Tuesday 4 Jun 2024 | Actualizado a 02:54 AM

Ruido de balas

En Guayaramerín, cada tanto, alguien muere o cae herido cosido a disparos. Cuando esto ocurre, la primera víctima casi siempre es laverdad, como en la guerra.

/ 9 de diciembre de 2013 / 15:39

Estamos a 9 de octubre y en estos momentos tengo entre las manos cuatro fotografías. Más bien: la fotocopia a color de cuatro fotografías. En las imágenes, hay un cuerpo tumbado en una camilla —un cuerpo vivo, el de un niño de 13 años— y dos pies ensangrentados que se extienden sobre bandejas plateadas de cirujano. Más bien: dos pedazos de algo que antes fueron pies. Porque no se parecen en nada a ningún pie que haya visto antes: están hinchados, lucen como una gran bola de sebo de color rojizo, apenas son reconocibles. Lo único cierto es eso: que hay cuatro fotografías y que, en ellas, hay dos pies que no volverán a ser los mismos. Todo lo demás son especulaciones: chismes.

Fabricio Flores Chayana —el dueño de los pies, el niño— fue tiroteado por un militar la pasada madrugada en el río Mamoré, que divide Brasil y Bolivia, es decir, que separa Guayaramerín de Guajará-Mirim. El menor iba en una barca que partió del lado boliviano con rumbo al brasileño alrededor de las dos y media de la mañana. El menor —que iba acompañado— supuestamente contrabandeaba. El menor —y el resto de los ocupantes de la embarcación— fue interceptado por la Fuerza de Tarea Conjunta de la Armada Boliviana, que realiza con frecuencia operativos nocturnos para combatir el narcotráfico y el contrabando en estas aguas que a veces se tornan turbulentas. El menor, a continuación, fue baleado. Recibió ayuda después en la banda brasileña; y lo evacuaron de emergencia a un hospital de Porto Velho —también en Brasil—. Corría el riesgo de quedarse sin sus dos piernas.

En Guayaramerín son ahora las cuatro y unos minutos de la tarde y decenas de personas —mototaxistas, comerciantes, otros vecinos— protestan frente a la unidad de los Diablos Azules de la Fuerza Naval, que queda a pocas cuadras del puerto. Llevan carteles sumamente explícitos: “cualquier perro es de la Fuerza de Tarea”, “queremos justicia”. Se han reunido aquí porque, al parecer, el autor de los disparos está en la base. Porque temen que se dé a la fuga. Porque, según ellos, hechos como éste son constantes.

Claudia Chayana, madre de Fabricio, también está acá, junto al tumulto, con una polera blanca sin mangas que está adornada con un puñado de palabras simpáticas: “amor”, “sorte”, “money”, “peace”. Y no tarda en contarme su versión de lo sucedido con su hijo hace unas horas. No es la única. Escucharé otras muchas en los próximos días: diferentes, parecidas.

“Fabricio estaba ahí para ganarse unos cuantos pesitos —dice la mujer mientras trata de sobrellevar el sofocón producto de la angustia—. Él fue al puerto porque aquí (en el pueblo) no hay fuentes de trabajo; y de alguna manera uno tiene que conseguir el sustento. Allí, un hombre le dijo: ‘Vamos’. Fabricio fue a cargar (a una barcaza), y luego salieron a Brasil; de eso viven muchos por acá, de pasar cosas hacia el otro lado, pero él sólo colaboraba”.

“Cosas”: ropa americana usada, mercadería barata, a veces cocaína, a veces combustible. Eso es lo que se suele trasladar a través del Mamoré desde que cae la noche hasta el alba. Seguramente, nunca se sabrá qué “cosas” cruzaron con Fabricio. No hay evidencias: la barca, cuando la incautaron en el lado brasileño, ya no tenía adentro nada de nada.

“Los militares aquí están acostumbrados al abuso —comenta un rato después Claudia, rodeada de gente, a pocos metros de todo el barullo—. Le dispararon y luego ni siquiera lo socorrieron. Nos tratan así porque somos pobres. Si yo tuviera dinero, estoy segura de que el cojudo que le metió bala ya estaría entre rejas.

Dicen que mi hijo llevaba droga, que los que estaban con él iban armados, pero todo es mentira. Se lo inventaron”.

Poco a poco, frente a la unidad castrense, los ánimos se caldean: algunos echan petardos dentro; otros hacen volar piedras y ladrillos que convierten los cristales de la construcción en vidrio hecho pedazos; los más gritan: ¡Entraremos, carajo!, ¡Fuego, fuego, prendamos fuego¡ Hace mucho calor: la mayoría está en sandalias. Las motocicletas hacen sonar sus tripas. “Cuando nos enojamos acá, nos enojamos grave”, dirá una chica.

Dos días después, el imputado, de apellido Huanca, sería trasladado por orden judicial hasta el penal del pueblo, un carceleta precaria, chica y provisional que ya excedió su capacidad y que podría quedarse sin luz muy pronto por culpa de las facturas impagas.

La historia de India
No es la primera vez que Guayaramerín amanece con la resaca de una historia truculenta. Estamos a 10 de octubre y en la fotografía que sujeta con una mano India Méndez posa una familia. En ella, son cinco: India, su esposo, sus tres hijos, caras risueñas. Lo dicho: una familia.

