Voces

Thursday 22 Feb 2024 | Actualizado a 17:15 PM

De tigres, luto y celebración

/ 3 de diciembre de 2023 / 00:20

“Si no lo sientes, no lo entiendes”. Eso decimos los stronguistas cuando se luce nuestra euforia negra y amarilla en el estadio antes, durante y después de un partido. Quienes vimos partir de esta tierra a papá o a mamá decimos a las y los hijos que conservan todavía los dos troncos de su existencia que agradezcan poder reír juntos o sencillamente tomar un teléfono y escuchar su voz. “Si no lo sientes, no lo entiendes”. Me ha tocado despedir físicamente a mi papá hace cinco meses y aunque llevo en el corazón la tranquilidad de saber que se fue casi sin darse cuenta y al mismo tiempo la enorme satisfacción de que vivió envuelto en su propia alegría y su gran libertad, hay uno que otro reproche. El más recurrente es que le faltaron exactamente cinco meses (ni un día más) para ver al Tigre campeón este 6 de diciembre. Habría roto el encierro y lo habría llevado a la cancha. ¡Esperamos siete años para volver a levantar esa copa!

La alegría de comernos este campeonato, comprendan, no tiene que ver solo con fútbol. De hecho, no escribe estas líneas la voz de la experiencia ni la voz del saber. Escribe estas líneas una hija que nació stronguista por decreto. Se trata de una identidad, de una pasión que baja desde los abuelos. Y contra eso no se lucha. Se asume. Se cumple. Se vive hasta la muerte. Además de tener un tigre sellado en el certificado de nacimiento, está una historia que explica las rayas de nuestra camiseta. Un origen mágico bien bordado por mujeres que dio identidad al mundo gualdinegro; un capítulo imborrable cuando transformamos Cañada Esperanza en Cañada Strongest dejando un campeonato prácticamente ganado para combatir, jugadores, dirigentes, hinchas, en la Guerra del Chaco; más tarde, la tragedia aérea de Viloco que se llevó a casi todo el plantel, sentenciando desde la muerte y sobre el suave pelaje del tigre que nuestro destino es caer, pero sobre todo levantarnos. Sufrir, pero sobre todo alegrarnos con euforia. Este espíritu stronguista está escrito en libros de historia, en libros de fútbol, en crónicas periodísticas, en relatos literarios, registrado en películas, grabado en poemas, sellado en canciones, inmortalizado en dibujos infantiles, tatuado en mi corazón.

La alegría de comerme este campeonato, comprendan, va mucho más allá del fútbol. Para la hija de Néstor Benavente, ver estallar de negro y amarillo la Curva Sur es el reflejo de una niña que llega al Complejo de Achumani en el auto de su papá y camina de su mano sobre el cemento pintado con las rayas del campeón mientras escucha mil veces por qué los tigres hemos nacido para luchar.

La alegría de comerme este campeonato, comprendan, es descubrir por qué, cuando entré por primera vez al departamento de mi papá después de su ligera partida, lo primero que jaló mi cuerpo fue la mirada de ese enorme tigre de peluche acomodado en una altura.

La alegría de comerme este campeonato, comprendan, es recordar con nitidez lo que el hincha Benavente me dijo en su último año en este mundo: puedo estar un tiempo en un cementerio, pero después quiero que lleven mis cenizas al arco del Strongest. Desde julio que pienso que Viscarra sí puede solo pero que mi papá reforzará por siempre nuestro arco, chicos.

La alegría de comerme este campeonato, éste como ningún otro, comprendan, es volver al poema The Strongest de Julio de la Vega:

“Era una multitud sin alegría y el alumbre del Sol en vano era; cuando la noche oscura con el día se dieron a volar con su bandera Se dieron a volar porque nacía, una coral de tarde dominguera, sentada multitud de idolatría al puntapié inicial sobre la esfera; Y el tigre estaba ahí, desde ese entonces, los fantasmas del tedio exorcisando en una voluntad que fueron once y fueron mil y miles más y son ahora desde Zelada hasta Alarcón volando una sola emoción que enluta y dora…”

La alegría de comerme este campeonato 2023, comprendan, es finalmente lograr entender que mi papá no morirá mientras yo viva, mientras yo sufra y me alegre, mientras yo caiga y me vuelva a levantar, como dictan las rayas del gran felino que nos une, stronguistas, en una incomprensible emoción que enluta y dora. Enluta y dora. Hoy, como nunca, mi pecho es negro y dorado. Negro y dorado. Somos campeones, carajo.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

Temas Relacionados

Comparte y opina:

La muñeca y el General

/ 11 de febrero de 2024 / 00:25

Difícil saber cómo llegamos a esa conversación. Lo cierto es que mi mamá recordó con ternura, con nostalgia, con un poco de pena, que cobraban diez centavos. ¿Qué cobraban diez centavos?

Era una de esas casas del centro paceño, en la calle Sucre, que podía cobijar a varias familias. Los patios y la ausencia de televisión e internet reunían a los chicos que, para ejercer su niñez, hacían un círculo alrededor de una choca que pasaba de mano en mano clavando su ruido en la mente de todos ellos. Sin embargo, no era tan fácil llegar a uno de esos patios comunes donde reinaban el juego y la chacota porque había primero que burlar la mirada vigilante de doña María que, detrás de su máquina de coser, tenía la misión de, además de terminar camisas para la marca Manhattan, controlar que esos pequeños del vecindario no se disparen sin ton ni son, como le encargaban las madres que tenían que salir. No quedaba otra que arrastrarse debajo de la cámara de sus ojos para llegar al piso de abajo, donde había una carpintería que al final de la tarde, terminada la jornada de trabajo de los obreros, quedaba vacía. Y así se convertía en el gran escenario donde se presentaba el teatro de títeres. Mi madre, a sus siete u ocho años, era ya la asistente. Llevaba las sábanas para dar forma a la carpa que dejaba una ventana hacia el público; la ventana donde se desplegaba el espectáculo. La muy joven asistente seguramente ayudaba a armar el teatro y recuerda con claridad que pasaba los muñecos a su hermano mayor, Pepe, y a su amigo Pepe también, quienes estaban a cargo de manipular los títeres e interpretar las múltiples voces de los personajes de las historias. ¿Qué historias? Los cuentos que leíamos, las historias que circulaban un poco en todo lado. Cuentos de hadas, leyendas y, con seguridad, improvisaciones de los pequeños artistas. «Había un pastor que buscaba a su llamita: ¿Dónde está mi llamitaaaa…?» recuerda la asistente imitando las voces; con esta escena llegan también al presente las risas explosivas del público. ¿Qué público? ¿Quiénes eran? “Los chicos que vivían allí, los chicos que entraban de la calle, los niños de todas partes…” A todos ellos se les cobraba los diez centavos para asistir al teatro de títeres. La asistente cobraba la entrada. ¿Y de dónde compraban los títeres? Los hacía su hermano mayor, Pepe y su tocayo amigo de la vida. Juntaban papel periódico, harina. ¿Había periódico en esa casa? Había, gracias al papá de Pepe Aguilar, que trabajada en la Alcaldía: de allí llegaban los ejemplares para convertirse en materia prima. Harina, había en cualquier casa. Con un poco de agua, Pepe moldeaba los personajes. Con los pedazos de tela que sobraban de los trabajos de costura de mi abuelita, como por arte de magia, aparecían los trajes de Drácula, de la Caperucita Roja, del lobo, de la bruja, de la llama, del pato, de la gallina que escapaba del lobo, del pastor que buscaba su llamita… Sábado y domingo eran días privilegiados para ocupar más tiempo la enorme carpintería de don Martín, el judío que fabricaba muebles. Así, esa vieja casa se convertía, en minutos, en el gran teatro donde se reía y se esculpía la niñez de mi madre, de sus hermanos y los amigos del barrio.

