Voces

martes 26 oct 2021 | Actualizado a 13:34

Madre Tierra + desarrollo = ¿vivir bien?

En Bolivia empecé a escuchar sobre el ‘suma qamaña’ de labios de Simón Yampara

/ 30 de marzo de 2014 / 04:06

Éste es el tercer eje y tarea fundamental pendiente que mencioné en mi columna de La Razón del 2 de febrero y que aquí quiero explicar más. El lema del título es el eslogan que ahora se utiliza en el Sernap (Servicio Nacional de Parques). La  interrogante final es mía. Para responder sí o no, hay que distinguir ante todo el enfoque y alcances del término “desarrollo”. Si es el clásico desarrollo solo económico para lucrar más y rápidamente, a como dé lugar, el resultado será simplemente ¡pobre, Madre Tierra!

Es lo que ha estado pasando desde hace décadas o siglos con el deterioro ambiental que ya estamos viendo. El calentamiento global, mucho más rápido que lo inicialmente pensado; el aumento del CO2 y el creciente agujero de la capa de ozono tienen en ello su causa principal. No es necesariamente la única, pues pueden incidir también los grandes ciclos climáticos naturales. Pero el factor humano es, según la inmensa mayoría de los expertos, el que marca ahora el ritmo acelerado de los cambios actuales.

En Bolivia suele pensarse que este asunto no nos toca tanto a nosotros sino al Primer y Segundo Mundo, que son los más “desarrollados”. Pero, si lo miramos en función de cuánta es la “contaminación” por habitante, resultamos ser uno de los países más contaminantes “per cápita” del mundo, por ejemplo, por las quemas de bosques.

Si el “desarrollo” se centra más en la dimensión “humana” y “social”, como su meta, es más probable que nos acerquemos efectivamente al “vivir bien”. Pero aún ahí debemos añadir nuevos matices. Desarrollo humano, ¿para quiénes y cuántos? ¿Como sobras con las que se reparten “bonos” a los más pobres? ¿O como un genuino desarrollo en que el todos somos actores y beneficiarios? Esos bonos son buenos y oportunos, pero no bastan.

Un reciente artículo de Eduardo Gudynas en el suplemento Ideas de Página Siete (9 de febrero de 2014) es contundente sobre el giro que está dando la izquierda en los siete países en que ya ha llegado al poder sustituyendo a la derecha neoliberal: Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Brasil, Venezuela y Nicaragua. No menciona a Ollanta Humala en Perú, que no más llegar al poder hizo sistemáticamente lo contrario a lo que antes prometía, ni a Michelle Bachelet, en Chile, que por entonces aún no se había posesionado. La palabra clave que se contrapone a los programas iniciales de esos izquierdistas es “progresismo”.

Yo no puedo menos que recordar que, históricamente, en Bolivia empecé a escuchar sobre suma qamaña de labios de Simón Yampara, cuando vino un alemán del Instituto de Desarrollo Internacional de Postdam (Berlín) para averiguar qué se entendía por “progreso” en diversos países y pueblos indígenas del Tercer Mundo. Yampara fue contundente: “Los aymaras no hablamos de “progreso”, sino de suma qamaña: vivir bien. David Choquehuanca fue después quien más difundió y analizó ese nuevo concepto, dentro y fuera del país y del continente: Es (con)vivir bien todos, entre todos y con la Madre Tierra.

…Y ahora resulta que en todas partes se habla de “progreso”… ¿Qué dirá (o al menos “sentirá” en su corazón) David ahora que Evo y los otros hablan tanto de un “progreso” con el que, en la práctica, unos viven mejor que otros? ¿Serán los ricachos qamiris —que con el contrabando y otros negocios poco transparentes construyen sus grandes edificios en El Alto al lado de casuchas miserables— los genuinos exponentes del suma qamaña?

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Biden y la ventaja a China

/ 26 de octubre de 2021 / 01:32

Cuando gestionaba nuestras relaciones con China como diplomática estadounidense, a menudo me hacían esta pregunta: “¿Cuál es nuestra ventaja sobre China?”. Todo el tiempo considerábamos qué palos o zanahorias podíamos desplegar para cambiar la conducta de China.

El mismo presidente Joe Biden ha reconocido que, cuando se trata de China, nos falta ventaja. Pronto, Biden se reunirá con el presidente de China, Xi Jinping. Entonces, ¿de dónde llegará la ventaja tan necesaria para Estados Unidos? No ayuda que los líderes chinos hayan percibido debilidad del frente estadounidense.

La principal estrategia del gobierno de Biden para enfrentar a China ha sido reclutar a otros países para que se sumen a su objetivo de contrarrestar a Pekín en todo tipo de asuntos, desde los derechos humanos pasando por la tecnología hasta Taiwán. No obstante, a final de cuentas, la dificultad para establecer prioridades claras podría ser la perdición de Biden. Para enfrentar a China, Biden debería prestar atención. Priorizar los asuntos en los que Estados Unidos pueda progresar con China en términos realistas: comercio e inversiones, medidas para el cambio climático y límites para armas peligrosas.

Necesitamos nuevas reglas comerciales que controlen los subsidios y la tecnología, así como reglas para detener la propagación de armas autónomas y limitar su uso. El gobierno de Biden también debería hacer lo posible por garantizar cambios concretos a los sistemas de transporte, construcción y energía a nivel mundial para frenar el cambio climático.

Para obtener la ventaja necesaria, debemos darle a China la posibilidad de un resultado benéfico, el cual para Pekín podría comenzar con el desarrollo de una sociedad que ellos consideren más respetuosa. Las autoridades estadounidenses suelen hablar de “aumentar la presión” sobre los chinos, pero en general las sanciones y los aranceles no han producido movimientos políticos en China. Lo que sí lo ha logrado es la posibilidad de una relación más estable y constructiva con Estados Unidos, una posible motivación detrás del acuerdo comercial provisional de Donald Trump. En la actualidad, los chinos no ven eso sobre la mesa.

En cambio, el gobierno de Biden ha puesto en la mira todo, desde los proyectos de infraestructura china en otros países hasta los científicos chinos en Estados Unidos, como si todo lo que China hace o fabrica fuera un potencial caballo de Troya que se filtró a la fortaleza estadounidense.

Esta estrategia no solo no cumple con el argumento distintivo del gobierno de Biden de evaluar las prioridades políticas en el extranjero con base en los beneficios que tengan para el pueblo estadounidense, sino que permite que Pekín descarte nuestras inquietudes al considerarlas politizadas. Asimismo, enfrentar a China en un montón de problemas dificulta más que otros actores se sumen a nuestra estrategia. Para tener la ventaja de una influencia conjunta, Biden debe reconocer y darles el peso debido a las inquietudes de los aliados y primero llegar a un acuerdo verdadero —no a medias— sobre la agenda con ellos. Esto requiere tiempo, trabajo arduo y compromiso.

Con una presión conjunta y focalizada, y la promesa de una estrategia constructiva de Estados Unidos, China se moverá. Sin embargo, hace poco también dejó claro que no ve el sentido de cooperar si Estados Unidos insiste en una relación de suma cero. Y el mensaje de la Casa Blanca no deja mucho espacio para el optimismo. El gobierno de Biden ha declarado que la era de la cooperación con China se ha terminado, que se busca “prevalecer en una competencia estratégica”. La administración está creando coaliciones para disuadir y contener a China a nivel militar y con frecuencia critica públicamente las acciones de China. Por lo tanto, a menos que algo cambie y aparezcan incentivos más persuasivos, no espero que China altere su comportamiento.

Por supuesto, cabe mencionar que, incluso con toda la ventaja del mundo, habrá áreas de desacuerdo con China. Sus protecciones de los derechos humanos son pésimas y el trato que da a sus propios ciudadanos, en especial a las minorías y a los disidentes, es abusivo. Asimismo, los asuntos de soberanía —es decir, Taiwán— son piedras angulares nacionales; es probable que esos temas sigan siendo una fuente de fricción en las relaciones entre China y Estados Unidos. Por supuesto que Biden debería seguir denunciando los abusos a los derechos humanos de China o seguir presionando sobre el tema de Taiwán, pero debemos reconocer que nuestra capacidad para hacer que China se mueva en esos asuntos es insignificante.

Por eso Biden no debe desperdiciar la ventaja que puede lograr Estados Unidos. Establecer prioridades claras y garantizar que China sepa que el progreso llevará a una relación constructiva es un punto de partida necesario.

Susan Thornton trabajó para el Departamento de Estado de Estados Unidos y es columnista de The New York Times.

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Mi lumpenfobia

/ 26 de octubre de 2021 / 01:24

El desprecio que sentía Marx por el lumpen proletariado es evidente en sus escritos más políticos de su madurez, particularmente en el 18 Brumario de Luis Bonaparte. Sin coincidir con su doctrina, en Los Orígenes del Totalitarismo, Hannah Arendt, también denunciaba el rol perverso que jugó este segmento de la sociedad europea desde finales del siglo XIX, sirviendo como el principal caldo de cultivo y base de reclutamiento para el movimiento fascista.

Quizá uno de los pocos pensadores de la izquierda contemporánea que no lo fustigaba de entrada fue Frantz Fanon, que valoraba su capacidad revolucionaria por encima de la del reducido y privilegiado proletariado de la Argelia colonial de los años 50. Al mismo tiempo, la cultura gangster, que fascina a millones a través de artistas de hip hop, fue en sus orígenes una expresión de rebeldía, denuncia y anhelo por mejores días, nacida en las comunidades negras de los EEUU. Es decir, como toda genuina forma de arte, progresista y democrática.

¿Por qué, entonces, considero que uno de los principales enemigos del movimiento popular en Bolivia, después de la oligarquía agroexportadora acaudillada hoy por Luis Fernando Camacho, es justamente esta capa de nuestra sociedad? Después de todo, el partido en el cual yo milito debe, se supone, incluir en su seno a los ninguneados de siempre, donde se puede contar a los herederos espirituales de Vizcarra.

La respuesta es la misma que inspiraba el escepticismo de Marx. Debido a su marginalidad, pandilleros, delincuentes y drogadictos son más proclives a actuar como músculo contratado por las clases privilegiadas que a favor de las oprimidas. Su desamparo, al mismo tiempo, se refleja también en un resentimiento extremo hacia sus propios orígenes, por lo cual no es de sorprender que los racistas más radicales vengan de esta capa social. Sus aspiraciones jailonas los llevan a ser, muchas veces, más papistas que el Papa. Incluso su admiración por la estética militar, como se observa en la organización vandálica de la Resistencia Juvenil Cochala, delata evidentes complejos y frustraciones de clase.

Sin su auxilio, el golpe de Estado de 2019 no hubiera sido posible, debido a las claras limitaciones combativas de los “niños bien”, que seguramente no hubieran podido siquiera tomar la plaza San Miguel. Irónicamente, uno de los discursos más usuales de la derecha es relacionar al movimiento cocalero con el narcotráfico y el mundo de lo ilícito, cuando en los hechos, las tendencias criminales son abundantes en sus filas, como lo demuestra el caso de Arturo Murillo y toda la seguidilla de corruptos y cleptómanos que desfalcaron Bolivia bajo el régimen de Áñez.

Nada nuevo para Bolivia. Luis García Meza, el más deplorable y patético de toda la línea dictatorial del siglo pasado, se servía de bandas de rufianes como Los Marqueses, que ultimaron a Marcelo Quiroga Santa Cruz. Eran motoqueros, tal cual Yassir Molina, quien, tengo entendido, tiene un prontuario que data de mucho antes del golpe. También escuché que durante su última estancia en prisión se volvió muy amigo de Jhasmani Torrico, alias El abogangster. ¿Coincidencias? Para nada. Yassir por fin encontró a su maestro.

El travestismo mafioso de Camacho, miembro de la élite, pero admirador del infame Pablo Escobar, es otro ejemplo, tal vez el más elocuente, para entender cómo funciona la lucha de clases en Bolivia. Todo acá es un reflejo invertido de lo que sucede en el norte. Si allá la cultura gangster cantaba para la liberación de un pueblo desde las calles del Bronx, acá la enarbolan hijitos de papá que contratan pandilleros para hacer su trabajo sucio. Carlos Mesa nunca se quitaría los guantes. Y tal como me lo hizo notar un amigo, esos mismos jovencitos y sus amigos acomplejados creen que son rebeldes, ¡rebeldes de clase alta! Valientes privilegiados que se enfrentan al autoritarismo de las masas sin lavar.

La lucha resuelta contra el crimen organizado fue ineludible para la Revolución Cubana. ¿Sabía usted, estimado lector, que gran parte de los que escaparon de Castro cuando éste descendía de la Sierra Maestra, trabajaban para la mafia italiana, que invirtió millonarias sumas en esa isla para convertirla en el casino del Caribe? Si de verdad le preocupa la violencia y la inseguridad, no mire al Chapare, sino a los barrios pudientes del eje central.

Luchar contra el crimen organizado, no obstante, no es lo mismo que luchar contra la informalidad. La distinción es imprescindible. Le apuesto mi meñique a que encontraremos más mafiosos en un bufete de abogados que en cualquier feria comercial.

Chao queridos.

Carlos Moldiz Castillo es politólogo.

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Promociones presenciales

/ 26 de octubre de 2021 / 01:18

En los últimos días, algunas directivas de juntas escolares (madres y padres de familia), en coordinación con directores de unidades educativas que optaron por la modalidad de atención a distancia (clases virtuales) desde el inicio de la gestión educativa y escolar 2021, solicitaron a las direcciones distritales la autorización para el desarrollo de actos de promoción (graduación) de manera presencial para las primeras semanas de diciembre.

Estos pedidos efectuados en algunos distritos educativos del país generaron tanto rechazo como apoyo en la ciudadanía. Con relación a las críticas, se sustentan principalmente en la contradicción entre la modalidad de atención a distancia y el acto de promoción presencial. En cambio, quienes apoyan, argumentan el derecho que tienen los estudiantes en recibir el diploma de bachiller en un acto protocolar con la presencia física de sus compañeros, maestros, madres, padres, familiares y amigos.

En consecuencia, algunos directores distritales hicieron conocer sus observaciones a estas solicitudes de autorización en unidades educativas que desde el 1 de febrero optaron por el desarrollo curricular a distancia; además, resaltaron la incoherencia de dirigentes de juntas escolares, opositores férreos a cualquier política de retorno a las aulas.

Al respecto, el artículo 7 de la Resolución Ministerial 001/2021, “Normas Generales para la Gestión Educativa”, dispone que los actos de promoción de bachilleres se realizarán luego del cumplimiento de los 200 días hábiles, debiéndose entregar el diploma de bachiller (técnico-humanístico) y el incentivo a la excelencia en el bachillerato de Bs 1.000.

Asimismo, en el artículo 43, parágrafo II, de esta normativa se dictamina que la entrega del diploma, de quererse efectuar en un acto de promoción, depende del informe epidemiológico emitido por autoridad competente de la jurisdicción en la cual se encuentra la unidad educativa.

Es menester resaltar que, en la gestión 2020, desde el 12 de marzo se suspendió intempestivamente el desarrollo curricular en aula; el proceso educativo virtual fue caótico, las clases presenciales en contextos rurales se realizaron clandestinamente y el 31 de julio se clausuró unilateralmente el año escolar. Pero, independientemente de estos antecedentes, los actos de promoción se desarrollaron de manera presencial.

Por consiguiente, las solicitudes de algunas juntas escolares no pueden ser estigmatizadas, independientemente de la dicotomía entre la elección de la modalidad de atención a distancia y el anhelo del acto de promoción presencial. Al contrario, se puede constituir en un mecanismo de motivación para que los estudiantes de la promoción 2021 puedan recibir la dosis de la vacuna Pfizer del mecanismo COVAX.

Luis Callapino es magíster en Políticas de Formación Docente.

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Estar en contra del trabajo

/ 26 de octubre de 2021 / 01:13

Los trabajadores del mundo que han sufrido desde hace mucho al fin han obtenido algo de influencia sobre sus jefes, y su nuevo poder es algo glorioso de ver.

Esta semana, en Corea del Sur, decenas de miles de miembros de sindicatos montaron una huelga de un día para exigir mejores prestaciones y protecciones para los trabajadores temporales y por contrato. En el Reino Unido, donde el brexit ha provocado una grave escasez de bienes y de mano de obra, el primer ministro Boris Johnson se ha adjudicado el crédito, de manera sospechosa, de lo que él llama una nueva era de aumento salarial.

Además, en Estados Unidos, una cifra récord de casi 4,3 millones de personas renunció a sus trabajos en agosto, según el Departamento del Trabajo, y más de 10 millones de puestos quedaron desocupados, una cantidad un tanto menor a la de julio, cuando hubo alrededor de 11 millones de vacantes. La escasez de trabajadores ha conducido a un aumento de salarios que ha superado las expectativas de muchos economistas y tal parece que ha desconcertado a los jefes que están acostumbrados a que los empleados atiendan de inmediato todas y cada una de sus necesidades.

Hay muchas posibles razones por las que las personas estarían reacias a trabajar en puestos terribles. La gente que cuenta con la seguridad del subsidio de desempleo y los fondos de estímulo quizá está esperando a que se abran mejores vacantes. Los trabajadores que pasaron el último año y medio en la primera línea de empleos peligrosos en industrias ingratas —por ejemplo, la vigilancia del uso de cubrebocas entre clientes beligerantes en tiendas y restaurantes— tal vez ya están agotados de esa experiencia. Y muchos trabajadores aún tienen miedo de poner en riesgo su salud en una pandemia que sigue en curso, además de que la falta de servicios de cuidado para niños y personas mayores ha acumulado costos y complicaciones que hacen que muchos trabajos no valgan el esfuerzo.

Todo esto tiene lógica. Pero quizá también haya algo más profundo en juego. En esta repentina reorganización de la vida diaria, es posible que la pandemia haya orillado a muchas personas a contemplar una posibilidad muy poco estadounidense: que nuestra sociedad está demasiado obsesionada con el trabajo, que el empleo no es la única manera de encontrarle un significado a la vida y que a veces no tener trabajo es mejor que tener uno malo.

Cabe reconocer que la evidencia detrás de esta revaluación es más anecdótica que rigurosa. Bien podría suceder que, en cuanto los mercados laborales se relajen, los trabajadores vuelvan a rendir pleitesía a sus jefes.

En Estados Unidos, la enorme legislación de política social propuesta por el gobierno de Joe Biden también se concibió en parte como una vía para resolver los problemas que padecieron los trabajadores durante la pandemia.

Se puede echar un vistazo a un mundo postrabajo en el foro “/antiwork” de Reddit “para los que quieren acabar con el trabajo”, que se ha vuelto viral en los últimos meses. He estado leyendo las publicaciones del foro desde hace meses y, para mi sorpresa, he compartido la emoción visceral de ver a las personas recuperar las riendas de su vida de entre las fauces del capitalismo que roba el alma y destruye la salud.

Me avergüenza decir que no me había dado cuenta de cuánto dominaba mi vida el trabajo hasta la pandemia, hasta que este meteoro impactó nuestras vidas y me obligó a reconsiderar lo que estaba haciendo.

No estoy diciendo que voy a renunciar, espero poder conservar este trabajo durante mucho tiempo. Solo que ahora tengo espacio en mi mente para una verdad que mi adicción al trabajo previa a la pandemia nunca me permitió contemplar: que incluso un trabajo de ensueño es un trabajo y, en la incesante cultura de la productividad estadounidense, hemos convertido a nuestros trabajos en prisiones para nuestra mente y alma. Es hora de liberarnos.

Farhad Manjoo es columnista de The New York Times.

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La reconstrucción de la economía avanza

/ 25 de octubre de 2021 / 02:23

La economía boliviana continúa recuperándose, y uno de los principales indicadores que respaldan dicho avance es el repunte del nivel de ocupación urbana en el país, que entre agosto de 2020 y agosto de este año se incrementó en 917.225 bolivianos y bolivianas adicionales que tienen una fuente de empleo y generan ingresos. Estos resultados son innegables, contrariamente a lo que esperarían críticos a los indicadores de recuperación de la economía, como Gabriel Espinoza, que en una reciente publicación en redes sociales nuevamente arremete, esta vez contra las cifras de los avances en el ámbito laboral, con argumentos que no tienen validez técnica e insinuaciones de “manipulación de datos” y “desesperación” del Gobierno, que son completamente falsas.

Al margen de varias imprecisiones en el manejo de cifras y comparación de periodos por parte de Espinoza, el error fundamental de su razonamiento radica en intentar sumar el ascenso de la población ocupada y la tasa de desempleo, con el cual concluye un supuesto nivel de desocupación de alrededor de 22% el año anterior e insinúa que la cifra de incremento de la población ocupada señalada por el Gobierno no es cierta. Este planteamiento es técnicamente incorrecto.

Primero, es importante precisar la forma de cálculo de la tasa de desempleo, que corresponde al ratio entre la población desocupada y la Población Económicamente Activa (PEA), que en agosto llegó a 6,5%. Así, el resto, 93,5%, corresponde a la población ocupada. Es esta población ocupada la que mostró un incremento de 917.225 personas entre agosto de 2020 y agosto de 2021, desde 3.288.419 personas hasta 4.205.644, como se puede apreciar en las cifras del INE y que son de fácil acceso a la población a través de la página web de la institución. Así, añadir la proporción del incremento de ocupados a la tasa de desempleo no tiene lugar.

Una de las formas más precisas de ver esta relación sería, por ejemplo, calcular la diferencia de la proporción de la población ocupada respecto a la PEA en agosto de 2021 respecto a aquella en el mismo mes de 2020, que registra un ascenso de 4 puntos porcentuales, el cual está en línea con el descenso en los mismos 4 puntos porcentuales de la tasa de desocupación en el periodo mencionado.

El incremento de la población ocupada urbana en el país es evidente y varios sectores están mostrando esta recuperación. Por ejemplo, en el rubro de la industria manufacturera la ocupación creció en 28%, en el sector de comercio en 39%, en la construcción en 24%, en la actividad de alojamiento y servicio de comidas en 35% y en el sector de transporte en 17%. Igualmente, la tasa de desempleo se redujo desde el 11,6% que había alcanzado en julio de 2020 hasta 6,5% en agosto de este año, un significativo descenso.

A este resultado se suman muchos otros, como el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de 9,4% en el primer semestre del año en relación al mismo periodo de 2020; el ascenso de la recaudación tributaria en 17% a septiembre, con un importante repunte de las recaudaciones del IVA mercado interno que crecieron en 32%, reflejo del dinamismo de la actividad económica interna; el crecimiento de las operaciones del sistema financiero, con el ahorro que ascendió interanualmente en 8% a septiembre y que muestra la recuperación de la capacidad de generación de ahorro e ingresos de la población, y la mejora de los créditos; entre otros, que configuran los resultados del proceso de recuperación que actualmente vive la economía, y que son innegables, a pesar de voces que al parecer preferirían, por posiciones políticas, que el país no se recuperara.

Claudia Ramos es economista.

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