Voces

lunes 25 ene 2021 | Actualizado a 09:46

Su arte, universal para siempre

En estas horas de la muerte de Maradona ha habido casi un concurso mundial de la frase más ingeniosa, la portada de diario más original, el homenaje más sentido y curioso.

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 29 de noviembre de 2020 / 23:23

Les pasa a todos: cuando uno va al Museo del Louvre lo primero que pregunta es dónde está La Gioconda. “A la derecha, primer piso, Sala de los Estados”, dice una señorita plurilingüe. Y hacia allá salen bandadas de turistas casi corriendo, subiendo los escalones de a tres. Llegan y se paran frente a ese cuadro en realidad mucho menos grande de lo que se supone antes de verlo por primera vez. Apenas 77 centímetros de alto y 53 de ancho. Pero es por lo que se paga la entrada. Cuando está frente a ella -esa dama de edad difusa y mirada sugestiva- nadie piensa si Da Vinci era buen padre, buen hijo o buen esposo, si se emborrachaba en la taberna hasta caer al suelo o si se gastaba el dinero en prostitutas; repara en su obra, en lo que dejó a la humanidad. El hombre, imperfecto, ya fue; su carne se corrompió y desapareció. Y si se emborrachaba, bien por él. Queda su producción, su talento, su sensibilidad artística. Lo mismo vale para tantos genios que nos legaron creaciones, inventos, pensamientos, vacunas, alegrías que mejoraron la existencia humana.

En estas horas de la muerte de Maradona ha habido casi un concurso mundial de la frase más ingeniosa, la portada de diario más original, el homenaje más sentido y curioso. Está bien, se celebra al artista. Y también aparecieron las miserias humanas, las que intentan rebajarlo a la condición de “Maradroga”. Es el eterno problema que la mediocridad tiene con la brillantez: le molesta.
No existe nada más humanamente imperfecto que Diego Armando Maradona. Como tampoco nació nada futbolísticamente más grandioso. No cabe santificar ni demonizar. Entre los millones de comentarios generados por el fallecimiento, nos quedamos con el de un lector de El Tiempo, que el jueves escribió: “Gracias por tu fútbol, Maradona, lo demás se lo dejo a las comadres”.

La vida de Maradona, intensísima, desordenada y con excesos, expiró. Heredamos su arte, envasado en videos y recuerdos, el de un futbolista único, técnicamente perfecto y genial, vigoroso, valiente. Un fantasista metido en el cuerpo y el alma de un toro de lidia. La gracia en pareja con el brío. No era un futbolista de redes sociales, era todo sustento: pelota, gambeta y arco. Su coraje parafraseó al Martín Fierro en aquello de “No pregunto cuántos son, sino que vayan saliendo”. Y el orgullo de su clase. Todo lo que la prensa mundial le celebró en su despedida física.

La muerte de ningún otro personaje generó tal impacto universal. La noticia tuvo la dimensión del hundimiento del Titanic o el estallido de las guerras. Fue tapa de los diarios del mundo entero, no sólo deportivos. Hasta el Financial Times lo homenajeó con su portada. Y cuando decimos portada no es una mención en ella: es la portada. El Times, el Corriere della Sera, Le Monde le destinaron su primera plana. El País de Madrid, el más prestigioso de habla hispana, le ofrendó una foto gigante con un título sugerente: “Muere Maradona, un dios del fútbol”. Decenas jugaron con esa palabra: dios. Llenó miles de horas de radio y TV, supuso decenas de millones de intervenciones en Twitter, Facebook, Instagram. Sólo es superado en repercusión por el atentado a Las Torres Gemelas, pero eso es un suceso, con un personaje no había pasado nunca, ni con Muhammad Alí, otro deportista planetario y de un perfil similar al de Maradona, genial y a la vez conflictivo, arrogante, respondón.

Emmanuel Macron, presidente de Francia, otro feligrés del 10, le dedicó una carta antológica: “Jugador suntuoso e impredecible, el fútbol de Maradona no tenía nada de ensayado. Con una inspiración siempre renovada, constantemente inventaba gestos y golpes de la nada. Un bailarín de botines, no realmente un atleta, más un artista, encarnaba la magia del juego. El presidente de la República saluda a este indiscutible gobernante de la pelota redonda que tanto han amado los franceses”. Obviamente, nadie celebra sus deslices (que son suyos) se aplaude su habilidad suprema. El planeta fútbol le rindió los honores jamás vistos para ningún otro. En la muerte se percibe la dimensión de un individuo.

En la trilogía astral Di Stéfano-Maradona-Messi, Alfredo quedó muy atrás en el tiempo (debutó hace 75 años) y Messi puede ser incluso mejor futbolista, más consistente -es a gusto del cliente- pero no despertará nunca las pasiones de Maradona. No tiene esa épica ni se lo ve tan asociado a la hazaña, lo suyo se circunscribe al rectángulo. Es juego puro, en eso le discute el número uno al que raye. Pero Messi es apolítico, antifarándula y familiero, un sujeto diurno, a las diez de la noche está mirando televisión en un sillón del living con Antonella y los chicos revoloteando por ahí. Un genio moderado, correcto y de escasas palabras es algo intolerable para el gran público. A George Best, que fue un crack descomunal, lo adoraron más por su pinta, sus frases ocurrentes y su vida descarriada que por lo que jugaba. A propósito: Best, quien muchas veces fue encontrado tirado en la acera tras una borrachera, recibió las mayores honras oficiales de la historia de Irlanda del Norte; miles de señoras recatadas y con pañuelo en la cabeza desfilaban por su tumba dejándole flores y el aeropuerto de Belfast lleva su nombre. Nadie despertó para ellos tanto orgullo nacional.

Diego salió del salón que compartía con Messi, Kempes, Vilas, Ginóbili, Charly García, Calamaro… Entró ahora en el panteón de las celebridades argentinas. Empieza a incordiar a San Martín, a Borges, a Fangio, a Cortázar, a Di Stéfano, se mirará de reojo con Monzón y con Ringo Bonavena, se divertirá con Quino y Fontanarrosa, escuchará a Piazzolla y a Gardel, empatizará con el Che Guevara (fumarán un habano juntos), se sonreirá con Evita y con Perón, cantará con Sandro y Mercedes Sosa. En el ránking de íconos nacionales va cabeza a cabeza con Gardel, cuyo funeral, en 1936, fue un acontecimiento histórico: una impresionante multitud acompañó la carroza fúnebre desde el Luna Park hasta el cementerio de la Chacarita, nueve kilómetros por la avenida Corrientes, la calle que atravesaba su barrio, y desde los balcones de los edificios, llorando, la gente le arrojaba flores. Gardel es un recuerdo muy fuerte, un afecto nacional, más unánime que Maradona, pero pasaron generaciones; Diego se quedará con el primer puesto. En ese eterno coqueteo entre la grandeza y la decadencia en que fluctuamos invariablemente los argentinos, Maradona representa la argentinidad en su expresión cumbre, el emblema perfecto: el virtuosismo y la exageración, la genialidad y el desborde, asombrar al mundo gambeteando varios ingleses y luego aparecer bebido mostrando el traste. Como escribió Le Soir, de Bruselas, también en portada: “Blanco o negro, nunca gris”.

Se acaba de anunciar que el mayor aeropuerto de Buenos Aires -Ezeiza- tendrá en breve una estatua de Maradona. Será lo primero que vean los visitantes al pisar suelo celeste y blanco. Desde el día que cerró sus ojos para siempre, es nuestra más contundente marca país.

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La grandeza de River, la flaqueza de Boca

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 18 de enero de 2021 / 08:51

Si existe un insulto imperdonable para un hincha de Boca es decirle que su equipo ‘gallineó’. Y más en Copa Libertadores. Pero esta vez los xeneizes no reaccionaron ante la “afrenta”, quedaron chatos, son conscientes del papelón. Ellos mismos masticaban rabia: “jugamos a lo River”. Agravado porque veinticuatro horas antes River había dado una sobrada muestra de coraje ante Palmeiras; a punto estuvo de la hazaña de levantar un 0-3 en Brasil, habiendo arrinconado durante 101 minutos al Verdão en el Parque Antarctica. Con once y con diez hombres. Y así como River casi consigue la proeza —le sobraron fútbol, guapeza y situaciones— Boca se pudo haber traído cinco o seis goles de Vila Belmiro; directamente, no compitió.

Más allá de los matices, fue una semana espectacular de Copa que prestigió la competición, jerarquizó el producto ante la televisión y los patrocinadores. Un solo encuentro, uno de los 155 que componen el torneo justificó todo el desarrollo y quedará grabado por años: Palmeiras 0 – River 2. Partido que honra a la Libertadores; evocó las grandes noches coperas de los ‘60, los ‘70 y los ‘80. Palmeiras fue a la final y River a su casa, pero la grandeza no se mide sólo con resultados, también con actitud. Vimos en River el fuego sagrado que distingue al jugador rioplatense. Fueron dos horas en que estuvo en vilo el continente futbolístico.

Remontar el 0-3 de la ida en Avellaneda parecía utópico ante un grande de Brasil y en San Pablo, pero el equipo de Gallardo (nunca tan certera la asociación) salió a comerse vivo a Palmeiras y a los 44 minutos ya estaba dos goles arriba con dos cabezazos, uno matador del paraguayo Rojas y otro del colombiano Borré. Lo tenía acorralado a Palmeiras futbolística y sobre todo anímicamente. Metido en su arco, atribulado, el once dirigido por el portugués Abel Ferreira no encontró respuestas en toda la noche ante la superioridad millonaria. Poco orgullosa forma de llegar a una final. Y hubo cinco jugadas polémicas, de las que habló Sudamérica: en las cinco se falló en contra de River. Un precioso gol de Montiel y un penal a Borré estuvieron bien anulados por mínimos fuera de juego anteriores; el penal de Alan Empereur a Suárez (lo vimos unas ochenta, cien veces) nos parece falta, aunque reconocemos que es discutible. Luego hubo dos más: una equivocada doble amarilla a Robert Rojas faltando 37 minutos cuando ni había cometido infracción; y, por último, un intento de rechazo del arquero Weverton que le erró a la pelota y le pegó con su puño en la cara al chileno Paulo Díaz; claro penal que el VAR, tan minucioso en otras, no vio. Muchas veces hablamos de la suerte de River con los arbitrajes, esta vez prácticamente se le escurre una Libertadores por errores en su perjuicio. Pese al éxodo de figuras desde 2015 hacia acá (Lucas Alario, Pity Martínez, Scocco, Juan Fernando Quintero, Martínez Quarta, Exequiel Palacios y varios más) Marcelo Gallardo ha sabido mantener a River en lo alto de la consideración, con el hambre competitivo intacto. Y con juego arrollador.

Luego vino otro plato fuerte: Santos-Boca. En 1963, con Pelé y Coutinho, el Peixe le ganó la final en La Bombonera; en 2003 el Boca de Tevez se desquitó en el Morumbí sobre el once de Diego y Robinho; y en esta semifinal, aún con Tevez en cancha (casi dieciocho años después), Santos lo dejó de a pie. En Buenos Aires se había dado un abúlico 0 a 0.

En su cajita de zapatos de Vila Belmiro, el eterno club de Pelé salió a buscar el partido en tanto Boca, irreconocible, asumía una actitud similar a la de Palmeiras, timorata, defensiva, impotente. No es buen equipo Boca y le quedaba grande el traje de finalista, pero se le esperaba otra respuesta espiritual. Flaqueó feo. El Santos que será recordado por sus dos bajitos -Marinho 1,68 y Soteldo 1,60- le ganó 3-0, que tranquilamente pudo ser el doble. Que el fútbol evoluciona lo marca este hecho: la camisa 10 que durante 20 años fuera de Pelé ahora es de un venezolano, Yeferson Soteldo. Y la lleva bien. Marcó un golazo que terminó de derrumbar a Boca.

La idea de que pudiera reeditarse una final entre Boca y River salpimentó el último tramo de la Copa. Se dio todo lo opuesto, definirán Palmeiras y Santos. Y aunque están llenos de historia, de tradición, no despiertan lo mismo que los Primos. Ahora parece una definición descafeinada. Sin distinción de colores y nacionalidades, todos los hinchas hubiesen preferido otra final entre Boca y River. Con fallas, con limitaciones, la pasión que ponen los equipos argentinos los torna atractivos en competencia, sobre todo en juegos eliminatorios. Ni hablar si llegan al choque decisivo. Y estas semifinales lo grafican: impactaron más por lo que hizo River y no hizo Boca que por las prestaciones de Santos y Palmeiras, aún ganando. Siempre hay algo para ver en un Boca-River: un espectáculo vibrante como el de Madrid en 2018, que encandiló al mundo, la intensidad, la rivalidad, las broncas. Hasta las patadas son memorables en un superclásico. Lo sintetizó Juan Carlos Barberis, un discreto lateral derecho que actuó en ambos equipos en los años ’60; antes de un clásico le preguntaron cómo afrontaría el gran duelo: “Hoy dejo la sangre en la cancha, la mía y la de los contrarios”, respondió. Así juegan, por eso gustan.

Las semifinales entre brasileños y argentinos -apasionantes- reeditaron la discusión sobre si hay que quitarles cupos a ellos para darles a otros medios menos poderosos. Muchos piensan así. ¿Y eliminar a quienes dan las mejores funciones…? Parece ir en contra de toda lógica.

Santos buscará sus cuarta corona y parte con una ventaja para la finalísima del sábado 30 de enero en Maracaná: su resonante victoria sobre Boca es una inyección de fe, de entusiasmo. Palmeiras es la contrafigura, la forma tan poco elegante de arribar a la cita lo deja con dudas. En su camino quedaron Guaraní, Bolívar, Tigre, Delfín, Libertad. Cuando le tocó un acorazado como River, le tembló el pecho. Pero esto es fútbol, el único territorio donde todo puede suceder.

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Lo superó en goles no en juego

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 11 de enero de 2021 / 09:07

Con sus dos goles del domingo anterior ante el Udinese, Cristiano Ronaldo llegó a 758 tantos oficiales en Primera División. Según todas las fuentes confiables, superó los 757 impactos de Pelé. Existen, entre los distintos organismos privados (la FIFA no lleva estadísticas propias, compra servicios de este tipo a entidades o particulares) ciertas diferencias en el número de goles de varios futbolistas, sobre todo los de antaño. Pero en este caso está claro: los 758 del portugués son indiscutibles y están todos filmados. Como tampoco hay dudas de que los de Pelé, por torneos reconocidos oficialmente, son 757. De modo que, en ese rubro, Cristiano superó a Pelé.

Este escrito no intenta ensalzar ni demeritar a ninguno de los dos sino establecer un análisis de lo que esta marca significa. Debido a que decenas de millones de personas han jugado fútbol, estar entre los dos, tres o cinco primeros del escalafón mundial en un aspecto tan relevante como el gol, es un mérito excepcional. Y superar a Pelé en ese ítem -o en cualquiera-, es absolutamente notable. O Rei fue el fútbol mismo, el jugador perfecto, el único del que no puede decirse “no tenía pierna izquierda», “le faltaba cabezazo”, “carecía de gambeta”… Nada. Tenía todo. Fue un prodigio técnico, era fantasía y objetividad, lo útil y lo bello. Y si los rivales salían con el hacha, sacaba también la suya. De malos no le ganaban. Completísimo. Y, como evocaba su compañero Pepe, “Nunca jugaba mal, el día que no brillaba, igual era el mejor de nosotros”. En los tiempos del 4-4-2 actuaba como segundo centrodelantero, no de 10 como su camiseta parecía sugerirlo. Un día le dieron la 10 por casualidad, en Suecia ’58, y, como deslumbró, pasó a ser su número inamovible. Pero era delantero neto, no un nueve de estar en el área sino de entrar al área tocando. Verlo parar la bola con el pecho, en el aire, devolvía la entrada, lo mismo que las tabelinhas (paredes) con Coutinho, como tejer con aguja al crochet, un arte. Sin hablar de su cabezazo, que era 30% de frente y 70 de cuello. Con aquella la direccionaba, con el cuello la potenciaba.

Ronaldo es delantero puro, primero jugando por afuera, casi como extremo en el United; desde el Real Madrid en adelante, un atacante de diagonal hacia adentro. Y en los últimos tiempos un pescador arriba, casi desenganchado del resto del equipo, esperando cada bola que le tiren para disparar al arco, exclusivamente finalizador. Extraordinario cabeceador y rematador con derecha e izquierda, vivísimo para el desmarque, ambicioso para el gol como no hemos visto nunca a otro, hiperconcentrado en el juego, superatleta, ultraprofesional de cuidado científico de su cuerpo y su carrera. No es habilidoso ni tiene magia, hace extraordinariamente bien lo mínimo desde el prisma técnico, es simple y directo: carrera, remate y gol. Todo jugador necesita estar rodeado de un buen equipo para brillar, Cristiano Ronaldo mucho más porque no participa del armado del juego. En carácter de goleador puede superar a Pelé en cifras, como jugador está muchos kilómetros detrás.

Incluso en promedio CR7 no lo igualará nunca: el brasileño necesitó 223 partidos menos para marcar sus 757 tantos: 0,93 de media sobre 0,73 de Cristiano. Aclaremos: los famosos 1.300 goles de Pelé no existen. Son 1.283, pero sumando amistosos, giras, partidos homenaje, goles en el ejército, etcétera.

Desbrocemos números y escenarios. Cristiano ha marcado sus 758 en el máximo nivel posible, en las ligas de Inglaterra, España e Italia (los 5 primeros fueron en el torneo de Portugal). No hay un escalón más alto. Y en cuanto a selecciones, sus goles son en el ámbito europeo en momentos en que Europa ha aventajado claramente a Sudamérica.

Es importante subrayar que todas las carreras son diferentes. Di Stéfano sólo llegó a 512 y era centrodelantero, pero debe convenirse que se movía por toda la cancha, no estaba esperando que se la alcanzaran arriba: bajaba, defendía, lideraba, armaba juego y definía. Romario, pese a su físico menudo, llegó a 748 (19 en Segunda); no obstante, vale aclarar que 272 de ellos los consiguió a nivel estadual, en el Campeonato Carioca, que no es la máxima expresión del fútbol de su país; este es el Brasileirão. Algo similar acontece con Pelé: 467 de sus conversiones fueron en el Campeonato Paulista, que evidentemente no tenía la excelencia de otros torneos. No había en Brasil un campeonato nacional que aglutinara a todos los grandes de Río, San Pablo, Belo Horizonte, Porto Alegre, Paraná, Recife o Bahía, como ahora. Jugaban clubes muy pequeños, algunos rozando lo amateur; eran tiempos en que se atacaba con cinco y se defendía con tres.

Santos, gracias a un presidente histórico, captó lo mejor de lo mejor: contrató a Gilmar del Cortinthians, a Carlos Alberto del Fluminense, a Calvet de Gremio, a Mauro del São Paulo… Armó un escuadrón. Y adelante era una máquina con Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe; los demás equipos, salvo Palmeiras, y en menor medida Corinthians y São Paulo FC, eran muy inferiores. Como si pusiéramos hoy al Liverpool a jugar en la liga de Gales, arrasaría. Tomamos uno de sus mejores años como ejemplo: 1959, en que Pelé fue artillero del Paulistão con 45 anotaciones. Santos venció 12 a 1 al Ponte Preta, 8-0 al América paulista, 8-2 al XV de Jaú, 7-0 al Jabaquara, 6-1 al Noroeste, 6-1 a la Portuguesa Santista, 6-2 al Comercial, 5-0 y 5-1 a la Portuguesa de Desportos… Señaló 155 goles el Santos en ese torneo, una animalada. También le convirtió mucho a equipos como Ypiranga, Taubaté, XV de Piracicaba, São Bento, Linense, Ferroviaria… Hoy, muchos se burlan cuando alguien le marca goles al Granada, al Sassuolo, al Brighton o al Guingamp.

O Rei también marcó 37 veces en el Cosmos en una liga norteamericana inferior a la de hoy. Igual, esto no lo minimiza en absoluto porque en los torneos internacionales goleaba a Boca, Peñarol, el Milan, Benfica o el que fuera. También goleaba en los Mundiales. Pero el párrafo anterior describe a quiénes les hizo cientos de goles oficiales. Sin contar con que el fútbol era mucho más lento y se marcaba menos.

Vale puntualizar que Cristiano ha ejecutado en su carrera la astronómica cifra de 170 penales, Pelé apenas un puñado, y no porque no supiera rematar. Pasa que Cris lleva doce años entre Real Madrid y Juventus, clubes a los que les conceden toneladas de penales.

En número de goles, en millones de dólares y en seguidores en Instagram, Ronaldo supera a Pelé, como futbolista, imposible. Ni en un siglo.

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Ya no hay retorno, se viene Qatar 2022

Los hinchas podrán asistir hasta a dos partidos durante las primeras fases del campeonato

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 4 de enero de 2021 / 06:00

Le quitarán el Mundial… Compraron los votos… Explotan a los trabajadores que construyen los estadios… Habrá 50 grados de calor a la hora de jugar los partidos… Se trata de un estado monárquico sin democracia… Las mujeres no tienen derechos…

El 2 de diciembre de 2010 la FIFA anunció que el Mundial 2022 se realizaría en Qatar, un diminuto emirato 15 veces más chico que Uruguay. En encarnizada y oscura lucha de pasillos e influencias, se impuso sobre potencias como Australia, Estados Unidos, Corea y Japón. Un pigmeo les ganó la pelea. Nunca la FIFA había elegido la sede de un Mundial con semejante antelación (12 años). En esta década la pequeña nación petrolera recibió todo tipo de embates tratando de quitarle el torneo. Países poderosos, organizaciones multinacionales, ONG’s, personalidades han apedreado la reputación qatarí para doblarle la mano. Sin embargo, ese pedacito de mapa ha resistido con firmeza y diplomacia, con astucia y silencios, gambeteando acusaciones. Y ahora ya no hay retorno: salvo una catástrofe inesperada, el 21 de noviembre de 2022 se inaugurará el torneo y el 18 de diciembre, en dos años, un capitán levantará el anhelado trofeo en el estadio Icónico de Lisail, una ciudad-isla artificial de 35 km cuadrados que está siendo construida. Todo será flamante y novedoso allí.

El triunfo de la presentación qatarí (sumado a que en 2018 se impusiera Rusia sobre Inglaterra), encrespó el humor inglés y estadounidense. “¿Qué demonios sucedió…?” Arrebatarle el Mundial a Estados Unidos significa sustraerle un negocio de decenas de miles de millones de dólares. Eso motivó, aseguran, la decisión norteamericana de impulsar el FIFAgate a través del FBI. Pero Putin acalló voces montando una copa extraordinaria y Qatar ya está cerca de la orilla. Unas brazadas más y estará a salvo de todas las presiones, porque no quedará tiempo para sustitutos. En 1996 se cumplía el centenario de los Juegos Olímpicos, nacidos en Grecia, y la candidatura de Atenas parecía no tener contra posible por una cuestión de justicia y simbolismo; imprevistamente, la ciudad nominada fue Atlanta, Georgia, sede de la Coca Cola y la CNN. Esta vez Qatar logró mantenerse a flote frente a todas las tempestades.

¿Cómo será el segundo Mundial en territorio asiático…? Muy peculiar, por cierto, en un lugar sin tradición futbolera, pero con estadios futuristas e instalaciones de ensueño. El orgullo árabe, tan fuerte, estará presente en cada detalle para deslumbrar a los visitantes. Ya podemos imaginar (o no) el confort de los estadios. Aún recordamos los asfixiantes 55 grados de Chicago en el cotejo inaugural entre Bolivia y Alemania en la copa de 1994. Ello no se repetirá en Qatar pues por primera vez se cambió la fecha de disputa de mediados a fin de año, cuando el clima es más moderado. También por el revolucionario sistema de enfriamiento del que gozarán espectadores y protagonistas. En una excelente entrevista de Francisco Henao, de El País, de Cali, Fatma Al Nuaimi, directora ejecutiva de comunicaciones del Comité Organizador Local, aclaró: “De acuerdo con nuestra promesa al mundo del fútbol, hemos persistido en el desarrollo de la tecnología de climatización a pesar de que el Mundial se jugará en noviembre y diciembre, con temperaturas de 18 a 24° C”.

Gabriel Batistuta, quien jugó un año y medio en el Al-Arabí, dijo al ser elegida la sede: “Dos cosas son seguras, todo estará perfecto y será muy cómodo, en media hora se va de un estadio a otro”. Fatma corrigió un poco a Bati: “El concepto de Mundial compacto será algo nunca visto para los aficionados, que podrán asistir hasta a dos partidos durante las primeras fases del campeonato, con trayectos de una hora como mucho entre las sedes”. Desde luego, por autopistas impecables.

El fenomenal Xavi Hernández, cerebro del Barcelona de Guardiola, lleva cinco años en el emirato; se retiró allí y es el actual entrenador del Al-Sadd, de la capital Doha; está tan a gusto que piensa seriamente en quedarse para siempre allí: «Aquí hay muchas ventajas. La tranquilidad, la seguridad… No tenemos llave de casa, dejas el coche en marcha… Nuria (su esposa) incluso me dice que si podemos seguir aquí será incluso mejor para nuestros hijos. Los dos han nacido aquí. En Qatar la gente es feliz y el sistema, aunque no es democrático, funciona mejor que el de España». Xavi recibió muchas críticas por estas declaraciones. “Claro, porque él cobra 10 millones de euros al año allá”, lo fustigaron. Sin embargo, si decidiera volver como técnico del Barça, donde lo esperan con los brazos abiertos, regresaría a su casa y tendría un contrato igual o mayor.

Claro que la inmodestia de la organización para deslumbrar al mundo puede llevar a la quiebra al país, según indican sectores financieros que desconfían de la fortaleza económica de Qatar. Expertos estiman que invertirá la monstruosidad de 200.000 millones de dólares para ser el anfitrión a todo lujo, contra los 11.600 que insumió Brasil 2014 y los 14.000 de Rusia 2018. “El propio Gobierno ha reconocido estar gastando 500 millones semanales para llegar a tiempo con las obras”, informó el Financial Times. Esto se ha visto agravado por la crisis del petróleo y el estado qatarí debió recurrir por primera vez a préstamos. Pero no han querido ni por un instante quitar el pie del acelerador. «No queremos seguir dando capas de pintura mientras las personas llegan al país», señaló Ali Shareef Al-Emadi, ministro de Finanzas.

El Mundial es la gran apuesta del relativamente nuevo estado, fundado en 1971. Fatma Al Nuaimi se refirió lo que significa para ellos el torneo: “Será un honor recibir a miles de aficionados de todo el mundo, interactuando con nosotros y elaborando sus propias opiniones sobre nuestro país. Se trata de la primera Copa del Mundo en Medio Oriente y el mundo árabe, lo vemos como una oportunidad de oro para presentar nuestra región y mostrar todos sus atributos positivos al mundo”.

Debido a su mínima geografía, Qatar será una suerte de gran villa olímpica en la que se respirará fútbol en cada rincón durante 28 días. Por primera vez, aficionados y deportistas podrán permanecer en el mismo alojamiento durante toda su estancia y desplazarse cómodamente en metro entre los estadios.

Qatar ha esquivado las denuncias de los grandes tiburones, pero el gasto será descomunal. La pregunta es ¿y después del Mundial, qué…?

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El 2020: Más de cal que de arena

El 2020 ha sido un año funesto para la humanidad y desde luego el deporte no podía esquivar al coronavirus, lo sufrió horrores. Su músculo fabuloso lo hizo salir adelante, con muletas, pero ahí está, andando. Hubo pocas rosas, muchas espinas.

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 28 de diciembre de 2020 / 06:00

Torneos cancelados o suspendidos, largos meses de inactividad, fútbol sin público, estadios fantasmales, ingresos desplomados… El 2020 ha sido un año funesto para la humanidad y desde luego el deporte no podía esquivar al coronavirus, lo sufrió horrores. Su músculo fabuloso lo hizo salir adelante, con muletas, pero ahí está, andando. Hubo pocas rosas, muchas espinas.

* Pionera. La francesa Stéphanie Frappart, de 36 años, se convirtió en 2019 en la primera mujer en arbitrar una final de fútbol masculino, Chelsea-Liverpool, por la Supercopa de Europa. En diciembre de 2020, de nuevo como primera, dirigió un partido de Champions: Juventus 3 – Dinamo Kiev 0. Y estuvo impecable. Ya lo había anticipado: «Quiero arbitrar en Primera por mis condiciones, no por ser mujer». Abrió un camino, otras la seguirán. ¡Parabienes…!

* Bochorno. Del Barcelona, en cuartos de final de la Champions League: cayó 8 a 2 en Lisboa ante el Bayern Munich. De esos resultados que se recuerdan durante un siglo, por la estatura de los contendientes. Fue una masacre futbolística.

* Salvadora. Tantas veces vilipendiada, esta vez merece mención de honor: ante el derrumbe económico de los clubes y las asociaciones, la televisión salvó al fútbol. Siguió pagando y gracias a ello se pudieron cumplir los contratos de los jugadores y sostener la estructura de una industria que mueve a millones de personas.

* Paliza. El 6 a 1 de Ecuador a Colombia en la Eliminatoria. Le costó la cabeza a Carlos Queiroz, aunque para el fútbol colombiano quedarse con que es sólo un problema de técnico sería pifiar el diagnóstico. La canción de que hay un plantel maravilloso ya no suena bien. A partir de ahora hay que demostrar.

* Impacto. La sorpresiva (y no tanto) muerte de Maradona causó un impacto universal jamás visto. Y era un futbolista. Mediáticamente fue una bomba atómica: ocupó todas las portadas del mundo. “La muerte de Kennedy también”, agregó alguien. Muy distinto: ahí la noticia era el asesinato del presidente de los Estados Unidos. Si se llamaba Morgan o Williams también desataba una tormenta periodística. Y los homenajes recibidos por el 10 sobrepasaron todo lo imaginable. Ningún deportista generó tales demostraciones.

* Justicia. La elección de Robert Lewandowski en el premio The Best 2020 de la FIFA. El notable goleador polaco se quedó injustamente sin el Balón de Oro porque France Football decidió no entregarlo este año a causa de la excepcionalidad que provocó la pandemia. No podía haber sorpresas de ninguna índole: fue figura del equipo sensación (Bayern Munich), ganó los cinco torneos que disputó (Bundesliga, Copa y Supercopa de Alemania, Champions y Supercopa de Europa) y marcó 64 goles. Nunca tan merecido.

* Pésima. La utilización del VAR en muchas partes del mundo está estropeando la reputación de una herramienta maravillosa, ideada para ayudar y adecentar los arbitrajes. No lo está consiguiendo en gran medida por la ineptitud de los mismo árbitros de VAR. O por otras causas… Lo peor está en el tema de las manos en las áreas, se interpreta de muchas maneras. Y siempre se benefician los mismos (el fútbol español es un reflejo). ¿Cómo en Inglaterra sí se usa con acierto y discreción…?

* Desastre. El del FC Barcelona a nivel institucional, que fue derivando en un colapso deportivo, cuyo punto cúlmine ha sido ese 2-8 ante el Bayern. La horrorosa dirección del club determinó que por primera vez en 121 años de historia los socios sacaran al presidente -Josep María Bartomeu-. Economistas de prestigio como Gay de Liébana opinan que está en una situación gravísima, con deudas que superarían los mil millones de euros y que, aún haciendo muy bien las cosas, al nuevo presidente le demandaría cuatro o cinco años estabilizar las finanzas y comenzar un repunte deportivo. Los catastróficos fichajes son el motivo esencial del hundimiento.

* Revelación. Del fútbol ecuatoriano. Primero, con Independiente del Valle a nivel de clubes, campeón de la Copa Sudamericana en 2019 y animador de la Libertadores 2020. Luego a través de su selección, de notable presente en la Eliminatoria. A diferencia de otros medios, surgen jugadores en Ecuador, con extraordinario biotipo físico, buen fútbol y, sobre todo, personalidad. No se achican. Se apuntó como sólido aspirante a un cupo para Catar 2022.

* Freno. Tal vez fue una temporada opaca y nada más, pero este año Kilyan Mbappé detuvo en seco su evolución. Se pensó que ya era el sucesor de Messi y Cristiano Ronaldo, que el Paris Saint Germain le quedaba chico, sin embargo entró en una meseta, en goles, y sobre todo en juego. En todo el tramo final de la Liga de Campeones dio una imagen de jugador común, normal, bueno, pero sin aristas notables. Y en la final perdió algunas ocasiones de modo ramplón. Ojalá resurja con todo en 2021.

* Extraña. No sólo se suspendieron la Copa América y la Eurocopa, por primera vez en 61 años de disputa, no habrá un campeón de Libertadores en año calendario. Esta vez, el ganador de 2020 se conocerá el 30 de enero de 2021.

* Ascenso. El de dos entrenadores que subieron varios escalones en la consideración general. Hansi Flick, DT que tomó al Bayern Munich en crisis y lo convirtió de inmediato en una aplanadora. Su bajísimo perfil quizás le escamoteó el premio al estratega del año de la FIFA, ganado por Jürgen Klopp (un fenómeno, pero que también sabe moverse entre los medios y es un mimado de los periodistas). Que Flick fue el suceso del año como conductor lo saben hasta quienes votaron a Klopp. Fenomenal trabajo, campeón de todo, modesto, ubicado. El otro es Gustavo Alfaro. Tenía una trayectoria correcta, pero asumió en Ecuador y en cuatro partidos pasó a ser “el” técnico de la Eliminatoria. Estudioso, táctico, motivador, rápido de reflejos.

* Descenso. El de Alianza Lima, para muchos el equipo con más hinchas del Perú. Contó con el presupuesto más alto del torneo, fichó mucho y los hinchas de los demás cuadros decían “Bueno, que le den la copa y ya”. Pero a pesar de haber jugado todo el año sin salir de Lima, se fue a la “B”. Lo de siempre, las malas contrataciones funden clubes y los llevan al cadalso. Ningún mal es peor en el fútbol. Si no, preguntar en Barcelona por Coutinho, Griezmann y Dembelé.

* Repetida. Una vez más la Copa Libertadores será definida por argentinos y brasileños: Boca-Santos y River-Palmeiras. Si bien son nombres jerárquicos, la reiteración genera desinterés en los demás. Muchas voces dicen “Hay que hacer algo”, e insisten en quitarles cupos a Brasil y Argentina. ¿Esa es la solución, igualar para abajo? Durante 40 años se otorgaron 2 plazas por país y también ganaban los mismos. Lo que debe hacer el resto es crecer, no esperar que les corten las piernas a los grandes.

* Acierto. El de haber puesto lonas con dibujos de público y sonido ambiente de cancha en los partidos a estadio vacío. Disimula muy bien para el televidente la falta de ese punto esencial que es el público en este juego. Caso contrario, en silencio y con tribunas vacías, el fútbol sería inmirable.

* Récord. Justo al culminar el año, Lionel Messi batió la marca de Pelé marcando 643 goles para un solo club. Un número increíble en un club que es una catedral. Pero más valiosa todavía es la fidelidad: 17 años con la misma camiseta.

* Máquina. El Bayern Munich versión 2020. Grandes jugadores, colectivismo, intensidad, mentalidad ganadora, agresividad, estado físico, ambición. Todo lo que puede aspirar un hincha de su equipo.

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Cristiano y Matthaus sí, ¿Di Stéfano y Cruyff no…?

Dejar suplentes a Di Stéfano y Cruyff para darle la titularidad a CR7 y a Matthaus no cierra.

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 21 de diciembre de 2020 / 06:01

Di Stéfano y Cruyff fuera del equipo de todos los tiempos…? ¿Yashin el mejor arquero…? ¿Maldini antes que Roberto Carlos…? ¿Ningún francés en la alineación…?

A falta de Balón de Oro en este año tan luctuoso, la revista France Football armó el Equipo de los Sueños, el once ideal de la historia, elegido por 140 periodistas vinculados a la publicación. Una tarea sin duda apasionante y con mucho debate, que despertará eterna polémica. Por qué este y no aquel. Ante todo, cabe decir que el periodismo deportivo francés ha sido siempre de prestigio y muy enfocado en lo internacional, casi más que en lo local, de modo que cualquier trabajo de investigación o de opinión de su parte merece máximo respeto. Y aparte debe entenderse que hubo decenas de cracks, pero en un equipo entran once, no más. Resulta inevitable que jugadores extraordinarios se queden debajo de este tren. Veamos…

En lugar del antiguo 3-2-5 inglés, del 4-2-4 húngaro o brasileño, del más universal y moderno 4-3-3 o del actual 4-2-2-2 ó 4-2-3-1, France Football eligió once nombres sobre un extraño plano de 3-4-3. La oncena de oro quedó integrada por Lev Yashin en el arco; Cafú y Paolo Maldini marcando las bandas con Franz Beckenbauer como único zaguero; Xavi Hernández y Lothar Matthäus en el centro del campo; Pelé y Maradona en la línea de volantes, pero más adelantados y arriba Messi, Ronaldo y Cristiano Ronaldo. Tres brasileños, dos argentinos, dos alemanes, un ruso, un italiano, un español y un portugués.

¿Están bien escogidos…? Eso depende, en realidad, del gusto de cada uno. Por supuesto, los encargados del tema son analistas que han hecho una evaluación previa y habrán tenido en cuenta cantidades de aspectos, como CLASE, TRAYECTORIA, TÍTULOS Y GRAVITACIÓN en el devenir del juego. Y estos once parecen invencibles, pero sí hay objeciones. Para empezar, Yashin no está por encima de los fantásticos arqueros actuales. Siempre nos hemos decantado por Casillas, incluso Fillol marcha casi pegado a Iker. El madridista ha tenido cientos de actuaciones absolutamente descollantes, salvadoras. Y de los del momento, Neuer y Buffon, dos candados. Los guardametas de ahora son muy superiores a los de hace cincuenta o sesenta años.

Dejar de suplentes a Di Stéfano y Cruyff para darle la titularidad a Cristiano Ronaldo y a Matthaus definitivamente no cierra. Cristiano es un goleador notable y casi seguro será el mayor anotador de todos cuando se retire, pero el juego también cuenta, y en ese rubro pierde por goleada con Johan o Alfredo, quienes además de artilleros eran técnicamente mejores y tenían LIDERAZGO y CONDUCCIÓN. Además de meterla, eran arrolladores para el rival. Di Stéfano “inventó” al Real Madrid; a un club que apenas tenía dos ligas le imprimió su carácter feroz y lo convirtió en el más ganador del mundo. Y el pionero del jugador moderno, de jugar de todo en todos los sectores. Cruyff encumbró al Ajax, a Holanda y revolucionó al Barcelona. Es probable que ninguno de los 140 electores haya nacido cuando Alfredo debutó en la Primera de River en 1945. No obstante, no haberlo visto en campo no invalida del todo; hay videos y hay una dimensión de gigante que no puede soslayarse. Pero está claro que uno se inclina más por aquello que sí pudo ver.

Matthaus es casi un intruso en un once ideal. Con él acontece lo mismo que con Cristiano, Cafú y Maldini: son un prodigio de eficiencia, no de ESPECTÁCULO, un ítem imprescindible a la hora de consagrar a un número uno. Los goles y los títulos valen, la BRILLANTEZ y el TALENTO también. Es un combo de varios factores. Maldini fue un fenómeno marcando la punta, Roberto Carlos llenó los ojos de millones por POTENCIA, REMATE, OFENSIVIDAD, SHOW. Era exuberante. En el otro lateral, los títulos de Cafú, su impresionante ida y vuelta en cien metros de cancha lo sitúan bien arriba, aunque no tuvo el VIRTUOSISMO DESPAMPANANTE de Dani Alves, capaz de ser el armador de un equipo desde la banda derecha. Si hubiese querido jugar de 10, descollaba también.

Xavi Hernández está perfecto, su inclusión es un acto de justicia con el mejor volante conductor que este cronista haya visto. Sin contar logros, que los tiene por decenas, vale su manejo de pelota, su clarividencia magistral para ver por dónde debe ir el juego, si se acelera o se hace la pausa, cuándo meter el pase filtrado, un EMPERADOR DEL TOQUE con la virtud de saber tener la pelota y llevarla cuando hace falta. “Él decide cómo se juega el partido”, dijo una vez Checho Batista, agudísima definición. Jugaban veintidós, pero el desarrollo estaba dentro de su cabeza únicamente. Si jugara en un equipo con Pelé, Maradona, Di Stéfano, Messi, Cruyff, el que conduciría sería Xavi, un mariscal de campo.

Obviamente, Pelé, Maradona y Messi no tienen discusión posible. Messi, al margen de sus goles y sus diversos atributos, es el jugador con mayor VERTICALIDAD que tuvo este deporte, mérito sensacional: siempre ir para adelante pese a cualquier dificultad, estando rodeado, con o sin espacios, cerca o lejos del área, con perfil o sin él. Verticalizar (encarar) es lo más complicado del fútbol. Con Pelé se incurre en un eterno error posicional: creer que era un enganche, un volante ofensivo creador de juego. Para nada: era delantero neto. En los tiempos del 4-2-4 se jugaba con dos punteros y dos atacantes por el centro, que en Santos eran Pelé y Coutinho. En Brasil, Pelé y Vavá o Pelé y Tostão. No era de estar en el área sino de llegar al área. En México ’70, quince años después de debutar, siguió siendo punta. Sobre el final de su carrera, como todo jugador inteligente y dotado que además va perdiendo velocidad y potencia, se tiró unos metros más atrás. La confusión la genera su camiseta 10. El 10 sugiere un volante armador.

Maradona, como Beckenbauer, no exige explicación alguna. Un comentario sobre Ronaldo Nazario: espectacular, encantador, fabuloso DEFINIDOR, pero desparejo, y con tres o cuatro años de fulgor, todo lo demás fueron lesiones y mudanzas de club. Parecido a Ronaldinho, un FANTASISTA que en la élite duró tres años, los tres en el Barsa. Todos los demás brillaron al menos quince años.

Muchos preguntan por qué no están en el Dream Team Zidane o Platini, sobre todo en una encuesta realizada por franceses. Sin duda han sido fantásticos los dos, más elegante Zinedine, mucho más goleador Michel. Sin embargo, no alcanzan el escalón de Pelé, Maradona o Messi, tres de los cuatro grandes si insertamos a Di Stéfano o tres de los cinco si agregamos a Cruyff.

Como once de plata fueron preferidos Buffón; Carlos Alberto, Baresi y Roberto Carlos; Zidane, Pirlo, Rijkaard y Di Stéfano; Garrincha, Ronaldinho y Cruyff. Y el histórico de bronce fue con Neuer; Lahm, Sergio Ramos, Paul Breitner; Platini, Neeskens, Didi; George Best, Thierry Henry y Marco Van Basten. Hay para satisfacer todos los paladares. Y lo último: Neymar no figuró en ninguno de los tres equipos. Un futbolista excepcional que por actitudes infantiles no termina de encajar en el gusto universal.

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