El talento, la voluntad y la rigurosidad de mi tío Pepe para montar una representación con títeres al poco tiempo se tradujo en interpretar Los pollitos dicen o composiciones españolas en una vieja guitarra con una sola cuerda. ¿Se puede? Después él se las arregló para conseguir las cuerdas faltantes y dedicar todos sus años a tocar la guitarra; después se las arregló para entrar a la Academia de Policías; se las arregló para obtener las mejores notas con su compañero Oroza y recibir una beca para completar su formación policial en Buenos Aires; después se las arregló para concluir su carrera como General verde olivo; se las arregló para ser uno de los comandantes de la institución; se las arregló para estudiar derecho paralelamente y ejercer más tarde como abogado; se las arregló para ser el alma de las reuniones de amigos de la infancia, amigos de la Policía, amigos de todos los planetas. Son esos mismos amigos que vimos llegar al velatorio de mi tío José Manuel Parada Grandi esta semana. Este General quedó hace un tiempo debiendo a mi papá una botella de whisky, una apuesta, claro. Se la pagará allá. Y volverán a reír allá los dos. Volverán a vivir allá los dos. Esta dulce alegría y el recuerdo de una muñeca de cabello negro y vestido a cuadros que mi tío me regaló en una plaza de Potosí son los que han dictado este íntimo sentimiento que no puedo dejar de compartir con ustedes en este domingo de carnaval triste.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

Comparte y opina:

La A, su noche y su día

/ 28 de enero de 2024 / 00:10

Amanece y anochece. Poco cambia. Y poco se habla de una guerra que no termina entre Rusia, Ucrania y un elenco de terceros países con directos intereses económicos y políticos en un eclipse geopolítico con pronóstico reservado. Esta semana, el titular hablaba de un avión derrumbado que era abordado por prisioneros ucranianos. ¿Lo leyó usted también o lo soñó esta A insomne?

Amanece y anochece. Nada cambia salvo los muertos que no forman parte de fuerzas armadas, en Gaza, que suman entre el día y la noche. Sus cuerpos se amontonan en las fotografías que llegan, vía agencia de noticias, a este periódico donde el equipo periodístico debe optar entre las nuevas pero ya familiares imágenes de una ciudad martillada por los bombardeos o la de la madre abrazando el cuerpo de su hijo que no tiene dónde ser sepultado o la de los chicos que se juegan todo alrededor de un plato de comida fría.

Amanece y anochece. Para Ecuador es más lo que anochece que lo que amanece. Los últimos turnos del poder elegido en las urnas no han podido cerrar la ventana para que se estrelle en el vidrio el crimen organizado, el transnacional e indolente narcotráfico. Las víctimas son siempre las piezas más expuestas al daño: los chicos que juegan en el patio de la pobreza y terminan en las cárceles, con sus tatuajes desnudados, atados al lado de criminales sin arrepentimiento; los asesinados a sangre fría mientras conducen su coche; las y los ecuatorianos que perdieron, de la noche a la mañana, su libertad y su seguridad.

Amanece y anochece. Poco o nada cambia. Los desacuerdos, la polarización, los miedos, las broncas y el baile de los precios no aflojan en Argentina. Como si faltaran problemas, horas después del primer paro contra las medidas del nuevo presidente Javier Milei, al primer mandatario no se le ocurrió mejor idea que gastar su tiempo y su atención en un desmedido, torpe y poco inteligente agravio al presidente colombiano llamándolo “comunista asesino”. El entonces candidato libertario ya había lanzado que “un socialista es una basura” y un “excremento humano”. Madre mía.

Amanece y anochece. También en el país amanece y anochece aunque parece que anochece y anochece. Las tormentas políticas, una vez que cerramos los teléfonos celulares, apagamos la televisión o limpiamos nuestros vidrios con LA RAZÓN de ayer sin haber llenado el crucigrama, vuelven como fantasmas silenciosos a instalarse con sus preguntas. ¿Cómo pueden decirse tanta barbaridad entre masistas? ¿En qué momento el acompañante de fórmula electoral de Luis Fernando Camacho se transformó en un “enemigo masista” para el ala camachista de Creemos? ¿En qué momento Evo Morales fue bautizado por sus propios compañeros como el centro de todos los males? ¿”Huyeron al primer cuetillo” son expresiones que de verdad salen de boca de propios masistas? ¿Carreteras bloqueadas por evistas al gobierno de Luis Arce? ¿Los evistas son la nueva derecha, por lo tanto?

Ni amanece ni anochece, bajo mi techo, sin que los míos me pregunten si tenemos gasolina en el auto; si me di cuenta de los discretos incrementos en el precio de la comida de nuestros gatos y en el café; si no conviene comprar más enlatados porque las colas, en las carreteras, de esos camiones con pobres animales adentro o con combustible, se transformarán en carencias concretas en nuestra cocina; si no haríamos bien en comprar dólares. Para lo último, algunos bancos tendrían que entregar las remesas que mandan los familiares en dólares y no dejarlos fuera del país.

Ni amanece ni anochece sin que llegue, por lo menos una vez al día, la pregunta oscura que sobrevuela estos tiempos: ¿imaginamos que este inicio de 2024 nos pillaría entre guerra con bombardeos sobre inocentes, con derrumbes de aviones, con hambruna, con narcotráfico mostrando abiertamente sus dientes, con presidentes insultando a sus pares como delincuentes en un bar de mala muerte, con jueces abiertamente corruptos en pleno día, con deslealtades y mezquindades políticas jugando con nuestra economía de país y de familia, con la muerte de mujeres en manos de sus parejas o exparejas en pleno enero, con ancianos que apenas caminan y cuya sobrevivencia depende de las monedas sueltas delante de un semáforo? Así nos pilla este domingo, con un desánimo cuyo único lado bueno ha sido el salvar la columna de la fecha huérfana de tema y de emoción.

Amanece y solo amanece, sin embargo, para el ekeko que habita la biblioteca, regalo de mi amigo Édgar Arandia (columnista que no está escribiendo en estas semanas porque tiene que poner su talento a cuidar su salud). Amanece y solo amanece para este ekeko y su warmi que me han escuchado con paciencia el 24 de enero. ¿Será porque les invité con resiliencia y cariño el singani de este 24 de 2024? ¿Será porque he llegado, con mi bolsa de deseos bañada en vino y pétalos amarillos pero sobre todo empapada de determinación, firme, a pedirle, con plena convicción, enderezar lo chueco, llenar lo vacío, tejer juntos la plenitud? Sí, es por eso.

 Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

Cuero de chancho

/ 14 de enero de 2024 / 01:16

Quienes no somos médicos, en algún momento nos preguntamos cómo hacen los galenos para trabajar al lado de la enfermedad, al lado del dolor, tratando de esquivar la muerte de sus pacientes. Nos preguntamos si en algún momento no se les desgasta la sensibilidad. O si algunos profesionales no han canjeado su vocación por un rentable modelo de negocio. Ojo, la medicina no es el único campo del conocimiento que siempre está abierto a este debate. El mundo de la justicia es otra ruleta rusa que gira sin mirar el tejido íntimo de cada conflicto, sin percibir los latidos de los sentimientos de cada matrimonio roto, sin registrar los factores subjetivos y objetivos de cada proceso, los lados claros y turbios que no calzan en las figuras predeterminadas de una justicia que funciona con figuras y esquemas que le quedan siempre chicos a cada conflicto humano irrepetible. En el caso boliviano, una justicia presa de una evidente miopía y de rodillas frente a los tentáculos de la corrupción, esta sí bien blindada por la falta de voluntad política hace décadas y décadas. Pese a ello, siguen taladrando las preguntas: ¿cómo duerme un juez que libera a un feminicida?, ¿cómo pasa la Navidad otro juez que por un puñado de dinero dictó una sentencia sin dar la palabra a una contraparte?

El periodismo es otro mundo complejo. Si bien es cierto que el coro general de la sociedad se entera, se alegra o sufre (las más de las veces) con las noticias cotidianas, cuando se harta de la vorágine informativa puede desconectarse, desenchufar su tele, o cambiar de dial, o evitar las redes informativas y quedarse con los gatitos en TikTok, sumergirse en su cotidianidad, en su trabajo, en su pasatiempo, en su serie o en su libro o refugiarse en la paz de su jardín o la ternura de la plaza cuando las noticias llegan al nivel del cansancio.

Las y los periodistas tenemos un cordón umbilical con las noticias. Difícil soltar el hilo del acontecer del país o del mundo. ¿Habrá algún colega (por lo menos en América Latina) que logre soltar las noticias cuando se va de vacaciones? ¿No se preguntarán, desde el mundo ajeno al periodismo, si cuando redactamos notas sobre la multipolar guerra entre Rusia y Ucrania o sobre las muertes de civiles en la Franja de Gaza, o sobre los niños que se duermen mirando un video de You- Tube de gente comiendo papas fritas y con el estómago vacío, o cuando actualizamos las estadísticas de las mujeres que son apuñaladas por sus parejas o exparejas, no se ha transformado nuestra piel en cuero de chancho?

De acuerdo, no todas las noticias son malas. Están las maravillas de la naturaleza, está la fiesta del fútbol (cuando una Federación de Fútbol no secuestra un campeonato), está la creación de sentidos desde el arte, está el talento de jóvenes extraordinarios, está la solidaridad de colectivos por causas justas… Sin embargo, hay que admitir que la información está dominada por las consecuencias de las guerras, de los genocidios, por los abusos de los uniformados militares o policiales, por los abusos sexuales contra las más expuestas, por las crisis económicas, por los enfrentamientos políticos, los índices de criminalidad, por la inseguridad…

Estos últimos días, nuestros ojos, con lentes periodísticos o no, se llenaron de las imágenes ecuatorianas. Las quemas de vehículos; los asaltos en medios de comunicación; la huida de la cárcel de Fito, líder de la banda delictiva Los Choneros; la militarización de un país que no se reconoce a sí mismo; las amenazas que circulan en los medios, los desplazamientos del narcotráfico que avanzan sin pasaportes y penetran las fuerzas policiales, militares, los partidos políticos, las capas de la pobreza, la fragilidad de jóvenes, adolescentes y niños huérfanos de techo, de alimentación diaria, de salud, de educación, de bienestar. El narcotráfico, la mezquindad política, la corrupción, la violencia sin alma, los grandes intereses que ni siquiera tienen bandera sobrevuelan sobre los huérfanos de esperanza.

Esta A se acuesta con un pensamiento en el Ecuador más humano, en el verdadero pueblo y se despierta con un pensamiento en la foto de ese joven quiteño (tal vez), con ropa vieja, custodiado por otros dos jóvenes ecuatorianos vestidos de militares, con caretas de calaveras, empuñando armas de guerra. Hay una sola buena y pequeña noticia íntima: escribir estas líneas con un nudo adentro quiere decir que en este rincón hay piel que siente y no cuero de chancho.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

Comparte y opina:

2023

/ 31 de diciembre de 2023 / 00:56

En estos últimos días, el aroma de la Navidad y los preparativos para recibir el 2024 se han sentido también en nuestras páginas de papel y nuestras hojas digitales. LA RAZÓN sigue lamentando el paréntesis que por motivos personales acaba de abrir nuestro columnista Pablo Rossell. Agradeciendo su agradecimiento, deseamos que retorne para regalarnos reflexiones que siempre estuvieron más allá de la economía. Las palabras de fin de año de otro columnista, el arquitecto Carlos Villagómez, subrayando el sano muro que lo separa del espacio editorial invitan a mirar el conjunto de la ciudad para ver con mayor claridad el rostro de nuestra casa. Eso intentaremos este domingo 31: mirar el conjunto.

Sin embargo, si usted está esperando un texto con “lo bueno, lo, malo y feo de 2023”, ya puede ir a probar mejor suerte a otra columna de éste, su periódico. Lo que le sale a esta A que está cerrando con dolor las puertas de este año es más bien ganas de compartir lo que la balanza del sentimiento quiere pesar y evaluar. Por lo tanto, esta última columna dejará el micrófono al corazón.

Año triste. Rusia, Ucrania, Israel, Palestina. No es admisible que la guerra siga siendo una palabra que se tenga que escribir para describir la irracionalidad humana, el retroceso, la ausencia del respeto por la vida. Las imágenes de la Franja de Gaza son una vergüenza para el mundo. El estado ambiental al que hemos arrinconado a este planeta amputando nuestros derechos, los de los animales y de la naturaleza es otra vergüenza. Las crecientes diferencias entre ricos y pobres, las inmorales movidas geopolíticas de los últimos tiempos, la inmisericorde crisis económica que desborda a casi todos los países, la decreciente confianza en los sistemas democráticos, los imperdonables errores de las izquierdas, los ascensos de las extremas derechas son las piezas de un collar que amenaza con apretar el cuello de inocentes.

Año triste. También en casa y en el barrio. Las peleas masistas, los quiebres internos en las oposiciones políticas bolivianas, la inseguridad creciente en las calles latinoamericanas, las leyes de los narcos sin fronteras, la votación por Milei, las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en nuestros países sin que nadie pueda hacer algo, los enormes retrocesos en los procesos educativos, el abandono de los libros en un reino de la borrachera del feis, el tiktok, el huatsap o el insta son las huellas que nosotros mismos hemos dibujado con gran entusiasmo este año que ya tiene las maletas hechas.

Año triste a secas. Justo cuando el reloj de este año marcaba las 12, o sea, entre la cola de junio y la cabeza de julio, se fue mi papá, como la Cenicienta, dejándome a media noche, dejándome en media noche. Como la Cenicienta, por salir corriendo, sin darse cuenta de que se iba y con la satisfacción de haber vivido más alegre que nadie, dejó en las escaleras una de sus zapatillas. No era de cristal, como la del cuento. Era una zapatilla deportiva. La misma que lo convirtió en un basquetbolista campeón del gran Ingavi, la misma que lo llevó a las canchas de tenis, la misma que se puso para sus coberturas periodísticas en mundiales de fútbol, la misma con la que entraba a los camerinos de su club del alma, el único club que sabe salir de la cancha para ir a la guerra, el único que se levanta de una tragedia aérea como la de Viloco, el único que sabe levantarse después de siete caídas, el que levantó la Copa 2023 exactamente cinco meses después de la partida del hincha Benavente. El Dúo Yanai compuso Zamba hasta el cielo que hoy hago mía. Canto esta zamba para llegar a unirnos en una canción/que se escuche esta zamba triste/hasta el cielo donde tú estás/ y cantando voy a decirte/ me haces falta y te extraño papá/ cantando en cada verso siento tu alma/ susurrándome al oído/ que estarás en mi camino/con tu música en mis sentidos/tu canto con mi canto van cuidando/ a los verdes ojos bonitos/ que sueñan con rencontrarte/para amarse a un mismo latido.

Año triste para los míos. Mi amiga Erika vio partir a su mamá este 2023. Mi amiga Karen vio partir a su mamá este 2023. Por lo tanto, en esta Navidad tan oscura, la más triste de todas, yo no estaba sola. Adivinarán que el abrazo de este año entre nosotras fue diferente. El abrazo de esta Navidad con mis dos hermanos fue diferente. El sol que sale para nosotros ya no es el mismo. El 2023 será un antes y un después. Por eso estamos listos para el 2024. Como escribió mi amigo Jean Paul, “con el corazón y sin temor”. Con el corazón y sin temor.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

Comparte y opina:

Guerra y menstruación

/ 17 de diciembre de 2023 / 02:55

Este 12 de diciembre se publicó una nota proveniente de la agencia de noticias AFP. La información se genera en la ciudad de Rafah, Palestina. Una noticia que no tiene que ver propiamente con Hamás ni con el ejército israelí. Mientras la portada de LA RAZÓN destacaba que Israel declaró que su guerra en Gaza contra Hamás continuará “con o sin apoyo internacional”, pese a las presiones de sus propios aliados, como Estados Unidos, el periódico Extra, de la misma casa periodística, hablaba sobre las mujeres de Gaza y la menstruación. No les extrañará, entonces, que la nota sea firmada por Mai Yaghi y Wafaa Essalhi, dos periodistas mujeres.

Una parte del mundo mira indiferente en sus pantallas el lejano espectáculo de la guerra; otra parte mira con dolor y absoluta impotencia el horror de la guerra. Solo la mitad del planeta que somos las mujeres entendemos en su justa dimensión lo que es el estrés de la menstruación. A este estrés solo hay que sumarle la guerra.