Hoy, la escenografía es otra: ha cambiado mucho desde que se tomaron esa imagen a color en la que todos se ven contentos. India, de 45 años, ha adelgazado y no parece la misma. En medio del pasillo de la casa en la que viven, hay ahora una silla de ruedas que pertenece a su hijo Huguito (así lo llama ella), de 18 años —en la foto, Hugo está de pie, abrazando a su hermana; cuando la sacaron, la silla de ruedas no existía—. El esposo de India yace bajo tierra: lo asesinaron. Y la fotografía ya no es lo que fue: un objeto lleno de significados; ahora es simplemente un recuerdo fugaz, un instante difuso.

“Nunca entenderé bien lo que ocurrió. ¿Por qué nos tuvo que pasar algo tan terrible? ¿Por qué? Yo nunca he matado, nunca he robado, y tampoco le conocía a ese señor que nos disparó”, dice India como si estuviera pensando en voz alta, la foto a un costado, los ojos hundidos.

Ese señor que les disparó se llama William Durán Bustencio, está preso y era militar. El 9 de agosto de 2011, el día que apretó el gatillo, se hallaba en “Villa Inés”, un salón de eventos que manejaba por aquel entonces India. Durán participaba de un festejo, junto a un grupo de devotos, en honor a una Virgen. “La de Copacabana”, aclara India.

“A las dos de la mañana, Gunnar, mi marido, recibió una llamada en su celular: era mi hijo Hugo, que nos pedía que corriéramos a su pieza. La fiesta aún seguía, pero nosotros nos habíamos echado a dormir un ratito antes. Fuimos volando hasta el cuarto de Hugo. Y allí, encontramos a este señor, a Durán Bustencio.

Estaba desnudo. ‘¿Te ha tocado? ¿Te ha tocado?’, le pregunté a mi hijo. ‘No, mamá, no’, me dijo. Pero yo no le creía y le pegué al señor con la hebilla de un cinturón. Al poco, mi esposo me contuvo. Hubo una trifulca. El señor se fue. ‘No te preocupes más por él. Está borracho. Ya lo buscaremos mañana para aclarar lo que ha pasado’, me dijo Gunnar. Y nos volvimos a acostar”.

“Dos horas después —prosigue India—, escuché unos gritos aterradores. Eran mis hijos. Fuera estaba oscuro y silencioso. Abrí la puerta de su habitación y lo vi.

Era ese Bustencio. Había regresado. Y entonces todo pasó en segundos. ¡Pum! Mi esposo me protegió y vi cómo una bala lo atravesó de lleno. Cayó. ¡Pum! Yo me aparté, pero casi me impactó otro tiro. El hombre corrió y salí a atraparlo. Luego, agarré a mi hijo Hugo: ‘Ayúdame, ¿por qué te has quedado quieto sin hacer nada?’, le dije. Ahí vi que estaba mal y recién enloquecí. Una bala le había destrozado el hígado. A mi cuñado, Juan, también lo baleó, en el colon. En esa parte tiene él una cicatriz. A continuación, nos fuimos al hospital. Yo sabía que mi esposo estaba muerto. Mi hijo había perdido mucha sangre, pero lo pudieron salvar.

A Bustencio lo detuvieron en la terminal de bus a las siete de la mañana. Quería huir a La Paz. Llevaba gorra, lentes de sol. Había cuatro uniformados escoltándolo. Pero la Policía se movilizó temprano y evitó que escapara”.

Desde la silla de ruedas, Hugo sigue el relato de su madre casi sin parpadear. El adolescente que sonreía tímido en la fotografía es ahora un muchacho tetrapléjico que estudia Derecho a pesar de que le dijeron que aquí “a los abogados los matan”.     

“Así es en Guayaramerín —asiente India—. Éste es un lugar como para tenerle miedo. Hace unos días, mataron a un tipo en una riña de gallos. Toda la vida ha habido eso: balaceras en los locales nocturnos, en las peleas de gallos, en todo lado. Todos los meses hay ajustes de cuentas por el tema narco. A veces, vienen sicarios del Brasil, asesinos a sueldo que hacen su ‘trabajo’ y desaparecen. El año pasado asesinaron a una concejala por denunciar corrupción en la Alcaldía. Y mucha gente va armada, incluso mis amigos. La violencia ha ido en aumento. Basta un empujón en un boliche y ya. Si ya un hombre se cree más macho cuando está con tragos, con tragos y armas es el Señor”.  

“Yo ahora veo una bala, aunque sea en una película, y enseguida vuelvo a pensar en lo que pasó. Aún me cuesta mucho asumirlo. Recién, tras muchos meses, he logrado cortar la medicación que tomaba para dormir porque sé que tengo que buscar un equilibrio”. Después del crimen, India estuvo un año peregrinando a Santa Cruz para que operaran varias veces a Hugo, a fin de garantizar su recuperación. Los gastos médicos ascendieron a un millón y medio de bolivianos. “Un dinero que yo no tenía —dice India—. Más bien me ayudaron. Aunque vivimos en un sitio sin Dios ni Ley, cuando uno lo necesita, la gente responde. Y el pueblo se encargó de todo: centavo a centavo”.  

India no se siente con fuerzas para volver a caminar por “Villa Inés” y le pide a su cuñado Juan que me acompañe. “Villa Inés” tiene ahora otros inquilinos, pero la propiedad luce casi igual que hace dos años: incluso hay algunas huellas del asesinato de Gunnar. En una de las paredes, un boquete de bala forma todavía parte del “decorado”. Tras el incidente —se lamenta Juan—, la desgracia se cebó con ellos: “entraron a ‘Villa Inés’ cuando no estábamos y nos robaron casi todo, hasta el tendido eléctrico”.

