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Moda nacional con consciencia ética

Desde hace casi dos décadas, la reutilización se ha convertido en una alternativa dentro del movimiento internacional de moda ética, que promueve la producción y el consumo conscientes para hacer frente al problema ambiental y los derechos laborales.

/ 22 de enero de 2018 / 04:00

Cuando estudiaba Diseño de Moda en Buenos Aires, vivía al frente de fábricas de ropa. Volvió a Bolivia y trabajó en una empresa textil. A través de estas experiencias, Naira Sandoval conoció de cerca los procesos industriales de la producción de prendas. “El excedente de tela en la fabricación de indumentaria es basura: cuellos, sisas, todo lo que no se confecciona se bota.”

Esta realidad impulsó a Sandoval a diseñar reutilizando materiales. Comenzó en 2009 creando objetos y prendas con plásticos desechados, como teclados de computadora, casetes y bolsas de leche. Luego, con su marca Zafar comenzó a hacer bolsos de tela de jean con las partes que no le servían a otro diseñador que elaboraba shorts a partir de pantalones. Hoy, reconfecciona y borda canguros de algodón, camisas, chamarras y faldas de segunda mano.

Desde hace casi dos décadas, la reutilización se ha convertido en una alternativa dentro del movimiento internacional de moda ética, que promueve la producción y el consumo conscientes para hacer frente al problema ambiental y los derechos laborales. En este panorama, Valeria Wilde, diseñadora y propietaria de ZEF, elabora prendas a partir del upcycling, proceso que recupera y transforma materiales para darles un nuevo valor. Su materia prima: la ropa usada.

“Hago upcycling de deconstrucción, que es tomar prendas, desarmarlas y crear algo nuevo. La idea es que se note que las partes de un diseño vienen de varias prendas diferentes”. Para su colección de kimonos reempleó pañuelos de seda, a los que combinó con vestidos, batas, chaquetas, mantas de chola y saldos de telas.

Lo que comenzó como un hobby es hoy un proyecto de moda sustentable que, a través de piezas artísticas y exclusivas, abre camino a la reflexión sobre el consumismo y otras consecuencias del desmedido ritmo de la industria textil, propone Wilde.

Con una búsqueda creativa similar, Claudia Pérez, diseñadora de la marca de tejidos Aywira, creó una línea vintage de blusas y vestidos confeccionados de pañuelos y corbatas de seda de segunda mano. Junto a su socia, Marcia Dávila, encamina una producción original y artesanal, a través de la estrategia de la reutilización.

Para Pérez, trabajar en sintonía con tendencias y movimientos del mundo contemporáneo de la moda ética es positivo. “La ropa usada puede ser una oportunidad económica para proyectos creativos y artísticos”. Como productora, piensa que la reutilización es un camino posible, en un contexto nacional en el que por las condiciones impositivas y las leyes laborales vigentes “es difícil producir desde cero y desarrollar toda la cadena”.

Fotos: Isabel Ríos para ZEF, Sergio Del Llano para Zafar y Claudia Pérez para Aywira Vintage.

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Carla Salazar, el estilo interior

Carla Salazar. Foto: Christian Calderón

/ 12 de abril de 2018 / 23:24

Pequeño, pero grave, noble. Cubierta palo de rosa con letras impresas en cobre y verde. Un discreto patrón cachemir como marco delgado, aunque frondoso. Volumen discreto de cuadernillos cosidos a la francesa. Encantador en la sola estantería del saloncito con vista a la plaza. A la luz, la gama de colores de su propia cubierta se enredaba con el libro floral entre manos. “Me he acostumbrado a apreciar su estética silenciosa”.

Del saloncito, a las aulas de la carrera de Literatura y de allí a la oficina del proyecto de edición donde trabaja como correctora de textos, los libros son una compañía constante para Carla Salazar (28). Objetos cuya belleza “llama tu atención e, incluso, puede conmoverte”, apunta ella, muchos también portan la sobriedad amable que caracteriza el vestir de su lectora. “Intento que mi estilo sea —para mí misma, porque uno siempre debe vestirse para uno mismo— como tener un lindo libro entre las manos”.