De este infierno nos hablan Mai y Wafaa. Además del miedo ante la muerte, además de la enorme bronca cuando se ha perdido lo que se tenía, además del dolor de ver a los niños y niñas sufrir la pesadilla de una guerra en pleno siglo XXI, las mujeres en Gaza deben lidiar con el “estrés adicional de la menstruación”. Pocos pensaron en algo tan básico, tan humano, tan sensible. Estas mujeres, mientras se escriben estas líneas, no tienen otra que utilizar pañales o trozos de tela (como en siglos pasados) y vivir en sus propios cuerpos condiciones humillantes y estar totalmente expuestas a infecciones.

En este lugar tan lejano para nosotros se ha desplazado, calculan, el 80 por ciento de los habitantes. Hoy en Palestina hay muy poco alimento, reina la escasez de agua. ¿Qué podemos esperar de los productos sanitarios?

«Corto la ropa de mis hijos o cualquier trozo de tela que encuentro y lo uso de toalla sanitaria», explica Hala Ataya, de 25 años, en la ciudad sureña de Rafah, a donde muchos han huido, cuenta la noticia. Esa misma mujer que admite que solo puede bañarse cada dos semanas. Estamos hablando de una entrevistada que estuvo forzada a dejar su casa en el campo de refugiados de Jabaliya, en el norte de Gaza, la misma que después se instaló en una escuela administrada por la ONU donde el inodoro y la ducha deben ser usados por cientos de personas. Sí, por cientos de personas.

«Hemos vuelto a la Edad de Piedra». Éste es el mejor titular para describir las calles de Rafah, una ciudad contigua a la frontera con Egipto. El hedor es nauseabundo en el inodoro, las moscas llenan cada hueco de desesperanza.

La ciudad, un día detrás de otro, se va cubriendo de basura. Es la vergonzosa postal para “la comunidad internacional”: un inmenso campo de refugiados que llegan escapando de la muerte, sacudiéndose la sangre, despidiéndose de sus muertos y muertas. Éste es el paisaje de fondo que rodea a las mujeres que, cuando menstrúan, sienten vergüenza. Samar Shaloub tiene 18 años y le cuenta a la periodista sobre su humillación: “No hay seguridad ni alimento ni agua, no hay higiene. Me da vergüenza, me siento humillada”. No es para menos, en refugios con una ducha para cada 700 personas y un inodoro para cada 150.

La guerra se desencadenó, en este último episodio, tras el ataque sin precedentes del 7 de octubre de combatientes de Hamás, quienes mataron a unas 1.200 personas en Israel, en su mayoría civiles, según autoridades israelíes. Y la respuesta del ejército israelí ha dejado unos 18.200 palestinos muertos, en su mayoría civiles, según las últimas cifras del Ministerio de Salud de Hamás en Gaza. El mundo se ha vuelto loco y esta demencia y pérdida de corazón no deja ver la inmundicia en la que mujeres como Samar no acceden a productos sanitarios. No queremos pensar en los trapos que deben improvisar cuando les viene el período. Las noticias hablan de escenarios estériles en la ONU y no hablan de las infecciones de piel, de la falta de jabón, la ausencia de privacidad, del sacrificio de madres que comen y beben menos para dar a sus hijos. Los 15 kilos que perdió son solo un pequeño dato en estos tiempos de guerra, pocos hablan del precio duplicado de los pañales desechables que las mujeres cortan en dos, la higiene personal es una batalla diaria que las noticias casi no recuerdan.

Y justo ahora vuelve a la mente un pequeño video en el que representantes diplomáticos de Estados Unidos, Unión Europea y Canadá en Bolivia levantan, en un jardín paceño, carteles con las palabras: justicia independiente, libertad de pensamiento, libertad de prensa, presunción de inocencia, libertad de expresión, educación, cultura, libertad, derechos humanos. Hoy, con esta noticia, encuentro el sentido profundo de cada palabra. Y si tengo que quedarme con un solo cartel, que sea el de derechos humanos, sin ninguna duda.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista. 

Comparte y opina: