Voces

Wednesday 30 Nov 2022 | Actualizado a 09:12 AM

‘Utama’, amor y muerte

/ 5 de octubre de 2022 / 02:24

Es imposible ver Utama y no acordarse de Wiñaypacha (estrenada en el Festival de Cine Radical 2019 y con un paso fugaz y silencioso por la cartelera comercial). Ambas dialogan, son espejos por donde sobrevuela el cóndor, el gran protagonista. Utama es una tierna/cómplice historia de amor. Un amor largo y duradero, como los de antes; hasta que la muerte los separa a Virginio y Sisa. Un amor de miradas y silencios, también de imposiciones (él pasta las llamas, ella debe cargar el agua desde lejos).

En la película del peruano Oscar Quispe Catacora ( fallecido el año pasado con 36 años), dos abuelitos (Phaxi y Willka, Luna y Sol) viven a 5.700 metros de altura, en la cordillera de Carabaya, Puno. En la del boliviano Alejandro Loayza Grisi, vemos a dos abuelitos, Sisa (Luisa Quispe) y Virginio (José Calcina), también en duras condiciones de vida. En Utama aparece un nieto llamado Clever (Santos Choque), un “listo” que quiere rescatarlos hacia la ciudad; en Wiñaypacha, el hijo se desconecta de la raíz, igual que en Utama. En las dos obras, el hombre y la mujer (chachawarmi) luchan contra todos, contra la hostilidad del lugar y la sequía, contra el frío y el olvido.

Los cuatro (Phaxi, Willka, Sisa y Virginio) poseen una conexión con la naturaleza que hemos perdido. Unos tejen el tiempo, otros hilan ese vínculo con lo sagrado. Phaxi convoca al viento hualaycho para esparcir la quinua y su hermana —Sisa— repite la imagen. Los cuatro suben a las apachetas, ora para brindar ofrendas, ora para pedir esa lluvia anhelada. En Wiñaypacha, la mujer convence al hombre, es la que anda; en Utama es al revés, es el hombre que se mantiene vivo gracias al caminar junto a sus llamas, las grandes protagonistas, siempre coquetas y orgullosas.

Es imposible hablar de Utama y no acordarse de la historia del cine boliviano. Es otro diálogo. Loayza Jr. charla con esa Sebastiana Kespi que vuelve en la obra de Jorge Ruiz, con ese Sebastián Mamani/Reynaldo Yujra que regresa para morir/danzar en La nación clandestina de Jorge Sanjinés, con ese Elder Mamani/Julio César Ticona que también tose y se ahoga en El gran movimiento de Kiro Russo. La ciudad como condena, el campo como salvación; la ciudad como refugio, el campo como castigo.

El debut de Alejando Loayza (con 36 años) es cine íntimo. Utama nos deja reminiscencias del mejor cine japonés; un trabajo con actores naturales que da un barniz documental al mejor estilo neorrealista con el fin de encariñarnos con sus personajes; un especial cuidado por la fotografía; unos inevitables paisajes y sus consecuencias psicológicas; y un tono crepuscular de western. Las campanas de la iglesia señalan el sendero. Ese caminar inicial hacia el horizonte es puro John Ford. Por usted van a redoblar las campanas, don Virginio. Es también cine político que deja preguntas más allá de la muerte: ¿y la vida digna?, ¿y esos pozos que no se hacen?, ¿y ese Estado ausente?, ¿y esos urbanitas que odian a estos protagonistas?, ¿quién corta las alas de Virginio, el cóndor, antes del sacrificio final?

Si Wiñaypacha es más triste y osada es porque compone con prácticamente una sola toma y 96 planos fijos. Es un desafío mayor, sin músicas, sin efectismos, sin buscar esa imagen preciosa para armar un envoltorio poético/mágico en el que resbala a ratos sin caer Utama. Si la película del boliviano es más esperanzadora (y convencional con banda sonora de Cergio Prudencio y tema de la inevitable Verónica Pérez) es por ese presagio/ milagro de lluvia final. ¿Por qué no se traduce la canción de Luzmila Carpio, esa oración al señor cóndor?

Utama es una historia de muerte, de sagrada y digna muerte. Virginio se va en su ley, respetándose a sí mismo y a sus creencias, dejando un legado, hasta las últimas consecuencias. Utama habla más de eutanasia que de cambio climático. Cruzar solo el camino del lago es para valientes.

Nada se parece más a la aymara Wiñaypacha que la quechua Utama. Son afinados ejercicios de estilo, tan estudiados en planos y composición que la historia a ratos pareciera que queda sobrando. Nuestras almas extraviadas están en esas montañas, en esos lugares sagrados. Somos esas llamas que se pierden y son halladas, esas piedras, illas de esperanza. Somos ese sombrero de fina estampa heredado con orgullo, esa lluvia que de tanto ser implorada con la siembra y el corazón, cae. Somos esas señales mágicas que hemos dejado de leer. Somos ese hielo que desaparece con nosotros. Somos la última mujer que queda y resiste.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo

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Cinco mujeres y un libro

/ 30 de noviembre de 2022 / 01:23

Enheduanna es la señora del amor.

Safo tiene nombre de puta. Aspasia es la hetaira por excelencia. Hiparquia, la cínica. Y Sulpicia es poeta, todas las poetas. Por el libro El infinito en su junco: la invención de los libros en el mundo antiguo de Irene Vallejo pasan mujeres que escriben cuando las mujeres no escribían. Pasa la lectura como ritual, pasan historias de librerías, pasan libreros y ladrones de libros; viaja la memoria, el eros y la revolución. Todo se hace comestible con humor, ese ingrediente que nos diferencia de las bestias y de los fascistas.

En la página ciento y trece me detengo para sonreír. Irene Vallejo narra una anécdota sabrosa. En los años 70, la editora Ana María Moix almuerza en Barcelona con los capos del boom. ¿Te imaginas en un restaurante a Vargas Llosa, Gabo, Bryce Echenique, Donoso y Edwards? Parece el inicio de un chiste: van dos peruanos, dos chilenos y un colombiano a comer… Los seis se enfrascan en una charla tan amena que se olvidan de pedir. El boliche tiene la costumbre de recibir los platos por escrito en una comanda. El camarero, enojado por la tardanza, pregunta: “¿Es que nadie en esta mesa sabe escribir?”.

Vallejo cuenta la broma para poner de manifiesto que (casi) todos, hoy en día, leemos y escribimos. Hace unos siglos no era así. La escritura y la lectura eran un privilegio. Ahora es “natural”. Aunque solo escribamos listas de mercado o cosas que hay que meter en la maleta antes de un viaje largo. “Primero las cuentas, luego los cuentos” (Irene dixit). Las historias que ponemos en un papel o en una pantalla, reales o inventadas, son un refugio; esas verdades y esas ficciones nos salvan; son esas palabras que nos permiten sobrevivir al sinsentido. Son los libros de ayer que homenajea Vallejo con un estilo ágil, erudito y entretenido; son nuestros compinches para cancelar el tiempo, para que el dolor desaparezca por un rato.

Por eso, el libro nació preparado para el viaje y la aventura. Por eso, leemos en silencio, de manera mágica y misteriosa, como un hechizo. Aunque no fue siempre así. Ni lo es. En Cuba entré hace 25 años a una fábrica de puros habanos y los trabajadores escuchaban a una compañera —mientras liaban tabaco— leer en voz alta fragmentos de una novela. Era El siglo de las luces de Alejo Carpentier. “Que todos podamos amar el pasado es un hecho profundamente revolucionario”, dice Irene Vallejo.

Enheduanna es la señora del amor. Es considerada la “Shakespeare de la literatura sumeria”. Escribe himnos y cantos para su diosa favorita, Inanna, divinidad lunar del amor y de la guerra. Se mete en política y acaba en el exilio. ¿Cuántas Enheduannas conoces? “Safo —lo cuenta ella misma— era bajita, morena y poco atractiva”. Es otra mujer que escribe cuando las mujeres no escribían. Y menos poemas épicos y amorosos. Se suponía que para hacer el amor y la guerra estaban solo los hombres. A Safo por escribir poemas eróticos la acusaron de puta, de provocadora. Y eso que su falda no era corta. El papa Gregorio VII ordenó quemar todos sus libros por peligrosos. Aspasia es otra hetaira. De yapa, extranjera y rebelde, como Medea. Pericles rompe su matrimonio de linaje para irse con ella. A la primera no la quiere; a Aspasia, sí. Es lista, buena oradora y besa a su enamorado por las calles de Atenas. Otra inmoral. Aspasia también escribe los mejores discursos de Pericles; no por nada Sócrates la llama “maestra”. Hoy, sus textos se han perdido y sus frases son atribuidas a otros; hombres, por supuesto. ¿Cuántas Aspasias desconocemos?

Hiparquia de Maronea es otra transgresora, filósofa para más señas, de la escuela cínica. Lo deja todo para vivir en la calle con su amante Crates. Prefiere leer a pasar horas de horas en el telar. Tampoco pudo dejar nada escrito aunque los antiguos le dedicaron una biografía en sus diccionarios de filosofía, la única entrada con nombre de mujer. Serán otros quienes cuenten su historia.

Sulpicia es otra mujer notable, rica. Es de la “jai” de la Roma del emperador Augusto. Por su casa pasan tipos como Ovidio. Se da el lujo de escribir y solo seis poemas suyos han sobrevivido al olvido, atribuidos hasta hace poco a su tío Tibulo. Tiene un amor prohibido, Cerinto, un esclavo. De su amor clandestino solo quedan esas palabras, palabras que hace siglos eran dominio exclusivo de los hombres. Hay más mujeres valientes en el libro de Vallejo, mujeres como Cornelia o Julia Agripina, que se atrevieron a escribir, a leer en público, en la plaza, en el mercado, en el ágora. Si alguien lee en voz alta para ti es que desea tu placer, el mismo placer que regalaron al mundo estas cinco mujeres y este libro de Irene Vallejo.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Dos victorias y un poeta

Ricardo Bajo

Por Ricardo Bajo

/ 28 de noviembre de 2022 / 23:10

OPINIÓN

El “profe” Alejandro Cordio canta (siempre canta): “vamos a la playa, oh oh oh”. Los chicos del Club Always Ready hacen trabajo regenerativo en la playa chipriota de Vathias Gonias.

Los pocos turistas ingleses que toman el sol miran con incredulidad la escena. Una veintena de jóvenes bolivianos se mete al mar. Para muchos es la primera vez. El preparador físico chileno Cristóbal “Chucha” Rivas congela el instante con una foto y luego se hace una “selfi”.

Es el día después de los dos primeros partidos de la gira de la “banda roja” por Europa. El utilero William Vera también termina en el agua, arrojado por los muchachos. Se respiran aires familiares en la delegación albirroja.

En la cena de la noche, los chicos festejan a la mesa que más aplaude y baila. La buena onda se traduce al día siguiente en la primera victoria. No es un rival menor. Es el puntero de la liga de Chipre, el Pafos F.C.

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Los jugadores posan para las cámaras con la tricolor y la whipala, los dos símbolos nacionales. El “score” de la cancha de Kouklia dice que el equipo alteño ha ganado por dos a cero con goles de Moisés “Viru” Paniagua y el haitiano Jayro Jean, dos de los asombros del “tour” por su gambeta fácil, talento natural y velocidad.

El Pafos F.C. es de los pocos clubes del mundo que en su heráldica lleva el rostro de una persona. No es cualquiera, es un poeta y un revolucionario. Luce patillas y se llama Evagolas Pallikarides, guerrillero del EOKA contra la ocupación británica de la isla; ahorcado en 1957 tras ser sorprendido con armas en las alforjas de su burro.

El presidente húngaro Roman Dubov invita a los dirigentes del CAR a visitar la Academia del club tras la victoria boliviana.

Al día siguiente es domingo. No hay baño de cábala en la playa pero igual va a llegar otra victoria. La víctima es el Hapoel Acre F.C. de la segunda división de Israel.

El técnico Oscar Villegas repite “eleven” (Roca; Medina-Vaca-Robles-Valda; Arce-Vedia; Robson-“Viru”-Jean; Romero). Los “Piratas del Caribe” (Jayro y Dorny) se buscan, se entienden; bailan bachata. El gol es de Romero, a pase de Jean.

El lunes, tras jugar tres partidos en tres días con casi el mismo onceno, llega una derrota injusta. El Hapoel Tel Aviv, sexto en la primera división israelí, aprovecha el cansancio inicial de los bolivianos.

Cuando el CAR entra en calor, solo la falta de puntería evita una remontada merecida. El marcador dicta sentencia inapelable: tres a uno.

El tanto lo hace el central paraguayo David Robles, un verdadero “káiser” en la zaga central con apetito de goleador. El equipo ha sido otro cuando en la segunda parte ha entrado el “cinco” Santiago Arce.

Sobre el final, Shavit Mazal, un jugador israelí, se fractura el diafragma tras un choque y se queda sin aire, como los rivales en Villa Ingenio. Quedan aún dos partidos en la isla. Después volamos a Milán/Milano.

(28/11/2022)

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Un siete por Twitch

Ricardo Bajo

Por Ricardo Bajo

/ 23 de noviembre de 2022 / 15:52

Luis Enrique Martínez García, el seleccionador de España, es un “streamer” exitoso. Una semana antes de arrancar el Mundial se estrenó en esta nueva manera de comunicar.

En su primer directo, tuvo nada más y nada menos que 150.000 espectadores a través del omnipresente Twitch.

El técnico de la “Roja” mantiene una relación tensa con los medios de comunicación y desea responder, en sus propias palabras, de “forma amena y tranquila” a los hinchas de la selección española. ¿Por qué no puede tener esa relación relajada con la prensa? Porqué los espectadores de Twitch no hacen preguntas molestosas ni plantean debates indeseados. ¿O es para marcar agenda y apoderarse también del poder mediático?

Luis Enrique sigue la moda de Piqué, otro hombre de fútbol que ha optado por la comunicación sin intermediarios con las y los aficionados.

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El Twitch del ex técnico del Barsa tiene obviamente sus ventajas: conocemos mejor su personalidad, sus opiniones, sus decisiones, se habla de fútbol sin tapujos… Y es evidentemente más “entretenido”.

Parece que la sociedad de consumo nos conduce por esta vía de no retorno: la farandulización, el “show” por encima de todas las cosas. Ya me quiero imaginar al “Loco” Soria de “streamer”.

Pensaba en esto mientras veía este miércoles como se metían una y otra vez, hasta siete, las pelotas en el arco del pobre Keylor Navas, uno de los mejores arqueros de mundo durante el partido España versus Costa Rica.

Luis Enrique, autoproclamado mejor técnico del mundo, es terriblemente exigente consigo mismo. Ha construido un equipo a su imagen y semejanza. Se ha dado el lujo de no llevar a Qatar a jugadores como Sergio Ramos, Iñigo Martínez, Iago Aspas, Sergio Canales, Borja “Panda” Iglesias… Y cuenta con futbolistas que ni siquiera son titulares en sus equipos.

Es decir, privilegia la idea de juego que tiene y con ella escoge a sus mejores ejecutores, sin importar apellidos ni clubes a representar. ¿Cuántos hinchas fuera de España saben donde juega Dani Olmo?

La primera media hora fue una lección del estilo Luis Enrique: posesión y posesión (más de 500 pases en 45 minutos), presión, toque y toque; búsqueda de los espacios y eficacia absoluta (siete remates, siete dianas).

Quizás hayan sido los mejores 30 primeros minutos del Mundial. Esto no quiere decir nada pues esto recién comienza.

El odiado Mundial ha tenido un arranque imposible de imaginar para casi todos: derrotas de Alemania y Argentina, goleadas de temer de Inglaterra y Francia.

Luis Enrique batirá todos los récords en su próximo directo de Twitch. Algo está cambiando en el mundo del fútbol moderno (tan odioso por su mercantilización atroz y la venta de su alma al diablo) y en el universo de la comunicación/periodismo. Me temo que es para peor. Otro día hablaremos de Gavi, Pedri, Ansu, Nico y compañía.

(23/11/2022)

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Ecuador, la utopía (im)posible

Ricardo Bajo

Por Ricardo Bajo

/ 20 de noviembre de 2022 / 15:27

Ecuador fue a su primer mundial en 2002. No pasó de la primera fase. Repitió cuatro años después en Alemania y clasificó a octavos. En ese partido se traicionó así mismo y jugó creyéndose menos ante una pobre Inglaterra con David Beckham y Michael Owen de estrellas. Su tercera Copa del Mundo llegó en Brasil 2014, eliminada al quedar tercero en su grupo tras Francia y Suiza. Este es su cuarto Mundial y la cosa pinta mejor.

Gustavo Julio Alfaro, el técnico argentino que asumió en plena pandemia, ha escrito un libro. Se llama “Cazadores de utopías imposibles¨. Parece el título de una antología de legendarios exploradores en búsqueda de territorios desconocidos, de oasis sin nombre, de selvas ocultas.

El Mundial 2022, comprado-corrompido por el vil dinero, se juega en Qatar, una monarquía absolutista que ha ganado terreno al desierto y ha perdido en libertades y derechos. A nadie le importa. No es el primer torneo que se disputa en un país controlado por una dictadura. Somos capos en mirar para otro lado.

Cuando la Federación Ecuatoriana de Fútbol contrató al hijo de Johan Cruyff, Jordi, para dirigir a la selección, éste renunció nada más comenzar y dijo: “no hay proyecto estable”. Llegó en enero de 2020 y se marchó en julio. Le pagaron por 52 días de trabajo, no por los siete meses. Por aquel entonces, un club como Independiente del Valle ya había ganado la Sudamericana.

El éxito del fútbol ecuatoriano puede ser graficado con el ejemplo de Independiente, que en 2009 era un club de segunda. Antes, el “milagro” se llamó Liga de Quito. Las dos palabras que explican todo son trabajo y planificación. Las otras dos claves son: reingeniería institucional y unión de los dirigentes, de todos, sin importar colores.

Independiente labura con mimo sus divisiones inferiores, tiene a 120 chicos estudiando primaria y secundaria en sus instalaciones; forma personas antes que jugadores. Es un ejemplo en modelo de gestión y “scouting” de futbolistas. En la victoria de Ecuador en el debut contra Qatar, este equipo valluno aportó seis titulares.

Los de Alfaro, ex técnico de Boca, mostraron una superioridad aplastante en la primera parte ante una Qatar pseudo-amateur, desconectada. Luego sacaron el pie del acelerador y la Tricolor perdonó un “score” abultado (uno de sus hándicaps es la falta de gol). Se jugarán el pase con Países Bajos y Senegal. Este puede ser su Mundial, si se atreven. Cuando llegó Alfaro, los “referentes” le sacaron el apoyo, entonces el argentino apostó por la juventud. Nadie puede quitarle a Ecuador la chance de volver a soñar. Esta vez no debe ponerse límites, esta vez la utopía puede ser posible.

(20/11/2022)

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El novio paceño del nazi Röhm

/ 16 de noviembre de 2022 / 00:56

Ernst Julius Günther Röhm no fue un nazi cualquiera. Fue el cofundador y comandante de la Sturmabteilung, las SA (las tristemente famosas “camisas pardas”, la “Sección de Asalto” del partido nacionalsocialista alemán). Fue también ministro sin cartera del gabinete de Adolf Hitler. Vivió en La Paz entre finales de enero de 1929 y octubre de 1930, casi dos años. El historiador y periodista Robert Brockmann — en su libro Soldado, rebelde y marica: Ernst Röhm en Bolivia— sostiene que los dos únicos personajes de talla mundial que actuaron en la Bolivia del siglo XX fueron el Che Guevara y Röhm. Klaus Barbie no clasifica como figura notoria mundial, por si acaso. De manera atrevida, Brockmann asegura: “si el Che era un Quijote, —romántico pero cruel—, Röhm era un malvado Sancho Panza”.

Ernst Röhm se hace pepa de la política alemana y aparece como instructor de tropa en La Paz a finales del 28. Viene a ganarse las lentejas. ¿Qué hicimos mal para que este personaje eligiera Chuquiago Marka a pesar de sus problemas respiratorios por una herida de guerra en la nariz? Röhm será borrado de la historia tras su “suicidio forzoso” en julio de 1934 (en La noche de los cuchillos largos) a consecuencia de un fracasado complot contra Hitler.

Después de su muerte a los 46 años en la Prisión Stadelheim, los nazis comienzan su arremetida contra las diversidades sexuales. Röhm no era un homosexual cualquiera. Era abierta y públicamente gay y Hitler —al que tuteaba— lo sabía desde los años 20 cuando se hicieron amigos. Un chiste de aquellos años oscuros contaba que Hitler se escandalizó tanto al “enterarse” de la homosexualidad de Röhm tras su muerte que la gente se preguntaba: “¿cómo se va a poner cuando se entere de que Göring es gordo y Goebbels cojea?”.

Marginado en 1925 por el Führer, el muniqués, autocalificado como “monarquista bávaro”, publica antes de llegar a Bolivia su autobiografía: Memorias de un traidor. Ha sido expulsado de la Reichswehr (Fuerzas Armadas) y necesita “conocer mundo, volver a ser soldado y ver a Alemania desde afuera”. Ese afuera se llama La Paz. Una cruel paradoja para el hombre que amaba la guerra y fue padrino de los hijos del ideólogo del Holocausto.

Röhm llega a “La Hoyada” el primer sábado de enero de 1929. El mayor Wilhelm Kaiser, oficial alemán retirado y agregado militar boliviano en Países Bajos, le ha ofrecido laburo. Ganará mil pesos más bonos (el doble que un teniente coronel). Con él viaja nada más y nada menos que el general Hans Kundt para retomar su puesto de Jefe del Estado Mayor del Ejército boliviano. También está en el barco un pintor muniqués de 19 años llamado Martin Schätzl. Es su novio alemán.

Röhm —que se enemista rápidamente con Kundt— vive en la casa de Cipriano del Carpio en la calle Loayza, esquina Camacho. Brockmann especula en su citado libro que pudo haber tomado un cuarto en la misma calle en casa del poeta Franz Tamayo. “Schältz no es homosexual pues prefiere la compañía de mujeres pero al parecer, según se desprende de los escritos del exjefe de la SA, no se hace mayores aspavientos en hacerle el ocasional favor sexual a Röhm” (Brockmann dixit). Aprende castellano rápido (ya sabe francés y latín). No encuentra “su clase de amores” en La Paz (“parece que mis gustos son aquí desconocidos”) hasta que conoce a Alberto Llanque, su novio paceño, trabajador gráfico, su futuro secretario. “Los muchachos, en gran parte acá, son muy guapos”.

Röhm es arrogante, impulsivo y de carácter irascible. No admite un no como respuesta. Y menos en la cama. Tiene ojos verdes y ha adelgazado en La Paz. Luce un bigotito hitleriano a pesar de los pesares. Camina siempre hasta el Estado Mayor en la calle Campero donde funge como comandante del regimiento. En las reuniones con la colonia alemana y sus cuates militares bolivianos, toca al piano viejas baladas románticas de su tierra natal. Alberto Llanque presta su servicio militar en el mismo cuartel. Va a gozar de todo tipo de privilegios (alcanza el grado de sargento en un solo mes) “gracias” a las noches y los placeres compartidos.

Llanque ocupa el lugar del pintor Schältz que en septiembre de 1930 expone paisajes, retratos y estudios arquitectónicos en los salones del Club Bancario, “una honra al arte alemán” (dice su “tío Ernst”). Röhm nunca dejó de utilizar la estrella de seis puntas con corona de laureles, insignia típica del Ejército boliviano, en su uniforme de las SA hasta el día de su muerte. Y nunca olvidó las habilidades amatorias del secretario más hualaycho de su “hermosa Bolivia”.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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