidable entrenador y un plantel calificado en número y calidad. También se beneficia de la modestia de algunos y de la desorganización o los errores de otros (Argentina, líder obstinado y perenne de esta lista).

Una pregunta mejor formulada sería ¿qué fútbol esperamos…? Anhelamos un buen espectáculo, desde luego, superador del que nos viene ofreciendo en los últimos años el continente. El domingo anterior vimos Estados Unidos 3 – México 2 por la final de la Liga de Naciones de la Concacaf. ¡Qué maravilla…! Volcánico, atrapante, de un ida y vuelta que cortaba el aliento, con una intensidad digna de una batalla a campo abierto, a bayoneta, con goles preciosos (el de cabeza de McKennie para el empate a dos fue excepcional, del tipo Pelé a Italia en 1970). A los 59 segundos de juego ya ganaba México 1-0 con un latigazo de Tecatito Corona y en el minuto 124 Andrés Guardado tuvo el empate de penal pero se lo atajó de manera notable el arquero Ethan Horvath. No se le puede pedir al fútbol más que eso. Los 37.648 espectadores del estadio de Denver nunca hicieron tanto ejercicio: saltaron cien veces de sus asientos. Pero, luego de disfrutarlo, casi nos avergonzó el clásico del norte. Lo primero que pensamos fue: ¿cómo avanzaron tanto…? Y ¿cómo nos quedamos nosotros…? Porque no vemos ese nivel en nuestras ligas ni en las copas, tampoco entre nuestras selecciones. Antes, hasta hace treinta años, el de la Concacaf era considerado un fútbol menor, una Primera C en el plano internacional.

Después de dos décadas sin títulos mundiales nos fuimos acostumbrando a que Europa está un escalón por encima nuestro. Y entre clubes, dos o tres. Pero ese 3-2 de los norteños fue un cachetazo en el rostro que nos dio la realidad. ¿Nos igualaron…? ¿Nos pasaron…? ¿También ellos…?

En la apertura de la Eurocopa, el Italia 3 – Turquía 0 resultó entretenido, sin grandes emociones, aunque fue un choque de limpieza ejemplar y con 12.916 personas en las tribunas (Italia fue el epicentro de la pandemia el año pasado, hoy ya puede recibir espectadores sin barbijo, acá no, a puertas cerradas). Sobrio arbitraje, no hubo ninguna acción en que se aplicara el VAR, aunque se revisan todas las jugadas dudosas en la cabina. Italia reclamó dos veces mano en el área turca, una posiblemente fuera discutible, pero todo con mesura, sin histerias. Se percibió que la UEFA quiere arbitrajes acertados, pero principalmente discretos, que pasen inadvertidos. Y que el VAR no sea una comedia de enredos ni desate polémicas. No a la criolla.

Volviendo a Sudamérica no pretendemos que los 28 enfrentamientos de la Copa que ayer se inauguró sean como el mencionado 3-2 de EE.UU.; si se alcanza la excelencia del Colombia 2 – Argentina 2 del martes último estamos cumplidos. Eso estuvo cercano al ideal, fue alta competencia de verdad, con ritmo de vértigo por momentos y el agregado indispensable de que ambos lucieron virtudes y capacidades, había equivalencias. Fue, quizás, el mejor duelo de los treinta que lleva la Eliminatoria.

Pero, además de las posibles bondades del juego, necesitamos una competencia organizada, prolija, sin mamarrachos, que haga honor a la bella historia de nuestra competencia madre, pionera en el mundo. Y, sobre todo, limpia, ejemplar, para volver a creer. Ya que la Conmebol nos encaja una Copa América a la vuelta de cada esquina (cuatro en seis años, y seis porque se postergó uno, estaba programada en 2020) que nos dé un producto noble. Queremos una copa donde se imponga el juego, no la polémica ni los fallos extraños, no con árbitros ciegos y con el VAR del señor Wilson Seneme, siempre tan conveniente para algún sector. Que gane la justicia, que las manos sean manos y las rojas, rojas. No puede ser que Uruguay tenga dos puntos menos en la clasificatoria mundialista porque cuatro señores con ocho o diez cámaras y toda la tecnología frente a sus ojos no se dieron cuenta que marcó un gol absolutamente legal. Ya no se tolera más incapacidad ni arbitrajes opacos. Diría el Tano Pasman: “No te pido treinta y ocho toques como el Barcelona, dos aunque sea, dos solitos”. Acá, igual. No pedimos la Copa de todos los tiempos, una decente nomás.  

La gloria no necesita medallas

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 25 de julio de 2021 / 20:18

Londres 1908, estaba a punto de culminar la prueba reina del atletismo y de los Juegos Olímpicos: la maratón. El desaparecido estadio White City lucía atestado por 75.000 almas expectantes. Los parlantes informaban que ya se acercaban los primeros corredores. El público esperaba ver a un fornido atleta a paso triunfal encabezando el pelotón, sin embargo, en medio de la zozobra de policías y oficiales de la prueba, apareció por la boca principal del recinto un hombrecito esmirriado de un metro y 59 centímetros, demacrado, con unos resaltantes mostachos negros. La inesperada y diminuta figura lucía al borde del colapso, se tambaleaba de modo dramático y, en su extenuación física y mental, equivocó el sentido de la pista, tomó para la izquierda. Los controladores, viendo su confusión y sus ojos desorbitados, intentaron indicarle que era para el otro lado; el montoncito de huesos se desplomó. Las piernas temblorosas ya no respondían a su mente. Fue socorrido y se levantó.

Conmocionado, el estadio entero se puso de pie. Agentes y encargados lo rodearon y ayudaron a pararse. Dio media vuelta y prosiguió su insólita marcha. Daba unos pasos y volvía a caer. Cuatro veces más dio de bruces contra el piso tras haber corrido 42 kilómetros entre el castillo de Windsor y el coliseo. La angustia sobrecogió a los presentes. Apenas lo separaban unos metros de la línea de meta y nadie lo perseguía, pero se veía desfalleciente, casi a punto de morir de fatiga, ya sobrepasado el límite del esfuerzo humano. Sólo parecía impulsarlo el anhelo de las tribunas y su extraordinaria fuerza interior. Altos y corpulentos deportistas al borde de la pista lo alentaban para que llegara; cada metro era una ovación. En noble actitud, parte del público lo aplaudía, otros miraban aterrados y los guardianes del orden y fiscalizadores lo auxiliaron hasta que pudo cruzar el cordón de sentencia. Cortó la cinta, hizo un par de metros y cayó como fulminado, siendo retirado en camilla. La muchedumbre aclamó su esfuerzo, más que una gesta deportiva, casi un acto de heroísmo. Luego sabrían su nombre: Dorando Pietri, un italianito de 22 años cuya colosal voluntad era mayor a sus fuerzas. Su escuálida figura venía siendo vitoreada por decenas de miles que bordeaban su paso por las calles londinenses. El número 19 se veía demasiado grande en su pecho. ¡Pero iba primero…! Justo en esa ocasión la maratón fue alargada hasta los 42 kilómetros y 195 metros, como hasta hoy.

«Y al final apareció, ¡pero cuán distinto al exultante vencedor que todos esperábamos!», escribió el británico Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, al ver a Pietri ingresando al escenario. El célebre escritor estaba allí, en el recién inaugurado White City, encargado de cubrir el final de la carrera para el diario Daily Mail. “No creo que ningún hombre de entre la multitud deseara que la victoria se le escapase a aquel valiente italiano”, comentó en su crónica.

La emoción general dio paso a una noticia desconcertante y amarga: Pietri no recibiría la medalla de oro, había sido descalificado por el reclamo del norteamericano John Hayes, que llegó segundo y denunció que Pietri había sido asistido por parte de los fiscales y vigilantes. Hayes llegó después, no había presenciado la ayuda, pero sí los miembros de su delegación. En efecto, el italiano quedó marginado del podio pese a su descomunal sacrificio. No obstante, ese día había nacido un héroe y tenido lugar una leyenda, la de Dorando Pietri.

Fue hospitalizado y estuvo debatiéndose con la muerte, pero se repuso. Unos días después, en el mismo estadio y a modo de compensación, la reina Alejandra de Gran Bretaña, que había presenciado la proeza y estaba enfadada con la inflexibilidad de los jueces, obsequió a Dorando una hermosa copa totalmente de oro y de gran tamaño.

Pietri se convirtió en una celebridad internacional y al año siguiente fue invitado a participar profesionalmente de muchas carreras en diversas ciudades de Estados Unidos, venciendo casi todas las veces a Hayes, demostrando que su victoria en Londres no había sido casualidad. Se montó una pista en el Madison Square Garden para un mano a mano con el estadounidense, el duelo tuvo altísima repercusión y congregó un gentío. Ya había protagonizado otras hazañas, como la del día en que, con 18 años, se enteró que había una competencia pedestre en su pueblo, Carpi, y que tomaría parte Pericle Pagliani, el mejor fondista italiano de la época. Pietri, que estaba con ropa de trabajo (era confitero), se anotó y le ganó al campeón nacional. Allí empezó a cobrar fama.

Pese a su juventud, su carrera fue extrañamente breve. Al convertirse en deportista rentado, no volvería a competir en los Juegos. En el marco del jubileo del Centenario argentino, en mayo de 1910, se organizó una maratón y fue invitado a disputarla. Buenos Aires lo vio correr por última vez y, curiosamente, cronometró su mejor marca personal: 2 horas 38 minutos y 2 segundos.

Dorando Pietri es la más cabal demostración de que ganar no es lo único. Su epopeya y la severidad de su descalificación fueron llevadas al cine, se escribieron cientos de artículos durante más de un siglo, Irving Berlin le compuso una canción, la célebre foto de su llegada ilustra una estampilla, hay pistas atléticas con su nombre y una inmensa estatua lo recuerda en la ciudad de Carpi. Hizo mucho por el orgullo italiano. No pudo ganar una medalla olímpica, aunque pocos promocionaron tanto el olimpismo como el modesto maratonista. Su foto cruzando la meta tambaleante, la mirada perdida y los comisarios de la competición instándolo a cortar la cinta es un ícono del deporte. Hayes ganó el oro, Pietri la idolatría. Era una época romántica de los Juegos, tiempos puros, sin política, sin corrupción ni mercantilismo, sin dopajes ni recompensas económicas, los atletas no eran máquinas, apenas jóvenes fuertes y ágiles con destreza natural para determinadas disciplinas.

El viernes comenzó la 32ª. edición de las Olimpíadas en Tokio. Como cada vez que llega la fiesta olímpica, reaparece la figura de aquel mínimo gigante italiano que enamoró a Inglaterra con su endeblez aparente y su fortaleza real.

Comparte y opina:

Copa América, la brújula de la Eliminatoria

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 18 de julio de 2021 / 19:07

Recordemos los cinco primeros de la Eliminatoria: Brasil (18 puntos), Argentina (12), Ecuador (9), Uruguay (8) y Colombia (8). Bien, la pregunta que se impone es: ¿seguirá todo igual en la clasificatoria después de disputada la Copa América…? ¿Es la Copa un simple tubo de ensayo como piensan algunos o un torneo que puede cambiar las placas tectónicas de la carrera mundialista…? La centenaria competencia disputada en Brasil deja a varios satisfechos y a otros con caras largas o muy largas. Hay tres que volvieron felices a casa o, al menos, tranquilos: Argentina, Colombia y Perú.

El gran vencedor, sin duda, es Argentina: se quitó de encima un elefante, el de los 28 años sin títulos. La conquista ha sido balsámica para su entrenador Scaloni, a quien acosaban los fantasmas de la interinidad; para Messi, perseguido por el discurso de los “anti”, pero especialmente para la selección toda, que dejó de ser un equipo en construcción y encontró su consolidación. Ahora tendrá partidos mejores o peores, pero ya no habrá una Argentina titubeante. Ganarle la final a Brasil en Maracaná es un diploma de graduación. Y por cómo lo hizo: jugando a hierro corto, con inteligencia y exponiendo los más altos valores espirituales, los que se le reclaman a un futbolista argentino: no temer y buscar la victoria donde sea. Se consagraron varios nombres, como Emiliano Martínez, Rodrigo De Paul, Cristian Romero, Gonzalo Montiel. Son definitivamente jugadores de selección.

Colombia pasó de la amargura que habían dejado las goleadas sufridas ante Uruguay y Ecuador a un semblante de tranquilidad. No sólo por su tercer puesto sino porque se las tuvo tiesas con Brasil, Uruguay y Argentina y salió bien parado. Redondeó todo con el atractivo 3-2 sobre Perú. Como Scaloni, Reinaldo Rueda sepultó las dudas sobre él, encontró el sistema del equipo, tiene bien completo al menos siete u ocho de los once casilleros, trabajó 45 días con el plantel, sabe qué resortes tocar. Se afirmó un mediocampo de excelencia con Cuadrado, Barrios y Uribe y le apareció un atacante fenomenal como Luis Díaz, que cambia toda la ecuación sobre Colombia. Es un “ganapartidos”. En apenas 49 días vuelve la Eliminatoria y ahí podrían estar James Rodríguez, Juan Fernando Quintero y Falcao García. Entrarían en un equipo que ya funciona como tal y, si logran aportar, se elevaría el nivel competitivo, que ya es satisfactorio.

El premundial recibirá a un Perú reciclado, con ánimo y con un universo de jugadores mayor del que contaba: surgieron y convencieron el lateral Marcos López, el volante Sergio Peña, el inteligentísimo goleador Gianluca Lapadula, evolucionó André Carrillo a un nivel desequilibrante. El ánimo imperante tras la Copa lo graficó el viernes Ricardo Gareca: «Somos optimistas. Confiamos en los jugadores. Somos gente de mucha fe para pelear nuevamente la chance de una nueva clasificación». Tiene sólo 4 puntos, pero también está a cuatro del cuarto y quinto. Van con todo. Brasil 2021 fue una inyección futbolística y anímica para ellos.

¿Y el resto…? Uruguay fue el de mayor involución. No tuvo juego ni creatividad ni figuras. Ni siquiera su tradicional garra charrúa. Y anda escasísimo de gol, Suárez y Cavani, hasta no hace tanto una dupla letal, están ya en el umbral de los 35 años y se les nota. Es difícil que en 49 días el Maestro Tabárez logre revolucionar el funcionamiento o descubrir alternativas que le cambien su opacidad. Su cuarto puesto es vidrioso, tiene una barra pisándole los talones. La Copa lo llenó de dudas y suenan fuerte las voces que cuestionan al técnico.

 Ecuador es otro que se fue mal de Brasil, sin siquiera una sola victoria. La selección que parecía una aplanadora al comenzar la Eliminatoria sacó 3 puntos sobre 15. Alfaro es un excelente entrenador, pero está apelando demasiado a la excusa, al lamento y a una visión ultraoptimista que no se condice con el andar del conjunto. Desde la lección de fútbol que le dio Perú en Quito no se repuso más. Y ahora se advierten muchos cambios de nombres. Los que parecían fijos ya no lo son.

“Brasil juega a otro deporte”, se dijo al comienzo de la cita sudamericana. Todos sobredimensionamos un poco sus capacidades tras las goleadas a Venezuela (3-0) y Perú (4-0), pero de ahí en más fue todo muy tortuoso. En sus últimos cinco juegos ganó con polémica a Colombia (en el minuto 100…), igualó a uno con Ecuador siendo peloteado al final, venció por la mínima a Chile y a Perú (al que no le dieron un penal de escándalo), y cayó sin goles ante Argentina sin generar situaciones de riesgo, apenas dos remates desde afuera, uno de Richarlison y otro de Gabigol, pero ninguna acción elaborada. Pasada toda su actuación por el tamiz, le queda una cosecha magra. Con este nivel, clasifica al Mundial, pero no figura en él. Por jugadores sigue estando un peldaño arriba del resto, le da para llegar a fin de mes, no para hacer locuras. Ojo…

Paraguay impresiona por su asombroso despliegue físico, pero no hilvana fútbol del medio hacia adelante. Eduardo Berizzo es blanco de hartos cuestionamientos. Por momentos parece un equipo peligroso, aunque no termina de confirmarlo. Los jugadores paraguayos exhiben un enorme compromiso, pero juegan como si estuvieran al borde de un ataque de nervios. Chile está en la indefinición, sigue sostenido por su base histórica (ya veterana) y en su búsqueda de nuevos valores encontró un talento casi inesperado en el inglés Brereton, pero rindió muy poco colectivamente. Le vienen dos partidos muy duros: Brasil en Santiago, Colombia en Barranquilla. Necesita sumar de a tres y le cuesta horrores. En 11 juegos entre ambas competencias apenas ganó dos, uno a Bolivia en esta Copa y otro a Perú hace ocho meses.

Venezuela, con sus eternos problemas internos, apenas arañó dos empates, aunque por obra de la improvisación y las urgencias descubrió algunos valores nuevos. No se le vio evolución, más bien al revés. Quedó en su posición histórica. Pero hará algún daño…

El único que perdió en sus cuatro presentaciones, marcó dos goles y recibió diez. A César Farías le va mejor en las conferencias de prensa que en la cancha. Frente al micrófono no desentona. Marcelo Martins intentó culpar a la Conmebol de su Covid, pero damos fe de que la burbuja para los equipos era y es severísima. Quienes respetaron a ultranza el protocolo no tuvieron problemas; él se contagió y la inmensa mayoría no. Y hacía falta como nunca. Cinco puntos en la Eliminatoria no están del todo mal, ahora hay que defenderlos levantando juego, siendo menos blandos atrás y más sólidos para sostener la pelota en el medio, sino se te vienen cada treinta segundos, y nadie resiste tantos embates rivales.

Comparte y opina:

Argentina, a mano con su historia

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 11 de julio de 2021 / 22:46

Vacas, pampa y fútbol. Tango y fútbol. Mate y fútbol. Música, letras y fútbol. Café, amigos y fútbol. Es difícil explicar cómo un país puede ser tan apasionado por un juego. Es como un líquido denso que impregna toda la vida argentina. No hay indiferentes para esto. Si un candidato a presidente se presentara en sociedad y afirmara no ser hincha de ningún club obtendría el cero por ciento de los votos. Es algo intolerable para el resto de los argentinos. Sería sospechado de no terrícola. Ningún político se atrevería a declararse ateo en esta religión nacional. Le preguntaron al magnífico escritor y periodista británico John Carlin de dónde provenía su fanatismo por el fútbol: “Pasé mi infancia en la Argentina -respondió-, si no me aficionaba al fútbol no hubiera podido jugar con ningún chico, Y me hice hincha de Excursionistas, el club de mi barrio”. Lo entiendo: era obligatorio. Sólo en Buenos Aires y su área metropolitana hay 61 estadios, desde los de River y Boca hasta el de Fénix. Son templos donde se profesa la fe por los colores, donde se rinde un culto a la fidelidad. Los ingleses lo inventaron y los brasileños lo sublimaron, pero acá está la capital de la pasión.

En esta patria futbolera, donde nació la Copa América en 1916, veintiocho años sin ganarla es indigerible, absolutamente insoportable. Comemos fútbol, y nadie aguanta tanto tiempo sin ese alimento espiritual que es el éxito. Hay que traerla de vuelta, es la consigna ciudadana.

“Ganamos porque ganamos”… “Vamos que los pisamos”… “¡Qué Neymar ni Neymar!“… “Hay que hundirlos en el Maracaná”… Las proclamas tribuneras son tan infundadas y exageradas como deliciosas. Y falsas. Todos sabemos que los brasileños son muy buenos, superiores a nosotros. Y Scaloni y sus muchachos lo saben mejor que nadie. ¿Cómo pararlos durante noventa minutos si te atacan todo el tiempo…? ¿Qué hacer con Neymar…?

Final de Copa América en el coloso de Río de Janeiro: Brasil-Argentina. Una cita de ensueño, el clásico mundial atrapando al planeta fútbol y dándole resonancia a una copa que, puesta en paralelo con la Eurocopa, pareció menor, chiquita, de entrecasa. Pero esas camisetas están cargadas de gloria y realzan cualquier competición. Y quienes tengan dudas que vayan saliendo: son la cuna de Pelé, Garrincha y Ronaldo frente a la de Di Stéfano, Maradona y Messi.

Ellos, los que mejor juegan, nosotros los más fanáticos. Es una batalla, Argentina-Brasil siempre lo es; viene de las finales de 1937 y 1946, donde se dieron muy duro y se gestó la rivalidad. Y fue una refriega nomás, sin muertos, pero con maltrechos. Hubo unas gotitas de fútbol, lo demás fue todo fricción y nervios, pero así suelen ser estos duelos. Brasil empezó con mal pie y no se pudo enderezar más. Antes del minuto 3, Fred le entró con plancha fuerte a Montiel, recibió tarjeta y ya perdió influencia porque es un jugador físico y debió cuidarse. Y el doble 5 de Brasil -Fred y Casemiro- importantísimo en el sistema de Tite, quedó desarticulado porque el técnico no quiso arriesgar y lo sacó al final del primer tiempo. Y a los 21 llegó el gol, que sería de la victoria y del título, el único sorbo de juego que entregó el partido. De Paul hizo un preciso pase de treinta metros en profundidad a Di María, falló Renán Lodi al intentar interceptarlo (falla de esas que te cuestan no ser convocado más) y el puntero argentino, en plena carrera, la acomodó con el taco y definió de emboquillada. Bonito gol. Di María, tantas veces cascoteado (por este cronista, sobre todo) hizo el gol de su vida y se redimió de sus miles de centros tirados a la estratósfera. Y fue indultado para siempre, porque esta no será una copa más para los argentinos. Se evocará por décadas.

Uno a cero. La bolsa ya estaba, restaba escapar de allí con vida. Pero faltarían 75 minutos, demasiados para refugiarse a aguantar atrás las embestidas de las tropas brasileñas. Nadie resiste una balacera de ellos. Argentina presionó lo más arriba que pudo, encimó hasta tocar al adversario, marcó con fiereza y jugó al límite físico, llegó la frontera misma del reglamento, aunque sin cruzarla nunca. No lo dejó armar en ningún momento a Brasil, al punto de que casi no tuvo situaciones de gol, más allá de dos remates de Richarlison y Gabigol, conjurados en gran forma por su arrojado arquero Emiliano Martínez.

Brasil buscó, esperó, ya llegaría su momento, pensó, pero los minutos fueron pasando y el salvavidas que esperaba no arribó nunca. Siempre estuvo incómodo en el juego, sencillamente porque no hubo juego. No le dejaron hacer tres toques seguidos. En ese complicado contexto de músculo y sudor, vale rescatar la grandeza de Neymar; quería ganar, puso toda su alma y su clase al servicio de la causa. No se le dio porque enfrente había gente muy decidida. Y a medida que avanzaba el reloj, más feroz era la determinación de los albicelestes. Es algo típico del futbolista rioplatense: cuando ve cerca el objetivo, ya no quiere perder, se tornan lobos. “Prefiero jugar contra Alemania, Inglaterra, Holanda o Italia y no contra Uruguay o Argentina”, me decía convencido Ricardo Teixeira, el presidente más exitoso de la CBF. No le faltaba razón. Contra estos se les complica más. Los rioplatenses no les piden autógrafos. Les juegan con sangre, a muerte. Brasil se batió como un león también pese a no estar tan habituado a esa salsa del combate. Y saludó al final, desde Tite hasta el último de sus soldados. Unos caballeros extraordinarios. La hermandad de Neymar y Messi es una pintura bellísima, finalizada la contienda, se abrazaron con cariño verdadero. La hidalguía también merece un título.

