viernes 20 may 2022 | Actualizado a 05:17

Lewandowski, The Best en eficiencia y gol

Jorge Barraza, columnista de La Razón

/ 23 de enero de 2022 / 21:45

Definitivamente, la FIFA parece haber dado por perdida su batalla con France Football por el premio al mejor futbolista del año. Una de las primeras medidas de Gianni Infantino al ser electo presidente de la matriz del fútbol fue la de poner fin al contrato que unía a la FIFA con la revista francesa para la entrega conjunta del galardón al mejor del año. FIFA pagaba por ello una suma importante a la familia Amaury, propietaria de la publicación y dueña del nombre Balón de Oro, pues fue France Football quien instituyó la premiación en 1956. Y, dado el peso y el gancho que ese nombre tiene, Joseph Blatter había celebrado un acuerdo y lo entregaban conjuntamente bajo el rótulo “FIFA Balón de Oro”. Un acierto de Joseph que el altivo e impetuoso Gianni derribó como un bolo.

¿Qué sucedió…? Que el mundo futbolístico y los miles de millones de hinchas siguen enganchados al Balón de Oro y no al The Best, denominación que decididamente no pega. Por ello la atención mundial estuvo atrapada el 29 de noviembre último cuando se concedió el Balón de Oro en el Teatro del Châtelet, de París, con todas las figuras del fútbol mundial presentes. En cambio, esta del The Best, el lunes último, pasó casi inadvertida. Una ceremonia no presencial, descafeinada, en la misma sede de la FIFA en Zurich, y celebrada por videoconferencia. Encima, con demasiado retardo. El 17 de enero se elegía a quienes más brillaron entre el 8 de octubre de 2020 y el 6 de agosto de 2021. El mérito queda muy lejano y el premio pierde frescura. Se realiza la entrega tanto tiempo después que hasta es posible que en ese momento el elegido esté jugando mal. Y el público se pregunta: “¿por qué a este…?”

En ese marco, se eligió por segunda vez consecutiva a Robert Lewandowski como el mejor del mundo. Una elección indiscutible, buena, justa, merecida y oportuna. Como también lo hubiese sido si lo ganaba Messi, porque hasta el 10 de julio, cuando fue campeón de América, Leo había coronado un gran año. Después ya no. Pero que ganara dos veces el polaco repara, en cierto modo, la injusticia de no recibir el Balón de Oro 2020 por haberlo declarado desierto France Football.

Con 33 años y el cuidado científico que tiene por su cuerpo y su carrera (sus padres, hermana y esposa también fueron deportistas de élite), Lewandowski suma, a día de hoy, 584 goles. Quizás marque cien más. Antiguamente, cuando un delantero alcanzaba los 300 goles se lo consideraba un fenómeno. Este podría llegar a 700. Son cifras que lo dimensionan. Pero ¿frente a qué futbolista estamos…? Ante un atleta altamente preparado, eficiente, de serena y fantástica definición ante el arco, con buena técnica de control y remate, frialdad absoluta para decidir en el lugar más caliente del campo. ¿Y fuera del área…? Ahí ya es un jugador normal, como hay miles. Todos nos admiramos más por la cantidad que por la calidad de sus goles. Probablemente nunca recordaremos un gol antológico de Robert. Y tal vez dentro de veinte años lo evocaremos como un nombre importante, no rutilante, de la talla de Kevin Keegan, Pavel Nedved o Allan Simonsen, vencedores del premio décadas atrás.

Es un justísimo ganador, pero no te mueve los cimientos. Nadie te llamará por teléfono para avisarte: “Che, poné ESPN que está jugando Lewandowski…” Es un nueve que necesita un equipo detrás. En estos últimos ocho años en Alemania ha disfrutado de la confiabilidad, la solidez, el funcionamiento, los brillantes compañeros y la excepcional conducción del Bayern Munich, que gobierna tiránicamente la Bundesliga desde hace una década. Que gana por goleada todos sus partidos y se asegura los títulos con doce o quince puntos de ventaja. No es un detalle trivial, el contexto lo ayuda muchísimo. Si Robert marcara la misma cantidad de goles en equipos menos organizados como el Manchester United, el Barcelona, el Milan o el Hamburgo, entonces estaríamos ante un fenómeno de todas las épocas. Es lo que le pasa en Polonia. Ahí no logra el brillo y el número de goles que en el Bayern. En Rusia 2018 cumplió una labor decepcionante y no pudo anotar, aunque vale subrayar que esa Polonia era un once muy flojo. Ha marcado en su selección, desde luego, aunque casi nunca a las potencias, siempre a los Chipres y Maltas, que Europa tiene por docenas. Es un matador, un finalizador, hizo una enormidad de goles y ganó de pleno derecho el The Best. Esto no está en discusión.

Las opiniones sobre él están divididas. Ricardo Vasconcellos, editor de Deportes de El Universo, de Guayaquil, lo pondera abiertamente: “Es una fuente inagotable de goles, los defensas que lo enfrentan deben sentir la misma terrorífica sensación de peligro mortal que se puede experimentar en el mar nadando con un tiburón blanco porque Lewandowski es un depredador”.

Para Ricardo Montoya, columnista de El Comercio, de Perú, “el premio hace justicia, Lewandowski se lo merecía. Es un gran, gran, gran goleador, una especie de Cristiano Ronaldo, aunque inferior a Cristiano. Lo que sí, necesita estar rodeado de un conjunto. En Polonia no le va tan bien, y no creo que sea mejor que Lato, por ejemplo”. Muy respetable, opinión, sin embargo volvemos a lo mismo: en aquella recordada Polonia de los ’70 Lato era un crack, pero estaba brillantemente acompañado, Lewandowski no. Esto deja en claro, una vez más, lo que importa el conjunto en el brillo personal de un futbolista. Porque esto no es tenis, es fútbol, juegan once.

“El premio está bien entregado. Creo que Lewandowski será reconocido como un goleador tremendo, con gran técnica, muchos recursos y que hace goles de todos los colores, pero hasta ahí nomás -opina el colega argentino Leandro Rodríguez, del portal digital Bitbol-. Mi análisis termina siempre en el mismo lugar: juega en la Bundesliga, y eso me baja el precio. Me parece bastante más jugador Harry Kane, pero está en la Premier League, que es mucho más difícil, y en el Tottenham, que no es precisamente una máquina, como el Bayern”.

No obstante, tuvo un mérito esta edición del The Best: se respetó el espíritu del galardón, esta es una distinción individual, no colectiva. Muchos mencionaron a Jorginho, por haber sido campeón de la Champions con el Chelsea y de la Eurocopa con Italia. De acuerdo, no obstante, además de los méritos o los títulos, el premio debe recaer en una figura que haga la diferencia también por calidad, por elegancia, por carisma, porque sacude a las multitudes. Con el máximo respeto, Jorginho es un obrero del fútbol. No se puede decir ¿quién salió campeón…? “El Chelsea”. Bien, entonces elijamos uno del Chelsea. No, no es ése el sentido de la premiación.

Algo así sucedió con Mario Gotze en el Mundial 2014. Legiones lo postulaban al Balón de Oro por marcar el gol en la final (un golazazo, por cierto), pero semejante honor es para el jugador del campeonato, el que deslumbró en varios partidos, y Gotze jugó muy poquito. Estaba lejos de ser una figura, incluso luego desapareció del mapa. En ese sentido, Lewandowski resultó una elección perfecta: fue muy regular y destacado en toda la temporada.

Dios salve a Liverpool… Y a Klopp

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 15 de mayo de 2022 / 18:50

La Guardia Real de la Reina, la de uniformes rojos y enormes sombreros de piel negra enfundados hasta los ojos, ocupaba el campo de juego mientras la sensual cantante londinense Raye entonaba Good Save the Queen (Dios salve a la Reina). Y 90.000 espectadores en el imponente estadio de Wembley, no del todo silenciosos, los hinchas del Liverpool silbaron el himno. Al cumplir 150 años, una puesta en escena fabulosa dio apertura a la final de la Football Association Cup, la célebre Copa Inglesa, la competencia futbolística más antigua del mundo. En 1872, cuando empezó, no había Mundiales ni Champions ni ligas, ese fue el primer intento formal de rivalizar entre clubes. Luego vino todo lo demás. Sólo no se disputó durante las dos Guerras Mundiales. Setecientos veintinueve equipos participan, incluso de categorías aficionadas. O sea, representa realmente a toda Inglaterra, hasta el último cuadrito de barrio la juega. Semejante tradición se respeta de modo reverencial, por lo cual, a diferencia de otros países, el campeón de copa tiene en el fútbol inglés una importancia bastante cercana al campeón de liga. No es una hermanita menor.

Al igual que en la Copa de la Liga -segunda en importancia- llegaron a la final en el histórico escenario Liverpool y Chelsea. Como en aquella ocasión -27 de febrero-, jugaron ardorosamente, igualaron 0 a 0, fueron al alargue y a los penales. Y, como entonces, se coronó el Liverpool desde los doce pasos. En catorce penales, la mayoría maravillosamente ejecutados, venció 6 a 5 el club liverpooliano. La habitual angustia de la tanda penalicia sirvió para decretar un campeón y dar emotividad a la coronación. Y no es que faltaran emociones antes, hubo cantidad de situaciones de gol, sólo faltó la precisión, un elemento clave en este juego.

Actualmente hay que patear obligadamente bien los penales, caso contrario los arqueros los atajan. Son atléticos, estudian a los pateadores, entrenan mucho. Di Stéfano contaba que en su época los goles de penal no se festejaban, porque era demasiado fácil hacerlos. “Te dabas vuelta e ibas al centro del campo sin gritar”, recordaba Alfredo. Los arqueros casi no se movían, uno tiraba a asegurar, a una punta, y era gol seguro. Ahora, disparo que no va fuerte o esquinado es un postre para los porteros, muy felinos. Salvo que los rematadores sepan amagar bien, como sucede con los que se animan a hacer un Panenka. Terminada la serie y con Liverpool campeón, Jürgen Klopp no paraba de abrazar a Sadio Mané, el magnífico atacante senegalés; él fue quien falló el único tiro del campeón, quería que la tierra se lo tragara. Pero Alisson lo salvó tapándoselo a Mason Mount.

El príncipe Williams y Debbie Hewitt, la primera mujer presidenta de la Asociación Inglesa de Fútbol en 158 años, entregaron el trofeo al capitán liverpooliano Jordan Henderson, duro guerrero de arduas batallas. Es la segunda corona de la temporada del cuadro rojo, ahora deberá lidiar ante el Real Madrid por la Champions el 28 de mayo y espera un resbalón del Manchester City a ver si puede hilvanar también la Premier League, pero esa se le puso difícil. El City depende de sí mismo. Falta una fecha y, si los de Guardiola vencen al Aston Villa el domingo, serán campeones. Klopp buscaba un epopéyico cuatriplete, tal vez deba conformarse con tres.

Liverpool y Chelsea son gemelos presionando, se asfixian uno al otro, por eso les cuesta superarse. No obstante, hubo cantidades de llegadas de peligro de los dos. Y la más clara la tuvo en sus pies Luis Díaz, grandísima figura en el primer tiempo. Alexander Arnold le puso un pase de primera con tres dedos, toda una delicatessen, y lo dejó sólo de cara al gol; Lucho picó bien, sacando ventaja, como es su virtud, dominó, entró al área y definió rápido, pero la bola, entre las piernas de Mendy, se frenó y esto permitió que la defensa del Chelsea rechazara. El colombiano se metió a espaldas de Chalobah, en el hueco que había entre este y Reece James, y por ahí causó estragos, pero siempre le faltó la puntilla, los cinco centavos de puntería para hacer red. No obstante, a los 8 minutos ya era la estrella del juego con sus internadas por izquierdas, amagues, gambetas y centros. En la segunda parte también fue un factor de alto riesgo para los de Tuchel, y probó varias veces desde el borde del área, pero no era su tarde para el gol. En tiempo extra, Klopp lo sustituyó por Firmino porque estaba perdiendo frescura física y ya no ganaba en los piques, aunque con su titularidad y sus movimientos eléctricos y punzantes ratificó que es uno de los preferidos del técnico alemán y que está a la altura de Mané y Salah. Incluso todos los compañeros lo buscan con el pase más a él que a los otros dos. Un síntoma de confianza de aquellos, cuando el jugador trae la bola, la pasa al que cree que puede hacer alho. Si se le daba el gol, era el héroe de Wembley.

Fue una lucha sin respiro. Klopp le lleva a su compatriota Thomas Tuchel una ventaja de 10 victorias a 3; lo consigue, pero le cuesta ganarle. Y el Chelsea tuvo varias buenas frente al arco de Alisson. A Pulisic le pasó lo mismo que a Luis Díaz: brilló, desequilibró, no se le dio el grito sagrado y luego se fue desgastando, hasta ser reemplazado.

Un detalle del fútbol actual, de su grado de oposición: ambos equipos son claramente ofensivos -más el Liverpool- sin embargo, en todos los córners o tiros libres desde las bandas, los dos defienden con sus once hombres en el área. Cada vez se dan menos ventajas y es más difícil desnivelar. Pese a todo, se dan partidos espectaculares.

Liverpool llevaba treinta años sin ganar la Premier, trece sin conquistar la Champions y quince sin levantar la Copa Inglesa. Ya está: Klopp le ha devuelto todo. Si Liverpool pudiera emitir moneda propia, sus billetes llevarían la cara de Jürgen.

El jueves último, en memorable actuación, el Inter le ganó 4 a 2 a la Juventus en la final de la Copa Italia. Pocos lo vieron, muchos ni se enteraron. A nivel jerárquico, ambas competiciones son idénticas, pero a la Copa Inglesa la vio el mundo. Aquel fue un gran partido, éste un notable acontecimiento, un megaevento con toda la pompa. Lo mismo pasa con la Copa del Rey (España) o la Copa de Alemania. Es la diferencia abismal que ha establecido el fútbol inglés como espectáculo por calidad futbolística, presentación, buen gusto y elegancia en el decorado. Inglaterra sabe que ha creado el mayor entretenimiento de la humanidad y lo cuida con orgullo, prolijidad y excelencia.

A la final de la Copa de la Liga, entre los mismos contendientes, habían concurrido 85.512 pagantes. Esta agotó las 90.000 entradas. Los inventores del fútbol se descuidaron por años, pero han retomado la vanguardia en casi todos los aspectos. Y ahora es difícil que la pierdan.

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¡Una nota de seis metros de largo…!

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 8 de mayo de 2022 / 20:00

“66: El Mundial en tiempo real”. Tal es el título del libro de Ian Passingham de 2016. Periodista e historiador, Passingham dedicó la obra a la única Copa del Mundo ganada por Inglaterra, la de 1966, que hizo honor a los inventores de semejante juego. Se cumplían cincuenta años de la conquista. No es casualidad que lo escribiera Ian, hincha apasionado del West Ham United.

En la cuna del fútbol quedó para siempre la frase “la Copa que ganó el West Ham”, pues, pese a no ser de los más poderosos de la Premier League, tuvo el honor de aportar a la selección campeona a tres cracks que resultaron decisivos para alcanzar aquella gloria: el capitán y superfigura Bobby Moore, zaguero de alta clase, el goleador Geoffrey Hurst y el también delantero Martin Peters. En el 4-2 de la final ante Alemania, Hurst marcó tres goles y el restante fue de Peters. Hurst también convirtió el único en el difícil triunfo sobre Argentina. Los tres muchachos eran ídolos del West Ham, surgidos de su cantera; jugaron añares allí, por lo cual ningún otro club se emparentó tanto con aquel éxito inglés. Una estatua del trío preside desde hace un año el estadio Olímpico de Londres, cedido al West Ham por noventa y nueve años. Y debajo de la estatua fueron enterradas las cenizas de Martin Peters, fallecido en 2019.

Passingham tuvo una idea novedosa: tal como el título lo dice, el contenido del libro no es una típica recordación, sino que lo compuso íntegramente con noticias en tiempo real, tomadas de los diarios y otros medios de información del momento, tal como se iban produciendo los hechos. Y a ellas les puso títulos ingeniosos. En uno de los capítulos más curiosos, introdujo una información emanada de Birmingham. Allí, en el estadio del Aston Villa, habían igualado 0 a 0 Argentina y Alemania, pero el suceso no se produjo en la cancha sino en la oficina que el correo había instalado en el recinto para atender las necesidades de la prensa acreditada. Jugando con las palabras, en lugar de titular “Oh my God! (Oh, mi Dios), Passingham encabezó con “Oh my word!” (¡Oh mi palabra!). Lo que ocurrió lo transcribimos de su cita textual:
“¡Oh mi palabra!

El personal de Correos tardó seis horas en cablegrafiar el informe de un periodista argentino sobre la Batalla de Villa Park a los editores de su revista en Buenos Aires.

Osvaldo Ardizzone escribió la asombrosa cantidad de 20.246 palabras -el equivalente a la cuarta parte de una novela típica- sobre el partido Argentina-Alemania Occidental.

A un costo de 1 libra por minuto de cable, le hizo desembolsar a los jefes de El Gráfico la friolera de 340 libras.

Después de que se envió el cable de 20 pies de largo, Ardizzone insistió en que no se arrepentía y dijo: “Después de todo, esto es fútbol … y es la Copa del Mundo».

Hoy, cincuenta y cinco años después, 340 libras representan 427 dólares. Pagar eso en 1966 para mandar la nota era una suma colosal. Ahora, con Internet, sale gratis. En sistema métrico, 20 pies equivalen a seis metros y 10 centímetros. ¡Una sábana de seis metros para contar un partido…! ¡Y para contar un cero a cero…!

Ardizzone no se movió del lugar hasta constatar que desde la redacción, en Buenos Aires, le dieron el OK de recibido. Ahí estaba el comentario y las notas adicionales, voces de vestuarios e impresiones generales que tres días después entregaría El Gráfico a sus lectores en un amplio despliegue, y a cargo de su cronista estrella.

Hasta el Mundial de México ‘86 el material escrito se enviaba por télex, un extraordinario invento alemán que permitió transmitir a distancia textos de gran longitud. Ya no eran simples telegramas, sino extensos artículos. Era como una máquina de escribir, pero inmensa, que la operaban las sucursales del correo de cada lugar. Era necesario tener también una en la redacción para recibir los despachos. Uno tipeaba la nota en una máquina de escribir, la entregaba al empleado del correo y este volvía a mecanografiarla íntegra en el télex. Ese ruidoso armatoste nos desvelaba. Había que rogar que estuviera libre, que la operadora nos tipeara la cinta sin antes irse a comer o a hacer otro trámite, que no terminara su turno o lo que fuera. Que finalmente lo pasara a nuestra redacción y llegara bien… Las comunicaciones no eran tan automáticas como ahora y la tensión por transmitir el material nos mandaba a la cama molidos. En México ’86 vimos con asombro a colegas japoneses pasar sus artículos por fax y en Italia ’90 ya estaba definitivamente impuesto. El fax nos solucionó la vida.

Ardizzone no sólo veía bien el fútbol, era un artista de la palabra. Componía tangos, poesía y algunas obras de teatro. Quien suscribe tuvo la fortuna de ser su compañero. Cuando íbamos juntos a cubrir un partido, iba con mi ídolo. El querido Quique Wolff, hábil lateral derecho de Racing, River y el Real Madrid, hoy comentarista de ESPN, relata una simpática anécdota que pinta la dimensión colosal de Ardizzone, a quien todo el mundo llamaba simplemente Osvaldo. Decir Osvaldo en el ámbito del periodismo deportivo era lo mismo que decir Diego, por Maradona.

-Eso de que si no jugaste no podés hablar de fútbol es mentira; y si jugaste, a lo mejor podés hablar como analista, pero si antes te preparaste para hacerlo. Cuando debuté en River, lo hice contra Boca, ganamos 2 a 1. El Gráfico entendió que yo fui la figura del partido y Osvaldo Ardizzone, notable periodista, me preguntó si podía ir a mi casa a entrevistarme, porque antes se estilaba que fueran a hacerte la nota a tu casa… Le di la noticia a mi mujer, emocionado: ¡Me vienen a hacer una nota de El Gráfico…! ¡Y Ardizzone…! Pusimos la casa de punta en blanco, mi esposa preparó una comida especial… Osvaldo era un genio, yo lo miraba con admiración y el que me reporteaba era él a mí. A un tipo que sabe hablar de esto lo respetás, más allá de que el fútbol siempre ha sido materia de discusión. A mí jamás se me pasó por la cabeza si Osvaldo había jugado al fútbol o no.

Ardizzone nunca estudió periodismo, no había academias para formar hombres o mujeres de prensa, eso vino después; la escuela era la redacción de un diario, el aula magna, la fragua donde se aprendía todo. Sí se leía mucho, había buena formación intelectual. Nos parece ver a Osvaldo frente a la vieja Olivetti verde olivo, el cigarro haciéndosele ceniza en la boca, el pocillo de café sobre la mesa y la pasión moviéndole las ideas y los dedos.

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La Champions ¿Más que el Mundial…?

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 1 de mayo de 2022 / 18:00

La semana nos regaló dos joyas: una inolvidable (Manchester City 4 – Real Madrid 3) y otra de excelencia (Liverpool 2 – Villarreal 0). Los hinchas en el estadio bramaban, los telespectadores estábamos en grado de excitación. La Champions nos tiene acostumbrados a eso.

El primero fue un partido trepidante, excepcional, limpísimo, que ennoblece al fútbol y lo ratifica como el espectáculo más grande del mundo. No hay otra actividad o deporte siquiera que le pase cerca. Prometía dar el máximo nivel de juego y emoción, esa combinación fascinante que este deporte tiene. Y lo dio. Más allá de los siete goles, deben computarse el fragor extremo de las acciones, la entrega física y el clima volcánico de las tribunas. También algunas actuaciones individuales memorables como la de Benzema -una vez más-, Modric -una vez más-, De Bruyne -una vez más-, Vinicius… Por si faltara algo, el choque de estilos: posesión y preciosismo (City) versus contraataque y pragmatismo (Madrid). “Fue como un partido de 1950”, lo ensalzó, por el espíritu ofensivo, el magnífico periodista caleño Marino Millán. Sí, pero con cien veces más intensidad, presión, velocidad y agresividad. Cualquier enfrentamiento de los años ’60 parecería ridículo al lado de tan sensacional demostración de fútbol.

La brillantez del City-Madrid no fue una isla, semana a semana el torneo estrella de clubes nos prepara platos deliciosos. Uno espera un gran partido y lo tiene. Es el summun. Por ello, en el programa Conexión, de Win Sports, se generó un debate: ¿es comparable la Champions al Mundial…? Partamos de la base de que ambas competencias son maravillosas. Nuestra opinión fue que, futbolísticamente, sí, son comparables, incluso la Champions es superior. Hablamos del juego. Para el degustador del gran fútbol, no hay dudas.

Realizamos un sondeo en Twitter y, sobre 1.682 votantes, el 70,5% respondió que es más atractivo el Mundial que la Liga de Campeones de Europa. El 29,5% restante contestó a la inversa. La realidad es que ha habido cantidades de Mundiales discretitos o malazos. La Champions no decepciona nunca. Palpitamos que un Bayern-Barcelona será un partidazo y lo es. Lo mismo para un Juventus-Atlético de Madrid o un Inter-Manchester United. Casi ningún partido es malo.

“En Europa, sin duda, son mejores los equipos de clubes que las selecciones, en Argentina y Brasil no”, nos dice Pablo Nonis, agudo observador argentino que vive en Tenerife. “Acá la Champions es tan importante como el Mundial”. Además, la competición europea permite anualmente el confronte de alemanes con ingleses o españoles, italianos con franceses u holandeses… El choque tribal mantiene a tope la expectativa. En un Mundial eso se da esporádicamente.

Obviamente, para ingleses y españoles, donde las ligas son tan fuertes, el Mundial ocupa el segundo puesto. Y hay sitios, como en Argentina, donde el público es mucho más hincha de su club que de su selección. Fontanarrosa lo definía con su genialidad habitual: “Central es como mi vieja, la selección es como mí tía”. Por eso, cuando se hace la encuesta/pregunta “¿qué preferís, que tu club gane la Libertadores o que la selección sea campeona del mundo?”, la mayoría vota lo primero.

El Mundial atrapa porque involucra países, naciones enteras detrás de una formación, tiene mayor universalismo, pero no se ve un juego tan extraordinario. Las selecciones no tienen el ensamblaje de un equipo de club, trabajado día a día durante años. Los mejores técnicos del mundo (Guardiola, Klopp, Tuchel, Ten Hag, Conte, Ancelotti, Nagelsmann), están en clubes. A su vez, los Real Madrid, Barcelona, Liverpool, Chelsea, City, Bayern Munich, PSG, Juventus aglutinan los mejores talentos. Cada vez que llega una fecha de Eliminatoria o Eurocopa, estos clubes ceden quince o veinte jugadores a sus distintas selecciones, pero ninguna selección tiene quince o veinte jugadores en el Madrid, el Barsa, el PSG o el City. Ejemplo simple: Zinchenko es la máxima estrella en el combinado ucraniano, en el City es un obrero. Porque el City es una constelación de cracks ingleses, belgas, brasileños, portugueses, españoles, franceses, holandeses… Lo mismo sucede con los otros grandes de Europa. Casi sin excepción, todos los mejores artistas del balón están en Europa. Y en la Champions. Un equipo puede juntar a Salah, Mané y Luis Díaz, una selección no.

Justamente, el Mundial se pierde a Salah, a Luis Díaz, quizás al fabuloso lateral Andy Robertson, a Naby Keita -los cuatro del Liverpool-, a Haaland, a Mahrez, a Alexis Sánchez, a Juan Guillermo Cuadrado y Wilmar Barrios, a David Alaba, a Aubameyang, Verratti, Insigne… La Champions los tiene a todos.

Aunque no hay forma de medirlo, por cantidad de figuras reunidas, mayor tiempo de trabajo y calidad de entrenadores, un club de los grandes de Europa debería ganarle sin demasiados problemas a cualquier selección. Una selección no tendría chances frente a un equipo aceitado y entrenado desde hace cinco años por Guardiola o Klopp.

“La Champions es el Mundial cada año”, sentencia Tito Puccetti, brillante compañero y conductor del citado ciclo televisivo. El Mundial tiene el privilegio de que se lo espera cuatro años, con la expectativa que ello genera. Y que toda la actividad internacional se detiene durante un mes para verlo, la Champions no necesita ni eso, entre semana, metido en medio de decenas de partidos de copas y ligas nacionales, de Libertadores y otros, imanta a todos los públicos del orbe para ver uno de estos choques galácticos. Y el ambiente que se vive en cada duelo es fabuloso, los estadios parecen explotar. En la Champions hay hinchas, en los Mundiales, espectadores.

Desde luego, los Mundiales involucran la nacionalidad, la bandera, el himno, tópicos que llegan al alma, pero estamos hablando del juego y, salvo excepciones, los duelos mundialistas no tienen el grado de calidad ni de emotividad de la Champions, tampoco el entorno.

El fútbol de selecciones une, el de clubes divide, esa es otra ventaja para los Mundiales, pero el Madrid, el Barça, el Liverpool, el Manchester United tienen cientos de millones de seguidores en todo el mundo, más que cualquier selección. A propósito de esto, sería bueno saber el número de televidentes en Sudamérica que hubo el martes último, cuántos tuvo este City-Madrid y cuántos los siete partidos en conjunto de la Libertadores que se disputaron el mismo día. Seguro hubo una diferencia abismal a favor del primero, y eso que se juega en tiempo laborable en nuestro huso horario. La Champions ha logrado que se universalicen las simpatías por los grandes clubes europeos y que nos interese más un choque de allá que uno de acá, debemos admitirlo.

Con los siete goles del martes último y el 2-0 del Liverpool al Villarreal, la Champions alcanzó un alto promedio de 3 goles por juego. La actual Libertadores va por 2,27 y el último Mundial, Rusia 2018, llegó a 2,64.

Claro, cuando te tocan el himno se te aflojan las piernas, pero en juego propiamente dicho…

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Liverpool, un equipo de autor

Jorge Barraza, columnista de La Razón

Por Jorge Barraza

/ 24 de abril de 2022 / 20:42

¡Qué lindo debe sentirse ser hincha del Liverpool en estos momentos…! Es una aplanadora que gana (casi) siempre, juega bien, humilla a su principal rival (5-0 y 4-0 al Manchester United en los dos clásicos de la temporada), pelea todos los títulos, los jugadores se abrazan como hermanos, Klopp sonríe, el estadio abarrotado ovaciona… Es celestial. El martes, al golear al ManUtd se subió por veinticuatro horas a la punta del campeonato cuando faltando seis jornadas; el miércoles ganó el City y recuperó el liderazgo y sigue arriba. Los de la ciudad de Los Beatles están a un paso de alzarse con los cuatro torneos en disputa: Premier, Copa Inglesa (disputará la final ante el Chelsea), Liga de campeones de Europa (es semifinalista) y Copa de la Liga, que ya conquistaron venciendo al Chelsea por penales.

De haberles podido preguntar a sus hinchas, seguramente el cuadro manchesteriano hubiese preferido entregar los puntos y no tener que enfrentar el infierno del Liverpool. Como en el 5-0 de octubre último, fue un apisonamiento. Le ganó en todos los sectores del campo, lo dominó a voluntad ejerciendo una presión bien alta, luego manejó la bola (74% a 26% de tenencia sólo en el primer tiempo) y buscó los movimientos exactos para perforar el arco de De Gea. Si existe el fútbol total, fue eso: presión, posesión, movilidad, precisión de pase, ambición, ataque, goles, armonía colectiva, destaques individuales. Conste que enfrente no estaban el Norwich o el Burnley sino un rival lleno de historia y valuado en 722 millones de euros.

El United virtualmente no pudo hacer nada, apenas presentarse en Anfield y cumplir con el reglamento. La diferencia abismal, más que de funcionamiento, fue de estado anímico; el Manchester está diez metros bajo tierra, el Liverpool sobrevuela la estratósfera. Y esto se debe al clima excepcional que genera su conductor, el hombre de la eterna sonrisa.

El Liverpool FC tiene ya una fecha de nacimiento y otra de renacimiento; la primera, la oficial, el 3 de junio de 1892, cuando su fundación; la segunda, extraoficial, el 8 de octubre de 2015, el día que firmó contrato Jürgen Norbert Klopp. Su fichaje fue, seguramente, la decisión más acertada de la historia del club. Luego de dominar el fútbol inglés -y en buena medida el europeo- en los ’70 y ‘80, en los 25 años anteriores a la llegada del estratega de Stuttgart el cuadro rojo navegaba en un marasmo futbolístico mientras veía cómo su acérrimo rival, el Manchester United, embolsaba un título tras otro de la mano de Alex Ferguson. Pero, como en una partida de póquer, en un momento la suerte cambió de mano: se jubiló Sir Alex y el United se hundió en una ciénaga en la que la lleva ocho años fichando decenas de nombres caros e improductivos, sin alegrías y con muchas decepciones. En contraposición, desembarcó Klopp al Liverpool y le devolvió todo el esplendor. Con lo que queda claro, una vez más, que no son los futbolistas sino los grandes entrenadores los que guían el barco a la victoria.

En muchos casos, existe una frontera difusa entre los méritos de un entrenador y la calidad de sus jugadores. Es la sospecha que persigue a Guardiola: si el Barcelona de fábula era obra del técnico o de Iniesta, Messi, Xavi, Puyol, Busquets… En el caso de Klopp, queda claro que la obra es toda suya. Él armó pacientemente este plantel y lo tornó vencedor. La última pieza que agregó fue nuestro conocido -y querido- Luis Díaz. Hace tiempo un sudamericano no entraba tan bien en un club de los poderosos de Europa. Hablamos de llegar, ser titular, figura inmediata, hacer goles y brillar. Y conste que es un fichaje de invierno, por lo general alguien que entra en un grupo para tapar algún agujero, completar plantel, ser alternativa al principio e ir ensamblando de a poco. Sobre todo, en un equipo tan aceitado. Y donde ya había siete delanteros: Salah, Mané, Firmino, Diogo Jota, Origi, Minamino y Elliott. Lucho se salteó cinco vallas de una tacada. Ahí también está el mérito de Klopp, primero porque supo verlo, luego por entender que éste era más que la mayoría y debía jugar. Sin que se le enoje nadie, lo puso apenas arribado. El resultado fue extraordinario. El martes, el guajiro marcó el primero de los cuatro goles y sirvió el tercero. Por último, supo agrandarlo, alabándolo fervorosamente en sus conferencias de prensa.

Klopp ya está en la galería de los grandes entrenadores de todos los tiempos. Su virtud esencial como líder es el grado de motivación excepcional que insufla a sus jugadores. Sólo hay que ver la concentración, los anticipos y la fiereza de Andy Robertson, el lateral escocés, para entender la mentalidad con que juega cada partido este equipo. El ambiente que instauró Klopp es tan estimulante, se advierte tan democrático, que cuando hace un cambio, el futbolista que sale lo abraza y le sonríe. A la mayoría de sus colegas los miran mal o pasan de largo. Genio de la rotación, todos sus dirigidos tienen minutos, por ello están contentos así jueguen un ratito. Buen ejemplo es que, en la definición por penales que les dio la Copa de la Liga ante el Chelsea, terminaron ejecutando -y convirtiendo- Divock Origi y Harvey Elliott. A todos les da confianza.

Vale resaltar que, en el término de 14 días exactos, el Liverpool debió enfrentar cinco partidos durísimos: Benfica (3-1), Manchester City (2-2), Benfica (3-3), Mánchester City (3-2) y Mánchester United (4-0). Y al quinto salieron a jugar como si se les fuera la vida, a devorarse al United. Cada vez muestran mayor apetito, es un grupo con una voracidad infrecuente, que no se relaja nunca, se sobrepone al cansancio y quiere ganar todo.

Desde el 13 de agosto en que comenzó la temporada, el Liverpool lleva disputados 52 cotejos, suma 38 victorias y apenas 3 derrotas. Los héroes que lograron doblegarlo son el Leicester (1-0), el West Ham (3-2) y el Inter (1-0) en la Champions. Ostenta un altísimo 80,12% de rendimiento. Si gana los diez juegos que le restan, el Liverpool puede alzarse con todas las fichas que están sobre la mesa. Viéndolo jugar no parece imposible.

Lo único que le fata a Klopp es un Balón de Oro para alguno de sus muchachos. Y eso también puede llegar este año: Mohamed Salah es artillero de la Premier, si además de ello le agrega cuatro coronas, ni Benzema podrá quitarle el trofeo pese a su año de película.

Liverpool contrató en 2015 a Jurgen Klopp. Si el Manchester United fichaba en ese mismo momento a Haaland, Mbappé o Lewandowski, ¿quién hubiese hecho mejor campaña…? No tenemos ninguna duda: la suma de éxitos en estos casi siete años no habría cambiado. La diferencia es el DT.

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Esa gloria es tuya para siempre, Freddy

/ 17 de abril de 2022 / 19:57

Fue un predestinado. No hizo el gol más hermoso de los Mundiales ni el que definió un título. Sí uno de los más celebrados que podamos recordar. Hizo saltar el “festejómetro”. Movió las placas tectónicas en Colombia y la onda expansiva se replicó en toda América Latina, incluso en otras latitudes. Igual que un terremoto, sacó a la gente a las calles. Y le tocó a él, a Freddy Rincón. Ni el majestuoso gol de James a Uruguay pudo desatar tal euforia. Formamos parte de un grupo de estadígrafos e historiadores de América, con decenas de miembros desde Argentina hasta Estados Unidos y una gran cantidad de integrantes expresó lo mismo: “Lo grité como si fuera de mi país”. Fue raro: una alegría increíble que nos dio un equipo que no era el nuestro. Pocas veces pasa eso. Semejante eclosión derriba la estulticia de que si no es en la final del mundo o de la Champions no sirve nada.

Lo repiten cien veces y las cien lo vuelvo a mirar con idéntico interés, lo palpito como si estuviese pasando ahora. Fue producto de una bellísima construcción de paredes y una genialidad de Valderrama para dejar solito a Freddy con el meta alemán Bodo Illgner. Ese pase del Pibe es como que te den el billete ganador de la lotería y te digan «tomá, cobralo vos». Atrajo a toda Alemania Occidental hacia su izquierda y la puso mansa en Alemania Oriental. No había nadie ahí. Freddy no dudó un instante, controló y la mandó por entre las piernas del uno. Fue el instante mágico de su vida. Y fue la locura total.

¿Por qué semejante aclamación si era en fase de grupos y apenas sirvió para empatar 1 a 1…? ¿Por qué seguimos evocándolo treinta y dos años después…? Porque encierra una historia. Y sin circunstancia no hay épica. Colombia volvía a los Mundiales después de veintiocho años y le tocó en el grupo nada menos que Alemania, una maquinaria que sería el campeón invicto, y la última versión mundialista de una fuerte Yugoslavia, la de Dragan Stojkovic, Srecko Katanec, Dejan Savicevic, Darko Pancev, Davor Suker, Robert Jarni, Alen Boksic, Robert Prosinecki… La última reunión de serbios, croatas, bosnios, eslovenos, macedonios y montenegrinos. Alemania llegaba arrasando: 4 a 1 a Yugoslavia y 5 a 1 a Emiratos Árabes Unidos. Colombia peligraba su clasificación a octavos de final. Había caído ante Yugoslavia y apenas contaba con dos puntos, producto de un correcto triunfo sobre Emiratos. Necesitaba al menos un empate para aspirar a ser uno de los mejores terceros. Y justo debía conseguirlo ante el cuco del torneo. Parecía imposible.

Se esperaba otra goleada germana sobre la selección de Pacho Maturana. Y los primeros diez minutos fueron de terror, la Luftwaffe bombardeando Milán. Los pelotazos cruzados surcaban el campo colombiano generando pánico. Klinsmann y Vöeller picaban como flechas. Eran tiempos en que Alemania jugaba todavía al estilo Panzer, no como ahora, que saben tocar y son más pausados. Colombia parecía sumida en el desconcierto y en el palco del Giuseppe Meazza junto al inolvidable León Londoño, nos observamos con cara de vaca que mira el tren: “Estos nos meten cinco”. Hasta que vino una bola larga para la entrada de Klinsmann y, cuando todos presagiábamos ya el primer gol, salió Higuita, la paró con el pecho, se la levantó por sobre la cabeza al tanque alemán y salió jugando suave por derecha. Fue balsámico. Esa acción tan osada sirvió para aplacar la furia germana y animar a los suyos. Esas cosas que tenía René y que no tuvieron nunca otros arqueros, por buenos que fueran.

Salió el sol para Colombia y comenzó otro partido, a ritmo de vallenato. Y empezó el toque y el dominio bajo la batuta del Pibe. Fue emocionante. Por el rival y el marco, tal vez el mejor partido de esa selección de Maturana. Dominio y merecimientos se iban acumulando, hasta llegarse al fatídico minuto 89, cuando una apilada de Vöeller juntó a varios colombianos y dejó en buena posición de remate a Littbarski. Zurdazo y… ¡Gol alemán…! Fue un martillazo a la ilusión, como el iceberg con que chocó el Titanic. ¿Qué hacía ese iceberg ahí…? Era demasiada injusticia para una actuación tan consagratoria, prolija y valiente.

Enrique Omar Sívori, el famoso Balón de Oro de 1961, estaba junto a nosotros, “de la bronca” se levantó y se fue. “¡Con lo bien que había jugado Colombia…!”, lamentó. Era la desolación, daban ganas de llorar, de rabia y de impotencia. Los muchachos colombianos quedaron tirados en el piso. Valderrama, con gran entereza, levantó a algunos. “Vamos, vamos que hay que seguir…” Pero la tristeza duró sólo cuatro minutos. Al llegarse a los 93 vino esa jugada monumental en la que el Pibe, con pase bellísimo de zurda dejó sólo a Rincón y Freddy sin dudar, con aplomo, la mandó a la red. Fue una explosión difícil de narrar, esas cosas se viven. Con rubor, debo confesarlo: nunca grité tanto un gol de una selección que no fuera Argentina como ese de Rincón. Como dijo Pacho, “estamos habituados a que el último gol sea siempre de Alemania, pero esa vez fue de Colombia”.

Con León nos abrazamos y terminamos parados sobre las butacas de la zona VIP. Enseguida recordó que era miembro del comité ejecutivo de la FIFA: “Oiga, m’hijo, que nos van a echar de aquí…”, prudenció el hombre de Jericó. Pero no nos echaron. Las emociones que el fútbol genera exculpan ciertos exabruptos.

Ese gol reivindicó todo, la actuación y el pase a la siguiente ronda. Seguramente es el más gritado en la historia de Colombia. No obstante, el Freddy jugador excede la leyenda de aquel 19 de junio de 1990. Fue un volante espectacular que hoy valdría, mínimo, cincuenta millones de euros. Un todoterreno que marcaba, jugaba y convertía, con una zancada de avestruz, técnica respetable, tremenda potencia, gol y carácter. Un mediocampista con casi 170 goles es cosa seria. Llegaba al área como un huracán; en carrera era indetenible. Como las huellas dactilares, no hay dos jugadores iguales, sin embargo advertimos semejanzas en el juego a Kevin De Bruyne, un 8 de ida y vuelta, de área a área, con gran vocación ofensiva. Seguro es el más completo futbolista colombiano de todos los tiempos. Tenía todo. Hicimos un sondeo en Twitter sobre quiénes pueden ser los cinco mejores del país, participaron cientos de tuiteros y en todas las listas figura Freddy Rincón. El Pibe y él son unánimes. Los demás, para unos sí, para otros no.

Luego de aquella iluminación frente a Alemania vendrían muchos goles más, como los dos que anotó en el célebre 5 a 0 a Argentina, y una larga campaña internacional que incluyó a grandes equipos del mundo, entre ellos Real Madrid y Napoli. Fue pieza importante de aquel Palmeiras de oro de 1994 junto a Marcos, Roberto Carlos, César Sampaio, Flávio Conceição, Rivaldo, Zinho, Evair… Pero fue en Corinthians donde alcanzó la idolatría. Fue su cénit. Se recuerda especialmente cuando el club blanquinegro ganó el primer Mundial de Clubes con Rincón como capitán y figura del torneo. Convirtió dos goles y el primer penal en la definición ante Vasco da Gama. Recibió la copa de manos de Joseph Blatter, en una foto que recorrió el mapamundi. Triunfó ampliamente en Brasil justo en el lapso en que la patria de Pelé logro dos títulos mundiales -1994 y 2002- y tres Copa América –’97, ’99 y 2004-.

Lo sabemos, no hay muerto malo. Pero permítasenos este momento de alabanza en la hora del adiós de quien generara el instante de alegría más intenso de una nación.

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