Voces

sábado 26 sep 2020 | Actualizado a 15:33

Nuestro periodismo es un cadáver

¿Por qué ahora en los canales de aquí y de allá los nombres de los programas se basan en el apellido del periodista?

/ 17 de junio de 2020 / 05:54

Por qué la mayoría de los últimos escándalos de corrupción no han sido publicados en los medios hegemónicos de comunicación? ¿Por qué las redes sociales y los “Uniteles” de turno con jefes que van/vienen han ganado la batalla? ¿Por qué los mejores periodistas de derechas y de izquierdas ya casi no trabajan en los medios tradicionales? ¿Por qué ya casi no hay colegas de prestigio en canales, radios o periódicos? ¿Hace cuánto que no ves o escuchas una buena entrevista/ charla/conversación en la tele o en la radio? ¿Por qué muchas veces los diarios se te caen de las manos sin nada bueno que leer? ¿Por qué las contrapartes se buscan al día después de la nota publicada? ¿Por qué no se imprimen ya medios alternativos como El Juguete Rabioso? ¿Leemos ya exclusivamente en el digital y por ende leemos/entendemos peor? ¿Por qué hay tanta gente que se niega a ver canales nacionales o comprar diarios bolivianos? ¿Por qué tenemos que leer prensa extranjera para enterarnos de las cosas feas? ¿En qué momento colegas/ “buena gente” exigen censurar a colegas/ “mala gente” sin rubor? ¿Se soluciona todo atacando/amenazando a periodistas? Esta columna no tiene respuestas, es como el teatro.

Todo este panorama de incertidumbres, catástrofe, ahogo y revanchismo no es nuevo, no arrancó ni hoy ni ayer. Hace años que los colegas que conozco, de izquierdas o de derechas, migraron a las universidades, a las ong, a las fundaciones, a la escritura o simplemente cambiaron de oficio. Algunos pusieron un bar.

Las empresas/estancias mediáticas del buen/mal negocio despiden sin rubor o los periodistas se van, monta tanto. En el mundo la crisis del periodismo impreso ha encontrado una “salida mágica” ante el fenómeno de las redes/celulares que “informan”, entretienen, intoxican y opinan por el mismo “precio”, ante la desaparición progresiva de la publicidad que también se ha esfumado por arte de birlibirloque: la suscripción digital. ¿A cambio de qué? De buenos contenidos, de lindas crónicas, de buenas plumas, de investigaciones, de producción audiovisual de calidad… y de descuentos/ofertas en el cine, en el super, en el comercio de turno. ¿Cómo serán las redacciones de periódico del futuro? Obviamente no serán aquellas repletas de personas marcadas a sangre y fuego por las famosas tres “d”: depresivas, dipsómanas y divorciadas. ¿Serán viables en nuestro país redacciones con más de 50 personas? ¿Se acelerará la terciarización de suplementos, revistas y productos especiales de los diarios para ahorrar en personal y plata? Los mineros fueron obligados a partir hacia el Chapare tras la salvaje “relocalización” neoliberal, ¿a dónde nos van a mandar a los cientos/miles de periodistas sin pega?

En nuestro medio donde la suscripción digital se ve como algo lejano, marciano y/o simplemente imposible, las empresas mediáticas del mal/buen negocio despiden a los periodistas y/o éstos se van, tanto monta. ¿Por qué? Porque estorban, porque no se cuadran, porque ya no entran en el modelo del “bisnes”, porque se sienten/son ajenos y se van calladitos para no molestar al patrón. Y así, lo único que queda son las penas, pena de nosotros y pena de otros, lectores, oyentes y televidentes que todavía no han salido corriendo huyendo de la peste, el asco, la plaga. Las estancias mediáticas del buen/mal negocio que cambian de camiseta según el viento que sopla prefieren pagar a tres cuates dos salarios de miseria para fabricar una pinche nota para las redes y lograr miles de “likes” masturbatorios.

¿Por qué ahora en los canales de aquí y de allá los nombres de los programas se basan en el apellido del periodista? ¿Ese es el futuro? ¿Apostar a la “independencia” del colega de turno y no al logo desgastado del medio mercenario de turno? ¿Esa será la vacuna salvadora para esta infopandemia? ¿Y si apostamos por la honestidad?

Nuestro “viejo” periodismo es un puto cadáver, está muerto tirado en la calle y el “nuevo” todavía no ha nacido, peor ni siquiera se lo espera. En este maldito claroscuro solo alcanzo a sufrir sin parar perfiles de monstruos, miedos y mentiras. Es mi melancolía insurrecta, es mi infinita tristeza.

Ricardo Bajo
es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual
Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Noche paceña te quiero volver a ver

Los boliches culturales de la noche paceña agonizan. Históricos espacios como el Equinoccio se reinventan y sueñan con volver. Otros, como el Etno y La Luna, han echado el cerrojo. Todos piden un apoyo real de las autoridades

/ 23 de septiembre de 2020 / 07:18

Cerrados. El escenario del Equinoccio, en el barrio de Sopocachi, se encuentra repleto de sillas y mesas apiladas

Por Ricardo Bajo

La noche paceña está muerta y abandonada; luce en silencio; vaga en pena. En los años 90 la noche no descendía de los cielos, bajaba por la calle Jaén, desde el Bocaisapo o el Etno, para tomar respiro en el Ojo de Agua o el Avesol y desembocar como río de alcoholes y humo en la cara oculta de La Luna, el Metrópolis, el Thelonious o el Equinoccio. Los boliches con música en directo y/o actividades culturales son patrimonio vivo de la ciudad, son pilar de la vida social y nocturna, dan seguridad a la noche y suman identidad. Pero hoy, en medio de la peste, lucen con las puertas trancadas y resisten como los viejos rockeros que nunca mueren. Uno de sus sacerdotes, Carlos Cox, sentencia: “La noche paceña no es ni joven ni vieja, he ahí el secreto de su longevidad”. ¿Cuál será la pócima secreta para resucitar? ¿Cómo sobreviven ahora? ¿Volverá para tragarnos y bebernos otra vez? Solo los navegantes de las obscuridades de la noche paceña (el poeta Jorge Campero dixit) tienen las respuestas.

El Etno acaba de anunciar su cierre hasta nuevo aviso. La Luna espera convaleciente y paciente mientras la tropa del Equise reinventa. Todos son espacios autogestionados, todos necesitan de su gente, de su público fiel para poder llegar a fin de mes y así pagar alquileres y sueldos. Unos hacen delivery, otros alquilan sus espacios y algunos organizan eventos digitales. La idea es la misma para todos: dejar de llevar la mano a la alcancía, si es que ésta todavía sobrevive. Rascan la olla, rasguñan las piedras.

La barra del Etno Café de la calle Jaén. Fotos: Ricardo Bajo H., La Luna Pub Music Bar y Pablo Alanes

Y la bohemia salió corriendo

El Etno sufrió su primera ráfaga de ametralladora en octubre y noviembre pasado. El centro de la ciudad se llenó de gases lacrimógenos y la calle Jaén se quedó sin oxígeno. Los gringos y los amantes del folklore escaparon de las peñas. La bohemia salió corriendo y rezando por la esquina de la Cruz Verde no sin antes persignarse ante las cenizas del eterno Bocaisapo y la leyenda de Don Cayo. El Etno logró resucitar y levantar cabeza en febrero. Entonces llegó el tiro mortal, inesperado y traicionero, por la espalda. Nadie sabía que iba a morir en marzo, nadie esperaba al maldito virus. Yumi Tapia y Pablo Alanes fueron durante 15 años los anfitriones de un boliche donde muchos fueron/fuimos felices. Cada vez que se cierra un boliche se van para siempre cien canciones, se esfuman mil “te quieros” y un millón de besos. En el Etno de Yumi se acullicaron sueños y nos embriagamos con ajenjo para estar más cerca de los dioses. En el Etno de Pablo se presentaron novelas, poemarios y libros de relatos (como aquel Warikasaya: cuentos stronguistas en el lejano 2008 junto al querido colega Franchesco Díaz Mariscal que tampoco ya está entre nosotros).

Yumi Tapia busca en el baúl de los recuerdos una solución para cuando pase el temblor. “Estamos contemplando todas las posibilidades para lograr mantener este espacio tan querido por todos y todas, se espera tener una solución, el optimismo y la buena onda siempre están ahí. Tras la pandemia, volveremos de la mano de nuestro equipo de trabajo más antiguo, quienes serán nuestros socios y socias, junto a nuestra gente. De momento toca usar los ahorros para cumplir con responsabilidades económicas, sociales, servicios, alquileres y otros gastos fijos mensuales. Nuestro personal también está viviendo de sus ahorros. Más de seis meses sin actividad es insostenible”.

Pablo Alanes no es tan optimista, cree que los tiempos están cambiando. Sin remisión, añadiría Bob Dylan. “No creo que haya una vuelta pospandemia, creo que la transición social y la coyuntura sociopolítica, no solo de Bolivia sino del mundo, nos debe poner más bien atentos a los nuevos tejidos entre culturas y pensamientos. Es sano darse cuenta que las cosas no volverán a ser las mismas, no estoy muy seguro que la gente vaya a salir como antes. El golpe económico ha sido y es fuerte en todo sentido. El público será más selectivo con los eventos y lugares a los que asistir”.

Los boliches culturales de la noche paceña no reclaman mucho, o sí. Todo lo que piden es un poco de respeto, añadiría Aretha Franklin. Comprensión, apoyo, un programa de ayudas a espacios que son necesarios para la ciudad, atención y contención: es el pliego petitorio de Pablo, de Yumi, de Martha y de tantos otros.

Martha Luciana Cárdenas lleva 30 años detrás de la barra de La Luna Pub Music Bar, en la calle Oruro esquina Murillo. Junto a Jorge Coco Cárdenas abrió una noche de verbena paceña de 1990. Hoy vislumbra la quiebra total y se acuerda de otros: “Somos uno de los sectores más afectados, implicamos directa o indirectamente a mucha más gente, desde las personas que recogen botellas, repartidores de refrescos, jugos, frutas congeladas, aguas, músicos, actores, sonidistas hasta las empresas de cerveza”. Por La Luna pasaron bandas míticas como Wara o Altiplano y Martha cree que —hasta la llegada de la vacuna— nunca más será como antes, “nadie pondrá en riesgo su salud por diversión”.

Carlitos Cox, “ex de mi ex, que es lo único que ex”, productor musical y antiguo “vocalista” del Ojo de Agua, sobrevive ahora en Tarija a base de pan, agua y vino, “para no morir del estupor”. Abrió otro bar a orillas del Guadalquivir y no cree en eso que muchos llaman pospandemia. “La Pachamama inició otro ciclo a partir de 2012 y nosotros seres que habitamos el llamado planeta Tierra, somos parte, para bien y para mal de ese enorme proceso enigmático y desconocido de reinventarnos en diferentes condiciones y escenarios. La gente es la gente, bien dice mi abuela Emma, el mal llamado público ‘consume’ y paga un dinerito y se beneficia de determinados servicios y emociones que generalmente ocurren por la noche. Ellos y también nosotros no hemos parado de buscar y encontrar formas de reunirnos. La gente no sale, busca encontrarse y vaya sorpresa, ahora para eso no es necesario salir de casa”, dice Cox, que solo clama por una cosa a las autoridades: “Que dejen de joder con los burocráticos y corruptos procedimientos para las mal llamadas ‘licencias de funcionamiento’; deberían llamarse ‘licencias de clausuramiento’”. Abrir un negocio en Bolivia es más complicado, moroso y engorroso (pano abusar de pioresexpresiones chapacas) que “jugar ajedrez sin tablero”.

Cox es de los que cree que es más fácil ser contrabandista que productor/promotor cultural de la noche, “y con eso ya he dicho todo y mucho de nuestra magra economía mediterránea, saqueada e infravalorada”. Pero cuando habla de la tribu nocherniega, brillan sus ojitos de nuevo y recobra la esperanza: “A nuestra maravillosa audiencia, solo podemos decirles muchas gracias, así, a los gritos y con mayúsculas. No hay público más sui géneris, cariñoso y tan fuera de los cánones industriales de una casi inexistente industria que el boliviano, que es también una tradición y un amor interno, una presencia íntima que nos consume, como la mágica presencia de nuestros abuelos bailando en una noche de fiesta envueltos en la cálida armonía de los músicos tocando en vivo”.

Carla Padilla, Laura Elizabeth Paredes, Wara Mariel Orosco, Jesús Arce, José Luis Fuentes, Diego Valdivia y Limberth Alarcón, a las puertas del Equinoccio, soñando con noches de rock otra vez. Fotos: Ricardo Bajo H., La Luna Pub Music Bar y Pablo Alanes

Por un Regreso De Película

Mientras la espera desespera, mientras la música en vivo para una audiencia viva se hace de rogar, otros, como el Equinoccio Live Music Bar, trata de reinventarse. El interior del boliche por donde pasaron estrellas del rock de acá y de allá luce irreconocible. El escenario con la “E” de reminiscencias obreras y con 27 años de vida sobre su espalda errante, está repleto de sillas y mesas apiladas. Puedo cantar la canción más triste esta noche. La tribuna popular se ha convertido en una sala de ensayos y sala de grabación llamada Studio Equinoccio. Y el pasillo de la barra — ¿quién no resbaló o tropezó ahí?— se asemeja a un túnel de castillo del terror. Limberth Limbo Alarcón sigue al pie del cañón y su muchachada continúa tocando como la orquesta del Titanic. El Equitiene también un servicio de reparto a domicilio llamado Food&Rock y ha lanzado al espacio la Equi-chela con etiqueta propia. También están embarcados en la misión streaming con varias bandas y un equipo de servicios de producción audiovisual.

Limbo se imagina en sus mejores noches de insomnio un regreso típico de película de Hollywood: “Veo a las personas en actitudes eufóricas, presurosas para un nuevo encuentro con amigos, con lugares. Veo un aire de celebración quebrando este letargo forzoso. Luego me despierto y me la imagino más difícil, por varios factores, pero sobre todo por el económico. Pero si suponemos una pospandemia con el bicho muerto y extinto por la vacunación, el panorama real puede ser tranquilamente el primero que soñé. Como fuera, la noche, los conciertos, la interacción relajada y sin presiones sociales cotidianas y la música como tal fueron, son y serán una parte esencial de nuestras vidas. Quizás todas ellas conformen una suerte de ‘equi-librio’ existencial”.

La red social más grande será siempre el boliche porque nos gusta vernos, mirarnos y tocarnos. La noche no es ni joven ni vieja, es eterna. Noche paceña, te queremos volver a ver. Hasta el amanecer, añadiría El último cocalero.

Nocherniegos. El ambiente de La Luna Pub Music Bar, en la calle Oruro. Fotos: Ricardo Bajo H., La Luna Pub Music Bar y Pablo Alanes

Funcionamiento rima con reconocimiento

En Berlín, la Alcaldía ha aprobado unas ayudas de 81.000 euros ($us 95.000) para cada uno de los 46 locales y salas de conciertos, consciente de que la vida nocturna de la ciudad del muro la ha convertido en la “capital de la fiesta” en Europa. Los boliches berlineses son parte viva de la riquísima escena cultural que atrae a millones de turistas de medio mundo que gastan y dejan plata.

En Liverpool, el alcalde Joe Anderson ha hecho un llamamiento para que el Estado apoye económicamente a The Cavern Club, el local que vio tocar a los Beatles por primera vez. Porque, “la perspectiva de perder una joya nacional como ésta es un escenario horrible”.

En La Paz los boliches claman por un apoyo real y piden una desburocratización de trámites específicos, flexibilización en el pago de impuestos, prórroga de patentes, otorgación de créditos directos de reinversión, etc. En el mero terreno de lo cultural, lanzan la idea de crear programas de incentivo y apoyo específico para espacios como el pub Equinoccio con la idea de retomar el concurso de la Marathon Rock para nuevos grupos y una nueva versión del Festival nacional de bandas “Equinoccio a cielo abierto”.

También piden no meter a todos en el mismo saco de la noche.

Limberth Alarcón, del Equi, va incluso más allá: “En nuestra ciudad las actividades nocturnas son variadas y distintas, desde las permitidas hasta las que no, desde las que cumplen con la legalidad y las que la desconocen por puro capricho. No es suficiente un ‘control’ de funcionamiento, necesitamos una política paralela de “reconocimiento” a espacios que aportando a la cultura musical de nuestro país y al movimiento económico de nuestra ciudad, generamos empleos y movimiento turístico”.

Pablo Alanes, del Etno, se suma a la idea: “Los boliches o espacios culturales deben ser valorados y reconocidos como un patrimonio si es que detrás hay una trayectoria y un verdadero aporte a la cultura y por esta no debemos solo hablar de folklore. Cultura también incluye el cuidado de la noche y sus pasajeros, no así el alcoholismo o el vicio. Valorar un espacio es vivirlo, creo que el apoyo e incentivo es vital y entender que cultura y arte son acción, posiblemente lo único que puede ayudarnos en situaciones como la actual”.

Martha, de La Luna, cree que en La Paz marchamos a contrarruta de ciudades como Berlín o Liverpool. “Acá, por muchos años, trataron de cerrar los lugares donde se realizan eventos culturales. Las juntas vecinales que ahora tienen un gran poder de decisión ponen muchas trabas. Los gobiernos municipales, por su parte, subieron las patentes, haciendo requerimientos difíciles y caros para tener una licencia de funcionamiento. Muchas veces es luchar contra la corriente y la corrupción. Lamentablemente no se valora el accionar cultural que promovemos, por cierto muy apreciado por el mercado de viajeros extranjeros que disfrutan de ello”.

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¿Por qué llora Camacho?

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:30

Un señor me espera cuando acabo el programa en la radio. Viene de lejos, se presenta con mucha amabilidad y tiene una gran Biblia en la mano. Escucha Contextos Salvajes en Red Patria Nueva y me dice que estoy equivocado. Llevo varios días hablando de las iglesias evangélicas y su poder político en países como Brasil, Perú, Argentina o Bolivia. Nos sentamos en el hall de la radio, me la charla y comienza a leer versículos del Antiguo Testamento. Estudié 12 años en un colegio de curas y me sé de “pe a pa” la Biblia, por eso soy ateo. Nos despedimos cordialmente. Una semana después, llega otro señor a la radio, es de la misma iglesia que el anterior. Repite amables modales y calca la visión literalista del “Libro”. También recibe la misma respuesta, “buñueliana”, en este caso: Soy ateo, gracias a Dios. Durante aquella semana de hace dos años, otro oyente también se molestó. Hizo entrar una llamada al aire y me dijo: “Compañero, no todas las iglesias evangélicas son de derecha, también estamos los que vamos a iglesias como las baptistas y apoyamos los procesos de transformación en nuestra Patria Grande”. El cuate tenía razón. A veces pagan justos por pecadores.

Hablar de los evangélicos y su heterógenea influencia política (en Venezuela y México son “seducidos” por sus presidentes) es prepararse para el debate, para bien o para mal porque cada vez son más: 660 millones en todo el mundo. En Estados Unidos son 93 millones de fieles, en China 66, en Nigeria 58, en Brasil 47, en India 28 y en México son tantos como todos los bolivianos y bolivianas juntos, 11 millones. Tienen escuelas, universidades, medios de comunicación, centros culturales y hospitales. Un nuevo fantasma recorre el planeta: los evangélicos cristianos —una corriente del protestantismo— y han formado otra Internacional, la reaccionaria. En Bolivia también están de subida y algunos datos apuntan ya a un 30% de la sociedad.

Pero, ¿qué une a una iglesia evangélica de una favela de São Paulo con una de Seúl? ¿A una de El Alto con otra de Houston, Texas? El anticomunismo. También les une un proselitismo laburante y pragmático, una organización potente, una doctrina y rituales comunes y uniformes, una presencia mediática contagiosa y un salto a la política bien planificado. ¿Por qué todos los candidatos presidenciales en Bolivia pasan ineludiblemente por las pantallas de Xto Tv? ¿Cómo marcan la agenda pública y ponen límites a la conquista y defensa de derechos sociales y sexuales?

El evangelismo nació después de la II Guerra Mundial, apoyado y alentado por Estados Unidos para irradiarse en América Latina, África y Asia, otrora (sub)continentes “propios” del catolicismo. En Sudamérica, hace un siglo, el 94% de la población era católica y solo el 1% se declaraba protestante. En Brasil, en 1970, el 92% decía ser católico, hoy esa cifra ha bajado a 60%. En las últimas elecciones, el 70% de los evangélicos (11 millones de personas) votó por el candidato de la ultraderecha, Jair Bolsonaro. En Bolivia, el señor Chi quedó tercero. El próximo 18 de octubre, Camacho y Chi se disputarán la misma franja de electorado con las mismas recetas de odio y miedo: autoritarismo, defensa de la (única) “familia”, ultraconservadurismo, racismo, religiosidad violenta y desdén hacia las mujeres y los grupos LGBT+ (a los que hay que “curar”).

La comunicación es su gran fuerte y las emociones están en el epicentro de su éxito. En sus iglesias, cantan, bailan, ríen, lloran, nacen de nuevo, luchan contra el demonio, acuden como espectadores a milagros y curaciones, se comunican directamente con Dios y son felices. De fondo para vender la prosperidad, suena la música, siempre hay música a todo volumen, directa al corazón: cumbia, pop, folklore… La Biblia no discrimina ningún género musical, ni siquiera el otrora diabólico rock pesado. También dan plata regularmente a través del “diezmo” y los pastores millonarios montan multinacionales de la fe y el negocio (mediático) gracias a sus pobres creyentes. Es la teología de la prosperidad (para unos pocos). La Biblia no se equivoca. Camacho repite la misma fórmula: lagrimea en televisión, oculta su programa político, invoca a los cielos y lucha contra Satanás, un señor que se parece mucho a Evo Morales. Yo te conmuevo, tú me votas. Por eso, Camacho llora.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Nadie nos gana

En el fútbol de hoy en día, ningún manual es “ley de Dios”

/ 21 de septiembre de 2020 / 13:12

La Libertadores volvió tras meses de parón

Por Ricardo Bajo

El regreso de la Copa Libertadores ha quemado los libretos. En el fútbol de hoy en día, ningún manual es “ley de Dios”. Estos son los tres mandamientos que han dejado de estar escritos en piedra:

Uno: para jugar en La Paz hay que llegar sobre la hora. Falso. Palmeiras se instaló en Achumani días antes y venció a Bolívar. La altura tiene mucho de mito fabricado. Hace 90 años un equipo argentino jugó por primera vez en el Siles y ganó. No llegaron sobre la hora. Atlético Tucumán venció por partida doble (y mismo resultado: 1-3) a dos combinados de La Paz Football Association en febrero de 1930.

Llegar sobre la hora es parte de la campaña contra la altura. ¿Seguirán a partir de ahora el ejemplo de Palmeiras otros equipos? Hace rato que los únicos que se ahogan en La Paz son nuestros jugadores por su nefasta condición física.

Dos: el fútbol es de la gente. Falso.

El regreso de la Copa ha demostrado el poder de la industria. El fútbol nació como deporte aristocrático y se popularizó a nivel mundial cuando fue apropiado por las clases trabajadoras. La pandemia ha llegado para la venganza de los ricos: la televisión, los grandes capitales de los patrocinadores y los dueños millonarios han sacado, por fin, a los pobres de las canchas. Como escribe Carles Viñas en la revista Panenka, solo pedimos una cosa: “no lo llamen fútbol”. El fútbol, sin hinchada presente, no es tal, acaso puro y vil negocio. Falta el alma.

Tres: los partidos oficiales dan ventaja. Falso. La Libertadores de este año es un torneo injusto, prostituido. Viola una regla esencial: competir en igualdad de condiciones. Países como Brasil llevan cuatro meses jugando y otros como Argentina, Venezuela o Bolivia han detenido sus torneos desde marzo. ¿Cuál fue la excusa que algunos pusieron para las dos derrotas bolivianas en casa —de Wilstermann y Bolívar— en la Copa?

No jugamos desde hace seis meses.

Estudiantes de Mérida remontó un 0-2 en casa contra Alianza Lima y otro equipo venezolano (Caracas F.C.) venció a domicilio por primera vez en Colombia (frente al histórico DIM). Nosotros también somos campeones: nadie nos gana en el torneo de las vergüenzas dirigenciales. Mientras las “leyes divinas” del fútbol son quemadas, en Bolivia seguimos fieles a nuestro mandamiento favorito: Amarás a la derrota —y a la excusa— sobre todas las cosas.

(*) Ricardo Bajo es periodista

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Bolívar se cansa

La pandemia ha venido a ratificar una cosa que ya sabíamos: la diferencia abismal entre nuestro pobre fútbol y el resto. Eso sí, a quilombos de “dirigentes” no nos gana nadie.

/ 17 de septiembre de 2020 / 18:14

Incidencias del Bolívar - Palmeiras. Foto: Conmebol

Introducción: ha vuelto el fútbol, ha vuelto la Copa Libertadores, ha vuelto Bolívar. Han pasado seis meses, parecen seis siglos. La “Academia” necesita ganar sus tres partidos de local. Antes tiene que ganar en el viejo Siles al “verdao”, entrenado por un ex técnico del Real Madrid, Vanderley Luxemburgo. Palmeiras lleva tres días en La Paz a contrarruta de la moda de los últimos tiempos. La ventaja de los brasileños se llama quince partidos oficiales en plena pandemia. El fútbol volvió en junio en el país de Bolsonaro, el presidente que llamó “gripezinha” al virus que ya ha matado a 130.000 personas en el planeta Brasil. La consigna de Vivas es apretar arriba con un 4-4-2 (con Ábrego y Rey en la banca): es la presión alta que está de moda en el fútbol mundial. ¿Aguantará la gasolina celeste para los 90 minutos? ¿Quién se cansará antes? Un “trapo” en la curva norte recuerda al entrañable Abdul Aramayo.

Nudo: en los primeros quince minutos Palmeiras llega tres veces. Bolívar se muestra falto de ritmo, lento, previsible e impreciso; abusa del pelotazo frontal y comete errores de bulto, algunos insólitos en el nivel profesional como un corner ridículo de Saavedra o un penal absurdo de Jusino a la media hora. Luxemburgo se refugia bien atrás con un sólido 4-1-4-1. Cuando la tiene, pelotea, descansa gracias a la calidad de sus “players” con pasado “europeo”. El anunciado “pressing” es solo una idea en la cabeza de Vivas. La salida de la pelota en manos del paraguayo Oviedo, tosco en el manejo, es uno de los tantos problemas de Bolívar. El volumen ofensivo también es monoteísta: rezos a San Riquelme y su testa.

Desenlace: en la segunda parte, Vivas vuelve al plan ensayado (el 4-3-3- con Ábrego ya en cancha). Pone toda la carne en el asador pero falta la idea. A falta de fútbol, Bolívar acelera las pulsaciones de su corazón. Arce baja a la posición de cinco para armar. Es la imagen de la confusión. Un zapatazo a la escuadra de Menino pone el 0-2. ¿Por qué se regaló la primera parte? ¿Por qué no disparó Bolívar de lejos y se obsesionó con el pelotazo? El 1-2 (de cabezazo de Riquelme) solo alcanza para el maquillaje. La pandemia ha venido a ratificar una cosa que ya sabíamos: la diferencia abismal entre nuestro pobre fútbol y el resto. Eso sí, a quilombos de  “dirigentes” no nos gana nadie.

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‘Queda mucho Chaco por narrar

El director de cine Diego Mondaca habla de boleros de caballería, del abuelo que luchó en las cañadas, de los colores más hermosos que jamás haya visto, de los soldados aymaras y quechuas que ayer pelearon y hoy siguen en el Chaco, de ese dolor que nos dejó la guerra y no se va todavía

/ 16 de septiembre de 2020 / 07:32

Por Ricardo Bajo

Una docena de soldados bolivianos de la Guerra del Chaco sobrevive aún. Han pasado 85 años del final de la contienda bélica que enfrentó absurdamente a dos pueblos hermanos, el boliviano y el paraguayo. La herida de la “guerra estúpida” (Augusto Céspedes dixit) sigue impregnada en el alma de todos y todas a través de los relatos de familia. La memoria pisa fuerte. El cine, el teatro, el cómic, la música y la literatura no dejan de volcar sus miradas —aunque sea a cuentagotas— sobre los fortines del Chaco Boreal. El cineasta orureño Diego Mondaca alista el estreno de su tercera película, Chaco. La pandemia retrasó su estreno en Bolivia previsto para marzo. Eso también nos quitó el maldito virus.

—¿Cuándo nace Chaco?

—Chaco nació como un murmullo. Con la memoria de un murmullo de bolero de caballería, ese sonido ronco y cansino que retumba en los barrios de La Paz, en centros mineros, en movilizaciones sociales. A mí me remite directamente al funeral de mi abuelo, quien fue un soldado en la guerra y probablemente experimentó lo que la película expone.

Mientras tapiaban la tumba sonaba un bolero de caballería, esa música que se usó en la guerra para despedir o recibir a los soldados, o a sus cuerpos. Desde ese recuerdo partió Chaco. Este sonido del bolero es algo que todos los bolivianos reconocemos, porque, de una u otra manera, lo tenemos incrustado en la memoria y en el cuerpo.

—¿Cómo has filmado el “infierno verde” y todos sus colores?

—El bosque del Chaco es muy cambiante, por zonas y estaciones del año. Contiene una belleza rara, nueva para mí y quizás única en el mundo. Al mismo tiempo tiene la carga del olvido y el silencio. Es como si el exterminio que significó la guerra aún pese en el aire del Chaco. El rodaje fue muy intenso, cargado de una ritualidad hermosa. Todos entendimos que estábamos haciendo una película sobre nuestros muertos, entonces cada escena se construía como un pequeño homenaje, un ritual ante esas almas que aún penan y deambulan por el Chaco. Eso para mí es inolvidable y muy conmovedor. Marcó el ritmo del trabajo todos los días, de cada escena y cada detalle. En general, tenemos aún un imaginario del Chaco y la guerra en colores de blanco y negro, o sepia. Esto es por el registro que se tiene y circula de la guerra. Sin embargo ahí existen colores maravillosos, diversos y muy extraños, nuevos. Debe ser uno de los lugares más hermosos que vi, por eso mismo nos fuimos acercando y registrando imágenes y sonidos con mucho respeto, sin engolosinarnos ni subestimando su potencia.

—¿Dónde hallaste a tu particular elenco para una película coral como Chaco?

—Me empeñé en buscar personalmente a cada uno de los actores, busqué principalmente en el teatro. Me interesa mucho el trabajo corporal que se hace desde ahí; esa conciencia del cuerpo y espacio que ejercitan, su intensidad expresiva. Todo el cuerpo, de cada uno de los actores, debía expresar esa descomposición psicológica que buscábamos. El cuerpo humano como presa de sí mismos, y del Chaco. Esto era muy importante para todos, tanto para los actores principales: Raymundo Ramos, Omar Calisaya, Jorge Arias, Mauricio Toledo y Fabián Arenillas, como para todos los extras y figurantes que los seleccionamos con la ayuda de Javier Cuéllar, el director de arte. Trabajamos con los soldados que estaban cumpliendo su servicio militar en Ibibobo. Grata fue nuestra sorpresa al constatar que la gran mayoría de ellos provenían de las zonas de las minas y del altiplano, lo mismo que sucedió hace más de 80 años. La historia siempre se repite.

El cruce de idiomas, sobre todo el aymara y quechua, son parte central de la propuesta estética de la película, de modo que esto era clave para el casting. Un 90% de nuestros actores habla aymara o quechua como lengua materna y así está en la película. También está reflejada esa perversa intención de anular el idioma del otro, de ejercer violencia, minimizándola o ridiculizándola. La violencia que se ejerce sobre el hombre también se ejerce sobre su idioma. 

—¿Por qué elegiste a un alemán que a todos nos hace recuerdo a Kundt como personaje central al frente de la tropa indígena?

—Kundt representa esa figura de “salvador” que reaparece constantemente en varios periodos de nuestra historia, como aquel caudillo que con su sola presencia resolverá nuestros problemas, conflictos y encaminara al “verdadero” progreso. Es también esa figura de poder, patronal, que se empeña en hacernos creer que lo sabe y domina todo, y trata de ocultar sus debilidades sacrificando a sus propios seguidores o afiliados. Es también ese foráneo al que buscamos inútilmente para imitar o parecernos, creyendo que es mejor que nosotros y nos reducimos ante él/ella renunciando o negando lo que somos y anulando nuestras posibilidades propias de salir adelante.

—Las artes plásticas, la música, la literatura y el periodismo a través de la crónica se ocuparon y ocupan de la guerra. ¿Por qué el teatro y el cine llegaron tarde y a cuentagotas?

—Es muy buena pregunta. No entiendo por qué el cine y el teatro demoraron tanto en atender un tema tan importante y determinante. Quizás sea por lo complejo de la guerra, por el dolor que significa. No lo sé. Lo que no ha podido hacer el cine lo ha hecho la literatura y la música, que tienen la posibilidad de ser más incisivas, y por eso llegan primero, con más precisión y profundidad. Construir imágenes a partir de esa desolación y muerte que dejó la guerra requiere tiempo y reflexión, además de una voluntad colectiva y políticas de Estado que las fomenten e incentiven. Pese a nuestro país abigarrado y asfixiado, la literatura siempre ha sabido reaccionar rápido y con claridad, no solamente en torno a la Guerra del Chaco, sino a lo largo de la historia de Bolivia.

—¿Quedan aún vetas por explotar?

—Sobre la Guerra del Chaco y sus alrededores todavía hay mucho que recuperar y explorar. Muchas historias y miradas que narrar. Es para festejar, por ejemplo, que el Teatro de Los Andes se pose sobre esta memoria. El Chaco es un territorio habitado por comunidades de las que podemos aprender mucho. Lo importante es no instrumentalizarlas ni avasallar sus espacios con maniqueísmos ni romanticismos que sabemos, o al menos debiéramos saberlo, entorpecen y crean mayores distancias o desencuentros. Hay mucha y nueva producción literaria desde el Chaco, ellas y ellos narrando sus historias y reflejando su complejo mundo, un mundo distinto, y que siempre estuvo ahí.

—Tus dos primeras películas (La Chirolay Ciudadela) fueron documentales. ¿Cómo ha sido esta primera experiencia en la ficción?

—Ha sido muy exigente y a la vez gratificante como mis trabajos previos. Chaco me posibilitó experimentar narrativas y formas desde otro lugar, con otro tiempo y ritmo. Exigencias nuevas que fueron muy retadoras. Remontarme al pasado para intentar entender o develar un presente fue un reto enorme, pero lo sentí muy necesario y urgente. En mis tres películas hay, al menos en un par de instantes, en los que se diluyen completamente esas líneas o criterios de documental o ficción. Todo es una ilusión. Lo que fui aprendiendo y experimentando con La Chirolay Ciudadela lo intenté aplicar a Chaco, algunas cosas funcionaron y otras no tanto. Pero surgieron otras nuevas, renovadas, y que evolucionaron maravillosamente, como, por ejemplo, el trabajo sonoro que comenzamos a experimentar y jugar desde La Chirola, que avanzó en Ciudadelay que ahora, en Chaco, consigue un resultado envolvente e inquietante del que estamos muy felices. La película fue concebida desde el sonido, y pudimos ser fieles a esas emociones iniciales, hasta el final. Chacoes una película elaborada con mucha meticulosidad, hay muchos detalles y “cositas” pequeñas que se entretejen, creando un gran mosaico con distintos tonos y niveles.

—Chaco está teniendo un periplo feliz por certámenes internacionales desde su debut en Rotterdam. ¿Es necesario este “aval” de los festivales antes de estrenar en Bolivia?

—Estoy muy agradecido que el trabajo que desarrollamos con mis compañeros y compañeras  continúe teniendo buena recepción de un público diverso, y que lo ha ido apreciando y explorando desde distintas disciplinas. Por otro lado, no creo que los festivales pretendan o puedan establecerse como la ‘última palabra’, para eso están los públicos; pero sí considero que los festivales de cine son espacios importantes donde nuestro trabajo se exhibe por primera vez, se discute ante la crítica especializada y colegas de todo el mundo. Son espacios de validación y para compartir, para ver aquello que se considera importante y nuevo.

—El tráiler de la película es un gran plano general fijo, teatral y casi silencioso. Podría ser una secuencia de Sanjinés, Malick o Herzog. A ratos, Chaco podría ser vista como un viejo western del abuelo John Ford y su “patrulla perdida”. ¿De qué otras referencias has bebido?

—Mis referentes fílmicos no han variado esencialmente, y por ahí sigue rondado el trabajo de Sanjinés y el Grupo Ukamau, Glauber Rocha, Werner Herzog y varios otros. Pero sobre todo es la literatura la que sigue siendo mi referente y asidero más potente. Desde allí he podido imaginar y acercarme a la posibilidad de una imagen para el Chaco, lo que es muy complejo dadas las escasas referencias de imágenes (fotografías o imágenes en movimiento) y sonidos que se tienen tanto del período de la guerra como del espacio mismo, además sin perder de vista que las fotografías que circulan sobre la guerra fueron realizadas por el Ejército y oficiales de ese entonces, una élite criollo mestiza, con su mirada sesgada hacia el indígena, que en los años treinta aún seguía siendo pongo o esclavo. Esa élite que retrató la guerra más trataba de narrar una aventura épica y patriótica, o lo pintoresco que les resultaba ver a un indígena aymara vestido de militar, que aportar un testimonio de lo que verdaderamente sucedía. 

Por suerte ese no fue el caso de la pintura, que sí se acercó mucho más y narró el horror de la guerra, el abandono y padecimiento de los soldados, como también evidenció las diferencias de clase y privilegios en el Ejército. Ahí están los ejemplos de Cecilio Guzmán de Rojas o Raúl G. Prada, entre otros.

Puedes ver el trailer de «Chaco» en esta dirección:  https://www.youtube.com/watch?v=H10O4onSZOA

De Hollywood a ‘Boquerón’

La Guerra del Chaco todavía no ha terminado y Hollywood ya tiene la película. No es una broma. En abril de 1935, dos meses antes de la firma de la paz, la Universal Pictures estrena Storm Over the Andesdel director Christy Cabanne, un antiguo asistente de dirección del legendario D.W. Griffith. La película es presentada bajo la leyenda: The terrific drama of love and Chaco War in the clouds. Tiene dos versiones, una en inglés protagonizada por la estrella Jack Holt en el papel de un piloto boliviano y otra en castellano titulada Alas sobre el Chaco, con los españoles José Crespo y Antonio Moreno junto a la mexicana Lupita Tovar. Nada más arrancar la contienda, en diciembre de 1932, se estrena en Buenos Aires En el infierno del Chacodel argentino Roque Funes —operador del Ejército paraguayo. Es un gran éxito durante el conflicto en los cines de Asunción.

En 1936 (el 29 de septiembre, martes) se estrena en La Paz en el Cine París La Guerra del Chacodel cochabambino Luis Bazoberry García. Es un fracaso total.

Nadie quiere ver la derrota en pantalla grande. La película pasa también sin pena ni gloria por el Princesa, el Mignon y el Teatro Municipal. En 1962 se reestrena con el título de El infierno verdeen el Cine Tesla. El mediometraje tiene imágenes de batallas en movimiento propias de un documental de guerra y fotos fijas (Bazoberry fue fotógrafo profesional y trabajó en la Aviación como aerofogrametrista).

La película fue sonorizada en Barcelona y montada por el editor catalán Joan Pallejá con plata del propio Bazoberry. Se recuperó gracias a su hijo odontólogo que donó la cinta a Cinemateca Boliviana y se reestrenó con una copia restaurada en 2015 en la propia Cinemateca donde estuvo un mes en cartelera. También se exhibió en Cochabamba, Santa Cruz, Oruro, Potosí y Trinidad.

Temática. El afiche de la película de Luis Bazoberry, de 1936, que pasó sin pena ni gloria

Más cintas sobre la guerra

Otras películas sobre la guerra son:  Hacia la gloria (1932) de Mario Camacho, Raúl Durán, José Jiménez y Arturo Borda; La Guerra del Chaco(1932) del paraguayo Agustín Carron Quell; La Campaña del Chaco(1933) de Juan Peñaranda Minchín; En la tierra del Guarán(1934) de la productora argentina Lumiton Cinematográfica; Guerra en el infierno verde (1935, producción alemana de la UFA); Hijo de hombre del argentino Lucas Demare y con el español Paco Rabal de protagonista (1961 con guion de Roa Bastos, también llamada Choferes del Chaco); Khunuskwi, recuerdos del porvenir(1990), de Silvia Rivera Cusicanqui; La última batalla(1992), de Rodrigo Ayala Bluske; Cachorros de león (1997) del paraguayo Manuel Cuenca;  Réquiem por un soldado (2002, ficción) de la paraguaya Galia Giménez; Hamaca paraguaya(2006) de su compatriota Paz Encina; Iyambaé en la Guerra del Chaco(2006) de Jürgen Riester; Desde el fondo (2008) de Adriana Montenegro; Boquerón(2015) de Tonchy Antezana; La redención(2017) del paraguayo Hérib Godoy sobre la batalla de Nanawa y Fuertes(2019), de Óscar Salazar y Franco Traverso. Actualmente el cineasta Joaquín Serrano prepara para 2022 el primer largometraje paraguayo de animación, Alas de gloria, sobre el primer combate aéreo de la guerra.

Una de las escenas de la cinta de Mondaca

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