Conociendo la entretela de la dirigencia, es seguro que hubo una reunión del comando argentino con el presidente de la Conmebol para decirle basta. Basta de arbitrajes inclinados, porque Brasil siempre ha sido el mejor, pero también fue históricamente el establishment. Cuando João Havelange llegó a la FIFA en 1974, entre sus primeras medidas estaban poner la comisión de árbitros y la de finanzas en manos brasileñas. Quien controla el silbato y la moneda decide todo en fútbol. Brasil llegaba con una larga lista de fallos favorables ante Argentina. El uruguayo Esteban Ostojich tuvo una actuación casi perfecta. Sólo un reproche: permitió que el arquero argentino hiciera tiempo en exceso. Llegó a tener el balón en sus manos hasta 23 segundos tras una atajada, cuando el tope es de 6. Eso se arreglaba poniéndole amarilla de entrada. O dando diez minutos de añadido en lugar de cinco. Fuera de eso, todo en regla, todo legal.

Fue una final casi sin fútbol, pero atrapante por la tensión excepcional, el voltaje irrespirable que contuvo, eso también tiene su belleza. El fútbol le pagó una deuda a Messi, probablemente el jugador que más espectáculo ha dado en la historia de este deporte: 17 años deleitando con una regularidad y generosidad sin par. Le faltaba lo que buscó tanto: un título con su Selección mayor. Quedaron a mano.

Costó años y amarguras, golpes y desencantos, pero ahí está, Argentina campeón. Con hombría, inteligencia y aguante. Nunca dejó de buscarlo, jamás huyó del favoritismo. Es hora de festejar.

Comparte y opina:

Italia y el orgullo de jugar bien

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 4 de julio de 2021 / 17:57

“¡Eres bellisima!”… “La noche te hace preciosa”… “¡Fabulosa, Italia!“… “Dime que es cierto”… “Olé, Italia”… “Italia de ensueño”… “Mancini, como Steve Jobs, loco e innovador”…

Los “giornales” italianos, deliciosos como el spaghetti, compiten como siempre por el título más original y vendedor, pero todos coinciden en un punto: la euforia nacional por el fútbol que está desplegando Ia Nazionale. No por el rendimiento, que también, sino por el juego. “Hay una alegría social”, dicen. La península entera está rendida a los pies de estos muchachos que han interpretado el paladar del técnico Roberto Mancini. Dos palabras brotan en forma de grito nacional desde el pecho y desde la garganta de cada tifoso: “¡Juegan bien…! ¡Giocano bene…!”.

Sí, también Italia puede agradar y hasta enamorar con la pelota en los pies. Basta de conservadurismo, basta de meterse atrás y de pensar en el cero en el arco propio como meta fundamental y sacrosanta. Todos pueden mover bien la bola, hasta Bonucci y Chiellini, pero hay que creer en esa filosofía. Mancini está convencido y les ha hecho la cabeza a sus pupilos, les ha lavado futbolísticamente el cerebro hasta quitarles la última partícula de catenaccio y ahora parecen brasileños. Hasta podríamos rebautizarlos: Verrattinho, Barellinha, João Locatelli, Zé Bonucci, Tião Insigne… Les quedaría bien.

Helenio Herrera, el gran divo de la dirección técnica que edificó el Inter supercampeón de los años 60, acuñó: “El fútbol italiano es el mejor del mundo… de lunes a viernes”. Pero esta selección Mancinesca demuestra que también puede ser el mejor los domingos. Sólo hay que atreverse a jugar así: con grandeza, con amor a la pelota, por abajo, respetando la ortodoxia del pase y, sobre todo, atacando.

Con el juego pasa como con las palabras: a veces uno entiende el significado, sólo que no puede explicarlas como el diccionario. Pero el hincha sabe qué es jugar bien. Y el tifoso italiano, que nunca lo había experimentado, sale a las calles, con pandemia o sin ella, a gritar su emoción. Porque ganar da alegría, jugar bien genera orgullo. Y no habían descubierto ese placer en 140 años de darle a la pelota.

Esta Italia gioca bene. Mucho más que eso, puede marcar un hito: cambiar el estilo histórico del calcio, tornarlo más estético, a su sabiduría defensiva agregarle buen gusto, algo más acorde al espíritu artístico de los italianos. Siempre nos preguntábamos: ¿cómo puede ser que una nación que ha dado a la humanidad los tesoros de su música, su pintura, su escultura, su literatura (¡El Gatopardo, esa obra maestra…!), su gastronomía, el cine, la arquitectura, la patria que nos dio a Venecia tenga un fútbol tan rácano, tan desprovisto de galanura y generosidad…? ¿Cómo podían disfrutar de eso, justo ellos…? Pues hoy están sintiendo la emoción estética que alguna vez fue de los argentinos, de los húngaros, de los brasileños, de los holandeses, últimamente de los españoles. Y otros más, como la Colombia de Maturana, aunque aquellas fueron las escuelas principales. El calcio fue toda la vida apenas sexo, esta Italia de Mancini es sexo con amor. Se disfruta el doble.

Es hermoso jugar bien. Y todos sabemos de qué se trata. Jugar bien no es hacer fulbito, es priorizar la técnica, sublimar la habilidad, ser prolijos en el trato y traslado del balón, asociativos y propositivos, saber marcar. Y ganar. No hay jugar bien sin contundencia, sin concretar.

Por si acaso: con este jueguito que los astutos llaman inocente, Italia lleva 32 partidos sin perder, con 15 victorias consecutivas entre la fase de clasificación de la Eurocopa y la Eurocopa en sí. Y si le agregamos los tres triunfos iniciales de la Eliminatoria suben a 18. Con una montaña de goles marcados -56- y apenas 6 recibidos.

Es curioso: pasa en clubes y selecciones, muchos valoramos el coraje, la personalidad, la fuerza, la garra, la entrega, el liderazgo en este deporte tan apasionante; no obstante, puestos a evocar se nos vienen primero a la mente los artistas.

Les pasa los boquenses, autotitulados los reyes del empuje y el vigor, del ímpetu y el carácter; cuando se trata de la nostalgia, recuerdan al peruano Meléndez (un zaguero que era la delicadeza en pantalones cortos, no les quitaba la pelota a los rivales, se las sustraía), a Rojitas, a Maradona, a Riquelme, a todos los magos del balón, no a los colosos del músculo.

Acontece con los alemanes, que han tenido tantos panzers, pero a la hora de la gratitud y el cariño entronizan a Beckenbauer; les pasa a los mismos italianos, tan afectos a los defensores graníticos, pero que en tren de memorizar les viene a la mente Robbie Baggio. Nos pasa a todos los hinchas de fútbol del mundo. Eso es porque, por encima de los resultados, amamos el refinamiento, el arte, la gracia, la rapidez mental del crack, el amague, la gambeta, el toque suave y certero. No hay valor más supremo que la belleza.

Así como Luis Aragonés y Pep Guardiola enterraron para siempre la Furia española, ese juego áspero y plano, con gran porcentaje de sudor y reciedumbre y poco de luces, Mancini puede darle brillo al Calcio. La grave lesión de Spinazzola (notable torneo estaba haciendo), un lateral-volante-puntero por izquierda, le va a mermar juego en el tramo decisivo. Porque el fútbol no es un deporte de muñequitos sino de humanos, y unos son mejores que otros. Es irremplazable el carrilero de la Roma. Sin embargo, el funcionamiento del equipo sabrá arropar a Emerson, el brasileño que es su suplente.

Cuando las otras piezas marcan los movimientos precisos en cada fase del juego, el que entra no se desorienta, no desentona. Desde Donnarumma hasta Insigne, el equipo es un reloj. Ahora va por España en Wembley, un viejo clásico latino de Europa. Gianni Rivera y Roberto Baggio estarán felices, este es el conjunto que hubiesen elegido para jugar ellos.

Viene lo más duro: semifinal y, quizás, la final. Pero, con cualquier resultado, lo más relevante está hecho: hay una nueva Italia. Y ya nos ganó el corazón. ¡Benvenuta…!

Comparte y opina:

Sudamérica, uno o dos escalones atrás de Europa

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 27 de junio de 2021 / 21:41

Ya pasaron catorce partidos en Brasil (50%) y treinta y seis en Europa (71%). La Copa América y la Eurocopa empiezan a arrojar conclusiones. Y, al jugarse en paralelo, las comparaciones son inevitables. La primera es que los juegos europeos muestran mayor intensidad física. Aquí se esgrime que nuestros futbolistas vienen de largas temporadas, pero allá es igual, y los partidos tienen un ritmo muy alto, hubo algunos frenéticos como Dinamarca 1 – Bélgica 2 (en verdad, los tres juegos de los daneses), Alemania 4 – Portugal 2, Holanda 3 – Ucrania 2, Suecia 3 – Polonia 2, todos los compromisos de Hungría, que pese a ser eliminado, apretó hasta el límite a Francia y Alemania. Sin confrontar es difícil establecer una supremacía atlética, pero allá parece cumplirse el lema olímpico: más alto, más rápido, más fuerte. Vemos laterales-carrileros-punteros (hacen las tres funciones) que parecen aviones, como el caso del húngaro Attila Fiola, una topadora de 31 años que cubre los cien metros de banda y no para un instante. Es quien más nos impresionó, aunque la mayoría en su puesto se le asemeja. Se marcan muchos goles sobre la hora porque siguen corriendo y buscando sin parar. Eso, aquí, no nos resulta tan pronunciado. Sí nos impresionó la prestación física de Paraguay, veloz, incansable y persistente.

Hernán Crespo, entrenador argentino del São Paulo, ahora también columnista de La Nación, coincidió en este aspecto: “Lo que me inquieta es el roce, la competencia directa con los mejores, que es el vehículo para crecer. Y, al sumarse la Liga de Naciones europea, el calendario se quedó prácticamente sin ventanas. Perdimos la posibilidad de probarnos con los europeos, de encontrar nuestro punto de retraso o de evolución, y se imponen amistosos contra equipos que no son referencias. Perdimos los duelos con Alemania, con Italia, con Inglaterra, que nos servían como auténtica medida. Futbolística y emocional, desde ya, pero también física. Vos sabés, después de un choque, si estás preparado o te faltan muchas más horas de fierros y gimnasio”.

Seguro: si el jugador está equiparado físicamente puede imponer su técnica. A su vez, la mayor dinámica genera más imponderables, cuanto más veloz y movido es el juego, más posibilidades de riesgo frente a los arcos. Y más goles. En la Euro se llevan marcados 94, a 2,61 por encuentro. En la América fueron 33, a 2,35. Y si sacáramos a Brasil el promedio bajaría notablemente. Argentina es líder del Grupo A con apenas 3 tantos en igual cantidad de cotejos. Pobre.

Lo de los campos de juego -billares allá, patatales acá- es una dejadez inaceptable. No hacen falta millones para tener un buen terreno. Los estadios brasileños son preciosos, pero los panes de césped se levantan desde la primera pisada y a los diez minutos de juego el pasto está todo poceado, los jugadores resbalan y eso impide desarrollar un mejor juego.

A cada momento escuchamos o leemos: “La Copa América viene bien para probar jugadores”. No, la Copa es para competir, ganar gloria y grandeza, sumar títulos, hacer historia. Uruguay es un país de tres millones cuatrocientos mil habitantes, cuando se coronó campeón de América 2011 en Argentina un millón de uruguayos se volcaron a las calles de Montevideo para aclamar a su selección en el retorno triunfal. Es uno de los más celebrados triunfos celestes en su riquísimo palmarés. Fue a buscar la Copa, no a probar. Lo mismo Chile en 2015 y 2016. Sí es una ocasión única para los entrenadores de estar un mes o más con sus futbolistas, ensayar tácticamente, llevar alguna gente nueva y mecharla de a poco. Eso también. En la Eurocopa nadie va a probar sino a ganar. Otra diferencia.

El rubro más inquietante es el de las figuras. Diez años atrás puntualizábamos que Sudamérica había bajado su nivel competitivo, pero que seguía siendo la más prolífica factoría del mundo. Estaban jóvenes Messi, Agüero, Neymar, Dani Alves, Suárez, Cavani, Paolo Guerrero, James, Falcao, Vidal, Alexis Sánchez… Pero se vinieron mayores y nadie tomó la posta. Hoy está en duda hasta nuestro rótulo de semillero. ¿Qué joven promesa nos muestra esta Copa América…? No vemos mucho salvo Oscar Romero (Argentina), Luis Díaz (Colombia), Gonzalo Plata (Ecuador). Podríamos mencionar a Micky Almirón, fantástico volante-delantero paraguayo, aunque tiene 27 años. En Europa, en cambio, además de los ya consagrados De Bruyne, Lukaku, Benzema, Harry Kane, Kimmich, Lewandowski, Mbappé, vemos novedades interesantísimas como Locatelli, Barella y Spinazzola (Italia), Kalvin Phillips (Inglaterra), Gosens (Alemania), De Jong (Holanda), Højbjerg y Damsgaard (Dinamarca), Pedri (España), Koundé (Francia), Schik (República Checa), Dumfries (Holanda), Palhinha (Portugal).

Y lo que más nos costará admitir: antes nos golpeábamos el pecho presumiendo de la técnica de nuestros jugadores, ahora vemos más riqueza individual del otro lado del agua. Esto ya empezó con el tiqui taca de España. Fuimos perdiendo la gambeta mientras ellos incorporaban el toque. No es que se haya perdido totalmente la creatividad o la habilidad, pero si vemos lo que han progresado en este campo países como Alemania, Italia, España, antiguamente emparentados con la fuerza o la tosquedad, deberemos admitir que ellos avanzaron mucho, en tanto acá nos estancamos.

Reparemos en esto: mientras se disputan ambas competencias, está abierto el mercado de pases en Europa, apenas un nombre sudamericano que está en la Copa América ha sido objeto de rumores de pase: Cuti Romero, el ascendente zaguero albiceleste del Atalanta. Uno entre 280 profesionales que están animando el certamen en Brasil.

Hay más emoción en la Eurocopa por la vuelta de los aficionados, un condimento esencial en el fútbol. En algunos casos con 30% de público autorizado, en otros como Hungría y Dinamarca, con los estadios casi a tope. No obstante, es un hecho puramente circunstancial. Ya volverá el público a nuestro fútbol. Pero haber competido al mismo momento en andariveles diferentes demostró, sin un ápice de duda, que retrocedimos. Nos sacaron una ventaja que costará recuperar. Hoy, quien aparece como el único sudamericano en condiciones de cambiar golpe por golpe con un europeo es Brasil, aunque ya veremos. En 2018 también lo creíamos y apenas pudo derrotar a México y Costa Rica, de Concacaf, y a Serbia, de la UEFA. Bélgica lo mandó a la lona y volvió a casa sin toparse con ningún grande.

La pregunta del millón es: ¿podremos revertirlo…?

Comparte y opina:

Últimas Noticias