A golpe de vista, su elegancia es romántica. Pero, ella corrige, “se aleja de lo obviamente girly y se acerca, más bien, a la moda masculina clásica. Zapatos tipo Oxford, camisas, tirantes. Además, mucha de la ropa que me compro es para hombre, en tallas pequeñas”. En la adaptación delicada de lo pulcro-varonil, y evitando “la ropa que te grita que está ahí”, esta literata y clarinetista es consecuente consigo misma en cada prenda que elige: “porque, ¿qué es el estilo sino un reflejo de nuestro interior?”.

Atenta a los detalles, a los gestos y vestidos de quienes conversan con ella, del saloncito al árbol de la plaza, Carla piensa en cómo los hombres y las mujeres atravesamos los lugares del mundo cada día. “Vivimos en un espacio casi siempre hostil y uno de los pocos modos que tenemos de contrarrestar esa hostilidad es mediante el arte y la belleza. Me parece que modificar el espacio adornando los cuerpos es simplemente un modo de sobrevivir”.

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Wara Godoy Ruiz, el carácter del color

Detector de estilos.

Wara Godoy Ruiz

/ 28 de marzo de 2018 / 19:00

No podía dejar de mirarle el cabello (yo tampoco). Seguro el señor volverá al día siguiente, pero le faltarán la mitad de los requisitos para inscribirse a la biblioteca. Es que no está prestando atención a la explicación de la encargada. Difícil hacerlo si tienes 80 años y nunca antes habías visto una larga cabellera tornasolada de violetas y azules. “Ay, la juventud de hoy en día”, pensará —pero está encantado. Entre libros o en la calle, para ella hubo otros diferentes al amable caballero lector. “Señorita, ya no es Halloween”, le dijeron una vez hace años, cuando llevar el pelo de colores no se había convertido en tendencia y estaba lejos de los identikit para reconocer “feminazis” que ahora circulan en las redes sociales. 

Como a muchas mujeres seguras de sí mismas, a Wara Godoy Ruiz (28 años) esos memes no le hacen ni cosquillas. Y, después de seis años de teñirse el cabello con tonos fantasía, sabe que allí afuera la gente opina. “Tener el pelo así me ha ayudado muchísimo a tener carácter. Los niños te halagan, pero otras personas, mayores sobre todo, te insultan o se ríen en tu cara”. O te prohíben, como en el colegio: “A los 16 me teñí las puntitas en la peluquería con mi mamá. Al día siguiente llegué a clases y me dijeron: ‘No, este es un colegio católico’”.

Desde adolescente le gustan los cambios y las sorpresas en su estilo. “El cabello es una carta de presentación muy inmediata. No por nada ahora todos dicen ‘el color en el cabello es el nuevo maquillaje’. Además, me gusta que el color sea una ruptura”. Por eso no le gusta combinar su cabello con sus prendas, en las que prefiere invertir con cierta ética. “Trato de no comprar mucho. Evito, incluso con la ropa usada, marcas que sé que cometen explotación laboral”.

Pero la clave para Wara está más allá del color. “Puedo cambiar 80 veces, pero si no me gusto yo a mí misma entera, no pasa nada”.

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Rodolfo Alarcón se viste de hip hop

Detector de estilos

Rodolfo Alarcón

/ 22 de marzo de 2018 / 16:00

Unos entran y salen de la universidad; otros se queman bajo el sol en la Plaza del Bicentenario. Él va a buen paso al dentista. Se ve cómodo y va a un solo color. ¿Por qué? “Te voy a vender mi charque como si fuera vendedor de ropa”. Producto en promoción: el hip hop viene en paquete. “Si escucho rock no me voy a vestir como un rapero”. Rodolfo Alarcón (37 años) teje los hilos entre moda y música con coherencia. La del mercadeo, sugiere, como la pauta sobre la que juegan, por ejemplo, un campeón mundial de rap freestyle, el diseño de la camiseta que viste, sus accesorios y zapatillas, sus letras, su fraseo y también el video a través del que, aquí en Bolivia, otro freestyler devora todo esto que ve.

En su día a día como productor y mánager de eventos de hip hop en La Paz —batallas de gallos (rap) o de danza urbana, conciertos, talleres y competencias internacionales—, Rodolfo está seguro de una cosa: “la moda llega a través de algo”. Para él, que además es bailarín, la música es el medio fundamental, con las tendencias de estilo hip hop que adoptó la alta moda y con las marcas de ropa de algunos artistas, como P. Diddy, Kanye West o Rihanna. “Ves algo que te gusta y quieres usarlo también. Buscamos al artista y, a través de él, nos hacemos una identidad con la ropa”, frasea. Y estas tendencias han cambiado: “antes usar un pantalón ancho significaba ser rapero. Ahora no, los pantalones son de corte más angosto”.

Metido de cabeza en la movida local, Rodolfo sabe lo que implica construir un estilo de vestir. Conociendo a gente en sus viajes al exterior y aprovechando los caminos más despejados para las compras por internet, se animó a traer ropa. Los tipos de prendas y los accesorios son importantes, pero hay otro aspecto sobre el que pone el ojo: la tendencia del brand (marca). “Hay competencias de hip hop en el mundo que son auspiciadas por marcas, de bebidas energizantes por ejemplo, que a su vez promocionan alguna marca de ropa”. Y la cadena no termina ahí.

“Te recomiendo ver Sneakerheadz, una serie de documentales en Netflix que muestra cómo la adicción es un negocio en Estados Unidos”. Específicamente, la adicción a las zapatillas, exhibidas en sendas colecciones de atletas y raperos. Rodolfo confiesa, bien entusiasmado, que en el estilo con el que pasa por el Monoblock de la UMSA, las zapatillas son su ítem favorito. No podría ser de otra manera para quien cuenta 30 pares en su ropero.

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Óscar Soria del guión a la novela, y al revés

La obra literaria recuperada de Óscar Soria invita a conocer una nueva faceta del guionista y a revisar su legado en el cine nacional.

/ 8 de marzo de 2018 / 06:16

Algún día voy a utilizar en una película el trance en el que un hombre llora en público”. Tal vez al decir esto —en un homenaje de la municipalidad dos años antes de su muerte, en 1988— Óscar Soria tenía en mente la escena de otra película, una que sí se realizó con su guion. En La vertiente (Jorge Ruiz, 1952), la primera producción cinematográfica boliviana filmada en Beni, una larga escena muestra el trance del rostro de una mujer escuchando la serenata que le lleva un guitarrero. La demora que comparten ambas escenas muestra ese impulso de documentar a través del cine la vida de unos cuerpos y unos ojos, gesto casi completamente perdido en el cine boliviano post Soria.

A 30 años de su muerte, ocurrida el 14 de marzo de 1988, comienza una revisita a la obra del guionista más prolífico de Bolivia. En su tercer número, la revista de cine Nuevas Pornos presenta una reedición digital de tres escritos de Soria. No sus guiones, sino Contado y soñado. Escenas y visiones de Río de Janeiro, su primera novela de 1957; y el volumen póstumo de cuentos editado por primera vez en 1991, Sepan de este andar. Además, la publicación recoge un ensayo de Soria originalmente titulado Para una historia del cine boliviano, publicado en la edición del sesquicentenario de la república (1975) del periódico Presencia. La recuperación no concluye ahí: Álvaro Diez Astete, escritor y amigo de Soria, custodio de cuatro novelas inéditas, anuncia la preparación de las obras completas del autor.

 La historia de una de las escenas del hallazgo va así. Astete fue contactado por el editor de Nuevas Pornos, Gilmar Gonzales, a propósito del centenario del nacimiento de Soria, en diciembre de 2017. Poco después de su muerte, Astete comenzó a trabajar en la edición de las obras completas, proyecto que quedó estancado por falta de recursos. Sin embargo, se logró publicar en 1991 el volumen de cuentos ahora reeditado por Gonzales. Y, además, Astete —quien en los 90 recuperó Los papeles de Narciso Lima Achá de Jaime Saenz— retomó el proyecto de publicación de las novelas de Soria.

La obra recuperada —los libros reeditados y los de próxima publicación— es literaria. No obstante, mucho de lo escrito y hasta ahora olvidado está profundamente enraizado al Soria que tanto se ha visto, sin ver realmente. Y es que poco polvo ha levantado un hecho flagrante en la historia del cine en Bolivia: como señala Gonzales en un artículo también publicado en la revista, Soria es guionista de un tercio de las 12 películas fundamentales del país: Ukamau (1966) y Yawar Mallku (1969) de Jorge Sanjinés, Chuquiago (1977) de Antonio Eguino y Mi Socio de Paolo Agazzi (1982). Además, Cuestión de fe (1995) de Marcos Loayza está dedicada a él.

Como parte fundamental de Ukamau entre 1960 y 1980, casi a ningún cineasta boliviano de los últimos 50 años se le ha escapado una reivindicación del papel de Soria en sus películas y en el amplio espectro de la producción cinematográfica nacional. Lo cierto es que ese papel, como el de todo guionista, ha sido abordado en su lateralidad con respecto a otros roles, como el del director.

Pero Soria no era como todo guionista. “Era el que viajaba a recopilar historias. Para él, el guionista no era quien se imaginaba argumentos, un capo creador, sino alguien que recogía historias”, explica Gonzales. En ese afán de hilar con la realidad, organizó junto a Antonio Eguino grupos focales con personas de diferentes barrios y clases sociales para preparar el guion de Chuquiago. Como un investigador, cuenta Gonzales, “se fue con una carpa y un sleeping a hablar con la gente y así recogió la historia de El coraje del pueblo de Sanjinés”.

Con la reedición de su primera novela, se ilumina otro viaje de Soria, desconocido, que no terminó en película sino en libro. Su primera salida de La Paz con miras a escribir un guion ocurrió casi una década antes de Ukamau, el primer filme al que contribuye con el argumento original. En 1957, cuando se recuperaron las cintas de la filmación de Detrás de los Andes, le encargaron a Soria, reciente contratación de Bolivia Films, un argumento para retomar la realización de esta película.

Antes, la productora había enviado a Hugo Roncal para que busque al actor, Charlie Smith, vagabundo presuntamente visto por última vez en Brasil. Roncal retorna de su viaje, sin el gringo loco, pero con una historia para contar. Se la contó a Soria, quien imaginó como punto de partida de la posible reargumentación de la película el periplo mismo de Roncal.  Como sabemos, éste no es el argumento de Mina Alaska, nombre con el que fue concluida la película, estrenada en 1967.

La novela es el arco entre la búsqueda de un hombre y el encuentro de un pueblo. “El viaje, el conocer formas, movimientos, cuerpos, los rostros que ve o las charlas que tiene el personaje, todos estos signos son la vida de un lugar”, expresa Gonzales.

Detrás de esta misma vida estuvo Soria cuando planeó varias escenas con cámara escondida en el cine boliviano. “La gente sonríe de verdad solo en películas guionizadas por Soria”, según el editor de Nuevas Pornos. Pasa así en la secuencia inicial de Pueblo chico (1974), primer film dirigido por Antonio Eguino. A Soria le gustaba poner la cámara en las calles y, digamos, no avisarle a la gente, o no hacerlo con una anticipación que acartonara la fluidez entre la cámara y el mundo. El personaje está en medio de una multitud a la salida de un tren; la cámara lo sigue de lejos. “El riesgo que corrieron es lo que les pasó”. Una persona mira a la cámara con sorpresa; otra, menos tímida, saluda feliz. Más allá de señalar un error, Gonzales reivindica en este hecho una naturalidad ahora perdida. “Si algunas películas bolivianas actuales tuvieran extras de Soria, serían mucho más interesantes”.

Difícil saberlo. Menos complicado, empero, escuchar el eco de una percepción de este guionista en 1975. Sobre el Nuevo Cine, y probablemente sobre un impulso transversal del cine boliviano, plantea que “tiende a estar más cerca de la vida y que ha estado tendiendo a la fusión del documental y la ficción”.

‘Contado y soñado. Visión  y escenas de  Río de Janeiro’

Oscar Soria / Escritor

Y o, que me he quedado sin saber qué lado tomar, me acerco a uno para preguntarle por dónde puedo pasar. Estoy hablándole, cuando el grupo comienza a cantar; aquél a quien me dirigí, me hace, entonces, señas de que tengo que esperar.

El coro se eleva dulce, pero caudaloso y firme. Repite varias veces la palabra “travalho”, golpeando con ella como con una azada o un martillo. El canto me retiene; yo no sé qué dice, pero, conmovido, siento que lo que dice es verdad.

…Trato de correr, presa nuevamente de la angustia de no llegar. Una gran multitud camina desordenadamente en sentido contrario al que llevo. Yo me abro paso, hago rodeos, me paro, torno a caminar, corro otra vez.

La multitud ralea y puedo correr más libremente. Finalmente, la perspectiva se abre y yo me paro un momento para observar. Allá está él: “¡Charlie…!” Me lanzo a una carrera loca. Él me ve y abre los brazos. Me parece que quiero y respeto al viejo como un padre o un hermano mayor.

Me conmueve el recuerdo de su entereza, de su humor, de con qué dignidad, con qué realeza disponía de las cosas de la vida, él que no era más que un vagabundo, un mendigo. Ya llego. Busco sus brazos. Y los estrecho…

…Me desprendo, poco a poco, de los postes de hierro a las que estoy abrazado. Siento rabia y unas ganas como de llorar. Y siento una gran vergüenza de que alguien hubiera observado mi frustración. Me fijo maquinalmente: aquí no hay más que los hierros de una baranda de muelle; y más allá y al pie, el mar que jadea… Allí, a la izquierda, hay un dispositivo de cadena sin fin que sale de un almacén del muelle y va hasta un barco, a cuyo vientre penetra por una escotilla abierta. La interminable fila de sacos de café sube silenciosa y blanca, para desaparecer detrás de la escotilla insaciable.

Por fin se da término a la operación de cargue, se quita el dispositivo de cadena y se cierra la escotilla. Una sirena asorda el aire y cuando el barco está a punto de zarpar, veo otra vez a Charlie, la barba despeinada por la brisa salina, un brillo emocionado en los ojos y la mano en un ademán de despedida…

Pero yo ya no sé si lo que estoy viendo no es la copia de trabajo de una película que acaba de recibir la empresa cinematográfica en que trabajo y que filmamos con Charlie. Película en cuya escena, el viejo protagonista, después de muchas aventuras, está junto a la borda de un barco que va a zarpar, haciendo un leve ademán de despedida al amigo que se queda en el muelle, y que soy yo mismo.

Primera edición: La Paz, 1957. Segunda edición: La Paz,  Revista Nuevas Pornos, núm. 3.  Descarga libre: http://nuevas-pornos.blogspot.com/

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‘Hang on to yourself’, o los beneficios de la duda

No se puede confiar en un sistema que vende el riesgo sin preferencia. O eso es lo que piensan algunos. Pocos, en verdad, que terminarán confirmando la sospecha, dando paso a una evidencia, vendiendo bajo para, luego, vender bajo. Sistema es una de esas grandes palabras que aparecen por aquí y por allá en The big short (La gran apuesta), la comedia cínica de Adam McKay sobre la crisis financiera que marcó y cambió el sistema hasta hoy.

/ 31 de enero de 2016 / 04:00

No se puede confiar en un sistema que vende el riesgo sin preferencia. O eso es lo que piensan algunos. Pocos, en verdad, que terminarán confirmando la sospecha, dando paso a una evidencia, vendiendo bajo para, luego, vender bajo. Sistema es una de esas grandes palabras que aparecen por aquí y por allá en The big short (La gran apuesta), la comedia cínica de Adam McKay sobre la crisis financiera que marcó y cambió el sistema hasta hoy. Qué es sistema, qué sistema, de qué cosa estamos hablando. Es posible responder con las palabras “económico”, “financiero” o “bancario”, pero tendríamos la sensación de estarnos olvidando de otras cosas. Cosas que, cabalmente, nos dan esa estructura fija y pesada que pocos se animarían a cuestionar: el sistema, una especie de red gigantesca donde todo lo que tiene sentido —“económico”, “financiero”, “bancario”, pero también “ético”, “físico”, “cotidiano”, “familiar”, “personal”, “emocional”— debe funcionar. Es en esto en lo que no se puede confiar, dicen o dijeron esos pocos entre 2005 y 2007 en Estados Unidos, cuando la crisis de bienes raíces latía hasta estallar.

Con un elenco de popularidad y solvencia indudable (Steve Carrell, Ryan Gosling, Christian Bale, Brad Pitt, Marisa Tomei), la comedia nominada a los Oscar es un frenético viaje por oficinas y redes telefónicas de Wall Street y un universo de entidades financieras de los tipos más insospechados. Cifras, cifras y cifras, en medio de siglas, siglas y siglas, de las que poca noticia podríamos tener, abarrotan infinitas conversaciones por celular entre sujetos que tienen como único horizonte la compra-venta, el crédito y la deuda, la inversión y las ganancias. Sin embargo, este horizonte tiene un hueco o, digamos, un agujero negro al que pocos prestan atención: el mercado americano de bienes raíces. Confiar en el sistema significa creer que la gente siempre pagará su hipoteca, porque no puede dejar de hacerlo, porque es así, básicamente, como el sentido de la vida parece funcionar. No confiar en el sistema es poner la mirada en ese sentido y lo que parece sustentar: qué clase de hipotecas son y qué beneficios tiene hacer préstamos a personas que pueden dejar de pagarlos. El sentido funciona, pero de otra manera: vender este tipo de confiabilidad crediticia en una serie de bonos (y bonos de bonos de bonos hipotecarios) no debería suponer un riesgo, porque el sistema, en su veta más rentable, no debe fallar. El sistema, sin embargo, es una burbuja y el sentido, finalmente, es un delito, un fraude. Apostar para la virtualidad de este fraude, con el conocimiento de que será un hecho, es señalar la crisis y, por supuesto, invertir en ella.

Este sentido es más obtuso, menos fácil de comprender. O, en todo caso, menos atractivo para la inversión. Por eso, cuando algunos corredores, consultores, banqueros y pequeños inversores ven la burbuja parece que lo que han encontrado no puede ser real. La fe es la siguiente, según explica la mismísima Selena Gomez en una de las escenas de la película, en las secciones que podríamos denominar “Economía para principiantes, en boca de gente rentable”: creemos que lo que funciona en el presente va a funcionar también en el futuro. Es una cuestión de supervivencia salir a trabajar un martes y sostener con seguridad que un auto no te atropellará, como (no) sucedió el lunes. Pero la seguridad es una creencia que, en el mundo de inversiones y falacias hechas de bonos de hipotecas riesgosas, termina por tener un sentido concreto: lo que ocurre en el presente no es de hecho lo que ocurrirá en el futuro. El descubrimiento de esta lógica es gris, como lo es la apuesta que sucede a esta iluminación del agujero negro. Esos pocos que vieron la burbuja apostaron en contra de la sostenibilidad del mercado de bienes raíces: invirtieron en la confiabilidad crediticia sabiendo que ésta no era real, y recibieron, cuando la realidad fue real, un enorme pago del seguro. La realidad real: el sistema bancario fraudulento, millones de americanos pagando la deuda de este sistema.

Lo gris de la pérdida de sentido del sistema es ganar una apuesta que significa una crisis mundial. La lectura entre cifras del desastre no es una condena y la censura ética que podría aflorar en nuestras limpias, críticas y conscientes conciencias no pasa ni por ahí cerca. Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado, o algo así. Pero no, decir eso sería una imprecisión poco ética. En todo caso, que nos ampare el sentido —cualquiera que sea éste—, pero no el sistema. The big short es una película para ver con los oídos y apostar a que en ese atropellado ritmo de la jerga de inversiones y creencias, el sistema del sentido se cae, observamos la caída y reímos fuerte. Correremos despavoridos o comeremos pipocas. Otra forma de las cifras, las cifras y las cifras.

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