Luces y penumbras

Volvamos otra vez a las imágenes en las que Fabricio —el muchacho de los pies ensangrentados— es protagonista. En ellas, hay partes mejor iluminadas: las piernas, las bandejas plateadas. Y otras que lucen en penumbras: la cabeza, el torso de Fabricio.

Cuando se saca una fotografía, cuando se hace clic, siempre hay un instante en que se queda todo negro, una transición entre el momento en que aparece la escena en el visor y el momento en el que se refleja en la pantalla luminosa de la cámara. Se trata, por lo general, de milésimas de segundo. En el caso de Fabricio, sin embargo, el “instante en negro” se extendió varios minutos: la barcaza, los tiros, la hemorragia, la desesperación, el dolor agudo, la foto-finish (es decir: el niño, sus pies como enormes patas de elefante).  

La única prueba contundente de lo que ocurrió en el Mamoré aquella madrugada es la embarcación, que ahora se pudre al sol en un garaje policial del lado brasileño. Parte de su casco está astillado. Tres orificios atraviesan su madera. Y al frente de los agujeros, una mancha seca color gangrena es la única señal de que a Fabricio lo hirieron.

Más allá de eso, no hay ninguna otra “verdad” que se sostenga. Sólo, maneras de “mirar” que se contradicen, reconstrucciones más o menos “interesadas” de los hechos. 

Según un informe de las Fuerzas Armadas de Bolivia que llegó a mis manos a través de una autoridad brasileña que pidió el anonimato, el 8 de octubre, a las 23.30, la Fuerza de Tarea Conjunta recibió una llamada en la que se dio la alerta sobre una barca de madera tipo peque peque que cruzaría el Mamoré entre las 02.30 y 03.00 con droga. Según el documento, a las 02.40 se avistó el bote y se procedió al abordaje. Según el documento, los militares, que iban en un deslizador, dieron el alto, nadie paró y fueron recibidos con dos tiros. Según el documento, el peque peque tenía cinco tripulantes y transportaba ilegalmente 1.200 litros de gasolina. Según el documento, uno de los contrabandistas llamó por celular a su contacto en el lado brasileño y dos barcazas partieron de la banda del país vecino en su auxilio. Según el documento, poco después, arremetieron contra el deslizador de la Fuerza de Tarea para hundirlo. Según el documento, el uniformado a cargo de la seguridad del equipo, al ver que estaban acorralados, disparó a uno de los costados del peque peque para tratar de defenderse. Según el documento, luego los soldados bolivianos se replegaron. El informe, en ninguna de sus líneas, menciona a Fabricio. Y el comandante de la naval Fernando Morón nos comentó en su oficina que no haría ninguna declaración al respecto.

Para Alejandro Vargas, abogado de la madre del menor, la realidad fue muy diferente. “Primero, sucedió todo en aguas brasileñas y no en internacionales; y los uniformados no debían haber disparado porque estaban en territorio extranjero. El peque peque llevaba un motor de cuatro caballos de fuerza, que no se puede comparar con el de un deslizador, que tiene más de 500. Entonces, mal podía haberse parado de inmediato. Los tripulantes aseguran haberse puesto de pie, sin mostrar resistencia. Y a pesar de eso, usaron contra ellos un fusil del tipo M16, un arma que sólo debería utilizarse en situaciones de guerra. Por otro lado, han denunciado que en el peque peque había combustible de contrabando. Pero no han podido demostrarlo. Se está intentando armar un proceso para beneficiar a los de la Fuerza de Tarea, pero este pueblo no es tonto: no se chupa el dedo”, dice.

En Guayaramerín, aquella fatídica jornada sonaron las campanas de la iglesia. “A veces, se tocan para informar. Es la forma de avisar aquí cuando hay problemas  —explica Clement Kata, sacerdote, 32 años oriundo de la India—. Ésa es la costumbre”.

La madre de Fabricio

A Fabricio, sus amigos le dicen cariñosamente El Gordo, pero ahora no siente el peso de los kilos de más, sino el del cuarto de hospital en el que se encuentra recluido. Su madre dice que el niño a ratos no quiere comida, que está triste, que aún le dan sedantes para que duerma.  

Estamos a 13 de octubre, en el barrio Juan Evo Morales Ayma, lleno de casas que fueron levantadas gracias a un programa social de vivienda que buscaba beneficiar a gente de escasos recursos. Todas lucen igualitas: patio, ladrillo descubierto en la fachada, ambientes un  tanto polvorientos que hacen las veces de cocina, de sala de estar, de dormitorio.

Claudia —polera holgada, cabello recogido, uñas pintadas, bolsón atravesando su sobaco y amarrado al cuello—  está sentada en una silla del recibidor. A su vera, hay unas tijeras, algunos papeles, un mando a distancia, una mesa en la que seguramente almuerzan. En la pared, no hay ni una sola fotografía de Fabricio.

“Las fotos no le gustan mucho”, dice Claudia.

“Mi hijo pasaba mucho tiempo en el puerto —comenta a continuación mientras se acomoda un par de pelos traviesos —. Allá todo el mundo lo quiere. Yo tengo un pequeño peque peque con el que trabajo haciendo fletes durante el día y él de vez en cuando me acompañaba. Allí, cargaba motores, mercancías. Se ganaba de a bolivianito por cliente. Cuando le iba bien, hacía 30 o 40 en unas horas. Y él estaba muy orgulloso de eso”.   

“A Fabricio lo ha criado mi madre, su abuela, que es la que ahora está junto a él en Porto Velho. A mí me reclama, pero yo tengo que quedarme aquí para juntar plata”.

Según Claudia, Fabricio disfruta con las pelis de Jackie Chan, con los dibujos animados y, sobre todo, con el fútbol. “Pero quién sabe si volverá a jugar algún día, si le amputarán o no alguna de las piernas”, titubea. Ella espera que se concrete una indemnización para afrontar dentro de poco la rehabilitación de Fabricio. Y pide que no se olviden del niño.

Epílogo

Estamos a 25 de noviembre y, entre las fotos que tomé en Guayaramerín —abiertas ahora en mi computadora—, hay un jurista que guarda un revólver de doble salida en su oficina. “Por si alguien intentara amedrentarme”, dice. Hay un activista llamado Jimmy que trabaja con pandilleros tatuados, con menores embarazadas, con adolescentes que, a cambio de unos pocos pesos para comprar algo que llevarse a la boca, se echan a un hombre encima sin pensarlo demasiado, con exdrogadictos —como lo fue él— que buscan una segunda oportunidad en estas tierras calientes de la Amazonía. Hay un locutor de radio que afirma que acá se lleva combustible al lado brasileño hasta en botellas de dos litros. Hay una señora de canas profundas que se quedó sin hermana porque la cosieron a tiros.

Entre las que no tomé, hay un hombre extraño sin una oreja que dice que aquí uno consigue lo que quiera y donde quiera: cocaína, marihuana, mujeres y niñas para divertirse en la cama un rato, pistolas, granadas y fusiles. Hay un cine muy bizarro que programa películas porno casi todos los días. Hay un tipo estirado con bigotito y pintas de elegante que lo atiende. Hay un hotel que recibe brasileños que vienen a Bolivia para operarse de la vista con médicos cubanos. Hay un defensor de los derechos humanos de voz aflautada que asegura que las causas judiciales casi nunca llegan a nada. Y hay un señor llamado Jerjes que aparece de vez en cuando por la tele para denunciar malos manejos de dinero, que presume de no haberse vendido nunca a nadie; y que tiene todas las boletas —todas— para convertirse en la siguiente víctima de cualquier bala “perdida”.

Si esto fuera el final de un largometraje, la voz en off diría lo siguiente: Fabricio sigue en una cama del hospital de Porto Velho, con un cuadro de anemia que impide, por el momento, una operación quirúrgica. Continuará internado varios meses. Todavía conserva las dos piernas. El militar que le disparó, según su abogado, ahora está libre, pero con medidas sustitutivas: lo han arraigado, tuvo que pagar una fianza y le han prohibido la entrada en algunos lugares públicos del pueblo. Planea irse a vivir pronto a Riberalta, donde se atiende  la causa desde hace unas semanas.  

Este reportaje ha sido posible gracias al respaldo del periódico La Razón y es el resultado de una beca de la undécima versión del Fondo Concursable de Periodismo de Investigación de la UNIR que este año está relacionada con la vigencia o vulneración de derechos humanos en Bolivia.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

El violinista que toca para combatir el ruido

El cronista Álex Ayala retrata la protesta musical de Joseba Olazabal contra el ruido

/ 31 de julio de 2019 / 00:00

Frente al dormitorio de Joseba Olazabal —pelo entrecano, camiseta a rayas, ojos marrones, 55 años— pasan todos los días camiones cisterna, coches de alta gama, camiones frigoríficos, furgonetas, camiones ligeros, semipesados y extrapesados, coches compactos, motos, caravanas. Donde antes había caseríos y animales y huertas ahora hay una autopista que conecta dos grandes ciudades del País Vasco en España: Bilbao y San Sebastián. Joseba dice que el ruido de los vehículos que la atraviesan es insoportable y que viene ligado a una serie de efectos colaterales: insomnio, ansiedad, nervios. Algunas noches, por culpa de las luces de los automóviles, la ventana de su cuarto “parece una discoteca”.

En la revista peruana Etiqueta Verde, el periodista Eliezer Budasoff comentaba que el sonido de un grifo que gotea es capaz de mantener en vela a un insomne, y que un sonido constante mayor de 65 decibelios puede generar hipertensión y elevar el ritmo cardíaco. En la casa de Joseba, una de las cosas que quiso saber su madre tras estrenar el audífono fue de dónde venía el ruido que se colaba por el aparato. Para resolver la incógnita, bastaba con abrir la puerta.

Joseba a veces protesta tocando el violín muy cerca, en la curva de Mendaro, su pueblo, en un camino a la vista de los choferes. Y a veces lo hace desde una plataforma que ha improvisado entre dos árboles, donde se mimetiza ligeramente con el paisaje.

Sus quejas comenzaron en 2015 por los accidentes viales. “En 2016, solo entre enero y marzo, conté 38”, recuerda. La empresa que está a cargo de las infraestructuras locales colocó franjas sonoras en los arcenes para tratar de evitarlos. Al poco tiempo, los choques y las salidas de carretera disminuyeron, pero los ruidos se incrementaron.

Joseba, que por aquel entonces estaba desempleado, se animó a enfrentar los problemas relacionados con la autopista mientras escuchaba el Opus 10 Nº 3 de Chopin, más conocido como Tristeza. Aunque todavía no es muy ducho tocando porque está aprendiendo, ha convertido el instrumento en una manera de hacerse oír, en una especie de Twitter; y está convencido de que la música amansa a las fieras. Algunos camioneros le saludan con bocinazos, y más de una vez le han fusilado a fotografías desde los autobuses turísticos. “Me vienen a ver como si fuera el museo Guggenheim. Deberían declararme Patrimonio Inmaterial de la Humanidad”, bromea y se ríe. La paradoja es que toca para pedir la instalación de unos paneles que se utilizan para absorber los sonidos. O lo que es lo mismo: para reivindicar su derecho al silencio.

Joseba suele levantarse a las 6.30. A las 7.00, dice, ya está cansado del tráfico y pone rumbo a un costado de la autopista. A veces toca de pie y a veces su púlpito es una banqueta de patas largas o una silla de pícnic que coloca al lado de una mesita y una lámpara. Entre las melodías de su repertorio hay folk irlandés y canciones que han sido reproducidas en Youtube miles de veces, como Despacito, que él toca para incitar a los coches y a los camiones a rodar más lento.

Algunos días repite “concierto” al mediodía y a la tarde, y en los ratos libres ayuda a su madre y cultiva tomates, lechugas y puerros.

Una de las señas de identidad del violinista son sus carteles. “Help Trump”, dice en uno de ellos porque el presidente estadounidense es experto en construir muros y eso es justo lo que él necesita. “El ruido no me deja soñar”, “I have a dream”, “Agosto no cerramos”, decían otros que utilizó en el pasado. Entre ellos, había uno que era un reclamo directo a las autoridades: “La vida es bella, a pesar de Bidegi y Diputación”.

Diputación y Bidegi son los organismos que no han resuelto aún las peticiones del violinista y otros vecinos. Según Joseba, le prometieron una medición de los decibelios, pero le han negado una copia de los estudios que supuestamente hicieron en los alrededores. “Además, han retirado varios de mis carteles, me han restringido el acceso a parte de mis terrenos con un enmallado y han amenazado con denunciarme porque dicen que despisto a los conductores”, lamenta mientras un gallo canta a lo lejos.

Como respuesta a lo que considera un amedrentamiento, hay días en que se acerca a la curva y pasea con un paraguas abierto y una cinta aislante en la boca para denunciar que quieren callarle y a veces se protege del sol con un sombrero de paja con el que parece un Quijote de nuestra época.

Comparte y opina:

Una compradora compulsiva hace limpieza

La vida de las cosas

/ 16 de noviembre de 2015 / 04:00

Daniela O., una psicóloga de 35 años con el cabello siempre bien cuidado (como si acabara de salir de la peluquería) y las uñas relucientes de una manicurista, es seguidora de más de una decena de grupos de Facebook de compra y venta: de “Fashionistas”, de “Guerra de subastas”, de “Subastas express”, de “Shopping online”, del “Club de las divas”. Su favorito es “Compradoras compulsivas”: “lo mejor del universo”, me dice. A menudo, solo husmea.

A veces, hace trueques. En ocasiones, se anima y vende algunas de sus pertenencias a través de estas plataformas virtuales inagotables. Y de vez en cuando se enamora de algún ítem de esa enorme feria que es el ciberespacio. Hace poco se antojó unos zapatos de diseñador, de segunda mano. Pero aún no los ha comprado. 

Cuando el sueldo se lo permite, Daniela O. es capaz de hacer al menos una compra a la semana en alguna de las tiendas de moda de La Paz: compra joyas, compra accesorios, compra calzados. Guarda sus collares y sus manillas más preciadas (las de plata, por ejemplo) en una caja de herramientas. Y últimamente ha tomado conciencia de la importancia de hacer limpieza y se ha dado a la tarea de vaciar armarios.

Cuando intentamos poner algo de orden en nuestros cajones y baldas con aroma a madera prensada nos solemos reencontrar con nuestro pasado. Hace unas semanas Daniela O. halló un contrato de servicios que firmó con una operadora telefónica hace 15 años —y ya lo ha botado—. Hace algunos años tuvo que “exiliar” a un peluche de un exnovio a casa de su empleada doméstica para que otro de sus enamorados no hirviera de celos. Entre las cosas que conserva hay un mono de juguete de cuando era niña que “está igual de blanco” que el día que se lo regalaron; y lo sorprendente es que aún no se ha deshecho de su envoltorio original de fábrica, de color violáceo y letras verdiazuladas.

“Siempre he sido bastante cuidadosa con todo lo que he ido adquiriendo” —asegura mientras me sirve un flan casero—. Mis Barbies están en sus cajitas y parecen nuevas”. Y algunos de sus zapatos se ven como si recién los hubieran desempaquetado. 

El cuarto de la ropa

Daniela O. tiene una habitación de paredes color crema que ha bautizado como “el cuarto de la ropa”, que está repleta de blusas, pantalones y vestidos, que es una continuación del armario de su dormitorio; y además se ha acostumbrado a no tirar las bolsas en las que le entregan cada capricho: una chompa apretada, un anillo que brilla, poleras de marca. “No sé muy bien por qué las guardo —piensa en voz alta—. Luego, esas bolsas casi nunca las uso.

Pero ahí están” (en varios rincones de su departamento, haciendo bulto). A continuación me dice que buena parte de su ajuar no ha salido de su ropero nunca. Y después comenta que, cada vez que considera que es hora de cambiar de rumbo, agarra las prendas que ya no le quedan —de cuando estaba demasiado gorda o demasiado flaca— y les busca un nuevo destino: se las vende a amigas o desconocidas, las dona a una organización benéfica o se las obsequia a algún miembro de su familia. 

Hay momentos en los que es más radical. Jornadas malditas en que prefiere meterlo todo en un tacho de basura para que un camión lo recoja y lo lleve hasta un vertedero. Sobre todo, cuando se trata de algo que perteneció antes a sus exparejas.

Según el protocolo imaginario de Daniela, cuando hay una ruptura, lo mejor es deshacerse de los cepillos de dientes, de los regalos furtivos y de los pijamas.

Un objeto es, a su manera, la fotografía de un instante (o de muchos de ellos). Y para la psicóloga es imprescindible dejar atrás aquellos que duelen y arañan, aquellos que son una mezcla de olores sencillos (de fragancias que se introducen inevitablemente en el pensamiento).

Entre las cosas más raras que ha rescatado durante sus limpiezas a fondo, hay media docena de vasos con forma de candelabro. Entre las más elegantes, relojes con manecillas pequeñas.

Alguna vez se ha vuelto loca buceando entres sus más de 100 pares de zapatos para escoger el más adecuado para salir de casa. Y sus amigas suelen recurrir a ella cuando les falta algo. “Yo soy como un buen supermercado. Tengo todo lo que puedas imaginarte: desde pestañas postizas hasta papel higiénico.

Casi siempre compro por docena”, me dice y sonríe. Y lo que no dice es que acumular es a menudo como recordar: un ejercicio en el que entran en juego la cabeza, el corazón y el cuerpo.

Comparte y opina:

Cartografías del desastre

Las botellitas de ron Terremoto eran una especie de antídoto con sabor a coco para que no olvidáramos.

/ 7 de diciembre de 2014 / 04:00

Cartografía uno: cuando conocí a Augusto Guzmán en Totora (Cochabamba), le crujían todos los huesos, pero no por culpa del terremoto que destrozó el lugar en 1998, sino a causa de una caída que tuvo lugar tiempo después, cuando intentaba alimentar a su mascota. La noche en la que el piso se movió bajó los pies de los vecinos del pueblo, que fue descrita por algunos como “la más oscura y más larga”, Guzmán perdió una valiosa colección de tragos que había elaborado siguiendo las recetas familiares. Y cuando lo visité en su destilería casera, pensé que ya no hallaría nada, pero había un calendario con fotos subidas de tono en la pared, unas banquetas que parecían haber sido colocadas ahí para los descarriados y unas muestras de su nuevo ron, el ron Terremoto, que nació en homenaje a los litros y litros de los “elixires mágicos” que se derramaron allí mismo a finales del siglo pasado. Como suero fisiológico para que aquel recuerdo temblara de nuevo. Como antídoto con sabor a coco para que no olvidáramos.  

Cartografía dos: para salvar algunas de sus pertenencias tras las lluvias que anegaron Trinidad en 2008, Marta Bejarano, que tenía 37 años, se adentró sin pensarlo mucho por una calle que ya no lo era —que se había transformado en río—, sin intuir siquiera lo que se encontraría en el camino. Se metió en la torrentera sin desvestirse, con una blusa holgada y una falda que le llegaba hasta las rodillas. Y avanzaba muy despacio, como buzo de profundidad, sumergida hasta la altura de los sobacos. De su cuarto, rescató dos catres, un armario, varias sillas, un espejo, una batería de cocina y un cajón con ropa mojada. Algunas casas a su alrededor lucían vacías. Otras estaban cerradas a puro candado. Mientras retornaba, una gran serpiente de cuero grueso pasó al lado de la balsa que le colaboraba (una mordedura suya seguramente la habría matado).

Cartografía tres: en la misma ciudad, en las mismas fechas, pero en un barrio distinto, los miembros de la familia Hurtado García improvisaron un puente con unos tablones para no enfangarse. Por aquel entonces, estaban preocupados por una olla vacía que habían ubicado sobre la mesa: no sabían con qué llenarla para alimentarse. Cerca de allí —a metros nada más, en la misma cuadra—, Ángel Chávez tosía con el torso descubierto, sin polera, recostado sobre una cama que se apoyaba en unos ladrillos para que la inundación no alcanzara a manchar las sábanas.

Tosía mientras miraba fijamente al frente, hacia esa nada con poder hipnótico que es la línea del horizonte. Tosía mientras me contaba que horas atrás había sacado todo lo que pudo al patio de su vivienda (porque el muro de una habitación se había derrumbado). Tosía mientras me mostraba un refrigerador apagado que yacía en el suelo como si se tratara de un féretro.

Cartografía cuatro: un taburete, un colchón, unos cartones, unos papeles de la Iglesia Presbiteriana, dos pares de calzado y una taza de café.

Eso es lo único que pudo recuperar Pedro Huayhua cuando su casa se vino abajo en 2007, tras un deslizamiento de tierra. En aquel momento, sumaba 74 años y se protegía del frío con una chompa vieja. En el campamento que lo acogió tras la desgracia, una lista recogía las normas de convivencia: “no consumir bebidas alcohólicas; no acumular comida; mantener las áreas comunes y los baños en condiciones; y a los animales, lejos de las carpas azules”, decía.

Cartografía cinco: Cuando murió mi madre, yo era todavía un adolescente al que se le trababa la lengua a cada rato —aún se me traba, pero menos—. El cáncer que la invadió (en un pestañeo) fue casi fulminante: le producía un dolor intenso en un costado, le encharcaba los pulmones permanentemente y le dejaba sin aire. La noticia de su deceso me llegó en mitad de clase, durante mi último año de colegio. No hizo falta que me dijeran nada: hay momentos en los que sobran las palabras —en los que están de más las frases hechas—. Días antes de que se marchara, sin que pudiera decirle ni siquiera adiós, me regaló un CD que todavía conservo con una recopilación de los cantautores del momento. En el velorio, preferí no verla muerta, quizás para que la memoria no me traicionara en el futuro como una mala mano de cartas. Cuando falleció mi padre, en el mismo hospital, también de cáncer, fui yo quien le agarró de la muñeca cuando ya no se podía hacer nada. Su cadáver me pareció el de un hombre tranquilo. Y sentí que se cerraba un círculo. A ambos los quemamos en un crematorio último modelo. Las cenizas las botamos en el mar, en un pueblito pesquero del País Vasco con arcos de piedra. Y el cementerio que visito ahora cada vez que puedo es la inmensidad: el océano, cualquier gran masa de agua, cualquier playa apacible en la que pueda esperarlos sin agobiarme, como quien aguarda mensajes perdidos dentro de una botella.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

La caja roja

Iván casi siempre vuelve de Alemania con alfombras que otros botan y que él reutiliza en su casa.

/ 30 de noviembre de 2014 / 04:00

La caja roja de Iván Nogales probablemente todavía existe, pero ha desaparecido. Su primer dueño fue Indalecio Nogales, su padre, uno de los miembros de la guerrilla boliviana de Teoponte —que defendió los ideales del Che Guevara tras su muerte—. Indalecio también se esfumó del mapa, como la caja. Se despidió entre lágrimas dos días después del nacimiento de su segunda hija y no volvieron a verlo. “Suponemos que lo asesinaron           —suspira Iván—. Hasta el momento nadie ha podido encontrar el cuerpo”.

La caja roja era un gran cubículo de madera de casi metro y medio de altura que Indalecio usaba casi a diario. “Era su mesa oficial de trabajo.

Como todo perseguido político, mi padre se vio en la necesidad de hacer un poco de todo para sobrevivir. Y gracias a ella, se convertía en carpintero, mecánico, pintor o plomero”, comenta su hijo.

Iván heredó la caja roja a los seis años —cuando Indalecio decidió unirse a los combatientes guevaristas—. Por aquel entonces, era muy pobre.

Vivía junto a su madre y sus dos hermanas en un cuarto con una única cama que ocupaba la mayor parte del espacio que había. Y agarró la costumbre de revolver en un vertedero para buscar cosas con las que distraerse: piedras llamativas, envases chiquititos para guardar fósforos, pedacitos sueltos de cacharros rotos. El botín recolectado lo metía luego en la famosa caja. Y él también solía introducirse en ella para jugar alumbrado por la luz de una vela.     

Cuando creció, Iván estudió sociología, y cambió los estercoleros por la Feria 16 de Julio, uno de los mercados de pulgas al aire libre más vigorosos de América Latina. “Me convertí en un cachivachero —piensa en voz alta—. Algunos me tomaban por un loco y me llamaban el rey de la basura porque acumulaba lo que me compraba o me regalaban casi a la intemperie, bajo algunas calaminas. Pero en el fondo lo que hacía  y lo que sigo haciendo es recuperar tesoros perdidos en medio de supuestos desperdicios”.

Teatro Trono

Entre los objetos que Iván ha ido acopiando hay gorras, sombreros, monedas antiguas, faroles, muñecos, campanas, dados, obras de arte que a veces cuelga en horizontal en el techo, paraguas. Y también, puertas de autobús, molduras y ventanales.

Esas molduras, esas puertas, fierros, chatarras y otros materiales forman parte ahora de una emblemática construcción de siete pisos de Ciudad Satélite, uno de los barrios más dinámicos de la ciudad de El Alto. Iván se instaló aquí junto a siete chicos de la calle cuando esto era apenas una humilde vivienda, y convivió con ellos alrededor de siete años. “Fue maravilloso, muy duro, complicado, bueno, tragicómico, poético, un poco de todo”, recuerda. Juntos montaron el teatro Trono. A veces, salían a una esquina a actuar sólo para alimentarse. Querían convertirse en reyes de la imaginación y lo consiguieron.

Hoy, el estrambótico edificio, diseñado por el propio Iván, es una fundación —Compa— que da cobijo a artistas populares; que imparte talleres regularmente; que cultiva (junto a un grupo diverso de visionarios) la que ha sido bautizada como cultura viva comunitaria; que recorre pueblos en un camión que se convierte en escenario; que también se mueve a países lejanos; y que acumula alrededor de 300.000 kilómetros en viajes, una distancia equivalente a dar siete vueltas y media a la circunferencia terrestre.    

Cuando les invitan a Alemania, Iván casi siempre regresa con alfombras que otra gente bota. “Las empleo para envolver el resto del equipaje, para armarlo a modo de atado”, explica. “Y después las reutilizo: son las que ahora estamos pisando” (se sonríe).

Su casa, que ocupa todo una planta de la institución, es un garzonier enorme en el que las habitaciones las conforman los propios muebles y los artefactos apilados como si fueran muros. Un decorado imposible en el que hay un retrato de Lenin, una máscara del Circo del Sol, imanes para refrigerador, un viejo brasero que modificó para volverlo velador, máquinas de fotos de la época del daguerrotipo, marcos sin cuadro, marcos sin espejo, cuadros sin marco, un rincón muy cotidiano con los trastos de su hija de seis años, relojes, revistas, sillas, timbres. Y además, una maleta con separaciones para acomodar casetes, portadocumentos, carteras, chuspas, bolsones de tela y de cuero.

Iván me muestra su colección de chucherías con la cara emocionada de un astronauta cuando pasea lejos de nuestro planeta, y se toma unos segundos para extraer de una de sus bolsas un libro que le dio su padre —Mi amigo el Che, seguramente lo único que salvaría en un incendio—.

Después me dice que su hogar es como la caja roja que se le extravió. Y luego asegura que no ha dejado de ser un niño en todo este tiempo.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Dejar todo y largarse

Wicho es oriundo de Ciudad Juárez, el lugar donde muy probablemente comenzó a joderse México

/ 23 de noviembre de 2014 / 04:00

La luz del semáforo, en verde para los peatones. Los autos, como búfalos antes de una estampida. El asfalto hierve, vibra. Y Wicho, tocado con un gorro enano de mariachi que lo identifica como mexicano y con una nariz chata de payaso que le ilumina la cara, se desespera y hace muecas para que una joven de pelo largo, cuerpo menudo y no más de 20 años le tire bola y acepte su antebrazo para cruzar la calle. La muchacha apura el paso y trata de llegar a la otra acera sin aferrarse a él ni perder el ritmo ni la elegancia, con el cuello estirado hacia delante, como las gallinas cuando caminan, y la mirada perdida de los condenados a muerte. En el siguiente intento, Wicho le pone más empeño, tiene algo más de suerte con una señora que le sonríe, y recibe unas moneditas.

La luz del semáforo, en rojo como un sol naciente. En su mochila de batalla, Wicho, que se ve a sí mismo como un artista nómada, transporta lo mínimo (una vida a cuestas): unos aros de colores para hacer malabares frente a las vagonetas y los minibuses, unos guantes para proteger las manos, su sombrero minúsculo, que compró aquí mismo, en La Paz, en mitad de la avenida Buenos Aires, un traje con tirantes y colores desgastados que le regaló un clown que ya no lo necesitaba, una polera blaugrana con el número 17 que dice “zapatería El Negro”. Antes, Wicho llevaba además pelotas —“porque son pesadas y no vuelan con el viento”, me aclara— y el instrumental necesario para botar fuego: combustible, un encendedor y, a veces, unos trapos viejos. Pero ya no. “La gasolina te enferma, te quema por dentro poco a poco, los pulmones, el organismo”.

La luz del semáforo, nuevamente en verde, pero esta vez para los carros, que hacen sonar sus claxon para abrirse sitio. Wicho pasa aquí unas seis horas al día. En una buena jornada hace entre 200 y 300 bolivianos —entre 30 y 45 dólares al cambio—, lo suficiente para pagarse el alojamiento, que comparte con un colombiano, y la comida. Su fortuna depende de personas a las que seguramente no volverá a ver nunca: de rostros somnolientos, de rostros amargados, de rostros risueños, de rostros agradables, de rostros complicados. “Pero yo no vengo acá por la plata —me explica—, sino para divertirme. Disfruto muchísimo de la sátira: mostrar emoción ante los más callados, imitar a los que siento tristes, jugar con todo el mundo. Y trato de estar en constante movimiento. Mi show es bastante rápido: una peli que dura únicamente unos segundos”. 

Wicho es oriundo de Ciudad Juárez, un lugar en el que la historia se escribe con sangre y a sangre entra, un difícil territorio de frontera en el que muy probablemente comenzó a joderse México. Allí estudiaba Psicología y se ganaba el pan como pinche de cocina y como mesero. Allí fue testigo del surrealismo macabro que hoy invade titulares en los periódicos y en los portales de noticias. Allí, sin salir siquiera de su propio barrio, presenció un sinfín de situaciones violentas —“a veces, dormía con el sonido de fondo de las balaceras”, recuerda—. Allí, a los veintipocos años, decidió dejar todo y largarse.

De costa a costa

Durante una larga temporada (casi un lustro), Wicho recorrió su país de costa a costa. Aprendió malabarismo y mímica gracias a otros colegas que lo colaboraban. Después, tomó un avión que lo dejó en Colombia. Atravesó Ecuador y Perú. Y cuando estaba rumbo al Mundial de fútbol de Brasil, llegó a La Paz y cambió de planes repentinamente. Hoy, en su semáforo de la zona Sur, que se acaba de poner en ámbar y parpadea, es el dueño y señor, el mero mero. “No me gusta compartirlo porque prefiero ser el centro de atención, tener mi propio espacio, robarme el espectáculo”, se confiesa.

En el pequeño universo que suele instalarse en torno a los semáforos hay a menudo una fauna muy dispar en efervescencia: vendedores de periódico, indigentes, mochileros trashumantes, chiquitos que en menos de un minuto son capaces de “lavar” con agua ocre las lunas delanteras de los vehículos. Y mientras serpentea de un lado para otro de la calzada —a veces solo, a veces rodeado de todos ellos—, Wicho ha aprendido a darse mañas incluso para seducir a las chicas tímidas, que bajan la cabeza cuando las observa. “Conocí a muchas en esquinas como ésta —me dice—, metiendo un poquito más de sabrosura a mis movimientos”.  A tantas que ya ha perdido la cuenta.

Según el periodista Ander Izagirre, “el caminante elimina siempre lo superfluo”. Y Wicho, que ha convertido su manera peculiar de andar en parte de su propio oficio, cuenta que cada vez que se mueve a un nuevo destino suele desprenderse mayormente de ropa. Entre lo que no dejaría nunca, hay una foto de su madre. “De la jefa”, bromea, y luego me mira y asegura que ella se preocupa mucho cuando no la llama por teléfono.

Temas Relacionados

Comparte y opina: